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Leer Soma, Psyche & Pneuma (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
No hay universo ni mundo alguno, ni evidencia observable que pueda dar cuenta de tan perfecta y absoluta simetría; por tanto la escala de tal extensión sobrepasa toda imaginación humana, de suerte que ni la palabra más elocuente ni el pincel más diestro bastan para representarla, pues carece por completo de limitación temporal o espacial.
Yace allí una dimensión que ni siquiera merece ser llamada así —sino algo infinitamente mayor—, inundada por una luz más intensa que los mismos rayos del sol. Es el Tercer Cielo, y en su centro se alza un trono que no es de madera ni de oro labrado, sino una forma viva de zafiro purísimo, que de sí mismo exhala fuego y metal refulgente.
Aquel que sobre él se manifiesta tiene apariencia de bronce ardiente mezclado con llamas vivas, aunque tal descripción sea ambigua y jamás completa, pues también participa de la piedra de jaspe y de cornalina; de tal suerte que ninguna descripción mortal puede apresarlo del todo. Así mismo, rodeándolo por entero brilla un halo de luz verde esmeraldina, semejante a un arco de gloria o un campo de divina majestad.
Empero, no es un trono estático, sino un carro de fuego vivo, provisto de ruedas y rodeado de seres animados. De él brotan relámpagos, truenos y voces poderosas, y un aura de majestad divina lo envuelve por completo. Bajo sus pies se extiende un firmamento eterno, diáfano y brillante como cristal de hielo.
Y debajo de él están los cuatro Seres Vivientes, criaturas excelsas formadas por el Logos. Cada uno de ellos posee cuatro rostros de hombre, de león, de buey y de águila. Su figura es semejante a la humana, mas sus pies brillan como bronce bruñido, pulidos cual pezuñas de becerro. Cada uno posee cuatro alas: con dos cubren su propio cuerpo, y con las otras dos se tocan mutuamente.
Sin embargo, todo el cuerpo de estas criaturas excelsas se halla cubierto de ojos innumerables, de suerte que ninguna parte de su ser escapa a la eterna vigilancia divina. A sus lados las acompañan ruedas gigantes de crisólito refulgente, las cuales no son simples ruedas, sino una dentro de otra —semejantes a un giroscopio viviente—, que se mueve con libertad omnidireccional por los cuatro puntos del firmamento. Así, infinitos ojos las rodean por doquier, de modo que la visión divina lo penetra todo sin que nada pueda ocultarse a su mirada.
Frente al trono se hallaba una entidad arrodillada, con las manos sujetas a la espalda por cadenas de fuego vivo que ardían sin consumirse. Incapaz de alzar la mirada hacia las alturas, pronunció con voz quebrada:
—Elyon. Ya estoy aquí, tal como me fue solicitado. Reconozco que he sobrepasado muchos límites… pero esto es, sin duda, inexplicable.
Nadie respondió.
Solo los relámpagos tormentosos, como verdugos implacables, rasgaban el silencio sagrado con su furia incansable.
Su silueta era la de una mujer ásexuada, de una blancura tan pura como la de la porcelana más fina o el mármol recién tallado, surcada por grietas sutiles y frágiles. Su rostro carecía por completo de nariz, boca o carne mortal; solo existía una superficie lisa y oscura, casi enteramente negra, salpicada de diminutos puntos luminosos que no eran mera imitación, sino estrellas verdaderas. Un único ojo izquierdo, de una expresividad abrumadora, brillaba en aquella faz estelar.
En el centro de su pecho se abría una grieta profunda —casi un abismo—, de bordes angulosos y cortantes, poseedora de la misma textura cósmica que su rostro. Aquella fractura no era mera herida: era un cosmos interior, vivo y palpitante. Su cabello, largo pero jamás exagerado, caía liso y sedoso con el color suave de un verde pastel etéreo. Y su figura, de curvas pronunciadas y elegantes, poseía una belleza extraña y solemne que resultaba al mismo tiempo divina y perturbadora.
—Oh, ¿así que no piensan hablarme? Jeje, ya veo. Deben estar furiosos, claro. ¿Cómo no? He hecho algo horrible, supongo —ella alzó la mirada con una fingida sensación de autoimportancia. Al notar que el silencio persistía, continuó con un deje de fastidio—: En fin, si van a hacerse los duros, les aclaro que no estoy de humor para tonterías.
Intentó desatarse, pero su fracaso fue inmediato.
—Oh, Elyon, Padre Altísimo, dicta ya tu juicio y terminemos con esto, ¿quieres? Si van a castigarme, que sea ahora. Me fastidia que se queden en silencio, inmóviles como estatuas. Literalmente han estado así por... décadas —inclinó la cabeza hacia la derecha con genuina curiosidad.
Nadie respondió.
El vacío del silencio lo llenaba todo. Ante el trono, ni los cuatro seres vivientes ni aquel que lo ocupaba mostraron la menor expresión. La mística mujer se preocupó; la arrogancia de su voz se evaporó.
—Jeje, esto... esto es divertido —titubeó—. Ya que esto va a ser aburrido, debería explicar el porqué de mis actos.
El ala de una de las criaturas se agitó con brusquedad.
—Simplemente hice lo correcto. Hice el bien definitivo; una moral absoluta. —Apretó los puños tras las ataduras—. Destruir la mitad de la creación fue tan necesario como las muertes estelares que dan oxígeno al universo. ¿Cuál es el error, entonces, si he sido fiel a mis órdenes originales y a las leyes metafísicas?
—No —Múltiples voces, como uno solo, resonaron con eco en todo el espacio infinito; quienquiera que lo hubiera dicho, su autoridad era inigualable—. No puedes buscar un Bien Definitivo y, al mismo tiempo, buscar una Moral Absoluta en el glorioso cosmos. Aplicarlos al mismo tiempo es imposible. Son incompatibles. Esto no es sobre lo que hiciste, sino por qué lo hiciste. Allí está el dilema.
La mujer sintió un frío escalofrío recorrer su cuerpo. Estas bestias vivientes parecían hablar todas al mismo tiempo, como si fueran una sinfonía, siendo la portavoz de aquel que yace en el trono.
—Aunque más que dilema, es confrontación. Resolución.
—Eso suena bonito, pero entonces, ¿mis ideas eran correctas?
—No.
—¿Eh?
—Nymssarä, tu visión sobre el cosmos es una interpretación errónea de las leyes universales e inmutables que sostienen la existencia misma. —Un trueno retumbó tras sus palabras, y continuó—. Aplicarlo físicamente y, eventualmente, destruyendo más de lo permitido, es equivalente a ir en contra de Elyon. Por ello, se te juzga por tu arrogancia, no por tu destrucción.
—¿¡Eh, eh, eh!? No, esto está mal. ¡Es demasiado! Sé que tal acto cometido es doloroso y muy cuestionable… ¡pero no hubo maldad en mi corazón al hacerlo! Les aseguro que no. ¡Tal acto fue hecho por amor! ¡Tú lo sabes, Elyon, más que nadie porque todo lo sabes! Lo hice para cumplir mi propósito, uno que ustedes me han dado. —Empezó a temblar como si tuviese un frío indescriptible—. Esto es lo que soy, lo que define mi existencia, mi mismo ser. No soy un ser retorcido, ¡ni jamás lo seré! Y aunque lo que hice puede entenderse como una desobediencia hacia ti, Padre, en realidad no es así. Solo quise hacerte sentir orgulloso por darme tal peligrosa misión. Así que, por favor, entiéndeme.
De nuevo, un incómodo silencio.
Y entonces.
—No obstante, lo hecho, hecho está. Nada va a cambiar eso y, por consiguiente, la orden es clara.
—Uh…
—Nymssarä, tu Padre, el Todopoderoso creador, ha decidido, como ya mencionamos de antemano, tu castigo: descender al abismo y, luego, a los planos inferiores de existencia. —Todas las alas se agitaron con crudeza y, como resultado, una onda expansiva recorrió el vacío—. Pero, como su portavoz y tal dicta sus palabras, no lo veas como “acto a pagar”, ni como algo negativo. Más bien, como un viaje de aprendizaje.
—¿De qué?
—De tu naturaleza. Aprender sobre la responsabilidad de tus actos.
—…De acuerdo… —Aunque dudó, se mantuvo sumisa.
—Es hora de que aprendas de ti misma, de tus responsabilidades y de cómo tus actos afectan masivamente la existencia. Tu mal es necesario, pero debe ser equilibrado.
Antes de que la mujer pudiera articular una sola sílaba de protesta, el tiempo se contrajo en un parpadeo.
Y, en ese efímero instante, un abismo en forma de espiral se abrió bajo sus pies como un ojo negro que devora la luz misma.
Con un grito que se quebró en mil ecos, fue arrastrada hacia las profundidades.
Mientras tanto, desde una lejanía que ninguna distancia podía medir, un Ser de pura luz se limitó a observar. Inexpresivo, sin rostro, sin voz. Solo miró. Y su mirada era más pesada que cualquier sentencia.
Del otro lado del velo, la mujer cayó en una extensión infinita de agua negra y viscosa, densa como tinta derramada sobre el pergamino del universo. El líquido se adhería a su cuerpo inmaculado, frío, pegajoso, como si la propia culpa se hubiera vuelto materia.
Allí, boca abajo, luchó por incorporarse.
No consiguió ponerse de pie. Solo logró sentarse con torpeza, las rodillas dobladas, los brazos temblorosos rodeando sus piernas, y sus ojos —ahora de un cristal más frágil, casi desbordados— se perdieron en la nada.
Este era el Abismo.
Oscuridad sin límites. Un río que no fluía. Silencio y soledad como únicos habitantes vivos.
Y entonces, con una voz que apenas era voz, rota, infantil, desesperada, murmuró:
—Ehh… yo… ¿qué hice mal? Solo… quise… cumplir tu deseo…

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Capítulo 2
Soma, Psyche & Pneuma (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Soma, Psyche & Pneuma (Novela), un novela. 【 _«Todo es por una buena causa, todo es un plan de Elyon»._ Durante milenios, el eón Nymssarä cumplió con fidelidad absoluta su mandato divino: ser la crueldad indispensable para sostener el equilibrio del cosmos. Sin… Este capítulo tiene publicado el 14 de junio de 2026. Soma, Psyche & Pneuma (Novela) tiene 7 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.