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Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 6 online gratis en español

NAVE DE LA FEDERACIÓN COLONIAL IMPERIAL — TICCS Un miembro de la tripulación corrió con prisa hacia la cabina del almirante, recuperando el aliento mientras hablaba: —Pido autorización para informar algo urgente, Almirante. Desde el interior, la voz respondió: —Pasa. Entró y saludó: —Saludos, Almirante Thnor, al mando de la nave Ticcs. El almirante lo miró: —¿Qué ocurre? —Hemos recibido una señal de auxilio… El almirante lo interrumpió: —Una señal de auxilio… Nuestra misión fue solo abastecer y regresar. No nos desviaremos. Retírate y niega la ayuda. El tripulante insistió: —Pero, Almirante… el problema es que proviene de un planeta y, además, una mujer afirma pertenecer a la familia Reinner. Dice ser la esposa del capitán Karl Reinner. El almirante se enderezó de golpe: —Repite eso. Y cuéntamelo todo con detalle. El tripulante le relató lo sucedido. Al terminar, Thnor reflexionó con gravedad: —Aun así… no podemos abandonar nuestra misión por acudir a un planeta que quizás ya está perdido. —Pero Almirante —insistió el otro—, es la familia del capitán… El almirante suspiró: —No… no haremos nada por nuestra cuenta. Ve e informa al capitán que acuda a la cabina de mando. Yo mismo se lo diré. —Entendido, Almirante. El tripulante se retiró y se dirigió hacia la cabina del capitán Karl Reinner. El personal informó a Karl que el almirante solicitaba su presencia en la cabina de mando. Karl se apresuró a llegar. —¡Capitán Karl Reinner en la cabina de mando! —anunció alguien. Todos se pusieron de pie. Karl asintió y saludó al almirante Thnor. Este lo miró con seriedad: —Quizás tu intuición era real. Karl no lo entendió: —¿A qué se refiere, Almirante? El almirante le explicó la situación del planeta Alpha 349: cómo su esposa no había logrado subir a ninguna de las naves Arca y que el planeta iba a ser dado por perdido. Karl guardó silencio un instante y luego dijo: —¿Podemos brindar apoyo? Ayudar a evacuar a quienes aún podamos salvar. El almirante negó rotundamente: —Capitán Karl Reinner, nuestra misión fue clara: abastecer suministros y dejarlo en el centro de control planetario. De ahí usted bajaría a su planeta. Pero ante lo que ha ocurrido, terminaremos de abastecer aquí y regresaremos. Karl asintió: —Pido permiso para retirarme. El almirante lo miró, como si adivinara lo que pensaba hacer: —No hagas algo de lo que te arrepientas, capitán Karl. Karl se detuvo en la puerta y lo miró: —No prometo nada. Le dio la espalda y comenzó a salir. El almirante alzó la voz: —¡Karl, estarías yendo contra el Imperio! Si abandonas la nave serás considerado hereje. Recuerda quién eres… Karl el Rojo. Karl se detuvo de golpe. Sin volverse, respondió con voz firme: —Es cierto… pero ese Karl ya es pasado. Ahora soy capitán. Y si tengo que ser hereje por recuperar a mi familia… entonces acepto la muerte y me entrego al Imperio. Karl se dirigió al puerto de la nave Ticcs. Al ver una nave estacionada, suspiró. En su interior libraba una lucha feroz: un pasado sangriento, lleno de lealtad, devoción y fe, se debatía contra la urgencia de salvar a los suyos. Buscaba razones para aceptar ser hereje, pero otra parte de él se negaba a romper su juramento. Era una batalla silenciosa: elegir a su familia o mantenerse leal al Imperio… aunque eso significara dejarlos morir. Caminó por el hangar de la nave. Muchos marines lo observaron sin decir palabra; pilotos, oficiales y tripulantes lo vieron pasar. Entonces Karl cayó de rodillas y recitó en voz baja aquel credo que lo había sostenido en mil batallas: —Nacemos de las cenizas… somos la llama ardiente. Nuestras vidas son tributos al Emperador. Vivimos para él… morimos para él. Alzó la mirada, con el alma en la voz: —Oh, Padre Santo, Emperador… dime qué debo hacer. No me dejes caer en el abismo. En el puente de mando, un oficial miró al almirante: —¿Qué hará, Almirante? —Conécteme a toda la nave —ordenó Thnor. Y en cada rincón de la inmensa nave resonó su voz que heló la sangre de todos: —El capitán Karl Reinner ha sido marcado como hereje. A partir de este momento será juzgado conforme a sus actos. Todo lo que haga será presentado ante el Salón… y su muerte será decidida allí. Cambio y fuera. La tripulación se miró entre sí, incrédula: —Es imposible… ¿Karl el Rojo? ¿Cómo alguien como él puede ser declarado hereje? Desde la penumbra, cinco sombras se adelantaron y lo rodearon: —Capitán Karl Reinner, de la familia Reinner… ¿acepta los cargos impuestos ante usted? Karl abrió los ojos, firme: —Los acepto. Se levantó lentamente. Giró la mirada hacia la nave y dijo: —Necesito dos pilotos. Todos retrocedieron. Ser marcado como hereje era considerado traicionar al Emperador; nadie se atrevería a correr ese riesgo. Entonces, una de las cinco sombras habló: —Ustedes dos, suban a la nave. Serán sus pilotos. —¿A dónde irá Karl Reinner? —preguntó otra sombra. Karl respondió con firmeza: —A Alpha 349. Las sombras añadieron: —Capitán Karl Reinner, será llevado al planeta Alpha 349. Allí completará su cometido. Después será llevado directamente al Salón, donde se decidirá su destino. Karl asintió. —Será custodiado y protegido —continuó la sombra— hasta que sea llevado al Salón. Así, la nave comenzó a despegar. Una de las sombras se comunicó con el almirante a través del enlace de su casco: —Llevaremos al capitán Karl a Alpha 349. Después será conducido al Salón para ser juzgado. El almirante frunció el ceño: —¿No debió ser capturado de inmediato? La sombra respondió con voz impasible: —Al ser capitán, el Código establece que si se resiste debe ser detenido. Pero el capitán Karl aceptó su destino y los cargos. Tras cumplir su cometido en el planeta, será llevado al Salón; solo allí podrá ser juzgado. Usted lo sabe, Almirante Thnor. No importa lo que haga ni si se oponga: el capitán Karl Reinner solo puede ser juzgado por el Salón, por nadie más. Por lo tanto, lo protegeremos y custodiaremos hasta regresar y entregarlo. Cambio y fuera. El almirante se quedó mirando por la ventana de la nave Ticcs, viendo cómo la pequeña nave se alejaba llevando a Karl en busca de su familia. El almirante suspiró y dijo: —Regreso a mi cabina de descanso. Terminen de descargar los suministros restantes y revisen todo el equipo para el regreso. El personal de la cabina de mando se puso de pie y saludó al recibir la orden. Uno de los oficiales estableció comunicación con Estación 1. Al otro lado, tras la pantalla, explicaron: —No brindaremos apoyo. Pero el capitán Karl va en camino a Alpha 349. El almirante ha declarado que su planeta queda dado por perdido. Quedan a su suerte. Cambio y fuera. Lanny gritó desesperada: —¡No! ¡Ayúdennos! Todo el personal de la estación bajó la mirada. Sabían que el Imperio jamás enviaría ayuda y que el planeta ya estaba sentenciado. Lanny se sentó, abatida y pensativa. Luego levantó la voz: —¿Cómo va la contención en la mina? El personal revisó las distintas pantallas y respondió con gravedad: —Solo resistirán unas horas. En cuestión de tiempo, los insectos y esas criaturas estarán a las puertas de las ciudades. En otras pantallas se veía a la población fuera de control. Lanny miró la cápsula flotante donde descansaba su hija y se preguntó en voz baja: —¿No hay salida? ¿De verdad no la hay? El teniente Rojas, que mantenía el orden entre la gente desesperada, subió a Estación 1 y preguntó de inmediato: —¿Dónde está el comandante Fabricio? Lanny apenas pudo responder: —Ya evacuó el planeta. Rojas no lo entendió: —¿Y usted no subió, señorita? Ella sonrió con amargura, con lágrimas asomando en el rostro: —No lo sé… simplemente no me dejaron entrar a la nave. El personal informó: —Hemos establecido comunicación con una nave imperial, pero han dado el planeta por perdido y no ofrecerán ayuda. Sin embargo, nos confirmaron que el capitán Reinner viene en camino hacia aquí. Rojas miró a Lanny con renovada esperanza: —Entonces todavía hay una salida. Si él entra al planeta, podemos organizar la contención con él al mando. Mientras haya alguien que lidere, hay posibilidad. Ella lo miró con duda: —Pero él es capitán… no creo que le permitan traer refuerzos. Y además… debe estar actuando en contra del Imperio. —Lo entiendo —respondió Rojas—, pero viene. No podemos desperdiciar esta oportunidad. Se giró hacia el personal y preguntó con urgencia: —Con todos los efectivos desplegados en las murallas… ¿cuánto tiempo resistirán las defensas de la ciudad? El personal comenzó a hacer los cálculos. Al terminar, uno respondió: —Depende de cuánto tiempo resistan los que mantienen la contención en la mina. Pero si esa línea cae… la ciudad solo podrá resistir unas horas. El escudo de energía y todos los efectivos desplegados mantienen a raya a los insectos y a las criaturas que van saliendo. —¿Criaturas? —repitió Rojas, frunciendo el ceño. —Sí —confirmó el otro—. Hemos registrado varias del mismo tipo. Varios soldados que combaten allá abajo reportan que no se trata de una sola: miden más de dos metros, se mueven con esa rapidez mortal y sus garras… Rojas asimiló la noticia y dijo con gravedad: —¿Cómo pudo haberse formado algo así en las profundidades de esa mina… y junto con esos insectos? —Bien —dijo Rojas con firmeza—. Entonces haré un anuncio a esta ciudad. Las demás quedarán a su suerte; si logran resistir, se salvarán. Pero aquí… anunciaremos la llegada del capitán Karl. Eso levantará la moral del personal militar y ayudará a mantener el orden entre la población que aún permanece. Haremos de esta ciudad un lugar inexpugnable hasta que él llegue. Se giró hacia Lanny y la miró a los ojos: —Confía en él. Si llega a tiempo, no solo te salvará a ti… sino a todos los que estamos aquí. Ella asintió. Rojas conectó con todas las pantallas de la ciudad y dio el comunicado: —El capitán Karl llegará en unas horas. No será fácil… pero si logramos contener el mal que acecha al otro lado de estos muros, sobreviviremos. Todo aquel que pueda luchar, que tome un arma y acuda a las murallas. Si los muros caen, estamos perdidos. Pero si los mantenemos hasta que llegue el capitán… sobreviviremos. La población y los militares miraron las pantallas. Todo pareció quedar en silencio. No se trataba de un capitán cualquiera: era alguien cuyo nombre tenía un peso inmenso, un nombre capaz de cambiar el rumbo de cualquier frente de batalla. Todos lo conocían. No importaba cuán lejos estuviera el planeta; el nombre de Karl el Rojo era conocido en cada rincón y sus hazañas resonaban en la memoria de todos. La gente recuperó la determinación. Se equiparon y se unieron al personal militar en las murallas que rodeaban la ciudad. Hombres y mujeres se apostaron sobre ellas y en su interior, listos para enfrentar a un mal que no parecía dispuesto a dar tregua. La ciudad entera se había convertido en una fortaleza, esperando la llegada del capitán Karl. Dentro de la nave que se dirigía al planeta Alpha 349, el piloto anunció: —Nos preparamos para el salto espacial. Estaremos a unas horas de llegar al planeta. Una de las sombras miró a Karl y le preguntó: —Capitán Karl… ¿por qué arriesgar su lealtad por una familia? ¿Vale la pena? Karl mantuvo el silencio, sin añadir nada. La lucha en su interior aún no terminaba. En el centro médico se escuchó un sonido extraño, como un chillido agudo. Una enfermera que buscaba a un paciente oyó el ruido y lo siguió hasta llegar a una habitación sumida en la oscuridad. Extendió la mano e intentó encender la luz… pero el activador no funcionaba. Estaba por irse, cuando el ruido volvió a oírse, más cerca, desde la oscuridad. —¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó ella con voz temblorosa. De golpe, algo la arrastró hacia las sombras. Su grito resonó unos instantes… y luego todo cayó en un silencio absoluto. Continuará…
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AESTORIUM (Novela) Capítulo 6

Estás leyendo el capítulo 6 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 22 de septiembre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.