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Leer Axiom: Génesis (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

Dael caminaba. No sabía hacia dónde. No había un camino. Solo árboles, musgo brillante y un cielo gris que apenas se veía entre las copas. El cubo flotaba a su lado. Silencioso. Constante. Llevaban unos veinte minutos andando cuando Dael notó algo. Silencio. No un silencio normal. No el de un bosque tranquilo. Era un silencio denso. Cargado. Como si todo lo que respiraba a su alrededor hubiera decidido dejar de hacerlo. —¿Has notado algo raro? —preguntó Dael en voz baja. —Sí —respondió la IA, con un tono más contenido de lo habitual—. Hace aproximadamente tres minutos que no detecto señales biológicas pequeñas. —¿Los bichos esos? —Correcto. Los roedores, insectos y demás fauna menor han desaparecido del perímetro. Dael se detuvo. Miró a su alrededor. Nada. Solo árboles. —¿Adónde se fueron? —No lo sé. Pero algo los ahuyentó. Dael tragó saliva. —¿Ese algo está cerca? La IA tardó un par de segundos en responder. Para ella, eso era una eternidad. —Usuario... hay algo siguiéndonos. Dael sintió un escalofrío. —¿Otro lobo? —Negativo. No puedo clasificarlo. —¿Qué significa que no puedes clasificarlo? —Significa que no está en mis bases de datos. No es animal. No es humano. No es nada que haya registrado antes. —Eso no me da tranquilidad. —No era mi intención. Dael apretó la mandíbula. Siguió caminando. Más rápido. Sin mirar atrás. —¿Sigue ahí? —Sí. Mantiene una distancia de unos cuarenta metros. No se acerca. Tampoco se aleja. —¿Qué hace? —Observa. Dael sintió la palabra como un puñetazo en la nuca. Observa. Algo en este bosque desconocido lo estaba observando. —¿Puedes hacer algo? —preguntó. —Sí. Pero recomiendo esperar. No ha mostrado hostilidad. —El lobo tampoco, hasta que se lanzó. —El lobo gruñó antes de atacar. Esto... no emite sonido. No emite nada. Es como si fuera parte del bosque. Dael siguió caminando. Sus ojos se movían de un lado a otro. Cada árbol parecía una sombra. Cada sombra, una amenaza. Entonces vio algo. Una rama. A su izquierda. Se movió. No había viento. —IA... —Lo vi. Otra rama. Más adelante. Se movió. Como si algo grande estuviera pasando entre los árboles. Pero no había ruido. No crujían hojas. No se rompían ramas. Solo... movimiento. Dael se detuvo. Su corazón latía con fuerza. —¿Dónde está? —No puedo precisarlo. Las señales se entremezclan. —¿Cómo que se entremezclan? —Es como si su presencia se difundiera en el entorno. No tengo un punto de origen claro. Dael miró hacia adelante. Entre dos árboles grandes, a unos treinta metros, algo se movió otra vez. Pero esta vez... lo vio. Una forma. No era un animal. No era humano. Era más grande. Más ancho. Y tenía una silueta que no terminaba de definirse. —Vámonos —dijo Dael, y apretó el paso. —Recomiendo lo mismo. Caminó rápido. Casi corriendo. Sus ojos no dejaban de mirar entre los árboles. La forma seguía ahí. A veces a la derecha. A veces a la izquierda. Siempre moviéndose. Siempre observando. Dael giró la cabeza por un instante. Solo un instante. Cuando volvió a mirar al frente… la forma estaba ahí. Demasiado cerca. Dael retrocedió instintivamente. Tropezó con una raíz. Casi cayó. Sus brazos se movieron para mantener el equilibrio. —¡IA! —No detecto hostilidad —dijo la IA rápidamente—. Repito: no detecto hostilidad. Dael se quedó inmóvil. Conteniendo la respiración. La forma estaba a solo cinco metros. Ya no era solo una silueta. Era una presencia completa. Un árbol. Pero no un árbol cualquiera. Era enorme. De al menos tres metros de altura. Su cuerpo era un tronco grueso, retorcido por los siglos, cubierto de musgo verde y pequeñas flores de un color violeta tenue. De sus costados salían ramas que no parecían ramas. Parecían brazos. Largos. Nudosos. Terminaban en lo que solo podían describirse como manos de madera. Y en el centro del tronco… una cara. No tallada por manos humanas. Formada por la propia madera. Como si el árbol hubiera crecido así durante cientos de años. Ojos profundos, de un color dorado suave, que brillaban con una luz interna. Una boca ancha, cerrada en una expresión que no era amenazante. Era… curiosa. —Por los restos podridos —murmuró Dael. La criatura lo miró. Sus ojos dorados parpadearon lentamente. Como si el gesto le tomara un esfuerzo enorme. —Pequeño caído del cielo —dijo. La voz no salía de una boca. Salía de todo su cuerpo. Del tronco. De las ramas. De la tierra bajo sus raíces. Era lenta. Profunda. Cada palabra parecía pesar siglos. Dael no respondió. No podía. La criatura inclinó ligeramente la cabeza. El gesto fue tan lento que parecía una rama meciéndose con el viento. —Hace mucho… mucho tiempo… que el bosque no recibe a alguien como tú. Dael finalmente reaccionó. Dio un paso atrás. El cubo flotó frente a él, protegiéndolo. —¿Qué... qué eres? —Soy el guardián —respondió la criatura. Sus ojos dorados brillaron un poco más—. Cuido este bosque desde antes de que los hombres recordaran sus nombres. Dael miró al cubo. —¿Hostilidad? La IA tardó en responder. Más de lo normal. —No... no puedo determinar —dijo finalmente, y había algo extraño en su tono. Como si dudara—. No hay señales de agresión físicas. Pero... hay algo. Una energía. No la reconozco. No está en mis bases de datos. —¿Eso qué significa? —Significa que no puedo analizarla. Es... diferente. El guardián levantó una de sus manos de rama. El movimiento fue lento. Tan lento que Dael pudo ver cómo las pequeñas flores violetas temblaban en su muñeca de madera. —No temas —dijo, con una voz que intentaba ser suave, aunque salía grave y profunda—. Si quisiera hacerte daño... ya lo habría hecho. Dael no supo si eso lo tranquilizaba o lo asustaba más. —¿Sabes qué soy? —preguntó. El guardián inclinó la cabeza hacia el otro lado. —Un humano. De eso estoy seguro. Pero... diferente. Traes algo contigo. Algo que no es de este mundo. Miró el cubo. Sus ojos dorados se fijaron en las líneas de luz. —Esa cosa... no es madera. No es piedra. No es metal conocido. —Es un Núcleo —dijo Dael. —Núcleo —repitió el guardián, como si probara la palabra—. No conozco esa palabra. Pero siento su poder. Es... joven. Y fuerte. Dael frunció el ceño. —¿Joven? —Como un retoño. Acaba de despertar. Pero crecerá. Y tú con él. El guardián se quedó en silencio un momento. Sus ojos dorados parpadearon otra vez. —Ho, ho —dijo. La risa fue tan inesperada que Dael parpadeó varias veces. —¿Te has reído? —Ho, ho —repitió el guardián, y esta vez Dael estaba seguro. Era una risa. Lenta. Profunda. Pero amable—. Perdona. Hace siglos que no hablo con nadie. Mis modales están... oxidados. —¿Siglos? —Dael levantó una ceja. —Ho, ho. Sí. Los humanos vienen tan poco por aquí. Los pocos que llegan... suelen correr. —Con razón —murmuró Dael. El guardián movió sus ramas en un gesto que pareció un encogimiento de hombros. —No los culpo. Este bosque es peligroso para los pequeños. Hay cosas que cazan. Cosas que acechan. Y yo... no puedo estar en todas partes. —¿Por qué no? —preguntó Dael. Y luego se arrepintió. ¿Por qué le estaba preguntando eso a un árbol gigante? —Porque soy solo uno —respondió el guardián, con una nota de tristeza en su voz lenta—. Y el bosque es grande. Muy grande. Quedaron en silencio. El viento sopló suavemente. Las hojas de los árboles susurraron. Dael miró al guardián. A pesar de su tamaño, a pesar de su aspecto imponente... no sentía miedo. Sentía algo parecido al respeto. —El lobo —dijo Dael—. El que me atacó. ¿Era de este bosque? El guardián asintió lentamente. Sus ojos dorados se apagaron un poco. —Sombra. Así lo llamábamos. Era una criatura enferma. Algo lo corrompió. Lo volvió... hambriento. Siempre hambriento. —Lo maté —dijo Dael. El guardián lo miró. No con enojo. Con algo parecido a la gratitud. —Lo sé. Sentí su muerte. Y sentí lo que lo mató. Miró el cubo otra vez. —Esa cosa... tu Núcleo... lo atravesó como si fuera hierba. —No fue él —dijo Dael—. Fui yo. —Ho, ho —rió el guardián otra vez, suavemente—. Mientes, pequeño. Pero es una mentira hermosa. La de quien quiere creer que controla su poder. Dael no supo qué responder. El guardián lo observó en silencio durante unos largos segundos. Sus ojos dorados brillaban con una luz suave, como dos faros lejanos en medio de la niebla. —Pequeño caído del cielo —dijo finalmente—. Tengo una propuesta para ti. Dael levantó una ceja. —¿Propuesta? —Quédate aquí. Conmigo. Unos días. Tal vez una semana. —¿Para qué? —Para enseñarte —respondió el guardián, con una sencillez que desarmaba—. Este bosque es peligroso. Y tú... aunque traes esa cosa brillante... no sabes moverte en él. No sabes qué comer. No sabes qué evitar. No sabes qué criaturas huelen tu miedo. Dael iba a responder. Se detuvo. El guardián tenía razón. No sabía nada. —¿Y tú puedes enseñarme? —preguntó. —Ho, ho. He vivido aquí más tiempo del que los árboles recuerdan. Conozco cada raíz. Cada río. Cada criatura que respira bajo estas hojas. Dael miró al cubo. —¿Qué opinas? La IA respondió sin demora. —La propuesta es lógica. No tenemos datos del entorno. No tenemos alimentos. No tenemos refugio. Aceptar ayuda temporal aumenta nuestras probabilidades de supervivencia en un 73%. —¿Solo un 73%? —Las probabilidades actuales son del 34%. Dael frunció el ceño. —Vale. Eso es más convincente. Miró al guardián. —Acepto. —Ho, ho —rió el guardián, y esta vez su risa sonó más cálida. Más viva—. Me alegra. Hace siglos que no tengo un alumno. —¿Siglos? —repitió Dael. —La última vez que vi un humano fue hace... ¿cuánto? —el guardián inclinó la cabeza, como si buscara en una memoria muy antigua—. Trescientos años. Tal vez cuatrocientos. Era una niña. Pequeña. Perdida. Lloraba mucho al principio. —¿Qué pasó con ella? —Creció. Aprendió. Y un día... se fue. Como hacen los humanos. Ho, ho. Dael no supo qué decir a eso. Había algo triste en la voz del guardián, aunque intentara disimularlo con su risa. —Vamos —dijo el guardián, girando su enorme cuerpo—. Te llevaré a un lugar seguro. Allí podrás descansar. Y comer algo. Si es que comes lo mismo que los humanos de antes. —Sí —respondió Dael—. Comemos lo mismo. —Ho, ho. Me alegro. Las bayas del bosque norte son buenas. Y los hongos del sur también. Aunque algunos... ho, ho... algunos te harán ver colores que no existen. Dael no supo si era una broma. Decidió no preguntar. El guardián comenzó a moverse. Sus raíces se levantaban del suelo con un sonido húmedo y se volvían a hundir más adelante. El movimiento era lento pero constante. Como el de un barco enorme navegando en un mar de tierra. —Por aquí —dijo—. Hay un claro. Es bonito. A Lia le gusta. —¿Lia? —preguntó Dael. —Ho, ho. Mi ayudante. Una elfa. Muy vivaz. Muy habladora. A veces demasiado. Ho, ho. Dael se detuvo en seco. —¿Una elfa? —Sí. Como las de los libros —dijo el guardián, sin darle importancia. Dael miró al cubo. —¿Oíste eso? —Sí —respondió la IA—. Registré la palabra "elfa". Comparando con mitologías de su mundo de origen. Hay similitudes. Pero también muchas diferencias. Recomiendo no asumir que son idénticas a las descripciones literarias. —Déjame soñar —dijo Dael. —Como ordene. El guardián siguió avanzando. Dael caminaba a su lado. O más bien, detrás de él. Era difícil seguirle el ritmo con sus piernas cortas de humano. —¿Lia está ahora en el claro? —preguntó Dael. El guardián se detuvo. Sus ojos dorados parpadearon. —Ho, ho. No lo sé. Quizás sí. Quizás no. A veces se va a explorar. A veces va a la aldea. Es muy inquieta. —¿La aldea? ¿La que me mencionaste? —Sí. La aldea de los elfos —dijo el guardián—. Está a un día de camino. Pero ella ya viene en unas horas. Tiene un alce. Lo monta. Corre rápido. Yo no puedo hacer eso. Mis raíces me atan a la tierra. —¿Un alce? —preguntó Dael. —Un animal grande. Como un ciervo, pero más alto. Más fuerte. Los elfos los domestican hace siglos. Son buenos compañeros. Ho, ho. Dael imaginó a una elfa montando un alce enorme. El mundo se volvía más extraño cada minuto. —Vamos —dijo el guardián—. No está lejos. Y quiero que conozcas a mis amigos. Ho, ho. Caminaron en silencio durante un rato. El bosque cambiaba lentamente. Los árboles se volvían más separados. La luz del cielo gris comenzaba a filtrarse con más fuerza. Y entonces... Llegaron. El claro era enorme. Un espacio abierto rodeado de árboles altos, como si la naturaleza hubiera decidido hacer una pausa allí. El pasto era verde. No amarillento como el de la pradera donde había caído. Verde vivo. Casi brillante. Y las plantas... Dael nunca había visto nada igual. Flores de todos los colores crecían en grupos desordenados. Algunas eran altas, de hasta un metro, con pétalos que parecían de vidrio. Otras eran pequeñas, pegadas al suelo, que emitían un tenue resplandor azul. Había enredaderas con hojas moradas que trepaban por las rocas. Y en el centro del claro, un pequeño arroyo de agua cristalina que serpenteaba entre las flores. —Esto es... —Dael no encontraba las palabras. —Hermoso —completó la IA, con un tono que sonaba casi humano—. Registrando flora local. 89% no clasificada. —Ho, ho —rió el guardián—. Sí. Es hermoso. A Lia le encanta. Pasa horas aquí. Dice que es el lugar más bonito del bosque. El guardián avanzó hacia el centro del claro. Miró a su alrededor. Movió su enorme cabeza de un lado a otro. —Oh —dijo, y su voz sonó diferente. Un poco más apagada—. Parece que no está. —¿Lia? —preguntó Dael. —Sí. No está aquí. Seguro salió a revisar los alrededores. O fue a la aldea. El guardián se quedó en silencio un momento. Sus ojos dorados parpadearon lentamente. —Quizás fue a notificar a su aldea sobre tu caída —dijo finalmente. —¿Mi caída? —Ho, ho. Pequeño, tu llegada no pasó desapercibida. El impacto se sintió en todo el bosque. Las criaturas huyeron. Los árboles temblaron. Y yo... yo sentí algo nuevo. Algo que no había sentido en siglos. —¿Qué cosa? —Vida. Pero no vida del bosque. Vida de otro lugar. Ho, ho. Dael no entendió del todo, pero asintió igual. —No te preocupes —dijo el guardián, con una voz más suave—. Lia volverá. Siempre vuelve. Dael se sentó en el pasto. Era suave. Cómodo. Por primera vez desde que había despertado, sintió que podía relajarse un poco. —¿Y mientras tanto? —preguntó. —Mientras tanto... descansa. Hablaremos. Te contaré cosas del bosque. Y tú me contarás cosas de tu mundo. Ho, ho. Me gusta escuchar historias. —No soy muy bueno contándolas. —Ho, ho. No importa. Las historias no necesitan ser buenas. Solo necesitan ser verdaderas. Dael se recostó en el pasto. El cielo gris se veía entre las copas de los árboles. Las nubes se movían lentamente. —¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo. —Claro. —¿Por qué me ayudas? No me conoces. No sabes si soy buena persona. Y sin embargo... me trajiste aquí. Me ofreciste enseñarme. ¿Por qué? El guardián se quedó en silencio. Tanto tiempo que Dael pensó que no iba a responder. —Porque estoy cansado —dijo finalmente—. Cansado de ver caer cosas del cielo. Cansado de ver cómo el bosque se oscurece. Cansado de estar solo. Dael levantó la cabeza. Lo miró. —¿Tú también te sientes solo? —Ho, ho —rió el guardián, pero esta vez su risa sonó diferente. Más triste—. Hasta los árboles más viejos sienten soledad. La diferencia es que nosotros no podemos irnos a buscar compañía. Nosotros... esperamos. Y esperamos. Y esperamos. Dael no supo qué responder. Así que no dijo nada. El guardián se quedó a su lado, inmóvil como un árbol más. Sus ojos dorados brillaban suavemente.
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Estás leyendo el capítulo 3 de Axiom: Génesis (Novela), un novela. En un mundo distópico donde la tecnología avanzó más allá de lo que la humanidad podía controlar, el poder dejó de pertenecer a los gobiernos... y pasó a manos de quienes podían pagarlo. La brecha entre ricos y pobres… Este capítulo tiene publicado el 27 de agosto de 2026. Axiom: Génesis (Novela) tiene 14 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.