Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 558 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
El guardabosques de las Montañas Evergreen solía decir “Marchando hacia el apocalipsis”, casi como un mantra personal. Cada día, al acampar antes de que el sol se ocultara en el horizonte, miraba al cielo, absorbiendo el intenso tono rojo que lo llenaba. Para él, esta ardiente visión era una idea bastante romántica. La veía como un símbolo de valentía sin igual y del amor más profundo que uno puede sentir, todo ello con el telón de fondo de un mundo que se acaba.
Desafortunadamente, la valentía y el amor no pudieron detener la inevitable mano de la muerte. El guardabosques encontró la muerte a solo un kilómetro de una importante encrucijada. Una flecha” irónicamente, su arma experta” se clavó en su pecho, acabando con su vida de forma abrupta y cruel.
El Nigromante del grupo actuó con rapidez para eliminar a los atacantes, quienes resultaron ser un par de cadáveres putrefactos que acechaban en su camino. Estas criaturas no muertas les tendieron una astuta emboscada. Su falta de aliento y pulso impidió que el explorador, a pesar de sus agudos sentidos, los detectara. Además, una oportuna ráfaga de viento había enmascarado su olor a podrido. Este ataque fue otro suceso desgarrador en un viaje que ya había estado plagado de despedidas difíciles.
Un guerrero con armadura llegó al borde del campamento y se sentó en un tocón nudoso. Miró al cielo, con la mirada fija en una franja roja, particularmente siniestra, que lo atravesaba. Esta franja parecía latir como una vena llena de sangre. Era como si albergara innumerables espíritus malignos, todos observando el mundo desmoronado con fría indiferencia.
El Nigromante se unió a él y se sentó junto al Guerrero. Juntos, contemplaron en silencio la inquietante estela en el cielo.
Tras un largo silencio, el Guerrero, con la voz ligeramente amortiguada por el casco, finalmente rompió el silencio. Esos dos atacantes de hoy...
Eran los hermanos cazadores, los primeros en morir entre nosotros” respondió el Nigromante. Su voz, que emergía de debajo de su capucha oscura, estaba teñida de una melancolía impasible. Nos habían estado siguiendo. Los muertos no necesitan descanso, lo que los hacía más rápidos que nosotros.
Les dimos un entierro digno a las afueras del reino. Incluso realizaste un ritual para calmar sus almas. ¿Por qué volverían a la vida después de que hubieras tomado esas medidas?
“El mundo ya no es lo que era” respondió el Nigromante con tono serio, sin emoción alguna, pero lleno de una tristeza escalofriante. “¿Ves cómo esa franja roja en el cielo ha duplicado su tamaño desde que el profeta nos advirtió por primera vez? Es una herida creciente en la estructura de nuestro mundo. Tanto el suelo como el cielo se están deteriorando a un ritmo alarmante debido a su influencia. La línea entre la vida y la muerte se ha desdibujado, y ya no es como antes la entendía.
La forma de hablar del Nigromante no era del agrado de todos. Si el caballero del escudo aún estuviera con ellos, sin duda habría lanzado un discurso alentador, lleno de consejos y ánimos.
El guerrero volvió la mirada hacia el campamento. A la luz parpadeante de la fogata se encontraba la solitaria figura del Paladín, ataviado con su armadura, que parecía encarnar una determinación estoica. Oculta entre las sombras proyectadas por las llamas danzantes, también se vislumbraba la pequeña y frágil figura del Piromante. El campamento estaba ahora deprimentemente vacío; antaño había estado lleno de más miembros. Entre los ausentes se encontraba el caballero escudero, quien había tenido frecuentes enfrentamientos con el Nigromante y siempre estaba dispuesto a dar consejos, se los pidieran o no. Había encontrado su fin en las desoladas llanuras que rodeaban el Castillo de Arenisca, una muerte envuelta en circunstancias inexplicables.
El Nigromante, visiblemente incómodo en medio del silencio inquietante, habló. “Quizás otros nos alcancen”, murmuró. Tras una breve pausa, cambió torpemente el tema de conversación. “Si eso ocurre, lo más probable es que sean miembros de nuestro grupo original”.
¿Por los hermanos cazadores de hoy?, preguntó el guerrero.
“Sí, y también porque aún recuerdan su misión de marchar hacia el apocalipsis, aunque nos hayan olvidado” susurró el Nigromante con un tono de arrepentimiento. “No les dimos a sus cuerpos el tratamiento necesario antes de que se expandiera el alcance de esa luz roja en el cielo.
La curiosidad despertó al guerrero y preguntó: ¿Qué implica exactamente tratar con ellos de manera adecuada?
El Nigromante habló sin vacilar. Quemaría sus cuerpos con Fuego Espiritual hasta consumirlos por completo, y luego trituraría los huesos más grandes. Si era posible, sumergirían sus cráneos en ácido y luego los enterrarían en las profundidades.
Entendido, respondió solemnemente el guerrero.
Al día siguiente, el grupo encontró al Nigromante muerto, tendido a las afueras de su campamento. Una fuerza oscura y desconocida le había arrancado el corazón del pecho de forma inquietante, dejando un enorme agujero. Lo más inquietante fue la leve y peculiar sonrisa que se dibujó en su rostro al morir, como si finalmente sintiera alivio al liberarse del peso de su misión apocalíptica.
Los miembros restantes” Guerrero, Paladín y Piromante” ofrecieron un funeral improvisado para su compañero caído. Incineraron su cuerpo con Fuego Espiritual, destrozaron meticulosamente los fragmentos óseos restantes y sumergieron fragmentos de su cráneo en una vasija de barro llena de ácido antes de enterrarlo en las profundidades de su campamento.
Ahora sólo quedaban tres.
Mientras las oscuras columnas de humo se elevaban en espiral desde los restos incinerados, el guerrero volvió a sentir la mirada atraída por la ominosa mancha roja que surcaba el horizonte, como si dividiera el mundo en dos. La piromante, una esbelta mujer llamada Groshka, de cabello rojo intenso, se acercó a él. Tras un profundo silencio, formuló la pregunta que flotaba amenazante en el aire, pero que nadie se había atrevido a formular.
¿Continuamos?
El guerrero la miró, recordando su apariencia al comienzo de su misión: confiada y algo arrogante. Considerada la elegida por el profeta del reino, tenía más fe en su supuesto destino y sus poderes que nadie.
Sin embargo, allí estaba ella, haciendo esta pregunta introspectiva.
“Por supuesto que continuaremos” dijo finalmente el guerrero, con voz apagada pero firme tras su pesada placa facial. “Tenemos un reino que salvar y un apocalipsis que evitar.
¿Es realmente posible detener el apocalipsis caminando directamente hacia él?, preguntó Groshka, la piromante pelirroja. Sus ojos esmeralda miraban fijamente al guerrero. ¿Existe realmente una fuerza maligna al final de esa franja carmesí en el cielo, esperando a que la aniquilemos? ¿Derrotar a ese enemigo resolverá todo este caos, tal como prometió el profeta?
El profeta nunca se ha equivocado antes, replicó el guerrero con voz resuelta, aunque amortiguada por las capas de su placa frontal de acero.
Tras un breve silencio, Groshka asintió, formando una fina línea con los labios. “Entiendo”.
Apenas tres días después, en un bosque sin nombre que se extendía junto a un río serpenteante, ocurrió la tragedia. Groshka se desplomó en el suelo en un pequeño claro, con los ojos abiertos de par en par por el horror.
No había enemigos al acecho, ni trampas tendidas por fuerzas malévolas. En cambio, fue consumida por su propia magia: un estallido incontrolable de energía mágica brotó de su interior, abrasándola e incinerándola casi instantáneamente como si un enjambre de espíritus furiosos la hubiera destrozado. Su grito fue un eco breve y desgarrador en el bosque; la agonía pareció durar solo un instante.
El lado positivo, si así se le puede llamar, fue que el incendio que ella misma provocó la consumió tan completamente que no fueron necesarios ritos adicionales para deshacerse de sus restos. No se encontró ni un solo fragmento de hueso más grande que una uña entre la fina ceniza.
Ahora, sólo quedaban dos: el siempre silencioso Paladín, cuyo carácter taciturno se había intensificado con cada día que pasaba, y el propio Guerrero, perpetuamente envuelto en su imponente armadura.
A medida que se aventuraban más en el paisaje cada vez más extraño, se movían en una línea recta infalible, su camino determinado por la franja carmesí apocalíptica que aún estropeaba el cielo.
¿Cuánto duraría este viaje inquietante? ¿Adónde conducía exactamente? ¿Qué, si acaso, acechaba al final del viaje, acechando a quienes marchaban hacia su posible destino sombrío?
Cada día, el Guerrero notaba que el mundo se volvía cada vez más surrealista bajo el resplandor rojo.
La hora del amanecer y el atardecer había empezado a variar erráticamente. El sol, que solía ponerse obedientemente por el oeste, ahora se había desviado, avanzando lentamente hacia el norte.
El cielo mismo parecía cambiar de tonalidad, pasando gradualmente de su azul natural a un inquietante tono rojo púrpura. De vez en cuando, entre las profundidades de las nubes, aparecían extrañas formas y luces centelleantes, como si entidades de otro mundo se movieran en ellas.
Las cordilleras lejanas parecían distorsionarse. Lo que antes eran acantilados verticales ahora parecían tablas de madera deformadas, como si se derritieran o se desmoronaran. El horizonte mismo parecía ascender, como si el suelo mismo estuviera sufriendo una especie de lenta e inexorable conmoción.
O quizás eran los ojos del observador los que estaban cambiando.
Junto con estas anomalías visibles, se producían cambios invisibles: el flujo de energía mágica que antaño mantenía un sutil equilibrio entre los cielos y el mundo ahora fluía como un río torrencial. Los magos de antaño lamentaban la falta de energía arcana en el aire fuera de los reinos de la civilización, pero ahora la atmósfera misma parecía sobrecargada. Los vientos matutinos parecían estar saturados de fuerzas mágicas volátiles. Estas energías interactuaban con sus armaduras metálicas, generando sutiles resplandores y descargas eléctricas. Una vez acumulada hasta cierto umbral, la energía se descargaba con un estallido audible.
A medida que avanzaban, el mundo que los rodeaba parecía cada vez más extraño, impulsado por un cielo que se había profundizado, pasando de ser una simple franja roja a un abismo de colores siniestros. Sin embargo, el Guerrero y el Paladín continuaron su viaje, con destino desconocido, su misión inquebrantable, cada paso acompañado de un mundo que se parecía cada vez menos al que una vez conocieron.
El guerrero sentía cada vez más que los inquietantes cambios en el mundo que los rodeaba podrían indicar que el final de su viaje se acercaba. Se acercaban al punto donde aquella inquietante luz roja tocaba el suelo. Aunque parecía un destino lejano, la esperanza se sentía tentadoramente cerca.
Sin embargo, justo antes de cruzar un río sin nombre que se encontraba en su camino, el Paladín se detuvo de repente.
La imponente mujer, que había sido una fuente de fuerza silenciosa durante su búsqueda, se quitó el casco. Por primera vez en lo que parecieron siglos, habló. Aquí termina.
¿Por qué?, preguntó el guerrero, mirando fijamente a su último compañero en esta búsqueda abandonada.
¿No te sorprende?, preguntó.
Sólo quiero saber por qué, replicó el guerrero; su voz no delataba ninguna emoción pero sí una determinación inquebrantable.
La Paladín suspiró y metió la mano en su túnica. Sacó una gema roja fragmentada y la depositó con cuidado sobre la hierba a su lado. “El reino ha sido aniquilado”, comenzó con tristeza. Columnas de fuego y ríos de magma brotaron del núcleo del mundo, envolviendo y diezmando todo el reino en tan solo una hora. El espíritu del profeta se aferró hasta el final, confirmando nuestros peores temores.
El guerrero la miró a los ojos pero no dijo nada, absorbiendo en silencio la gravedad de lo que acababa de escuchar.
Nuestro viaje no tiene sentido. Fue inútil desde el principio, continuó, con la voz teñida de triste resignación.
Entonces el profeta nos mintió, dijo el guerrero, casi susurrando.
No, el profeta les mintió a quienes se quedaron en el reino, lo corrigió con suavidad. Necesitaba que la gente creyera que el reino había enviado a sus guerreros de élite para afrontar esta catástrofe. Igual que hace un siglo, cuando aprisionamos a la resucitada Elypsis, o hace siete siglos, cuando vencimos a los Gigantes de Hielo. Necesitaba que creyeran que los héroes salvarían el mundo de nuevo. Si no uno, entonces una legión.
Los profetas no cometen errores, murmuró el guerrero.
“Exactamente” dijo ella, asintiendo. “Él sabía cómo se desenvolvería el apocalipsis. Por eso fue el primero en comprender su inevitabilidad.” Dio unas palmaditas en el suelo junto a ella. “Siéntate, hemos recorrido un largo camino.
El guerrero permaneció inmóvil, sin hacer ningún movimiento para unirse a ella.
Sin inmutarse, la Paladín habló con más franqueza que nunca durante su viaje. Tú, y varios otros entre nosotros, empezamos a sospechar la verdad a mitad de la misión.
Groshka, la piromante, podría haber sido la única que realmente creyó en el destino que le esperaba hasta el momento en que su vida fue consumida por sus propias llamas.
Habría sido más compasivo si nunca hubiera descubierto la verdad, comentó la Paladín, sacudiendo ligeramente la cabeza. Justo entonces, observó con asombro cómo la Guerrera daba un paso decidido hacia adelante.
¿A dónde vas?, preguntó ella.
Voy a continuar, declaró.
¿Por qué?, preguntó.
¿No sientes curiosidad? Tras darte cuenta de que toda esta misión podría ser inútil, ¿no te preguntas por qué sigo adelante? La voz del guerrero estaba imbuida de una urgencia, un fervor que antes no había existido. Era como si al avanzar, incluso ante la certeza de la insignificancia de la expedición, buscara afirmar algo esencial, no necesariamente para el mundo ni para la profecía, sino para sí mismo. Había un desafío en su paso, una tenacidad inquebrantable; ni por el colapso de un reino, ni por el fin del mundo, y mucho menos por una profecía desacreditada.
Allí estaban, en orillas opuestas de un río sin nombre, cada uno contemplando los caminos no tomados, sus miradas reflejando los matices cambiantes y enigmáticos del mundo que los rodeaba. La Paladín estaba lista para poner fin a su viaje, mientras que la Guerrera estaba preparada para sumergirse aún más en el abismo. Cada una se guiaba por su propia interpretación de lo que significaba ser un héroe, lo que significaba tener un destino y lo que significaba navegar por el desconcertante laberinto de profecías y verdades.
El Paladín lo observó atentamente y decidió permanecer en silencio.
Quiero al menos comprender qué es eso” el guerrero señaló la inquietante franja roja en el cielo vespertino, con la voz teñida de una urgencia contenida. “Nuestro reino ha sido devastado, y quizás también todo el mundo civilizado ha sido consumido. Pero necesito saber qué fuerza está causando que tanto el cielo como la tierra se marchiten y mueran.
La Paladín observó a su último camarada superviviente durante un instante que pareció eterno antes de soltar un profundo suspiro de cansancio. “No puedes alcanzarlo”, dijo finalmente.
¿Qué quieres decir?, preguntó el guerrero, girando la cabeza para mirarla.
Esa luz roja no toca el suelo. No está anclada en este mundo, explicó.
Por primera vez, el rostro del Guerrero mostró una expresión de genuina sorpresa, visible incluso debajo de su máscara.
Una hora después de que el espíritu del profeta abandonara este plano terrenal, tuvo una visión elevada de todo. Comprendió que nuestro mundo es esférico, flotando en un vacío infinito. Esa luz roja eclipsa incluso la tierra bajo nuestros pies. Es mucho más distante, y no solo está destruyendo la tierra. Está desgarrando la esencia misma de la existencia.
Mientras hablaba, recogió la piedra preciosa roja fragmentada que había dejado sobre el césped antes.
Me dijo que los antiguos astrólogos tenían razón. Las estrellas, los planetas, son cuerpos celestes que flotan en un espacio infinito. Lo que sigue siendo un misterio es por qué esa luz roja siempre nos aparece desde una dirección específica. Aunque nuestro planeta gira y orbita como cualquier otro cuerpo celeste, esa luz roja parece casi grabada en nuestro cielo, describiendo un arco de este a oeste, como si aterrizara en algún lugar de este mundo.
Hizo una pausa, con un dejo de nostalgia en su voz. Ese era el último enigma del profeta, y quizá sea el último misterio que este mundo conocerá jamás.
El guerrero se sintió como si lo hubieran clavado en el suelo. Una repentina y abrumadora sensación de terror se desató en su interior.
Y así fue que, hace mucho tiempo y muy lejos, bajo las brasas moribundas de un crepúsculo que una vez fue tranquilo, un hombre llegó a comprender la verdadera naturaleza del mundo en el que se encontraba, justo al borde del apocalipsis.
La voz de la Paladina se suavizó, contrastando marcadamente con su habitual semblante estoico y frío. Por primera vez, mostró ternura. “Descansa” dijo con dulzura”, ya pasó”.
Se acabo.
¿Qué hacer cuando todo llega a su fin?
Tras una breve pausa, el guerrero finalmente desató la espada larga de su cinturón. Su intención era blandirla para derrotar al enemigo que se cernía sobre el lugar donde se posaba aquella ominosa luz roja, al igual que los grandes héroes de antaño.
Pero ahora se daba cuenta de que esta espada era demasiado corta. Nunca alcanzaría los cuerpos celestes, y mucho menos alteraría el curso del destino.
El cielo vespertino se tiñó cada vez más de ese rojo cada vez más intenso, casi como si el universo mismo reconociera su sombría revelación. Permanecieron allí, absortos en la recién descubierta conciencia de sus propias limitaciones, reflexionando sobre preguntas que quizá ni ellos ni el cosmos pudieran responder.
Su mano se tensó alrededor de la empuñadura de su espada, repentinamente insignificante. Por un instante fugaz, estas dos almas valientes permanecieron inmersas en la inquietante luminiscencia del cielo que se desvanecía, cada una absorta en sus propias ensoñaciones sobre la insondable extensión que se les presentaba, reflexionando sobre las complejidades de lo que pudo haber sido, lo que debería haber sido y lo que simplemente fue.
Sorprendidos por el destino, él y su otrora próspera civilización quedaron completamente desprevenidos. La abrupta extinción de sus luces metafóricas los dejó ajenos a los cambios tectónicos que estaban transformando su realidad.
Con aire solemne, el guerrero alzó su espada finamente tallada por encima de su cabeza. Era un arma forjada con los materiales más exquisitos y pulida por los artesanos más hábiles que su reino pudo reunir. Reuniendo hasta la última reserva de fuerza de su cuerpo exhausto, lanzó la espada al cielo con un grito de angustia.
En ese instante fugaz, mientras la espada se separaba de su agarre, creyó oír una voz que flotaba en la suave brisa del atardecer. Era una voz tan débil y distante que no podía estar seguro de si era real o producto de su imaginación.
¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
El guerrero desconocía el origen de la misteriosa voz, ni siquiera su existencia real. Sin embargo, en ese breve e inconmensurable instante, una frase resonó en su mente: una frase que le susurró un compañero perdido en un camino ahora relegado a la historia.
Estamos marchando hacia el apocalipsis.
La espada ascendió en espiral, su hoja pulida reflejaba los últimos destellos de la luz del día mientras parecía desafiar los cielos. Fue un gesto inútil, quizás incluso insensato, un último acto de desesperación de un hombre que se sentía cada vez más empequeñecido y acorralado por la inabarcable enormidad del universo. Sin embargo, era todo lo que le quedaba por dar. Finalmente, el acero brillante fue engullido por el cielo carmesí que se cernía sobre él, un último aliento de desafío humano en medio de una vulnerabilidad abrumadora.
Con la mano vacía, el guerrero sintió, por primera vez, una extraña claridad. Era como si el mismo acto de soltar su espada también lo hubiera liberado del peso de sus propios miedos, ansiedades y preguntas sin respuesta. Se giró para mirar al paladín a su lado. Eran reliquias de un mundo que se desvanecía, pero en ese instante fugaz, descubrieron un entendimiento mutuo. Sus espadas jamás podrían alcanzar los límites del universo; su viaje estaba destinado a concluir allí. Y, sin embargo, se enfrentaron al abismo insondable que se abría ante ellos con una sabiduría recién descubierta y un humilde reconocimiento de sus propias limitaciones.
De pie en medio de la cortina roja del crepúsculo que se expandía inexorablemente, eran los últimos ecos de una civilización moribunda, contemplando un futuro del que nunca formarían parte. Sin embargo, en ese preciso instante, entre la incertidumbre implacable y los imponentes e impenetrables enigmas que los aguardaban, tropezaron con algo que se sintió extrañamente parecido a la paz.
La voz misteriosa, real o conjurada, había planteado preguntas que tal vez no tenían respuesta. Pero para el guerrero, y quizás también para el paladín, lo más importante era plantearse estas preguntas.
¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
Y quizás la pregunta más conmovedora, la que no fue formulada pero que flota palpable en el aire, tan vívida como el cielo cada vez más rojo sobre ellos: ¿A dónde vas?
Marchaban hacia un fin, sí. Pero al menos lo hacían con una unión que, en sí misma, se convirtió en una especie de respuesta.

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Ascuas de aguas profundas (Novela)
Capítulo 559
Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 558
Estás leyendo el capítulo 558 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.