Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 19 online gratis en español
Hace millones de años, en el pasado, la humanidad no era capaz de viajar hasta las estrellas, ni siquiera de soñar con ellas. Era una especie pobre en todo, enormemente atrasada en tecnología. Vivía al día, apenas sobreviviendo. Su sistema estelar, llamado Solar 0, contaba con un sol y tan solo cinco mundos; entre ellos, Eterm, el planeta donde la humanidad nació y creció.
La humanidad jamás estuvo unida. La codicia y la indiferencia reinaban. No existía la unión. La violencia y la muerte formaban parte de cada jornada. Vivía confinada, sin poder ver ni ir más lejos… hasta que llegó el primer contacto con una raza extraterrestre: los Pacifistas.
No vinieron a conquistar, ni a saquear recursos, ni a exterminar. Tendieron la mano. Les entregaron conocimientos, tecnología, riquezas… y la posibilidad de mirar más allá de las estrellas.
Pero con el tiempo, la humanidad no se conformó. La herencia de los Pacifistas era demasiado avanzada; no tenían el saber para comprenderla ni controlarla. Entonces comprendieron que no solo necesitaban unirse: necesitaban fuerza.
De entre toda la humanidad surgieron las Tres Grandes Familias antiguas y sagradas: los Perttium, los xirttium y los erazium. Se convirtieron en los pilares más firmes y leales. No juraron lealtad a un territorio ni a un simple gobierno. Juraron lealtad a quien guiaría a la humanidad más allá de las estrellas:
Al EMPERADOR DE LA HUMANIDAD.
La humanidad se alzó contra quienes le habían tendido la mano. Y estalló la guerra contra una raza que jamás había conocido el conflicto. En incontables frentes surgieron héroes que llevaron el estandarte del Imperio hasta lo más lejano. Sus nombres resonaron por toda la galaxia, mostrando la cima a la que podía aspirar cualquier humano si se entregaba por completo a la causa. Entre todos ellos hubo uno que cambió el rumbo de incontables campos de batalla solo con su presencia: el Gran Kaituz.
—No teman… porque yo llevo las palabras del Emperador. Teman quienes dudan, porque no son leales. Y si no pueden ser verdaderamente humanos… serán erradicados.
¿Quién era Kaituz? Al principio fue un humano igual que cualquier otro. Lo que lo hizo distinto no fue su fuerza, sino su lealtad: no al Imperio, sino al propio Emperador. Para él, el sistema llamado Imperio era incompleto, vulnerable, destinado a corromperse. Solo el Emperador era absoluto.
Su forma de ver el mundo y su lucha llegaron a oídos del Emperador, quien lo elevó rápidamente a las filas de los Sin Nombre. Pero eso no fue el límite de Kaituz: fue más allá, llegó más lejos. Sus hazañas no tenían fin. Entonces el Emperador lo llamó el Gran Kaituz y lo convirtió en su brazo derecho. A partir de ese momento, Kaituz fue conocido como la voz que hablaba con la autoridad del propio Emperador.
Para Kaituz, la lealtad no era religión ni rito: era un privilegio. Servir al Emperador no era un deber impuesto: era el mayor honor que existía. Vivir para él, morir por él… eso era lo único que importaba. En muchos frentes, Kaituz quitó la vida a quienes marchaban a su lado. Su razón era clara: quienes decían cumplir órdenes sin sentirlo de verdad, para él eran paganos, blasfemos, herejes. Y su muerte sería su única redención.
La lealtad al Emperador no debía vivirse como una orden, enseñaba, sino como un privilegio… algo que no cualquiera merecía.
La guerra contra los Pacifistas no fue larga. Nunca habían conocido el conflicto, y eso los llevó a la ruina. La humanidad los destruyó hasta la raíz. Cruzó incontables sistemas estelares, cazando al último de su especie. Y al mando de la flota más grande jamás vista iba el Gran Kaituz, recorriendo los confines del espacio en su persecución. La humanidad no permitiría que ninguno sobreviviera: dejar uno con vida era abrir la puerta a una futura rebelión.
El Emperador tomó la decisión definitiva y dio la orden: borrar a los Pacifistas de la existencia. Entre las estrellas, miles cayeron bajo el estandarte del Imperio. Kaituz, portavoz de las palabras del Emperador, no se detuvo ante nada. Aniquiló sin vacilar a cuantos encontró.
La guerra terminó. Pero la humanidad ya no sería la misma. Lo tenían todo… o casi todo.
Pasaron los años y la humanidad consolidó su poder. Pero… ¿era esto todo lo que estaban destinados a alcanzar? Fue entonces cuando el Emperador contempló la inmensidad de las incontables estrellas y dio la orden: la humanidad no se limitaría a crecer, sino que colonizaría todo cuanto hallara a su paso. No para sí misma, sino para él.
Surgieron las dudas: servían a un soberano que les mandaba conquistar, no en beneficio propio, sino para su gloria. Sin embargo, obedecieron. El Emperador jamás fue visto; nadie conocía su apariencia ni su origen. Se le seguía a ciegas, guiados únicamente por el título de EL EMPERADOR. Y sin hacerse demasiadas preguntas, la expansión comenzó.
A la cabeza marchaba Kaituz, junto a otras grandes figuras y poderosas flotas que se extendieron por innumerables sistemas solares. Tenían una sola misión: colonizar y aniquilar a cualquier especie lo bastante inteligente como para oponerse al Imperio.
La expansión fue veloz. Planetas enteros pasaron a formar parte del Imperio uno tras otro. Sin embargo, no todo podía salir bien: la humanidad chocó contra sus propios límites. Contaban con la tecnología y el conocimiento, pero les faltaba algo: la fuerza para imponerse a todo cuanto hallaban.
El Imperio, desesperado, pidió instrucciones al Emperador. Él las dio de inmediato, y así nació lo que hoy se conoce como LOS MARINES. Se crearon tres ramas:
Primero, los Marines Estándar: entrenados con dureza y producidos en gran número, enviados a incontables frentes para asegurar y colonizar mundos. Pero no fue suficiente. Por muy bien adiestrados que estuvieran, su fortaleza mental y física no bastaba para someter a criaturas que amenazaban con detener la expansión.
Entonces surgió la segunda rama: los Marines de Plata. Recibieron un entrenamiento superior, equipamiento más avanzado y formación estratégica. Se desplegaron en los sistemas más difíciles, pero incluso ellos no lograron el ritmo de avance que se necesitaba.
Por fin se creó la última y más selecta rama: los Black Marines. La élite de la élite, el orgullo y el estandarte viviente del Imperio. Eran difíciles de producir, costosos y escasos… pero su valía cambió el rumbo de incontables batallas. Gracias a ellos, la humanidad avanzó más rápido que nunca.
Pero la humanidad no seguiría avanzando sin problemas. Creían que podían llegar a cualquier estrella y colonizar cualquier planeta… pero era algo más grande que todo eso. Muchos mundos no eran habitables. La tecnología y los conocimientos tomados de los Pacifistas resultaron insuficientes ante la inmensidad de galaxias y universos que aún quedaban por descubrir.
La expansión se detuvo. El Imperio concentró sus esfuerzos en desarrollarse, mejorar y comprender cuanto poseía. La humanidad estaba a punto de dar uno de los saltos más trascendentales: la Evolución. Y así, el Imperio centró su mirada en el perfeccionamiento de la propia especie humana y de todo cuanto gobernaba.
El Imperio tomó muchas decisiones trascendentales. Una de ellas fue establecer que, al crear cada nueva unidad, se le entregaría un rezo. Ese rezo sería su vida y su muerte, su razón de ser: el sentido de su existencia, de vivir y de morir por el Emperador.
Las normas del Imperio eran duras para sus unidades; muchas tenían restricciones que les vedaban caminos y elecciones. A cada una se le asignó una marca distintiva, para saber cuál era su naturaleza… y en qué se convertiría con el tiempo.
Con el tiempo, la humanidad evolucionaba con rapidez. Pero ¿qué ocurría con quienes no pertenecían a ninguna unidad, con los simples civiles? El Imperio no permitía la libertad. Por eso, los hijos varones de las Tres Familias Antiguas Sagradas eran tomados desde niños para formarse como oficiales y dirigir flotas. Del mismo modo, las familias ricas o con suficiente estatus estaban obligadas a entregar a sus hijos para servir al Imperio y al propio Emperador.
Y aun así quedaban los civiles de baja cuna. El Imperio les daba pocas opciones: pertenecías a una unidad… o eras útil al Imperio de cualquier forma. Podías ser cocinero un día y al siguiente estar en un frente lejano siendo devorado por una criatura. Tu vida quedaba por completo en manos del Imperio.
En muchos planetas las leyes eran duras y crueles. Quienes marchaban a formar parte de las unidades solían no regresar. El Imperio dictaba que, si el esposo no volvía, la mujer de origen humilde debía buscar nueva pareja y seguir procreando para el Imperio. ¿Pero acaso las mujeres de linaje poderoso o antiguo eran distintas? No. El Imperio guiaba a todos de formas diferentes, pero hacia un mismo fin: servir al Emperador y ser útiles al Imperio. Esa era la única razón de todo cuanto existía.
La rama de los oficiales era distinta a la de cualquier otra unidad. Un oficial no portaba armaduras especiales, sino un uniforme. Era alguien forjado con conocimientos y estrategias: un maestro capaz de contemplar mil planes y concebir uno nuevo al instante, capaz de cambiar el destino de un frente con una sola decisión.
¿Pero era todo eso? No. Aunque solo llevaran un uniforme y dieran órdenes, cualquier oficial, sin importar su rango, tenía autoridad sobre cualquier unidad. Para el Imperio, formar un oficial era la tarea más difícil. No bastaba con adiestrarlos: debían acumular sabiduría en cantidades inmensas, y en los frentes más inesperados podían caer. Para el Imperio, perder miles de vidas no era irreparable… pero perder un oficial era perder parte de la fuerza misma del Imperio.
El Imperio comenzaba a tomar forma, pero aún tenía algo mucho más importante por controlar: a la propia humanidad. No se trataba de evolución tecnológica, de conocimientos, de poder, de riquezas ni de población. La verdadera pregunta era: ¿cómo mantener la lealtad al Imperio y al propio Emperador, a quien nadie había visto ni escuchado jamás?
Por eso el Imperio confió la tarea a las Tres Familias. Cada una recibió un papel fundamental dentro del sistema imperial: una se ocupó del avance tecnológico, otra de la investigación científica y la última de la economía del Imperio. Su misión era clara: mantener la estabilidad.
Entre las familias de gran influencia y estatus —incluidas las tres principales—, la autoridad recaía en las mujeres, mientras que sus esposos eran enviados a los frentes de batalla o a cumplir misiones de gran importancia en lugares lejanos.
Sobre las mujeres recaía entonces la pesada responsabilidad sobre toda su estirpe: debían adoctrinar a sus hijos desde la más tierna infancia en la idea de que el Emperador lo era todo. Si alguien en su descendencia se atrevía a oponerse a un mandato, toda la línea era exterminada. Únicamente quienes hubieran demostrado méritos —un esposo, un hijo— podían aspirar a una oportunidad: redimirse en algún frente, lanzados a la lucha hasta que la muerte los alcanzara.
Desde el corazón mismo del Imperio, solo existía una verdad, un principio y un fin: la lealtad no debía nacer solo del corazón ni del alma, sino de todo el ser. Ser leal al Emperador significaba que, aunque vieras caer a tu propio familiar ante tus ojos, debías aceptarlo como un privilegio: morir al servicio del Imperio, por voluntad del Emperador.
Las colonias inmensas se sometieron rápidamente al mandato; las leyes, aunque duras, no encontraron resistencia. Pero no ocurría igual con quienes nacían en la humildad, sin privilegios: muchos de ellos se negaban a aceptar las órdenes del Imperio.
En muchas colonias surgieron levantamientos contra las leyes del Imperio. Pero el Imperio no se quedó con los brazos cruzados. En los lugares donde la resistencia aparecía, reunían a todos los hombres: padres, hijos, familiares de las mujeres de la colonia. Se les daba una opción: acabar con su propia estirpe. Si alguien se negaba, era ejecutado por quien tenía al lado. Se les tachaba de herejes indignos de pertenecer al Emperador, de no ser verdaderos devotos, blasfemos… y mucho más.
Continuará…

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AESTORIUM (Novela) Capítulo 19
Estás leyendo el capítulo 19 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 11 de octubre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.