Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 213 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 213: La Sombra sobre el Festival, Traiciones Nobles y la Calma Inquieta
Punto de vista: Hina Sánchez, Gabriel, Misael Sasai, Haruto, Lkeys, Rai, Alefa, Sara y Perspectiva General
Escena 1: La Evolución de la Tormenta y las Profecías del Abismo
Astaroth, confiado en su intelecto superior, observaba desde las sombras del campo de batalla. Había trazado cada movimiento, cada sacrificio, con el único fin de hacerles creer a sus oponentes que la victoria estaba al alcance de sus manos. Su estrategia era perfecta, o al menos eso creía, mientras sus planes seguían ejecutándose con una precisión quirúrgica.
Sin embargo, un escalofrío recorrió su esencia demoníaca.
—Espera un momento... ¿qué es eso? ¿Qué estoy viendo?
El foco de su desconcierto era Hina. La humana había cambiado de repente; no era solo su postura, sino la naturaleza misma de su energía. El aire a su alrededor comenzó a espesarse, volviéndose lento, pesado, como si el tiempo se resistiera a avanzar cerca de ella. Sus ojos, antes decididos, ahora reflejaban algo mucho más horrible, una profundidad aterradora que no pertenecía a este plano.
Sara y Melissa, quienes luchaban a su lado, sintieron el cambio de inmediato. Un instinto primario de supervivencia las golpeó con fuerza.
—¿Acaso...? —exclamaron ambas al unísono, compartiendo un pensamiento que no se atrevieron a pronunciar.
Sin dudarlo, ambas se alejaron en un retroceso épico, ganando distancia antes de que la presión atmosférica colapsara. Hina, en el centro del caos, levantó su espada de oscuridad. En su otra mano, la luz comenzó a condensarse hasta materializar una segunda hoja de un color celeste cielo, brillante y pura.
Sin mediar palabra, Hina desató su ataque combinado. La magnitud del golpe superó cualquier cálculo previo; la colisión de luces y sombras creó una onda expansiva que devoró el terreno. Astaroth, por primera vez en siglos, sintió el peso de la vulnerabilidad. Intentó levantar sus defensas, pero el poder era devastador: no logró bloquearlo por completo, y el impacto lo arrastró hacia el abismo de su propio error.
El viento nos envolvía, agitando nuestro cabello mientras contemplábamos la magnitud de aquellas explosiones. Cuando el humo comenzó a disiparse, la imagen era dantesca: Astaroth yacía completamente destruido, sin brazos, sin piernas... apenas un resto de lo que fue.
El ataque de Hina había evolucionado de forma aterradora, alcanzando el nivel de la Pirámide de la Muerte, la técnica de Carlos. Era, sin duda, una de las habilidades más peligrosas del mundo entero, capaz de aniquilar a un ejército completo con un solo movimiento.
Josué observaba la escena en silencio, pero Astaroth, en su último aliento, fijó su mirada únicamente en él.
—Algún día, Hina... verás caer al mundo frente a tus ojos —sentenció con una voz que parecía brotar del mismo infierno—. Cuando tu propio hijo acabe con la humanidad él solo... aunque las derrotas serán su mayor debilidad, pues jamás podrá proteger a nadie.
—Oye... deja de mirar a mi esposo, hijo de mil perros.
La voz de Hina hizo que lo poco que quedaba de Astaroth temblara. Sus palabras no fueron un grito, sino un susurro cargado de una mirada siniestra y peligrosa, una promesa de que el sufrimiento del demonio apenas estaba comenzando.
Hina estaba a punto de dar el golpe final y borrar a Astaroth de la existencia, cuando Gabriel intervino, deteniéndola en seco.
—Vaya, vaya... nunca pensé que fueras a evolucionar, niña astuta.
«¿Pero qué demonios...?», pensó Hina, sintiendo cómo la presión en el aire cambiaba drásticamente con la sola presencia de Gabriel.
Sara clavó su mirada en él, mientras sentía un peso muerto a su lado: Melissa se había desmayado. Había llegado a su límite absoluto.
—¡Mierda! No despiertes todavía, "yo"... aún tengo que pelear —susurró Melissa para sí misma mientras perdía el conocimiento.
Sara la sujetó antes de que golpeara el suelo. Hina y Gabriel se miraron fijamente por segunda vez. La tensión era tan alta que parecía que el espacio mismo iba a agrietarse.
—Me sorprende que sigas viva, niña arrogante —soltó Gabriel con desdén—. En fin, este encuentro se acabó. Me llevaré a Astaroth; ya vi de lo que eres capaz.
Mientras se preparaba para retirarse con los restos del demonio, un pensamiento sombrío cruzó la mente de Gabriel:
«Esa mujer puede evolucionar más. Si dejamos que llegue a ese punto, será una amenaza tan grande como sus hijos... Ellos son mucho más aterradores que su propia madre. Pero ninguno de ellos le llega a los talones a lo que fue Carlos Tanaka Sánchez a sus 32 años... Él es la verdadera amenaza ante todos ellos. Solo una persona puede entenderlo realmente... Shiro Shimizu, todo es tu culpa. Creaste un arma tan maligna que incluso un dios no era capaz de vencerla. Pero ahora que es un niño... ahora no es nada».
Gabriel esbozó una sonrisa gélida mientras sostenía los restos de Astaroth, sus pensamientos volando hacia el tablero que él mismo había configurado.
«Pero ahora que él recuerda quién es... todo se encamina directo hacia mi plan. Ahora, el siguiente paso es ver qué hará Lucifer con Gojo Akinori. Su familia es la que debemos aniquilar».
Hizo una pausa, mirando hacia la nada, como si pudiera ver a través de las dimensiones.
«Además de eso, al menos tenemos a un traidor entre las doce grandes familias. Espero que no me decepciones... Misael Sasai».
Escena 2: La Sombra de las Doce Grandes Familias
—Mientras te mantengas al margen, no nos importará lo que hagas. Además, nadie sabe lo que hiciste estos últimos veinte años, Sasai... Espero que jamás olvides nuestro trato.
Lejos de allí, en una sala que emanaba un aura de autoridad absoluta, las Doce Grandes Familias se encontraban reunidas. En el centro de todo, el líder indiscutible: Rafael Akinori, un hombre cuyo poder le otorgaba el primer lugar tanto a él como a su linaje.
—¿Ocurre algo, Misael? Te noto más extraño de lo habitual —preguntó Rafael, observándolo con detenimiento.
—No es de tu incumbencia —respondió Misael, sin apartar la mirada.
—Oye, oye, vamos, no seas tan incrédulo, Misael —intervino Kenzo, uno de los Reyes de la Lanza, con tono burlón—. Deberías recordar que estás en el cuarto lugar. Recuerda que tú, Josué y el idiota de Cecilio han estado compitiendo como tontos por el top dos.
—¿Oh, en verdad piensas eso? —dijo Cecilio Aguilar, acomodándose en su asiento—. Déjame decirte algo, Kenzo: no olvides el error que cometiste hace algunos años en la ceremonia. Además, el que está en el top dos es de la Familia Two.
—Hablas de esa mujer, ¿verdad? Esa nunca ha aparecido en nuestras juntas...
—¿Tú qué opinas, Joshua? —preguntó uno de los presentes.
—Nada mal para dormir un buen rato —respondió Joshua Albarca, con desinterés absoluto.
De pronto, la atmósfera se volvió más tensa cuando uno de los líderes se dirigió nuevamente a Misael:
—Parece que estás de mal humor. Deberías reflexionar sobre tus...
—¡Oye! ¿Quién te dio derecho de hablar sobre cómo debo tratar a mi hijo? —estalló Misael, interrumpiéndolo.
—No es que quiera meterme en asuntos ajenos, pero no voy a aceptar que hayas tratado así a tu esposa e hijo. Ellos nunca esperaron que cambiaras de esa forma; confiaban en ti. No sé qué te pasó, Misael. Cuando fuiste elegido como uno de los Grandes, eras alguien admirable, alguien digno de respeto... ¿pero ahora? Ahora no eres ni la sombra de ese hombre.
Misael no pudo contenerse más; la furia desbordó su juicio y, en un movimiento relampagueante, blandió su espada apuntándola directamente hacia el frente.
—¡Ya basta, ustedes dos! —intervino Haruto, de la Familia Real, con una autoridad que pesaba en toda la sala—. Tú, Misael, deberías retirarte ahora mismo.
—Yo pienso que no es mejor dejarlo ir, su majestad —una voz femenina y gélida resonó en el recinto.
—Vaya, no pensé que tú estarías aquí, Lkeys.
—No esperaba menos, Haruto. Al igual que tú, yo soy la última de las Doce Grandes Familias —respondió Lkeys con serenidad—. Después de los desastres que han estado ocurriendo estos años, ya es momento de que hablemos sobre los Abismales y los Siete Asmales de la Calamidad. Y también sobre los dioses... sobre todo la mayor amenaza: el Dios Nocturno.
—Es verdad —asintió Haruto—. La razón por la cual los reuní a todos ustedes, sabiendo que los demás no han podido venir por las misiones que les encargué, es un tema bastante delicado. Se trata de tu esposa, Rafael; ella nos ha entregado una investigación magnífica. Pero hay un problema: hasta cierto punto de la investigación, todo apunta a que hay un traidor entre nosotros.
El silencio que siguió fue absoluto. Un aura pesada se manifestó en cada uno de los presentes, quienes abandonaron cualquier rastro de burla para tomarse la situación con una seriedad mortal.
—Y esto es algo grave para nosotros —continuó Haruto—. Kenzo, tú viste a ese dios, ¿verdad?
—Así es, lo vi entrando en una mazmorra —respondió Kenzo con el rostro ensombrecido—. Pero en el momento en que me vio, me atacó. Me usaron como sacrificio para que un Dios Antiguo me usara como títere. Si no fuera por Carlos, yo no estaría aquí en estos momentos. Es a él a quien le debo ese favor.
Al escuchar aquel nombre, Misael bajó ligeramente su arma, aunque su mente comenzó a trabajar a una velocidad peligrosa.
«¿Carlos, eh? El hijo de Josué...», pensó Misael, mientras una sonrisa retorcida aparecía en su rostro. «Ese mocoso tiene un talento único. Ojalá él hubiera sido mi hijo en vez del bastardo de Miguel. Un hijo bueno para nada no me sirve... Pero, ¿qué pasaría si convenzo a ese chico para que herede mi linaje de los Sasai? No sería una mala opción. Ojalá nos conozcamos en persona pronto, niño».
—El punto principal es que nuestro reino fue atacado por los abismales —continuó Haruto con tono sombrío—. Además, hay alguien distribuyendo una droga derivada del Dios Demonio de la Destrucción.
Lkeys se adelantó, rompiendo el silencio. Se acercó al trono e inclinó la cabeza con el mayor de los respetos antes de hablar.
—Esto va a parecer algo imprudente, Su Majestad, pero hay algo que deben saber: el hijo de Josué... ha sido sellado.
La noticia golpeó la sala como una onda expansiva. Algunos presentes se quedaron boquiabiertos, otros mostraron un enfado evidente, y unos pocos no pudieron ocultar el rastro de miedo en sus rostros. El silencio fue sepulcral hasta que Lkeys volvió a hablar.
—Eso no es todo.
—¿Hay más? —preguntó Rafael, con la mandíbula tensa.
—Así es, y es algo que les va a sorprender: la Heroína de la Esperanza sigue viva.
Rafael y Cecilio se levantaron de sus asientos casi al mismo tiempo, incrédulos.
—¿En serio? ¿Entonces ella está con vida?
—Así es. Ha sobrevivido. O, mejor dicho, no sabemos el motivo por el cual se escondió durante todos estos años. Y eso me dice que si comprobamos el estado de los otros héroes...
—Espera, espera un segundo, Lkeys —la interrumpió Haruto, frotándose las sienes—. No estarás pensando que...
—Efectivamente, Haruto. Existe la posibilidad de que solo hayan sobrevivido seis de ellos, contando a Sara.
Lkeys miró a cada uno de los líderes de las familias con una seriedad gélida.
—Recuerden lo que pasó hace mil años; la historia podría repetirse. Por favor, todos levántense.
Siguiendo la orden, los presentes se pusieron en pie. Haruto dio por finalizada la sesión con un gesto firme.
—Este asunto queda estrictamente dentro de esta sala. Se termina nuestra reunión por el día de hoy. Tengo que ir a inspeccionar el desastre personalmente; tal vez encuentre algo interesante ahí. Les comunicaré cualquier hallazgo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondieron al unísono, mientras la sombra de una nueva guerra comenzaba a cernirse sobre el reino.
Escena 3: Tras la Pista de la Espada de Exterminación
Todos se habían retirado, pero Lkeys y Rafael permanecieron en sus lugares, clavando la mirada en el Rey.
—¿No quieres que te acompañemos, Su Majestad? —preguntó Lkeys, rompiendo el silencio.
—¿Están seguros de que quieren ir? —respondió Haruto, dándoles la espalda mientras observaba a través de uno de los grandes ventanales.
—Así es. Yo, por mi parte, quiero investigar sobre la magia de sello; tal vez en el camino logre descifrar algo —añadió Lkeys con determinación.
Haruto suspiró, su voz cargada de una melancolía que rara vez mostraba ante los demás.
—A veces, en esta vida, todo el mundo pierde lo hermoso que hay... La luna podría brillar más en un mundo donde la paz nos salvara de esta realidad.
—Está bien, puede pensar en eso, Su Majestad, pero no olvide lo que usted me prometió —intervino Lkeys, cruzando ambos brazos sobre su pecho en una postura firme y exigente.
Haruto se giró lentamente, sus ojos encontrándose con los de ella.
—Deberías saber muy bien que necesito esa espada.
—¿Hablas de la Espada de la Exterminación? —preguntó Rafael, sintiendo un escalofrío ante la mención de tal arma.
—Por supuesto —sentenció Lkeys—. Esa espada es lo único que me interesa, más que nada en este mundo. Sobre todo, tengo que ver cómo es que ese niño fue sellado tan fácil... ¿Acaso ese abismal es alguien tan peligroso?
—No sabes de lo que estás hablando, Lkeys —dijo Haruto, liberando una mirada asesina que congeló el ambiente—. Yo mismo lo vi cuando ese abismal, Robert, atacó mi reino. Josué fue astuto; si él hubiera usado todo su poder...
—Sí, lo sé, Rey. Sé de lo que es capaz Josué. Él no quería que los demás presentes vieran lo aterrador que puede ser... incluso Angélica lo sabe. Él es alguien que nunca se toma en serio las amenazas de los demás —respondió Lkeys con seriedad—. Lo único que debemos hacer ahora es intentar salvar a los demás reinos. Muchos han sido desterrados, borrados de la existencia. La gente busca refugio desesperadamente tras perderlo todo; solo quedan 50 reinos a salvo por el momento, siempre y cuando ellos no muevan otra pieza en el tablero.
—Bien, vámonos. Tenemos cosas por hacer.
Escena 4: Cenizas de Batalla y Promesas Ocultas
Se dirigieron al reino donde el caos era absoluto. El escenario era desgarrador: personas tendidas en el suelo, cubiertas de sangre, algunas habiendo perdido partes de su cuerpo. Al fondo de aquel desastre, se encontraba Josué, sosteniendo con firmeza a Melissa entre sus brazos.
Saleh y Alefa suspiraron aliviados al ver que la mocosa estaba bien, mientras que Angélica no podía ocultar su enfado con Melissa por su imprudencia. Rai, por su parte, estaba exhausto tras el esfuerzo sobrehumano que hizo para acabar con Shu.
«Nunca creí que junto a Alefa pudiéramos contra un abismal», pensó Rai, asombrado de su propio progreso. «Pero al derrotarlo, sentí cómo su voz seguía resonando en mi mente. Era una venganza eterna, llena de resentimiento y odio hacia Carlos...».
Rai bajó la mirada, sumido en sus reflexiones.
«Ellos saben más cosas de Carlos de las que nosotros imaginamos. ¿Qué tanto nos están ocultando? Esto está yendo demasiado lejos. Ya obtuvieron lo que querían: el tiempo necesario. Astaroth solo fue un comodín para medir nuestra fuerza. Están presionando por la Alianza y por el festival que vendrá en dos meses. Las 15 Grandes Academias se reunirán tras mucho tiempo: dragones, vampiros, elfos, enanos, semi-humanos... e incluso los dioses. Todos estarán ahí».
Una duda amarga cruzó su mente.
«¿Qué pasará cuando todos se enteren de que Carlos no participará? Me preocupa más su hermana, Karen... ¿Cómo lo tomará? Ella siempre ha estado pegada a mí desde que nos conocimos en su mansión, cuando Carlos nos salvó».
El corazón de Rai latió con fuerza al pensar en ella.
«¿Será que la atraigo? Sería hermoso estar con alguien como ella; no hay nadie en el mundo que pueda reemplazarla. Es única, como las flores de primavera... una sonrisa encantadora, una mirada capaz de conquistar a cualquiera. ¿Seré lo suficientemente bueno para ella? Quisiera saber más... si Carlos cumple su promesa de unir todas las razas en una sola academia, el sueño de Alefa... podría verla todos los días. Podría hablar con ella todo el tiempo».
—¿Te encuentras bien, Rai? —preguntó Alefa, acercándose a él—. Vamos, no te desanimes. Pronto encontraremos la forma de sacar a Carlos de ese sello maldito.
—¡Ahhh! —exclamó Rai, sintiéndose aliviado y extremadamente nervioso a la vez, con el rostro rojo. —Sí, era eso... solo estaba pensando en el sello...
—Ehhhhh, mmm... —una sonrisa juguetona apareció en el rostro de Alefa—. ¿En serio? Te noto muy tímido, Rai... jijiji. ¿No será que...?
—¡Oye, deja de pensar cosas que no son, Alefa! —replicó Rai, tratando de ocultar su sonrojo—. En serio, contigo nunca puedo estar tranquilo.
—Vamos, vamos, chicos, no se peleen —intervino Hina mientras caminaba junto a Sara, observando cómo los restos de la batalla parecían asentarse finalmente.
Sin embargo, el tono de Hina cambió de repente. Se detuvo y miró a su compañera; su voz sonó gélida, haciendo que Sara temblara de puro instinto.
—Hay cosas de las que tenemos que hablar tú y yo, Sara. Y esta vez... te haré muchas preguntas cuando regresemos a casa.
Sara se quedó en blanco por un instante, procesando la amenaza velada, pero rápidamente recuperó su compostura.
—Está bien, Hina, lo que tú digas... —respondió Sara, tratando de sonar firme—. Pero no quiero que estés llorando cuando sea yo quien te dé una santa regañada a ti también.
—¿Eh? ¿De qué estás hablando?
En lugar de responder, Sara la abrazó con fuerza mientras mostraba una sonrisa que destilaba una confianza peligrosa.
—No te preocupes, todo estará bien...
Pero por dentro, la mente de Sara era un hervidero de intenciones ocultas: «Pronto me desquitaré contigo de la manera más adorable y cruel posible...».

Continúa leyendo
The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 214
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 213
Estás leyendo el capítulo 213 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.