Leer Zenith de la Hechicería (Novela) Capítulo 10 online gratis en español
🏴 Grupo: Darkar16✍️ Traducción: Darkar16
A Marcus le costó mucho convencer a los hombres allí reunidos de que dejaran el asunto en paz. Dijo que aún estaba organizando todo, así que nada era seguro. Además, todavía necesitaba poner a prueba a esos niños antes de siquiera considerar enseñarles. Lo aceptaron a regañadientes, pero Marcus sabía que esto no había terminado. Era solo una táctica dilatoria por su parte, y a Beortan, al menos, sería difícil negarse.
Le sorprendió mucho que Beortan quisiera que tomara a alguien de su clan como discípulo. Él mismo era un mago extremadamente poderoso, y la técnica practicada por su Clan del Dragón Blanco era un legado ancestral que no tenía nada que envidiar a la Técnica Árbol del Alma. ¿Por qué no iba a enseñarles a sus parientes sus propias tradiciones?
Por la misma razón que Marcus pretendía poner a prueba personalmente a todos los candidatos antes de aceptarlos como alumnos: porque no todos eran compatibles con la Respiración del Dragón. Y si tenían que practicar otra cosa, ¿qué mejor alternativa que otro mago de rango espiritual con una técnica fundamental igualmente prestigiosa?
Algo así era difícil de conseguir, sobre todo para una pequeña facción vasalla como la de Beortan. Si Marcus aceptaba, potencialmente estaría entregando la Técnica Árbol del Alma al Clan del Dragón Blanco. Muy pocos magos estarían de acuerdo con eso.
Esa noche, Marcus no pudo conciliar el sueño fácilmente. No por el tema de la enseñanza —ya se ocuparía de eso a su debido tiempo—, sino porque su próxima reunión con los líderes de la Academia del Gran Mar le parecía una trampa. Sin embargo, era una trampa a la que tenía que enfrentarse. Las garantías de Beortan de que solo era un trámite no lograron disipar su preocupación.
No ayudaba el hecho de que no pudiera dormir al aire libre como solía hacerlo. Adria era demasiado grande y estaba muy urbanizada, y cada rincón de la isla en la que se encontraban pertenecía a alguien . No podía simplemente acampar en las afueras de la ciudad y dormir a la intemperie, así que tuvo que alquilar una habitación en una posada y dormir en una cama como una persona normal. ¡Qué fastidio!
Al final, se levantó muy temprano, antes de que el sol asomara por completo en el horizonte, y comenzó a recorrer la ciudad para despejar su mente de cara a la próxima reunión y familiarizarse de nuevo con ella. Hacía mucho tiempo que no vivía allí, y aunque el día anterior había oído muchas historias, estas no eran un buen sustituto de la experiencia de primera mano. Según las historias, las Tierras del Este eran un lugar maravilloso de templos dorados y ciudades voladoras, donde la gente cabalgaba tranquilamente sobre dragones y comía plantas mágicas a diario, pero Marcus no había visto ningún paraíso semejante cuando viajó allí en persona.
Adria era un lugar animado, incluso a esa hora del día. Los barcos entraban y salían constantemente del puerto, desafiando las peligrosas aguas que rodeaban el archipiélago para llevar mercancías vitales a la próspera ciudad, por lo que la jornada laboral comenzaba temprano. Las tiendas ya estaban abriendo y las calles rebosaban de gente que se movía apresuradamente. Incluso se topó con una discusión entre dos grupos de guerreros adeptos que se gritaban e insultaban en plena calle, pero por suerte bastó con rodearlos para evitar involucrarse. Ninguno de los dos grupos parecía dispuesto a involucrar a un mago desconocido en su disputa.
Se detuvo en algunas tiendas para curiosear sus artículos por mera curiosidad, sobre todo si anunciaban la venta de "auténticos objetos mágicos". De joven le encantaba hacerlo: examinar baratijas, pociones y mecanismos extraños, siempre con la esperanza de encontrar alguna joya oculta entre toda la chatarra expuesta. Por desgracia, lo único que encontraba no era nada asombroso ni valioso. Supuso que no era el único con esa idea, y que cualquier cosa buena se agotaba rápidamente.
Finalmente, encontró una floristería que vendía semillas de plantas mágicas. Tras examinarlas un rato, Marcus se dio cuenta de que el florista decía la verdad, pues las semillas expuestas resonaban levemente con su espíritu, lo que indicaba que poseían algún tipo de linaje mágico. Sin embargo, dudaba que muchas de ellas pudieran cultivarse. Las plantas mágicas suelen requerir condiciones muy específicas para germinar y convertirse en plantas adultas sanas, y estas semillas no venían con ningún manual de instrucciones. De hecho, ¡algunas ni siquiera tenían nombre!
Poco después de que Marcus entrara en la tienda, una joven se acercó a revisar las semillas. Le bastó una mirada para darse cuenta de que llevaba algún tipo de disfraz mágico para ocultar su verdadera apariencia, pero la ignoró y no hizo ningún comentario. La magia de disfraz estaba restringida y solía ser utilizada por hijos de personas ricas y poderosas para poder moverse con más libertad sin ser reconocidos. El simple hecho de que la mujer usara tal hechizo significaba que probablemente era alguien importante, y Marcus no quería crear resentimientos al delatar su disfraz en público.
No se molestaba en usar hechizos de disfraz. Cuanto más poderoso se volvía un mago, menos útil resultaba. Esto se debía a que cada vez había menos personas con rangos de poder elevados, y estas poseían habilidades cada vez más distintivas que pocos compartían. Si Marcus se dedicaba a lanzar hechizos en serio, la gente lo reconocería rápidamente, aunque su apariencia fuera completamente distinta a la habitual. Además, los adeptos de rango espiritual podían detectar que se estaba usando un disfraz, incluso sin poder discernir la verdadera forma de la persona que se escondía debajo. En definitiva, para cuando Marcus conseguía uno de estos hechizos, ya no le eran de mucha utilidad.
Aunque Marcus se contentó con ignorar a la mujer y simplemente examinar las semillas mágicas, ella no se conformó con ignorarlo. Tras observar las semillas, comenzó a lanzarle miradas ansiosas y, finalmente, lo llamó.
—¿Crees que son reales? —le preguntó a Marcus.
Marcus la observó con más detenimiento. Era una mujer muy guapa, de pelo largo y negro y figura delgada y atractiva. La ropa era marrón y práctica, pero claramente nueva y confeccionada con un material más caro que el que usaría un viajero común.
En cuanto a disfraces, este era bastante malo. Con el aspecto que tenía, llamaría la atención allá donde fuera, y mucha gente recordaría a una joven despampanante que pasó por allí. Si le preguntaran a él, debería haberse arreglado para parecer más fea.
«Son todas auténticas, pero también tienen cierto atractivo», le dijo Marcus. «Cultivarlas no es tan sencillo como plantarlas. El tendero probablemente cuenta con que los compradores vuelvan para poder venderles instrucciones sobre cómo cultivarlas».
—¡Oye! —protestó el tendero desde atrás—. ¡Eso es calumnia! ¿Acaso quieres que te echemos de la tienda?
“Además, algunas de estas plantas tardan décadas en alcanzar su plena madurez, incluso si se hacen todos los cuidados necesarios”, continuó Marcus, indiferente a las amenazas del hombre. “Dicho esto, las Orquídeas Distorsión, Hoja de Oro y Hoja de Fuego son buenas opciones. En el mercado se pueden encontrar fácilmente guías sobre cómo cultivarlas”.
—Me interesa el árbol elefante —dijo la mujer, mordiéndose los labios y con expresión algo ansiosa—. Sé que cultivarlo sería complicado, pero me pregunto si estas son realmente sus semillas. He oído que la planta rara vez las produce.
Marcus recordaba aquella planta. La había buscado en el pasado, pues había oído que podía ayudar a los adeptos a practicar habilidades mágicas defensivas, y en aquel entonces estaba perfeccionando su habilidad Piel de Diamante. Por desgracia, el árbol elefante no era en realidad un árbol (ni un elefante), sino una especie de suculenta grande, así que su compatibilidad con ella era menor de lo que esperaba.
El árbol elefante era una de esas plantas que mencionó que tardaban décadas en alcanzar la madurez. Solo crecía en ciertos valles áridos de la cordillera de Hamdraut, al sur del continente, y tardaba muchísimo en desarrollarse por completo. Decir que era un reto era quedarse corto. Dudaba seriamente que la mujer pudiera cultivarlo en algún jardín.
—En realidad son semillas del árbol elefante —confirmó Marcus. No intentó disuadirla de cultivarlo—. Las vi en la naturaleza y se veían y se sentían igual que estas.
El tendero parecía estar preparándose para pronunciar algún tipo de discurso en defensa de sus productos, pero cuando oyó que Marcus estaba dando legitimidad a su tienda, se apartó del lugar.
La mujer disfrazada acabó comprando nada menos que cinco semillas diferentes, incluyendo una misteriosa que ni siquiera el tendero sabía qué era. Fue un derroche de dinero, sobre todo esa semilla misteriosa, pero era evidente que provenía de una familia adinerada y podía permitírselo. A decir verdad, ¿acaso esto era tan distinto de lo que hacía el joven Marcus cuando recorría las distintas tiendas en busca de un poderoso artefacto que todos, excepto él, habían pasado por alto? Ambas cosas eran una gran apuesta, y a la gente le gustaba apostar.
Salió de la floristería sin comprar nada y regresó a la entrada de la posada donde se alojaba, donde encontró a Beortan esperándolo impacientemente.
Era hora de conocer a Gaius y a los ancianos del Gran Mar.
Realmente esperaba que no sea una trampa.
\* \* \* \*
Marcus había pensado que Gaius lo llevaría ante todo el consejo de ancianos para justificarse, pero se equivocó. En lugar de confrontarlo públicamente frente a todos, Gaius quería tener una conversación privada con él en su oficina.
Marcus tenía sentimientos encontrados al respecto. Por un lado, no tendría que dar discursos públicos. Por otro, le facilitaría mucho las cosas a Gaius para intentar algo turbio. Marcus ya había estado en la oficina del cónsul una vez, durante su época como general en la Guerra de la Academia; era un lugar aislado y fuertemente defendido, difícil de acceder y difícil de abandonar.
En definitiva, no le quedó más remedio que arriesgarse e ir. Negarse a reunirse con Gaius en esas condiciones se interpretaría como una gran ofensa y una señal de que aún guardaba rencor contra la nueva dirección de la academia. Además, Beortan estaba convencido de que Gaius no sería tan osado como para atacarlo abiertamente en esa reunión, y Marcus confiaba en su criterio.
Por supuesto, Beortan no lo acompañaría a la reunión; solo Marcus había sido invitado.
Aunque solo había estado allí una vez años atrás, la oficina del cónsul no era difícil de encontrar. El camino era amplio y ancho, un largo corredor flanqueado por estatuas a ambos lados y con frescos de escenas históricas que cubrían las paredes. Las estatuas eran de mármol y estaban pintadas con colores que las hacían extremadamente realistas. Todas representaban a cónsules anteriores de la Academia del Gran Mar, todos ellos de pie, orgullosos, o en poses dramáticas. Al comienzo del corredor, las estatuas aparecían en parejas, ya que la academia solía elegir a dos cónsules a la vez en el pasado. Aparentemente, esto se hacía para que se controlaran mutuamente y promovieran un gobierno más sabio. Sin embargo, en algún momento del pasado, uno de los cónsules logró expulsar a su colega y asumir el control total, aboliendo así la práctica. Las estatuas reflejaron este hecho, volviéndose más escasas y dejando de aparecer en parejas aproximadamente a la mitad del corredor.
Al recorrer el largo pasillo y acercarse a la gran puerta de roble que daba acceso al despacho, Marcus se detuvo un instante, contemplando la estatua de Gaius que se alzaba a su lado. Como cónsul en funciones, su estatua era la última de la fila, justo antes de la entrada a su despacho. Un hombre alto y apuesto, vestido con túnicas púrpuras, lo saludó con una sonrisa amable y gentil, siempre presente en su rostro. Llevaba una corona de laurel en la cabeza y una mano extendida sostenía un pergamino dorado.
Marcus reprimió la tentación de burlarse en voz alta al ver aquello. Un par de guardias fuertemente armados custodiaban la puerta no muy lejos de él, y prefería no mostrar su evidente desagrado por Gaius delante de ellos.
Intentó seguir adelante, pero una mano blindada se lo impidió.
—¡Alto! —ordenó uno de los guardias—. ¡Indique su propósito!
Marcus estaba bastante seguro de que los guardias sabían quién era y por qué estaba allí. Sin embargo, no tenía intención de darle mayor importancia.
—Soy Marcus King. El cónsul me ha convocado aquí para una reunión —le dijo al guardia.
—Espere aquí —ordenó el guardia, antes de entrar rápidamente en la oficina para confirmar la información con Gaius. Regresó unos segundos después para informarle a Marcus que Gaius estaba «ocupado» y que debía esperar un rato.
«Un ratito» se convirtió en cinco minutos, luego en veinte, y después en una hora. Los dos guardias que estaban junto a la puerta no le dirigieron la palabra en ningún momento; permanecieron en silencio e inmóviles, como si fueran una estatua más del pasillo. Marcus tampoco intentó entablar conversación con ellos. Los ignoró para dedicarse a estudiar los frescos y las estatuas, admirando la maestría artesanal. Había tantos detalles… se preguntó cuántas personas que pasaban por allí se detenían a observar con atención y admirar lo que veían.
Curiosamente, la larga espera logró calmarlo y hacer que dejara de preocuparse por la próxima reunión. Si Gaius estaba dispuesto a perder el tiempo en juegos insignificantes como este, probablemente no tenía intención de tenderle una emboscada en cuanto cruzara la puerta de su oficina.
—Adelante —dijo Gaius de repente. La palabra se pronunció en un tono normal, pero inundó todo el pasillo, y era imposible ignorarla o malinterpretarla.
Curioso. Marcus no comprendía la magia que había detrás de esto. No ocurría a menudo.
Avanzó con paso firme hacia la puerta, y esta vez los guardias no lo interceptaron. Se apartaron en silencio para dejarlo pasar, e incluso le hicieron una leve reverencia. Cuando Marcus abrió la puerta y entró en la oficina, encontró a Gaius sentado detrás de su escritorio, con las manos cruzadas frente a él formando un triángulo. Su rostro era idéntico al de la estatua del pasillo, incluso con esa sonrisa exasperantemente amigable. La única diferencia era que el hombre frente a él llevaba gafas, mientras que la estatua no.
La oficina había cambiado mucho desde la última vez que Marcus la vio. Antonius, el cónsul anterior, rara vez estaba en su despacho, y este carecía bastante de decoración y lujo cuando Marcus lo visitó. Esta vez, sin embargo, toda la pared detrás de Gaius se había convertido en hileras interminables de estanterías repletas de libros y pergaminos. Numerosos armarios de aspecto lujoso, llenos de estantes y cajones, estaban estratégicamente distribuidos por la habitación, exhibiendo pequeños objetos y curiosidades. El escritorio de Gaius era grande e impecable, como si lo hubieran comprado ayer, y todo sobre él parecía cuidadosamente dispuesto para dar la impresión adecuada. Había un tintero con una pluma de ave de lujo clavada, dos pilas de documentos de la misma altura y un jarrón lleno de flores secas.
Marcus supuso que las flores secas tenían un propósito artístico o algo así, porque también las había visto expuestas en lugares destacados por otras personas. Personalmente, él habría puesto una planta en maceta sobre la mesa.
Por supuesto, Gaius no estaba solo. Marcus ya esperaba que Gaius no quisiera enfrentarse a él a solas, así que esto no fue una sorpresa, pero aun así le resultó un tanto molesto que lo llamaran a una conversación privada y que la otra parte estuviera acompañada por al menos cuatro personas.
A la derecha de Gaius, se encontraba un hombre mayor con el ceño fruncido y una expresión de enfado. Miraba a Marcus con una antipatía manifiesta, como si quisiera reprenderlo en ese mismo instante. Era Cornelius, uno de los aliados más antiguos de Gaius y su fiel compañero. A Gaius le gustaba mantener siempre la imagen de un caballero afable y educado, así que cuando necesitaba expresar su disgusto o imponer algo impopular, enviaba a Cornelius en su lugar. Así había sido desde que Marcus estudiaba en la academia, y según Beortan, Cornelius seguía desempeñando ese papel hasta el día de hoy.
A su izquierda se encontraba un hombre más joven, menos conocido, pero mucho más peligroso, que miraba a Marcus apoyado en un bastón. Su expresión era completamente indescifrable, y, por lo que había oído sobre él, Marcus sospechaba que no hablaría mucho en esta reunión. Herodiano era el consejero personal de Cayo y, aunque oficialmente solo eran rumores, también ejercía como su jefe de espías.
Estos dos eran una presencia constante cerca de Gaius, rara vez se separaban de él durante sus apariciones públicas, pero las otras dos personas en la sala resultaron algo inesperadas. Uno era un anciano calvo y arrugado, ataviado con elaboradas túnicas blancas, que se comportaba con bastante orgullo y vitalidad a pesar de su avanzada edad. Era Catón, patriarca de la prominente familia Uticensis, una de las familias más influyentes de la Academia del Gran Mar. La otra persona era una mujer de mediana edad con un vestido azul, el cabello recogido en un elaborado moño y luciendo numerosas joyas de aspecto costoso. Era Octavia, una de las pocas ancianas activas en el consejo.
Tanto Catón como Octavia se mantuvieron a cierta distancia de Gaius y sus dos secuaces, lo que indicaba que no querían ser vistos como totalmente leales a Gaius Esto tenía sentido, ya que ambos pertenecían a sus propias facciones y no eran conocidos precisamente como leales a Gaius. Desde luego, no estaban del lado de Marcus —a primera vista, a Catón no le caía bien porque era el líder de la facción conservadora y Marcus era un forastero de una facción vasalla menor—, pero tampoco estaban necesariamente del lado de Gaius.
Marcus no sabía qué pensar, así que simplemente avanzó hasta el centro de la sala e hizo una leve reverencia a los ancianos allí reunidos. No había ninguna silla donde sentarse, e incluso si la hubiera, todos, excepto Gaius, estaban de pie, así que él también tendría que permanecer de pie.
—Saludos, cónsul, anciano Catón, anciana Octavia, anciano Herodiano y… hermano Cornelius —saludó Marcus.
—¡Tú! —gritó Cornelius, irritado por la informalidad con la que se dirigían a él. A pesar de su leal servicio, nunca había sido nombrado anciano de pleno derecho, ya que eso requería cierto poder personal y el reconocimiento de los demás ancianos, cualidades que él no poseía. Probablemente Gaius le había otorgado algún otro título pomposo, pero Marcus no se había interesado lo suficiente en averiguarlo antes de venir, así que no podía complacerlo aunque hubiera querido.
Gaius puso su mano sobre el brazo de Cornelius para indicarle que se calmara.
—Sabe usted, anciano Marcus, existe un conjunto apropiado de saludos tradicionales que deben usarse en circunstancias como esta —le dijo Gaius cortésmente.
—Lo sé, pero no recuerdo cómo son —admitió Marcus—. ¿Qué puedo decir? Solo soy un huérfano de un reino pequeño, y han pasado seis años desde la última vez que estuve aquí.
“¿Y aun así querías ser nuestro líder?”, comentó Catón “Hmph, ridículo”
Marcus no dijo nada al respecto.
—Me alegra verte de vuelta, anciano Marcus —dijo Gaius tras un segundo de silencio—. Supongo que tu peregrinación ha sido un éxito, ¿verdad?
—Sí —confirmó Marcus—. En los últimos seis años he comprendido muchas cosas sobre mí mismo y sobre el mundo. Entiendo que mi larga ausencia no fue bien recibida por algunos, pero sentí que necesitaba hacerlo por mi bienestar y mi paz interior. Espero no haber causado demasiados problemas.
—En absoluto —le aseguró Gaius—. De hecho...
—Por favor —dijo Octavia de repente—. Gaius, no hicimos esto delante de todo el consejo precisamente para evitar toda esta farsa. Pasemos al meollo de la reunión, ¿de acuerdo?
Gaius lo pensó un instante, dirigiendo a Octavia una mirada de reojo algo disgustada. Ella le devolvió la mirada de frente, cruzando los brazos sobre el pecho en señal de desafío.
—De acuerdo —dijo Gaius, suspirando dramáticamente—. Marcus, no estaba recitando simples cumplidos cuando dije que me alegra verte de vuelta. La academia podría necesitar tu ayuda en los próximos días. Yo también podría necesitarla. Sin embargo, debo preguntarte con franqueza: ¿por qué has vuelto?
Marcus no respondió de inmediato. En realidad… aquello seguía siendo un misterio incluso para él. No comprendía del todo qué lo había impulsado a regresar. Dicho esto, esto no era realmente lo que le interesaba a Gaius.
«Estoy dispuesto a aceptar la decisión que tomaron los miembros de la Academia hace seis años», dijo Marcus. «De hecho, he llegado a creer que acertaron al nombrarte cónsul en lugar de a mí. Mi candidatura fue un error, y me alegro de que las cosas hayan resultado así. Por lo tanto, no hay razón para que siga alejado».
Catón y Octavia parecieron sorprendidos por la forma en que formuló esa respuesta. Catón, en particular, se mostró desconcertado, como si no pudiera creer lo que oía. Herodiano simplemente golpeó su bastón pensativo, sin apartar la vista de Marco ni por un instante. Cornelius, en cambio, se burló ruidosamente de esas palabras.
«¡Menuda tontería! Solo para decir que has decidido volver aquí como un perro apaleado, mendigando sobras. ¿Qué te pasa? ¿El mundo exterior fue demasiado duro para ti?», le dijo a Marcus con sarcasmo.
—Cornelius, sé educado —dijo Gaius distraídamente, con los dedos entrelazados frente a él, absorto en sus pensamientos—. Me alegra oír eso, anciano Marcus. Puede que tu peregrinación haya sido solo una excusa, pero parece que, a pesar de todo, te ha traído iluminación.
—¿Piensas asesinarme? —le preguntó Marcus sin rodeos.
«¡Tú! ¿Te atreves a insultarlo?», protestó Cornelius, como si no pudiera creer lo que oía. Octavia también pareció bastante escandalizada por la insinuación, pero ni Gaius ni Catón parecieron sorprendidos por la pregunta.
—Esos son meros rumores maliciosos, anciano Marcus, yo jamaz haria eso —le aseguró Gaius—. Soy un hombre virtuoso. Puede que no estemos del todo de acuerdo, pero ¿acaso pensarías tan mal de mí?
—Hace mucho tiempo que no se producen asesinatos importantes en la academia —le aseguró Octavia a Marcus—. Los demás ancianos no tolerarían semejante comportamiento incivilizado.
—En efecto. Los asesinatos entre ancianos son propios de salvajes como Agua Envenenada o Salón del Gran Trueno —declaró Gaius—. Aquí no hacemos las cosas así. Por favor, no vuelva a faltarle el respeto a su cónsul ni a sus compañeros ancianos con acusaciones tan frívolas.
—Mmm. Muy bien —dijo Marcus. No sabía qué esperar al hacer esa pregunta, pero la reacción lo tranquilizó—. Para ser sincero, quiero informarle que alguien ha puesto precio a mi cabeza. No sé quiénes son, pero la noticia me la dio un miembro del Templo del Cuervo, así que debería ser creíble.
No mencionó nada sobre los motivos de la recompensa que Helvran había indicado. No necesitaban saberlo. A decir verdad, les estaba contando eso solo para tener una excusa para comportarse de forma un tanto paranoica y extraña en el futuro.
—La academia vigilará a cualquiera que conspire contra ti, anciano Marcus —le aseguró Gaius. Hizo un gesto extraño, aparentemente casual, con la mano izquierda, y Herodiano asintió casi imperceptiblemente. —Por desgracia, Gran Mar tiene muchos enemigos últimamente, así que será difícil descubrir quién está detrás de la recompensa.
—Debes quedarte en la academia, anciano Marcus —le dijo Octavia—. De todos modos te lo habría pedido, pero así las cosas son aún más sencillas. Cualquiera que ofrezca una recompensa por un mago de manifestación espiritual como tú probablemente no sea débil. Son tiempos caóticos. La academia podría necesitar tu ayuda, y tú podrías necesitar la protección de la academia.
—Por cierto, durante mis viajes he avanzado hasta la Etapa de Unificación —comentó Marcus, intentando sonar lo más natural posible. Probablemente no lo consiguió—. Ya no soy solo un mago de manifestación espiritual.
La habitación quedó repentinamente en silencio durante unos segundos. Incluso Cornelius pareció no saber qué decir, tragó saliva con dificultad y palideció.
—Enhorabuena, hermano Marcus —dijo finalmente Gaius.
¿Ah, así que ahora era mi hermano?
—Gracias, hermano Gaius —dijo Marcus con una sonrisa exagerada—. Oí que tú también avanzaste a la Etapa de Unificación mientras yo no estaba.
Gaius asintió cortésmente en respuesta, pero de repente parecía un poco menos seguro de sí mismo en presencia de Marcus que antes.
—En verdad, sois una generación bendita —suspiró Catón—. Dicho esto, debo secundar la petición de la anciana Octavia de que os quedéis en la academia. Sinceramente, no tenéis que hacer mucho; vuestra sola presencia aquí hará que algunos se lo piensen dos veces antes de causarnos problemas.
“No quiero quedarme específicamente en Adria, pero tengo toda la intención de permanecer dentro del territorio del Gran Mar”, dijo Marcus.
Gaius intercambió una mirada silenciosa con Catón y Octavia.
—Eso… debería estar bien —dijo Octavia—. Incluso un viaje ocasional estaría bien, pero por favor, nada de peregrinaciones de seis años fuera de la Liga Plateada. Aunque quizás debería ir a hacer una peregrinación así, considerando lo beneficiosa que parece haber sido para ti.
La conversación se prolongó durante un buen rato, con una mezcla equilibrada de preguntas incisivas para averiguar la postura de Marcus sobre diversos temas y sencillas charlas informativas en las que los ancianos reunidos le relataron los acontecimientos importantes que habían ocurrido en su ausencia. Parte de esa información ya la había obtenido de Beortan, y nada era realmente impactante ni crítico, pero le sorprendió gratamente que estuvieran dispuestos a compartirla.
A pesar de que afirmaban que la academia lo necesitaba, no se mencionó en absoluto la posibilidad de que Marcus ayudara en los aspectos bélicos. Si estallaba otra guerra, sin duda querrían su ayuda, pero Gaius parecía reacio a que Marcus llamara la atención demostrando su destreza en combate contra los enemigos de la academia.
Sinceramente, Marcus tampoco estaba muy interesado en entrar en acción en nombre de la academia, así que esto le venía de maravilla.
Lamentablemente, la conversación derivó entonces hacia sus diversas obligaciones como anciano de la Academia del Gran Mar, asuntos que había ignorado por completo durante sus seis años de ausencia, pero que los ancianos reunidos insistían en que ahora debía atender. Al parecer, tenía que presentar informes fiscales de seis años…
—En realidad, hay una petición más que debo hacerte —añadió Gaius—. Verás, desde el final de la Segunda Guerra de la Academia, la academia ha sufrido una escasez de magos cualificados, y el consejo de ancianos ha decretado que los magos de alto rango deben entrenar al menos a cinco nuevos aprendices en los próximos años. Sé que estás totalmente dedicado a tu propio progreso personal, sin embargo...
—No te preocupes, ya estoy aceptando estudiantes —dijo Marcus, despidiéndolo con un gesto—. Eso debería estar resuelto para finales de año. ¿Qué más?
Marcus se preguntó distraídamente si Gaius también estaría sujeto a este decreto. ¿Acaso él también habría tenido alumnos para enseñar? Probablemente no. Las academias comenzaron como instituciones educativas, pero en la actualidad sus líderes no se involucraban particularmente en la enseñanza de la nueva generación.
Además, que el líder de una facción importante reclutara a un estudiante siempre era una decisión sumamente política. Tal acción se interpretaba inevitablemente como la elección de un sucesor.
—¿Estás aceptando estudiantes? —Gaius frunció el ceño—. ¿Por qué no dijiste nada?
“Es la primera vez que hablamos en seis años”, señaló Marcus.
—Ah, eso es… —balbuceó Gaius—. Sí, lo que quiero decir es que no puedes simplemente elegir a quien quieras paseando por las calles de Adria. Eres un anciano distinguido de la Academia del Gran Mar. Debe realizarse una ceremonia de selección formal.
«Para ser sincero, la mayoría de los niños que elegiré vendrán del orfanato donde crecí», le dijo Marcus. «Le dije a Pliny, el cuidador, que empezara a organizar un centro de pruebas donde seleccionaré a un puñado de huérfanos».
Catón frunció el ceño. —Las tradiciones...
—Esto es una tradición —dijo Marcus, interrumpiéndolo—. Soy huérfano de ese mismo lugar… como seguramente ya sabes. Fui uno de los niños elegidos del orfanato para aprender magia, y ahora estoy devolviendo el favor enseñando a un grupo de huérfanos. Esto es virtud.
Catón frunció el ceño, pero no dijo nada. La facción tradicionalista que lideraba valoraba mucho las ceremonias y las buenas maneras, pero también creían firmemente en la virtud y la conducta recta. Era dudoso que la idea que describía Marcus pudiera considerarse una «tradición», pero sin duda estaba en consonancia con los ideales que Catón defendía.
Gaius, por otro lado, se frotaba ligeramente la cara con los ojos cerrados.
—Marcus —dijo—. Debes pensar en el panorama general.
—Sé que querrás asignarme a un estudiante de la Academia del Gran Mar, y no tengo ningún problema —le dijo Marcus—. Podrá unirse a los huérfanos que recojo de mi antiguo orfanato. No recibirán ningún trato preferencial, pero te prometo que les enseñaré lo mejor que pueda. Solo te pido que no me asignen a ningún vago, ¿de acuerdo?
Gaius lo miró fijamente por un segundo.
—Tres estudiantes —dijo.
—No, solo puedo aceptar uno —protestó Marcus con terquedad.
—Tres —insistió Gaius.
—Uno —respondió Marcus.
"Dos."
"Uno."
—¡Por Dios! —murmuró Octavia.
—Dos —repitió Gaius.
—Dos de los niños, y uno de ellos será de mi propia familia Uticensis —dijo Catón de repente.
Todos lo miraron sorprendidos, incluso Marcus.
La familia Uticensis era prácticamente la nobleza en la Academia del Gran Mar, y Catón era conocido por su aversión a las influencias «extranjeras», que incluían a miembros de diversas facciones vasallas leales a la Academia. La idea de que estuviera dispuesto a enviar a uno de sus descendientes a aprender de un bárbaro extranjero, incluso uno poderoso, era… sorprendente.
—¿Catón? —preguntó Gaius sorprendido.
—Supongo que no hay objeciones a esto, ¿verdad? —preguntó Catón, alternando la mirada entre Gaius y Marcus.
—Ninguno —respondieron Marcus y Gaius al unísono, mirándose sorprendidos el uno al otro.
Marcus se frotó la barbilla pensativo. La lealtad de los miembros de la familia Uticensis a la Academia del Gran Mar era incuestionable. No era una mala opcion, con un estudiante proveniente de esa familia, nadie podría acusarlo de despreciar la influencia del Gran Mar. Le preocupaba tener un mocoso arrogante que menospreciara a su maestro y a sus compañeros, pero estaba dispuesto a correr ese riesgo.
—El acuerdo está cerrado —dijo Gaius—. Prepararé una lista reducida de candidatos, y dentro de seis meses se celebrará una breve ceremonia de selección donde elegirás al estudiante más compatible. En cuanto al otro, confío en que Catón se encargará de ello por su cuenta sin necesidad de mi intervención.
—En efecto —asintió Catón.
—Doy por concluida esta reunión por ahora —dijo Gaius, levantándose de su asiento por primera vez desde que había comenzado. Herodiano, que había permanecido completamente silencioso e inmóvil durante toda la reunión, se enderezó de inmediato al oírlo. —Se me están entumeciendo las piernas y me vendría bien dar un paseo. Anciano Marcus, por favor, quédese en Adria un tiempo más. Tengo la sensación de que varios de sus compañeros ancianos querrán hablar con usted en los próximos días.
Marcus asintió, pero suspiró interiormente en señal de derrota.
Él simplemente sabía que la próxima semana sería muy molesta.

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Zenith de la Hechicería (Novela) Capítulo 10
Estás leyendo el capítulo 10 de Zenith de la Hechicería (Novela), un novela. Tras años de exilio, Marcus regresa a casa Como mago poderoso y sin apenas rivales, Marcus habita un mundo repleto de monstruos y usuarios de magia de gran poder; muchos de ellos guardan cuentas pendientes con él. Sin… Este capítulo tiene publicado el 23 de julio de 2026, Traducido por el grupo Darkar16. Zenith de la Hechicería (Novela) tiene 42 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.