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Leer AESTORIUM (Novela) Capítulo 10 online gratis en español

Soy un Ejecutor… y he roto mi código. ¿Por qué habría de romper mi juramento? He servido al Emperador tanto tiempo… ¿por qué se me ofrecería ahora vivir una vida propia? Fui criado para ser Ejecutor, para eso existo… y para morir por el Emperador cuando llegue el momento. Entonces, ¿por qué hago esto? ¿He roto mi palabra por mi esposa? ¿Por mi hija? ¿Es por tener una familia? ¿Cómo he terminado en esta situación? Karl Reinner se hacía una pregunta tras otra, sin hallar respuesta. Jamás imaginó que se vería atormentado por pensamientos así. Para un Ejecutor no existe "su vida". Solo existe el Emperador, su única razón de ser. Y sin embargo… ¿por qué Karl libraba ahora esta batalla dentro de sí mismo? Karl alzó la mirada y vio la cápsula que flotaba; dentro, su hija descansaba tan pacífica… En la cabina de la nave principal de la Flota MON, el teniente miró al Almirante Lennor: —¿Vamos a entregarlo? El Almirante respondió con gravedad: —Lo único que puede salvarlo dependerá de lo que diga ante el Salón. Eso la librará de un destino trágico. Recuerda: para un Ejecutor no existe la libertad. La única libertad que puede conocer es la muerte. Pero él lo sabe. Por eso tendrá que elegir: ¿morir por su hija o sacrificar a su hija por su propia vida? El teniente bajó la mirada: —Nunca escuché ni vi juzgar a un Ejecutor ante el Salón… —Eso es porque nunca se había juzgado a un Ejecutor —dijo el Almirante—. Esta es la primera vez en toda la historia del Imperio que se juzga a uno de ellos, y más aún, que se le marca como hereje. De seguro esto llegará a oídos del Emperador. —¿Puede intervenir? —preguntó el teniente. El Almirante negó con la cabeza: —No. Él no intervendrá. No importa la decisión que tome el Salón; el Emperador no podrá alterar el destino que le depare al capitán Karl Reinner. Nunca se supo bien. Hace años lo sacaron de esa unidad llamada los Ejecutores y nunca se confirmó por qué. Se supone que la única forma de ser libre es morir… entonces, ¿por qué al capitán Karl Reinner lo sacaron de los Ejecutores y lo dejaron vivir una vida? El Almirante, mirando a través del cristal, dijo: —Es cierto. Hay rumores… dicen que el Emperador tuvo mucho que ver en eso, y también los Enviados, pero nunca se confirmó nada. Es verdad que la forma en que lo retiraron de los Ejecutores es sospechosa, sobre todo cuando Karl el Rojo estaba en sus mejores momentos, cuando nada lo frenaba en ningún frente. Y uno termina preguntándose: ¿cómo alguien así es apartado de una unidad donde no existe la libertad, solo la muerte? Guardó silencio un instante y luego añadió: —Pero son cosas que solo conocen los altos mandos. Quizás ellos tengan un motivo. Como servidores del Emperador, solo podemos seguir órdenes. Sus intenciones son las correctas… y esa es la respuesta que muchos debemos aprender a aceptar. —Bien —dijo el Almirante—. Pasa la orden: activen el salto espacial para regresar a Kaleh-7 y entregar al capitán Karl al Salón. El teniente asintió: —Como ordene, Almirante. Dio la orden y la Flota MON comenzó el salto espacial. —Almirante —dijo el teniente—, tomará unos días llegar al planeta. —Bien. Estaré en mi cabina. Avísame cuando estemos cerca. Y vigilen bien a Karl. Recuerda: es un Ejecutor. Incluso sin su armadura, si él lo quisiera, no le sería imposible causar muchos problemas. —Entendido —respondió el teniente. El Almirante se retiró. El teniente dio la orden de mantener el puente de mando en alerta y luego se retiró del lugar, dirigiéndose también al hangar. Un marine lo vio llegar y saludó. El teniente asintió y preguntó: —¿A dónde llevaron a la mujer que estaba en la cápsula de contención? El marine señaló hacia la zona de investigación. El teniente asintió y se retiró del hangar. Entró en la zona de investigación, vio la cápsula en aislamiento y preguntó: —¿Han averiguado qué tiene o algo? —Bienvenido, teniente —respondió el personal—. Hemos revisado el cuerpo solo con lecturas, sin sacarla. Y aun estando en contención, el virus —o lo que sea— sigue expandiéndose. Además, muchos de sus órganos han dejado de funcionar y su cerebro también ha cesado su actividad. Si debo decir su estado… El teniente lo interrumpió: —Está muerta, ¿es eso lo que quieres decir? El personal asintió: —Sí, está muerta. No sabemos cuánto tiempo más permanecerá así. Pero desde dentro, todas sus células y el resto parecen sufrir una mutación. Más que eso, parece evolucionar y adaptarse… como si un nuevo ser estuviera naciendo y aprendiendo. —¿Entonces nunca se pudo salvar? —preguntó el teniente. El personal asintió: —No. Desde que salió del planeta, probablemente ya no tenía ninguna posibilidad de salvación. El teniente preguntó: —¿Entonces debemos deshacernos de ella? El personal respondió: —Deberíamos mantenerla e investigar más sobre este virus. Podemos comprender también cómo funciona, aun cuando el infectado permanezca en estado de muerte. —Bien —dijo el teniente—. En todo caso, tengan precaución. Según los informes, un planeta entero se perdió por ese virus o lo que sea. El personal asintió: —Tendremos total cuidado y reportaremos cualquier anomalía. —Bien —dijo el teniente—. Manténganla bien aislada. No sabremos qué puede ocurrir si se libera. El teniente se retiró y se dirigió a la cabina donde estaba prisionero el capitán Karl. Frente al cristal, lo vio atado por cadenas. Lo miró y dijo: —Cuando era niño solía escuchar rumores e historias sobre las hazañas de los Ejecutores… pero sobre todo del Ejecutor llamado el Rojo. Sus proezas eran algo que no parecía posible, según como las contaban. Incluso para muchos militares es difícil ver a un Ejecutor. Pero hoy pude ver a más de cincuenta siendo movilizados solo para capturar a uno. ¿Cómo alguien llamado el Ejecutor Rojo, de Rango Cero, ha quedado en este estado, a punto de ser juzgado? ¿No vas a defenderte? Karl se mantuvo en silencio, sin decir nada. El teniente, al verlo mantenerse en silencio, dijo: —El Almirante Lennor me dijo que es la primera vez que un Ejecutor es juzgado. Ninguno ha conocido jamás la libertad, salvo la muerte. Pero tú, capitán Karl… tú lo lograste. Aun así, si no te defiendes, sería una lástima que después de todo mueras así, ¿no crees? Además, el Almirante dijo que tendrás que elegir: entre tu vida y la de tu hija. Me despido. Quería conocer a alguien tan reconocido por hazañas legendarias… alguien que para muchos es un ejemplo a seguir. Aun si dicen que tienes las manos llenas de sangre, para mí eres ejemplo de lo leal que se puede ser al Emperador. Pero no dejes que todo termine así. El teniente se retiró a su cabina privada. Pasaron los días y la nave estaba por llegar al planeta Kaleh-7. Fue informado y se dirigió a la cabina del Almirante: —Almirante, estoy aquí para informar que hemos llegado al planeta Kaleh-7. Desde el interior, el Almirante respondió: —Bien. Vayamos a la cabina de mando. Salió y juntos se dirigieron a la cabina. Ya en la cabina, todo el personal permanece de pie. El teniente no comprende, y el Almirante mira a través del cristal y dice: —Claro… como dije, esto llegaría a oídos del Emperador. El teniente lo mira: —Almirante… nunca había visto ese estandarte. El Almirante responde, describiendo lo que ve: —En el centro del estandarte, sobre fondo negro, hay una espada larga, vertical, de oro martillado. No parece una espada de desfile. Es una espada de guerra: hoja ancha, con filigramas grabadas a lo largo del acero. La guarda tiene forma de halcón estilizado, y la punta se estrecha como una lanza que perfora más allá del cielo. —Atravesando la mitad de la hoja —continúa—, hay una estrella de ocho puntas, de ocho brazos afilados como cuchillas, que brilla como una brújula. No es algo decorativo: marca el norte, el centro del Imperio, desde hace milenios. Detrás de esa estrella, naciendo de ella, dos alas desplegadas. No son alas de ángel: son alas de hierro y pluma, pesadas, imperiales. Cada pluma está remachada como la armadura de un buque. Están abiertas, como si sostuvieran la espada en el aire. —Sobre las alas —añade—, un semicírculo dentado, como un halo roto, atravesado por dos dagas más pequeñas que lo quiebran. Y coronándolo todo, en la punta más alta de la espada, una estrella de ocho puntas: más alta, más afilada, como una estrella polar que guía a todo el emblema. El teniente dijo: —Almirante… es nuestro mismo emblema, pero este estandarte es de color negro. El Almirante asintió: —Sí. Dentro de esa gran nave deben de haber llegado los Enviados. —¿Los Enviados? —repitió el teniente, sorprendido. —Créeme —dijo el Almirante—, no querrás toparte con un Enviado. Basta con mirarlos mal o no agradarles, y te marcan y acusan de herejía. Deben estar aquí por el capitán Karl. —¿Entonces lo salvarán? —preguntó el teniente. El Almirante esbozó una sonrisa amarga: —¿Salvarlo? Los Enviados no vienen para salvar. Vienen más bien para ejecutar. Esperemos que no sea el caso del capitán Karl. Y añadió con firmeza: —Prepárense para descender al planeta y llevar al capitán Karl al Gran Salón. Así descendieron. Una procesión real aguardaba frente a una inmensa estructura. Miles de marines y otras unidades observaban cómo llevaban a Karl hacia aquel lugar llamado el Salón de los Caídos. Frente a la gran entrada, tres figuras vestidas de negro, completamente cubiertas y con cascos dorados sin abertura, permanecían inmóviles. El Almirante se detuvo, y con él quienes conducían a Karl: él caminaba con los ojos vendados y todo el cuerpo sujeto por cadenas. Uno de los Enviados dio un paso adelante y dijo: —Karl. Karl alzó el rostro sin poder verlo, y luego volvió a bajar la cabeza. —Karl… Karl… —repitió el Enviado—. Karl… Y se dio la vuelta, entrando. Justo cuando iban a conducir a Karl dentro del Salón de los Caídos, comenzaron a lanzarle piedras, golpeándole el rostro. Los marines se giraron al verlo, pero luego bajaron la mano y se sumaron a la condena: —Es un hereje. Nunca fue una figura legendaria. No es más que un traidor. —Su castigo debe ser la muerte y la erradicación de toda su estirpe. —Hubiera sido mejor que muriera en cualquier frente y fuera olvidado. Ahora no es más que un traidor que ha actuado contra el Imperio. —Nunca se debió permitir que un Ejecutor tuviera una vida propia —dijo otro. Y muchos gritaron al unísono: —¡Muerte al capitán Karl Reinner! ¡Muerte a toda su familia! El Almirante dio la orden: —Llevenlo adentro. Así entró Karl al Salón, con el rostro lleno de heridas por las piedras que le habían lanzado. Él, que un día fue una figura admirada y llevaba un título que aún pesaba, era empujado hacia el abismo. Ni sus hazañas, ni todo lo que logró, fueron suficientes para que la población o el propio Imperio le dieran el perdón. Se abrió otra gran puerta y entró en una sala rodeada de figuras que ningún otro militar llegaría a conocer jamás. El Almirante entregó al capitán Karl a las autoridades del Salón. Dos Ejecutores tomaron las cadenas y lo pusieron de rodillas frente a todos. La cápsula con su hija fue colocada a su lado. Una figura se alzó y dijo: —Hoy, a la hora carmesí, se juzga al capitán Karl Reinner. Quien fuera conocido como el Ejecutor Rojo de Rango Cero. ¿Alguien aquí se opone a la acusación? El silencio llenó la gran sala. La figura miró a Karl y preguntó: —Capitán Karl, ¿te niegas a los cargos? Karl permaneció en silencio. La figura miró a los presentes, asintió, y entonces un Enviado se alzó: —¿Karl? Él respondió: —Sí. Dejé mi puesto. El Enviado repitió: —¿Karl? —Sí —dijo Karl—. El Almirante Thnor intentó detenerme, pero tomé la decisión de abandonar la nave Ticcs. El Enviado insistió: —¿Karl? Y Karl, con voz tranquila, respondió: —Soy un hereje. Continuará…
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AESTORIUM (Novela) Capítulo 10

Estás leyendo el capítulo 10 de AESTORIUM (Novela), un novela. Año 98,502. La humanidad ha conquistado galaxias enteras, extendiendo su dominio más allá de los límites del sistema solar. Bajo el resplandor del Imperio, mundos remotos prosperan… y otros son explotados sin piedad. En… Este capítulo tiene publicado el 28 de septiembre de 2026. AESTORIUM (Novela) tiene 21 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.