Leer Anomalía: Bienvenidos a Glitch City (Novela) Capítulo 7 online gratis en español

Vale, sí…
Puede que la habitación de Niksie fuera un rectángulo oscuro y claustrofóbico. Puede que tuviera paredes negras con gotelé cuya habilidad parecía ser absorber la poca luz que se filtraba. Puede que de frente a la puerta estuviera la cama, pegada a la ventana que daba a la calle del barrio chungo en el que vivía… Y… también puede ser que a través del cristal empañado se viera una farola vieja y deprimente que parpadeaba con una luz amarillenta y depresiva.
O que las sábanas eran negras, con el logo de su grupo de música favorito en un rojo apagado. O que a la derecha de la cama, formando un pequeño hueco cuadrado, existiera un escritorio desordenado, con el portátil abierto, la mochila de la universidad tirada cual trapo, los apuntes desperdigados en una pila, un bolígrafo mordisqueado… O que en ese mismo hueco que formaba el escritorio y la cama, sentado sobre una silla como si fuera el dueño del cuchitril, se encontrara su querido Ernesto que… Ah, sí, ahí estaban los ojos de Jexter Burke.
Puestos sobre el esqueleto de tamaño muñeco malrollero decorado con unas gafas de sol que Blair dejó como ofrenda una vez, una bufanda roja desgastada y una postura… súper relajada. Niksie podía prácticamente imaginarse los pensamientos del pelirrojo:
¿Quién demonios tenía un esqueleto humano que bien podría ser el pequeño esqueleto de un niño decorando su habitación? En efecto, ella.
—¿Qué problema tienes con Ernesto? —preguntó Niksie, entrecerrando los ojos y dispuesta a asesinarlo si con el aludido se metía. Jexter parpadeó, ido, en su mundo, mirando al esqueleto de nuevo y después a Niksie.
Se designó a soltar un resoplido, uno bastante irónico.
—Claro —murmuró—. Claro que tienes un puto esqueleto con gafas de sol en tu habitación. Y le has puesto nombre, joder.
—Mhm…
Niksie lo escudriñó.
¿Era raro? A ella le daba compañía. Igual que la pequeña y mullidita cama de gato a los pies de su cama, que permanecía allí junto al pensamiento de que algún día estaría ocupada. Jexter pareció observarla también, torciendo una sonrisa divertida en sus labios ante algún pensamiento de los suyos y Niksie no le prestó más atención. Solo vio como sus ojos ámbar se perdían justo encima del escritorio, inspeccionando la pared, inspeccionando el tablón de corcho lleno de recortes de periódicos, fotos borrosas, mapas e hilos rojos que conectaban nombres, fechas y lugares.
Muertes, asesinatos y patrones. Si había sucedido en esos últimos meses, estaba ahí. La pasión de Niksie por esas cositas que no eran para nada perturbadoras… y que, de hecho, parecían seguir muy de cerca al Cazador de Anómalos y aquellos que murieron.
Quizás Jexter en esos momentos lo que pensaba era cuánto tiempo tardaría Niksie en añadir a Adrien Burke a aquel tablero, ya sabéis, como fiambre y no como una imagen junto a una interrogación. Ella, por el contrario, solo podía pensar en que menos mal que no le había dado tiempo de poner la foto de Jexter con una enorme incógnita que lo acusaba como el asesino más comentado de Glitch City, porque de haber sido así, ahora mismo sería un momento un tanto violento.
Él sacudió la cabeza y desvió la mirada, a la izquierda, a la única estantería que tenía, repleta de mangas de terror, películas de serie B, discos de vinilo de rock y objetos oscuros que Jexter prefirió no examinar demasiado. Aunque era mejor eso a mirar por más tiempo la imagen de su hermano en un tablón de asesinatos. Bajó la vista y volvió a conectar con Ernesto.
—Voy a largarme —soltó, pasándose una mano por el pelo mojado. Había tenido suficientes emociones por una noche.
Niksie frunció el ceño ante esas absurdas —en su opinión— palabras. Se encontraba junto al armario y le daba la espalda.
—Estás empapado, lleno de sangre, te persigue la poli y hay una tormenta —enumeró, calmada—. No le hagas el feo a Ernesto y quédate. Estoy… —se detuvo, buscando las palabras. ¿Qué hacía realmente? Aquello no era propio de ella. Apretó los dedos sobre las toallas que sacaba—. Trato de ser amable.
Jexter dio un paso hacia ella, haciendo que Niksie se girara por instinto y sujetara las toallas contra su pecho. Él la miraba desde arriba, con una expresión de chico malo que causaba el efecto que causaba. Puede que hasta alguien como ella, a la que no le importaban esas cosas, entendiera un poco por qué las chicas no dejaban de observarlo tan lascivamente.
—Intentando ser amable… —repitió, burlón—. Pues te pones muy siniestra cuando te pones en modo “amable”.
Niksie hizo un mohín y desvió los ojos oscuros al suelo, abatida por otra puñalada hacia su persona.
—Quítate la ropa mojada: puedes ducharte —Niksie le tendió la susodicha toalla, dándole un golpe en el pecho, y señaló con la cabeza la puerta del baño—. El agua caliente tarda un poco, pero termina saliendo.
Jexter alzó una ceja, midiéndola y… al ver que no cedía, que aún tendía la toalla a la espera de una aceptación silenciosa, a él le invadió cierto pensamiento: era interesante. Se quitó la chaqueta mojada lentamente, dejándola caer al suelo con un golpe húmedo, sin dejar de retarla, sin ceder ante sus ojos; con suma facilidad, después se agarró el borde de la camiseta muy a traición, muy tortuosamente lento, y se la pasó por la cabeza en un solo movimiento… que, venga ya, estaba muy ensayado. A Niksie se le habría atascado y habría quedado en ridículo, pero…
¿Por qué se estaba desnudando en su habitación? Ella no lo entendía.
El torso de Jexter quedó completamente expuesto: la piel pálida, los músculos esculpidos por los dioses y marcados por el entrenamiento de Tácticas, las cicatrices que apenas distinguía por la escasa luz y también las gotas de agua que corrían traviesas por su abdomen. Todo quedó a su visión y, ahora que Niksie se fijaba bien, podía apreciar tenuemente los tatuajes. El pensamiento de que era evidente que tendría llegó rápido a su cabeza porque sin dudas, daba aquella imagen, y por lo menos, que ella viera, sobre la extensión de todo el brazo izquierdo lo rodeaban espinas cual serpiente enroscándose —desde el hombro hasta terminar sobre el dorso de la mano— y en las caderas, sobre el hueso y a ambos lados, dos especies de ramificaciones simétricas brotaban hasta abrirse en picos negros e irregulares que se perdían hacía abajo, hacia el comienzo de sus pantalones.
A ver, Niksie era fan de los tatuajes gracias a su querido hermano —incluso ella tenía uno—, pero nunca había visto unos tan… dolorosos. No solo por los lugares, sino más bien por lo que representaban las espinas y las ramificaciones.
Después, Niksie decidió enfocarse en que los nudillos de ambas manos se encontraban aún rojos y rozados y… ah, ¿por qué tenía tan buenos brazos? Las venas se le marcaban y…
—Estás mirando, rarita —comentó Jexter, con voz grave y divertida.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, analizándolo con total honestidad. No mentiría, tenía curiosidad… aunque aquello tampoco es que fuera novedad.
—Es una anatomía interesante.
Jexter soltó una risa descarada y dio otro paso hacia delante, chocando contra la toalla que seguía sin aceptar. A Niksie se le estaba cansando el brazo.
—Claro. Anatomía —sonrió de lado—. Creo que si sigues mirándome así, voy a empezar a pensar que no solo te interesa la muerte.
Niksie sintió el calor subirle por las mejillas, por alguna razón que no comprendió y no quiso dignarse a comprender. Pero, pese a eso, no apartó la mirada, es más, se limitó a señalar el baño y a empujar la toalla más contra su pecho.
—El baño está ahí —insistió.
Jexter asintió, burlón e hizo un ademán para agarrar la dichosa toalla y dar marcha atrás. Se dio la vuelta y fue entonces que Niksie tuvo acceso al tercer tatuaje que descubría en él: trazaba su pálida espalda, atravesando toda la columna por completo, de arriba a abajo… Era una grieta sobre su piel que se bifurcaba cual rayo en una tormenta y… Niksie entornó los ojos, porque no creía estar viendo bien del todo, pero bajo la tinta, creyó ver una cicatriz mucho más grande que cualquier otra, mucho más profunda.
¿Cómo se habría hecho aquello? Odiaba sentir más ansias de respuestas. Era algo que la superaba.
No pudo ver más porque él mismo se giró de medio lado y la inspeccionó de arriba a abajo sin ningún escrúpulo.
—¿Tan segura estás de que no soy tu Cazador? —inquirió saber, más como una duda existencial, señalando con la cabeza al tablón y a la incógnita.
Niksie lo miró seriamente. ¿Tan segura estaba? Bueno, incluso a ella le sorprendían sus sensaciones, pero…
—Sé que no lo eres.
Que Jexter se descuadrara por lo absurdamente confiada que Niksie había sonado, fue como una prueba muy al fondo de su pensamientos de que no se equivocaba. Después, él reflejó una curiosa sonrisa y salió de la habitación para entrar al baño y cerró la puerta.
»(…)«
Exactamente, exactamente… la ducha estuvo abierta durante diecinueve minutos y treinta y ocho segundos exactos. Niksie lo sabía porque los contó; que no, que no fue a próposito, pero esa persistente manía suya le perseguía hasta en los momentos más tranquilitos, así que no pudo apagar el cálculo.
En esos minutos tan intensos, Niksie había aprovechado para cambiarse; se quitó la ropa empapada y decidió que lo mejor era meterse en su pijama favorito, un onesie de tiburón gris completo, con aletas, cola y un gorro con ojos y dientes que le cubría la cabeza. También se había sentado en la silla del escritorio, cruzando con ambas manos la aletas sobre el regazo y empezado a girar lentamente, mirando a su fiel compañero de habitación.
—Ha sido un día largo, Ernesto —declaró con monotonía, como si estuviera dictando un informe de laboratorio—. Y puede que esté escondiendo a un posible sospechoso de asesinato. Aunque sé que no lo es… lo parece. ¿A que sí?
El esqueleto no respondió. Niksie giró una vez más y la cola del pijama rozó el suelo.
—Exacto. Tú sí que me entiendes.
O, al menos, no juzgaba ni preguntaba por qué estaba disfrazada de tiburón mientras escondía a alguien que podría o no haber matado a alguien en un bosque. Quizás por eso, a Niksie no le resultaba desagradable como a cualquiera que entraba y lo veía.
Fue entonces que el agua se cortó y cinco segundos más tarde, la puerta del baño se había abierto. Jexter salió con el pelo húmedo cayéndole sobre la frente, la sudadera negra de Niksie —una demasiado grande para ella, pero que aún así usaba— ya ajustándose indecentemente a su torso ancho y los pantalones de chándal holgados —y peligrosamente bajos en sus caderas— que Zev olvidó algún día en los que decidía irrumpir a su cuchitril sin invitación previa a pasar la noche. Algunas gotas de agua todavía le resbalaban por el cuello, pero al menos la sangre se había desvanecido, aunque el labio partido seguía abierto y los nudillos, aunque limpios, estaban hinchados y en carne viva.
Debía de doler.
Niksie se quedó mirando. Jexter se quedó mirando de vuelta. E, inevitablemente, se detuvo en seco al procesar el pijama de tiburón.
—¿Qué coño llevas puesto?
—¿Mi pijama favorito? —respondió ella, pues estaba confusa. Era algo normal y la explicación más lógica del mundo porque para ella era normal y lo más lógico del mundo—. Es un tiburón. Me gustan los tiburones.
Y ella estaba orgullosísima de esa gran adquisición.
Jexter se pasó una mano por la cara, conteniendo una risa incrédula.
—Sí, sí. Ya nada me sorprende.
Buena elección de palabras, porque Niksie era un pozo de sorpresas extrañas y cuestionables.
Ella se levantó, fue hasta un cajón y sacó de ahí un botiquín pequeño. Sin mediar ninguna palabra, señaló la cama.
—Vale… ¿Y ahora qué crees que haces?
Jexter, ni de coña, aceptaría una cura exprés de… ella.
—Ahora que no tienes sangre pareces menos asesino —comentó Niksie, colocando el botiquín—. Yo diría que estás al nivel de traficante atractivo, pero aún tienes el labio partido y los nudillos hechos una mierda. Es doloroso con tan solo observarte.
—Vale, acepto el “atractivo” —respondió él, alzando la mano tatuada en frente suya para frenar el carro—, pero no vas a tocarme con eso. No lo necesito.
Ah… ¡¿Y ahora por qué Niksie lo miraba como si fuera un insecto?! Jexter se sintió hasta dolido, atravesado, ¿iba a desvanecerse? Esos ojos oscuros eran más tétricos que una puñalada en un callejón.
—Hay que desinfectarlo. Siéntate.
Jexter enarcó una ceja, pero al ver la insistencia de Niksie… y esa miradita del demonio, a regañadientes, colaboró y obedeció. Se sentó desganado al borde de la cama individual, ocupando un espacio absurdamente grande y ella se colocó frente a él, abrió el botiquín que dejó sobre la cama y se acercó un poco con un algodón empapado en antiséptico.
—Arderá —avisó Niksie.
—Sorpréndeme.
Niksie empezó por los nudillos, ligeramente sorprendida porque su “arderá” no había resultado tan efectivo en Jexter, que ni se inmutó. ¿No le dolía? Qué curioso. Ella se recolocó y se inclinó, sin ser muy consciente —porque de serlo habría saltado por su propio pie—, hacia su rostro para limpiarle el labio; y, sí, esa inclinación fue una inclinación un poquito más inclinada de la cuenta, concentrada, con el gorro de tiburón cubriendo su cabeza.
Jexter colocó ambas manos a ambos lados de la cama ante el atrevimiento de la rarita, que de repente se encontraba entre sus piernas abiertas sin pena ni gloria y abalanzándose sin ser consciente de absolutamente nada. No, definitivamente no era consciente. Él la miró desde tan cerca que hasta podía contar exactamente cada peca.
Jexter apretó la mandíbula. Sus manos se habían tensado sobre las sábanas negras.
—Rarita… —murmuró con voz grave y gutural—. No eres consciente de lo que estás haciendo, ¿verdad?
Niksie levantó la vista para verlo desde abajo por esa pequeña diferencia que aún él sentado los separaba. Todavía se encontraba muy cerca de su cara y, lejos de reaccionar y alejarse, en ese momento solo había un brillo maligno en sus ojos mientras sostenía el bastoncito. Ah, era muy peligrosa.
—Estoy desinfectando tus heridas —esa voz era digna de estudio, como si le emocionara tratar las heridas—. Si no lo hago, pueden infectarse, ya te lo he dicho. Tienes cara de no cuidarte en absoluto.
¡¿Y dónde quedaba su estúpido espacio personal ahora?!
Jexter la examinó fijamente y odió al instante poder sentir el calor de su cuerpo incluso a través de la tela fina del pijama de tiburón por la cercanía porque aquello estaba siendo ciertamente tortuoso. Era insoportable.
—Me parece que eres tú la que al final quiere matarme… —masculló Jexter, entre dientes.
—¿Por qué querría…?
Jexter soltó una risa baja, oscura, y cerró los ojos un segundo. Niksie entrecerró los ojos… ¿Por qué parecía como si estuviera pidiendo paciencia a algún dios que claramente ya lo habría abandonado hacía tiempo…? Espera, espera, ah.
—Nada —gruñó—. Sigue. Antes de que me arrepienta de no haberme ido cuando pude.
Niksie creyó que su cabeza estallaría de lo roja que se encontraba en esos instantes. Porque habría estado genial ser tonta e ingenua y no haber notado nada proveniente de la entrepierna de Jexter… ¡Porque habría estado genial seguir en ese estado de desconocimiento por haber recortado distancia tan descaradamente! Presionó más fuerte de la cuenta la herida, terminando, y se apartó tan veloz que no tuvo ni el valor de ver qué mueca le habría regalado su “paciente” al que claramente veía “como un sujeta con una herida interesante” en vez de como a un “hombre con las hormonas descontroladas”.
Jexter se pasó la lengua por el labio, notando el escozor, y se dejó caer rendido y de espaldas sobre la cama con un suspiro pesado. ¿Cómo un ser humano era tan grande? Ocupaba casi todo el espacio, ahí tendido, mientras parecía replantearse su existencia…
—Ahora sí, me largo —fue su conclusión, con la vista en el techo.
Niksie se quedó de pie, llevándose las manos a la cara y en crisis. Una crisis que daba las gracias de tener con el gorro de tiburón cubriéndole. Tuvo que armarse de un gran valor para suspirar y con total calma, decir:
—Siguen sonando las sirenas —porque no quería mencionar el otro asunto—. Si sales ahora, sería estadísticamente estúpido por tu parte. Te pillarían fijo.
Los ojos ámbares de Jexter chocaron contra los de Niksie.
—No me hace falta que me digas lo obvio, rarita.
—Entonces… quédate —soltó ella, tratando de morderse la lengua en vano. Pero, inútilmente, dejó que saliera todo… más bajo, como si le costara sacarlo—: al menos hasta que paren. No quiero… estar sola y es más práctico que un ser malhumorado como tú se quede aquí una noche a que te pillen y me arrastres contigo, así que…
Ah, odiaba no poder mentir en esas situaciones tan extrañas.
Puede que se hubiera vuelto loca, o que siempre lo hubiera sido, porque de estar en su sano juicio no habría dicho algo tan vergonzoso y tan poco ella. Algo por lo que Jexter la observó en silencio, un tanto aturdido al principio, desencajado de aquel plano, hasta que torció una mueca cansada.
—Eres pésima intentando ser amable.
Niksie frunció los labios. Una puñalada más, genial: aquella noche estaba siendo socialmente más desastre que de costumbre.
Jexter se pasó las manos por la cara y se incorporó un poco, señalando el hueco ridículamente pequeño que quedaba a su lado.
—Ven de una vez, ¿quieres? —bufó—. Me quedaré. Pero si roncas, me va importar una mierda tirarte al suelo.
Niksie dudó. Sin embargo, se acercó despacio y se acostó en el borde, pegada a la pared. La distancia entre ellos se volvió absurda y medio incómoda porque era probable que esa pequeña parte del cuento no la hubiera pensado con claridad; aunque, para ser sincera, Niksie no comprendía por qué con Jexter dudaba medio segundo más de lo normal en aceptar que lo tenía cerca. De alguna manera, era incómodo tenerlo cerca, pero… a diferencia del resto, acostumbrarse a él se presentaba más sencillo.
Y esa parte le descuadraba su perfecto sistema.
—¿Es cierto eso que dicen de que te has acostado con media uni? —preguntó Niksie, de repente, porque cuando su mente la traicionaba con pensamientos que escapaban a su comprensión, decidía empeorarlo aún más con preguntas cuestionables que tenían por fin distraerse y no pensar en la distancia mínima que existía entre ambos.
Jexter dejó escapar un ruidito irónico y se giró hacia ella.
—¿Esa es tu gran pregunta para antes de dormir? Joder, qué directa.
—Es curiosidad, no puedo evitarlo. Mi mente me traiciona.
—Sí. Me he acotado con bastantes —respondió él, sin vergüenza—. ¿Celosa?
—No especialmente. No te veo de esa forma.
—Qué mona —se burló, pegándose un poco más si es que eso era posible. Niksie se tensó de inmediato cual gato, pero no se apartó porque quería “intentar” dar la imagen de seguridad que ella creía estar dando y que claramente no era así. A Jexter le divertía esa cara que ponía tan adorable—. Si quieres —se lo susurró al oído—, puedo darte una demostración de por qué hablan tanto sobre mí. Sin compromisos ni sentimientos, ya sabes, solo para que no mueras de curiosidad.
Niksie se mantuvo firme y serena, sus narices casi se tocaban, pero a ella volvía a parecer no importarle.
—Estás bromeando. No quieres decir lo que creo que quieres decir.
Ah, era un desastre. ¿Si quiera sabía que era lo que creía estar captando?
—Quiero decir justo lo que quiero decir. Para que me entiendas: un setenta por ciento es coña, el otro treinta… digamos que depende de ti. Soy tan generoso que podría ser un intercambio para que después te calles.
Niksie entrecerró los ojos, acusativa.
—¿En serio eso te sirve para ligar?
—Normalmente sí.
—Pues no lo entiendo…
Jexter parpadeó, procesando la batalla perdida ante una extraña rarita. Resopló una risa, decidiendo que no valía la pena y le dio la espalda de nuevo.
—Buenas noches, rarita.
Pero… pasaron un par de minutos en los que la lluvia seguía golpeando la ventana. Y… Niksie habló otra vez, mirando la pared, porque su cerebro seguía inquieto.
—¿Estás despierto?
—Mhm.
Era evidente que sí, gracias a alguien.
—Lo del labio y los nudillos… ¿Fue porque te peleaste antes de entrar al bosque?
Jexter tardó un poco en responder.
—Algo así —respondió, escueto y somnoliento—. Me cabreé… y le di a una pared. Punto.
Niksie asintió en la oscuridad, aceptando la respuesta a medias.
—Y… ¿lo querías mucho? —se mordió el labio inferior—. A tu hermano.
Esa vez, sí que se quedó muy quieto, quieto y tensísimo.
—No —negó—. Lo odiaba bastante. Pero supongo… que seguía siendo mi hermano.
Un silencio se extendió sepulcral y pesado entre ambos. Sin embargo, al final terminó por largar un suspiro profundo y, casi sin pensarlo, se giró y pasó un brazo por la cintura de Niksie, atrayendo su espalda —porque estaba de espaldas— contra su pecho.
De ser un gato, el pelaje de Niksie se habría erizado.
Ah. No. No, no, no… ¿Qué estaba haciendo ese loco?
—¿Q-Q-Qué haces? S-S-Suelta.
—Callarte de una vez —murmuró contra su pelo azulado.
—No… No me gusta el contacto físico —negó ella, tratando de zafarse en vano. Estaba totalmente inmovilizada por sus fuertes brazos—. N-No, no lo soporto. Esto no lo soportaré.
—Ya. Lo he notado.
—Pues entonces suéltame, desalmado —recriminó, atónita.
—No. No quiero.
De hecho, la atrajo un poco más, pegándola completamente contra su cuerpo. Niksie sintió el calor de su pecho en la espalda, su respiración en la nuca y el peso de su brazo rodeándola como si cada fibra de su ser se hubiera vuelto más sensible. Iba a morir.
—Jex-Jexter…
—Rarita.
—Jexter… No… No es una broma, suéltame —estaba al borde del colapso—. Jexter…
¡Y el muy maldito se hacia el dormido y pasaba de ella!
—Pesas mucho. Creo… Creo que estoy dejando de sentir un pulmón.
—Sobrevivirás —el muy desgraciado solo dijo eso. ¡¿Cómo podía ser tan insensible mientras la espachurraba como a un peluche?!
—Eso es una suposición muy optimista.
—Tsk, cierra los ojos y simplemente duérmete.
Niksie abrió la boca para protestar otra vez… pero él no había tardado en quedarse dormido. ¡Y ni aún con esas no era capaz de aflojar el agarre! Tan rápido se había permitido cerrar los ojos, su cuerpo se había rendido y había decidido apagarse sin pedir permiso, volviendo su respiración lenta y profunda, tranquila… más relajada. Ella ya se había fijado, pero intuía que esas ojeras tan pronunciadas no eran precisamente por tomarse las siestas más largas del universo; toda esa tensión, esa rabia y esa manía de estar a la defensiva se habían evaporado ante el agotamiento.
K.O. Fuera de combate.
Ella parpadeó en la oscuridad, anonadada ante la evidencia.
—Ah… Ya no quiero que te quedes, idiota…
Pero sabía que ya no la escuchaba nadie y sabía que no se desharía de él tan fácilmente. Así que, optó por quedarse quieta, por canalizar su pánico —o intentarlo—, por… Se concentró en el constante latido que la martilleaba en la espalda, se concentró en no pensar en nada, en que nada más existía… Y, aunque la idea de intentar una última y desesperada jugada por zafarse se pasó por su cabeza, no lo hizo…
Escuchó la lluvia. Escuchó su respiración. Y, por razones incomprensibles, ya no se molestó en analizar nada más.
Quizás… simplemente, Jexter Burke era de esas personas, como Blair o como Zev, que al final eran fáciles de tomarle confianza aunque a su modo. Ante ese pensamiento, poco después, Niksie también cerró los ojos.

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