Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 184 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 184: La Huella del Dolor, la Traición del Imperio y el Tablero de Kronos
Punto de vista: Emanuel (El Caballero Oscuro), Carlos Tanaka Sánchez, Arlette, Consejo Directivo y Perspectiva General
La lluvia que comenzó a caer semanas atrás tras los acontecimientos de la Academia Ryouou persistía como una cortina gris y helada. Parecía un lamento constante sobre la tierra golpeada por la magia.
Escena 1: Las Huellas del Barro y el Espejo Oscuro
Emanuel continuó su marcha sin un rumbo aparente. Cada paso que daba dejaba una huella oscura sobre el barro; no era agua ni tierra manchada, sino energía abisal que emanaba de su propio cuerpo. Su espada vibró de nuevo. No reclamaba sangre; exigía un propósito.
A lo lejos, la silueta de la metrópoli se desdibujaba en la neblina. La misma ciudad por cuyos parques caminó sujetando la pequeña mano de Alicia, donde Jimena solía esperarlo con una sonrisa serena que lo hacía sentir capaz de resistir cualquier tormenta.
Ahora todo eso era un recuerdo. Un recuerdo que quemaba por dentro.
Cerró los ojos un instante. Las imágenes regresaron con la fuerza de una conmoción: Alicia corriendo hacia él con los brazos abiertos; Jimena riendo a pocos pasos; luego el fuego, los gritos sofocados y, finalmente, el silencio absoluto.
Emanuel abrió los ojos de golpe. Un pulso de energía oscura brotó de su cuerpo, haciendo vibrar los árboles cercanos como si una ráfaga huracanada los golpeara.
—No… —murmuró.
Su voz no expresaba ira; expresaba un vacío absoluto.
El monstruo no emergió inmediatamente tras la tragedia. Primero vino el dolor lacerante, luego la culpa paralizante, y más tarde la pregunta que terminó por romperlo: ¿Si hubiera sido más fuerte… ellas seguirían aquí?
La espada reaccionó a ese pensamiento. Oscuridad en estado líquido recorrió la hoja, extendiéndose como vetas negras. Emanuel fijó la mirada en el metal.
—Más fuerte…
Sus ojos morados brillaron con una luz antinatural.
En ese mismo instante, a leguas de distancia en los terrenos de entrenamiento de la academia, Carlos sintió una punzada en la nuca. Un estremecimiento involuntario recorrió su espalda, como si una presencia hubiera atravesado un límite invisible.
Freya levantó la mirada hacia las nubes plomizas.
—Algo se movió.
Lucia fruncio el ceño, sujetando la empuñadura de su arma.
—No fue Astaroth.
Era una vibración distinta. No pertenecía a una entidad demoníaca ni a un ser antiguo; pertenecía a un humano, aunque desgastado al punto de la ruptura.
De vuelta en el camino solitario, Emanuel alzó la espada lentamente. La lluvia no tocaba la hoja; se desviaba antes de alborotar la energía que la rodeaba.
—Si el mundo me convirtió en esto… —la energía comenzó a arremolinarse a su alrededor como un torbellino silencioso—… entonces que tiemble cuando decida moverme.
Sus pupilas se afinaron. Por un segundo, en el reflejo de la hoja oscura, no contempló su propio rostro, sino una sombra con cuernos proyectándose a sus espaldas. No era Astaroth ni Lucifer; era el fantasma de lo que terminaría convirtiéndose si dejaba que la devastación dominara su mente.
Ese pensamiento lo aterrorizó. La mano le tembló y la espada cayó al suelo con un impacto seco contra el barro. Respiró con dificultad mientras las gotas de lluvia se mezclaban con las lágrimas que finalmente brotaron de sus ojos.
—Alicia…
No deseaba la destrucción del mundo; solo deseaba que no le hubieran arrebatado el suyo.
A lo lejos, un trueno retumbó. El destino continuaba entrelazando dos senderos: Carlos, luchando por conservar su humanidad a través del entrenamiento y la cercanía de sus compañeros, y Emanuel, tambaleándose en el límite de la suya. Ambos terminarían por cruzarse tarde o temprano, no simplemente como héroe y villano, sino como reflejos de una misma tragedia.
Escena 2: El Precio de Haber Amado y la Sombra del Pasado
El dolor camina en silencio. Se sienta al lado, respira en el mismo espacio y aguarda. Emanuel lo comprendía bien: el dolor no era una simple maldición, sino el precio inevitable de haber amado. Sin embargo, el mundo solía tomar esa amabilidad para transformarla en debilidad.
En el Reino del Imperio yacían los verdaderos responsables. No fue obra del azar ni del destino; fue una traición ejecutada con frialdad.
Emanuel recordó el día en que regresó a su pueblo natal: el olor a humo denso, el silencio inusual en las calles y la imagen de sus padres colgados en la plaza principal, balanceándose al viento con los ojos abiertos. Aquella escena lo fracturó por completo, arrojándolo a un abismo donde la venganza resultaba más sencilla que el perdón.
Jimena fue quien lo sostuvo en aquel entonces, reconfortándolo durante las noches de pesadillas. La llegada de Alicia significó una oportunidad de redención, la vida pacífica que juró proteger. Pero la cúpula del Imperio lo utilizó, lo envió a misiones suicidas y finalmente lo traicionó, dejando solo cenizas a su paso.
Años después, al llegar a la ciudad imperial buscando pasar desapercibido, conoció a Carlos, Angélica, Saleh, Rai, Alefa y Melissa. Por un momento, se permitió bajar la guardia.
Emanuel contempló el cielo gris bajo la tormenta.
—Parece que fallé… ¿verdad?
Recordó la mazmorra de la academia, el diálogo sostenido con Carlos entre las sombras y el tenue fuego de las antorchas. Escuchó a ese chico hablar de protección, de volverse más fuerte y de evitar que otros sufrieran.
—No sabes quién soy… —murmuró mientras contemplaba sus guanteletes de metal oscuro.
La armadura no solo cubría su cuerpo; ocultaba su culpa y su historia. Carlos nunca supo que aquel hombre ya lo había perdido todo, ni que sus advertencias provenían de alguien que había recorrido ese mismo camino destructivo.
—Tal vez debí decirte la verdad. Pero si lo hacía… ¿qué habría visto en tus ojos? ¿Miedo? ¿Desprecio? ¿Lástima? Era mejor seguir siendo el desconocido. La sombra.
Sintió a lo lejos el destello de la energía de Carlos.
—No cometas mis errores… —expresó en un susurro dentro del casco—. No cargues todo solo. Porque el dolor… cuando se guarda demasiado tiempo… no solo destruye al hombre. Lo transforma en algo que ya no reconoce su propio reflejo.
Escena 3: La Sentencia de Melissa y el Recuerdo del Reino Platinos
Emanuel apretó los puños. La armadura emitió un crujido metálico.
—Además… aún hay alguien que tiene que matarme.
El nombre resonó en el interior del casco:
—Melissa… Espero que seas lo suficientemente fuerte cuando llegue el momento. Al menos… podría estar tranquilo si me derrotas. Después de todo… yo fui quien mató a tu padre.
El recuerdo atravesó su mente con la nitidez de una herida abierta: Henry, un caballero recto, leal y valiente hasta el final.
—A veces siento que su vida no debió terminar así —admitió para sí mismo.
Aquel enfrentamiento ocurrió durante el ataque al Reino Platinos del Amanecer, el mayor error de su vida. No luchaba por justicia, sino movido por la venganza acumulada. Los rostros de Mio, Masha, David y Sasha cruzaron su memoria hasta detenerse en el de Carlos a los doce años, erguido con una espada temblorosa pero firme entre las llamas del castillo.
—¡Estoy peleando para detenerte! —gritó el niño en aquel entonces—. ¡No permitiré que destruyas este reino! Dime, ¿quién te envió?
—¿Enviar? Estás equivocado —respondió Emanuel en aquel recuerdo—. A mí nadie me da órdenes. Vine aquí por una sola razón… para destruirlo todo.
—¿¡Destruir!? ¿Por qué? ¿Qué te hizo este reino para que tomes una decisión tan drástica?
—Hay cosas que tú no sabes… Solo eres un niño.
—¡Tienes razón! —replicó el pequeño Carlos—. ¡Pero hay cosas que no puedo dejar pasar!
—¿Y qué harás al respecto? ¿Enfrentarme tú solo?
—¡Sí! ¡Si tengo que darlo todo por detenerte, lo haré! ¡Incluso si muero en el intento!
—Veamos si tus palabras valen algo, niño. No me decepciones.
Emanuel revivió el choque de sus espadas. Lo que nunca olvidó fue la determinación en la mirada del joven.
—Fui yo quien cruzó la línea primero —reconoció Emanuel mientras la lluvia cesaba paulatinamente—. Melissa tiene derecho a odiarme. Carlos tiene derecho a quererme detener.
Sostuvo nuevamente la espada de oscuridad.
—Si el día llega… no huiré. Si Melissa me enfrenta, si Carlos descubre la verdad, si el pasado regresa a cobrar la cuenta… no pediré perdón ni suplicaré. Pero tampoco me esconderé.
Miró las murallas del Reino del Imperio desde la colina nevada.
—¿Qué fue lo que hice mal…? ¿Es mucho pedir… haber sido feliz? Ni siquiera pude protegerlas…
Observó la fortaleza imperial con la mirada endurecida. Adoptó una nueva identidad, una armadura distinta y un nombre diferente, pero la culpa continuaba intacta.
—Necesito respuestas. Si ellos fueron los responsables de la matanza de los caballeros… no solo me arrebataron todo, sino que están borrando sus huellas.
Escena 4: Las Piezas en la Academia y la Manipulación de Arlette
En la sala de reuniones del Consejo Directivo de la Academia Ryouou, la atmósfera permanecía densa. El director observaba a través de los ventanales mientras William y Nicolás se mantenían de pie junto a los mapas de despliegue.
—Esto no tiene sentido —señaló William—. Si lo que mencionó el director sobre los informes es correcto…
—Debemos aceptar la posibilidad —respondió el director con voz grave—. Hubo estudiantes que cayeron por error en los últimos altercados. Pero la verdadera incógnita es… ¿cómo se manifestó el Dios Nocturno en ese punto?
—Lo sé, William —intervino Nicolás—. Pero en este momento no tenemos margen para especulaciones.
Unos golpes suaves resonaron en la puerta de madera.
—¿Quién es? —preguntó William.
—Soy yo, profesor.
Arlette ingresó al recinto con paso firme.
—Sé que esto sonará inoportuno, pero necesito ayuda… y licencias de salida.
William entrecerró los ojos.
—Solo quedan dos meses para el torneo y el evento más importante del año.
—Lo sé —sonrió ella con una expresión calculada—. Y necesito que Carlos se mantenga alejado de la academia a partir de este momento.
El ambiente en la sala se volvió tenso.
—¿Qué estás proponiendo exactamente? —cuestionó Nicolás.
—Que lo asignen a una misión fuera de los sectores convencionales. Cuando llegue el festival… él tiene que estar listo.
—¿Sabes cómo reaccionarán sus compañeros si lo separas del grupo de entrenamiento? —preguntó William.
—Por eso nadie debe saber la verdadera naturaleza del traslado.
El director fijó sus ojos en Arlette.
—Te preocupas demasiado por él, señorita Arlette.
Ella inclinó la cabeza apenas un milímetro.
—Lo hago porque es cercano a Gojo Akinori. Y además… es un asunto de interés personal. Mi familia es reconocida por la producción de armamento y canalizadores mágicos; saben bien el peso de nuestro respaldo para la academia.
—¿Estás intentando negociar una condición? —preguntó Nicolás.
—Prefiero llamarlo colaboración estratégica —respondió cruzando las manos detrás de la espalda—. Quiero que envíen a Shiro, a Lucia y a Miguel al territorio del Polo Norte. Hay una ciudad abandonada donde el aire congelado está afectando a los pobladores periféricos. Algo está desestabilizando el núcleo elemental del lugar.
—¿Y respecto a Carlos? —indagó el director.
—En otra dirección. Totalmente separado. Escuché rumores sobre la presencia de un individuo registrado bajo el alias de Black. No figura en los archivos oficiales, y eso requiere verificación. Pero me preocupan las personas que aún residen allí.
William dejó escapar un suspiro.
—¿Y qué hay de la supervisión de Kimberly?
El nombre provocó una breve pausa en el rostro de Arlette.
—Es refinada, eficiente y formal —respondió Arlette con una sonrisa estricta—. Pero su risa… no me agrada. No quiero que me arrebate lo que considero mi responsabilidad.
Escena 5: La Amenaza de Kronos y la Desesperación de Carlos
El tono de Arlette cambió abruptamente, volviéndose sombrío.
—Por cierto, William… hay algo más grave. Escuché sobre la tensión reciente entre Carlos y Dani. Sus propios hermanos podrían terminar enfrentándolo a muerte. Todo lo que este mundo ha impuesto sobre él es una carga excesiva.
—¿A dónde quieres llegar con esto? —preguntó William.
—¿Saben de lo que es capaz Kronos? Esto se está saliendo de control. Debemos intervenir antes de que mueva sus influencias. ¡No pueden pasarlo por alto!
El director cerró los ojos brevemente antes de responder:
—Señorita Arlette… lamento decirte esto: es imposible detenerlo en este momento.
Ella dio un paso atrás.
—¿Imposible?
—Está por encima de nuestras atribuciones administrativas —continuó el director—. No solo por el estatus de su linaje, sino por la red de alianzas que ha consolidado.
—Tiene influencia en reinos vecinos, acuerdos de suministro militar y consejeros dentro de la cúpula —añadió William con amargura.
—Kronos no opera de forma directa —murmuró Nicolás—. Manipula el entorno.
—¿Entonces solo nos queda observar? —cuestionó Arlette con los puños apretados.
—No —negó el director—. Pero no podemos proceder sin pruebas irrefutables. Si formulamos una acusación sin fundamentos, comprometeremos la estabilidad de la institución. Si Kronos decide intervenir abiertamente, no será un conflicto de entrenamiento; será una confrontación política y militar.
Arlette apretó los puños.
—Carlos no está preparado para un escenario de esa escala.
—Precisamente por esa razón —concluyó el director— debemos mantenerlo fuera del tablero político el mayor tiempo posible.
Arlette caminó hacia el ventanal que daba al patio de entrenamiento. Abajo, Carlos continuaba ejecutando movimientos de espada en soledad. Golpe tras golpe contra los postes de práctica. Sus vendas estaban manchadas y su respiración se notaba agitada, pero no se detenía.
—No quiero que lo utilicen como una herramienta —murmuró ella.
—Nadie en esta sala desea eso —respondió Nicolás.
—No —corrigió Arlette sin apartar la vista del patio—. Algunos sí lo desean.
Arlette respiró con dificultad.
—¿Saben cómo terminará esto si Natsuki, Yue o sus propios hermanos deciden intervenir? Carlos ha cambiado, se ha esforzado. Saben bien que al principio le costaba dominar su magia. Pero ahora se está destruyendo en el entrenamiento. Tiene heridas sin cerrar y su cuerpo está al límite.
—Eso no es fortaleza… es desesperación —comentó Nicolás en voz baja.
—Es determinación —aseguró Arlette—. Lucia también alcanzó un nivel alto por pura disciplina. Ninguno de los dos nació siendo un genio absoluto; se construyeron a sí mismos.
El director observó la escena a través del cristal.
—Y eso es precisamente lo que me preocupa. Alguien que se construye enteramente desde el dolor… puede romperse con mayor facilidad si vuelve a sufrir una pérdida.
Abajo, Carlos cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. Se apoyó en la empuñadura de su espada, respiró hondo y volvió a ponerse de pie para retomar la postura de guardia. Sus manos temblaban, pero no dio un solo paso atrás.
—Él no es débil —afirmó William.
—Entonces actúen en consecuencia —respondió Arlette girándose hacia ellos—. No lo encierren ni lo subestimen, pero tampoco permitan que se consuma solo. Si Kronos intenta utilizarlo, no lo hará mediante la fuerza bruta; apelará a su culpa y a su necesidad incondicional de proteger a los demás.
Arlette miró al director antes de dirigirse hacia la salida.
—Denle una razón para no cargar con todo de manera aislada. Porque si continúa por este camino… no será Kronos ni Astaroth quien lo destruya. Será él mismo.
En el patio, Carlos alzó la espada una vez más contra el viento frío. Sus ojos reflejaban la madurez forzada de alguien que comprendió la crueldad del mundo, pero que, a pesar de ello, elegía mantenerse en pie.

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