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Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 591 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Mientras Duncan empujaba suavemente la puerta que conducía al camarote del capitán, su mirada se posó de inmediato en la peculiar estatua con cabeza de cabra, situada en la esquina de la mesa de navegación. La escultura, con sus intrincados detalles y su aspecto casi realista, comenzó a moverse. La cabeza de la escultura se movió gradualmente hacia arriba, como si alguien despertara lentamente de un sueño profundo. Al inclinar la cabeza, los ojos de la escultura se volvieron hacia la entrada, fijándose en el recién llegado. Ah, Duncan, nos volvemos a encontrar” la estatua, de madera oscura pulida, habló en un tono mucho más lento que su habitual parloteo enérgico e incesante. “Tu partida la última vez fue bastante abrupta. Al reconocer la voz, Duncan respondió cerrando la puerta con firmeza. Dio unos pasos seguros hacia la mesa de navegación y preguntó: “¿Recuerdas nuestro último encuentro?”. Mientras se abría paso, Duncan vislumbró fugazmente un desgastado espejo ovalado junto a la puerta. En su marco, un fugaz reflejo borroso cobró vida. Era la imagen fantasmal de una mujer, Agatha, cuya figura transparente brilló un instante antes de desaparecer. Sin embargo, la cabeza de cabra, tan absorta en Duncan, parecía ignorar la fugaz aparición de Agatha. Los ojos de la estatua no se apartaban de Duncan; seguían cada uno de sus movimientos, y la cabeza ajustaba su ángulo como si lo rastreara. “Tu presencia es uno de los pocos recuerdos que perduran en mi vasto mar de momentos olvidados”, admitió la estatua con su peculiar lentitud. “Es estimulante e intrigante”. Al llegar a la mesa de navegación, la mirada de Duncan se posó en el mapa marino extendido. El mapa mostraba un denso y frondoso bosque, y sobre él, flotaba una imagen espectral del Desaparecidos. El barco parecía navegar entre las nubes, proyectando su sombra sobre el bosque como si estuviera en una misión de reconocimiento. Duncan repasó los detalles con la mirada, tomando una rápida nota mental. La disposición del mar forestal seguía siendo la misma que recordaba. Pero la posición del barco se había desplazado notablemente de su ubicación original. Reconociendo el comentario anterior de la escultura, Duncan dijo: “Sí, tuve que irme a toda prisa antes”. Reclinándose en una silla, su mirada se posó en el espejo ovalado por un segundo y luego regresó a la cabeza de cabra. “Dime, ¿cómo está Atlantis ahora?”. La Atlántida duerme plácidamente, respondió lentamente la cabeza de cabra. Su alarma la última vez fue fugaz. Espero que no te haya molestado. Negando con la cabeza, Duncan respondió: "De ningún modo", mientras colocaba suavemente su mano sobre la superficie de la mesa, canalizando sutilmente un misterioso poder ardiente. Desde la periferia de su visión, vio débiles zarcillos de llamas verdes fantasmales comenzar a manifestarse alrededor de los aposentos del capitán. Actuando rápidamente, Duncan mantuvo las llamas bajo control, asegurándose de que no crecieran demasiado y tal vez despertaran o perturbaran a la entidad llamada Atlántida a la que se refería la cabeza de cabra. No solo había conjurado estas llamas. Eran, de hecho, restos o brasas que había dejado a propósito en el mundo tangible de los Desaparecidos ese mismo día. Según sus predicciones, las brasas que colocó estratégicamente en el verdadero Desaparecido tenían el poder de trascender la frontera que separa los sueños de la realidad, permitiéndoles manifestarse en esta representación onírica del Desaparecido. Este acto de transferir llamas era como introducirlas encubiertamente en el mundo de los sueños. Duncan sabía que mientras moderara estas llamas, no representarían ninguna amenaza ni sobreestimularían a Atlantis. Desde un ángulo distinto, las llamas que se habían materializado en esta nave no eran meras perturbaciones aleatorias. Se habían integrado a la perfección con la atmósfera fantasmal de los Desaparecidos. A diferencia de las llamas que Duncan conjuró durante su visita anterior, que se percibían como intrusas en el mundo onírico, estas llamas ahora se sentían propias y en armonía con la estructura de la nave. Duncan exhaló suave y pensativo. Con una orden silenciosa, ordenó a las llamas que se replegaran, dejándolas latentes de nuevo. Obedientemente, se extinguieron, filtrándose de nuevo por las grietas y recovecos de las paredes, el suelo y el techo de la nave. Tras una meticulosa experimentación, Duncan descubrió un método para introducir e incorporar estas llamas de forma segura en este entorno espectral. Si replicaba esta técnica un par de veces más, podría haber acumulado suficientes llamas de contrabando para consumir y, por lo tanto, dominar por completo esta versión sombría de los Desaparecidos. Curiosamente, la cabeza de cabra parecía completamente indiferente a las manipulaciones de Duncan con las llamas. No mostró señal alguna de reconocimiento ni alarma, actuando como si estas llamas no existieran. Su comportamiento era como el de una simple estatua de madera, inanimada e insensible, que solo cobraba vida cuando Duncan interactuaba con ella. La curiosidad, cada vez mayor, y al percibir el sutil flujo de las brasas latentes dentro de la nave, Duncan inició una conversación con la cabeza de cabra como si fuera una charla informal. ¿Está la Atlántida en un estado de sueño perpetuo? ¿Es el vasto bosque exterior simplemente una proyección, una manifestación de sus sueños? La cabeza de cabra se detuvo, sus rasgos rígidos se contorsionaron lentamente. ¿Afuera?, respondió con voz entrecortada. Tu concepto de afuera se me escapa. Pero sí, Atlantis sueña. Ha estado atrapada en este paisaje onírico durante un tiempo inconmensurable. Dentro de su sueño yace el frondoso bosque, y dentro de él, la presencia de ellos. Duncan, intrigado, insistió: ¿Quiénes son esos de quienes hablas? Por un instante, la postura de la cabeza de cabra se desplomó, dando la impresión de estar perdida en un estado liminal entre la vigilia y el sueño. Pero pronto respondió: “Son seres nacidos de las profundidades del bosque. Hace siglos, se llamaron a sí mismos elfos”. La mirada de Duncan se intensificó al escuchar esto. Aunque no del todo inesperada, esta revelación resonó con un intercambio que Duncan tuvo con la cabeza de cabra a bordo del Desaparecidos del mundo real. Durante ese diálogo, le había aconsejado crípticamente: “¡Recuérdalos!”. Ambas referencias, de entonces y de ahora, probablemente aludían a estas entidades élficas. ¿Por qué la cabeza de cabra había enfatizado la importancia de recordar? Y, paradójicamente, ¿por qué ahora parecía haber olvidado a estos seres? ¿Qué desencadenó este lapsus de memoria? Mientras Duncan escudriñaba las capas de este enigma, conectando puntos y buscando patrones, una audaz hipótesis sobre la verdadera identidad de la cabeza de cabra comenzó a cristalizar en su mente. Su semblante se tornó sombrío y, con profunda determinación, fijó su mirada en la figura de madera. ¿Cómo te llamas realmente?, preguntó. En lugar de una respuesta clara, la cabeza de cabra respondió con susurros vagos y murmurados que recordaban a una persona que habla mientras duerme. Impertérrito y más decidido, Duncan se acercó más, con voz firme e insistente: “¿Eres Saslokha? ¿El legendario Creador de la tradición élfica? ¿El visionario que forjó el sueño primigenio, el guardián y preservador de la Atlántida? ¿Te conocen como Saslokha?” Los murmullos previamente incoherentes de la cabeza de cabra cesaron instantáneamente. Su armazón de madera inició un balanceo rítmico, oscilando de izquierda a derecha, casi como si la pronunciación del nombre Saslokha hubiera resonado profundamente en su interior. Tras un breve lapso, cargado de suspense y reflexión, alzó la cabeza para revelar un rostro ensombrecido por la tristeza y la gravedad. Saslokha, declaró en tono sombrío, se ha perdido en los anales del tiempo. Encontró su fin hace eones. El día que el mundo llegó a su fin, todo ser, poderoso o manso, pereció. .. La vasta extensión de un desierto se extendía ante ellos, con sus arenas arremolinadas que imitaban las implacables corrientes del tiempo. Enclavada entre formaciones rocosas inquietantemente retorcidas, se encontraba una figura colosal, ataviada con ropajes desgastados por el tiempo y los elementos. Este coloso parecía ejercer una influencia casi mística sobre las arenas que lo rodeaban, controlando los tumultuosos vientos del desierto, asegurándose de que no se atrevieran a profanar con su áspero abrazo a aquel al que llamaban el Viajero. Escuchando atentamente los relatos de épocas pasadas que contaba el gigante, Vanna se sentó frente a él, aprovechando este momento de respiro y absorta en sus narraciones. Desde donde estaban sentados, los restos esqueléticos de lo que alguna vez pudo haber sido un bullicioso centro urbano se alzaban en el horizonte. Una extraña sensación invadió a Vanna: la distancia que habían recorrido parecía contradecir la brevedad de su viaje. Según cálculos simples, incluso con su ritmo constante, no habrían podido acercarse a las ruinas en tan poco tiempo. Este curioso fenómeno claramente llevaba la marca de su colosal compañero. Se dio cuenta de que viajar junto a este gigante tenía la asombrosa capacidad de deformar la mismísima distancia. Sintiéndose obligada a compartir su descubrimiento, Vanna expresó sus pensamientos. Sin pretensiones ni oscuridad, el gigante respondió: “Poseo el don único de recorrer cualquier parte de este reino en un día. Esta habilidad me permite monitorear y registrar las innumerables transformaciones que moldean nuestro mundo a cada instante. Presenciar y registrar esa es mi misión eterna”. Dudó brevemente, con la voz teñida de tristeza. “Sin embargo, últimamente, casi no queda nada digno de observación o registro”. La atención de Vanna se centró inexorablemente en las ruinas que se avecinaban. De hecho, su instinto inicial había sido acertado. Estos restos eran todo lo que quedaba de una ciudad antaño vibrante. Sin embargo, a primera vista, la conexión entre estas austeras formaciones rocosas y una ciudad no era evidente de inmediato. Frente a ella se extendía un extenso campo de piedras colosales, de contornos extraños y de un gris negruzco, que se alzaban como centinelas silenciosos en medio del desierto. Cualquier rastro reconocible de vida urbana o señas de identidad arquitectónica habían sido borradas. Vanna se esforzaba por comprender la magnitud del desastre necesario para convertir una gran metrópolis en esta desolación. Parecía como si la ciudad hubiera sufrido un colapso catastrófico. Una parte significativa de su esencia debió de evaporarse instantáneamente. Los restos parecieron licuarse y fluir, para luego congelarse rápidamente en una ola de frío gélido, culminando en el extraño paisaje rocoso que tenía ante ella. Mientras Vanna reflexionaba sobre el estado de la ciudad, un enigma surgió en su mente. Si, hipotéticamente, una ráfaga instantánea de inmenso calor la hubiera azotado, ¿por qué las vastas tierras que la rodeaban seguían siendo un extenso desierto? Un conocimiento elemental le decía que el calor extremo provocaría una transición de fusión en la arena, convirtiéndola en una sustancia similar al vidrio. Si tal fenómeno hubiera ocurrido, el terreno que rodeaba la ciudad no debería parecer un desierto. Más bien, debería parecer una vasta llanura de suelo endurecido y vidrioso, similar a vastas láminas de obsidiana. Si bien Vanna admitió que no había sido la estudiante más diligente en sus lecciones de historia y cultura, aún estaba bien versada en fenómenos geológicos básicos. Volviéndose hacia su colosal compañero, buscó claridad. ¿Qué acontecimiento monumental ocurrió para reducir esta otrora magnífica ciudad a su actual estado desolado? Antes mencionaste que el mundo llegaría a su fin. ¿Qué fuerza, qué calamidad, provocó su caída? El gigante, con un rostro que recordaba a una estatua intrincada y desgastada por el tiempo, la miró fijamente. Sus ojos, hundidos y encendidos por un fuego interior de angustia contenida, parecían escudriñar su alma. El cataclismo que azotó este mundo escapa al entendimiento mortal, quizá incluso eludiendo la sabiduría de las deidades antiguas” comenzó con voz grave. “En ese fatídico día, muchos que me admiraban, que me observaban con reverencia, buscaron mi protección y guía. Pero cuando presencié la devastación, la magnitud de la calamidad, consumió mi esencia, reduciendo mi espíritu a cenizas. Es un horror que desafía la mera expresión lingüística. Con un movimiento deliberado, extendió una enorme mano, señalando hacia un profundo desgarro carmesí en el firmamento. Lo más cercano a una explicación” continuó con tristeza” es que, al amanecer del fin del mundo, abominaciones y corrupciones ajenas a nuestro reino emergieron de esa misma grieta. En cuestión de instantes, desgarraron la tierra bajo nuestros pies, retorciéndola y transformándola en formas grotescas. Todo lo que apreciábamos, todo lo que considerábamos sagrado, fue despiadado, aniquilado, consumido por esta corrupción omnipresente.
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Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 591

Estás leyendo el capítulo 591 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.