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Leer SoulShard (Novela) Capítulo 21 online gratis en español

Cuando volvieron del comedor, los cuatro encontraron cerrada la puerta de la sala de entrenamiento. Katja apoyó el pulgar en el panel del costado y se abrió la puerta. Se quedó parada en el marco. El piso estaba lleno de marcas de suela, con dos rajaduras en el centro y manchas de sangre en un camino que iba y volvía entre la pared de las gradas y el lugar donde ella había estado esa mañana. Dmitry llegó detrás y miró por encima de su hombro. —¿Qué le hiciste al muchacho? —Esto no estaba así cuando nos fuimos. Mariya pasó entre los dos y cruzó la sala hasta el soporte del fondo, donde las espadas estaban en su lugar, con los mangos manchados. Se volteó y fue derecho a la puerta. —Voy a buscarlo. Búsquenlo por aquí. —Está bien —dijo Dmitry, pero Mariya ya se había ido. Katja encontró el baño del pasillo con la luz prendida y el lavamanos manchado de sangre. Dmitry se asomó. —Uf. Aleksei llegó último, con la toalla todavía al hombro, y miró la sala y el baño sin cambiar la cara. —Bueno. Esto sí es una odisea. ◆ ◆ ◆ Sarov había salido del cuartel y caminaba por la primera calle que agarró, mareado. La gente le miraba las manos, después la cara, y apuraba el paso. Una mujer se cruzó a la otra acera. A Sarov no le importaba ninguno. Iba pensando en el momento en que las espadas se le habían vuelto livianas, pero la sensación se le escapaba igual que en la sala. «¿Por qué me siento bien después de todo eso?» Una mano lo agarró del brazo. Se volteó en guardia, antes de ver quién era. —¡Oye! Oye, soy yo. —...¿H-hola? Mariya estaba sin aire de venir corriendo. Sarov tardó un momento en reconocerla, y después sonrió. —¿Cómo te fue comi... Mariya fue a abrazarlo y se frenó a mitad de camino. —Sarov. —¿Sí? —¿Qué es toda esa sangre? Sarov se miró las palmas. —Estaba entrenando. ¿Es malo? Mariya le tomó las dos manos por las muñecas y se las giró hacia la luz. Las tenía en carne viva. —Con estas manos no sales pasado mañana. Ven conmigo. Sarov la siguió por una avenida que no conocía. —¿Qué pasó? —preguntó ella, después de media cuadra. —Quise hacer otra vez lo de la mañana. —¿Y? —No pude. Lo intenté mucho rato y no salió ni una vez. Mariya asintió. —Pero pasó algo bueno —siguió Sarov. —¿Qué cosa? —Al final, cuando ya no daba más, se me pusieron livianas y se me cayeron de las manos. Mariya frenó en seco en medio de la acera. —¿Te refieres a las espadas? —Ajá. —¿Y salió una estela verde? Sarov la miró. —Sí. ¿Cómo lo sabes? —Porque es tu pacto, Sarov. Mariya siguió caminando y él tuvo que apurarse para alcanzarla. —¿Mi qué? —Después te cuento, es largo de explicar. Escúchame. La estela. ¿Qué tan gruesa era? —¿Gruesa? —El verde. ¿Era una franja ancha o una línea? Sarov cerró un ojo, tratando de volver a verlo. —Fina. Muy fina. Como un hilo por todo el borde. Mariya siguió mirando al frente. «Fina», pensó. «Se destrozó las manos toda la tarde y le salió fina.» —Bien. Está bien. —¿Bien es bueno? —Bien es muy bueno. Camina. La zona de recuperación general ocupaba tres manzanas. Sarov la estudió desde la acera de enfrente antes de cruzar: un edificio ancho y bajo, sin una sola ventana a la altura de la calle, y gente uniformada de blanco entrando y saliendo a paso rápido. En la entrada, Mariya puso el pulgar en un panel. Sarov no podía: el chip se le había quedado en el armazón, en la sala de reuniones. La mujer del mostrador habló sin levantar la vista. —¿Y su Red de Escuadra? Mariya miró a Sarov, y Sarov alzó los hombros. Mariya volvió a mirar a la mujer. —Él tampoco tiene acceso. La mujer lo anotó. —Sala 22B. Segundo piso, segunda puerta a la derecha. Había ascensores al fondo. Subieron por la escalera porque Mariya no quiso esperar. La sala era chica: una camilla, una silla y un timbre rojo al lado de la cabecera. La enfermera abrió la puerta de un empujón, con un traje blanco de cuerpo entero y guantes hasta el codo. —¿A quién le aplico el suero? Sarov levantó las dos manos, y ella se las miró. —Siéntese. Sarov se sentó en el borde de la camilla. La enfermera le subió la manga y le clavó la aguja en el hombro sin avisar. Sarov siseó y se llevó la otra mano al brazo. —No —dijo Mariya. —Pero... —No lo toques. La enfermera fijó el tubo con una cinta y fue hacia la puerta. —Si necesitan algo más, avisan con el timbre. Y se fue. Mariya se sentó en la silla y sacó el teléfono. —Mariya. —No. —No dije nada. —Ibas a decir lo mismo. —...¿Ya? —No. Sarov se dejó caer de espaldas sobre la camilla y se puso a mirar el techo. Le dolía el hombro. —Mariya. —Que no. —Es que me pica. —Se supone que pica. —¿Y si me lo saco un ratito y me lo vuelvo a poner? —Sarov. —¿Ya? Mariya bajó el teléfono. —Ugh. Compórtate. Al rato, cuando Sarov por fin se quedó quieto, se le vino encima. El corte en el aire. Los bordes oscuros y el centro blanco. Las líneas azules bajando desde unos ojos grises, y la cara sin cejas mirándolo tranquila desde el otro lado. Le duró un parpadeo. Contuvo el aire, con el corazón golpeándole. Buscó a Mariya para decirle algo, pero no supo por dónde empezar. Ella estaba con el teléfono otra vez, leyendo algo. Katja había mandado dos fotos a la Red de Escuadra: el piso de la sala y el lavamanos del baño. «hace cuánto que no lo veíamos hacer algo así» Anya contestó enseguida. «eso es parcialmente bueno. depende de para qué lo esté usando» «alguien le preguntó a él?», escribió Dmitry. «no tiene con qué», contestó Nikolai. «El chip solo dice si está vivo. No tiene comunicación.» «ah. cierto» «y es un poco brutal para alguien con amnesia», agregó Nikolai. Y abajo de todo, sin contestarle a nadie, apareció Liling. «es Sarov» —Mariya. —Sarov, falta. Tranquilo. Sarov se había apoyado en un codo. —No, no es por eso. ¿Qué es eso que tienes en la mano? Mariya levantó la vista. —¿Esto? —Ajá. Mariya lo miró, a ver si le estaba tomando el pelo, y después se subió a la camilla a su lado, empujándolo con el hombro para que le hiciera lugar. —Es un teléfono. Era chico, todo pantalla, con el borde gris. —¿Y por qué es tan feo? Mariya se rió. —Dicen que antes eran de colores. Con dibujos y todo. Le mostró la parte de atrás. —Ahora nadie fabrica nada que no sirva para algo. Así que son todos así. —Ah. —Mira. Esto es de nosotros. Le acercó la pantalla y le fue bajando por los mensajes. Sarov no entendía la mitad, hasta que llegaron a las fotos. —¿Eso es la sala de entrenamiento? —Ajá. —...La dejé bastante sucia. —La dejaste asquerosa. Sarov bajó la cabeza. —Perdón. Mariya se encogió de hombros, sin dejar de mirar la pantalla. —No pasa nada. De hecho eso era muy tuyo antes. Sarov subió la cara. —¿Eso es bueno? Mariya se volteó para mirarlo. Lo tenía cerca, y ahí lo vio: el gris del borde del iris se le había abierto más adentro del negro. Poco, pero ella llevaba años mirándole esos ojos. —No sé. Cuando el suero se terminó, Mariya le despegó la cinta del hombro y le arrancó la aguja de un tirón. —¡Au! —Listo. —¡Avisa! Sarov se sobó el hombro y se frenó a mitad del gesto. Las heridas de las palmas se habían cerrado, con la piel nueva rosada en los bordes. Cerró los puños y los volvió a abrir. Nada. —¿Cómo funciona esto? —Te cierra las heridas con lo que tengas en el cuerpo. Por eso picaba. Mariya guardó el teléfono, se bajó de la camilla y estiró la espalda. —Vamos, que se hace tarde. Párate despacio. Sarov se paró. Y el piso se le fue. Se le aflojaron las rodillas, la sala se le corrió hacia la izquierda, y para cuando entendió que se estaba cayendo ya tenía la mejilla contra el suelo. Alcanzó a escuchar a Mariya gritando su nombre. Después dejó de escuchar. Y siguió cayendo. Tendría que haber terminado ahí. En cambio cayó sin viento en la cara y sin ningún ruido, tanto rato que dejó de saber si estaba cayendo él o si el lugar subía. Después, blanco. Y de frente, a la altura de sus ojos, había media cara. Iba de la punta de la nariz hasta el pelo, y de ahí para abajo no había nada: ni sangre, ni hueso, ni borde. La cara terminaba y después seguía el aire. Los ojos lo estaban mirando. Sarov se tiró para atrás. El talón se le enganchó con algo que no llegó a ver y se cayó de espaldas. Cuando levantó la cabeza, la cara ya no estaba. Ahora tenía adelante un antebrazo, flotando a media altura, cortado limpio en el codo y en la muñeca. La mano no estaba cerca. Sarov se quedó sentado en un piso que no era piso, respirando por la boca, y empezó a girar la cabeza. Ahí estaba el resto. El cuerpo estaba repartido por todo el lugar en pedazos sueltos, y los pedazos seguían y seguían: un hombro cerca, una rodilla mucho más lejos, un tramo de espalda arriba de todo, y detrás de cada uno había otro igual, y otro, hasta donde le llegaba la vista. Y entre los pedazos se movía alguien. Era él. Estaba sentado en el piso, girando la cabeza, y detrás de ese venía otro, y otro más, uno atrás del otro hasta el fondo, como cuando se ponen dos espejos de frente. Sarov miró al de más cerca. El de más cerca también lo miró. «¿Cuál soy?» Y ahí el lugar se puso lento. Un pedazo de pluma que caía cerca de su cara se frenó en el aire, y de ahí en adelante bajó tan poco que había que quedarse mirándolo para saber que todavía bajaba. Los otros Sarov dejaron de moverse. Él no se había frenado. El color se fue de todas partes. El lugar quedó gris, y al mismo tiempo había demasiada luz, tanta que los bordes de las cosas se le empezaron a borrar. Entonces bajó algo desde arriba. Era lo único con color que quedaba, y Sarov tardó en entender qué estaba mirando. Era él mismo. Tenía la misma cara y el mismo cuerpo, mejor cuidados: el pelo organizado, la piel limpia y los ojos rojizos. Detrás tenía alas blancas, grandes, con estelas doradas colgando de las plumas. De la espalda le salían rayos del mismo dorado, y con cada uno se le soltaba un pedazo. Arriba de la cabeza tenía un halo partido en dos mitades que giraban lento, cada una por su lado. Bajó hasta quedar delante de él, a la altura de sus ojos. —¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que me odiabas. Ladeó la cabeza. Y el lugar volvió a moverse. Primero terminó de caer el pedazo de pluma. Después se movieron los otros Sarov. Después todo lo demás junto. Había escaleras. Salían del piso, de los costados y de arriba, subiendo hacia cualquier parte, y algunas terminaban en nada. Pedazos cuadrados pasaban volando cerca, girando sobre sí mismos, sin chocarse nunca entre ellos. Las partes del cuerpo se movían cada una por su cuenta, cada una a su velocidad. En el medio de todo eso, el otro seguía en el mismo sitio, esperando la respuesta. Sarov se puso de pie y miró a todos lados, y después hacia arriba, con la boca abierta, buscando dónde terminaba todo aquello. —¿Tú eres Remiel? —Soy Remiel. Sarov tragó saliva. —¿Cómo hiciste para llegar aquí? —Yo existo aquí. —¿Qué? ¿Cómo que existes aquí? —¿Y cómo se supone que exista en otra parte, si tú y yo somos uno? Sarov endureció la cara. «Otra vez con eso.» —Deja de atormentarme, divinidad —dijeron los dos al mismo tiempo. Sarov lo dijo entre dientes, y Remiel, relajado, lo dijo con él sílaba por sílaba. Sarov se quedó helado. Remiel comenzó a caminar alrededor de él. —Sarov, ya es un hecho. Te toca masticarlo y tragártelo, aunque no te guste. Se agachó, agarró una pierna que flotaba a ras del piso y se la mostró. Era idéntica a las de Sarov. —Sin mí, hasta esta forma tan pobre que tienes de enfrentar las cosas sería imposible. La soltó a un lado y se le fue acercando despacio, y Sarov fue retrocediendo, igual de lento. —¿A qué te refieres? Remiel se detuvo. —Bueno. Tristemente, estamos desincronizados. Hazme un favor. Lo miró serio. —No hagas un escándalo mañana. Hoy es un nuevo día. Y el lugar empezó a cerrarse. Los pedazos que flotaban alrededor se le fueron acercando, las escaleras se le vinieron encima sin llegar a tocarlo, y el fondo, que hasta ese momento no tenía dónde estar, se le acomodó más cerca de la espalda. Y los otros Sarov empezaron a aparecer por todas partes. Primero apareció uno al lado, parado frente a Remiel igual que él. Luego otro del otro lado. Después arriba, abajo y atrás, cada vez más rápido, hasta que, mirara para donde mirara, estaba él. Levantó una mano para taparse la luz. Algunos de los otros todavía tenían la mano abajo, otros ya la tenían arriba y otros la estaban bajando. Los más lejanos seguían sentados en el piso, donde él había estado un rato antes. Y uno, un poco más adelante, daba un paso hacia Remiel con la mano estirada. —Es una pena que ya te tengas que ir —dijo Remiel—. Te voy a estar esperando. Empezó a caminar hacia el caos, tranquilo. Los pedazos que le faltaban se movieron a su alrededor mientras avanzaba. A mitad de camino se volteó a mirarlo. Sarov dio un paso hacia él y estiró la mano. Y la mano se le quedó estirada en el aire de otro lado. Estaba sentado en la cama, con la sábana enredada en las piernas. La ciudad entraba gris por la rendija de la cortina. Mariya dormía a su lado, de costado, con la cara hacia él y una mano metida abajo de la almohada. No se acordaba de haber vuelto. En la pared, arriba de la barra de la cocina, el reloj marcaba las 3:22. Bajó la mano y se agarró la cabeza con las dos. «¿Qué acaba de pasar?»
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Estás leyendo el capítulo 21 de SoulShard (Novela), un novela. Perdió la memoria por mi culpa. Despertó entre las ruinas de un mundo que ya no es de los humanos, y yo sigo aquí adentro, compartiendo con él un cuerpo y un alma que no pidió. Detrás de las murallas lo espera un… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026. SoulShard (Novela) tiene 24 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.