Leer Sellando el Tiempo (Novela) Capítulo 115 online gratis en español
"Ughh…"
Xu Mao exhaló entre los dientes mientras se apoyaba contra la pared helada de una caverna en la Montaña de las Mil Entrañas. Su pecho subía y bajaba con lentitud forzada, la garganta seca y el cuerpo ardiendo por dentro; los músculos todavía vibraban por el impacto brutal de la caída. Para detener el descenso había consumido casi todo su Qi espiritual, lanzando una llamarada de fuego contra la roca apenas antes de estrellarse, y aun así el golpe había sido devastador
Su brazo izquierdo colgaba torcido. Dislocado
Crk
Sin alterar la expresión, Xu Mao extendió la mano derecha, sujetó el brazo con firmeza y lo acomodó de nuevo con un movimiento seco. Un dolor agudo le atravesó el hombro, solo por un instante, y luego se retiró, como una marea que no había logrado arrastrarlo
Alzó la vista hacia la entrada de la caverna. Afuera, el desierto seguía envuelto en una tormenta de arena; el viento arrastraba polvo y fragmentos de roca en remolinos ásperos, como si el mundo entero estuviera siendo desgarrado capa por capa hasta quedar reducido a ceniza
Xu Mao apretó la mandíbula. Solo podía pensar en una cosa: ¿qué demonios había pasado?
Hasta hacía un momento seguía en su habitación, descansando e intentando rotar su técnica de cultivo con tranquilidad. Luego había escuchado la voz de su hermano mayor Tian, y ni siquiera había alcanzado a preguntarse qué significaba aquello cuando todo a su alrededor había estallado. Escombros, fuego, gritos, y después la caída. Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba precipitándose desde el cielo, y por un instante había visto, por encima de su propio cuerpo en descenso, la enorme silueta de la nave espiritual estrellándose contra la Montaña de las Mil Entrañas
Xu Mao respiró hondo
"Maestro… chicos…"
Su mirada se endureció al volver al exterior. No estaba demasiado preocupado por su Maestro; conociéndolo, seguramente ya habría reaccionado con esa frialdad monstruosa que lo hacía tan insoportablemente confiable en medio del caos. Pero Qiao, Yun y Luo eran otra historia. También pensó en Mei Mei, y en las hermanas Situ. ¿Habían logrado aterrizar en la montaña? ¿Estaban ahora mismo, como él, dispersas en alguna de aquellas cavernas? La idea le apretó el pecho con una sensación incómoda
Más allá del desierto, fuera de la montaña, podía sentir presencias ominosas: auras pesadas, desconocidas, muy por encima de su nivel actual. No era el tipo de poder que uno pudiera enfrentar de frente solo por terquedad. Salir de allí era una muerte segura
Xu Mao llevó dos dedos al anillo espacial que Wu Yan le había regalado y concentró su Qi espiritual. Un jade de comunicación apareció en su palma. Lo observó con expectación, pero no brilló, no vibró, no respondió. Xu Mao frunció apenas el ceño: este lugar interfería con las matrices y los flujos de energía, la comunicación a distancia era imposible
"Tsk"
El chasquido apenas salió de su lengua cuando un sonido extraño comenzó a filtrarse desde el interior de la caverna
Grfrrsh… Grsrshh…
Era un sonido áspero, como cuchillas arrastrándose sobre piedra. Xu Mao alzó la cabeza de inmediato. El ruido volvió a sonar, más cerca, y luego otra vez, más claro. Entonces lo sintió: movimiento. No uno, muchos. El interior de la caverna parecía estremecerse con un murmullo de patas, cuerpos y placas frotándose contra la roca
Xu Mao se quedó inmóvil, la respiración tan leve que apenas parecía existir. Las sombras empezaron a surgir desde la oscuridad: primero una antena, luego otra, después una hilera de patas finas y filosas avanzando con una precisión repugnante, y finalmente los cuerpos
Decenas de bestias ciempiés emergieron desde las profundidades de la caverna, arrastrando sus largos cuerpos blindados sobre la piedra con un sonido seco y desagradable. Medían alrededor de dos metros de largo y eran tan anchas que un hombre adulto no podría rodearlas con ambos brazos. Sus placas oscuras brillaban con el frío de un metal ennegrecido, y bajo sus segmentos se movían decenas de patas delgadas, rápidas, cortantes, como pequeñas espadas caminando sobre roca. No avanzaban como animales, sino como una plaga ordenada
Sus antenas articuladas se movieron lentamente, primero hacia un lado, luego hacia el otro, hasta que se detuvieron. Sus múltiples ojos recorrieron la entrada de la caverna, justo donde Xu Mao había estado unos instantes antes. Pero Xu Mao no estaba allí: en el momento en que había sentido que algo se movía en las profundidades, había ocultado de inmediato su cuerpo en la parte más alta de la caverna, trepando con rapidez hasta quedar pegado al techo, encajado en una franja de sombra donde ni la luz de la entrada ni el ángulo de visión de las bestias podían alcanzarlo. Su cuerpo quedó completamente inmóvil, fundido con la oscuridad de la roca
Desde abajo, no era más que otra mancha negra del techo. Nada más
Las bestias siguieron observando la entrada durante unos segundos, como si buscaran una presa que de pronto se hubiera desvanecido. La presión que emanaba de ellas era espesa, fría, sofocante. Reino Espiritual, Primeras etapas, cada una. Para un discípulo del Gran Círculo del Reino Mortal, cualquiera de esas criaturas era una sentencia de muerte
Xu Mao permaneció inmóvil. No respiró más de lo necesario, no se atrevió a mover ni un dedo; su cuerpo parecía haberse vaciado de todo ruido, como si el instinto mismo lo hubiera convertido en una sombra sin pulso
Las bestias siguieron buscando. Sus antenas se tensaron, una de ellas se arrastró un poco más adelante, luego otra, y otra más. El aire dentro de la caverna se volvió tan tenso que parecía poder cortarse con los dientes. Pero no detectaron nada, solo una ausencia profunda, un vacío extraño. Finalmente soltaron varios chirridos secos
Grfrrsh…
Y una tras otra comenzaron a retirarse hacia el interior de la caverna, hundiéndose nuevamente en la oscuridad de la montaña
Xu Mao siguió pegado al techo incluso después de que la última desapareciera. Solo cuando el eco de sus patas se apagó por completo dejó escapar una exhalación lenta, la espalda todavía contra la roca
El tiempo pasó. Minuto tras minuto la caverna se volvió más oscura, más silenciosa, más profunda. Y fue solo después de varios minutos que Xu Mao aflojó el cuerpo y descendió desde la parte alta de la pared rocosa. No produjo ningún sonido al tocar el suelo, ni un roce, ni un golpe: su aterrizaje fue tan limpio como la caída de una hoja
Había desplegado por completo su dominio sobre el Camino de la Muerte
Su rostro se volvió serio. Muy serio. Un solo paso en falso y habría muerto sin siquiera reaccionar. Frente a tantas bestias en el Reino Espiritual, pelear no estaba ni siquiera en discusión; huir era la única forma de sobrevivir. Pero al menos una cosa quedaba clara: el Camino de la Muerte seguía siendo efectivo
Xu Mao miró hacia la oscuridad profunda que se extendía dentro de la montaña, y su mente giró con rapidez. La Montaña de las Mil Entrañas estaba llena de bestias espirituales; si él había caído allí, lo más probable era que los demás discípulos también estuvieran desperdigados por esas cavernas, luchando por su vida en algún rincón de aquel laberinto monstruoso. Qiao, Yun, Luo, Mei Mei, las hermanas Situ: tal vez todos estaban intentando sobrevivir por su cuenta en algún punto de la oscuridad
Tenía que encontrarlos y reagruparse cuanto antes
Xu Mao apretó el puño. Por un momento, el silencio de la caverna pareció tensarse alrededor de él, como si la montaña entera escuchara. Luego levantó la cabeza y murmuró para sí mismo:
"Maestro… ¿dónde estás?"
Con esa última pregunta, comenzó a adentrarse sin emitir sonido alguno en las profundidades de la Montaña de las Mil Entrañas. La oscuridad lo fue tragando poco a poco
.
.
.
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La nave espiritual de la Secta de la Fractura Celestial estaba clavada en la Montaña de las Mil Entrañas como una pequeña flecha perdida en el lomo de un elefante colosal. La estructura entera se había incrustado en la piedra negra, torcida y herida, con corredores abiertos como costuras reventadas y fragmentos de madera espiritual todavía humeando entre grietas profundas. Desde lejos, aquella nave parecía absurda frente a la montaña: enorme para cualquier hombre común, pero diminuta ante aquel monstruo de roca que la había tragado a medias
Sobre la punta más alejada de la popa, en el borde estrecho que aún resistía el derrumbe, permanecía de pie una figura. Pequeña, casi insignificante, y sin embargo la única presencia en todo el campo de ruinas que parecía completamente fuera de lugar
Era Li Wang
Sus túnicas de sirviente se agitaban bajo las ventiscas de arena que golpeaban la montaña sin descanso, pero ni una sola rasgadura, ni una mancha, ni un pliegue desordenado podía verse en ellas. Su cuerpo permanecía quieto, limpio, extrañamente intacto dentro de aquel paisaje de ruina. Sus ojos esmeralda recorrían en silencio la destrucción esparcida a su alrededor: cadáveres, restos de la nave, discípulos de túnicas moradas aplastados entre vigas, paredes y escombros. Pero Li Wang no los miraba. No estaba observando los cuerpos caídos a su alrededor, ni la sangre que se filtraba entre las grietas de la piedra, ni los gritos apagados que todavía resonaban desde el interior de las cavernas. Su mirada estaba dirigida hacia arriba, hacia el cielo
Allí, a lo lejos, ocho presencias avanzaban directamente hacia la Montaña de las Mil Entrañas. Ocho auras. Ocho cultivadores del Reino Tierra. La presión que desprendían era tan vasta que incluso el aire parecía volverse denso a su paso, como si el cielo se hubiese inclinado ligeramente bajo su peso
Li Wang levantó una mano con calma
"¿Hoh?"
Con un suave movimiento de sus mangas, se colocó una máscara de madera con forma de oni sobre el rostro. La máscara tenía una expresión antigua, severa y cruel, como si perteneciera a un espíritu arrancado de un templo olvidado hace siglos. En el mismo instante, su otra mano se deslizó sobre el cadáver de un discípulo interno cercano. Un instante después, las ropas cambiaron: donde antes llevaba la túnica discreta de sirviente, ahora vestía las prendas moradas de la Secta de la Fractura Celestial. Y con la máscara de oni cubriéndole el rostro, su figura cambió por completo. Ya no parecía un sirviente, ni siquiera un joven; ahora transmitía la presencia de alguien viejo, profundo, inexplicable, una existencia que había salido de la niebla de la historia para observar el mundo con ojos vacíos
¡¡Swwssh!!
Su cuerpo desapareció en un borrón de velocidad. El aire se partió detrás de él, y un instante después Li Wang había interceptado a las ocho presencias en pleno vuelo, apareciendo delante de ellas como una sombra que nadie había notado hasta que ya era demasiado tarde
El avance de los ocho se detuvo de golpe
"¿¡Quién!?"
El hombre que encabezaba aquel grupo gritó: un Anciano de la Secta de la Garra Primordial
Era un coloso de hombros anchos y torso desnudo, marcado por tatuajes tribales negros que se enroscaban sobre su piel como antiguas bestias despiertas. Sus brazos eran gruesos como troncos, y en su pecho se acumulaban cicatrices viejas, algunas curvas, otras profundas, como si hubiera sobrevivido a demasiadas fauces como para contarlas. Su presencia era salvaje y opresiva, y el aura que lo rodeaba parecía impregnada del olor a sangre seca, cuero curtido y ferocidad animal. Su cultivo se encontraba en el Reino Tierra Nivel 5
A su lado flotaban dos Ancianos más de la misma secta. No tenían la brutalidad abrumadora del primero, pero sí la misma ferocidad contenida. Uno era de rostro anguloso, con una cicatriz que le cruzaba la ceja y la mejilla como un zarpazo viejo; el otro tenía las manos grandes, endurecidas por años de domesticación y combate, con dedos gruesos y uñas cortas, como si incluso sus extremidades hubieran sido diseñadas para sujetar bestias. Ambos llevaban túnicas oscuras y prácticas, sin adornos innecesarios, y sus ojos estaban tan afilados como los de un cazador que jamás baja la guardia
A un costado del trío de la Garra Primordial, flotaban tres mujeres de la Secta de la Flor Nocturna
La primera parecía una flor cubierta de escarcha. La segunda sonreía con una suavidad peligrosa, de esas que no anuncian belleza sino veneno. La tercera observaba el mundo con la indiferencia de una reina. Eran bellezas de primer nivel, no una belleza simple, sino de esas que obligan a detener la mirada: piel clara y delicada, cejas finas, pestañas largas y labios de un color suave que parecía florecer incluso en medio de la destrucción. Pero cada una poseía una clase distinta de hermosura, y ninguna de ellas transmitía calidez. Sus túnicas de color rosado oscuro se movían con suavidad en el viento, como pétalos deslizándose sobre una tumba. No había ternura en ellas, no había dulzura, solo una belleza refinada, peligrosa, casi ritual, como si cada una fuera una flor cultivada para envenenar. Sus ojos, fríos e intrincados, descansaban sobre la escena como si ya estuvieran calculando a quién cortar primero
Y por último, al extremo del grupo, se encontraban los dos ancianos de la Secta del Corazón Marcial
A diferencia de los otros, no mostraban brutalidad ni seducción; su amenaza era más silenciosa. Ambos eran hombres de complexión compacta, con cuerpos firmes y proporciones equilibradas, como espadas guardadas dentro de fundas impecables. Sus túnicas blancas inmaculadas caían sobre sus hombros con una limpieza casi ceremonial, y sus rostros eran tan sobrios que resultaban difíciles de leer. No tenían la aspereza de la Garra Primordial, ni la gracia venenosa de la Flor Nocturna; su peligro residía en otra cosa, una calma severa, una presencia recta y disciplinada que recordaba a un templo antiguo hecho de acero. Parecían hombres incapaces de desviarse de su camino una sola vez en toda su vida. Parecían hombres que ya habían decidido cuánta sangre estaba justificada
Los ocho ancianos presionaban el aire con una fuerza sofocante. Su sola existencia bastaba para hacer temblar a los discípulos dispersos dentro de la Montaña de las Mil Entrañas. Pero frente a Li Wang, ni siquiera eso logró hacer que sus ojos se estrecharan. La figura en la popa siguió de pie con calma absoluta, sin prisa, sin miedo, sin la menor señal de vacilación
Su mirada esmeralda recorrió a los ancianos uno por uno: primero al hombre musculoso de la Secta de la Garra Primordial, luego a sus dos subordinados, después a las tres mujeres de la Flor Nocturna, deteniéndose un instante apenas más en ellas, no por deseo, sino porque reconocía el tipo de peligro que venía envuelto en belleza, y por último a los dos Ancianos del Corazón Marcial, cuyo silencio era tan limpio que casi parecía una forma de arrogancia
Entonces habló
"¿Ustedes causaron aquella explosión?"
La voz salió amortiguada por la máscara de oni que cubría su rostro, baja y firme, con un filo que parecía pertenecer a una edad mucho más antigua que el presente. Li Wang no elevó el tono; no necesitaba hacerlo. Sus palabras cayeron sobre el aire como una sentencia
Los ocho ancianos se detuvieron por completo. El primero en reaccionar fue el hombre de la Garra Primordial: su ceño se tensó con irritación, y bajo aquella piel endurecida por años de lucha se notó, por una breve fracción de segundo, el reflejo de un cazador ofendido por haber sido interceptado
"¿Un Anciano de la Fractura Celestial?"
La idea le cruzó la mente con incredulidad. Habían planeado una operación rápida: golpear a las futuras semillas de la Secta de la Fractura Celestial, sembrar caos, robar ventaja y retirarse antes de que la secta pudiera reaccionar. Pero ahora había aparecido una figura que, aunque vestida como un sirviente, emanaba la presencia de un anciano de la propia Fractura Celestial. Y lo peor era que ninguno de ellos lo había detectado hasta que ya se encontraba en su camino
"¿Puedo tomar esto como un acto de guerra?"
Preguntó Li Wang. Su voz volvió a resonar desde la máscara de oni
¡¡Thoom!!
Una presión invisible se expandió desde su cuerpo. No era un estallido violento, no era una técnica visible; era algo peor: un peso puro, denso, venenoso y controlado, que empujó a los ocho ancianos un paso atrás en el aire. Los ojos del hombre musculoso se afilaron de inmediato. Las dos mujeres de la Flor Nocturna mantuvieron sus expresiones frías, pero sus pupilas cambiaron apenas, como si hubieran notado que estaban frente a una presencia difícil de medir. Los dos ancianos del Corazón Marcial siguieron sin mostrar emoción, aunque sus hombros se tensaron mínimamente
"Ninguno de ustedes dará un solo paso hacia la Montaña de las Mil Entrañas. Por ahora tomaré esto como una ofensa. Un desliz de necios. Pero si se atreven a continuar con su cacería, mi Secta de la Fractura Celestial no los perdonará"
"……."
Los ocho Ancianos no respondieron. No por respeto, sino por cautela. Habían sentido el peso de esa presencia; no había una sola parte de su aura que pareciera desbordada o vacilante, sino que estaba tan pulida y estable que resultaba incómoda de observar, como la hoja de una espada envuelta en una funda cerrada. Y lo más inquietante era que todavía no mostraba sus verdaderas cartas
"Este hombre está ocultando algo…"
Pensó el anciano de la Garra Primordial con el ceño endurecido. La Flor Nocturna, por su parte, evaluó a Li Wang con la misma frialdad con la que se observa una flor venenosa desconocida. El Corazón Marcial permaneció inmóvil, aunque sus dos ancianos intercambiaron apenas una mirada breve y exacta: ellos entendían mejor que nadie que los muros más firmes no siempre son los más ruidosos
En el fondo, todos pensaban lo mismo. La Montaña de las Mil Entrañas no estaba vacía; mucho antes de la llegada de la Secta de la Fractura Celestial, discípulos de la Garra Primordial, la Flor Nocturna y el Corazón Marcial ya habían entrado en aquel monstruoso laberinto de cavernas. Sus propias semillas, sus propios exploradores, sus propios cazadores. Y ahora, los discípulos de la Fractura Celestial habían sido arrojados dentro de aquel lugar como presas heridas: dispersos, separados, desorientados
Incluso si los ocho ancianos permanecían detenidos allí por Li Wang, ¿qué importaba? El tiempo estaba de su lado. ¿Cuánto tiempo podrían sobrevivir aquellos discípulos aislados dentro de una montaña infestada de bestias espirituales y rodeados por enemigos? ¿Una hora? ¿Dos? Tarde o temprano, la montaña terminaría haciendo el trabajo por ellos. Y si la montaña no lo hacía, sus discípulos lo harían. Por eso ninguno de los ocho Ancianos mostró prisa: podían permitirse esperar
Li Wang lo sabía. Por eso su mirada volvió a descender hacia la montaña, y sus ojos se volvieron un poco más profundos. Todavía no tenía la fuerza ni el cultivo suficiente como para garantizar una matanza contra ocho cultivadores del Reino Tierra al mismo tiempo. A lo sumo, podría llevar la batalla a un punto muerto; suficiente para impedir una persecución inmediata, suficiente para ganar tiempo. Eso era todo. Pero ese tiempo era precioso
En su mar de conciencia aparecieron imágenes breves: Mao, Yun, Qiao
Li Wang permaneció un instante en silencio. Luego murmuró para sí mismo:
"El resto queda en ustedes, chicos"
Y allí permaneció. Solo, quieto, con la máscara de oni cubriendo su rostro y la lluvia de arena golpeando su cuerpo. Frente a ocho Ancianos del Reino Tierra, Li Wang sostenía con su sola presencia el pequeño margen de vida que aún le quedaba a los discípulos de la Secta de la Fractura Celestial

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Sellando el Tiempo (Novela)
Capítulo 116
Sellando el Tiempo (Novela) Capítulo 115
Estás leyendo el capítulo 115 de Sellando el Tiempo (Novela), un novela. Li Wang inicia su quinta vida en el Bosque Báixuě, en un mundo donde incluso los cultivadores más poderosos están condenados a un límite de vida de apenas 200 años. Sin embargo, él carga con más de 800 años de… Este capítulo tiene publicado el 10 de junio de 2026. Sellando el Tiempo (Novela) tiene 168 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.