Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 14 online gratis en español
Los Reinner nunca fueron una familia de la alta nobleza. Alcanzaron su estatus gracias a los méritos obtenidos por muchos de ellos en los frentes de batalla. Pero su historia va mucho más allá: en esta familia llegó a formarse quien sería conocido como el Ejecutor más fuerte, uniéndose en matrimonio con una de las mujeres más destacadas de su tiempo, Lanny Reinner, científica cuyos logros resonaron en incontables mundos.
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PLANETA ORIGEN-9
Luces intensas y destellantes, semejantes a rayos, se filtraban por las rendijas dentro de la prisión congelada, sumida en un silencio sepulcral. Sobre Karl descargaban golpes y descargas que ningún ser humano podría soportar. Sus ojos, cansados tras cinco años sin poder dormir por las torturas diarias de los Lamentadores, apenas se mantenían abiertos.
—Ya van cinco años… —dijo uno de ellos—. Y no logramos quebrantarlo. ¿Qué clase de humanos son estos Ejecutores?
El otro respondió, visiblemente inquieto:
—No sabría decirte. Pero piensa en esto: este es el Ejecutor más fuerte jamás conocido. Sin armadura mide cerca de cuatro metros… imagínate cuánto puede alcanzar con ella.
—Según los rumores —continuó el primero—, supera los cinco metros. Es descomunal, si se tiene en cuenta que los demás rondan los tres metros con armadura. Es casi el doble. Y su fuerza… debe ser superior a la de cualquier otro Ejecutor.
—¿Cómo se crean los Ejecutores? —preguntó el tercero.
El otro reflexionó:
—Es algo que muy pocos en el Imperio conocen. Su origen es un secreto bien guardado.
—¿De verdad? —se sorprendió el primero—. A simple vista no parecen humanos por su estatura… y, sin embargo, son de carne y hueso y sangran. De alguna manera, se convirtieron en lo que son ahora.
El silencio cayó sobre la sala mientras ambos quedaban pensativos. Karl alzó la mirada hacia las enormes puertas de su fría celda, y a través de sus ojos azules, gélidos como el hielo, su mente viajó al pasado…
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Hace muchos años, el Imperio se enfrentaba al riesgo de traiciones en numerosos planetas lejanos. Desesperado por mantener el control, veía cómo regiones enteras se levantaban contra él imperio. Muchos criticaban su dureza y crueldad: abandonaba mundos enteros a su suerte, protegiendo solo a aquellos que consideraba valiosos. Nadie había llegado a ver jamás la figura del Emperador, ni comprendía cómo impartía sus órdenes.
Ante la amenaza de invasión y derrocamiento, los más cercanos acudieron en busca de instrucciones. Y el Emperador ordenó crear una nueva unidad: no solo para sofocar rebeliones, sino para mostrar al mundo el poder del Imperio. Los Enviados propusieron el proyecto "Escudos del Imperio", y la carrera contra el tiempo comenzó. Se probaron numerosos diseños de armaduras; miles de marines fueron reclutados… pero el proyecto no daba frutos.
Entonces los Enviados tomaron una decisión radical: ellos mismos crearían la unidad. Viajaron al planeta Giner-5, donde comenzaron experimentos sin éxito. Al borde del fracaso, llegó la orden del Emperador: entrenarlos desde el mismo momento de su nacimiento.
Los Enviados tomaron a los cien primeros bebés del planeta. Los médicos decían que era imposible predecir si llegarían a alcanzar el nivel requerido, pero la orden fue tajante: cualquier acto de humanidad sería considerado debilidad y herejía; la libertad equivalía a la muerte. Si un bebé lloraba, era ejecutado en el acto. De los cien, solo sobrevivieron cincuenta. Se aceleró su crecimiento. Cuando alcanzaron la edad suficiente para comprender, se les enseñó que la libertad no existía, que el dolor no era real y que las emociones debían ser erradicadas. Fueron torturados día y noche.
Entre esos cincuenta estaba Karl. El que se convertiría en la unidad que cambiaría el rumbo de todas las rebeliones. Fueron llamados: LOS EJECUTORES.
Su entrenamiento era tan brutal que desde niños resultaban heridos, sometidos a pruebas que un ser humano común no soportaría ni por unos días.
Allí me adapté a todo con rapidez. No importaba cuánto dolor intentaran infligirme; yo permanecía sereno. Mis emociones dejaron de importarme. Los días se confundieron con las noches, y las largas noches pasaban como si fueran breves instantes.
Cuando cumplimos quince años, nos llevaron a un laboratorio donde reconstruyeron cada parte de nuestro cuerpo, desde los huesos hacia afuera, acelerando nuestro crecimiento. Muchos no sobrevivieron a esos procedimientos. De cincuenta pasamos a treinta. Éramos solo treinta jóvenes que entraban en la tercera fase de las pruebas.
Todavía no sabíamos cuál sería nuestra misión al final del proyecto. Se nos enseñó que nuestros deseos no importaban: solo contaban las órdenes del Imperio y del propio Emperador. Nuestras vidas eran una ofrenda para él; debíamos vivir y morir por su causa. Se nos dijo que empuñar un arma de fuego era señal de debilidad, una blasfemia contra nuestro honor y nuestra gracia ante el Emperador. Entonces nos entregaron espadas largas de color negro y dieron la orden: solo sobrevivirían veinte; el resto debía perecer.
No lo entendíamos, pero comenzó una campaña sangrienta. Solo importaba obedecer, sin importar quién estuviera al lado. Y así quedamos veinte.
El entrenamiento prosiguió día y noche, sin descanso, contra el tiempo. Empezamos a aprender el manejo de las armaduras. Por alguna razón, yo crecía más alto que mis compañeros. Pronto los Enviados nos enseñaron su forma de comunicarse: no era como la de los demás; se expresaban llamándonos por el nombre, y al hacerlo, preguntaban, daban órdenes o afirmaban algo. Así recibimos nuestros nombres: Karl… y los demás.
De los veinte, muchos no lograron adaptarse a ese lenguaje. Los Enviados dictaminaron que solo permanecerían quienes dominaran esa forma de comunicación. El grupo se redujo a diez; el resto murió. Para ellos no éramos nadie: solo individuos creados para servir y morir. Ni siquiera teníamos derecho a decidir sobre nuestra propia muerte. Ellos decidían todo. Y si caíamos en el frente… esa era nuestra única libertad.
Alcanzamos los veinticinco años de edad física, pero en el fondo nunca supimos lo que era crecer. Uno de los entrenamientos más crueles fue el de la ceguera: nos ataban vendas para impedirnos ver, y nos torturaban y golpeaban sin descanso, obligándonos a agudizar el resto de los sentidos y a adaptarnos. Fuimos moldeados desde el nacimiento.
Llegó el día en que los Enviados nos entregaron aquello que nos definiría para siempre: nuestro emblema, nuestro canto al Emperador, nuestro rezo… nuestra identidad.
El Enviado pronunció:
Nacemos de las cenizas… somos la llama ardiente.
Nuestras vidas son tributos al Emperador.
Vivimos para él… morimos para él.
Así nos fue entregada nuestra identidad y fuimos nombrados Ejecutores. Se nos prohibió ver el mundo tal como lo ven los demás; por eso nuestros ojos quedaron cubiertos con vendas doradas. El casco, sin ninguna rendija, llevaba una gran venda cruzada, como señal de que nada que se pusiera frente a nosotros sería capaz de detenernos.
Y entonces llegó el día en que recibiríamos nuestras armaduras.
Solo diez habíamos sobrevivido al final del proyecto. Lo terminamos sin saber si alcanzaríamos el nivel que el Imperio y el propio Emperador esperaban de nosotros. A todos nos equiparon con armaduras de tecnología avanzada, diseñadas exclusivamente para nuestra unidad y nuestro entrenamiento. Y se nos dio una regla sagrada: nunca debíamos quitarnos la armadura. Solo el casco podía retirarse en ceremonias de honor ante los altos mandos del Imperio.
Se nos entregaron muchas normas: la espada sería nuestra única defensa y nuestro único ataque. Jamás se desenvainaría sin autorización del Emperador o de alguien con rango suficiente. Aprendimos también que no debíamos actuar en grupo en misiones de peligro o de vida o muerte: por ello, al ser desplegados en un planeta, siempre iríamos solos.
Los Enviados nos entregaron la gran espada, diseñada para empuñarse únicamente con la armadura completa. Era un arma de un tono negro, sin brillo, una espada larga de energía. Se dice que podía dividirse en dos espadas más cortas para misiones que requirieran mayor agilidad o en espacios cerrados.
Y así, con todo listo, llegó el día de nuestro despliegue. Recibiríamos la orden imperial que nos revelaría cuál sería nuestra misión como Ejecutores.
—Por orden imperial —anunció él—, yo, Kaituz, recitaré las instrucciones del Emperador para ustedes, los llamados Ejecutores. Fueron creados por el Imperio para su servicio, pero sobre todo como ofrenda al gran Emperador.
Y leyó el decreto:
—Se ordena a los Ejecutores movilizarse a las líneas de rebelión y sofocarlas. Y no solo eso: en cada planeta al que lleguen, eliminen toda vida rebelde que se alce contra el Imperio y busque usurpar el trono.
Kaituz cerró el pergamino y añadió:
—Que la orden los acompañe, y que la luz del Emperador los guíe siempre.
Los diez Ejecutores recitamos al unísono:
Nacemos de las cenizas… somos la llama ardiente.
Nuestras vidas son tributos al Emperador.
Vivimos para él… morimos para él.
Así fuimos desplegados hacia distintos planetas lejanos del Imperio. Yo, Karl, fui enviado a un mundo llamado Letos-203. Fui lanzado desde fuera de la atmósfera y caí en el corazón de una ciudad; el impacto destruyó todo a mi alrededor. Caminé lentamente y el suelo retumbaba a cada paso. Los seres humanos y rebeldes que huían ante mí parecían hormigas.
Y mi orden comenzó a cumplirse: avancé destruyendo y eliminando a todo aquel que se interpusiera en mi camino. Para eso habíamos sido entrenados. Niños, mujeres, ancianos… sin excepción, todos cayeron ante mí. En cuestión de meses, ciudades enteras de Letos-203 sucumbieron y miles de vidas fueron segadas. Fuera del planeta, flotas imperiales bloqueaban la salida de las naves-arca, dejando a los rebeldes sin escapatoria: debían enfrentarme o perecer, pues no había otra salida.
Así, desde los distintos frentes de batalla, nos convertimos en figuras temidas del Imperio. Nuestra unidad, los Ejecutores, no fue conocida por hazañas heroicas, sino por la sangre que derramamos en incontables mundos. Cuando un Ejecutor aparecía, era una señal: toda vida considerada enemiga sería aniquilada. Muchos frentes se rindieron y se sometieron al Imperio por puro terror.
Corría el rumor de que estaban creando nuevas unidades de Ejecutores en masa… pero era falso. El costo era demasiado alto: no solo era difícil hallar candidatos aptos, sino que cada armadura solo se podía fabricar tras superar todas las etapas del proyecto. El Imperio no se arriesgaría a fracasar. Por eso, seguíamos siendo solo diez: la prueba viviente de que el Imperio no solo tenía el control, sino que era capaz de crear algo de tal magnitud y enviarlo al frente.
El miedo se extendió y muchas rebeliones cesaron. Sin embargo, hubo quienes se mantuvieron firmes, convencidos de que no éramos reales… solo rumores sembrados por el Imperio para infundir pánico y obligar a los rebeldes a rendirse.
Pero en mí algo se volvió distinto respecto a los demás Ejecutores, que aguardaban las órdenes imperiales para actuar. Yo no me conformaba. Pedía a los Enviados que me enviaran a más frentes, sin descanso. Ellos, aunque reacios a arriesgar a una unidad tan valiosa, tomaron el riesgo y me desplegaron en los escenarios más duros, donde segaba miles de vidas rebeldes.
Cuando las naves llegaban para verificar el cumplimiento de mi misión, mi armadura aparecía siempre teñida de rojo. Entre las filas nació entonces el apodo que se convertiría en mi nombre: el Ejecutor Rojo. Mis hazañas resonaron en todos los frentes y llegaron hasta el oído del Emperador. Él dictó anuncio la orden de conferirme el rango más alto posible para un Ejecutor: el de Rango Cero. Recibí además la facultad de transmitir las órdenes a los demás, quienes las cumplirían al pie de la letra.
Ya no solo me enviaban contra la rebelión humana: también me enfrentaron a ese otro enemigo con el que la humanidad libraba una guerra interminable, un conflicto de desgaste que no parecía tener fin.
Y en esos nuevos frentes, comencé a infundir terror incluso en la raza enemiga completamente distintas y lejanas a la nuestra. Libraba batalla tras batalla sin sentir cansancio, sin sentir sueño… hasta que ocurrió algo que cambiaría mi destino y el rumbo de mi lealtad, no al Imperio, sino al propio Emperador. Un jerarca de esa raza enemiga se me acercó y me propuso traicionar al Emperador… y con él, a todo el Imperio.
Continuará…

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AESTORIUM (Novela) Capítulo 14
Estás leyendo el capítulo 14 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 3 de octubre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.