Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 3 online gratis en español
—Teniente Rojas, desde Estación 1: informen la situación —sonó la voz por la radio.
—Reportando —respondió Rojas—, nos aproximamos al lugar. Hemos perdido contacto con el segundo equipo.
—Confirmen situación —ordenó la estación.
—Entendido —dijo Rojas. Hizo una seña a sus hombres y todos entraron en el vehículo de carga. En voz baja, dio la instrucción—: Ustedes dos quédense aquí y vigilen la entrada. El resto entra conmigo.
Avanzaron por la zona. Rojas volvió a tomar el micrófono:
—Estación 1, reporto: solo encontramos las armas del segundo equipo. Y al individuo infectado con el que tuvieron contacto… El equipo completo ha desaparecido. Repito: el segundo equipo no está.
—Estación 1 recibido —respondió la voz con firmeza—. Retírense. Mantengan la zona minera 212 bajo vigilancia desde el exterior hasta nueva orden.
—No puedo dejar a mis hombres aquí —replicó Rojas con voz tensa—. Son novatos. Si los abandonamos a su suerte, morirán.
—Teniente Rojas —insistió la estación—, es una orden. Abandonen el lugar y manténgalo vigilado desde lejos hasta que reciban nuevas instrucciones.
Un soldado lo miró con incertidumbre:
—¿Qué hacemos, teniente?
Rojas recorrió con la mirada a su equipo y dio la orden con decisión:
—Dos se quedan conmigo. El resto suban a lo alto y manténganse alerta desde allí. Serán nuestros ojos. Cualquier sombra, cualquier movimiento que vean a lo lejos, repórtenlo de inmediato. ¿Entendido?
Los cuatro asintieron y el grupo se dividió. Rojas cortó la comunicación con Estación 1, pero mantuvo activa la transmisión en vivo: la estación podría ver cuanto ocurriera, aunque ya no pudieran darle órdenes.
Rojas avanzó de regreso hacia el punto exacto donde se originó la fuga de vapor.
—Teniente… —preguntó uno de los soldados—, ¿de qué clase de vapor crees que se trata?
Rojas lo miró con seriedad:
—No lo sé. En todos mis años de servicio al Imperio, nunca he visto algo parecido. —Tomó el comunicador—: Reportando a Estación 1: en el origen de la fuga no hay forma de taparla de inmediato. Estamos analizando la situación. Usaremos equipo de detección para verificar el nivel de toxicidad. Repito: procedemos a tomar mediciones.
Instalaron el aparato y comenzó a registrar los datos. De los dos soldados que acompañaban a Rojas, uno ayudaba con el equipo y el otro vigilaba en silencio.
—¿Equipo de vigilancia? —preguntó Rojas por la radio—. ¿Ven algo desde arriba?
—Negativo —respondió la voz—. Los sensores de los cascos no detectan movimiento ni calor humano.
—Entendido —respondió Rojas desde abajo.
De pronto, un tanque metálico se desplomó con estruendo. El soldado de vigilancia levantó el arma de inmediato.
—No pierdas la concentración —advirtió Rojas.
El soldado avanzó con cautela y miró detrás del tanque. Soltó un suspiro de alivio:
—Solo es un maldito gato. —Lo miró confundido—. ¿Qué hace un gato en una zona de excavación?
Se giró hacia el teniente… y entonces lo vio. La otra mitad del animal estaba completamente destrozada; se le veían todos los órganos, como si hubiera sido partido por la mitad… y aun así, se movía. El soldado retrocedió horrorizado:
—Mierda… ¿qué es eso?
Rojas y el otro soldado se acercaron de inmediato. Los tres se quedaron inmóviles, mirando con espanto: el gato los observaba en silencio, respirando con dificultad, pero sin dejar de moverse.
Rojas levantó el arma, apuntó y disparó sin dudar. El estruendo destrozó al gato en fragmentos que quedaron esparcidos por el suelo. Aun así, cada pedazo del animal seguía moviéndose por separado. El teniente lo pateó con fuerza contra una máquina y ordenó con voz cortante:
—Todo lo que vean con forma extraña, o que no parezca humano… ¡Abran fuego!
Los dos asintieron con tensión. Rojas regresó con uno de ellos para continuar las lecturas, mientras el otro mantenía la vigilancia.
De pronto, la voz de un soldado desde lo alto rasgó el aire:
—¡Contacto! Repito… ¡contacto!
Las torretas de los vehículos dispararon. Una explosión enorme iluminó todo el lugar.
—¡Equipo de vigilancia! ¿Qué ocurre? —gritó Rojas por la radio.
La voz llegaba entrecortada, llena de interferencias:
—Tenemos… contacto con soldados de nuestras filas… pero no tienen forma… repito… solicitamos refuerzos… están rodeando las unidades… Unidades 520 y 459… estamos siendo atacados por nuestras propias unidades… repito…
La conexión se cortó por completo. El silencio volvió a caer sobre ellos, pesado y aterrador.
Una alerta irrumpió de golpe, rompiendo el silencio. Rojas miró la pantalla de su equipo y apretó los dientes:
—Mierda…
El soldado que estaba a su lado se acercó preocupado:
—¿Qué indica, teniente?
—Ni siquiera nuestras máscaras resistirán esto —respondió Rojas con urgencia—. El vapor es mucho más letal de lo que pensábamos. ¡Rápido, evacuemos el lugar!
Volvió a establecer comunicación con Estación 1, su voz sonando tensa y urgente:
—Aquí Rojas. ¿Recibieron los datos? El nivel de peligro supera todo cálculo… posiblemente sea Nivel A. Solicito intervención inmediata y refuerzos a gran escala. Repito: este vapor es algo más que tóxico. Atraviesa cualquier protección. Las máscaras no nos mantendrán a salvo. Y además… estamos siendo atacados.
En la estación, las luces de alarma comenzaron a parpadear con fuerza. Un oficial tomó el teléfono y llamó a Camila:
—Conécteme con el gobernador ahora mismo. Hay peligro de máxima categoría. El equipo enviado está siendo aniquilado. Necesitamos contención de Nivel A.
Camila corrió hasta la puerta de la oficina del gobernador y llamó con urgencia. Al no recibir respuesta, entró deprisa. Él seguía dormido.
—¡Gobernador! —gritó ella.
El hombre se incorporó de golpe, cayó hacia un lado y despertó tosiendo:
—Creí haberte dicho que cancelaras todo… —dijo con voz pesada.
—Sí, señor… pero el equipo que enviamos ha sido aniquilado. La estación ha clasificado la amenaza como Nivel A.
El gobernador, con dificultad, se puso de pie lo más rápido que pudo, se sentó frente a la pantalla y ordenó:
—Pásenme la llamada.
La imagen se activó de inmediato. Un oficial apareció en pantalla:
—Señor gobernador, disculpe la interrupción. Tenemos una amenaza de máxima categoría, posiblemente Nivel A. Necesitamos su autorización para movilizar tropas y contener el peligro. Además… el vapor que emana de la zona minera 212 es mucho más que tóxico. Se propaga por la atmósfera a gran velocidad. En cuestión de días, no de semanas… podría envenenar todo el aire del planeta, haciendo imposible respirar. Solicitamos ordenar a la población que permanezca en sus hogares hasta nuevo aviso.
El gobernador golpeó la mesa con furia:
—Autorizo la movilización. Pero no haré público nada de esto. Contengan la amenaza… no me importa cómo, háganlo. Y resuelvan lo del vapor.
Cortó la comunicación de golpe y se giró hacia Camila:
—Y tú… no me interrumpas de nuevo. Que se encarguen ellos.
Camila asintió y se retiró en silencio.
En el centro militar, las alarmas estallaron en toda la base:
—Alerta. Esto no es un simulacro. Todo el personal activo y de reserva: movilicen y únanse a sus unidades. Contención de nivel máximo. Peligro Nivel A. Repito: todos a sus puestos de combate.
Cientos de equipos militares desplegaron de inmediato. Distintos tipos de unidades salieron a la calle: transportes de inmenso poder de fuego, máquinas capaces de trasladar a cientos de soldados, naves ligeras conocidas como Sprinters, rápidas y ágiles. Miles de efectivos se movilizaron y avanzaron por la ciudad. Algunos iban aferrados al exterior de los vehículos; otros, sentados, cargaban armamento pesado sobre máquinas con capacidad para devastar ciudades en cuestión de minutos. Una fuerza imponente se desplegaba, despertando a la población que dormía a esas horas de la noche.
La gente salía a mirar, confundida:
—¿Qué está pasando?
Una niña apretó la mano de su madre:
—Mamá… papá… ¿estaremos bien?
—Sí, mi amor —respondió ella con voz tranquila—. Seguro que es algo pequeño. Nada de qué preocuparse. Vamos a dormir, ¿sí?
—¿Está todo bien, mamá?
—Todo está bien.
En la Estación 1, en la torre central de la ciudad, el comandante Fabricio entró en la cabina de mando. Todos se pusieron de pie y lo saludaron.
—Dame el informe —ordenó él.
—Tenemos confirmada actividad no humana y mutada en la zona —informó el teniente—. Además, se ha detectado un vapor altamente tóxico en expansión.
—¿Quién está al mando allá abajo? —preguntó el comandante.
El teniente bajó la mirada:
—Rojas. Fue enviado con dos equipos… mayoritariamente novatos.
Las pantallas mostraban una imagen desoladora: la mayoría de los marcadores de signos vitales se habían apagado. Solo quedaban tres activos.
—¡¿Cómo demonios no se me informó de esto?! —gritó el comandante, golpeando la mesa—. ¿Cómo se les ocurre enviar un equipo reducido y de novatos a una zona de peligro desconocido?
El teniente, con voz temblorosa, respondió:
—El gobernador lo ordenó así, comandante.
El comandante respiró hondo, conteniendo una furia terrible:
—¿Han hallado alguna forma de detener el vapor que se filtra? ¿Y piensan hacerlo público?
—El gobernador ordenó que todo se mantenga en secreto —respondió el teniente, bajando la mirada.
La ira del comandante estalló:
—¡Entonces movilicen todo lo que tenemos! Y deprisa, tenemos que hacer algo con ese vapor. No podemos esperar. —Lo miró con seriedad gélida y añadió—: En caso extremo… activen el Protocolo Dox.
El teniente se alarmó:
—Señor… pero eso significa evacuar el planeta. No podemos hacerlo sin autorización del gobernador.
El comandante lo miró fijamente:
—¿El gobernador… o sus familias? Piénsenlo bien: si ese vapor inunda todo el oxígeno de Alpha 349, no quedará ningún lugar al que huir. Solo nos quedará abandonar el planeta. —Alzó la voz con autoridad—: Activen todas las alarmas. Envíen la alerta: posible abandono del planeta en 24 horas. La decisión se confirmará pronto. Yo, el comandante Fabricio, asumo el control total del planeta Alpha 349. Declaro situación de emergencia. ¡Prepárense!
Todos respondieron al unísono:
—¡Sí, señor!
Cada uno regresó a su puesto y comenzó a ejecutar el protocolo de emergencia.
Un teléfono sonó en la residencia de los Reinner.
—Residencia Reinner, ¿en qué puedo servirle?
—Páseme con la señora, por favor. Es urgente.
—Enseguida.
Lanny tomó el aparato:
—¿Diga? ¿Qué ocurre?
—Hola, Lanny —se escuchó la voz del comandante—. Soy tu tío Fabricio.
—Tío… ¿pasa algo malo? —preguntó ella, sintiendo de inmediato la urgencia.
—Sí, y por eso te llamo directamente. Escúchame bien: cierra todo de inmediato. Dile al equipo de seguridad que te ayude, pero no pierdas tiempo. Abandona la hacienda y ve a la estación de mando. Evacuarás el planeta al amanecer.
Lanny se quedó sin aliento:
—¿Evacuar? Pero… ¿por qué? ¿Qué está pasando?
—No puedo darte muchos detalles ahora —respondió él con seriedad—. Pero date prisa. En cuestión de horas despegarán las primeras naves de evacuación. Tienes que estar en la primera. Usa una cápsula de protección para la niña. Equipo de seguridad completo: máscaras, filtros… no respires el aire sin protección.
—Está bien —dijo ella, ya de pie—. Lo haré rápido.
Colgó el teléfono y se giró hacia Luna, la sirvienta, con voz firme:
—Lo hacemos todo rápido. Llama al equipo de seguridad ahora mismo. Solo empacaremos lo indispensable. Trae la cápsula para la niña, el equipo de protección y las máscaras. Rápido.
—Sí, señora —asintió Luna, y salió corriendo a cumplir la orden.
La pequeña comenzó a llorar. Lanny corrió hacia ella de inmediato. Una sirvienta trajo la cápsula de protección; Lanny calmó a la niña, logró que se durmiera y la acomodó con cuidado dentro de la pequeña unidad. Activó la protección al nivel máximo: la cápsula se selló por completo, cubriéndola por entero, y los sensores se encendieron con un suave brillo.
Para vincularla, Lanny se hizo un pequeño corte en la mano y dejó caer una gota de sangre sobre la superficie de la cápsula. El sistema la recibió y activó el modo de seguimiento: la niña la seguiría a ella donde fuera.
Luna regresó y le colocó la máscara de protección. Todos se ajustaron rápidamente el equipo de seguridad. En ese momento entraron los guardias, con armaduras reforzadas y armas avanzadas:
—Estamos listos, señorita. Podemos partir ahora mismo.
Las sirvientas se miraron entre sí y asintieron: todo estaba preparado. Lanny levantó la vista. En el horizonte, comenzaba a asomar la primera luz del amanecer. Respiró hondo y dijo con voz firme:
—Partamos.
CONTINUARA…

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Capítulo 4
AESTORIUM (Novela) Capítulo 3
Estás leyendo el capítulo 3 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.