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Leer Zenith de la Hechicería (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
🏴 Grupo: Darkar16✍️ Traducción: Darkar16
Cuando aún era un niño, Marcus decidió cometer un sacrilegio subiendo a la cima del Roble Sagrado.
Había fracasado. Peor aún, uno de sus compañeros huérfanos lo había delatado ante los responsables del orfanato y había sido severamente castigado por ello. A pesar de esto, lo intentó dos veces más y finalmente lo logró al tercer intento. La majestuosa vista desde la cima del árbol y la euforia que sintió al contemplar el paisaje a su alrededor permanecían grabadas en su memoria. Hasta el día de hoy, era uno de los recuerdos más preciados de Marcus.
Han pasado muchísimos años desde entonces, y Marcus se encontraba de nuevo en la cima de un gran árbol. Ciertamente no era sagrado, pero era incluso más alto que el Roble Sagrado. La vista también era impresionante. Se giró lentamente para contemplar el paisaje a su alrededor, con cuidado de no caerse de la rama en la que estaba parado. Estaba rodeado de árboles, pero el suyo era considerablemente más alto que los demás, lo que le permitía ver con claridad el horizonte en todas direcciones. Hacia el este, de donde venía, los árboles parecían extenderse hasta el infinito, formando una espesa bóveda frondosa que impedía ver el suelo. El sol brillaba, el cielo estaba despejado y las hojas se mecían y susurraban con una suave brisa, creando una imagen impresionante. La misma alfombra de hojas se extendía hacia el norte y el sur. Hacia el oeste, sin embargo, los árboles empezaron a escasear rápidamente y finalmente dieron paso a campos y praderas, con un camino de tierra que serpenteaba entre ellos. Si agudizaba la vista, Marcus incluso podía distinguir un par de edificios a lo lejos.
El árbol era alto, la vista majestuosa, y había superado grandes dificultades para llegar hasta aqui. Sin embargo, no sentía nada por el logro. Había esperado recuperar algo de esa sensación de asombro y satisfacción al cruzar el Mar de Hojas a pie, pero en cambio solo sintió una leve satisfacción y una vocecita burlona en el fondo de su cabeza que le decía que debería haber tomado un bote y haber navegado por la costa.
Marcus se giró hacia el oeste, contemplando los edificios a lo lejos con una mezcla de nostalgia e incertidumbre. Tras seis años vagando por el mundo, regresaba a las tierras de la Liga Plateada. No estaba del todo seguro del motivo. Había jurado que jamás volvería. Al igual que de niño sintió la necesidad imperiosa de trepar a aquel árbol prohibido, sabía que simplemente tenía que estar allí ahora. Algo lo llamaba a casa.
Permaneció inmóvil en aquel árbol unos minutos más, escuchando el susurro de las ramas a su alrededor con los ojos cerrados. Finalmente, se sacudió la melancolía y respiró hondo. Tras asegurarse de que su mochila estaba bien cerrada, agarró el bastón que tenía en la mano… y luego saltó.
Cayó al suelo como una piedra, pero se mantuvo tranquilo e imperturbable. La altura de la caída habría sido peligrosa, incluso letal, para un hombre normal… pero Marcus no era nada normal. Solo tenía que asegurarse de no golpearse con ninguna rama suelta durante la caída. Eso sí que sería doloroso.
Justo cuando estaba a punto de tocar el suelo, su cuerpo se detuvo de forma repentina y antinatural, y flotó suavemente hasta el suelo.
Echó un vistazo rápido a su alrededor para asegurarse de que su pequeña travesura no hubiera atraído a ningún animal peligroso. Dudaba que algo realmente peligroso pudiera vivir tan cerca de la civilización, pero siempre era bueno comprobarlo. El entorno era oscuro y sombrío; las espesas hojas impedían que la luz del sol llegara al suelo, pero Marcus tenía una vista capaz de penetrar la oscuridad y no detectó ningún peligro real a su alrededor. Una víbora lo observaba desde la raíz de un árbol cercano, silenciosa e inmóvil, pero era un animal común que hacía todo lo posible por pasar desapercibido.
Se dirigió hacia el oeste, hacia la civilización. El terreno que pisaba era áspero e irregular, pero en su mayor parte libre de arbustos y hierbas. No había suficiente luz solar para que crecieran. En su lugar, una espesa alfombra de hojas húmedas lo cubría todo. El aire era desagradablemente frío, y extraños cantos de pájaros y el zumbido de los insectos lo seguían a todas partes.
A pesar de sus dudas sobre volver, Marcus ansiaba salir de allí. La mayoría de la gente solo se aventuraba en la periferia del inmenso bosque que cubría el centro del continente, y ahora comprendía perfectamente por qué. Incluso para él, atravesar el Mar de Hojas a pie le había llevado varias semanas. Si bien los peligros que encontró no eran nada para un mago de su calibre, había subestimado enormemente la presión mental de pasar varias semanas solo en un bosque denso y salvaje donde la luz apenas llegaba al suelo. Siempre se había considerado un solitario y un hombre que no se asustaba fácilmente, pero este viaje había puesto a prueba sus límites. No volvería a hacerlo jamás si podía evitarlo.
Por suerte, como había visto desde lo alto del árbol, el borde del bosque no estaba lejos de donde se encontraba. Pronto se encontró bajo el sol de verano.
Un calor… un calor realmente delicioso.
Se deleitó con la luz del sol un instante y luego siguió caminando hacia el oeste hasta llegar a un camino de tierra en mal estado.
Entonces se detuvo, apoyándose en su bastón mientras observaba lentamente el paisaje a su alrededor. Muy poca gente transitaba por el camino, y al pasar a su lado lo miraban con extrañeza, desconcertados por lo que hacía. Sin embargo, la calidad de su ropa y el bastón que sostenía debieron de despertarles desconfianza, pues pasaron de largo apresuradamente sin decir nada.
Finalmente, Marcus respiró hondo y chasqueó la lengua con fastidio. Estaba completamente perdido. Sabía que se encontraba en la frontera oriental de la Liga Plateada, pero no veía ningún punto de referencia claro que le permitiera precisar su ubicación. Solo tenía una vaga idea de dónde estaba. No era grave, pero odiaba haberse perdido en lo que debería ser su territorio.
Extendió la mano hacia su mochila y, por reflejo, la revisó para asegurarse de que las correas estuvieran bien ajustadas. Con los años, había desarrollado un tic nervioso. Llevaba seis años recorriendo el mundo y su mochila siempre lo acompañaba. Su peso sobre la espalda le daba seguridad.
En lugar de seguir hacia el oeste, decidió tomar el camino de tierra hacia el norte, con la esperanza de llegar a alguna posada o aldea. Quería hablar con alguien, pero, como había notado antes, había muy poco tráfico. Era un día soleado de verano, casi en su cenit. El calor era sofocante, el sol abrasador... A Marcus no le importaba, pues era un agradable cambio de aires después del bosque sombrío que acababa de dejar, y su ropa estaba encantada para brindarle cierta comodidad en todo momento, pero probablemente a los lugareños les resultaba difícil estar al aire libre en esas condiciones. Lo más frustrante era que los pocos aldeanos que usaban el camino se esforzaban por evitar a Marcus, manteniéndose a distancia e ignorando sus saludos. Era muy molesto; ¿cómo iba a preguntarles dónde estaba si no le hablaban?
¿Qué había sido eso? Se frotó la barbilla a modo de prueba... sí, seguía bien afeitado. Un rápido olfateo le confirmó que tampoco olía mal. No podía tener tan mal aspecto, ¿verdad? Claro que, después de todo, había pasado varias semanas en la naturaleza... la comodidad tiene sus límites.
Dejó de caminar y se concentró en su interior por un instante, buscando en lo más profundo del pozo de poder que había en su interior, y recurrió a uno de los hechizos con los que estaba familiarizado. Con un gesto casual de la mano, un delgado espejo rectangular se materializó en el aire frente a él.
El reflejo que le devolvía la mirada le resultaba familiar. Marcus lucía igual que siempre: un hombre alto y atlético, de pelo castaño corto, vestido con finas telas de seda y portando un bastón con empuñadura metálica. Quizás era un poco parcial, pero pensaba que se veía bastante bien. Muy guapo. Y, además, era obvio que era un mago. ¿Era ese el problema?
Deshizo el hechizo, dejando que el espejo se hiciera añicos en cientos de fragmentos triangulares que pronto se desvanecieron, y luego tamborileó rítmicamente con los dedos sobre su bastón. Extraño. Si bien la gente común sentía un temor justificado hacia los magos y otros adeptos, no solía ser tan extremo. ¿Había ocurrido algo durante los seis años que había estado ausente?
Finalmente, negó con la cabeza y siguió caminando. No tenía sentido adivinar. Obtendría sus respuestas al llegar a un pueblo o una posada junto al camino. Siempre había alguien dispuesto a conversar si había mucha gente y alcohol, y lo que quería saber era de dominio público.
Al cabo de un rato, divisó un estanque a lo lejos. Era lo primero que veía en mucho tiempo, así que se sintió atraído hacia él. Ni siquiera tuvo que desviarse mucho del camino para llegar: el estanque estaba cerca de la carretera principal, y un pequeño sendero de tierra se bifurcaba para facilitar el acceso. Probablemente los lugareños lo usaban para dar de beber a sus animales al pasar. En sus orillas crecían algunos árboles, entre ellos un roble particularmente alto e imponente.
Marcus se acercó al estanque. Le pareció un lugar agradable, tranquilo y algo apartado. Dejó la mochila al pie del gran roble, estiró los hombros varias veces y echó un vistazo al agua. La mayor parte de la superficie estaba cubierta de lentejas de agua y nenúfares. Era bonito, pero el agua estancada no era apta para beber sin hervirla primero, y no le apetecía hacerlo ahora. En vez de eso, se giró hacia el gran roble que crecía a la orilla del estanque y tarareó con satisfacción.
Era un árbol imponente, fuerte y frondoso. Su copa, cubierta de hojas, amortiguaba gran parte del sol veraniego, pero aun así dejaba pasar bastante luz y calor hasta la hierba. Marcus sintió una fuerte tentación de sentarse a descansar allí un rato. Había sido un largo viaje, y este era un lugar tan bueno como cualquier otro para echarse una siesta. Había algo en dormir al pie del árbol que apelaba a su naturaleza más primitiva.
Le gustaban los árboles. Al fin y al cabo, su magia se basaba en ellos.
Apoyó la mano en el tronco del roble, sintiendo la frescura de la corteza en la palma.
Antes de que Marcus pudiera gritar o siquiera pestañear, el roble se abalanzó sobre él y lo engulló entero.
\* \* \* \*
Su mente era vasta como un océano y bullía con pensamientos tempestuosos. Se precipitaba a través de un vacío aún más inmenso, con estrellas girando en espiral a su alrededor, una vertiginosa sucesión de imágenes compitiendo por su atención. Un disco de gas multicolor orbitaba un sol azul. Dos esferas, una verde y otra roja, giraban una alrededor de la otra a gran velocidad, acercándose inexorablemente a una colisión. Un titánico trozo de hielo flotaba silenciosamente en el vacío, su superficie salpicada de torres negras de construcción claramente artificial. Un enjambre de medusas brillantes navegaba a través de un campo de rocas grises dispuestas en una esfera difusa. Cada imagen entraba en su campo de percepción solo por una fracción de segundo antes de desaparecer tras él mientras se precipitaba hacia un destino desconocido.
Se dio cuenta de que ya no percibía su entorno con sus sentidos habituales. Su conciencia se extendía a su alrededor como una nube, como un millón de ojos apuntando en todas direcciones, permitiéndole ver todo a su alrededor simultáneamente y alimentándolo con una multitud de sensaciones que no comprendía. Aunque los lugares que pasaba a toda velocidad estaban distantes y solo eran visibles por un instante, su nueva percepción captaba impresiones de ellos al instante y seguía haciéndolo una y otra vez sin falta.
Era maravilloso y emocionante, pero su mente no estaba preparada para ello. Temblaba bajo la presión, y sus pensamientos se volvían más confusos y fragmentados con cada instante que pasaba. Sentía que, si esto continuaba, su mente pronto se haría añicos irreparablemente, y sus pedazos se esparcirían por el aterrador vacío que estaba atravesando.
Tan repentinamente como comenzó, su viaje terminó. Se detuvo en seco en la órbita de un planeta. Era verde, azul y blanco: un mundo rebosante de vida y civilización. Si aún tuviera cuerpo, la visión lo habría dejado sin aliento. Una cosa era saber, desde un punto de vista académico, que vivía en una esfera de roca y agua orbitando un sol, y otra muy distinta verlo . Por un instante, simplemente se dejó envolver por la majestuosidad del mundo que lo rodeaba, olvidando la tensión de su percepción casi divina, pero muy pronto todo comenzó a cambiar.
El mundo bajo sus pies se transformó de una manera extraña. Sus nuevos sentidos se descontrolaron, enviándole una oleada tras otra de sensaciones que no lograba interpretar. Su mente, ya agobiada por el peso de su nueva percepción, comenzó a desmoronarse bajo la presión. Instintivamente, intentó alejarse de la escena, su espíritu anhelaba regresar a su verdadero cuerpo, pero una fuerza extraña lo retuvo, obligándolo a mirar. No intercambiaron palabras, pero sabía que aquello era innegociable. Tenía que quedarse. Tenía que ver.
Aunque en el proceso acabara perdiendo la cabeza.
Mientras luchaba por mantenerse despierto y ileso, el planeta frente a él se volvía más tenue y pequeño. Inferior en algún sentido. Visualmente estaba bien, pero de alguna manera intuía que el mundo frente a él había perdido una parte crucial de sí mismo y ahora se estaba derrumbando y desvaneciendo. Una cáscara vacía de su antigua gloria.
Pronto, el planeta también comenzó a deteriorarse visiblemente. Puntos rojos aparecieron por toda su superficie, expulsando interminables columnas de humo a la atmósfera. Las nubes se volvieron más densas y oscuras, y los continentes se cubrieron con una creciente red de líneas negras. Grandes extensiones de tierra comenzaron a desprenderse del planeta, desafiando la fuerza de la gravedad y flotando hacia el vacío. Desde su perspectiva, parecían diminutas, pero en realidad debían ser inmensas, del tamaño de países enteros.
El mundo se estaba desmoronando.
Pensó que sería una muerte lenta y agonizante mientras el planeta se dispersaba gradualmente en el vacío, pero el final fue tan repentino e inesperado como todo lo demás en aquella extraña escena que presenciaba. Parecía haberse alcanzado un límite crítico, y todo simplemente… implosionó sobre sí mismo. Su geometría era desconcertante e incomprensible, pero todo a su alrededor se plegó sobre sí mismo y desapareció, dejando solo una herida de un negro intenso en el tejido del universo, desprovista de estrellas y materia.
Tras este colapso, una nueva oleada de información incomprensible azotó su mente atormentada, sumiéndolo en convulsiones mentales. Por fortuna, la fuerza alienígena que lo mantenía allí parecía haberle mostrado lo que necesitaba ver, pues sintió que su control sobre su mente disminuía.
Perdió el conocimiento inmediatamente.
\* \* \* \*
Cuando Marcus despertó, tenía un fuerte dolor de cabeza y ya no estaba junto al estanque y su roble. El suelo bajo él era liso y duro, nada parecido a la hierba y la tierra junto al árbol. Intentó abrir los ojos, pero le dolía muchísimo y, en vez de eso, se frotó la cara con la mano mientras intentaba averiguar dónde estaba. Finalmente, se dio cuenta de que estaba tumbado boca arriba sobre unas tablas de madera y que todo parecía vibrar ligeramente… ¿o acaso las vibraciones eran solo una ilusión de su dolor de cabeza?
No, espera… este sonido me resultaba familiar. Iba en la parte trasera de una carreta tirada por caballos, ¿verdad?
—Estás despierto —dijo una voz desconocida—. Empezaba a preocuparme.
A pesar del dolor, Marcus se obligó a abrir los ojos y encontró su mochila y su bastón a su lado, lo que lo tranquilizó de inmediato. Se incorporó, conteniendo las ganas de vomitar ante el repentino movimiento. Efectivamente, viajaba en una carreta, tal como sospechaba, aunque tirada por bueyes y no por caballos. Aparte de él y sus pertenencias, la carreta estaba prácticamente vacía. Un par de pequeñas cajas de madera y algunos fardos de tela eran la única carga que transportaba.
En la parte delantera del vehículo iban sentadas dos personas: un hombre de mediana edad, bien afeitado, y un adolescente. Ambos lo miraban, esperando su reacción.
—Estoy despierto, sí —dijo Marcus, respirando hondo—. Les pido disculpas por cualquier inconveniente que les haya causado. ¿Cómo terminé aquí, si se puede saber?
El hombre de mediana edad rió amistosamente.
—Soy Pellast de Sicarusa, y este es mi hijo Elid. Te encontramos inconsciente junto al estanque cuando paramos a dar de beber a nuestros bueyes —dijo, señalando a los dos animales que tiraban de la carreta—. No podía dejarte a merced de la intemperie y de las fieras, así que te llevamos a nuestra carreta. No soy médico ni curandero, y no podría ayudarte a recuperarte, pero pensé que estarías más seguro con nosotros que junto al estanque. Espero que no te hayamos ofendido con nuestras acciones.
—No, no, me siento conmovido por su amabilidad —dijo Marcus cortésmente. No le habría pasado nada, pero ellos no podían saberlo. Su razonamiento era lógico—. Soy Marcus King, un mago de la Academia del Gran Mar. Gracias por ayudarme en este momento de necesidad.
El adolescente, Elid, se interesó visiblemente más en él, y sus ojos se iluminaron al escuchar su presentación.
—¿La Academia del Gran Mar? —preguntó Pellast lentamente—. Está bastante lejos de aquí. ¿Qué te trae tan al este?
—Acabo de regresar de las Tierras del Este, al otro lado del mundo —explicó Marcus con naturalidad—. Solo estoy de paso. Ya que estamos hablando de esto, ¿dónde estamos exactamente? No recuerdo cuánto tiempo hace que me desmayé, y las carreteras de aquí me resultan desconocidas.
Sí, Marcus, hazte el tonto y finge que nunca estuviste perdido, con o sin desmayo. Por suerte, a su benefactor no le pareció mal esa confesión.
—No llevas mucho tiempo fuera. Unas pocas horas como mucho —le aseguró Pellast—. No estamos cerca de ninguna ciudad importante, pero deberíamos llegar a Descanso de la doncella en unas horas.
“Descanso de la doncella… eso no me suena”, admitió Marcus.
“Es un asentamiento pequeño, apenas un pueblo, pero deberíamos poder encontrar comida y refugio allí”, explicó Pellast. “Está cerca del Monasterio de Manantial Azul, si sabes dónde está”.
—¡Ah! Sí, ya sé dónde está —confirmó Marcus, muy satisfecho consigo mismo. Por fin sabía dónde se encontraba, y ni siquiera tuvo que admitirle al hombre que estaba perdido.
“Una vez que lleguemos allí, podrás decidir si te separas o si continúas acompañándonos”, añadió Pellast con naturalidad.
¿Seguirás acompañándonos? Marcus miró a Pellast con atención. Ahora sí que era interesante. Podía pasar por alto que lo hubieran recogido tras encontrarlo inconsciente como un simple gesto de amabilidad, pero esto era otra cosa. Pellast claramente quería que siguiera viajando con ellos por algún motivo.
—Ahí… ahí está la seguridad en la unión, señor —dijo Pellast, tosiendo incómodamente en su puño. Había notado claramente la mirada escrutadora de Marcus sobre él—. Sobre todo en tiempos turbulentos como estos.
—¿Tiempos turbulentos? —preguntó Marcus.
—¿No lo sabes? —preguntó Pellast, sorprendido—. Ah, dijiste que acababas de regresar de las Tierras del Este. Claro que no lo sabes, esos viajes duran años. ¿Sabes algo sobre la Primera Guerra de la Academia?
—¿La Primera Guerra de la Academia? —preguntó Marcus, frunciendo el ceño—. Sé de la Guerra de la Academia. Abandoné las tierras de la Liga Plateada poco después de que terminara.
De hecho, desempeñó un papel crucial en el fin de ese conflicto. Fue uno de sus mayores logros. Es difícil olvidar algo así.
—Esa fue la Primera Guerra de la Academia —dijo Pellast, asintiendo—. Hubo una segunda, que terminó hace poco. De hecho, apenas unos meses antes de nuestra reunión.
—Pero Veldoran está muerto —protestó Marcus—. ¿Por qué habría una segunda guerra? ¿Acaso resucitó mediante magia oscura?
—No, que yo sepa, Veldoran sigue muerto y enterrado —dijo Pellast pensativo—. Aunque nunca se puede estar seguro de nada cuando la magia entra en juego. Y no es que los magos nos expliquen mucho a la gente común como nosotros. Al fin y al cabo, solo soy un pequeño comerciante de Sycaruse.
Marcus negó con la cabeza, dejando el tema. Pellast tenía razón: solo un mago u otro adepto podía explicarle de qué se trataba esta "Segunda Guerra de la Academia", e incluso así, no todos estaban capacitados para conocer los detalles.
—¿Y qué tiene que ver esto con la seguridad que brinda el número? —preguntó Marcus—. La guerra ha terminado. ¿No deberían haberse calmado las cosas ya?
—En cierto modo —dijo Pellast—. Lamentablemente, el hecho de haber tenido dos conflictos importantes en un lapso de seis años parece haber agotado los recursos humanos de las grandes potencias, y han retirado su presencia de muchas zonas fronterizas, como esta.
—Ah —dijo Marcus.
“Los bandidos y otros villanos están por todas partes últimamente. Me han dicho que magos renegados andan vagando por el país, haciéndose pasar por representantes de diversas organizaciones, exigiendo 'contribuciones' y, en general, acosando a la gente. Son tiempos terribles, la verdad.”
Sin duda, fueron tiempos terribles. Sin embargo, Marcus no corría peligro real por culpa de esos buitres que amenazaban a viajeros y asentamientos remotos. Además, Pellast y su hijo no podrían brindarle ningún apoyo si llegaran a encontrarse con tales peligros. Si Marcus viajara con Pellast y su hijo, obviamente sería beneficioso para ellos, ya que de repente contarían con un poderoso mago acompañándolos en su viaje… pero ¿qué ganaría Marcus con eso?
Absolutamente nada, eso es todo.
Dicho esto, aún le dolía la cabeza y no quería regresar apresuradamente a la Academia del Gran Mar hasta averiguar de qué se trataba todo aquello de la «Segunda Guerra de la Academia». Quizás tomarse un tiempo para recuperarse y recomponerse sería lo más sensato.
—¿Adónde vas, por cierto? —le preguntó Marcus a Pellast—. Quiero ir hacia el oeste. Hacia la Academia del Gran Mar.
“Nosotros también viajamos hacia el oeste”, dijo Pellast rápidamente. “Hacia la Academia Montaña de Cristal. Podemos viajar juntos parte del camino y separarnos cuando llegue el momento”.
¿La Academia Montaña de Cristal? ¿Vas a llevar a tu hijo a solicitar plaza allí? —preguntó Marcus, mirando a Elid, que hasta entonces había permanecido en silencio. Marcus supuso que se sentía incómodo hablando delante de aquel desconocido tan intimidante, a diferencia del mayor y más extrovertido Pellast.
—Sí, exacto —asintió Pellast—. Todavía falta tiempo para que empiecen los exámenes, pero es un viaje largo y pensé que lo mejor sería salir temprano para evitar cualquier percance. Además, al que madruga, Dios le ayuda. Ja, ja, he cerrado muchos tratos en el pasado actuando antes de que mis competidores siquiera llegaran al lugar…
Pellast parecía un hombre muy hablador y amigable. Empezó a contarle a Marcus una serie de historias sobre sus anteriores aventuras comerciales, tratándolo como si fueran viejos amigos en lugar de simples conocidos. Marcus no lograba discernir si se trataba de una estratagema cínica para ganarse su simpatía y, por lo tanto, conseguir que actuara como su guardaespaldas en este viaje, o si realmente era así.
En cualquier caso, decidió acompañar al padre y al hijo un poco más de tiempo.
\* \* \* \*
Su estancia en Descanso de la doncella fue breve. Como dijo Pellast, el lugar apenas se parecía a un pueblo. Era una posada al borde del camino con otras cuatro casas a su lado. Los tres pidieron algo rápido de comer y decidieron marcharse en cuanto terminaran.
La buena noticia era que Marcus se estaba recuperando poco a poco de… lo que fuera aquella visión. Aún no estaba del todo bien, pero el dolor de cabeza estaba disminuyendo y sus pensamientos eran menos confusos e incoherentes. Ahora que su mente se había aclarado y tenía tiempo para pensar, podía llegar a algunas conclusiones sobre lo que le había sucedido. Ninguna le gustaba.
Decidió que el roble era irrelevante. Sintió la tentación de regresar corriendo al estanque y examinarlo con más detenimiento, pero sabía que no encontraría nada. Era solo un roble. La visión que había presenciado era claramente de naturaleza divina. Nadie podía convencerlo de que ningún dios estuviera involucrado en el incidente. Si el roble tenía alguna relación con lo divino, no quería tener nada que ver con él. ¡No quería estar cerca! Examinar un conducto divino seguramente no revelaría nada y bien podría provocar a la fuerza que le había enviado esa visión.
En cuanto a la idea de que la visión fuera solo una alucinación, la descartó de inmediato. Sus recuerdos de la visión eran confusos pero vívidos. Se habían grabado en su memoria con una fuerza irresistible y sobrenatural. Pero, ¿qué significaba todo aquello? ¿Acaso el mundo moribundo de su visión presagiaba lo que estaba por venir? Seguramente no. Además, ¿qué podía hacer Marcus ante un acontecimiento de tal magnitud? ¿Qué podía hacer cualquier mortal?
¿El mensaje iba dirigido específicamente a él? Entonces, ¿cómo sabían que Marcus se encontraría con ese roble en particular justo en ese momento? ¿Desde cuándo estaba todo planeado? ¿O acaso la visión estaba programada para activarse en cualquiera que tocara el roble en cuestión?
Quizás debería haber puesto un cartel de advertencia junto al estanque: «Cuidado con las visiones apocalípticas».
En momentos como este, agradecía la incesante charla de Pellast. Los relatos del mercader lo distraían de sus pensamientos sombríos y, de vez en cuando, incluso lo hacían reír. Actuara o no, el hombre tenía la habilidad de tranquilizar a la gente.
—¿De verdad eres un mago de la Academia del Gran Mar? —le preguntó Elid.
El chico se volvía cada vez más hablador con el paso del tiempo. Era la tercera vez que le preguntaba algo, y todo estaba relacionado con los magos de alguna manera. Tenía sentido, ya que Elid también quería convertirse en mago pronto.
—Por supuesto —respondió. ¿Qué clase de pregunta era esa? Incluso si estuviera mintiendo sobre su identidad, ¿por qué lo admitiría en respuesta a una simple pregunta?
—¿Qué rango tienes? —preguntó Elid. Fue un poco grosero preguntar eso tan directamente, pero bueno.
—Quinto rango —mintió Marcus.
“¡¿Quinto?! ¡Mientes!”, acusó Elid.
—¡Elid! —le regañó Pellast en voz alta, antes de volverse hacia Marcus—. Perdone a mi hijo, señor, no sabe de lo que habla. No pretendía poner en duda su honor.
—¡Pero quinto rango, eso es como ser una leyenda viviente! —protestó Elid—. Debe haber menos de 50 personas así en toda la Liga de Plata. Es imposible que él sea uno de ellos…
Al ver el empeoramiento del semblante de su padre, Elid pareció recordar algo de repente e inmediatamente perdió la calma.
—Sí, eh... no sé de qué estoy hablando —tartamudeó el chico apresuradamente—. Solo me quedé impactado, eso es todo. No todos los días te encuentras con un poderoso guerrero de rango cinco, jajaja...
Fue una reacción inteligente, para ser honestos. Incluso si fuera, digamos, un mago de segundo rango, eso seguía siendo más de lo que un mercader desarmado y su hijo adolescente podían manejar solos. No fue prudente que cuestionaran su honor y poder, incluso si sospechaban que era un poco fanfarrón.
—Ten cuidado con lo que dices en el futuro —dijo Marcus con naturalidad, sacando una botella de metal de su mochila y bebiendo un sorbo—. En fin, quería preguntarte algo. ¿Por qué te postulas a la Academia de la Montaña de Cristal? El Templo Sol-Luna, la Academia Corazón de Fuego y la Academia de los Cuatro Elementos están más cerca de Sycaruse. ¿Hay alguna razón específica por la que te atrae la Montaña de Cristal? Sufrieron muchos daños en la Guerra de las Academias. Dudo que la segunda guerra les haya ayudado a recuperarse más rápido. Probablemente no sean la primera opción de nadie para las solicitudes de ingreso a academias en este momento.
No mencionó "Agua Venenosa" ni “Templo del cuervo”, ya que tenían mala reputación entre mucha gente, y no sería nada extraño que Pellast los descartara automáticamente.
En cualquier caso, un extraño silencio respondió a su pregunta. Elid se removió incómodo en su asiento. ¿Qué? ¿Qué había dicho? ¿Acaso seguían preocupados por su afirmación de ser un mago de quinto rango?
—Ah, ya entiendo… es porque Montaña de Cristal está en tan mal estado que quieres ir allí —reflexionó Marcus en voz alta—. Supongo que ya le pagaste a alguien para que le hiciera pruebas a Elid. Malos resultados, ¿eh?
—¡Yo… no lo hice nada mal! —protestó Elid—. Es solo que… no tenía nada especial. No tengo ninguna afinidad especial con ningún elemento, ni linaje latente, ni talento salvaje, ni nada. ¡A esos idiotas de Corazón de Fuego solo les importan las personas especiales! Podía resonar con varias técnicas básicas, pero no importó. «Solo promedio», dijeron. ¡Hmph!
Elid parecía muy indignado por la situación, pero Marcus comprendía la actitud de los representantes de Corazón de Fuego. La Academia Corazón de Fuego era, sin duda, la academia más poderosa y prestigiosa de toda la Liga Plateada. Solo la Academia del Gran Mar podía considerarse su rival. Incluso si Elid tenía lo necesario para convertirse en mago, ¿qué significaba eso para Corazón de Fuego? Tenían un flujo constante de talentos llamando a su puerta, suplicando ser admitidos en una organización tan prestigiosa. La competencia por cada plaza disponible era intensa, y un niño de origen humilde y potencial promedio, sin nada destacable a su favor, no podía ser admitido sin causar revuelo entre las familias de los demás aspirantes.
De hecho, esto era cierto para casi todas las Grandes Academias, no solo para la Academia Corazón de Fuego. Sin algo que lo distinguiera del resto de aspirantes, Elid sería rechazado de inmediato por todas ellas.
«Pher y Davell son amigos míos, y te hicieron el examen como un favor personal», le dijo Pellast a Elid. «Ni siquiera te cobraron nada. No se merecen que hables mal de ellos así».
Elid no dijo nada al respecto, cruzando los brazos sobre el pecho con evidente disgusto. Claramente seguía resentido por el resultado.
Pellast suspiró. —En cualquier caso, ha dado en el clavo, señor. Iremos a la Academia de la Montaña de Cristal porque están en una situación difícil y tal vez estén dispuestos a darle una oportunidad a Elid. ¿Es esta su venganza por las dudas de Elid sobre su rango? En verdad, no hay que subestimar el poder de un mago de quinto rango, ni siquiera en una batalla de palabras…
Los ojos de Elid se abrieron de par en par, sorprendido. Miró a Marcus con incredulidad, como si no pudiera creer que hubiera caído en su provocación.
En realidad, Marcus no había planeado nada de eso. Sin embargo, iba a fingir que Pellast tenía razón y que todo aquello era una astuta venganza por las imprudentes palabras de Elid. Así, se quedó mirando fijamente a Elid en silencio hasta que el chico apartó la mirada, asustado.
Otra victoria para Marcus.
Antes de que pudieran continuar la conversación, fueron interrumpidos por un estruendo ensordecedor proveniente de una nube negra que se extendía más adelante. Una enorme bandada de pájaros de todo tipo se dirigía hacia ellos, graznando, piando, chillando y haciendo todo el ruido posible.
—¿Qué significa eso? —preguntó Pellast en voz alta. No parecía demasiado preocupado. A veces, los pájaros podían ser bastante raros.
—Ni idea —admitió Marcus. Aunque pasaba mucho tiempo acampando en plena naturaleza, jamás se describiría a sí mismo como un experto en animales.
Pronto, la bandada sobrevoló la zona, dirigiéndose en dirección contraria a la que iban. Los tres no le dieron importancia, considerándolo una simple curiosidad, hasta que vieron una manada de ciervos corriendo en la misma dirección… seguida de una manada de lobos que corría a su lado, completamente indiferentes a los ciervos.
Incluso los bueyes que tiraban del carro se volvieron indomables de repente, como si quisieran dar la vuelta y correr en dirección contraria.
Algo andaba mal.
—Detén la carreta —ordenó Marcus.
“Estaba a punto de darme la vuelta”, dijo Pellast. “Los animales saben algo y no quiero enfrentarme a aquello de lo que todos huyen”.
Una vez que la carreta se detuvo, Marcus recurrió a sus reservas de maná y vertió un poco en sus ojos. Su vista se agudizó al instante, permitiéndole ver a grandes distancias. Su dolor de cabeza, que ya casi había disminuido, reapareció repentinamente y le exigió que se detuviera, pero lo ignoró. Colocó la mano sobre el Orbe de Vuelo que colgaba de su cinturón y activó su habilidad. Inmediatamente se elevó en el aire, obteniendo una buena vista panorámica para observar su entorno.
Miró al horizonte que tenían delante e inmediatamente maldijo al verlo. La anomalía aún era tenue a esa distancia, pero con su vista agudizada podía distinguir claramente los haces de luz multicolor que danzaban en el cielo, acercándose a ellos. Como una multitud de ríos arcoíris serpenteando por el firmamento, uniéndose y separándose.
Inmediatamente regresó al vagón, desactivó tanto el Orbe de Vuelo como su mejora ocular y se giró hacia Pellast.
“Es una tormenta caótica”, les dijo. “Tenemos que ponernos a salvo inmediatamente”.
“¿Qué? No… no, no puede ser”, protestó Pellast, palideciendo en el rostro. “¡No es la temporada!”
—Las tormentas caoticas son impredecibles —le dijo Marcus con seriedad—. No es la primera vez que una llega antes de lo previsto. Tenemos que actuar rápido; confío en que no tendré que explicarte lo que nos pasará si nos pilla desprevenidos como ahora.
—Pero estamos en medio de la nada —protestó Elid con voz débil—. Todo a nuestro alrededor es llano, apenas hay árboles. ¿Adónde vamos a ir?
—Tenemos que dar la vuelta —dijo Pellast con voz temblorosa—. Si abandonamos el carro y los bueyes y corremos, tal vez podamos llegar...
—No hace falta —dijo Marcus, mirando a su alrededor una vez más. Tal como había dicho Elid, se encontraban en una situación muy peligrosa, lejos de cualquier refugio conveniente—. Construiré un refugio.
Saltó del carro y eligió un lugar junto al camino. Recurriendo una vez más a sus reservas de maná, lanzó el hechizo Moldear Tierra, y el suelo comenzó a moverse a su alrededor y a solidificarse. Tardó un poco, pero gradualmente una gran cúpula de tierra endurecida comenzó a tomar forma.
Para cuando terminó, los haces de energía arcoíris ya habían comenzado a acercarse a su posición y los bueyes estaban entrando en pánico.
“Hecho. Traigan los bueyes y todo lo que se pueda corromper dentro de la cúpula, rápido”, ordenó Marcus.
Pellast y Elid no discutieron con él. De hecho, parecían haber descargado ya todo del carro mientras él preparaba la tierra, y estaban listos para entrar corriendo con sus pertenencias en cuanto les diera permiso. En cuestión de segundos, todo lo que había, vivo o comestible, fue llevado al interior.
Marcus estaba a punto de sellar la entrada cuando un zorro irrumpió repentinamente, pasando a toda velocidad junto a Marcus para refugiarse en la cueva artificial. Ignoró el grito de sorpresa de Elid y se escondió rápidamente en la parte trasera de la cúpula, detrás de los dos bueyes asustados que temblaban en el suelo.
Marcus decidió ignorarlo. Sería una crueldad sin sentido devolverlos a la tormenta caótica del exterior, y en cierto modo admiraba su audacia.
Un tenso silencio se apoderó del lugar. Aunque se la denominó «tormenta caotica», el fenómeno no fue abiertamente violento. No hubo lluvia ni fuertes vientos, como suele ocurrir; solo una cortina de colores vivos que se extendía por el paisaje, acompañada de extraños tintineos, como mil campanillas etéreas meciéndose en un viento invisible.
Las plantas corrieron mucha mejor suerte que los animales. Marcus no dudaba de que toda la vida en el planeta habría perecido ya si las tormentas devastadoras hubieran afectado a las plantas del mismo modo que a las personas y los animales. Al fin y al cabo, la mayoría de las plantas no podían moverse, y mucho menos refugiarse cuando presentían la llegada de una tormenta.
“Tú… tú sí que eres un mago…” dijo finalmente Elid, rompiendo la tensa atmósfera.
Marcus se rió de la observación tan absurda.
Pellast simplemente suspiró ante la escena, sin siquiera molestarse en regañar a su hijo como probablemente deseaba. Este repentino desastre lo había dejado claramente agotado emocionalmente por el momento.
Marcus echó un vistazo a los bueyes que estaban al fondo de la cúpula. Le preocupaba que se volvieran locos por la tormenta, pero parecían bastante dóciles en ese momento, contentos de acurrucarse juntos y esperar. El zorro se asomó desde su escondite para evaluar la situación, pero inmediatamente se ocultó tras los bueyes al ver que Marcus lo miraba.
—Aquí está bastante oscuro —se quejó Elid.
—Mmm, tienes razón —dijo Marcus—. En cierto modo, sí.
Apuntó con el dedo por encima de su cabeza, y una esfera de luz blanca del tamaño de un puño se materializó sobre ella. Siguiendo su orden mental, la esfera voló hasta la cima de la cúpula, desde donde iluminó todo el espacio.
—¿Mejor? —preguntó.
“Mucho mejor”, confirmó Elid.
Después de eso, todos se acomodaron en una tensa pero cómoda espera, escuchando el sonido de unas campanillas sobrenaturales apenas audibles a través de las paredes de tierra de la cúpula. Cuando el sonido cesara, sería seguro salir.
Hasta entonces, solo les quedaba esperar.
\* \* \* \*
Para cuando las campanas enmudecieron y la tormenta de caos amainó, ya había anochecido. Marcus abrió la entrada de la cúpula y salió al exterior, donde evaluó la situación.
No había señales de devastación… aunque tampoco esperaba que las hubiera. Las tormentas del caos no dejaban rastro de destrucción a su paso, a menos que se combinaran con desastres más comunes.
Observó el cielo nocturno y lo encontró gloriosamente vacío. No solo no había ríos coloridos que lo surcaran, sino que ni siquiera había nubes que obstruyeran las estrellas. Brillaban con especial intensidad esa noche.
También se veía claramente la luna. Esta noche había luna llena: un círculo perfecto de luz blanca pálida que iluminaba la noche. Esto hacía que la red de grietas negras que cubría toda la superficie lunar resultara particularmente llamativa y evidente. Las grietas se asemejaban a una telaraña, que se extendía desde el aparente centro de la luna, y se decía que habían sido creadas por la Diosa Araña en la antigüedad para contener la locura lunar y proteger a la gente. En el centro de la Telaraña Lunar, según las leyendas, se encontraba un magnífico Palacio de la Luna donde la diosa reside hasta el día de hoy, velando por la seguridad de todos.
La luna y su red de grietas no eran nada nuevo, y Marcus había presenciado esta visión muchas veces. Incluso los niños la considerarían algo bastante común. Sin embargo, ahora Marcus se sentía atraído por ella, absorto en sus pensamientos. La visión divina que había recibido recientemente también mostraba una serie de grietas que se extendían por un cuerpo celeste, y que resultaron en la destrucción total de ese mundo.
Esas dos cosas no podían estar relacionadas, ¿verdad? La superficie lunar llevaba agrietada un tiempo incalculable. Incluso los elfos y los selenitas afirmaban que la telaraña lunar existía desde que su pueblo registraba la historia. Las grietas siempre habían estado ahí y nunca habían causado problemas a nadie.
Aun así, la visión que había tenido se le había quedado grabada en la mente. No podía olvidarla, por mucho que lo intentara. Exigía ser tomada en serio, aflorando a su conciencia de vez en cuando. Así que siguió mirando fijamente la luna, intentando vislumbrar alguna pista en su superficie marcada por las cicatrices.
—Me estremezco al pensar qué habría sido de nosotros si no hubieras estado allí con nosotros —dijo Pellast, acercándose a él por detrás—. Habríamos tenido que abandonar nuestra carreta y todas nuestras pertenencias, y quién sabe si habríamos encontrado refugio a tiempo. Nuestro encuentro fue, sin duda, obra del destino. La Dama Pálida vela por nosotros. Le construiré un santuario cuando regrese a casa y le rezaré todos los días durante un año entero implorándole su misericordia.
Contempló la luna con reverencia por un instante antes de inclinar la cabeza, cerrar los ojos y juntar las manos frente a él en silenciosa oración.
Marcus frunció ligeramente el ceño. Aunque consideraba su reacción un tanto exagerada, era cierto que su encuentro había sido obra de la intervención divina. Si no hubiera tenido esa visión, jamás habría perdido el conocimiento y, por lo tanto, no habría terminado siendo llevado en la carreta de Pellast para recuperarse.
Sin embargo, ¿fue Telaneith realmente la responsable de esto? Era la diosa de la luna y el destino, y patrona de los magos, así que tenía sentido que Pellast le atribuyera su suerte. Sin embargo, Marcus había recibido su visión a través de un roble, y estos estaban asociados con Perun. Perun era también el dios al que Marcus rezaba con más frecuencia. No obstante, enviar visiones era algo más propio de Telaneith que de Perun…
Tras unos instantes de indecisión, Marcus decidió ofrecerles una breve oración a ambos. Los dos formaban parte del Panteón Iluminado, así que no habría ningún inconveniente en honrarlos, y de esta forma no corría el riesgo de ofender a ninguno.
Tras rezar, giró la cabeza hacia la izquierda. Allí se encontró con el zorro de antes, que lo miraba fijamente.
—¿Qué es eso? —le preguntó. Pellast lo miró extrañado.
—Gracias por dejarme quedarme en tu cueva mientras duró la tormenta —dijo el zorro con una voz muy natural, parecida a la de un humano—. No tengo nada que darte, pero si el destino quiere que necesites mi ayuda en el futuro, recordaré esta amabilidad.
—De nada —dijo Marcus, sin sorprenderse de que fuera inteligente y pudiera hablar. Lo había sospechado desde el principio—. La próxima vez, sé educado y preséntate como es debido, en lugar de andar merodeando como un ladrón.
El hocico del zorro se torció en lo que inconfundiblemente era una sonrisa. Luego, sin decir una palabra más, salió corriendo y desapareció en la noche.
—¿De verdad habló ese zorro hace un momento? —preguntó Pellast con incredulidad.
—Sí. Es solo un animal que ha despertado —le dijo Marcus—. No es para tanto. Son raros, pero no demasiado.
“Es la primera vez que veo uno”, replicó Pellast.
“Tal vez. O tal vez los hayas visto más a menudo en el pasado, pero los confundiste con animales comunes porque no se dignaron a hablarte”, dijo Marcus.
—Mmm. Quizás —admitió Pellast—. Qué día tan extraño. Creo que me retiraré a descansar por esta noche.
—Supongo que debería hacer lo mismo —dijo Marcus, dándose cuenta de repente de que no estaba precisamente en su mejor momento. El dolor de cabeza no había desaparecido del todo, e incluso se sentía físicamente cansado. No sabía por qué una visión forzada podía provocar agotamiento físico, pero era innegable.
—No me gusta dormir a la intemperie así —dijo Pellast, chasqueando la lengua—. ¿Y si algo o alguien nos ataca mientras dormimos? Deberíamos turnarnos para dormir y vigilar.
—¿Y yo qué? —dijo Elid, acercándose a ellos—. Puedo vigilar el campamento mientras dormís. ¡No tengo nada de sueño!
«Hijo, eres mi orgullo y mi alegría, pero no confío en ti para esto», dijo Pellast. «¿Cuántas veces me has dicho esto antes, solo para que al despertar por la mañana te encontrara roncando a mi lado? Dado lo extraño que ha sido este día, no me atrevo a correr riesgos».
—Solo fue una o dos veces… —murmuró Elid, avergonzada.
“Sinceramente, en mi opinión, no hay necesidad de que ninguno de nosotros se quede despierto”, dijo Marcus. “Si alguien intenta hacernos daño, Chompy nos defenderá”.
—¿Chompy? —preguntó Elid con curiosidad—. ¿Quién es ese?
“¿Otro animal que habla?”, adivinó Pellast.
—No, es mi elemental de tierra invocado —les dijo Marcus—. Nos ha estado siguiendo bajo tierra todo este tiempo, listo para defenderme si me encontraba en peligro.
Lamentablemente, Chompy no reconocía las "visiones hostiles" como un peligro. Sin embargo, si Pellast y su hijo hubieran sido lo suficientemente crueles como para intentar matar a Marcus mientras estaba inconsciente, el elemental los habría aplastado antes de que pudieran siquiera gritar. Lo mismo le habría sucedido a cualquier animal salvaje que intentara atacarlo.
Golpeó el suelo con su bastón siguiendo un patrón específico, provocando que la tierra temblara a su lado por un instante. Un segundo después, un enorme gusano hecho de tierra y rocas emergió de la tierra, sin apenas causar alteración alguna en los alrededores. Se enroscó alrededor de Marcus como una serpiente, moviendo la cabeza en todas direcciones para inspeccionar su entorno. Su cabeza carecía de ojos y estaba rodeada de dientes triangulares de un blanco nacarado; cuando la apuntó hacia Pellast y su hijo, estos retrocedieron inmediatamente un par de pasos.
Por suerte, eran un poco más resistentes que la mayoría de la gente y no huyeron despavoridos. Marcus se sintió satisfecho de que su confianza en ellos no hubiera sido en vano. Probablemente ayudó que Chompy no hiciera ningún movimiento agresivo hacia ellos.
Acarició la cabeza del gusano con cariño, y Chompy chilló con un tono agudo que no parecía corresponder a una criatura tan espantosa.
—¿Esto ha estado a tu lado todo este tiempo? —preguntó Pellast con temor.
—Sí —confirmó Marcus—. Los elementales de tierra pueden deslizarse sin esfuerzo por la tierra, así que no tuvo ningún problema en seguirme mientras nos desplazábamos. Si bien no es muy fuerte, puede ahuyentar animales salvajes y otras amenazas menores. Incluso si nos ataca algo que no puede controlar solo, hará mucho ruido y nos despertará. Y lo mejor de todo es que no necesita dormir. Puede cuidarnos durante la noche sin dificultad.
—Eso no es… quiero decir, ¿qué habría pasado…? —intentó decir Pellast—. No, no importa. Estoy cansado. Ha sido un día largo. Me voy a dormir.
—Ejem… —Elid vaciló antes de decidir no decir nada. Simplemente siguió lanzando miradas temerosas a Chompy hasta que el elemental de tierra se hundió en la tierra y desapareció de la vista.
Sin importarle su angustia mental, Marcus sacó una manta de su mochila y rápidamente se preparó una cama improvisada con la soltura de quien ya la conocía. Llevaba varias semanas durmiendo a la intemperie, así que para él era algo perfectamente normal.
Se quedó profundamente dormido casi inmediatamente después de acostarse.

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Zenith de la Hechicería (Novela)
Capítulo 2
Zenith de la Hechicería (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Zenith de la Hechicería (Novela), un novela. Tras años de exilio, Marcus regresa a casa Como mago poderoso y sin apenas rivales, Marcus habita un mundo repleto de monstruos y usuarios de magia de gran poder; muchos de ellos guardan cuentas pendientes con él. Sin… Este capítulo tiene publicado el 23 de julio de 2026, Traducido por el grupo Darkar16. Zenith de la Hechicería (Novela) tiene 42 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.