Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 8 online gratis en español
Suelen parecer algo irreal, incomprensible, extraño y único. Están hechos de fe y disciplina. No ven el mundo tal como lo conocemos, ni lo que hay más allá de su deber. Sobre ellos se sostiene el orden oculto del Imperio. Y en las líneas de batalla, sus nombres resuenan.
Siempre avanzan solos. Para ellos, caminar en grupo sería debilidad: una blasfemia, una rendición ante la fragilidad de la carne. El viento agita las vendas que les cubren los ojos y el casco mismo pesado sobre su gran armadura, atadas con firmeza, impidiéndoles ver como los demás ven. Avanzan imponentes, erguidos; miden más de tres metros. Sus armaduras brillan blancas como la nieve recién caída. A sus espaldas ondean capas con el estandarte del Imperio, que los cubren casi por completo, dejando ver apenas un fragmento de brazo y pierna de la reluciente coraza.
Sobre sus hombros descansa una espada de energía latente, quieta por ahora, lista para desenvainarse solo cuando la voluntad del Emperador lo ordene. Y en su fuerza descomunal se revela la razón por la que se les llama Ejecutores.
La última ciudad estaba a punto de sucumbir ante la amenaza sin nombre. Los pocos supervivientes que quedaban vieron descender ante ellos a quien solo conocían por rumores y leyendas: algo que jamás creyeron presenciar en carne y hueso.
Frente a las puertas de la ciudad, las criaturas de dos metros lo rodearon. Los insectos se abalanzaron en masa, dispuestos a infectarlo. Pero el Ejecutor alzó una pierna y su armadura resonó con un estruendo profundo, generando una onda expansiva que los mantuvo a raya: nadie podía acercarse.
Las criaturas se lanzaron en grupo contra él. Con voz que hizo temblar el suelo, el Ejecutor proclamó:
—Que el mal perezca. Porque no existe enemigo que pueda contra mí.
Partió a la primera criatura por la mitad con un solo movimiento. Las demás, instigadas por un instinto ciego, se abalanzaron de nuevo. Sin necesidad de desenvainar su espada, las repelía una y otra vez, apartándolas y destrozándolas solo con la fuerza de sus brazos, imparable, inquebrantable.
La oleada parecía no tener fin, pero lo que ocurría frente a ellos era casi imposible de creer: un solo Ejecutor bastaba para contener el avance de todas las criaturas y los insectos. Era una escena irreal: el suelo cubierto de restos de la amenaza, y en medio de todo, aquella figura que no retrocedía ni un solo paso. Su inmenso poder se manifestaba por primera vez ante los ojos de los pocos sobrevivientes que aún resistían, luchando con dificultad contra aquello que los diezmaba lenta y cruelmente.
Cuatro explosiones más resonaron en el cielo envenenado de Alpha 349. En la ciudad, el capitán detuvo su movimiento y alzó la mirada, con la voz entrecortada:
—Es imposible…
Luna lo miró, confundida:
—¿Qué es imposible?
Rojas no apartaba la vista de las nuevas siluetas que descendían:
—Deben ser… más de ellos.
—¿Más? —repitió ella, sin comprender.
—Según los registros antiguos —explicó él con tono sobrecogido—, se dice que nunca andan en grupo. Pero hoy… estoy viendo algo que no debería existir.
—¿Qué cosa? —insistió ella, con el corazón encogido.
Él tragó saliva y respondió con gravedad:
—Cinco Ejecutores entrando en un mismo planeta.
Ella lo miró con inquietud:
—¿Es bueno… o malo?
Rojas guardó silencio un instante y luego respondió:
—No sabría decirte. Es la primera vez que ocurre algo así. Según los registros, cuando un solo Ejecutor entra en un mundo, significa que el nivel de peligro es extremo.
Hizo una pausa, y la sombra de la duda cruzó su rostro:
—Pero…
—¿Pero qué? —insistió ella, temiendo la respuesta.
—Ellos no se consideran salvadores —dijo él con gravedad—. No fueron creados para rescatar ni para ayudar.
Rojas miró hacia las cuatro siluetas y dijo con determinación:
—No lo sé con certeza… pero debemos aprovechar que han llegado. Buscaremos la forma de sobrevivir.
Los otros cuatro Ejecutores descendieron cerca del primero. Cada impacto levantó nubes de polvo. Uno de ellos dio unos pasos pesados, sacó su espada de energía y la clavó en el suelo, justo frente a las hordas.
Al verlo, todo se detuvo. Los insectos, las criaturas, la marea entera de amenaza se quedaron inmóviles, como si algo más instintivo que el hambre los obligara a frenar. Los demás Ejecutores mantuvieron su posición, inmóviles, vigilantes.
Entonces, una nave comenzó a descender tras ellos. La escotilla se abrió y alguien bajó vistiendo una armadura de tecnología jamás vista. Dos Ejecutores abandonaron su puesto y lo siguieron de cerca, custodiándolo, protegiéndolo a cada paso.
Los sobrevivientes contuvieron el aliento al reconocer el estandarte que portaba: el de la familia Reinner. Y así, el capitán Karl Reinner hizo su entrada, escoltado por dos Ejecutores, mientras los otros tres mantenían sellada la entrada de la ciudad.
A lo lejos, dentro de la ciudad, los infectados se acercaban a las murallas y a los pocos que aún resistían. Los sobrevivientes corrieron a refugiarse tras los dos Ejecutores y tras Karl, siguiéndolo hacia la estación. Los infectados se lanzaron sobre ellos, pero los dos guardianes actuaron de inmediato: aplastaban a cuantos se acercaban y los enviaban volando lejos con una fuerza devastadora.
Karl, sin mostrar rastro de emoción, avanzó y entró en la estación. Rojas se acercó rápidamente:
—Capitán Karl Reinner… ¿podrá ayudarnos?
Karl se detuvo de golpe antes de cruzar el umbral y respondió con voz serena, pero gélida:
—No. No puedo ayudarlos. Y los Ejecutores tampoco lo harán. Están aquí solo para custodiarme. En cuanto saque a mi familia, se irán.
Rojas, atónito, insistió:
—Pero capitán… hay muchos sobrevivientes.
—No puedo hacer nada —respondió él, y entró en la Estación 1 sin mirar atrás.
Los infectados comenzaron entonces a atacar a los que quedaban fuera, justo frente a los dos Ejecutores. Estos se mantuvieron inmóviles, bloqueando la entrada, sin intervenir para proteger a nadie más.
Rojas se acercó a uno de ellos:
—Tú eres servidor del Emperador… y yo también…
Sin dejarlo terminar, el Ejecutor le arrancó la cabeza de un solo movimiento. Cayó muerto en el acto.
—¿Te atreves a pronunciar tal blasfemia? —dijo con voz impasible—. Tu castigo es la muerte.
Todos quedaron helados de horror. Muchos se arrodillaron, implorando perdón y salvación.
—Si quieren ser salvos —declaró él—, recen. Hagan que su voluntad sea escuchada por el Emperador.
Pero entre sus plegarias, los infectados cayeron sobre ellos. No dejaron a nadie con vida.
Luna, temblando de miedo, se refugió junto a uno de los Ejecutores. Un infectado intentó acercarse a ella… y el guardián lo despedazó sin esfuerzo. Así, entre toda la muerte, solo ella quedó con vida: la última sirvienta de Lanny. Los infectados se lanzaban uno tras otro contra los dos Ejecutores, y estos los repelían sin dificultad, inquebrantables.
Karl subía en el ascensor en absoluto silencio, impasivo. Sabía que, al salir de Alpha 349, su destino sería decidido por el Salón. Llegó a la sala de control de la estación, cruzó la puerta trasera y siguió subiendo hasta la antena de la torre.
Allí estaba ella, recostada junto a la cápsula. El sol comenzaba a ocultarse. Él se acercó lentamente por detrás y susurró:
—He llegado.
Pero cuando miró el rostro de su esposa, el corazón se le detuvo: las venas de su piel se marcaban con un tono verde intenso. La infección estaba por consumirla por completo.
Ella se giró y sonrió con dulzura:
—Bienvenido, Karl.
Él la sostuvo entre sus brazos, y de sus labios brotó algo que jamás había pronunciado:
—Lo siento…
—Está bien —respondió ella, apoyando su mano sobre su pecho, pues la armadura cubría su rostro—. Hiciste lo posible.
Se recostó contra él y miró el horizonte:
—Qué hermoso atardecer…
Él la abrazó con fuerza, viendo cómo el sol se hundía poco a poco:
—No llegué a tiempo.
Ella lo interrumpió suavemente:
—Pero viniste. Viniste por mí… y por tu hija. Aunque eso te hiciera romper tu juramento. Gracias. De verdad, gracias.
De sus ojos, de aquel verde claro, brotaron lágrimas junto a una sonrisa amarga y tierna. Y comenzó a cantar, con voz suave, como si se estuviera despidiendo para siempre.
Karl no lograba sentir tristeza; era como si no pudiera sentir nada en absoluto. Quería llorar, pero las lágrimas no acudían. Solo lo llenaba una profunda decepción consigo mismo.
Por el comunicador de su casco, la voz del piloto lo llamó:
—Capitán Karl, si ya tiene a su familia, es hora de partir. No podemos quedarnos más tiempo.
Karl se puso de pie. Ella se acercó a él, sonrió, y lo abrazó rodeando su armadura con todas sus fuerzas. Se alzó cuanto pudo para depositar un beso sobre el frío metal de su casco. Después se volvió hacia la cápsula, la miró y dijo:
—Autorizo cambio de usuario.
La cápsula respondió con su tono neutro:
—Cambio de usuario autorizado. ¿A quién se transfiere la custodia?
—A mi esposo, Karl Reinner —respondió ella.
—Usuario registrado —anunció la máquina—. La cápsula seguirá en todo momento a Karl Reinner.
Ella lo miró a los ojos:
—Cuídala bien.
—Quizás allá… haya una forma —empezó a decir él.
Ella lo interrumpió con suavidad, pero con una verdad que no daba lugar a esperanzas:
—No, Karl. No la hay. No existe cura para lo que me estoy convirtiendo.
El silencio se posó entre ellos. Sus ojos, de un azul frío y sereno, se clavaron en los de su esposa.
Abajo, frente a la entrada, los tres Ejecutores permanecían inmóviles. Las criaturas comenzaron a emitir sonidos en cadena, como si llamaran a algo que aún no se dejaba ver. Pero sin esperar más, la nave descendió, los recogió y los transfirió a su interior. Las criaturas avanzaron y se amontonaron, tratando de alcanzar la nave que comenzaba a elevarse… en vano.
La nave cruzó la ciudad, ahora silenciosa y desolada, y recogió a los dos Ejecutores que custodiaban la entrada de la estación. También subieron a bordo a la sirvienta, la única superviviente. La nave se mantuvo cerca de la torre, la compuerta abierta… y allí, Karl tenía que tomar la decisión más dura de todas: dejar a su esposa en aquel planeta ya perdido.
Ella lo miró sonriente, como si ya nada más importara. Por el comunicador del casco de Karl, la voz de un Ejecutor cortó el instante:
—Capitán Karl, es hora de regresar para ser juzgado.
Ella miró la nave y le dijo con suavidad:
—Ve. Tienes que irte.
Karl no lograba soltar una sola lágrima, ni sentir dolor alguno. Los pilotos lo transfirieron a la nave. Desde la compuerta abierta, él la vio allí, sonriendo mientras cantaba suavemente.
Los infectados subían en masa por la torre de la Estación 1, acercándose cada vez más. Al verlos a punto de llegar a ella, Karl extendió la mano para alcanzarla… pero ella no la tomó. Solo le dijo con los labios, sin hacer ruido:
—Me alegra haber sido tu esposa.
Los infectados la alcanzaron y la envolvieron. Bajo el peso de tanta destrucción, la torre comenzó a derrumbarse, cayendo sobre lo que quedaba de la ciudad.
Desde la nave que se alejaba, Karl observó cómo todo se perdía en el abismo: un mundo perdido, que había apagado el brillo de todos quienes lo habitaban. Alpha 349 había caído por completo.
La nave se elevó y cerró sus compuertas. Karl se recostó y miró la cápsula flotante, diciéndose a sí mismo:
—No te preocupes… ella sobrevivirá. Nuestra hija va a sobrevivir.
Pero la voz de los pilotos resonó por los altavoces:
—La sobreviviente está infectada. Deténganla y confínenla.
Luna miró a los Ejecutores, sin poder hacer nada. Uno de ellos la tomó por el cuello y la encerró en una cápsula de aislamiento, sellándola para contener la infección que aún no mostraba síntomas visibles.
El mismo Ejecutor miró entonces la cápsula donde descansaba la niña y preguntó:
—¿Qué hay de ella?
Desde la cabina, el piloto respondió:
—Los detectores no registran ninguna anomalía. La niña está sana.
Karl pareció suspirar, como si una parte de la culpa que llevaba sobre los hombros se aligerara.
Y entonces, desde lo que quedaba de la Estación 1, una grabación guardada comenzó a transmitirse, enviada a todos los planetas lejanos que pudieran recibirla. En el video aparecía Lanny, serena, mirando a la cámara:
—Hola. Si ven este mensaje, es porque he muerto. ¿Quién soy? Soy Lanny Reinner, esposa del capitán Karl Reinner. He vivido en el planeta Alpha 349… pero ya no. Una amenaza ha despertado bajo la tierra y el mundo ha dejado de ser habitable. Repito: el planeta Alpha 349 ha caído y no volverá a serlo.
Sonrió, una última vez, y se despidió.
Continuará…

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AESTORIUM (Novela)
Capítulo 9
AESTORIUM (Novela) Capítulo 8
Estás leyendo el capítulo 8 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 24 de septiembre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.