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Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 492 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
La impactante imagen que inmediatamente capturó la atención de Duncan fue una gran y cautivadora pintura al óleo que colgaba prominentemente en la pared más cercana a la elegante escalera de caracol de la mansión. La obra de arte tenía una impactante paleta de colores compuesta principalmente por negros profundos y carmesíes intensos, creando un contraste vívido y audaz que hacía imposible apartar la mirada. Esta pintura en particular era una de las varias que adornaban las amplias paredes de la lujosa mansión, cada una representando su propia escena caótica, como si hubiera surgido de un sueño desenfrenado y febril. A diferencia de los paisajes o retratos tradicionales, la pintura presentaba una composición compleja y abstracta. Líneas aleatorias zigzagueaban por el lienzo, entrecruzándose con bloques de color, creando una experiencia visual vertiginosa para cualquiera que se atreviera a observarla durante demasiado tiempo. El verdadero significado o mensaje de la pintura permanecía elusivo, oculto entre sus intrincados trazos y remolinos. Mientras Duncan seguía concentrado en la obra de arte, dejando que sus ojos siguieran la maraña de formas y tonos, se dio cuenta de que los patrones caóticos evolucionaban hacia formas discernibles. Lo que inicialmente parecían sombras aleatorias comenzaron a fusionarse en líneas definidas. Las manchas de color aparentemente indiscriminadas comenzaron a adquirir formas reconocibles. De repente, la pintura pareció cobrar vida. Representaba una poderosa llamarada, casi como una bola de fuego, que se elevaba a través de una espesa capa de nubes para estrellarse contra un mar turbulento. La entidad llameante partió el cielo en dos, y el océano se agitó furioso bajo ella, como si protestara por la intrusión. Y tras esta dramática escena se alzaba una figura amenazante, envuelta en oscuros tonos carmesí, como presagio de un evento apocalíptico. Curiosamente, Duncan descubrió que la pintura evocaba una visión fugaz que había tenido. En esa visión, una nave espacial con forma de tridente, envuelta en llamas, descendía en espiral desde el cielo antes de estallar en un magnífico chapoteo al caer al océano. Sin embargo, al examinarla más detenidamente, Duncan se dio cuenta de que la obra no coincidía exactamente con su visión anterior. La nave espacial que recordaba era una maravilla de tecnología avanzada, fácilmente reconocible por su diseño futurista y su imponente presencia. En contraste, el objeto de la pintura parecía arcaico, quizá incluso una nave de madera, rodeada de llamas que parecían más fuego natural que la propulsión avanzada de una nave espacial. Era como si el artista, que podría haber vivido en la época medieval, hubiera perdido la razón y hubiera soñado con un vehículo futurista. Sin embargo, al carecer del contexto y el vocabulario necesarios para comprender plenamente lo que había visto, se vio obligado a interpretar esta tecnología avanzada a través de su propia y limitada perspectiva artística. Esto dio como resultado una pintura llena de símbolos ambiguos e imágenes inquietantes. Justo cuando Duncan estaba absorto en la contemplación del cuadro, lo interrumpió la voz del mayordomo decapitado de la mansión. "¿Le intriga este cuadro, señor?", preguntó el mayordomo, interrumpiendo la intensa concentración de Duncan. Intrigado, Duncan preguntó con un toque de curiosidad: "¿Qué puede decirme sobre los orígenes de estas pinturas al óleo que adornan las paredes de esta mansión?" “Los cuadros siempre han estado aquí, señor” respondió el mayordomo sin cabeza en un tono mesurado y sereno, sin delatar ninguna urgencia. “¿Siempre?” insistió Duncan, con la voz teñida de confusión. “¿Te refieres a desde el momento en que se erigió esta gran estructura, conocida como la Mansión de Alice? ¿O quizás te refieres a desde que Alice asumió el cargo de dueña de esta propiedad? “Desde el principio de los tiempos, señor” entonó el mayordomo”, antes de cualquier acontecimiento o existencia que uno pudiera concebir. Duncan frunció el ceño involuntariamente; su rostro era un cuadro de perplejidad. La respuesta del mayordomo le pareció críptica, frustrantemente nebulosa, casi un acertijo sin respuesta. Examinó la figura decapitada que tenía ante sí, pero interpretar la emoción o la intención de un ser sin rostro resultó imposible. Lo que quedó fueron palabras corteses pero vacías. Tras ordenar sus ideas, Duncan formuló dos preguntas más: "¿Tiene nombre la pintura que estábamos comentando? ¿Podrías explicarnos su temática?" “De hecho, el cuadro no tiene nombre, como todos los cuadros que adornan estas paredes”, le informó el mayordomo. “Existen por sí mismos, libres de las limitaciones de títulos o interpretaciones. En cuanto a lo que representa, debo admitir con pesar que el tema excede mi comprensión”. “Sin duda, como ama de llaves de este lugar, deberías estar familiarizada con sus muchos matices, ¿no?” insistió Duncan, con un toque de incredulidad en su tono. Soy solo un sirviente, señor. Esta mansión alberga un sinfín de enigmas, protegidos y aislados en sus profundidades. El conocimiento de tales misterios no está destinado a ser responsabilidad de un sirviente. Un breve atisbo de irritación se asomó a las comisuras de los labios de Duncan. Una parte de él quería presionar al mayordomo, sacarle más información, pero rápidamente reprimió el impulso. Esta era la Mansión de Alice, un lugar con sus propias costumbres peculiares y peligros desconocidos. Desafiar al mayordomo podría poner en peligro la seguridad de la propia Alice, así que decidió actuar con cautela. Tras respirar hondo y en silencio para recuperar la compostura, la mirada de Duncan recorrió las numerosas pinturas que decoraban el amplio pasillo. Cada una era una cascada de colores y formas abstractas, pero a diferencia de la pintura que lo había cautivado inicialmente, ninguna parecía transformarse ni cambiar bajo su escrutinio. Finalmente, habló. "Sigamos adelante", dijo, sintiendo una punzada de arrepentimiento al apartar la mirada de las fascinantes obras de arte. Dirigiéndose al mayordomo decapitado, dio su siguiente orden: "Por favor, lléveme al jardín que mencionó antes". El mayordomo decapitado hizo una leve reverencia antes de girarse para continuar la visita guiada por la mansión. Guiando a Duncan por el opulento rellano del segundo piso, descendieron por la intrincada escalera de caracol. Una vez en el primer piso, recorrieron el amplio vestíbulo, llegando finalmente a un estrecho pasillo que conducía al apartado jardín trasero de la mansión. Sin embargo, antes de seguir por el pasillo, Duncan dudó y miró hacia atrás. Su mirada se dirigió al otro extremo del pasillo, donde una alfombra roja vibrante y afelpada culminaba en una enorme puerta de madera oscura. La puerta estaba enmarcada por ventanas altas y delgadas que dejaban entrever arbustos espinosos plantados justo al otro lado del cristal. "Casi parece la puerta de entrada a toda la mansión", pensó Duncan en voz alta. De repente, sintió curiosidad y se preguntó: "¿Qué hay al otro lado de esa puerta?". En cuanto Duncan pronunció la pregunta, notó que el mayordomo decapitado temblaba visiblemente, una ruptura sin precedentes en su habitual serenidad. “Le ruego, señor, que calme cualquier curiosidad sobre lo que hay tras esa puerta”, respondió el mayordomo con un tono inusualmente inquieto. “Ese es el camino a un destino irrevocable, un abismo de tormento eterno”. “¿Un camino a ninguna parte?” Duncan entrecerró los ojos, su expresión se tornó severa. “¿Por qué lo describes en términos tan siniestros? ¿Podría ser una especie de portal a otra dimensión? “¿Otro reino, dices? No entiendo a qué te refieres, pero te imploro que nunca intentes abrir esa puerta” advirtió el mayordomo. Empezó a agitar los brazos con agitación, visiblemente inquieto. La puerta, al parecer, era sacrosanta: un territorio prohibido dentro de la mansión que nadie podía cruzar. “Sin embargo, no estoy sujeto a las reglas de este lugar” señaló Duncan, con los ojos brillantes de un entusiasmo provocador. Había notado la perturbación emocional del mayordomo y la consideraba una pista importante para comprender la naturaleza misteriosa de la mansión. “Antes dijiste que tengo la llave, lo que implica que tengo la capacidad de abrir cualquier puerta. “Es cierto, señor, tiene una llave. Pero usarla en esa puerta en particular sería un grave error” advirtió el mayordomo decapitado, con un tono de evidente ansiedad. A pesar de estar limitado por su cargo” y quizás por reglas que no podía divulgar”, hizo gestos cada vez más frenéticos y empleó un lenguaje más apremiante para disuadir a Duncan. “Por el bien de todos los que están en esta casa, le ruego que no abra esa puerta. “¿Qué hay realmente detrás de esa puerta?” Duncan clavó una mirada dura e inflexible en el mayordomo, con una voz imbuida de profunda seriedad. El mayordomo pareció vacilar por un momento, tartamudeando como si luchara por ordenar sus pensamientos en un discurso coherente. “Tras esa puerta... más allá de esa puerta”, dudó, “yace un mundo en ruinas. Un desastre apocalíptico es inminente, y esa puerta sirve como un sello que detiene el fin de los días. Te suplico que no abras ese umbral y desates el apocalipsis sobre nosotros”. Duncan frunció el ceño profundamente mientras asimilaba las frenéticas y fragmentadas revelaciones del mayordomo decapitado. Las palabras “un mundo en ruinas” y “inminente catástrofe apocalíptica” resonaban inquietantemente en su mente. ¿Podría ser que la mansión no fuera solo una residencia enigmática, sino una fortaleza contra una catástrofe inminente? Tras unos momentos de intensa contemplación, respiró hondo y exhaló, como si se deshiciera del peso de la inquietante información que acababa de recibir. “No te preocupes”, dijo finalmente, asintiendo tranquilizadoramente en dirección al sirviente decapitado. “Para empezar, no tenía intención de abrir esa puerta siniestra”. El alivio que invadió al mayordomo fue casi palpable. A pesar de la ausencia de cabeza o rostro que expresara emociones, la repentina liberación de tensión en su postura fue inconfundible. “Sus palabras de antes me inquietaron mucho” admitió el mayordomo, recuperando la cadencia mesurada de su tono al reanudar su camino guiado. “Le insto a que se abstenga de hacer preguntas tan angustiosas en el futuro. El apocalipsis ya ha consumido gran parte del mundo, y esta mansión es el último santuario. Duncan permaneció en silencio, observando atentamente la actitud del mayordomo mientras caminaban por el estrecho pasillo. Finalmente, llegaron a una puerta de cristal con un marco de acero oscuro y robusto. El marco de acero dividía el cristal translúcido en diversas formas geométricas, cada una con grabados de flores y plantas. La estética general era extrañamente inquietante, como si un mundo de cuento de hadas se hubiera fusionado con un reino más oscuro y siniestro. “La señora le espera en el jardín. Por favor, póngase cómodo” dijo el mayordomo, girando el pomo de la puerta y dando un paso atrás. "¿No vienes conmigo?" preguntó Duncan, visiblemente sorprendido. “El jardín es un espacio privado reservado para la señora y quienes poseen la llave. Incluso el jardinero solo entra cuando es absolutamente necesario”, aclaró el mayordomo. “Si necesita ayuda, hay una cuerda fina cerca de la entrada. Tire de ella y acudiré a la puerta inmediatamente”. “Gracias por traerme hasta aquí” respondió Duncan, desviando su atención de la inquietante presencia del mayordomo. Con un suave empujón, abrió la crujiente puerta de cristal y cruzó el umbral hacia el apartado jardín. El cambio inmediato de atmósfera fue asombroso. Al cerrarse la puerta tras él, sus ojos se bañaron en una brillante luz solar, un marcado contraste con el interior, por lo demás sombrío y enigmático, de la mansión. Luz del sol. Luz solar real que afirma la vida. A Duncan le llamó la atención que, en el corazón de esta misteriosa y laberíntica mansión, existiera un santuario lleno del calor y la luz del sol. La capacidad de asombro de Duncan aumentó a medida que se adentraba en el jardín. Sus ojos recorrieron la exuberante escena que se extendía ante él, contemplando parterres de intrincados diseños rebosantes de una multitud de colores, arbustos esculpidos a la perfección y senderos serpenteantes flanqueados por una hierba de un verde intenso. El jardín parecía deleitarse con una calidez etérea que impregnaba el aire, otorgando un brillo surrealista a cada hoja y pétalo. Sin embargo, al alzar la vista hacia el cielo, esa sensación inicial de asombro comenzó a desvanecerse, reemplazada por una persistente incomodidad. Lo que vio distaba mucho del cielo común que uno esperaría ver al aire libre. En cambio, se encontró con una inquietante interpretación artística, casi infantil en su ejecución. Manchas azules, intercaladas con toscas nubes blancas como el algodón y simples rayos dorados, conformaban un cielo fantástico. El centro estaba dominado por un sol, igualmente dibujado por aficionados, que irradiaba líneas de luz dorada. De este "sol" provenía el jardín su iluminación sobrenatural. A pesar del encanto caprichoso del cuadro, Duncan sintió una profunda inquietud que lo carcomía. No era solo un cielo pintoresco; era un presagio de la extrañeza subyacente del jardín. Reprimiendo un escalofrío, apartó la mirada del peculiar cielo y volvió su atención a los aspectos terrenales del jardín. Pronto, sus ojos captaron una peculiar explosión de color que parecía fuera de lugar entre la vegetación y las flores. Impulsado por una mezcla de curiosidad y aprensión, avanzó con paso rápido hacia la fuente, esquivando grupos de arbustos densos y bordeando un diminuto muro adornado con un arreglo floral. Al llegar a la confluencia de varios senderos, se encontró en un claro apartado en el corazón del jardín. La atmósfera allí era marcadamente diferente: silenciosa y solemne. Dominando el claro se alzaba una figura solitaria sentada tranquilamente, como absorta en una profunda meditación o tal vez sumida en un sueño profundo. Esta figura descansaba contra una gran columna de mármol, cubierta de hiedra y enredaderas florecientes. Sin embargo, al acercarse Duncan, se dio cuenta de que la imagen romántica de los zarcillos florecientes se veía empañada por un detalle inquietante: numerosas espinas negras y afiladas salpicaban las enredaderas, enroscándose amenazadoramente alrededor de la figura como si la tuvieran cautiva en una trampa vegetal. Duncan se quedó sin aliento por un instante mientras asimilaba la dicotomía del hermoso y a la vez cautivador espectáculo. La figura, a la vez majestuosa y vulnerable en su enredado reposo, atrajo su mirada irresistiblemente. “¿Alice?”, finalmente logró pronunciar, la palabra fue apenas más que un susurro, cargada de una complicada mezcla de preocupación, desconcierto y anticipación.
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Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 492

Estás leyendo el capítulo 492 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.