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Leer Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
El humo de Kaeloth siempre olía a metal quemado, incluso cuando no había fuego cerca. Nolan Vey había dejado de notarlo hacía años, de la misma forma en que uno deja de notar el peso de su propia ropa. Solo lo recordaba en noches como aquella, cuando el viento cambiaba de dirección y le devolvía el olor entero, como si el mundo quisiera recordarle dónde vivía.
Tenía dieciocho años y la espalda ancha de quien ha cargado cosas demasiado pesadas para su edad. No era alto, pero se movía como si lo fuera: hombros rectos, mandíbula tensa, el hábito de mirar siempre las salidas de cualquier cuarto antes que a las personas dentro de él. El cabello, oscuro y corto, se lo cortaba él mismo con un cuchillo cuando le molestaba, sin espejo. Tenía una cicatriz fina sobre la ceja izquierda —un accidente con una viga, no con una espada, aunque nadie le creía cuando lo contaba— y las manos ásperas de alguien que ha trabajado la tierra reseca de un mundo que ya no daba casi nada.
Esa noche estaba sentado en el suelo de tierra apisonada de lo que quedaba de su casa, compartiendo con su madre y su hermana menor el último pan del día, partido en tres pedazos desiguales a propósito. El más pequeño era siempre para él. Nadie lo discutía ya; era una costumbre tan vieja como la guerra misma.
—Cuéntanos algo que no sea triste —dijo Sael, su hermana, con la boca llena.
Tenía doce años y todavía se reía con facilidad, lo cual a Nolan siempre le había parecido un pequeño milagro, dado todo lo demás.
—No sé nada que no sea triste —respondió él, y ella le tiró una miga de pan a la cara.
Su madre sonrió, cansada, con esa clase de cansancio que ya no se quitaba durmiendo. Había sido herrera antes de que el Dominio requisara casi todo el metal de la región para la guerra. Ahora reparaba lo que podía con lo que encontraba: ollas, bisagras, algún cuchillo. Sus manos temblaban un poco al sostener el pan, algo que llevaba haciendo desde el invierno pasado y que Nolan fingía no ver.
—Cuando esto termine —dijo ella, mirando el techo agrietado como si pudiera ver más allá—, vamos a plantar algo. No para comer. Solo para que sea bonito.
Nadie preguntó cuándo sería "cuando esto termine". Llevaban toda la vida esperando esa frase sin fecha.
La Guerra de la Ceniza Última no se peleaba ya por territorio ni por gloria. El Dominio, el poder central que gobernaba lo que quedaba de las ciudades grandes de Kaeloth, seguía enviando soldados contra los Clanes Libres de las tierras agrietadas, pero ambos bandos sabían, en el fondo, que ya no había victoria posible. Solo quedaba ver quién se quedaba sin nada primero. Los campos no daban grano desde hacía tres años. El cielo, en las noches despejadas, mostraba un resplandor extraño en el horizonte —una especie de grieta pálida entre las estrellas que los sacerdotes del Dominio llamaban "el Silencio de Kaeloth" y que nadie sabía explicar del todo.
Nolan no pensaba en eso esa noche. Pensaba en que Sael necesitaba botas nuevas antes del invierno, y en que no tenía cómo conseguirlas.
Los golpes en la puerta llegaron sin aviso, como llegaban siempre las cosas que importaban.
No eran soldados del Dominio buscando reclutas. Eran algo peor: una partida de saqueadores de los Clanes Libres, empujados tan al límite por el hambre que ya no distinguían entre enemigo y superviviente. Nolan lo supo por el sonido —gritos, no órdenes; caos, no disciplina— antes de que la puerta cediera.
Todo lo que pasó después ocurrió demasiado rápido para que la memoria lo guardara en orden. Un hombre con el rostro cubierto de ceniza real, no de guerra, entrando primero. Su madre poniéndose entre él y Sael sin pensarlo, el mismo instinto que la había hecho partir siempre el pan más grande para sus hijos. El sonido húmedo y corto de un golpe que Nolan no vio venir a tiempo para detener.
Gritó. No recordaría después qué palabras usó, si es que usó alguna.
Sael corrió hacia él, y por un segundo —solo uno— Nolan pensó que lograría alcanzarla, sacarla de ahí, que todavía había tiempo. El segundo saqueador la sujetó del brazo y la lanzó contra la pared de piedra con la fuerza brutal de quien ya no distingue el tamaño de lo que tiene enfrente. Sael no volvió a levantarse.
Fue en ese instante, con las manos vacías, sin arma, sin fuerza, sin nada que ofrecer al mundo excepto la certeza absoluta de que estaba a punto de perderlo todo, que algo dentro del pecho de Nolan se abrió como una costura vieja rasgándose.
No lo decidió. No lo entendió. Sintió frío y calor al mismo tiempo, un tirón en el centro del cuerpo como si alguien hubiera atado una cuerda a sus costillas desde el otro lado del mundo y hubiera empezado a jalar. El aire a su alrededor se distorsionó, gris y espeso, como humo que se negara a subir.
Algo respondió.
No fue una espada legendaria. No fue un guerrero luminoso bajando del cielo para salvarlos. Fue apenas una silueta, delgada, torpe, hecha de algo que no era del todo carne ni del todo madera, que cayó entre Nolan y el hombre que avanzaba hacia él, como si la hubieran arrancado de un sueño ajeno a mitad de frase.
La silueta no dudó. Se lanzó contra las piernas del saqueador más cercano con una torpeza desesperada, más peso muerto que técnica, y logró derribarlo. El segundo hombre, el que había golpeado a Sael, se giró hacia el ruido en vez de hacia Nolan, confundido más que asustado ante aquella cosa que no debería existir. Bastaron un par de golpes con el mango de su cuchillo para quebrarla —un sonido seco, como una rama vieja— pero esos segundos, esos pocos segundos en que los dos hombres miraron a la criatura y no a él, fueron los que Nolan usó para arrastrarse fuera del alcance inmediato, hacia la sombra del fogón apagado.
No fue valentía. Fue el mismo instinto ciego que hace que un animal herido busque un rincón antes de pensar en pelear.
Los saqueadores, con la casa ya medio derrumbada y el fuego trepando por las vigas, no se quedaron a buscarlo entre los escombros. Tenían prisa, y un muchacho inmóvil en la oscuridad no valía el tiempo que ya estaban perdiendo. Se llevaron lo poco que pudieron cargar y desaparecieron por donde habían entrado.
Nolan no llegó a saber si esa presencia, fuera lo que fuera, había alcanzado siquiera a mirarlo antes de deshacerse del todo.
Todo después de eso se volvió ruido y oscuridad parcial: el humo espesándose, el calor creciendo desde el techo, el sabor a sangre en su propia boca por haberse mordido la lengua al caer. Cuando logró arrastrarse hacia el centro de la casa, su madre y su hermana ya no se movían, y la estructura entera parecía respirar fuego por las grietas del techo.
Nolan no recordaría haberse arrastrado hacia ellas. Recordaría, en cambio, el peso exacto del cuerpo de Sael contra el suyo, todavía tibio, y la absoluta inutilidad de sus propias manos.
No gritó esta vez. No le quedaba aire para eso. Se quedó ahí, con el humo bajando cada vez más denso hacia el suelo, sosteniendo algo que ya no podía sostener nada a cambio, hasta que el dolor dejó de tener forma de pensamiento y se convirtió en otra cosa —algo más parecido al vacío que a la pena.
El tirón en el pecho regresó, más violento esta vez, como si el mundo hubiera decidido que ya había tenido suficiente de él también. El aire se abrió de verdad en esa ocasión, no en una grieta pequeña sino en algo parecido a una herida completa, gris y sin fondo, justo frente a sus ojos.
No pidió cruzarla. No tuvo tiempo de tener miedo, ni de soltar lo que quedaba entre sus brazos. La grieta lo absorbió de la misma forma en que un río absorbe algo que ya no puede sostenerse a sí mismo en la orilla.
Lo último que Nolan Vey vio de Kaeloth fue el techo de su casa ardiendo desde adentro, con la ceniza cayendo hacia arriba en vez de hacia abajo, como si incluso el fuego se hubiera olvidado de cómo funcionaba el mundo.
Despertó bocabajo, sobre tierra húmeda que no olía a metal quemado ni a ceniza. Olía a musgo, a lluvia reciente, a algo verde y vivo que Nolan no había sentido en años.
Le dolía todo el cuerpo de una forma que no correspondía a los golpes que recordaba haber recibido, como si algo en su interior hubiera sido estirado más allá de su forma natural y apenas empezara a volver a su sitio. Intentó moverse y solo consiguió toser tierra.
Sobre él, un cielo que no reconocía —dos lunas pequeñas, pálidas, asomando entre nubes bajas— confirmaba lo que su cuerpo ya sabía antes de que su mente lo aceptara.
No estaba en Kaeloth.
No sabía qué había sido de los cuerpos de su madre y su hermana, si el fuego había llegado a alcanzarlas, si alguien las encontraría entre las ruinas o si Kaeloth simplemente las olvidaría junto con todo lo demás. No sabía, todavía, que jamás encontraría un camino de regreso para averiguarlo.
Solo sabía que algo, en el peor momento de su vida, había respondido a su desesperación —y que fuera lo que fuera esa cosa frágil que había caído del aire para morir en su lugar, él ya nunca volvería a mirar sus propias manos de la misma forma.
Cerró los ojos, todavía sobre la tierra extraña, y por primera vez desde que tenía memoria, no supo qué era lo siguiente que debía hacer.

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Capítulo 2
Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela), un novela. Expulsado de un mundo consumido por la guerra, Nolan Vey llega a Virelia con dieciocho años, una familia que no pudo salvar y un poder que nadie más posee: puede invocar personas reales de otros mundos. Pero cada… Este capítulo tiene publicado el 7 de septiembre de 2026. Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.