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Leer Camino del Extra (Novela) Capítulo 399 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
"¿Y si le tiro un globo de agua a la cabeza de Dave desde aquí arriba?" "¿Dónde podrías encontrar un globo de agua?" Leo miró a Nathan con escepticismo, porque estaba bastante seguro de que Nathan ya tenía un alijo cerca. Nathan dudó un momento y luego explicó: "El armario del conserje. Tiene globos de agua ahí dentro". Leo arqueó ambas cejas. Entonces se elevaron aún más cuando un pensamiento incómodo cruzó por su mente. 'Espera... ¿es él el vándalo?' Era una explicación un tanto rebuscada, pero aun así, ¿por qué un conserje tendría globos de agua en pleno invierno? «No es asunto mío», decidió Leo, y lo dejó pasar. En cambio, bajó la mirada hacia el campo. Él y Nathan se apoyaron en la barandilla de la azotea, observando a los estudiantes de abajo: chicos con elegantes esmóquines, chicas con vestidos elegantes, bailando en parejas o en grupos alrededor de una enorme hoguera. Era un cliché, pensó Leo. Pero había sido idea de Nathan. Y Leo había estado de acuerdo, dejando que el otaku viviera su fantasía; al menos, eso era lo que Leo se decía a sí mismo. —Deberías bajar ahí y bailar con los demás —dijo Leo con voz monótona, con la mirada fija en el fuego. El olor a humo había llegado hasta aquí arriba. Ambos vestían esmoquin negro. —No, estoy bien —dijo Nathan con ligereza. En algún momento, había sacado una piruleta y ahora la tenía en la boca. —Yo también estoy bien —respondió Leo, entrecerrando los ojos—. Así que vete. Nathan se giró, con una sonrisa astuta. "Si lo hago, ¿bailarás conmigo?" "Morir." "Ay." Nathan fingió estar herido y desvió la mirada, inclinándose aún más sobre la barandilla. Como siempre se enfurruñaba así, Leo no le dio mucha importancia. Se relajó con un leve suspiro y bajó la mirada, dejando caer la guardia como nunca lo haría con nadie más. Precisamente por eso no pudo defenderse del ataque repentino. "¡Toma esto!" Instintivamente, Leo se volvió hacia Nathan. Un error. Algo pequeño, redondo y húmedo fue introducido en su boca. Leo se quedó paralizado como un idiota, con la mirada fija en la sonrisa pícara de Nathan. Nathan extendió la mano, sujetando el palito de la piruleta, que ahora descansaba entre los labios de Leo. El calor subió rápidamente al rostro de Leo. Las venas de su frente prácticamente se hincharon. "Pedazo de mierda", gruñó Leo, manteniendo la piruleta de manzana dulce en la boca mientras agarraba a Nathan del pelo con ambas manos y tiraba. "¡Ay! ¡Suéltame, Leo, ten piedad! ¡No quiero quedarme calvo!" —¡Tu padre ya está prácticamente calvo! —exclamó Leo, tirando con más fuerza—. ¿Qué decían? ¡Más vale temprano que tarde! ¡No tiene sentido dejar que el pelo oculte algo tan inútil como la cabeza! Y por alguna razón, Leo seguía negándose a escupir la piruleta. ¿Por qué lo haría? Le estaba haciendo un favor a Nathan: le estaba ahorrando futuras visitas a la barbería. De verdad. San León. —¡C-contexto! ¡El contexto importa! —jadeó Nathan, agarrando las muñecas de Leo e intentando separarlo—. ¡P-por favor, lo siento! ¡Lo siento! Pero el agarre de Leo era más firme. En lo que respecta a la fuerza bruta, para desgracia de Nathan, Leo tenía ventaja. "E-eh..." Una nueva voz provino de la azotea. Leo y Nathan se quedaron inmóviles como estatuas, aún enredados, y luego se giraron lentamente con expresiones frías hacia el intruso. Sus ojos se abrieron de par en par. Lea se quedó allí, rígida e incómoda, con una sonrisa forzada. Les hizo un pequeño saludo con la mano. "H-hola..." Inmediatamente se soltaron y se separaron. Nathan le devolvió el saludo con la misma torpeza. Leo se limitó a mirarla, observándola en silencio. Lea llevaba un vestido vaporoso de color carmesí oscuro. El maquillaje ligero y el pintalabios rojo claramente pretendían darle un aspecto más maduro, pero para Leo, solo la hacían parecer más mona. Aun así, el chico que estaba a dos metros de Leo —con el pelo revuelto, el traje arrugado y una expresión de asombro— la miraba como si hubiera descendido de las estrellas. Si la intención de Lea había sido ganarse la admiración de alguien tan guapo como Nathan, lo había conseguido. Lea los miró alternativamente, y una pizca de desaprobación se reflejó en sus ojos. Se cruzó de brazos y se acercó con un ligero puchero. "He estado intentando localizarlos desde que empezó el festival deportivo", dijo. "¿Dónde han estado? ¿Y por qué están peleando en el tejado?" También había un rastro de tristeza en su voz, como si realmente los hubiera estado buscando. Leo tenía muchas cosas en la cabeza esta semana, y su mente nublada no había preparado ninguna excusa. Por suerte, Nathan tenía uno. "Ah, ya ves, Lea..." De repente, Nathan pareció incómodo. Se frotó el brazo y desvió la mirada. Por desgracia, era ese tipo de excusa, corrigió Leo en silencio, observando cómo la expresión de Lea se volvía cautelosa. "Lo que pasa es que... Leo estaba realmente preocupado de que después de este festival, yo pudiera dejarlo." "..." "..." Leo se quedó allí parado, mudo. Lea lo imitó, igualmente atónita. Entonces Nathan rodeó con un brazo el hombro de Leo como si la agresión anterior nunca hubiera ocurrido. Era atrevido, ¿verdad? "Así que estos últimos días he estado convenciendo a Leo de que nunca, jamás lo dejaría", dijo Nathan con una sonrisa radiante y conmovedora, tan convincente que Lea pareció creérselo. Infierno. Incluso Leo casi lo hizo. No, en cierto modo sí. Porque lo que dijo ese imbécil molesto con cara de pocos amigos... no era del todo falso. Al menos, la parte de no abandonarlo. "Debo decir que fue una verdadera lata tener que darle tanto amor..." "¡A-argh!" gritó Nathan. Leo, con expresión fría y vacía, le agarró el brazo que le rodeaba el hombro y lo dobló lo justo para dejarle claro el mensaje. "¡E-eso duele! ¡Por favor, para! ¡Piedad, piedad!" Lea ya no pudo contener su desaprobación. Soltó una risita, mirando a Nathan con una expresión que era mitad divertida, mitad exasperada. Finalmente, Leo tuvo que soltarlo; de no haberlo hecho, probablemente le habría roto el brazo a Nathan. "¡Bast, cabrón!" Nathan cambió de insulto a mitad de la frase. Leo ya había adivinado lo que iba a decir, pero sabiamente lo dejó pasar. "¿Y si me dejas tan mal que no puedo volver a jugar al baloncesto?" Leo simplemente se encogió de hombros mientras Nathan gruñía y se frotaba el brazo. —Bueno, estoy segura de que Leo al menos pagaría las facturas del hospital —dijo Lea con una broma poco convincente—. Ya que tiene el dinero... En el instante en que esas palabras salieron de su boca, una extraña incomodidad se apoderó de la azotea. —¿Dije algo malo? —preguntó Lea, con una expresión de pánico en los ojos. Nathan negó con la cabeza rápidamente. "No, es solo que... eh..." Se rascó la mejilla. Pero Leo tosió, llamando la atención de Lea, y habló. "Nathan es más rico que mi familia." "..." "¿Cómo?" Lea parpadeó. "Nathan es más rico que mi familia." "..." "Él es el que vive en una mansión", añadió Leo. "Yo no". Lea se quedó mirando fijamente, como si su cerebro se hubiera detenido. Miró a Nathan, a quien de repente el cielo, la barandilla y la hoguera a lo lejos le parecieron sumamente interesantes. "...¿De verdad?" tartamudeó Lea. "De verdad", confirmó Leo. Poco a poco, Lea empezó a sentirse cada vez más incómoda. —L-Leo, podría creerlo —murmuró, con la voz ligeramente quebrada—. Pero... ¿pero Nathan también? ¿Yo era muy amigo de dos jóvenes maestros...? —¿A quién llamas joven amo? —espetó Leo. Lea fingió no oírlo. En cambio, apretó los dientes y se interpuso entre ellos, apoyándose en la barandilla como si necesitara algo sólido para mantenerse firme. Mientras tanto, Nathan pareció recordar algo. Miró a Lea y notó su estado de ánimo. —¿Por qué has venido hasta aquí? —preguntó. No había razón para que ella estuviera en el tejado mientras todos los demás seguían abajo, en el campo. Lea se enfurruñó aún más. —Estaba huyendo de todos los chicos que querían bailar —murmuró—. Vine aquí a descansar... "Ya veo." Nathan se tocó la barbilla y luego sonrió ampliamente, como si se le acabara de ocurrir una idea brillante. Sin previo aviso, se arrodilló y miró a Lea con ojos brillantes. Lea lo miró con fastidio. "Prez, ¿le gustaría bailar con este joven y riquísimo caballero...?" "Me niego." "Khh—" Leo apartó la mirada, intentando contener la risa. —N-no lo dudaste, ¿eh? —murmuró Nathan, dándose palmaditas en las rodillas mientras se ponía de pie—. Bueno, te habría ayudado a bajar y disfrutar, y al menos podría haberte hecho de guardaespaldas. Lea lo pensó un momento y luego negó con la cabeza. —Agradezco el detalle —dijo—, pero estoy bien. Gracias de todos modos. Nathan se encogió de hombros con indiferencia. "Claro." Pero Leo se dio cuenta de que estaba decepcionado. «¿Quizás no sabe bailar?», se preguntó Leo, pero enseguida descartó la idea. Conociendo a Lea, seguramente había practicado durante meses para no cometer ningún error. Lea volvió a enfurruñarse. "Ojalá fuera tan rica... Ah, sería genial ser una princesa sana." Nathan frunció el ceño y refunfuñó, casi a regañadientes. "Ser rico no es tan agradable..." Lea puso los ojos en blanco. "Claro que alguien rico diría eso." —¡Lo digo en serio! —exclamó Nathan—. ¿Sabes lo molesto que es asistir a esos estúpidos eventos y fiestas con ropa incómoda, una sonrisa fingida y hablar de tonterías aburridas que llamamos "socializar", en lugar de llamarlo simplemente tortura medieval bárbara? Empezó a enumerar sus quejas como si las hubiera guardado durante años. "Sin mencionar las veces que he tenido que visitar la casa de alguna señora rica y mimada para 'hablar' de compromiso. ¡Es súper incómodo porque siempre tengo que decirles que no estoy interesado! ¡En serio! ¿Por qué mi madre siempre me obliga a hacer estas cosas? Es vergonzoso, y esas chicas siempre son tan exigentes y molestas. ¡Qué tontería la política!" Nathan se desahogaba con tanta fuerza que casi se olvidaba de respirar. Leo lo observó con un raro destello de compasión. Lea, por otro lado, miraba con los ojos muy abiertos y con gran interés. —¿Cuántas veces has estado a punto de comprometerte? —preguntó, inclinándose hacia mí con una expresión de curiosidad en el rostro. Nathan desvió la mirada, repentinamente incómodo, y empezó a jugar con sus dedos. "Unas... doce veces." "Vaya..." susurró Lea. "E-eso es mucho, ¿verdad...?" Nathan asintió lentamente. —¿Pero por qué rechazarías doce veces? —exclamó Lea—. ¡Quién sabe cuándo alguien como tú tendrá otra oportunidad en el amor! —¿¡Alguien como yo?! —espetó Nathan—. ¡Qué grosero! ¡Para tu información, tengo muchos admiradores! —Se infló, ofendido—. Además, compromisos como esos son aburridos, ¡y ya te dije lo problemáticas que eran esas chicas! En lugar de discutir, Lea se volvió hacia Leo, de repente emocionada de nuevo. ¿Y tú, Leo? ¿Cuántas propuestas de matrimonio has recibido? ¿Quince? ¿Veinte? ¿Cincuenta? —Se inclinó hacia él, con los ojos brillantes—. Espera, ¿ya estás comprometido? —E-espera —protestó Nathan, sintiéndose traicionado—. ¿Por qué asumes que ha recibido más ofertas que yo? Pero los otros dos lo ignoraron por completo. "No lo sé", dijo Leo. "...?" Lea ladeó la cabeza. "¿Qué quieres decir con 'no lo sé'?" Leo se encogió de hombros. "No sé si alguna vez he recibido alguna propuesta de matrimonio. Nunca la pedí, y mis padres nunca me lo dijeron. Aunque dudo que esté comprometido sin saberlo..." Hizo una pausa y luego añadió, más seco, "...Espero." Al oír todo aquello, Lea se desplomó contra la barandilla, con expresión de derrota. —Yo también quiero una propuesta de matrimonio… —murmuró—. ¡Qué romántico sería comprometerme con un príncipe apuesto y enamorarme poco a poco…! —¿No acabas de decir que querías ser una princesa? —preguntó Leo, confundido. Lea ni siquiera giró la cabeza. Apoyó la barbilla en la barandilla mientras miraba fijamente la hoguera. —Ambas —murmuró—. Quiero ambas. "¿Y si te comprometes con un príncipe gordo y sudoroso?", preguntó Nathan con una sonrisa. "¡Dije guapo!", gritó Lea, mirándolo con furia. Nathan se rió, lo que hizo que Lea entrecerrara aún más los ojos. Entonces, ya fuera por venganza o por otra razón, se enderezó y se giró hacia Leo, con la mirada repentinamente seria, casi competitiva. Leo la miró en silencio, interrogándola. —Leo —dijo ella—. ¿Quieres bailar conmigo? Nathan se quedó paralizado al instante, poniendo una cara ridícula. Leo solo parpadeó. "...No, gracias." "¿Qué? ¿En serio? ¿No sabes bailar?" —Sé bailar —respondió Leo con calma—. Simplemente no me interesa. Los hombros de Lea se hundieron. Se apoyó de nuevo en la barandilla, enfurruñada. "Pensar que rechacé a todo el mundo, y justo la persona con la que quería bailar me rechazó..." Suspiró dramáticamente. "La vida puede ser cruel, ¿eh?" Ella alzó la vista hacia el cielo. "Lo peor de todo es que ni siquiera tendremos una Navidad blanca." Su voz se elevó de repente. "¡Ah, esto me enfurece! ¡Quiero nieve!" El arrebato sobresaltó tanto a Leo como a Nathan. Lea resopló con enfado y luego se estiró como si quisiera sacudirse el mal humor. "Voy a regresar. Quizás al menos encuentre a mi príncipe en algún lugar del camino." Ninguno de los dos chicos dijo nada. Simplemente la vieron alejarse. Nathan se acercó a Leo y bajó la voz. "¿Estás seguro de que no quieres bailar con ella?" "Sí", dijo Leo. "No quiero darle una impresión equivocada." —Dudo que ella lo interprete de esa manera —respondió Nathan—. Probablemente solo quería ver quién de los dos bailaba mejor. "Aún..." Nathan esperó. Tras una pausa, Leo añadió en voz baja: "Alguien como yo no debería bailar con alguien como ella." Nathan lo miró con una expresión triste y compleja, pero no replicó. Leo siguió vigilando la espalda de Lea hasta que ella desapareció de su vista. Si hubiera sabido lo que se avecinaba, jamás habría dicho eso. Habría aceptado su oferta sin pensarlo dos veces. Había olvidado —debido a sus propios pensamientos negativos— que el objetivo de este festival era crear recuerdos. Recuerdos auténticos. Recuerdos divertidos. Para él... y para Lea. Quizás un baile habría sido un buen recuerdo, al menos. Solo más tarde Leo comprendería que esas últimas semanas habían supuesto un punto de inflexión en su retorcida vida. La vida puede ser realmente cruel. El 24 de diciembre, víspera de Navidad, cuando la única consuelo de aquella noche era la nieve blanca que caía afuera, Lea murió de una sobredosis.
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Camino del Extra (Novela) Capítulo 399

Estás leyendo el capítulo 399 de Camino del Extra (Novela), un novela. Tras un trágico accidente que se cobró la vida de sus padres y su hermana pequeña, Leo, con solo 17 años, se vio obligado a asumir todas las responsabilidades él solo. Por algún milagro, sobrevivió los últimos cuatro… Este capítulo tiene publicado el 20 de abril de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Camino del Extra (Novela) tiene 452 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.