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Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 420 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
En las entrañas del Segundo Canal, una niebla etérea se había infiltrado disimuladamente en cada grieta, llenando el vasto paisaje subterráneo. Esta masa vaporosa y caótica se ceñía firmemente al arco del techo del túnel de alcantarillado, cubriéndolo como un velo sobrenatural. En su enigmática forma, el vapor evocaba la ilusión de un techo robusto e impenetrable que se transformaba en una semblanza espectral de un "cielo". En el corazón de este pasillo ominoso y extrañamente tranquilo, una pequeña figura emprendió su viaje. Era un hombre mayor, envuelto en un abrigo de otra época, que recorría con determinación el húmedo y resonante sendero. El tiempo había marcado profundas arrugas en su rostro y había ralentizado su paso a un ritmo mesurado, ya no los pasos ágiles de su juventud. Pero hoy, sentía una inesperada oleada de vigor corriendo por sus venas, como si los años hubieran retrocedido y le hubieran devuelto la energía juvenil. Sus habituales acompañantes, dolores articulares crónicos y fatiga muscular, brillaban por su ausencia. Sus pasos se aceleraron al ritmo de su corazón. La pesada llave inglesa que sostenía era inusualmente ligera. Con el conocimiento y la destreza que le otorgaban décadas de familiaridad, navegó por la laberíntica red de húmedos pasajes e intersecciones, firmemente encaminado hacia un destino incierto pero inquietantemente familiar. La asamblea principal lo esperaba y el reloj avanzaba sin parar. Sin embargo, surgió un obstáculo imprevisto. Un montículo caótico de piedra desmoronada y escombros había caído, obstruyendo su camino. “Bloqueado... ¿Está bloqueado?” El anciano se detuvo, estudiando el montón de escombros con una mezcla de confusión y curiosidad. Su mente se apresuró a reconstruir recuerdos fragmentados mientras destellos del pasado se filtraban en su mente. Ahora lo recordaba. Los guardias detonaron los explosivos durante su retirada por el pozo conectado, con el objetivo de frenar a las fuerzas insurgentes que intentaban infiltrarse en el alcantarillado. Sin embargo, algo no encajaba. Estos restos eran más que una simple táctica dilatoria contra los rebeldes. Años atrás, un joven soldado había detonado los explosivos, y el derrumbe resultante había enterrado algo más... Inmóvil ante el bloqueo de escombros, la expresión del anciano se endureció, frunció el ceño mientras empujaba la pila de rocas con su llave inglesa, pronunciando palabras que se perdieron en el eco del túnel. Se suponía que este camino estaba despejado. Era crucial para su viaje al punto de encuentro. Pero ahora estaba bloqueado, y su humilde llave inglesa era impotente ante una montaña de escombros. De repente, una niebla fantasmal irrumpió, llenándole el campo de visión. El anciano, distraído momentáneamente por los escombros, levantó la vista, su confusión se acentuó, y retrocedió instintivamente unos pasos. Sus ojos se abrieron de par en par al ver cómo la niebla se filtraba por las grietas de los escombros, consumiendo el túnel por completo y nublando su visión. Ecos espeluznantes y ruidos metálicos resonaban desde dentro de la niebla arremolinada, acentuados por una voz profunda que parecía retumbar: "¿Es esto justicia?" Sin embargo, ninguna figura emergió de la espesa niebla. El único objeto visible entre la niebla en expansión era la barrera de escombros, que inexplicablemente se había disipado. El túnel, antes intransitable, ahora era accesible. La vieja farola de gas adosada a la pared proyectaba una luz tenue y parpadeante, proyectando sombras fantasmales que danzaban sobre las paredes del túnel. Revelaba gruesas capas de lodo negro reseco, intacto e inalterado durante lo que parecía una eternidad, reclamando silenciosamente la propiedad del árido canal de drenaje que antaño había conocido días mejores. “El camino está abierto… De hecho, es un alivio que el camino esté abierto…” Una oleada de confusión se apoderó del anciano mientras intentaba comprender la repentina desaparición del bloqueo de escombros. Sin embargo, el torbellino de sus pensamientos pronto desvaneció este enigma. Entonces, con una determinación inquebrantable, avanzó, adentrándose en el pasillo tenuemente iluminado. … De repente, la mirada de Agatha se dirigió hacia arriba, provocando que la procesión de guardianes, sacerdotes y monjas que los seguía se detuviera en seco. Una inhalación colectiva resonó entre ellos, sus cuerpos se tensaron mientras se preparaban para una perturbación en la niebla envolvente. "¿Alguien más percibió el eco de los pasos?" Agatha rompió el silencio reinante; su voz resonó en la inquietante calma que siguió: "Pasos distintos a los nuestros". “Sí” afirmó suavemente una monja del grupo, y su leve asentimiento reforzó su confirmación. “Hace unos momentos, débil pero extrañamente cerca, casi como si... “Como si imitaran a los nuestros” interrumpió Agatha, con un tono grave en sus palabras mientras sus ojos escudriñaban meticulosamente el túnel de la mina circundante. Se encontraron envueltos en las fauces abiertas de la mina de metal, siguiendo el camino que les había indicado el "Sargento Blythe". Su viaje hasta entonces había sido inequívoco, pues la ruta adentrándose en la mina estaba contaminada por la omnipresente niebla espectral. El sistema de iluminación de la mina se aferraba a la vida, desafiante. Su tenue resplandor dejaba al descubierto la estructura de soporte de la mina y las vías del tren bajo sus pies. Sin embargo, entre las sombras temblorosas, una rareza captó su atención. Agatha notó dos columnas de soporte en la pared opuesta que eran inquietantemente idénticas: sus texturas superficiales y patrones de decoloración se reflejaban entre sí con asombrosa precisión. En otra parte, su atención fue captada por rayos que se entrecruzaban y parecían fundirse entre sí, cuyas conexiones desafiaban toda explicación lógica. Un sacerdote entre ellos, con una linterna en la mano, se acercó a una de estas estructuras anómalas. Tras un momento de intenso escrutinio, comenzó a murmurar en voz baja: “Guardián…”. “Lo veo” lo interrumpió Agatha, con su semblante sereno e inquebrantable. “Está claro que el reino que alberga la “falsificación” se está fusionando con nuestra realidad. “¿El reino de la falsificación?”, repitió un guardián con voz perpleja. Agatha se quedó en silencio por un momento, presa de una confusión familiar que amenazaba con apoderarse de ella. Se frotó la frente, murmurando en voz baja: “Sí, es plausible que todas las falsificaciones provengan de una realidad alternativa, y la evidencia que tenemos ante nosotros sugiere que esta realidad se está infiltrando gradualmente en nuestro mundo. Quizás... podríamos considerarla un 'espejo'...”. Su voz se apagó en el silencio como si una repentina comprensión se hubiera arraigado en ella. Mientras vocalizaba estas inferencias, una extraña sensación la envolvió: una frialdad envolvente, similar a ser arrojada a un pasillo cubierto de escarcha, como si le hubieran robado la sangre de su calor innato. Sin embargo, esta sensación inquietante se disipó tan rápido como había llegado. La sensación fantasmal de estar confinada en un pasaje desolado y helado desapareció. Se sintió brevemente desorientada, rodeada por sus leales seguidores, y el calor que irradiaban sus linternas y lámparas de gas ahuyentó rápidamente el frío persistente que se había apoderado de su consciencia. “¿Es la decadencia de la realidad, o es porque estamos peligrosamente cerca…” murmuró Agatha para sí misma, su voz apenas un susurro que sus compañeros no lograron captar. Un guardián, alzando su linterna en alto, escudriñó los alrededores cuando pareció ver algo: "¡Hay un hombre desplomado aquí!" De repente, Agatha volvió a la realidad que la rodeaba y su expresión facial se endureció mientras se movía rápidamente hacia el lugar indicado. Un soldado, ataviado con el uniforme distintivo de la guardia de la Ciudad-Estado, yacía sin vida en el suelo de la mina, su existencia aparentemente extinguida hacía algún tiempo. Su oscuro atuendo de combate destacaba con claridad, reforzado con una placa pectoral metálica, un guantelete de vapor y una mochila de vapor firmemente sujeta a la espalda. Una robusta máscara respiratoria se ceñía a su rostro. Agatha se arrodilló y usó su dedo para limpiar la sangre seca que ocultaba la placa fijada al pecho del soldado; su mirada se posó en el nombre grabado en el metal durante unos segundos. “Sargento Blythe” rompió el silencio y su voz resonó como un eco contenido. “La sangre es de un color escarlata vibrante, sin signos de descomposición o desintegración del cuerpo”, observó el sacerdote que estaba a su lado. “Este es sin duda el 'original'”. Agatha permaneció en silencio, absorta temporalmente en sus pensamientos. La solemne escena confirmó las sospechas de Agatha: el sargento Blythe yacía en eterno silencio en el túnel de la mina mientras su réplica espectral aparecía ante la fuerza expedicionaria de la iglesia entre la niebla envolvente. La aparición era una ilusión, pero el mensaje que transmitía contenía una verdad inquietante. “¡Otra baja aquí!” Un guardián de vanguardia levantó su linterna y su voz rebotó contra las paredes del túnel desde cierta distancia. Más camaradas caídos comenzaron a emerger de las oscuras profundidades de la mina. Con decidida prisa, Agatha dirigió a su equipo hacia adelante, descubriendo un número creciente de soldados de la Ciudad-Estado dispersos dentro de la mina, cada uno de ellos un miembro confiable de la élite de la Ciudad-Estado, soldados leales bajo el mando del gobernador Winston. Las razones de sus muertes prematuras variaron: algunos presentaban horribles heridas infligidas con armas afiladas, otros habían sufrido traumas aplastantes por golpes potentes, mientras que un puñado mostraba la sombría evidencia de heridas de bala. Junto a estos cuerpos sin vida, Agatha y su equipo descubrieron montones de lodo negro seco. Si estos montones se transformaran en figuras humanas, probablemente superarían el número de guardias fallecidos. Esta fue una batalla terrible e implacable. Este grupo se enfrentó a un enemigo que los superaba ampliamente en número dentro de la mina, logrando avanzar varios cientos de metros en medio del caos. La mayoría de los soldados agotaron sus municiones y finalmente recurrieron a las bayonetas y los guanteletes de vapor. Agatha examinó con una mirada perspicaz las víctimas que la rodeaban, sacando conclusiones a partir de los rastros residuales en los cuerpos y su entorno inmediato, mientras una aprensión creciente la carcomía. El número de soldados caídos aumentaba, y era evidente que el escuadrón del gobernador Winston se encontraba en una situación precaria. Esta batalla probablemente ocurrió hace varias horas; con tanto tiempo transcurrido, ¿podría el gobernador seguir con vida? Casi como en respuesta a su creciente ansiedad, un guardián al frente de su grupo se detuvo de repente. “¡Guardián, el camino termina aquí!” “¿El camino está bloqueado?” repitió Agatha, con un dejo de incredulidad en la voz, que se alzó rápidamente para comprobarlo por sí misma. Tal como había anunciado el guardián, habían llegado a un callejón sin salida. El grupo había llegado al final del túnel, donde se toparon con una pared lisa y sólida. No había otra salida. Sin embargo, esta era una inconsistencia evidente. Agatha se giró rápidamente para observar el camino que acababan de recorrer, y su mirada se posó en las figuras silenciosas de los guardias caídos que se perdían en la penumbra. Entre estos cuerpos, no vio al gobernador Winston. “Tal vez el gobernador Winston redirigió a su equipo al darse cuenta de que este camino conducía a un callejón sin salida…”, aventuró en voz alta un sacerdote entre ellos. “Solo había un camino”, contradijo Agatha de inmediato, sacudiendo la cabeza, “Y basándome en los restos en la escena, me inclino a creer que el gobernador Winston no tuvo la oportunidad de guiar a los guardias sobrevivientes hacia una ruta alternativa”. “Pero este túnel está cerrado…” expresó el sacerdote su confusión, frunciendo el ceño con preocupación. Imperturbable ante su objeción, Agatha se dio la vuelta y se acercó metódicamente a la pared sólida y elegante. Tras una breve vacilación, extendió su mano hacia ella, aparentemente penetrando la barrera como si fuera una mera ilusión.
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Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 420

Estás leyendo el capítulo 420 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.