Leer REKURO: LAST PROMISE — ZERO DAY (Novela) Capítulo 7 online gratis en español
Akira había regresado varias horas antes del incidente.
Esta vez no pensaba intervenir inmediatamente.
Primero necesitaba comprender qué estaba ocurriendo.
Había aprendido algo durante sus viajes temporales: cambiar un acontecimiento sin entender sus consecuencias podía ser peor que permitir que sucediera.
No volvería a cometer el mismo error.
Al menos, eso esperaba.
Desde la acera opuesta, observó a Kaito mientras caminaba por las calles de Kurohama.
El joven parecía tranquilo. Llevaba las manos en los bolsillos y avanzaba sin prisa, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
Sin embargo, había algo que no encajaba.
Cada pocos segundos miraba los escaparates, las esquinas y los reflejos de las ventanas.
No tenía la expresión de alguien asustado.
Parecía estar comprobando si lo seguían.
Akira entrecerró los ojos.
—Así que vos tampoco sos tan simple…
Kaito dobló por una calle secundaria y se alejó de las zonas comerciales. Los edificios fueron reemplazados poco a poco por depósitos, talleres y construcciones abandonadas.
Finalmente, llegó a una vieja fábrica situada en el límite de la zona industrial.
Se detuvo frente a la entrada.
Miró hacia ambos extremos de la calle.
Después comprobó algo en su teléfono y guardó el dispositivo.
La puerta metálica se abrió con un chirrido.
Kaito entró.
Akira esperó.
Contó diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Luego cruzó la calle y se acercó a la entrada.
La puerta no estaba completamente cerrada.
Se asomó con cuidado.
En el interior distinguió varias siluetas. Había hombres con chaquetas negras y un símbolo que reconoció de las fotografías de la sede de Kurotora Ryo.
Kurogane.
Los demás vestían de manera diferente, pero sus posturas y movimientos sugerían que tampoco eran simples trabajadores de la zona.
Akira contó al menos doce hombres.
Quizá había más en las habitaciones contiguas.
No podía enfrentarse a todos sin conocer la situación. Tampoco sabía si Kaito había acudido voluntariamente o si alguien lo había obligado.
Se deslizó por una entrada lateral y encontró un pasillo que conducía hasta el interior de la fábrica.
Desde allí podía escuchar la conversación.
—Llegué —dijo Kaito.
Una voz respondió desde el fondo:
—Sabíamos que vendrías.
—Entonces podrían haberme ahorrado el viaje.
Algunos hombres soltaron una risa breve.
El que parecía dirigir la reunión no se rio.
—¿Dónde está Akira?
Kaito levantó ligeramente la mirada.
—¿Por qué quieren verlo?
—No estás aquí para hacer preguntas.
Kaito se encogió de hombros.
—Entonces no esperes respuestas.
El hombre se acercó y le propinó un golpe en el rostro.
El impacto resonó por toda la fábrica.
Akira dio un paso involuntario hacia delante, pero se detuvo.
Kaito giró ligeramente la cabeza. Se limpió la sangre del labio con el pulgar y volvió a mirar a su agresor.
No había retrocedido.
Tampoco había intentado devolver el golpe.
—Te dije que no hicieras preguntas —repitió el hombre.
Kaito sonrió.
—Y yo te dije que no esperaras respuestas.
El hombre levantó el puño otra vez, pero una voz lo interrumpió.
—Basta.
El hombre se apartó.
Kaito aprovechó aquel instante para examinar el lugar.
Miró las ventanas.
Las puertas laterales.
La distancia entre los hombres que lo rodeaban.
Akira reconoció aquella forma de observar.
Kaito no estaba buscando una oportunidad para ganar una pelea.
Estaba calculando cómo salir vivo de allí.
No solamente sabe pelear. También está pensando en lo que puede pasar después.
La voz del fondo volvió a hablar.
—Tu líder vendrá.
Kaito bajó ligeramente la cabeza.
—¿Mi líder?
—Akira.
Por primera vez, Kaito dejó de sonreír.
El hombre continuó:
—Queremos hablar con él. Y vos vas a ayudarnos a conseguirlo.
Kaito permaneció callado.
—¿Sabés cuál es tu problema? —preguntó el hombre—. Creés que podés proteger a los demás sin que eso tenga consecuencias.
Kaito levantó los ojos.
—¿Y cuál es el tuyo?
El hombre sonrió.
—Que todavía no entendiste por qué estás aquí.
Se acercó hasta quedar a pocos pasos de él.
—Vos no sos nuestro objetivo.
Hizo una pausa.
—Akira lo es.
Akira sintió que sus músculos se tensaban.
¿Yo?
El hombre señaló a Kaito.
—Él solamente es el medio. Queremos descubrir hasta dónde está dispuesto a llegar tu líder para proteger a los suyos.
Kaito bajó la mirada.
Durante un instante, Akira creyó que estaba pensando en responder. Sin embargo, el joven volvió a sonreír.
—Entonces cometieron un error.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué error?
—Pensar que iba a traerlo hasta acá.
—¿Estás diciendo que no vendrá?
Kaito se encogió de hombros.
—Estoy diciendo que Akira no es idiota.
El hombre lo observó con desconfianza.
Kaito levantó lentamente la cabeza.
—Y probablemente ya esté aquí.
Akira dejó de respirar durante un instante.
Kaito giró el rostro hacia el pasillo lateral.
Directamente hacia su escondite.
—¿Verdad?
El silencio se extendió por la fábrica.
Akira cerró los ojos brevemente.
Me descubrió.
No tenía sentido seguir ocultándose.
Salió del pasillo y entró en la zona iluminada.
—Vaya. Parece que no perdés el tiempo, Kaito.
El joven sonrió.
—Te tardaste.
Akira lo miró de arriba abajo.
—¿Cómo supiste que estaba acá?
Kaito señaló el suelo.
—Dejaste marcas de barro cerca de la entrada.
Después señaló una ventana lateral.
—Y esa ventana estaba cerrada cuando llegué. Alguien la abrió desde afuera.
Akira observó el marco.
Tenía razón.
—Así que sos más observador de lo que recordaba.
Kaito se limpió nuevamente la sangre del labio.
—No solamente sé golpear.
—Eso parece.
—Aunque admito que habría sido más divertido si hubieras entrado por la puerta principal.
Akira soltó una risa breve.
—La próxima vez te aviso.
El hombre que dirigía la reunión perdió la paciencia.
—¡Agárrenlos!
Varios sujetos comenzaron a avanzar.
Akira cerró los puños.
Kaito se colocó a su lado.
Durante un segundo, ambos intercambiaron una mirada.
No necesitaban conocerse demasiado para entender lo que estaba por suceder.
Entonces el hombre levantó una mano.
Sus subordinados se detuvieron.
—Esperen.
La tranquilidad con la que habló resultó más inquietante que sus gritos anteriores.
Se acomodó la chaqueta y caminó hacia Akira.
A diferencia de los demás, no parecía interesado en demostrar su fuerza. Se movía sin prisa, como si tuviera la certeza de que la situación estaba bajo su control.
—Ahora que estás aquí, podemos hablar.
Akira no apartó la mirada.
—Hablá.
El hombre sonrió.
—Una alianza temporal.
Kaito giró bruscamente hacia él.
—¿Una alianza?
—Exactamente.
El hombre metió las manos en los bolsillos.
—Kurotora Ryo y Kurogane podrían beneficiarse de una cooperación. Territorios, recursos, contactos… Hay muchas posibilidades.
Akira no respondió.
El discurso sonaba demasiado preparado.
Aquellos hombres habían golpeado a Kaito, lo habían llevado a una fábrica abandonada y habían utilizado su presencia para atraerlo.
No era una negociación.
Era una demostración de poder.
—¿Y qué pasa si rechazo tu propuesta? —preguntó Akira.
El hombre sonrió.
—Entonces tendremos un problema.
—¿Un problema?
—Tu muchacho la va a pasar mal.
Akira sintió que su expresión se endurecía.
El hombre hizo un gesto hacia el fondo de la fábrica.
Dos hombres abrieron una puerta y arrastraron a alguien hasta el centro del lugar.
El cuerpo cayó sobre el suelo de cemento.
Akira reconoció el rostro antes de que el joven levantara la cabeza.
—Shin…
Tenía el rostro cubierto de sangre. La ropa estaba desgarrada y varias heridas le recorrían los brazos y el rostro.
Intentó incorporarse, pero sus piernas no respondieron.
Kaito dio un paso adelante.
—¡¿Qué demonios le hicieron?!
Ninguno de los hombres contestó.
Akira permaneció inmóvil.
Por un instante, el ruido de la fábrica pareció desaparecer.
Volvió a ver el rostro de Akari bajo la lluvia.
La sangre.
La impotencia.
Aquella sensación insoportable de llegar demasiado tarde.
Sus dedos comenzaron a temblar.
No de miedo.
De rabia.
No otra vez.
El hombre sonrió al advertir su reacción.
—Ahora sí podemos hablar.
Akira levantó lentamente la mirada.
—¿Qué pasa si te doy una paliza por tocar a uno de los míos?
El hombre soltó una carcajada.
—¿Una paliza?
Miró alrededor.
—¿Creés que podés llegar hasta mí? Tengo hombres suficientes para acabar con todos ustedes.
Akira no respondió.
—Me dijeron que Kurotora Ryo tiene alrededor de doscientos miembros —continuó el hombre—. Nosotros tenemos muchos más. Si esto se convierte en una guerra, vas a perder.
Akira miró a Shin.
Después observó a Kaito.
Finalmente, volvió a mirar al hombre.
Comprendió lo que estaba sucediendo.
No habían llevado a Kaito allí para matarlo.
Tampoco querían simplemente negociar una alianza.
Querían provocar una reacción.
Querían comprobar si Akira era capaz de perder el control cuando alguien cercano estaba en peligro.
Y habían elegido a Shin para conseguirlo.
—No lo elegiste al azar —dijo Akira.
El hombre ladeó la cabeza.
—¿Qué?
—Shin.
Akira señaló al joven herido.
—No lo trajiste aquí por casualidad.
Kaito lo miró.
—Akira…
—Querías que lo viera. Querías que perdiera la cabeza y empezara a atacar a tus hombres.
El hombre permaneció callado.
Akira dio un paso hacia él.
—Preparaste este lugar. Sabías que Kaito vendría. Sabías que alguien de Kurotora Ryo intentaría encontrarlo.
Sus ojos se endurecieron.
—Todo esto estaba preparado para obligarme a aparecer.
El hombre sonrió lentamente.
—Parece que sos más inteligente de lo que pensábamos.
—Y ustedes son más previsibles de lo que creen.
La sonrisa del hombre desapareció por un instante.
Akira continuó:
—No quieren una alianza. Quieren saber cuánto pueden controlar a Kurotora Ryo.
El hombre guardó silencio.
Y aquella ausencia de respuesta fue suficiente.
Akira había acertado, al menos en parte.
Pero todavía no sabía quién había ordenado aquella emboscada ni qué relación tenía con el futuro que recordaba.
Un ruido interrumpió sus pensamientos.
Motores.
Varios motores.
El sonido llegó desde el exterior y fue aumentando hasta llenar la calle.
Los hombres de Kurogane comenzaron a mirarse entre sí.
Akira volvió ligeramente la cabeza.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Ya llegaron.
Kaito observó la entrada.
—¿Los tuyos?
—Sí.
Desde afuera comenzaron a escucharse gritos.
—¡Kurotora Ryo!
—¡¿Dónde está Akira?!
—¡Entren y encuentren a nuestros hombres!
Akira levantó una mano.
—¡Esperen!
Las voces se interrumpieron.
Uno de sus miembros gritó desde la calle:
—¡¿Akira?!
—¡Estoy bien! ¡Nadie entra hasta que yo lo ordene!
Hubo un silencio tenso.
Los hombres de Kurogane intercambiaron miradas. Por primera vez, algunos parecían incómodos.
Akira volvió a mirar al hombre que había organizado la reunión.
—Ahora quiero saber algo.
Señaló a Kaito.
—Lo trajeron hasta aquí.
Después señaló las instalaciones.
—Prepararon este lugar.
Finalmente, miró a Shin.
—Y utilizaron a uno de los míos para obligarme a venir.
Dio un paso adelante.
—Así que decime una cosa.
Su voz se volvió más grave.
—¿Qué demonios quieren de mí?
El hombre lo observó durante varios segundos.
Finalmente, sonrió.
—Queremos hablar con tu líder.
Akira levantó ligeramente la cabeza.
—Están hablando con él.
El hombre estudió su rostro.
—Entonces ya sabés por qué estás aquí.
—No.
Akira negó lentamente.
—Pero voy a descubrirlo.
El hombre soltó una pequeña risa.
—¿Y qué vas a hacer si no te damos respuestas?
Akira miró a los hombres que aguardaban afuera.
Después volvió a mirarlo.
—Podría ordenarles que entren.
Su expresión se endureció.
—Podría intentar llegar hasta vos y obligarte a hablar.
Hizo una pausa.
—Pero eso es exactamente lo que querés, ¿no?
El hombre no respondió.
Akira se acercó un paso más.
—Querés una excusa para convertir esto en una guerra. Querés que Kurotora Ryo ataque primero y demostrar que somos una amenaza.
Sus ojos verdes no se apartaron de los del desconocido.
—No voy a darte ese gusto.
Kaito lo observó en silencio.
El hombre volvió a sonreír, aunque esta vez había algo diferente en su expresión.
—Entonces aceptá la alianza.
Akira negó con la cabeza.
—Primero respondé una pregunta.
Señaló a Shin.
—¿Por qué él?
El hombre guardó silencio.
Akira esperó unos segundos.
—No lo conocías. No tenía ninguna relación con esta negociación. Sin embargo, terminaste utilizándolo para atraerme.
Miró al joven herido.
—¿Qué querías demostrar?
El hombre se acercó lo suficiente para que solo ellos pudieran escuchar su respuesta.
—Que hay personas capaces de convertirse en una debilidad.
Akira sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Por un instante, pensó en Miyako.
Después, en Akari.
El desconocido continuó:
—Y que un líder que se preocupa demasiado por los suyos siempre termina tomando decisiones equivocadas.
Akira permaneció inmóvil.
Aquella frase le resultaba demasiado familiar.
No porque la hubiera escuchado antes.
Sino porque él mismo había vivido bajo aquella idea.
Había intentado proteger a su familia controlando cada aspecto de sus vidas. Había creído que mantenerlas lejos de sus problemas era suficiente para mantenerlas a salvo.
Y había fracasado.
Pero no iba a permitir que aquel hombre utilizara ese fracaso para decidir quién debía ser.
—Tal vez —respondió Akira.
El hombre pareció sorprendido.
Akira continuó:
—Tal vez preocuparme por los míos me haga cometer errores.
Su voz se endureció.
—Pero no voy a dejar que vos decidas cuáles.
El silencio volvió a llenar la fábrica.
Finalmente, el hombre retrocedió.
—Tenés hasta mañana para considerar la propuesta.
—¿Y si la rechazo?
—Entonces tendremos que prepararnos para las consecuencias.
Akira no respondió.
El hombre hizo una seña a sus subordinados.
—Nos vamos.
Los hombres comenzaron a retirarse, aunque algunos no dejaron de observar a Akira hasta cruzar la puerta.
Antes de salir, el desconocido se detuvo.
—Una última cosa.
Akira levantó la mirada.
—¿Qué?
El hombre sonrió.
—No creas que esta reunión fue una casualidad.
Después desapareció entre las sombras.
Akira permaneció inmóvil.
Aquellas palabras no le daban ninguna respuesta.
Pero confirmaban algo que ya sospechaba.
La emboscada formaba parte de un plan más grande.
Y él acababa de entrar en él.
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Cuando el último hombre de Kurogane abandonó la fábrica, Akira se acercó inmediatamente a Shin.
—¿Podés levantarte?
Shin intentó incorporarse, pero un gesto de dolor le cruzó el rostro.
Akira lo sostuvo antes de que volviera a caer.
—Despacio.
Kaito se acercó por el otro lado.
—Yo lo llevo.
—Ayudame.
Entre los dos consiguieron levantarlo.
Akira observó las heridas de Shin y apretó la mandíbula.
—Tenemos que llevarte a la base.
Shin intentó sonreír.
—No hacía falta que vinieras a buscarme.
Akira lo miró con incredulidad.
—¿En serio vas a decir eso ahora?
—Solo quería ahorrarles problemas.
Kaito soltó una risa amarga.
—Bueno, lo conseguiste. Ahora tenemos un problema mucho más grande.
Shin cerró los ojos.
—Entonces supongo que debería disculparme.
—Guardá las fuerzas —ordenó Akira—. Ya vas a tener tiempo para decir estupideces cuando puedas caminar.
Shin soltó una risa débil que terminó convertida en una mueca de dolor.
Akira ajustó su agarre.
—Vamos.
Salieron de la fábrica mientras los miembros de Kurotora Ryo aguardaban junto a sus motocicletas.
Algunos quisieron entrar para comprobar qué había ocurrido, pero Akira les indicó que no era necesario.
No había motivos para iniciar una pelea después de que el enemigo se hubiera retirado.
Además, todavía no sabía cuántos hombres de Kurogane había en los alrededores.
No iba a arriesgar más vidas por orgullo.
Durante el trayecto de regreso, no dejó de pensar en las palabras del desconocido.
«Un líder que se preocupa demasiado por los suyos siempre termina tomando decisiones equivocadas».
Quizá ese era el verdadero objetivo de aquella reunión.
No conseguir una alianza.
No destruir a Kaito.
Ni siquiera provocar una guerra inmediata.
Querían descubrir cómo reaccionaba Akira cuando alguien amenazaba a las personas que le importaban.
Querían conocer sus límites.
Sus debilidades.
La clase de decisiones que estaba dispuesto a tomar.
Y si eso era cierto, entonces el peligro era mucho mayor de lo que había imaginado.
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La base de Kurotora Ryo no era un edificio imponente.
Era una casa grande situada en una zona tranquila de Kurohama, con paredes desgastadas y habitaciones que sus miembros habían adaptado para reunirse, descansar y organizar sus actividades.
No tenía la apariencia de una organización poderosa.
Pero para ellos, aquel lugar era mucho más que un edificio.
Era su hogar.
Allí habían comenzado.
Allí habían discutido, entrenado y construido algo que, con el tiempo, llegaría a convertirse en una organización de seiscientos miembros.
Sin embargo, en aquel momento todavía eran alrededor de doscientos.
Y cada uno de ellos contaba.
Akira entró con Shin apoyado sobre su hombro.
—¡Traigan vendas! —ordenó Kaito.
Dos miembros corrieron hacia ellos.
Colocaron a Shin sobre un sofá y comenzaron a revisar sus heridas. Uno de ellos trajo agua; otro buscó un botiquín.
Akira se quedó de pie a unos pasos, observando cómo atendían a su compañero.
La escena le provocó una sensación extraña.
Había visto algo parecido antes.
No aquella habitación ni aquellas personas.
Sino la manera en que una organización se reunía alrededor de alguien herido, intentando ayudar sin saber muy bien qué hacer.
Le recordó a los momentos en que Kurotora Ryo había sido más que una pandilla.
Una familia.
—No parece tener fracturas graves —informó uno de los miembros después de examinarlo—. Pero necesita descansar. Tendríamos que llevarlo a un médico para asegurarnos.
Akira asintió.
—Háganlo. Y que alguien lo acompañe.
Kaito soltó el aire que había estado conteniendo.
—Gracias.
Akira lo miró.
—¿Por qué?
—Por venir.
Akira frunció el ceño.
—No iba a dejarte solo.
Kaito bajó la mirada durante un instante.
—Lo sé.
Antes de que pudieran continuar, una voz llegó desde el pasillo.
—Tenemos que hablar.
Akira se volvió.
Haru acababa de entrar, acompañado por varios de los miembros de confianza de Kurotora Ryo.
Miyako estaba entre ellos.
Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en Shin.
Después pasó a Kaito.
Finalmente, se posó en Akira.
—¿Qué ocurrió?
Akira respiró profundamente.
—Kurogane.
La expresión de Miyako cambió.
Haru cruzó los brazos.
—Entonces es cierto.
Akira lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que Kurogane estaba intentando atraer a alguien de nuestra organización.
Kaito se sentó junto al sofá.
—No solo intentaban atraer a alguien.
Levantó la mirada.
—Querían a Akira.
La habitación quedó en silencio.
Akira asintió.
—Y ahora sabemos por qué.
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Todos se reunieron alrededor de la mesa principal.
Shin permaneció recostado en el sofá, con las heridas vendadas y una botella de agua entre las manos. Aunque parecía agotado, insistió en quedarse para escuchar la conversación.
Akira ocupó el lugar principal.
No porque quisiera imponer su autoridad.
Sino porque todos esperaban que dirigiera la reunión.
Haru dejó una carpeta sobre la mesa.
Miyako se sentó a su derecha.
Kaito permaneció de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y una expresión que dejaba claro que no estaba dispuesto a aceptar cualquier decisión.
Akira observó a los presentes.
—Empecemos desde el principio.
Miró a Kaito.
—¿Por qué entraste en territorio de Kurogane?
Kaito guardó silencio unos segundos.
—Había una mujer.
Haru levantó la cabeza.
—¿Una mujer?
Kaito asintió.
—La estaban persiguiendo. Intenté sacarla de allí antes de que la alcanzaran.
—¿Quiénes? —preguntó Miyako.
—No lo sé. No conseguí averiguar sus nombres.
Akira apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y después?
Kaito respiró profundamente.
—Me descubrieron. Intenté salir del territorio con ella, pero aparecieron más hombres. La mujer consiguió escapar mientras yo los distraía.
Hizo una pausa.
—Después me capturaron.
Shin intervino desde el sofá.
—Yo intenté ayudarlo.
Kaito giró hacia él.
—Y por eso terminaron atrapándote también.
Shin se encogió de hombros.
—No iba a dejarte solo.
Kaito apretó la mandíbula.
—Podrían haberte matado.
—Pero no lo hicieron.
—¡Eso no significa que no pudieran hacerlo!
La voz de Kaito resonó por la habitación.
Shin guardó silencio.
Akira observó a ambos.
Había algo importante en aquella discusión.
Kaito estaba enfadado, pero no porque Shin hubiera puesto en peligro una operación.
Estaba enfadado porque alguien había sufrido las consecuencias de sus decisiones.
Y eso significaba que la mujer no había sido una excusa inventada después del incidente.
Kaito realmente había arriesgado su seguridad para ayudarla.
Akira volvió a hablar.
—¿Qué quería Kurogane de vos?
Kaito negó con la cabeza.
—Al principio pensé que querían vengarse por haber entrado en su territorio. Pero después comenzaron a preguntarme por vos.
—¿Qué te preguntaron?
—Cuánto tardarías en venir. Qué harías si me encontraban. Si estarías dispuesto a enfrentarte a ellos para sacarme de allí.
Haru frunció el ceño.
—Estaban evaluando tu reacción.
Akira asintió.
—Querían saber hasta dónde llegaría para proteger a uno de los míos.
Miyako apoyó las manos sobre la mesa.
—Y después utilizaron a Shin para asegurarse de que reaccionaras.
Akira la miró.
—Exactamente.
La habitación quedó en silencio.
Uno de los capitanes fue el primero en hablar.
—Entonces debemos prepararnos para una guerra.
Otro negó con la cabeza.
—¿Y qué ganamos con eso?
—Si dejamos que Kurogane haga lo que quiera, van a pensar que pueden pisotearnos.
—¿Y si nos atacan con todos sus hombres? —preguntó Haru—. No tenemos suficientes recursos para sostener una guerra larga.
—Podemos reclutar más miembros.
—Eso no significa que estén preparados para enfrentarse a Kurogane.
Las voces comenzaron a mezclarse.
Algunos defendían una respuesta inmediata. Otros preferían reforzar las defensas y esperar. Un tercer grupo consideraba que debían aprovechar el incidente para negociar desde una posición de fuerza.
Akira escuchó sin interrumpir.
Todavía no tenía una respuesta.
Y no iba a fingir que la tenía.
Finalmente, uno de los capitanes golpeó suavemente la mesa.
—¿Y si aceptamos la alianza?
Todos se volvieron hacia él.
Kaito reaccionó inmediatamente.
—¿Estás hablando en serio?
—Escuchame antes de responder.
El capitán mantuvo la calma.
—Kurogane tiene más hombres, más recursos y una influencia que nosotros todavía no podemos igualar. Si rechazamos su propuesta, podrían atacarnos. Si aceptamos, tendremos tiempo para fortalecernos.
Otro miembro asintió.
—Podríamos ampliar nuestro territorio.
—Conseguir nuevos contactos.
—Evitar una guerra que todavía no estamos preparados para librar.
Kaito negó con la cabeza.
—¿Y qué creen que van a pedirnos a cambio?
Nadie respondió.
Kaito continuó:
—Esa organización utiliza el miedo para controlar a los demás. No van a ofrecernos una alianza porque les caigamos bien.
Señaló la puerta.
—Hoy me golpearon para obligar a Akira a venir. Después utilizaron a Shin para amenazarlo. ¿Y ahora quieren que confiemos en su palabra?
Shin levantó ligeramente la cabeza.
—Kaito tiene razón en una cosa. No sabemos si van a mantener su promesa.
Miyako los escuchó sin intervenir.
Después miró a los capitanes que defendían la alianza.
—¿Y qué habrían hecho ustedes en el lugar de Kaito?
Uno de ellos frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Mucho.
Miyako mantuvo la mirada.
—Encontró a una persona que necesitaba ayuda. Sabía que entrar en territorio enemigo podía tener consecuencias, pero decidió intervenir.
Se volvió hacia Kaito.
—No digo que haya sido una decisión prudente. Digo que no voy a condenarlo por intentar salvar a alguien.
Kaito bajó ligeramente la cabeza.
Miyako volvió a mirar a los demás.
—No somos una organización que abandona a una persona porque ayudarla resulte inconveniente.
Su voz se endureció.
—Si empezamos a hacerlo, ¿qué nos diferencia de Kurogane?
Nadie respondió.
Akira observó a Miyako en silencio.
Aquella era una de las cosas que más le costaba aceptar de su nueva realidad: había personas que conocía profundamente y que, al mismo tiempo, parecían desconocidas.
Miyako no era una fundadora de Kurotora Ryo, pero era una de sus capitanas y tenía autoridad suficiente para cuestionar a cualquiera en aquella mesa.
No esperaba que Akira tomara todas las decisiones por ella.
Ni que los demás obedecieran sin pensar.
Defendía sus convicciones porque eran suyas.
Y eso le recordó que proteger a alguien no significaba tener derecho a decidir por esa persona.
Akira apartó la mirada.
—Miyako tiene razón en algo.
Kaito levantó la cabeza.
—¿En qué?
—No podemos aceptar una alianza solamente porque nos conviene crecer.
Akira miró a los presentes.
—Pero tampoco podemos iniciar una guerra sin pensar en las consecuencias.
Uno de los capitanes frunció el ceño.
—¿Entonces qué proponés?
Akira se quedó callado.
Era la pregunta que había estado evitando.
Si rechazaba la alianza, Kurogane podía utilizarlo como pretexto para atacar. Si la aceptaba, corría el riesgo de permitir que una organización peligrosa se acercara demasiado a Kurotora Ryo.
Ninguna opción garantizaba la seguridad de sus hombres.
Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.
—Una alianza temporal —dijo finalmente.
Kaito abrió los ojos.
—¿Qué?
Akira levantó una mano antes de que pudiera continuar.
—Escuchame.
—No hay nada que escuchar. ¡Ya viste lo que hicieron!
—Lo vi.
—Entonces ¿por qué estás considerando aceptarla?
Akira sostuvo su mirada.
—Porque una guerra ahora mismo podría destruirnos.
Kaito apretó los puños.
Akira continuó:
—Somos alrededor de doscientos miembros. No tenemos suficientes recursos para sostener un conflicto prolongado contra una organización que nos supera en número.
—¿Y qué pasa cuando utilicen la alianza para controlarnos? —preguntó Kaito.
—Entonces tendremos que averiguar qué pretenden antes de que eso ocurra.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
Akira guardó silencio durante unos segundos.
No tenía una respuesta que pudiera garantizarles que todo saldría bien.
Así que decidió no mentir.
—Entonces habré cometido un error.
Kaito lo miró con incredulidad.
Akira continuó:
—Pero no voy a sacrificar la vida de nuestros miembros solo para demostrar que no tenemos miedo.
Su voz se volvió más firme.
—Una organización no se hace fuerte acumulando territorios ni reclutando más hombres. Se hace fuerte cuando las personas que la forman pueden confiar en que sus líderes no las van a enviar a morir por orgullo.
La habitación quedó en silencio.
Haru bajó lentamente los brazos.
Miyako observó a Akira con atención.
Kaito no parecía convencido, pero dejó de interrumpirlo.
Akira continuó:
—Aceptaremos la propuesta de Kurogane bajo nuestras condiciones.
Uno de los capitanes preguntó:
—¿Qué condiciones?
—No habrá nuevas incursiones en su territorio. Nosotros respetaremos el acuerdo mientras ellos hagan lo mismo.
Miró a Kaito.
—Y nadie volverá a entrar allí por su cuenta.
Kaito abrió la boca para protestar.
Akira levantó una mano.
—Eso también te incluye.
Kaito apretó los dientes, pero no respondió.
—No estoy diciendo que estuvo mal que intentaras ayudar a esa mujer —continuó Akira—. Estoy diciendo que no podemos permitir que vuelvan a utilizarte para obligarnos a reaccionar.
Hizo una pausa.
—La próxima vez podrían elegir a otra persona. A Haru. A Miyako. A Shin.
Akira miró a cada uno de ellos.
—Y no voy a esperar a que alguien termine muerto para entender lo que está pasando.
La última frase salió más baja de lo que pretendía.
Por un instante, la imagen de Akari volvió a su mente.
Su rostro bajo la lluvia.
La forma en que había intentado mantenerse despierto entre sus brazos.
Akira apretó los dedos contra el borde de la mesa.
No otra vez.
Pero esta vez no estaba dispuesto a convertir aquel miedo en una excusa para controlar a los demás.
Tenía que escuchar.
Tenía que evaluar.
Y tenía que aceptar que ninguna decisión podía garantizarle un mundo sin pérdidas.
—La alianza será temporal —repitió—. No significa que confiemos en Kurogane. Significa que necesitamos tiempo para descubrir qué quieren.
Haru asintió lentamente.
—Tiempo para fortalecernos y averiguar quién está detrás de todo esto.
Akira lo miró.
—Exactamente.
Miyako apoyó la espalda contra la silla.
—¿Y la mujer?
Akira guardó silencio unos segundos.
—Si Kurogane cumple su parte del acuerdo, no tendremos motivos para intervenir. Pero quiero que averigüemos quién es y por qué la perseguían.
Kaito levantó la cabeza.
—¿Vas a investigar eso?
—Sí.
—¿Aunque aceptemos la alianza?
Akira lo miró directamente.
—Precisamente porque la vamos a aceptar.
La expresión de Kaito cambió ligeramente.
Akira continuó:
—No voy a confiar ciegamente en una organización que utiliza a personas como rehenes. Quiero saber qué ocurrió, quién dio la orden y qué relación tiene todo esto con Kurotora Ryo.
El capitán que había propuesto la alianza asintió.
—Entonces tendremos que actuar con cuidado.
—Sí —respondió Akira—. Nada de provocaciones. Nada de incursiones. Nada de decisiones individuales que puedan poner en peligro a todos los demás.
Miró a Kaito una vez más.
—Y si Kurogane rompe el acuerdo, quiero saberlo antes de que sea demasiado tarde.
Kaito permaneció callado.
Finalmente, apartó la mirada.
—No estoy de acuerdo.
Akira asintió.
—Lo sé.
—Creo que estás cometiendo un error.
—Puede ser.
Kaito volvió a mirarlo.
—¿Y aun así vas a hacerlo?
Akira respiró profundamente.
—Sí.
No lo dijo con arrogancia.
Tampoco con la seguridad de alguien que conocía el futuro.
Lo dijo porque alguien tenía que tomar una decisión y asumir sus consecuencias.
Y porque, por primera vez, estaba intentando elegir sin dejar que el miedo decidiera por él.
\---
La reunión terminó poco después.
Los miembros comenzaron a retirarse para atender sus responsabilidades. Uno de los capitanes acompañaría a Shin al médico, mientras otros se encargarían de reforzar la seguridad de la base.
Kaito permaneció junto al sofá, esperando a que Shin pudiera levantarse.
Haru recogió los documentos de la mesa.
Miyako se acercó a Akira.
—¿Estás seguro de lo que acabás de decidir?
Akira miró hacia la puerta.
—No.
Miyako frunció ligeramente el ceño.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Akira tardó unos segundos en responder.
—Porque tampoco estoy seguro de que rechazar la alianza sea la decisión correcta.
Miyako lo observó.
—Eso no es lo que te pregunté.
Akira volvió la mirada hacia ella.
—Lo sé.
Se quedó callado durante un instante.
—No quiero que nadie termine herido por una decisión mía.
Miyako sostuvo su mirada.
—Eso no depende solamente de vos.
Akira sintió que aquellas palabras le resultaban dolorosamente familiares.
Miyako continuó:
—Podés tomar precauciones. Podés escuchar a los demás. Podés intentar hacer lo correcto. Pero no podés controlar todas las decisiones de las personas que te rodean.
Akira bajó ligeramente la mirada.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces tendrás que afrontar las consecuencias y corregirlo.
Miyako hizo una pausa.
—Pero no podés vivir intentando impedir cada posible tragedia. Si lo hacés, vas a terminar tomando decisiones por todos nosotros.
Akira permaneció inmóvil.
Durante un instante, quiso preguntarle si alguna vez le había dicho algo parecido en la vida que recordaba.
Quiso preguntarle si aquella mujer que tenía delante era la misma que había amado, si todavía existían recuerdos de una vida compartida en algún lugar de su mente.
Pero no lo hizo.
Ella no tenía por qué conocerlo de aquella manera.
Y él no tenía derecho a exigirle que fuera la mujer que recordaba.
—Voy a intentarlo —respondió.
Miyako asintió.
—Con eso alcanza por ahora.
Se alejó para ayudar a los demás.
Akira la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo.
Haru se acercó poco después.
—No parecés muy contento con tu decisión.
—No estoy contento.
—Entonces supongo que significa que todavía estás pensando.
Akira soltó una pequeña risa.
—¿Siempre tenés que decir algo?
—Sí.
Haru guardó los documentos en una carpeta y la dejó sobre la mesa.
—¿Sabés qué pienso?
—Me preocupa, pero adelante.
—Que no confías en Kurogane.
Akira lo miró.
—No confío en ellos.
—Y que aceptaste la alianza porque tenés miedo de lo que podría pasar si la rechazás.
Akira no respondió.
Haru se cruzó de brazos.
—No te estoy diciendo que esté mal. Solo digo que tenés que recordar algo.
—¿Qué cosa?
Haru miró hacia el sofá, donde Kaito ayudaba a Shin a incorporarse.
—No sos el único que puede decidir cómo proteger esta organización.
Akira siguió su mirada.
Haru continuó:
—Kaito tiene sus motivos. Miyako tiene los suyos. Los demás también. Si querés que confíen en vos, tenés que darles la oportunidad de participar en las decisiones.
Akira permaneció callado.
Haru sonrió ligeramente.
—Además, si vas a aceptar una alianza con una organización peligrosa, más te vale tener un plan.
Akira lo miró de reojo.
—¿Tenés alguna idea?
—Todavía no.
—Muy útil.
—De nada.
Ambos soltaron una risa breve.
Después Haru se marchó para ayudar a los demás.
Akira se quedó solo junto a la mesa.
Sobre ella descansaba el acuerdo provisional que enviarían a Kurogane al día siguiente.
Lo observó durante varios segundos.
Una alianza temporal.
Una decisión que, en teoría, evitaría una guerra.
Una oportunidad para ganar tiempo.
Y, quizá, el primer paso hacia algo que todavía no podía comprender.
Akira tomó el documento y lo dobló cuidadosamente.
No confiaba en Kurogane.
No confiaba en el hombre que había organizado la emboscada.
Y, después de lo que había vivido, tampoco confiaba plenamente en sus propios recuerdos.
Pero había tomado una decisión.
Ahora tendría que descubrir si había sido la correcta.
Se acercó a la ventana.
La noche había caído sobre Kurohama.
A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban entre los edificios, ajenas a las decisiones que se habían tomado en aquella pequeña casa.
Akira apoyó una mano contra el cristal.
En su memoria apareció el rostro de Akari.
Después, el de Miyako.
Y finalmente, el de Haru.
Personas distintas.
Vidas distintas.
Todas conectadas por un futuro que él todavía no comprendía.
—No voy a volver a perderlos…
La frase escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.
Akira cerró los ojos.
No sabía que, en otro futuro, aquella misma alianza sería recordada como el comienzo de una transformación que terminaría enfrentándolo con las personas que más quería proteger.
Tampoco sabía que, al aceptar aquel acuerdo, acababa de tomar una decisión que todavía no recordaba haber tomado.
Una decisión que quizá ya había condenado una parte de su futuro.
La paz había sido elegida.
Pero la verdadera amenaza aún permanecía oculta.
Continuará…
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Estás leyendo el capítulo 7 de REKURO: LAST PROMISE — ZERO DAY (Novela), un novela. ¿Y si tuvieras una segunda oportunidad para cambiar el destino, pero cada decisión pudiera destruir aquello que intentás salvar? Akira Kurogawa lo perdió todo. En un futuro marcado por la tragedia, la muerte de su hija… Este capítulo tiene publicado el 27 de octubre de 2026. REKURO: LAST PROMISE — ZERO DAY (Novela) tiene 7 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.