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Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 17 online gratis en español

—Unidades de fuego A y B ingresando al laboratorio subterráneo. En posición. —Estación recibido: quemen todo. No permitan que ningún infectado salga del recinto. Es prioridad absoluta. —Entendido. Descendiendo a gran profundidad. La plataforma bajaba a toda velocidad. El silencio entre ambos equipos era tenso, cortante. —Estamos llegando al nivel donde se detectan sobrevivientes —indicó el líder—. Los sacaremos, sellaremos el lugar y lo reduciremos a cenizas. ¿Entendido? —¡Sí! —respondieron al unísono. La plataforma se detuvo. —Equipo de fuego: nos desplazamos a los niveles inferiores. Buscad supervivientes. Evitad el combate si es posible. Sacadlos y verificad que ninguno esté contagiado. —Recibido. Llegaron ante una gran puerta atrancada. La forzaron. En cuanto entraron, los que estaban dentro les lanzaron de todo. El líder alzó la mano: —¡Alto! No venimos a hacerles daño. Estamos aquí para evacuarlos. Rápido, salgamos ahora. Pero antes… quiero saber: ¿alguien ha sido mordido? Todos negaron. El líder hizo una seña y los revisaron uno por uno. —No puedo permitir que nadie contamine la superficie —dijo con firmeza—. Les pido que cooperen. Si descubro algún indicio de contagio, los trataré como infectados. Entendido. Rápido. Mientras terminaban la revisión, desde los pasillos en penumbra se escuchó un grito agudo y desgarrador. El líder retrocedió un paso: —Tenemos que irnos ya. Ese sonido no presagia nada bueno. Hizo una seña. —Todo despejado —informó uno. —Bien —ordenó el líder—. Todos a la plataforma. Nos vamos. Mientras salían en fila hacia el ascensor, desde los pasillos en sombra se escucharon gritos de auxilio. Un soldado dio un paso adelante, pero el líder lo detuvo: —No. No iremos. —Pero puede ser un sobreviviente… —insistió el soldado. El líder activó la pantalla y señaló las zonas en rojo: —Todos estos sectores ya están perdidos. Arriesgar al equipo por una o dos personas no vale la pena. Es hora de irnos. En ese instante, una figura salió corriendo de la oscuridad, perseguida por una horda que avanzaba sin control. El líder alzó el lanzallamas. —Líder, es un superviviente —suplicó el soldado. El líder fijó la mirada con frialdad: —Ya no lo es. Disparó. Una llamarada envolvió a la figura, deteniendo también a los que venían tras ella. —¡No se detengan! —gritó—. Debemos contenerlos. Todos dispararon intensas columnas de fuego, retrocediendo paso a paso hasta subir a la plataforma. Una vez arriba, el líder presionó el mando para elevarlos hacia la superficie. —Líder… —empezó el soldado, cuestionando la decisión. El líder lo miró con severidad: —Ese al que querías salvar seguramente ya estaba contagiado. Y si no lo estaba… ¿arriesgarías la vida de todos los que están aquí por una sola persona? Sigue mis órdenes y sobrevivirás, soldado. Esto es la guerra: si te infectas, mueres. No cuestiones mis decisiones. El soldado retrocedió y guardó silencio. La plataforma llegó a la superficie. El personal médico subió de inmediato, revisó a todos con rapidez y dio paso a los supervivientes. Un médico se dirigió al líder: —Se detectan señales de vida en otros niveles. Deben bajar de nuevo; hay más gente que necesita ser rescatada. El líder asintió: —Bajamos ahora mismo. Envíenme las coordenadas. —Estación 2: descendiendo a otros niveles —comunicó—. Se confirman más supervivientes. Intentaremos evacuar a cuantos podamos. —Recibido —respondió la base—. Manténganse alerta y eviten el contagio. —Recibido. La plataforma volvió a descender. Se detuvo en el nivel indicado y comenzaron la búsqueda: —Deben estar cerca. Los sensores lo confirman. Revisen todo, con cuidado y rapidez. —Aquí están —informó uno por comunicación. Entraron todos. Era un grupo de mujeres que retrocedieron asustadas: —¡No nos hagan daño! —No sucederá —las tranquilizó el líder—. Estamos aquí para sacarlas de este lugar. Pero antes, según el protocolo, debemos examinarlas para asegurarnos de que ninguna esté contagiada. Las revisaron una por una. —Líder, esta está infectada —advirtió uno. Todos alzaron los lanzallamas. —¡Alto! —ordenó el líder—. Las que están limpias, pónganse detrás de nosotros. Tú, quédate donde estás. —No iremos a ninguna parte, iremos todas juntas —respondió una de ellas. El líder hizo una seña y las sanas fueron apartadas a la fuerza, dejando sola a la mujer infectada, que aún no mostraba signos de mutación. —Solo es una herida… no me han mordido —suplicó asustada—. Ayúdenme. —Lo siento —dijo el líder. —Espere, líder… puede ser solo una herida —intervino el soldado. —Te dije que no cuestiones mis órdenes —lo apartó con brusquedad. Acto seguido, disparó la llamarada sobre ella. Sus gritos de agonía resonaron por todo el recinto. Las demás gritaron llenas de rabia. —Estaba contagiada, y punto —dijo él—. Salgamos de aquí. El cuerpo comenzó a moverse entre las cenizas. El líder descargó el arma sobre él: —Esa maldita se mueve incluso quemada. Debemos retirarnos. Corrieron hacia la plataforma. La tensión era palpable; la confianza en las órdenes del líder empezaba a resquebrajarse. Mientras subían, una mujer lo miró con desprecio: —Eres un monstruo. —Ustedes lo son —respondió él, encerrándose en el silencio. Al llegar a la superficie, el equipo médico las revisó y dio paso a las supervivientes. —¿Cómo está la situación afuera? —preguntó el líder. —Grave —respondió el médico—. Los infectados han penetrado en varios sectores de la ciudad. No tenemos tiempo: deben ir más rápido. —Bajamos de inmediato —asintió él—. Envíenos las coordenadas de los demás niveles. Sacaremos a cuantos podamos. El médico le envió la ubicación y, antes de que la plataforma descendiera, le susurró: —Tenga cuidado. Creo que algunos de esos seres conservan cierto raciocinio. Los síntomas pueden tardar en aparecer: horas, meses… incluso años. No todo lo que parece sano sigue siendo humano. Vaya con precaución. La plataforma descendió hacia los niveles más profundos. —Estación 2 —comunicó el líder—: revisaremos tres niveles más y nos retiraremos para sellar el laboratorio. —Recibido —respondió la voz—. Apresúrense. Las defensas están a punto de colapsar. Revisaron dos niveles más, rescatando a supervivientes. En cada uno, el líder tomaba decisiones cada vez más duras, y la confianza de sus soldados empezaba a desmoronarse. Al descender al último nivel que explorarían, informó: —Estación 2, nos enfrentamos a una situación delicada. Debemos atravesar una zona llena de infectados para llegar al laboratorio donde se refugian los supervivientes. Solicitamos instrucciones. —Estación 2: evaluamos la situación. Si la misión se complica, la retirada es la única opción. —Recibido —respondió el líder—. Avanzamos. Cruzaron la zona en absoluto silencio. Al llegar frente al laboratorio, vieron innumerables cápsulas selladas que contenían tipos de infectados con mutaciones nunca vistas. —¿Qué demonios hacían aquí? —susurró uno. —No preguntes —lo cortó el líder—. Rápido y con precaución. Nuestro deber es obedecer, no cuestionar. Nadie replicó. Llegaron a la puerta y la forzaron. Allí estaban varios científicos con maletines en la mano, listos para marcharse. —Estamos listos para evacuar —dijeron. —Antes —intervino el líder—, debemos revisarlos. Los científicos se sometieron al examen y todos dieron limpio. Salieron juntos hacia la plataforma. En el camino, un soldado señaló los maletines: —¿Qué llevan ahí dentro? —Es información clasificada —respondió secamente uno—. No tienes el nivel para saberlo. —¿Saben cuánta gente muere a causa de esos infectados que guardaban aquí? El científico se detuvo en seco: —Todo se hace por el Imperio. ¿Acaso te opones? ¿Te declaras hereje? —Basta —interrumpió el líder—. Debemos irnos ya. Retomaron la marcha cuando un grito los heló. Un médico huía junto a dos mujeres, perseguidos por una horda de infectados que ganaba terreno por momentos. El soldado lo miró: —¿Qué hacemos, líder? El líder suspiró y dijo: —Te entrego el mando. —Miró al segundo al mando—. Cuando todos estén arriba, no bajen más. Sellen y destruyan todo este lugar. Que no quede nada. —Pero, líder… —intentaron detenerlo. Él los contuvo con un gesto: —Es mi deber. Soy un soldado más. Si mi vida es el precio para salvar la de otros, lo acepto con honor. Como jefe de esta unidad, no siento temor. La muerte es un honor… y morir para proteger a otros no es un mal final. Los tres que huían alcanzaron la plataforma y subieron. —¡Vayan! —les gritó—. ¡Aún juntos no lograrán doblegarme! ¡No lograrán corromperme! ¡Por el Imperio! Descargó el lanzallamas contra la oleada que avanzaba. Desde la plataforma, mientras ascendía, vieron que las llamas no eran suficientes para detenerlos. Se abalanzaron sobre él, desgarrando su armadura. Él sacó una navaja y siguió luchando, apuñalando a cuanto se acercaba, mientras era devorado. Así cayó. La plataforma subió de golpe. Al llegar a la superficie, el médico los recibió y preguntó: —¿Dónde está el líder? Uno de los científicos respondió con voz baja: —Ya está bajo la luz del Emperador. El médico inclinó la cabeza en silencio, rindiéndole el último homenaje. El segundo al mando tomó la palabra: —Estos son los últimos. Sellaremos el acceso y haremos colapsar toda la estructura subterránea. —Procedan —ordenó el médico. Los supervivientes fueron trasladados a los hangares, donde las naves arca seguían subiendo y bajando, rescatando a cuantos podían antes de abandonar el planeta para siempre. —Aquí Equipo de Fuego: procedemos a activar el sistema de autodestrucción. Solicitamos autorización. El líder de la unidad ha caído. —Estación 2: recibimos la noticia. Procedan con la autodestrucción del laboratorio subterráneo. —Recibido. Sellaron la entrada y cortaron toda conexión con el interior. La plataforma fue inmovilizada para que nadie pudiera volver a descender. —Listo. Autodestrucción activada: detonación en menos de treinta minutos. Nos mantendremos en posición hasta que se aproxime el momento. —Estación 2 recibido: informen de cualquier anomalía. Después, diríjanse de inmediato a los hangares para reforzar la vigilancia mientras se completa la evacuación de la población civil. —Equipo de Fuego en marcha. Cortamos comunicación. Faltaban apenas diez minutos. De pronto, ruidos y golpes resonaron desde lo profundo. —¿Están escuchando eso? —preguntó uno—. ¿De dónde viene? Se giraron hacia el eje del ascensor. —Es imposible… no deberían poder subir —dijo otro con voz quebrada. —Mantengan la calma —ordenó el segundo al mando—. Revisen. Dos soldados se asomaron y contemplaron horrorizados: miles de ellos trepaban por las paredes del pozo. —Maldición… sí podían escalar. —Estación 2, reportamos emergencia —comunicó el segundo al mando—: los infectados ascienden por el eje de la plataforma a gran velocidad. Quedan nueve minutos. —Recibido —respondió la base—. Deténganlos. Bajo ninguna circunstancia dejen que salgan. Resistan hasta que la estructura colapse. —Recibido. Descargaron las llamaradas contra la marea que subía, frenándola, pero sin detenerla por completo. —Quedan cinco minutos… no podremos aguantar mucho más —avisó alguien. —Los lanzallamas se agotan —comprobó el segundo al mando—. Usen las cargas explosivas. —Si detonamos ahí… podríamos provocar una reacción en cadena —advirtió otro—. La autodestrucción se adelantaría y podrían liberarse antes de que todo colapse. —No tenemos otra opción. Ahora. Lanzaron los explosivos. Estallidos sacudieron los niveles inferiores, sepultando la escalada bajo escombros y fuego. El suelo comenzó a temblar con gran fuerza. —Es hora de irnos —ordenó el segundo al mando. —Pero siguen subiendo… —advirtió alguien. —No sobrevivirán —aseguró él—. El lugar se desmorona y quedarán sepultados. Rápido, salgamos de aquí. Subieron a las dos naves de transporte y se alejaron justo cuando el laboratorio empezó a derrumbarse. Aun así, entre el polvo y los escombros, lograron escapar varios infectados. —Tenemos que informar a Estación 2… —alcanzó a decir uno. En ese instante, una explosión monumental sacudió todo el complejo subterráneo. La onda expansiva empujó las naves contra las estructuras cercanas, destrozándolo todo a su paso. Ambas colisionaron y sus tripulaciones quedaron inconscientes. Desde el hangar vieron el resplandor y la columna de humo. La evacuación se aceleró al máximo. Se dio la orden: las naves arca harían una última bajada y luego partirían. Quienes no lograran embarcarse quedarían a su suerte. Las murallas de las tres ciudades ya habían caído. Las defensas estaban rotas y quienes las defendían caían contagiados. El planeta se había perdido. Continuará…
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Estás leyendo el capítulo 17 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.