Leer SoulShard (Novela) Capítulo 19 online gratis en español
A la mañana siguiente, Sarov se volvió a dormir diez minutos después de haberse levantado.
Mariya lo vio caer de costado sobre la almohada y lo dejó. Faltaba mucho para las diez, la hora que había puesto Katja.
Se sentó en la barra de la cocina con el teléfono. En la Red de Escuadra había dos mensajes de Dmitry, los dos de la madrugada.
«es una injusticia esto. tres semanas. volvemos al infierno y encima de la peor forma»
«alek calentamos hoy?»
Aleksei le había contestado con un pulgar arriba.
En el baño, Mariya se miró al espejo de frente, y después de costado.
Había subido un poco de peso, lo suficiente para que lo notara ella.
Se frotó los ojos con fuerza y se volvió a mirar.
Seguía igual.
Suspiró y abrió la ducha.
Salió con el pelo mojado, se vistió y se fue a la cocina a hacer algo de comer.
En la cama, Sarov se revolvía con la mandíbula apretada.
El valle no terminaba nunca.
La niebla ahí era distinta a la de afuera de la muralla: más oscura, más espesa, y sin moverse con el aire. Sarov caminaba desde hacía rato y el terreno no cambiaba nada. Las paredes subían a los dos costados y se perdían arriba.
Miró a un lado y al otro.
Y en algún momento dejó de tocar el suelo.
No se dio cuenta enseguida: seguía caminando sobre nada, y subía sin poder frenarse.
Cuando volvió a mirar al frente, ya estaba ahí.
Un corte en el aire, del alto de una casa, con los bordes oscuros y el centro blanco. De adentro salían partículas disparadas hacia afuera, rapidísimas, que se apagaban antes de llegar al suelo. Acababa de abrirse.
Y del corte estaba saliendo algo.
Primero una mano. Después el brazo, y parte de un hombro ancho. Tenía forma de persona.
La cara ya estaba afuera.
La piel la tenía pálida y limpia de todo pelo: sin cejas y sin una sola sombra de barba. Sobre esa piel le bajaban líneas azules desde los ojos, encendidas contra la niebla oscura. Los ojos eran grises. La ropa le colgaba vieja y rota, y aun así brillaba.
Llenaba el corte completo.
Lo estaba mirando, tranquilo.
Sarov no se podía mover, y aquello siguió saliendo del corte. Todavía le quedaba la mitad adentro.
—Boo.
Sarov se despertó gritando.
Antes de terminar de abrir los ojos ya tenía la espalda pegada a la pared. El grito se le cortó cuando entendió dónde estaba.
A Mariya se le borró la sonrisa. Dio un paso atrás y levantó las dos manos.
—Oye. Oye. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Sarov respiraba corto y estaba sudando.
Miró el piso.
—No sé.
—¿Qué?
—No sé. Estaba en un... No. Ya no me acuerdo.
Mariya se sentó en el borde de la cama.
—Bueno. Relájate.
Se levantó y le trajo un plato a la cama.
—Toma, come.
Sarov lo agarró con las dos manos. Para cuando terminó ya casi no le temblaba nada.
Un poco antes de las diez llegaron a la sala de entrenamiento del pelotón, al final de un pasillo en el otro extremo del cuartel. La puerta tenía un panel de lectura al costado, con la luz en verde, pero estaba trabada con una cuña y nadie tuvo que apoyar el pulgar.
Acababan de limpiar el piso, y todavía olía a producto.
—Si no entiendes algo, díselo —le dijo Mariya en la puerta—. No te quedes callado.
—Bueno.
—En serio. Dile. Ella enseña bien.
Se fue a sentar a las gradas del costado.
Katja estaba en el centro de la sala, sentada en el piso con las piernas cruzadas y el ojo cerrado.
Tenía la katana nueva apoyada contra el hombro, en la funda, y del mango blanco le colgaba un adorno de bolas oscuras con dos tiras de tela en punta.
No abrió el ojo hasta que Sarov estuvo a unos pasos.
—¿Ya estás listo?
A Sarov le costó arrancar. Se preguntaba si de verdad había estado durmiendo ahí sentada, con la espada encima y todo. Y en el parche: se lo había visto puesto todas las veces, y a nadie del pelotón parecía llamarle la atención.
Se miró.
—Creo que no —dijo—. Pero lo voy a intentar.
Katja se levantó de una sola vez, sin usar las manos.
—Suave, Katja —dijo Mariya desde las gradas.
Ella ni se volteó.
—Sí, sí, tranquila. ¿Y tus espadas?
—¿Mis espadas?
—Las nuevas.
Sarov bajó la vista.
—No las traje.
A Katja se le cayeron los hombros.
Señaló el fondo de la sala con el mango de la katana.
—Bueno. Agarra cualquiera de las viejas tuyas. Están todas ahí. Da igual cuál, no vamos a perder media hora yendo a buscar las tuyas.
Al fondo, en un soporte aparte, había cuatro pares de espadas cortas. Dos brillaban y los otros dos eran oscuros.
Se llevó la mano a uno de los oscuros antes de decidirlo.
Pesaban más que las nuevas. Las movió una vez, corto, y el peso se las llevó más lejos.
Volvió al medio de la sala con una en cada mano y se paró frente a ella.
—Ya estoy listo.
Le salió serio, sin que se lo propusiera.
Katja bajó la katana del hombro.
—¿Te acuerdas de la teoría?
—¿De qué?
—De usar dos espadas.
Se acomodó la katana debajo del brazo.
—Casi nadie usa dos. De alguna manera, tú negaste eso. Decías que así atacabas más rápido, que podías presionar sin darle aire a nadie, y que en un lugar chico te servían más que cualquier otra cosa. La teoría es simple: con una cubres y con la otra atacas, y el otro nunca sabe de cuál cuidarse. Lo difícil es pensar con las dos manos al mismo tiempo.
—Ah.
—¿Te suena algo?
Sarov miró las espadas.
—No. Nada.
—No importa —dijo Katja—. Para eso te enseño de nuevo.
—¿De nuevo?
—Ajá. Antes tampoco sabías. Yo te enseñé lo básico y lo hacías mal igual. Después te terminó puliendo la Mártir. Yo solo puse las manos.
—¿La Mártir?
—La que te enseñó de verdad. Ya la vas a conocer. Está ocupada, lleva meses sin entrenar a nadie.
«Mejor», pensó Katja. «Mejor que no lo haya visto así todavía.»
Le señaló las manos con el mentón.
—Primero muévelas. Solo eso. Quiero ver si el cuerpo te responde.
Sarov levantó la derecha y la bajó.
—¿Así?
Katja se rió.
—Sí. Así está bien.
—Ah, bueno.
—Ahora ven.
—¿Cómo?
—Igual que acabas de hacer. Pero hacia mí.
Sarov dudó, y después cruzó la sala corriendo, bajó la derecha en recto y sacó la izquierda desde abajo, cada una por su lado.
Katja se movió apenas y las dos pasaron por donde ella ya no estaba.
«Mal», pensó. «Muy mal.»
En las gradas, Mariya se tapó los ojos con una mano.
«Esto va a ser durísimo.»
Sarov lo intentó otra vez, y otra. Katja no lo tocaba: daba medio paso, giraba el cuerpo, y las espadas cruzaban aire. En una de esas le enganchó el pie con el suyo y Sarov se fue de boca contra el piso.
—Perdón. Ese no lo hice a propósito.
Sarov se quedó en el piso, sin aire.
«Cómo pesan.»
Se levantó.
—¿Estás bien?
—Sí.
Y volvió a intentarlo.
Le siguió saliendo mal. Pero poco a poco los pies dejaron de cruzarse solos, la espalda se le enderezó y el peso empezó a caerle en la pierna correcta antes de cada golpe.
Katja dejó de esquivar. Empezó a desviarlo con la mano abierta, mandándole las espadas de largo, sin moverse del lugar.
Al rato lo detuvo.
—Espera.
Sarov frenó, jadeando.
—¿Qué pasa?
—Ahora empieza lo bueno.
Desenfundó la katana de un tirón corto, y el metal sonó en toda la sala.
Y Katja cambió. Tenía los pies donde los había tenido desde el principio y la misma cara. La mujer que le venía corrigiendo la muñeca ya no estaba enfrente.
Eso le pegó en el pecho antes de que entendiera qué era, y el cuerpo ya se había puesto en guardia: los pies abiertos, las rodillas flojas y las dos espadas delante de la cara.
Sarov le hizo caso al cuerpo.
—Ven de nuevo.
Sarov fue más rápido esta vez. Le tiró la derecha a la cabeza y la izquierda al costado, una detrás de la otra, y Katja paró las dos con la katana sin mover los pies. Él retrocedió, buscó el otro lado y volvió a entrar, y ella lo paró igual.
Hasta que atacó ella.
La katana le vino por la derecha, a las costillas, por donde él no estaba mirando. Sarov cruzó la izquierda por delante del cuerpo y la frenó antes de que llegara.
Katja lo miró por encima de las dos hojas trabadas.
«Por lo menos no se va a morir de una forma estúpida.»
Siguió atacando, pero le avisaba cada golpe con el hombro antes de tirarlo, y Sarov llegó a casi todos.
Y entonces se le fue el pie.
Fue un tropiezo tonto: el talón se le enganchó solo y el cuerpo se le fue hacia adelante, hacia adentro del golpe que ya venía bajando. Katja giró la muñeca para sacarle filo. No iba a ser suficiente.
Sarov sintió un corrientazo.
Le subió por la espalda y le llegó a los dos brazos al mismo tiempo, y no le pidió permiso para nada. El cuerpo se movió solo. Sacó la cabeza del camino con un giro corto de cintura, plantó el pie de atrás en el piso, y las dos espadas subieron juntas —juntas, por primera vez en toda la mañana— en un corte limpio de abajo hacia arriba.
Katja lo bloqueó a centímetros de la cara y el golpe la mandó varios pasos hacia atrás.
Se quedó ahí, con la katana todavía en alto.
Sarov seguía con los brazos arriba, mirándose las manos sin entender qué acababa de hacer con ellas.
Katja miró hacia las gradas.
Mariya ya no tenía la mano sobre los ojos. Estaba de pie.
«Hay algo de esperanza, entonces», pensó Katja.

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SoulShard (Novela) Capítulo 19
Estás leyendo el capítulo 19 de SoulShard (Novela), un novela. Perdió la memoria por mi culpa. Despertó entre las ruinas de un mundo que ya no es de los humanos, y yo sigo aquí adentro, compartiendo con él un cuerpo y un alma que no pidió. Detrás de las murallas lo espera un… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026. SoulShard (Novela) tiene 24 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.