Leer Camino del Extra (Novela) Capítulo 383 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Por fin había terminado el día. El último timbre anunciaba el final de las clases, y una oleada de alivio recorrió el aula: suspiros, algunos vítores, sillas que se deslizaban hacia atrás en cuanto el profesor se marchaba. Los alumnos empezaron a salir, algunos solos y otros reunidos con sus amigos.
Leo se levantó de su escritorio con un suspiro silencioso.
"Nos vemos la semana que viene", dijo.
"Nos vemos."
Leo miró a Gil. Su compañero de escritorio seguía inmóvil, desplomado sobre su mesa como un teléfono atascado al uno por ciento, demasiado perezoso para molestarse en levantarse.
Leo se marchó sin decir palabra y se dirigió a la sala de música. Ese día, ninguno de los miembros del club de música debía estar allí; la sala estaba reservada exclusivamente para él.
La cantidad de veces que el club le había rogado que se uniera casi lo había vuelto loco, pero al final... Leo había ganado. Consiguió la habitación. Consiguió su silencio. Todo sin unirse a su mediocre club.
Llegó a la puerta, entró y estaba a punto de cerrarla cuando se quedó paralizado.
—¿Kaya? —preguntó—. ¿Adónde vas?
Kaya era su tutora personal, y también la profesora de música de la escuela, aunque solo de nombre. Había aceptado el trabajo allí por una sola razón: para poder enseñarle a Leo de forma más eficiente. Había reorganizado su horario, su vida y el tiempo que le quedaba para convertirlo en el mejor pianista posible.
Y sin embargo, la misma mujer que se suponía que iba a practicar con él después de clase ya estaba preparando su mochila, con el abrigo puesto y las llaves en la mano.
No pareció sorprendida de verlo.
Ella simplemente parecía... arrepentida.
—Lo siento, Leo —dijo con pesar en la voz.
"Mi hermano, que es un idiota, se rompió la pierna. Tengo que recoger a sus hijos del colegio e ir con ellos al hospital. Probablemente no tendré tiempo para daros clase esta semana."
"Ah. Ya veo." La voz de Leo permaneció inexpresiva.
"Está bien. Puedo arreglármelas solo."
La expresión de Kaya se tensó, y la culpa se reflejó cada vez más en su rostro.
"Lo siento mucho."
Leo no mostró irritación, no le dijo nada, pero ella aun así bajó la cabeza como si mereciera un castigo.
—Vete ya —dijo Leo simplemente al final.
—Sí… adiós. Practica bien y… por favor, no rompas nada esta vez. —Sus ojos se dirigieron hacia el piano—. Ese es viejo. Lo traje por si acaso, pero aun así…
"Lo sé. Lo sé. Vete ya, ¿de acuerdo?"
"...Adiós."
"Adiós."
Kaya pasó junto a él, cerró la puerta de golpe y sus pasos se desvanecieron por el pasillo.
Leo exhaló con fuerza y se frotó la cara.
"No perdamos más tiempo."
Cruzó la habitación, se sentó al piano y se acomodó frente a él.
Lo primero que Leo siempre notaba —cada vez que se sentaba— eran las teclas. Suaves como el marfil bajo las yemas de los dedos, frescas y ligeramente resistentes. Cada una tenía su propia holgura infinitesimal, su propio umbral mínimo antes de ceder y que el martillo saltara. Un mecanismo tan simple que rozaba lo insultante: presionar, golpear, sonido.
Eso le gustó.
Leo apoyó las manos sin tocar; simplemente las dejó allí, como si el calor de sus palmas pudiera impregnar el piano y hacerlo menos... indiferente. La habitación estaba vacía y silenciosa, como suelen estar las aulas después de clase: un aire viciado, motas de polvo flotando perezosamente en la luz, las tuberías del edificio emitiendo pequeños suspiros periódicos.
En algún lugar lejano, una puerta se cerró con un clic.
El resto del mundo podría haber desaparecido y al piano no le habría importado.
'Está bien...'
Leo inhaló. Luego tocó una sola nota.
¡Tinc!
Un tono limpio y discreto. Ni fuerte ni tímido. Lo justo para percibir la respuesta del público. La nota resonó en el aire, se expandió en un tenue halo de armónicos y luego se desvaneció como si hubiera sido retirada con delicadeza.
Otra nota.
Luego otro.
¡Tinc—tinc—!
No empezó con la pieza. Había un ritual en ello, tan banal como lavarse las manos antes de tocar algo frágil. Primero unas escalas lentas, luego una breve sucesión de arpegios; sus dedos despertaban en orden, del cinco al uno, del uno al cinco, como si le recordara a su cuerpo quién mandaba. El movimiento era familiar, casi soporífero. Su mente podría haber divagado si la hubiera dejado.
Aceleró el ritmo, porque sus manos preferían la velocidad. Había menos espacio para sentir nada cuando sus dedos se movían rápidamente. Menos espacio para esa nauseabunda conciencia de que era una persona sentada sola en una habitación, tratando de extraer significado de la madera y el alambre.
Pronto, pasó a algo más exigente.
¡Tinc!
Cuando Leo finalmente se volvió hacia la pieza, no miró la partitura por mucho tiempo. Estaba allí porque era obligatorio, porque los adultos se relajaban al verla. Leo no la necesitaba, ni para practicar, ni para interpretar. La geografía ya estaba grabada en su memoria: dónde ascendía la línea, dónde se tensaba, dónde intentaba ocultar una sutil violencia dentro de una frase delicada.
¡Tintín, tintín, tintín!
La música llegó como llega el clima: gradual, luego repentinamente innegable. Se fue acumulando, con una lenta insistencia que hacía que el aire se sintiera más denso. El sonido del piano era complejo: brillante en la parte superior, más oscuro en la inferior, y a su alrededor un tenue halo de armónicos que hacía que el sonido pareciera más amplio de lo que el instrumento debería producir.
Las primeras frases fueron nítidas. La melodía fluía con una elegancia controlada, e incluso la suavidad tenía una estructura sólida.
Casi parecía que la madera estuviera escuchando.
Y entonces la pieza cambió, sutilmente, como la expresión de alguien que cambia a mitad de una frase.
La armonía se deslizó hacia un lado, convirtiéndose en algo tenebroso. La melodía dejó de ser bonita y empezó a ser... mucho más oscura.
La respiración de Leo cambió. Lo suficiente como para que lo notara y se sintiera irritado.
¡CRACK!
'...No es suficiente.'
Esta parte nunca fue lo suficientemente buena.
Leo no lo entendía. Lo había hecho todo a la perfección: cada nota limpia, cada transición colocada exactamente donde debía, y sin embargo, cuando lo comparaba con las actuaciones en directo que había visto, o con la forma de tocar de Kaya, o incluso con las grabaciones que había escuchado a altas horas de la noche... algo faltaba.
No. Eso no estuvo bien.
Estaba a su nivel. Estaba seguro de ello.
Y aun así, no fue suficiente.
Había algo que ellos tenían —algo que él no tenía— y lo necesitaba. Lo necesitaba hasta que la pieza dejara de sentirse como basura y se volviera perfecta.
¡CRACK!
Sus dedos presionaron con demasiada fuerza. Las teclas respondieron con un sonido más pesado y desagradable, como si intentara aplastar la música hasta someterla. Hizo una mueca, ignoró el error y se obligó a continuar.
Leo apretó los dientes y siguió adelante, intentando evitar que esas emociones molestas se filtraran en sus manos.
Hizo que las notas sonaran hermosas. Cualquiera que hubiera entrado lo habría creído; habría contenido la respiración y no se habría atrevido a emitir un sonido.
Fue... fue abrumador. La belleza de la música de Leo no era ni silenciosa, ni tranquila, ni bonita.
Se arrastraría sobre ti como una serpiente. Perturbaría tus sentidos.
¡ZAS! ¡ZAS!
¡Otra vez! ¡Todavía no es suficiente!
Enfurecido, volvió a golpear con demasiada fuerza.
Él no quería algo "bonito". "Bonito" era como otros llamaban a su forma de tocar. Para Leo, era feo.
Feo porque no era perfecto.
'Más. Más... Necesito más.'
Lo que sea que eso significara.
La música ascendía hacia su clímax, pero no era un estallido heroico. Los acordes se tensaban; la melodía se agudizaba, implacable en su avance.
¡ZAS! ¡ZAS!
¡Maldita sea! ¿Por qué suena tan mal?
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!
De nuevo, sus dedos golpearon con demasiada fuerza, impulsados por la frustración.
Una vez más, siguió adelante.
¡CRACK!
...Entonces-
¡CRACK!
...De nuevo-
¡CRACK!
Apretó la mandíbula hasta que le dolió.
¡CRACK!
La sangre comenzó a filtrarse desde sus labios rojos sobre las teclas.
"¡MIERDA!"
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!
Un ruido horrible resonó por toda la habitación.
Leo echó las manos hacia atrás bruscamente y luego volvió a golpear el suelo con los puños, provocando otra oleada de caos que rebotó contra las paredes.
Con el pecho agitado y los ojos ardiendo, Leo finalmente se detuvo.
Maldijo entre dientes, una y otra vez.
"¿Qué demonios estoy haciendo mal...?"
*
Tras una hora y media de forcejear en el mismo ciclo interminable de tormento, Leo finalmente se rindió, golpeando con un último manotazo las teclas.
El piano apenas tenía marcas. Los dedos de Leo fueron los que pagaron las consecuencias: palpitaban y estaban rojos, el dolor era tan intenso que casi parecía que los latidos de su corazón se habían trasladado a sus manos.
"Haaah... soy una mierda..."
Se puso de pie con expresión fría y permaneció inmóvil por un momento, dejando que la habitación quedara en silencio mientras su mirada se perdía.
Sus ojos se posaron en una botella de metal.
Se acercó, lo cogió y sintió el peso. Todavía quedaba agua dentro, aproximadamente hasta la mitad.
Alguien debe haberlo olvidado aquí.
Con otro suspiro, cerró los ojos y murmuró:
"¿Por qué no soy lo suficientemente bueno...? Me siento como una auténtica basura..."
Nunca fue bueno. Nunca fue suficiente.
"¡JA!"
De repente, Leo arrojó la botella contra el piano con una velocidad brutal.
Golpeó las teclas con un crujido metálico y seco. Esta vez el instrumento no salió ileso: varias teclas se hicieron añicos al instante, partiéndose y rompiéndose al chocar la botella contra ellas. El metal raspó la superficie, dejando una fea marca, luego rebotó con fuerza contra el suelo y resonó con estrépitos estridentes hasta que finalmente se detuvo.
Leo contempló el daño que había causado con un solo lanzamiento. Sus labios se curvaron hacia arriba, y una expresión de alegría y satisfacción cruzó su rostro.
"Así está mejor."
Dicho esto, se dio la vuelta y salió de la habitación.
Kaya no estuvo presente esta semana para lidiar con las consecuencias, pero Leo siempre podía hacerse el tonto. No tenían ninguna prueba de que hubiera sido él. Incluso si hubiera sido la última persona en entrar "oficialmente", podría haber ocurrido en cualquier momento. Y al entrar en el pasillo y ver lo vacío que estaba, supo que nadie podría probar nada.
Nadie pensaría en culparlo. Jamás esperarían que Leo destruyera un piano, siendo él quien supuestamente "amaba" tocarlo. Además, los pianos siempre se reemplazaban, gracias a la instructora Kaya, quien, de alguna manera, parecía tener un suministro infinito de ellos.
Incluso había un nombre para quienquiera que los destruyera cada vez que Kaya no podía ocultarlo a tiempo: el asesino de pianos.
Por supuesto, nadie sabría jamás que era Leo.
Mientras se rascaba el pelo, Leo se recordó a sí mismo que aún tenía que pasar por su aula antes de irse.
Empezó a caminar en esa dirección, preguntándose si la chica todavía lo estaría esperando.
Hoy se había tomado su tiempo a propósito, no solo para practicar, sino porque esperaba que ella se cansara y se marchara.
En cualquier caso, tenía que pasar por el aula si quería llegar a la salida principal.
Cuando llegó, la puerta estaba cerrada, pero justo delante de ella, una estudiante estaba sentada en el suelo, apoyada contra la puerta con las rodillas pegadas al pecho, medio dormida.
Leo la miró con frialdad e indiferencia.
¿Debería irme?
Pero si lo hacía, solo tendría que volver a lidiar con ella la semana que viene. Y... ella se había quedado aquí todo este tiempo.
"En serio... ¿es que no capta la indirecta?"
Suspiró, se rascó el pelo de nuevo y le dio un ligero empujón en la pierna con el pie varias veces.
Eso fue suficiente. Se removió, abrió los párpados lentamente y se frotó los ojos mientras parpadeaba aturdida. Su mirada se posó en la pierna de Leo y luego subió lentamente.
Ella lo miró fijamente, aún aturdida.
"¿Estoy... soñando?"
"No. Soy tan real como la vida misma."
Al oír su voz, la niebla en sus ojos se disipó, y entonces, de repente, sus ojos se abrieron de par en par.
"¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ?!"
Ella se sobresaltó como si estuviera a punto de dispararse, pero Leo levantó una mano y la detuvo, con la palma suspendida sobre su cabeza.
"Cuidado. Estabas a punto de chocar con el asa."
Él la había protegido de golpearse la cabeza contra ello, pero en lugar de un gracias, obtuvo silencio.
Leo parpadeó y luego se dio cuenta de lo incómoda que estaba ella, paralizada: con las piernas medio dobladas, su mano apoyada sobre su cabeza y la cara roja como un tomate.
Suspiró y retiró la mano.
"Yo... yo, eh... yo—"
Lentamente, logró ponerse de pie correctamente esta vez, manteniendo una distancia prudencial del asa. Jugueteaba con los dedos, con la mirada perdida en todas partes menos en él.
"Necesito confesar algo..."
Leo la miró con neutralidad y asintió. Ella seguía sin mirarlo a los ojos.
"Claro", dijo.
Entonces, antes de que ella pudiera obligarse a hacerlo, él volvió a hablar.
"¿No has oído los rumores sobre mí?"
"¿Eh?"
Finalmente lo miró, con una expresión de confusión en el rostro.
—Debes haber oído lo que dicen —continuó Leo—. Pareces una persona buena y amable... entonces, ¿por qué alguien como tú querría confesarse conmigo?
'Cada vez me pregunto cuándo se darán cuenta de lo inútil que es todo esto.'
Tenía los ojos muy abiertos. Por fin pareció comprender la situación.
«Ni siquiera sé quiénes son. En serio, ¿por qué pensarían que aceptaría confesiones si ni siquiera sé sus nombres?»
Algunos lo hicieron para cerrar un ciclo, sin duda. Pero eran la minoría.
"No creo que sean... reales."
La atención de Leo volvió a centrarse en ella. Finalmente había reunido un poco de valor, apretando los puños con fuerza.
"Los rumores no surgen de la nada, ¿sabes?", dijo.
"Tienen sus razones."
Básicamente, Leo estaba diciendo que los rumores eran ciertos, que realmente era como la gente lo describía.
Sus palabras parecieron doblegar su valor. Bajó la mirada, le temblaban las piernas, pero aun así logró pronunciarlas.
"Aun así... siento que se equivocan... y tú no estás siendo... honesto. Creo que eres una persona amable... Incluso me despertaste en lugar de simplemente irte..."
"Llegué literalmente tarde..."
"Un solo acto de decencia no me convierte en un santo", dijo Leo.
Ella lo miró a los ojos como si ya hubiera tomado una decisión. Leo contuvo la risa.
¡Qué chica tan testaruda!
"Yo... quiero preguntarte si... si saldrías conmigo!", soltó de repente.
"Te he estado observando desde principios de año, ¡y te he admirado desde lejos! Sé que tal vez no sea digno de estar a tu lado, ¡pero te prometo que haré lo mejor que pueda!"
Sus ojos, tan decididos un segundo antes, se cerraron con fuerza mientras esperaba su respuesta.
"Ya sabes mi respuesta, ¿verdad?"
Se estremeció. El temblor disminuyó un poco al bajar la cabeza.
"Sí..." susurró, decepcionada y silenciosamente abatida.
"Yo... yo lo sé."
"..."
"Aun así... tenía que intentarlo."
¿Está llorando?
Leo exhaló.
"No puedo salir contigo. No me interesa tener citas ni el amor. Ni siquiera quiero intentarlo."
Ella levantó la vista. Las lágrimas corrían por su rostro, pero de alguna manera aún logró esbozar una pequeña y bonita sonrisa.
"Ya veo... Entonces gracias. Gracias por escucharme y darme una respuesta..."
—No hay problema —respondió Leo.
"Entonces me voy."
—Me quedaré aquí —dijo rápidamente.
"Hay un amigo al que tengo que esperar."
No tenía ningún amigo. Leo lo sabía, y ella sabía lo débil que era esa excusa.
Por alguna razón, al ver su postura encorvada, preguntó —antes incluso de pensarlo—
"¿Cómo te llamas?"
¿Por qué pregunto algo tan inútil?
Ella levantó la vista, sorprendida. Quizás porque Leo se había molestado en preguntar. O quizás porque ella nunca lo había dicho.
"¡M-mi nombre es Sia! ¡Soy de la clase 1-C!"
'Un estudiante de primer año, ¿eh?...'
"Veo."
—¡Sí, Sia! —dijo rápidamente, como si quisiera darle importancia.
"Aunque mi nombre completo es Anastasia, ¡todos me llaman Sia! Por favor... ¡llámenme así también!"
"Está bien."
'Anastasia... ¿Por qué me suena ese nombre?'
Algo en ese nombre le produjo una extraña sensación de calor en el pecho.
'Anastasia, la chica testaruda... ¿eh?'
"Fue un placer conocerte, Anastasia."
"¡S-sí! ¡Tú también! Pero..."
Antes de que pudiera terminar, Leo de repente le puso una mano en la cabeza.
"Hay un chico aquí conmigo que está en su último año, se llama Nathan. No es tan guapo como yo, pero estoy seguro de que le encantaría salir con una chica tan linda como tú."
Retiró la mano casi de inmediato.
"Lo siento. Eso estuvo mal. En fin, me voy. Adiós, Anastasia."
Ella no respondió. Leo no esperó a que lo hiciera. Pasó de largo ante su expresión vacía y atónita.
Tras dar unos pasos, captó el suave murmullo que oía a sus espaldas: un susurro tenue, aturdido y apenas audible.
"L-linda... Me llamó... linda..."

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Camino del Extra (Novela)
Capítulo 384
Camino del Extra (Novela) Capítulo 383
Estás leyendo el capítulo 383 de Camino del Extra (Novela), un novela. Tras un trágico accidente que se cobró la vida de sus padres y su hermana pequeña, Leo, con solo 17 años, se vio obligado a asumir todas las responsabilidades él solo. Por algún milagro, sobrevivió los últimos cuatro… Este capítulo tiene publicado el 29 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Camino del Extra (Novela) tiene 452 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.