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Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

La radio sonaba entrecortada, llena de interferencias que rasgaban el silencio. Dentro del vehículo de carga, Rojas miraba por la ventana de la cabina del conductor. —No nos queda más que esperar refuerzos —dijo con voz baja. Los dos soldados que permanecían con él mantenían la guardia, tensos. Uno de ellos se acercó: —Teniente… si el vapor es tan letal que ni las máscaras ni los cascos lo detienen… entonces la zona exterior tampoco está a salvo, ¿verdad? El vapor se filtra hacia afuera. Rojas asintió con gravedad: —Es cierto. Pero eso significa que no podemos quitarnos los cascos ni un instante. En cuanto a nuestras familias… esperemos que el alto mando tome la decisión correcta. Si no lo hacen, todo este mundo estará perdido. Los dos soldados se miraron entre sí, bajaron la cabeza y recitaron al unísono, con voz solemne y firme: —Nuestras vidas son tributos. Nuestras almas, puentes. Que su luz nos guíe, Emperador. Rojas entrecerró los ojos: —Creo ver algo. Los dos se acercaron de inmediato a mirar. De pronto, un ave se estrelló violentamente contra el cristal del vehículo y estalló en mil pedazos. Ambos retrocedieron sobresaltados. Rojas permaneció inmóvil, con la mirada fija en las manchas en el vidrio, y dijo con voz grave: —Esto confirma lo que temía. El vapor está afectando a todas las especies por igual. Debemos apresurarnos y salir de aquí para informar la situación. Uno de los soldados asintió con preocupación: —Sí, teniente… pero desde la noche hasta ahora que amanece, no logramos mantener comunicación con Estación 1. Solo nos queda salir… pero el peligro es grande. Rojas lo miró con firmeza: —Somos soldados. Nuestro deber es avanzar sin importar nada. No tememos a la muerte, ni a lo desconocido. Servimos al Santo Emperador, y si es necesario, saldremos. No podemos permitir que esto se expanda más allá de ninguna ciudad de este planeta. Manténganse listos: en cualquier momento partiremos. —Equipo aéreo a Estación 1: sobrevolamos la zona minera 212. No detectamos señal de vida ni movimiento de ningún ser vivo. —Estación 1 recibido. Manténgannos informados de cualquier cambio en la situación. —Recibido. Cambio y fuera. Dentro del vehículo, uno de los soldados llamó con urgencia: —Teniente Rojas… veo una nave Sprinter sobre la mina. Rojas se levantó de inmediato: —Es cierto. Soldado, ¿puedes establecer comunicación con el piloto? —Enseguida. El soldado introdujo los códigos de acceso a través de la pantalla integrada en su casco y dijo: —Listo, teniente. Estamos en línea con el piloto. —Aquí teniente Rojas —dijo él—. Me comunico con el piloto que sobrevuela la zona minera 212. La voz del piloto llegó entre interferencias: —Aquí piloto de unidad aérea. Le escucho, teniente Rojas. Reporte la situación. ¿Se encuentra aún en la zona de la mina? —Afirmativo —respondió Rojas—. Seguimos aquí. Solo quedamos tres supervivientes confirmados. El resto del equipo ha desaparecido. Los que vigilaban desde lo alto fueron atacados. ¿Puede verificar algo desde arriba? El piloto guardó silencio unos instantes y luego respondió con voz grave: —Teniente Rojas… en pantalla solo se registran tres efectivos con vida. El resto… están fuera de línea. Rojas soltó un suspiro pesado y bajó la mirada, comprendiendo la verdad: todos los demás habían muerto. —Lo siento mucho, teniente —dijo el piloto con voz suave pero firme—. Por ahora necesito que me reporte todo lo que sabe sobre la situación. Rojas tomó aire y expuso con claridad: —Informando: el agente es tóxico y se filtra a través de cualquier protección tecnológica. Parece afectar a todo tipo de ser vivo, y de formas distintas. La zona minera no es segura y el vapor no puede ser contenido. Además… las armas, por mucho que dañen a los infectados, no los detienen por completo. Incluso si quedan sin extremidades, sus partes siguen moviéndose por separado. —¿Puede confirmar todo lo que acaba de decir? —preguntó el piloto con seriedad. —Puedo confirmar cada palabra —respondió Rojas con firmeza. —Bien, información recibida y registrada —dijo el piloto—. Teniente Rojas, ¿pueden abandonar el lugar y subir a bordo? —Sí —respondió Rojas—, si nos brindan cobertura, podemos hacerlo. —De acuerdo. Mi equipo y las demás unidades les daremos apoyo aéreo completo. Tienen 20 minutos para salir de ahí. ¿Entendido? Rojas miró a los dos soldados que lo acompañaban y asintió: —Afirmativo. Estaremos arriba en 20 minutos. —Estación 1, solicito reporte —se escuchó por la radio. —Estación 1 aquí. Adelante con el reporte. El piloto tomó la palabra: —Reportando: hemos localizado al teniente Rojas y a dos efectivos más. Se confirma la existencia de un agente tóxico que resulta imposible de contener. Este afecta a todo tipo de ser vivo. Las armas no logran detenerlo por completo: una vez que el agente altera el organismo, la víctima continúa moviéndose sin importar cuántas extremidades pierda. El piloto añadió con firmeza: —Extraeremos al teniente Rojas y a los dos efectivos de la zona minera 212. —Estación 1 recibido —respondió la voz con autoridad—. Sáquenlos y tráiganlos de regreso a la ciudad. El comandante ha asumido el control total del planeta Alpha 349. En veinticuatro horas se tomará la decisión definitiva de activar el Protocolo Dox. —Recibido —dijo el piloto—. Cambio y fuera. El teniente Rojas volvió a la radio: —Aquí Rojas. Estamos abandonando el vehículo de carga. —Recibido —respondió el piloto—. Estamos sobrevolando la zona. Sean rápidos. —Entendido —dijo Rojas. Asintió a los dos efectivos, y ambos corrieron rápidamente hasta el ascensor que llevaba a la superficie. —Listo, podemos subir —dijo Rojas. Los tres entraron. El ascensor comenzó a elevarse. Desde la nave, el piloto informó con urgencia: —Se avista contacto en el sector 0-12 de la mina 212. Muchos objetivos se acercan. Rojas alzó el arma. Desde abajo, varios infectados salieron en grupo descontrolado: soldados, trabajadores e incluso animales, todos corriendo en direcciones caóticas. Se movían de formas extrañas, muchos deformes, arrastrando extremidades o saltando con partes del cuerpo que no deberían responder. —Abran fuego —ordenó Rojas. Los pilotos no tardaron en responder. El fuego se concentró sobre la masa de infectados, pero algo no encajaba: muchos caían, pero otros volvían a levantarse, como si el cuerpo se regenerara a pesar de los impactos. Rojas y los dos efectivos seguían disparando. Uno de ellos gritó: —¡El núcleo del arma pierde potencia! —No importa —gritó Rojas, fuerte y claro—. No dejes de disparar. No podemos dejar que salgan de este lugar. El fuego era intenso. Un impacto brutal los sacudió de golpe y los lanzó a todos contra la pared de roca. El ascensor se tambaleó violentamente. Uno de los efectivos perdió el equilibrio y quedó colgado, sosteniéndose con una mano en el borde del ascensor. Rojas y el otro soldado lo agarraron de la armadura para subirlo. Pero en ese momento, algo desde la oscuridad lo sujetó por la pierna y lo jaló hacia abajo. El piloto bajó la altitud y concentró todo el fuego sobre la pared del sector 0-12: —¡Los infectados están escalando! —gritó por la radio—. Repito: los infectados están escalando. Teniente Rojas, los infectados están a punto de alcanzarlos. El efectivo miró a Rojas y dijo: —Larga vida al Imperio. —¡No! —gritó Rojas. El soldado se soltó. Mientras caía, dijo con voz firme: —Nuestras vidas son ofrendas. Nuestras almas son el puente. Que su luz nos guíe, Emperador. Cayó sobre la masa de infectados. Una explosión resonó sobre la mina. Y se escuchó un sonido horrible, como un chillido que se alejaba hacia lo lejos, justo donde se filtraba el vapor. Entonces comenzaron a salir en horda: miles de insectos de seis patas y un solo ojo. La nave Sprinter que sobrevolaba reaccionó de inmediato y abrió fuego. Las criaturas empezaron a escalar y saltar sobre la nave. Las demás unidades seguían disparando, pero inmensas hordas salían sin cesar. Uno de los pilotos gritó por la radio: —¡Teniente, suban rápido! ¡Es ahora o nunca! Rojas se puso de un salto y agarró un cable del ascensor: —No podemos dejarlos que nos alcancen. Él y el otro soldado se sujetaron del grueso cable metálico que sostenía la plataforma, y cortaron todo lo que la mantenía unida. El ascensor cayó al vacío. Desde arriba, miraron hacia abajo: las hordas de infectados trepaban sin detenerse, y tras ellas, la plaga de insectos también subía. Al llegar a la superficie, comenzaron a correr. A lo lejos se veían incontables unidades que acudían en su ayuda. Pero al girarse, Rojas vio cómo una de las naves Sprinter perdía altura. Por la radio se escuchó la voz entrecortada: —Nos caemos… no podemos contener la amenaza… impacto… impacto… Una explosión resonó en todo el valle. Por la radio resonó la voz del comandante Fabricio, firme y clara: —Todo mal será erradicado. Somos la esperanza. Somos hijos del Emperador. En ese instante llegó el resto del equipo aéreo. Las unidades terrestres pasaron a gran velocidad alrededor de Rojas y el soldado que lo acompañaba, se detuvieron y concentraron un muro de fuego, impidiendo con todas sus fuerzas que los infectados y los insectos lograran salir a la superficie. Una aeronave de suministro se suspendió sobre ellos. La rampa se abrió con un chirrido metálico. —¡Suban! —gritó el tripulante desde la borda. Rojas y el efectivo corrieron hacia la nave. Mientras ambos entraban, las unidades terrestres y aéreas concentraban todo el fuego sobre la boca de la mina. Las explosiones golpeaban las rocas, el metal y las hordas que intentaban trepar. Desde la nave, Rojas miró hacia abajo: miles de soldados y equipos se desplegaban en el perímetro, formando un muro de contención para que el mal no saliera a la superficie. La nave de suministro se elevó. Rojas se apoyó en la pared, con la respiración agitada, y vio cómo la mina seguía escupiendo oscuridad. El comandante Fabricio habló por radio: —Teniente Rojas, qué bueno tenerlo de vuelta —dijo con voz solemne—. Lamento profundamente la pérdida de sus hombres. Rojas asintió con gravedad: —Espero que sus sacrificios no sean en vano. —Bien —continuó el comandante—. Traigan al teniente de regreso. Necesitamos poner un plan en marcha de inmediato. A las afueras de la ciudad, Luna habló con suavidad: —Señora, estamos por entrar. Todo está en orden. Un soldado detuvo los tres vehículos. Bajó la ventanilla de su puesto y pidió: —Identificación, por favor. Lanny mostró su placa. El soldado la reconoció de inmediato, enderezó la postura y saludó: —Bienvenida, familia Reinner. El conductor añadió: —Solo déjenos pasar. El soldado hizo la seña de paso. Las barreras se levantaron y los vehículos entraron en la ciudad. Mientras avanzaban, uno de los guardias comentó: —Señorita… la ciudad parece en orden. —Sí —respondió ella—, pero si mi tío dice que corremos peligro, es porque es verdad. Vayamos directo a Estación 1. Allá podrá explicar mejor la situación. Frente a la estación, los vehículos se detuvieron. Los militares en la entrada les indicaron: —Solo personal autorizado. —Es un miembro de la familia Reinner —dijo el conductor. El soldado miró hacia el fondo del vehículo. Vio a la señorita Lanny, que llevaba un velo cubriéndole el rostro; solo se le veían los ojos. El soldado levantó la mano: —Un momento. Se comunicó de inmediato por su dispositivo: —Comandante… hay una mujer que dice pertenecer a la familia Reinner. ¿La dejamos pasar? La voz del comandante estalló al otro lado: —¡Si dice que es la familia Reinner, entonces déjala pasar, maldita sea! El soldado hizo la seña. Los rayos azules de la barrera se desactivaron y los vehículos entraron en la estación. Un ascensor la llevó a ella y a la sirvienta hasta el nivel más alto del edificio. Los guardias se quedaron custodiando los vehículos flotantes de alta gama. Al llegar arriba, Lanny vio a todo el personal corriendo de un lado a otro y comunicándose con urgencia. Las pantallas mostraban imágenes en vivo de la zona minera 212: el vapor se expandía lentamente y las hordas de insectos se agolpaban a la salida, contenidas apenas por el fuego de las tropas. El comandante Fabricio se acercó a ella: —Bienvenida. Ven, tengo algo que decirte —la llevó a un lado, con voz urgente—. No tenemos mucho tiempo. Estoy por autorizar un protocolo de emergencia. Tardaremos veinticuatro horas en confirmarlo y avisar a la población y a las cuatro ciudades restantes. Se están preparando naves de evacuación. Tienes que irte en una de ellas. ¿Entiendes? Ella estaba a punto de preguntar qué ocurría, cuando la voz de alerta resonó desde la pantalla: —Repito: la contención ha fallado. La amenaza ha salido. No logramos detenerla. Repito… la amenaza… no hay forma de contenerla… —¿Qué mierda es eso? —se escuchó decir a un soldado en la transmisión. Y la señal se cortó por completo. Continuará…
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AESTORIUM (Novela) Capítulo 4

Estás leyendo el capítulo 4 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.