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Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 436 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
En la tranquilidad que siguió a una ciudad asolada por el conflicto, donde el horizonte apenas se distinguía entre la niebla que se disipaba, un anuncio electrizante resonó en la atmósfera sombría de un cementerio cercano. "¡Tenemos una superviviente! ¡Una niña!". La voz jubilosa rompió la quietud inquietante que, como un sudario, cubría las tumbas. Una figura protectora emergió de la modesta cabaña de un cuidador al borde del cementerio, abriendo la pesada puerta de madera con un lento crujido. Dentro del espacio tenuemente iluminado, una joven llamada Annie estaba acurrucada, temblando. Al salir, el viento cortante que lo seguía traía consigo el acre olor a pólvora, un rastro persistente de las recientes hostilidades. Annie levantó la vista, con la mirada vacía pero alerta, y se encontró con la del guardián. En ese instante, notó otra presencia detrás de él, una figura sumida en un aire de perpetua tristeza. Impulsada por un instinto profundo, logró ponerse de pie y se tambaleó hacia este segundo y misterioso individuo. Sus piernas temblaron, pero antes de que pudiera caer al suelo, el firme agarre del guardián la agarró por el cuello de su vestido. "¿Estás bien, pequeña? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás aquí sola en este lugar triste?" Sus preguntas parecían rebotar a su alrededor sin que ella pudiera comprender del todo su significado mientras miraba frenéticamente a su alrededor en busca de la figura que había vislumbrado momentos antes. No tuvo que buscar mucho. La figura, un anciano que parecía agobiado por años de dolor, se encontraba a poca distancia. La saludó brevemente con un gesto despectivo de la mano antes de adentrarse en el cementerio. Caminaba hacia una figura imponente vestida con una túnica negra, envuelta en vendas y sosteniendo un bastón hecho de lo que parecía madera muerta y nudosa. La imagen era inquietantemente similar a las descripciones del guardián de la Puerta de Bartók, una figura mítica que aparece en los textos sagrados de la iglesia. Se produjo una breve y silenciosa conversación entre los dos antes de que ambos desaparecieran en la niebla, desvaneciéndose como figuras espectrales al final de un camino sinuoso. Annie se quedó clavada en el lugar, su joven rostro sin emociones, sus ojos carentes de lágrimas incluso en el frío cortante. El guardián, con la preocupación grabada en el rostro, preguntó en voz baja: "¿Qué te preocupa, querida? ¿Qué buscas?" “Quizás ella está buscando esto”, dijo una voz inesperada, cuyo timbre resonó en el aire y estuvo acompañado por el sonido distintivo de botas crujiendo sobre una capa de nieve helada. Al oír la voz, la atención de Annie se desvió de inmediato. Una sacerdotisa apareció ante sus ojos, sosteniendo con delicadeza un bastón desgastado y un rifle de caza que le resultaban sorprendentemente familiares. “Tu guardián ha dejado este mundo” dijo la sacerdotisa en voz baja, inclinándose para depositar los objetos a los pies de Annie. “Desafortunadamente, no podrá volver a verte; solo quedan sus cenizas. Por un instante, Annie se quedó mirando el bastón y el rifle que tenía ante sí. Luego, con un movimiento deliberado, se agachó para recogerlos, sosteniéndolos contra su pecho como si abrazara los últimos recuerdos tangibles de alguien muy querido. “Entiendo” susurró Annie en voz baja, con un tinte melancólico de comprensión. “El abuelo portero se fue con mi abuelo. “Ten cuidado con esa pistola” advirtió el guardián, moviendo la mano instintivamente hacia ella como para quitarle el arma. “No pasa nada” interrumpió la sacerdotisa con una voz que mezclaba dulzura y autoridad. “El rifle está descargado. Que se lo quede; puede que se conocieran. Indeciso por un momento, pero respetando la sabiduría de la sacerdotisa, el guardián retiró la mano. Luego, centró su atención en observar las consecuencias de la batalla en el cementerio, como si buscara pistas o consuelo en su paisaje desolado. El sendero que serpenteaba por el cementerio era un desastre, cubierto de una mezcla fangosa de barro ennegrecido y escombros. Ni siquiera la humilde vivienda del cuidador se había salvado y estaba igualmente sucia. Una sucia capa de nieve se mezclaba con el barro, cubriendo el cementerio como una manta repugnante. Era evidente que numerosas abominaciones habían intentado profanar este suelo sagrado; sus intentos fallidos estaban marcados por diversas cicatrices de combate y muertes ocultas, ahora ocultas bajo la nieve. Con la dispersión de las fuerzas oscuras, los secretos de su desaparición parecían haberse ido volando, perdidos en los anales de la historia. Entonces, como si fuera una señal, un susurro frío recorrió el aire. Al mirar al cielo, el guardián observó un delicado ballet de copos de nieve que descendían en espiral. Por una vez, no eran cenizas disfrazadas de nieve, sino copos auténticos, una manifestación de la gracia inmaculada del invierno. Al caer la nieve, un repentino rayo de luz atravesó las nubes, cortando la tristeza como un cuchillo. Era un símbolo de esperanza, anunciando el esperado regreso del sol. En ese momento, el lejano rugido de una locomotora de vapor llenó el aire, amplificando su ruido al acercarse al cementerio. Un vehículo blindado de vapor finalmente se detuvo en la entrada principal, atrayendo de inmediato la atención de un escuadrón de guardias que patrullaban. Mientras se apresuraban hacia el vehículo, sus rostros reflejaban sorpresa, que rápidamente fue reemplazada por un saludo respetuoso al descender una figura. El sonido de pasos resonó en el sendero que conducía a la cabaña del conserje. El joven guardián, vestido con un sombrío uniforme negro, se puso firme de inmediato y saludó, con la voz enturbiada por la confusión. “Guardián, ¿está aquí para…?” “Hagan una evaluación de los cementerios”, fue la respuesta cortante pero decisiva del recién llegado. Al oír esta nueva voz, Annie salió de su ensoñación. Agarrando el bastón y la escopeta, sus ojos buscaron instintivamente la fuente y se posaron en una mujer ataviada con una túnica sacerdotal negra. Su piel era de un blanco etéreo, casi resplandeciente con un aura serena pero gélida. Para Annie, era como una niebla fría, inquietante pero extrañamente reconfortante. Su piel presentaba numerosas cicatrices, sin manchas de sangre ni decoloración, como si fuera una muñeca de porcelana que hubiera visto batalla. Una venda negra le cubría los ojos, lo que indicaba su ceguera. Y, sin embargo, a pesar de su evidente ceguera, Annie sintió como si la mujer realmente la estuviera "viendo": su presencia emanaba una mirada etérea que parecía atravesar la tela de la venda. Un destello de comprensión iluminó lentamente los ojos de Annie, pero estaba claro que la mujer, Agatha, la había reconocido desde el momento en que se conocieron. “Annie, ¿verdad?” preguntó Agatha en voz baja mientras le despeinaba con delicadeza el pelo. Su mirada se desvió entonces hacia el bastón y la escopeta que Annie tanto aferraba. En silencio momentáneamente, dirigió sus palabras al sacerdote que estaba detrás de ella. “La ladera de la montaña fue el primer punto de ataque. Estos cementerios actuaron como murallas defensivas, impidiendo que una horda de abominaciones invadiera las calles de la ciudad. “El saldo fue alto”, añadió la sacerdotisa con voz triste. “Casi todos los guardianes de tumbas y guardianes asignados a esta zona murieron en la batalla. Las fuerzas de defensa de la ciudad en este sector también sufrieron graves bajas”. Agatha escuchó atentamente antes de inclinar la cabeza, ofreciendo un momento tranquilo de respeto y oración. Perturbado, el joven guardián vestido de negro finalmente habló: “Guardián, la ciudad ha sufrido pérdidas devastadoras. Esto nos deja vulnerables a catástrofes secundarias, impulsadas por la muerte, el miedo y la obsesión generalizados entre la población. Probablemente necesitemos varias ceremonias grandiosas para calmar el alma, pero la catedral está actualmente...”. “Pueden dejarse de lado las preocupaciones sobre las ceremonias para apaciguar el alma” interrumpió Agatha, con un aire de serena autoridad. “Ahora actúo como arzobispo. El arzobispo Iván ha emprendido un camino diferente. El guardián pareció visiblemente aturdido por un instante, y su expresión pasó rápidamente de la sorpresa a algo parecido a la negación. Era como si acabara de notar el cambio en el atuendo de Agatha. Había desaparecido el formidable abrigo que antaño la había caracterizado como Guardiana de la Escarcha. En su lugar, llevaba una túnica, más parecida a las vestimentas de un clérigo, que reflejaba sus nuevos deberes y responsabilidades. “Por ahora, sigo cumpliendo las funciones de portera, y los guardianes permanecen bajo mi mando”, explicó Agatha, con los ojos vendados atentos a las reacciones de su subordinado. “Esto será así hasta que la sede de la Iglesia de la Muerte nombre a un nuevo arzobispo o un nuevo portero ocupe mi lugar. En ese momento, podría convertirme formalmente en arzobispo de esta Ciudad-Estado. Por ahora, nuestra prioridad es mantener la estabilidad dentro de la Ciudad-Estado”. “Sí… Guardián.” El joven guardián dudó un momento y bajó la mirada al suelo antes de optar por utilizar el título familiar y respetado: “Guardián”. Sin inmutarse por estos pequeños asuntos de formalidad, Agatha centró su atención en Annie. “Vete a casa” le dijo suavemente a la joven. “Tu madre está sana y salva y te espera. Al oír mencionar a su madre, la expresión de Annie pasó de vacilante a resuelta. Asintió, preparada para irse con los guardianes que la acompañaban. Sin embargo, al dar sus primeros pasos, se detuvo. “El portero, el que está 'al otro lado', como dicen las escrituras... se fue de esa manera”, Annie miró a Agatha, cuyas cejas se habían fruncido sutilmente. La declaración de la niña flotaba en el aire, cargada de implicaciones y misterios que parecían trascender sus circunstancias actuales. Agatha, con los ojos vendados pero extraordinariamente perspicaz, percibió la profundidad de las palabras de Annie y comprendió que la niña había captado una verdad compleja, una que incluso los adultos de su Ciudad-Estado tenían dificultad en comprender. Annie, sospechando que Agatha no le creyera del todo, señaló con urgencia hacia las partes más profundas del cementerio. “Salió por ahí”, enfatizó. Agatha ladeó la cabeza, como si mirara fijamente el punto que Annie le había indicado. Tras su venda negra, un fugaz destello de luz verde etérea brilló momentáneamente, como si realmente estuviera viendo algo fuera de lo común. Finalmente, volvió a centrarse en Annie. "¿Quieres convertirte en guardiana?", preguntó. La confusión nubló el rostro de la joven; era evidente que no sabía cómo procesar esa repentina pregunta. Tras un instante, la comprensión pareció iluminar sus ojos. "¿Te refieres a ti y al abuelo?" “Sería un largo viaje” dijo Agatha, con una sonrisa tierna y comprensiva en los labios. “Pero por ahora, no nos precipitemos. Regresa a casa primero. Si aún deseas seguir este camino, el primer paso sería asistir al instituto básico de la Iglesia de la Muerte. Aceptando las palabras de Agatha, aunque sin comprender del todo sus implicaciones, Annie, de mala gana, entregó la escopeta y el bastón al guardián que estaba a su lado. “Si me convierto en tutora, ¿puedo quedarme con la escopeta y el bastón del abuelo?” Se giró y miró fijamente a Agatha; su mirada era seria y rebosaba una sinceridad demasiado madura para su corta edad. Agatha la observó un momento, con los ojos vendados, ilegibles pero profundamente pensativos. “Si tu deseo no cambia dentro de tres años, tienes mi permiso”, dijo finalmente. Annie asintió y se giró para irse, y mientras se alejaba, el cementerio volvió rápidamente a su estado anterior y tranquilo. “¿Hablabas en serio de lo que le dijiste?” preguntó el joven guardián vestido de negro, con la voz teñida de duda. “Es solo una niña, y sus habilidades latentes aún no se han revelado. Tomar el bastón y la escopeta del viejo soldado no son meros símbolos; conllevan responsabilidades que van mucho más allá del entrenamiento típico de un guardián. La voz de Agatha era tan serena como la quietud que envolvía el cementerio. “Tiene la capacidad de percibir la guía del reino de los difuntos”, dijo en voz baja; sus ojos, aunque con los ojos vendados, parecían fijos en los senderos lejanos que se adentraban en el cementerio. “Yo tenía el mismo don a su edad”. El joven guardián absorbió esta revelación en silencio, lidiando con la enormidad de lo que Agatha acababa de decir. Junto a ellos, la sacerdotisa parecía lidiar con sus propias preocupaciones. Finalmente, sin poder contenerse, se volvió hacia Agatha con la mirada llena de preocupación. "¿Tu salud... cómo te encuentras?" “Estoy bien” le aseguró Agatha, negando levemente con la cabeza, como para disipar los temores de la sacerdotisa. “Los últimos acontecimientos han afectado a este cuerpo, pero me las arreglaré. Las palabras de Agatha eran tranquilas, pero contenían capas de resiliencia ganada con esfuerzo y conocimiento tácito de luchas incalculables, consolidando su posición no solo como guardiana sino quizás como un futuro pilar de la Ciudad-Estado que todos luchaban por proteger.
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Estás leyendo el capítulo 436 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.