Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 7 online gratis en español
De lo más profundo de la oscuridad emergió un sonido distorsionado, gutural, que no parecía provenir de garganta humana. Y entonces se vio: un ojo de un verde intenso, luminoso, abriéndose paso entre las sombras del centro médico.
Allí, en la habitación sumida en tinieblas, se resguardaba el primero de ellos: aquel paciente que había sido mordido en la mina, el que había perdido toda cordura humana desde el momento en que la dejó. El mal ya no estaba solo a las puertas de la ciudad. El mal había cruzado las murallas. Y ahora, libre de toda contención, sin control alguno, caminaba entre ellos.
Fuera de la ciudad, en la mina, incontables vidas de soldados se perdían. Unidades enteras quedaban destruidas. Ya no era una contención: eran vidas entregadas para retener el mal que brotaba sin descanso de las profundidades.
Desde la estación, Rojas daba indicaciones, pero las pantallas se iluminaban de rojo una y otra vez, mostrando militares caer, mientras los gritos se escuchaban por las comunicaciones. Los soldados resistían en un frente donde la victoria era imposible.
En la mina, los soldados avanzaban y resistían entonando un canto que alababa al Emperador. No retrocedían ni cedían un solo palmo ante el mal. Era una ofrenda de almas, un manifiesto de fe y devoción al Imperio: dispuestos a entregar sus vidas, sin importar si el Emperador enviaba ayuda o no. Su destino ya estaba decidido.
Un equipo entró en el centro médico, casi abandonado, en busca de suministros. Subieron a los pisos superiores y uno de ellos dijo:
—Iré a la planta subterránea. Allí puede haber algo que nos sirva.
Los demás asintieron. El al mando de la unidad le advirtió:
—No te demores. Que sea rápido.
Bajó solo en el ascensor hacia los niveles subterráneos. Al abrirse las puertas, su voz resonó por la radio, cortada por el pánico:
—¡Contacto! ¡Contacto!
Se escucharon disparos… y luego el silencio cortó la comunicación. Los demás corrieron de inmediato hacia el ascensor para averiguar qué había ocurrido.
—¡Soldado, reporte!
De la radio solo salía interferencia. El al mando de la unidad dijo con firmeza:
—Bajaremos rápido y lo buscaremos.
Tomaron otro ascensor y descendieron. Al salir, todo estaba sumido en oscuridad; las luces parpadeaban con un zumbido intermitente. Algunos se apostaron para vigilar mientras los demás revisaban el otro ascensor. Lo llamaron y esperaron… pero en su lugar, se escuchó un sonido distorsionado que emergía de la penumbra. Se miraron entre sí, con el corazón en la garganta.
—¿Todos lo escucharon? —susurró uno.
El jefe de la unidad apretó el arma y dijo:
—Manténganse alerta.
Encendieron las linternas montadas en sus armas.
—¿Qué es eso? —susurró uno.
Todos enfocaron la luz hacia donde se movía la figura: el infectado se tambaleaba entre las sombras, sin mostrarse por completo. De pronto, el ascensor a sus espaldas se abrió con un zumbido metálico y un nuevo sonido brotó tras ellos. Giraron en bloque y lo vieron: era el soldado que habían bajado a buscar… ya estaba transformado. Lo habían corrompido en cuestión de minutos. Un ojo le brillaba con un verde intenso en la penumbra.
—Ahí estás… ¿estás bien? —empezó a decir uno, dando un paso hacia él.
El jefe del equipo lo detuvo de un brazo con firmeza:
—No. Ya no es quien buscamos.
—Pero señor… —dudó el otro.
—¡Disparen! —ordenó alzando el arma.
El soldado infectado se abalanzó sobre el primero de ellos y lo mordió con ferocidad. Abrieron fuego a la vez. La descarga le arrancó órganos y lo hizo retroceder, pero incluso con medio cuerpo destruido, se arrastró hacia adelante impulsándose con lo que le quedaba. Se lanzó de nuevo contra ellos. Siguieron disparando, despedazándolo… y, aun así, cada fragmento, cada trozo separado del cuerpo, se movía y se retorcía por su cuenta.
De la oscuridad brotó un estruendo, y luego muchos más a la vez. El jefe de unidad gritó:
—¡Salgan de aquí!
Una horda de infectados se abalanzó sobre ellos. El ascensor no alcanzó a subir. Todos perecieron.
En la estación, la radio transmitía la alerta… pero nadie llegó a reaccionar. Mientras las pantallas se iluminaban de rojo, marcando cada vida perdida, un soldado informó con voz quebrada por el casco:
—Hemos fallado. La contención no se logró. Estarán aquí en cuestión de horas. Cambio y fuera.
Las criaturas de dos metros avanzaban, cortando y despellejando todo a su paso. La primera línea de defensa había caído. La ciudad quedó sola, a su suerte.
En la ciudad y en las otras cuatro, la alarma comenzó a sonar sin descanso. La voz resonó en cada altavoz:
—¡Contención fallida! El contacto con las criaturas será en cuestión de horas. Prepárense. La ciudad será atacada.
En lo alto, los muros de defensa estaban listos. Cañones vigilaban el perímetro y casi toda la población que quedaba se apostaba sobre las murallas y tras ellas, esperando en silencio tenso.
Desde la estación, las alarmas no cesaban. La gente gritaba que ya habían entrado. El personal recibió el reporte con horror: en menos de una hora, una de las cinco ciudades había caído. Rojas no supo cómo reaccionar. Y así, una tras otra, fueron sucumbiendo.
Miles de criaturas y nubes de insectos se dirigieron contra la última ciudad que quedaba. A lo lejos se divisaba la marea: miles de ellos, entre monstruos, infectados y mutaciones de toda clase, avanzando para devorar lo último que quedaba en pie en Alpha 349.
Las alarmas no cesaron. La última ciudad en pie era todo lo que le quedaba al planeta. Los cañones detectaron el movimiento en masa y abrieron fuego, destruyendo todo a lo lejos. La ciudad resistía, pero apenas, conteniendo a duras penas el avance del peligro.
Una alerta resonó en las comunicaciones de la estación; desde cerca del centro médico, una voz se escuchó por la radio:
—Estación… ellos ya están aquí.
El personal respondió con urgencia:
—Repita lo que acaba de decir.
La voz sonó rota, resignada:
—Ya es tarde para nosotros… ¿hay salvación? La ciudad… ya ha sido tomada por ellos.
La Estación 1 miró a través de las pantallas para verificar lo que ocurría cerca del centro médico. La imagen era aterradora: hordas de infectados comenzaban a esparcirse por toda la ciudad, desde adentro.
—¡Teniente, hay infectados dentro de la ciudad! —gritó un soldado.
Rojas se apresuró a mirar las pantallas. Quienes estaban cerca del centro médico caían uno tras otro, y se veía cómo muchos se transformaban en cuestión de instantes.
—Enviar unidades de inmediato —ordenó Rojas—. Antes de que se extienda más. Si se unen a la masa que espera fuera de las murallas… será una catástrofe. ¡Apresúrense!
Varios efectivos que protegían la estación se movilizaron de inmediato para contener y erradicar a los infectados que ya se mezclaban entre la población, atacando a todo ser vivo que encontraban a su paso.
Una guerra comenzó a librarse a la vez desde dentro y desde fuera de la gran ciudad: una batalla por la supervivencia, por la última urbe que quedaba en pie y por todos quienes aún la habitaban.
El combate en el interior se volvió feroz. La población y los soldados apostados sobre las murallas y tras ellas escucharon el estruendo de las descargas y los disparos que resonaban cerca del centro médico. Pero no podían distraerse. Si descuidaban la defensa y el muro caía, todo estaría perdido.
Rojas se giró y miró a Lanny con el rostro apagado, como si ya hubiera aceptado su destino. Volvió hacia el personal:
—¿Comunicación con la nave del capitán? ¿Ya está cerca?
—Todavía no hay contacto —respondieron—. Sabemos que viaja en una nave con capacidad de salto espacial, por lo que podría estar a punto de llegar, pero no podemos precisar el momento exacto.
En ese instante, una médica irrumpió en la sala.
—Tengo información urgente —dijo.
Rojas hizo una seña a los guardias para que la dejaran pasar. Ella explicó con voz grave:
—La población… es muy probable que ya esté infectada. En otros centros médicos de la ciudad se han registrado síntomas idénticos a los del primer paciente que ingresó. Es lo mismo que vieron los soldados al enfrentarse a los primeros contagiados. El mal ya se ha extendido por dentro.
Rojas no terminaba de comprender:
—¿Cómo que toda la población?
La médica respondió con gravedad:
—Creo que el vapor de esa mina tiene la capacidad de transformar a cualquier ser vivo en un infectado. Los síntomas aparecen de forma lenta, retardada: pueden tardar horas, días, semanas… o incluso meses en manifestarse. Por eso muchos parecen estar bien, pero podrían estar contagiados sin saberlo.
Estaba por añadir algo más, cuando Rojas la interrumpió:
—Es cierto… estando en la mina comprendí que ni el equipo ni las armaduras podían detener ese vapor.
Ella asintió:
—Exacto. Solo quienes salieron del planeta antes de que el vapor se filtrara en la atmósfera están a salvo. Todo aquel que respirara, aunque sea una pequeña cantidad… podría convertirse en un infectado.
Lanny, al escuchar eso, miró de golpe hacia la cápsula donde estaba su hija. Se acercó rápidamente a la médica y preguntó con voz temblorosa:
—¿Hay alguna forma de saber si alguien está infectado? ¿Aun si no se han presentado los síntomas todavía?
La médica la miró confundida:
—¿A qué te refieres?
Lanny señaló la cápsula flotante:
—Mi hija está ahí dentro… ¿puede estar infectada? —preguntó con el corazón en la mano.
La médica se acercó de inmediato a la cápsula:
—¿Dónde está la pantalla de control?
Lanny presionó la superficie de la cápsula y esta proyectó una pantalla luminosa. La médica revisó el sistema y ordenó realizar un análisis completo. La cápsula realizó un escaneo y tomó una pequeña muestra. Lanny, con el miedo reflejado en el rostro, comenzó a llorar mientras esperaba el resultado.
La médica leyó los datos y la miró con ojos llenos de ternura:
—No presenta síntomas… ni rastro de infección.
Sonrió, con lágrimas también asomando en sus ojos.
—Está sana, Lanny. Tu hija está sana.
—Pero… —dijo la médica con suavidad—, quizás tú no corras con la misma suerte. Has respirado mucho aire de aquí. Aunque lleves puesta la máscara de prevención, no sirve para detenerlo.
Lanny sonrió y miró la cápsula donde descansaba su hija:
—Está bien. Con que ella esté a salvo, me es suficiente.
La médica la miró sin comprender del todo:
—¿Qué tipo de cápsula es esa?
—Me la entregaron hace tiempo —respondió Lanny acariciando la superficie—. Fue un regalo destinado a nuestra descendencia, un regalo para el futuro. Nunca imaginé que la necesitaríamos… ni que serviría de esta manera.
La médica asintió con ternura:
—Lo importante es que has logrado salvar la vida de tu hija.
Rojas, sin saber bien qué decir, señaló una puerta a Lanny:
—Pasa por ahí. Te llevará a la antena de la estación. Espera allí al capitán Karl y a su equipo.
—Nosotros nos quedaremos a ayudar —dijeron los demás.
Luna, la sirvienta, se acercó a Lanny con los ojos llenos de gratitud:
—Sálvese usted y a su hija.
Lanny la abrazó con fuerza y se despidió de todos. Subió hacia la antena de la estación. Mientras tanto, las pantallas no dejaban de sonar con alarmas. Las murallas de la ciudad ya no pudieron contenerlas: las criaturas y los insectos habían atravesado la defensa. Los militares, luchando contra los infectados que ya no lograban detener, sabían que la ciudad estaba a punto de caer.
Rojas miró a los que quedaban en pie:
—Abandonemos la estación. Vamos a reforzar la defensa.
—¡Sí! —respondieron todos.
Salieron de la torre… y justo en ese instante, las radios se llenaron de gritos: la ciudad había caído. Un niño, a lo lejos, vio cómo una criatura partía a su padre por la mitad. Entre sollozos, comenzó a recitar con voz temblorosa:
—Emperador… ayúdanos…
Entonces el cielo rugió. Una explosión estremeció el aire, tan fuerte que todos la oyeron. El tiempo pareció detenerse. Las criaturas, los insectos, los infectados avanzaban sin dar tregua… y los pocos que aún luchaban por sobrevivir alzaron la mirada. Una inmensa bola de fuego descendía desde lo alto, surcando las nubes como una estrella que cae.
Una voz resonó por las comunicaciones, clara y potente, escuchada en cada rincón:
—¡El Emperador está aquí!
La masa de fuego se estrelló justo frente a las puertas de la ciudad. La tierra tembló. Las hordas rodearon el impacto, pero nadie se atrevía a avanzar. Desde el resplandor y el humo, se alzó una silueta inmensa, imponente, de un tamaño que no debería ser posible. Uno de los supervivientes, con los ojos llenos de asombro y lágrimas, susurró apenas:
—Es… un Ejecutor.
Continuará…

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Capítulo 8
AESTORIUM (Novela) Capítulo 7
Estás leyendo el capítulo 7 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 22 de septiembre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.