arrow_back

Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 19 online gratis en español

La sed fue lo primero. No una sed normal, de "bebí poco en la cena". Era esa sequedad específica que venía después de usar demasiado maná: como si el cuerpo hubiera quemado el agua desde adentro para alimentar algo que no tenía nombre en ningún manual médico del reino. Me quedé unos segundos sin moverme, con los ojos abiertos en el techo. La lámpara de maná cerca de la puerta dejaba una penumbra naranja, suave, del tipo que no despierta pero tampoco deja dormir del todo. Las respiraciones de mis hermanas llegaban desde la habitación contigua, amortiguadas por la pared de piedra. Lentas. Tranquilas. Me pregunté si alguna vez volvería a dormir así. Decidí no responderme y me levanté. El suelo de mármol estaba frío bajo los pies descalzos. Eso también era nuevo: en Harunose el suelo de madera crujía, te avisaba de que existías. Este era silencioso como una traición. La jarra de agua estaba en la mesita. La incliné, escuché el sonido del líquido, bebí. Cerré los ojos un segundo. Pensé en Harunose. En el sonido del río por las mañanas. En el olor a pan que hacía mi madre cuando todavía había razones para levantarse temprano. Pensé en mi padre caminando delante de mí por ese camino de tierra, con el sol todavía bajo y la niebla pegada al pasto. Abrí los ojos. Harunose no estaba. El palacio estaba. Y con él, algo más. Lo sentí antes de buscarlo: una ausencia con forma. Como cuando entras a una habitación que debería estar vacía y no lo está, pero la razón no sabe exactamente por qué lo sabe. Dejé la jarra en la mesa. Despacio. Con cuidado. —…Sistema. \[ANÁLISIS AMBIENTAL EN CURSO\] Presencia de maná: niveles normales. Temperatura: estable. Entidades mágicas activas: ninguna detectada. Me quedé mirando la esquina más oscura de la habitación. La lámpara naranja no llegaba hasta allá. Nunca llegaba hasta allá. Lo había notado las últimas noches sin querer notarlo, como cuando el cuerpo ve el peligro antes que la mente y elige no decirle nada para no alarmarse. —Mientes —dije, en voz baja. No lo dije con rabia. Lo dije como quien corrige un error en un cálculo. Con la misma frialdad con la que, en otra vida, revisaba hojas de Excel a las once de la noche. La esquina se movió. No fue un temblor de lámpara, no fue sombra de cortina. La oscuridad se desprendió de la pared como tinta que decide separarse del papel que la contenía. Lenta. Deliberada. Sin prisa, que era lo más inquietante. Tomó una forma vagamente vertical: no más alta que yo, sin rasgos definidos, solo un contorno más denso que la propia oscuridad que lo rodeaba. Como si alguien hubiera recortado la silueta de una persona en el tejido del aire y lo que quedara no fuera luz ni sombra sino algo anterior a ambas. El sistema reaccionó un segundo tarde. Siempre un segundo tarde con esto. \[ADVERTENCIA\] Entidad no clasificada en radio de proximidad. Iniciando análisis… … … \[ERROR — DATOS INSUFICIENTES\] No es posible asignar categoría. No es posible medir. No es posible contener. El "no es posible" repetido tres veces era nuevo. El sistema nunca repetía. La entidad no se movió más. Se quedó a mitad de la habitación, entre la pared y mi cama, como alguien que ha llegado a una reunión y espera que el otro comience. No sentí hostilidad. Tampoco calidez. Lo que sentí fue algo más difícil de nombrar: el tipo de atención que te pone un científico cuando encuentra un espécimen que no esperaba. Una curiosidad que no se preocupa por ti, que te estudia con la misma tranquilidad con la que estudiaría cualquier otra cosa interesante. —…Podrías haber esperado a que terminara de beber —dije. No sé por qué eso fue lo primero que salió. Supongo que el cerebro, cuando está al borde del miedo, se aferra a lo trivial para tener algo en la mano. La entidad inclinó la cabeza. El gesto fue tan humano que resultó más extraño que si no lo hubiera hecho. Cuando habló, la voz no vino de un punto concreto del espacio. Vino del cuarto. Como si las paredes, el techo, el suelo de mármol frío, todos hubieran decidido al mismo tiempo susurrar la misma cosa. —Te levantaste antes de que decidiera irme. Varias voces superpuestas, casi idénticas, casi una. El resultado era neutro de una manera que ninguna voz individual puede ser. Sin género, sin edad, sin acento. Como un tono que existía antes de que los idiomas inventaran el concepto de tono. —Sabes que llevo tiempo aquí —dijo. No era una pregunta. —Lo imaginaba —respondí—. El sistema no te detecta, pero las lámparas siempre esquivan esa esquina. El frío es dos grados más bajo ahí. Los pájaros del jardín no cantan de noche excepto cuando te vas. Una pausa. —Observas —dijo la entidad. —Es lo único que sé hacer bien —respondí. Algo en el contorno oscuro cambió de forma imperceptible. No era una sonrisa. Pero si alguien hubiera preguntado qué era, "sonrisa" habría sido la aproximación más cercana. —No tienes miedo —observó. —Tengo miedo de demasiadas cosas —dije—. La lista es larga. Esto todavía está en proceso de evaluación. —¿De qué tienes miedo? La pregunta me tomó desprevenido. No por inesperada, sino porque nadie en este mundo me la había hecho directamente así. Pensé en responder algo vago. Decidí no hacerlo. —De no ser suficiente —dije—. Cuando importe de verdad. La entidad procesó eso en silencio. —Tú tampoco deberías existir —dijo entonces. La frase cayó sin dramatismo, como dato. Eso la hacía más pesada. —Esa es una manera curiosa de empezar una conversación —respondí. —No es un comienzo —dijo—. Es una observación. No eres producto de este mundo ni del sistema que opera en él. Eres un error importado desde otro plano, con memoria de una existencia que este mundo no puede registrar. El sistema generó una nota incómoda: \[NOTA DEL SISTEMA\] Declaración no verificable con parámetros actuales. Se recomienda precaución. —¿Error de quién? —pregunté. La entidad tardó. —De Él. Dos palabras. Sin mayúscula audible en la voz, pero la sintió de todas formas. —El que habla con muchas voces desde una sola garganta —dijo—. El que no tiene rostro. El que decidió que este mundo estaba escrito incorrectamente y que la única corrección válida era borrarlo y empezar de nuevo. Recordé al asesino en el pasillo del palacio. Su descripción de algo sin ojos, sin forma. Solo presencia y propósito. Recordé lo que Erian había dejado entrever sin terminar de decirlo. —¿Tú trabajas para Él? —pregunté. La respuesta fue inmediata. La más rápida que había dado. —No. Sin matices. Sin "ya no" ni "en otro tiempo". Solo no. —Yo también fui un error —dijo—. En otra iteración del mismo diseño que originó tu privilegio. La palabra "iteración" no era del vocabulario de este mundo. La reconocí del mío. Me senté en el borde de la cama, despacio, sin apartar los ojos de la entidad. —¿Cuántas iteraciones ha habido? —pregunté. —Las suficientes para que Él aprenda —respondió—. No las suficientes para que perfeccione. —¿Y tú sobreviviste a todas? —Sobrevivir no es la palabra correcta para lo que soy. —¿Qué palabra es correcta? Una pausa larga. Más larga que las anteriores. —Persistí —dijo al fin. Persistir. Sin vivir, sin existir. Solo continuar cuando el diseño que debería haberlo borrado falló en los bordes. —¿Cuánto llevas siguiéndome? —pregunté. —Desde el templo de Harunose —respondió—. Antes de eso, solo veía una anomalía moviéndose hacia el norte. Una señal que el sistema de este mundo no sabía cómo clasificar. Eso encajaba. La sensación en el templo, cuando el artefacto casi se sobrecargó. Algo había estado observando. —¿Por qué no te presentaste antes? —Porque todavía no sabía si eras suficientemente estable —dijo—. Un error importado puede colapsarse solo. He visto eso también. —¿Y ahora lo sabes? —Ahora lo creo —respondió—. No es lo mismo, pero es suficiente para este momento. Me quedé mirando el contorno oscuro durante varios segundos. —¿Qué quieres? —pregunté. —Que sigas existiendo. —Eso no suena desinteresado. —No lo es. Silencio breve. —Él ha planeado una corrección —dijo la entidad—. Los demonios moverán sus ejércitos. Los ángeles permitirán que ocurra con las manos limpias. Los elfos ajustarán los nodos de energía para que cuando el reino caiga, el equilibrio no se rompa demasiado visiblemente. Todo está calculado. —Ya sé algo de eso —respondí—. El líder del ataque al palacio lo mencionó antes de morir. —Sabes la capa exterior —dijo la entidad—. El ataque al palacio no fue el plan. Fue el ensayo. Una prueba para medir variables. Se me enfrió algo en el pecho. —¿Qué variables? —Tú —respondió—. Te midieron a ti. El sistema procesó eso con un zumbido que no generó ninguna ventana. Como si no supiera qué categoría asignarle. —La corrección real —continuó la entidad— no llegará con bandidos ni con veneno. Llegará cuando los tres vectores se activen simultáneamente: el colapso del orden político desde adentro, el colapso del equilibrio mágico desde los nodos élficos, y el colapso de la frontera norte desde los ejércitos demoníacos. Los tres al mismo tiempo. Calculados para que ningún poder individual pueda responder a los tres. —Excepto uno con maná ilimitado —dije. —Excepto uno que no sabe cómo usarlo —corrigió—. Hay una diferencia importante. Dolió porque era preciso. —¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunté. —No lo sé con exactitud —respondió—. Pero Zhaer'Morath ya reunió a su consejo de guerra. Los elfos terminaron sus preparativos antes de que llegaras a la capital. Los ángeles solo esperan la señal. —¿La señal de Él. —Sí. —¿Y Él ya sabe que tú y yo estamos hablando? La entidad no respondió de inmediato. —Sabe que hay una anomalía —dijo—. No sabe todavía qué forma tomó. Eso nos da tiempo. —¿Cuánto tiempo? —El que tardemos en terminar esta conversación, más lo que tarde en decidir que vale la pena investigar. Entendido. Reloj corriendo. —¿Qué me estás ofreciendo? —pregunté. La entidad dio un paso hacia adelante. Ahora estaba a poco más de un metro. Pude ver mejor el contorno: no era uniforme. Tenía zonas más densas y zonas casi translúcidas, como si algunas partes de su forma hubieran persistido mejor que otras a lo largo del tiempo. —Tu poder —dijo— es demasiado para tus manos actuales. —Ya me lo han dicho de otras maneras. —No me refiero a la cantidad —respondió—. Me refiero a la dirección. El privilegio sin límite no tiene límite porque tampoco tiene brújula. Se expande en todas direcciones igual, como una explosión en lugar de una herramienta. Tienes cráteres en las afueras del castillo. —Erian me los cobró —murmuré. —Erian no puede enseñarte lo que no existe en ningún libro —dijo la entidad—. Porque lo que tienes no es magia de este mundo. Eso era nuevo. —¿Qué es entonces? —Una traducción —dijo—. El sistema tomó lo que eras en tu mundo —capacidad de trabajo sin límite, adaptabilidad, resistencia al agotamiento— y lo tradujo a los parámetros mágicos de este. El resultado es un poder que no tiene techo porque su fuente original tampoco lo tenía. Pensé en el salaryman que había sido. En las jornadas de doce horas. En la habilidad extraña de seguir funcionando cuando todos los demás ya habían parado. —La ironía —dije, en voz baja— es que en mi mundo eso me mató. —En este mundo puede ser diferente —respondió la entidad—. Pero solo si aprendes a dónde apuntarlo. —¿Y tú puedes enseñarme eso? —Puedo hacer algo más inmediato —dijo—. Puedo darte acceso a una función que el sistema no tiene por diseño. —¿Cuál? —Intervención directa en el flujo de eventos. Tardé un segundo en procesar las palabras. —Deseos —dije. —Esa es la palabra que usa la gente cuando no entiende exactamente qué son —respondió—. Técnicamente, es forzar un resultado puntual en un nodo de probabilidad que ya tiene una trayectoria establecida. —Pero el efecto es el de un deseo. —El efecto es el de una palanca —corrigió—. Con toda la ventaja y todo el riesgo que eso implica. Y entonces ocurrió algo que no esperaba. La entidad extendió su contorno hacia el espacio entre los dos, y del suelo, sin sonido, sin humo, sin ninguno de los efectos dramáticos que este mundo usaba para sus rituales, empezó a formarse algo. Una línea. Delgada como un hilo de luz negra, que no debería existir: luz que oscurece en lugar de iluminar. Se curvó. Se ramificó. Empezó a dibujar un patrón en el suelo de mármol frío. No era como los círculos mágicos que había visto en Vaelkis, con runas ordenadas y simetrías precisas que seguían lógicas de maná conocidas. Esto era diferente: asimétrico en los bordes, pero con un centro perfectamente equilibrado. Como si la asimetría fuera intencional, parte del diseño. El sistema lo vio y no supo qué hacer con ello. \[ALERTA\] Patrón no identificado en formación. No coincide con ninguna base de datos conocida de runas, sellos o círculos mágicos. No es posible determinar función ni riesgo. El círculo terminó de trazarse a mis pies. Tenía aproximadamente un metro de diámetro. En el centro, donde debería haber habido un símbolo de anclaje como en todos los círculos que conocía, había solo un espacio vacío. —¿Qué es esto? —pregunté. —El contrato —respondió la entidad—. Lo que tú llamas trato, en el lenguaje que predice el resultado. —¿Por qué en el suelo? ¿Por qué visible? —Porque los acuerdos que no tienen forma visible no tienen peso —dijo—. Y esto necesita peso. Me quedé mirando el patrón. Las líneas no brillaban con ningún color que pudiera nombrar. No eran doradas como la magia de la iglesia, ni azules como el maná de combate, ni verdes como la curación. Eran del color de lo que está entre el estado dormido y el estado despierto, ese tono que no existe cuando estás en uno u otro pero aparece en el borde. —¿Qué ocurre si piso el círculo? —pregunté. —Escuchas las condiciones —respondió la entidad—. Solo al pisarlo. No antes. —¿Y si no lo piso? —Me voy —dijo—. Y cuando llegue la corrección, estás solo con tu poder bruto y sin dirección. No era un ultimátum. Era una enumeración de hechos. Di un paso. Me detuve en el borde del círculo. —Antes de entrar —dije—: el precio de los deseos. Necesito entenderlo. —Habla. —Dijiste que el flujo de eventos se compensa. Que si salvo una vida que estaba marcada para morir, otra se acerca antes a su fin. —Sí. —¿Con quién? ¿Cómo lo elige el flujo? —No lo elige —respondió—. Lo calcula. El flujo busca el punto de menor resistencia en la red de vidas conectadas al evento. —¿Conectadas cómo? —Por proximidad. Por vínculo emocional. Por consecuencia causal. Se me instaló un hielo en el estómago. —Eso significa —dije, despacio— que si uso un deseo para salvar a alguien que amo, el precio podría caer sobre alguien que también amo. —Podría —respondió—. O podría caer sobre un desconocido. El flujo no tiene preferencias. Solo eficiencia. —¿Puedo elegir sobre quién cae? —No. —¿Puedo saber de antemano sobre quién caerá? —No. —¿Puedo revertirlo después? —No. Nunca. Ningún poder de este mundo ni del que viniste puede deshacer lo que el flujo ya ajustó. Miré el círculo a mis pies. —Entonces cada deseo es una apuesta a ciegas. —Cada acción es una apuesta a ciegas —respondió—. Lo que te ofrezco es que al menos seas tú quien mueva la ficha, en lugar de que te muevan a ti. —Eso no lo hace menos peligroso. —No —admitió—. Lo hace más tuyo. Cerré los ojos un segundo. Pensé en el palacio. En el veneno. En los doce infiltradores. En la forma de omnipotencia que se había activado sola porque no había otro camino. Pensé en lo que vendría: los ejércitos demoníacos, los nodos élficos, los ángeles mirando con las manos limpias. Pensé en mi madre en esa sala, con la mano en mi hombro. Pensé en Lila diciéndole a Erian que podía venir a cenar cuando quisiera. No quería usar los deseos. No quería tener que usarlos. Pero querer y necesitar eran cosas distintas. Lo sabía desde antes de nacer en este cuerpo. Levanté el pie. Y pisé dentro del círculo. Fue como sumergirse en agua que no mojaba. No hubo luz, no hubo sonido. Solo una presencia que se comprimió alrededor de mis sentidos durante un segundo exacto, y en ese segundo, sin palabras, sin imágenes, sin nada articulable, supe las condiciones. No las entendí todas. Algunas eran demasiado largas para un segundo. Pero supe que existían. Y supe que no había vuelta atrás desde este lado del círculo. Cuando el segundo terminó, el patrón del suelo empezó a moverse. No a desaparecer. A moverse. Las líneas se desprendieron del mármol como si el suelo las hubiera estado prestando, y ascendieron. Se curvaron alrededor de mi tobillo derecho, subieron por la pierna, se reorganizaron en el espacio frente a mí en el aire y luego, de golpe, como agua que encuentra su cauce, se condensaron y desaparecieron. No en el aire. En mí. Lo sentí como una quemadura fría exactamente sobre el lado izquierdo del pecho. No en la piel. Más adentro. Me llevé la mano ahí, instintivamente. Bajo la tela de la ropa, podía sentirlo: el patrón, grabado en algún lugar entre la piel y el hueso, caliente como una cicatriz nueva. El sistema procesó lo que acababa de ocurrir durante casi cuatro segundos completos. Cuatro segundos era una eternidad para algo que normalmente respondía en fracciones. Y luego, en lugar de generar las ventanas habituales, el sistema hizo algo que nunca había hecho. Se apagó. No colapsó. No generó error. Se apagó como una pantalla que entra en modo de reinicio, dejando solo el cursor parpadeando en negro. La entidad observaba. —¿Qué está pasando? —pregunté. —Está procesando —respondió—. Lo que acaba de ocurrir requiere que se reconfigure. —¿Cuánto tarda? —No lo sé. Nunca había visto un sistema como el tuyo desde adentro. Ese dato no me tranquilizó especialmente. Esperé. El silencio en mi cabeza era extraño. Llevaba meses con el sistema como ruido de fondo constante: ventanas, alertas, notas, actualizaciones. Sin él era como estar en una habitación donde siempre había música y de pronto se corta. Uno no sabe lo mucho que dependía del ruido hasta que desaparece. Treinta segundos. Cuarenta. Y entonces volvió. Pero diferente. La primera señal fue la tipografía. Las ventanas del sistema siempre habían tenido el mismo formato: texto limpio, bordes rectos, sin adornos. Funcional. La primera ventana que apareció tenía los bordes ligeramente irregulares. No rotos. Solo… orgánicos. Como si algo hubiera crecido alrededor del marco original. \[SISTEMA: PRIVILEGIO SIN LÍMITE\] \[ESTADO: RECONFIGURANDO\] Cambio detectado en estructura base. La integración de un elemento externo de clasificación ANTERIOR AL SISTEMA ha forzado una actualización no programada. Esto no es un error. Esto es una respuesta. Luego, debajo, en un tipo de texto que nunca había aparecido antes, más delgado, como escrito con algo más fino que lo habitual: \[nota secundaria\] el sistema original no puede contener lo que acaba de entrar. por eso estoy expandiendo los bordes. solo los bordes. lo de adentro sigue siendo tuyo. No era el tono del sistema. Era otra voz. No la de la entidad, tampoco la mía. Algo intermedio, como si el sistema hubiera aprendido a hablar de otra manera al procesar algo que no estaba en su diseño original. Parpadeé. —¿Estás dentro del sistema? —le pregunté a la entidad. —Estoy en el margen —respondió—. El sistema no me dejó entrar al núcleo. Lo intentó y encontró que yo soy más vieja que sus protocolos. Así que negoció: me asignó un espacio en el borde y acordamos que desde ahí puedo hablar, pero no modificar. —¿Quién acordó eso? El sistema no tiene voluntad propia. Pausa. —¿Estás seguro? —dijo la entidad. No respondí. La nueva ventana del sistema generó otra línea: \[MÓDULO INCORPORADO\] Designación: \[SIN NOMBRE\] Función asignada: observación, asesoría, acceso al canal de deseos Nota de integración: este módulo no obedece comandos directos del usuario. Tampoco obedece comandos del sistema. Opera bajo sus propios parámetros. Registrado para referencia únicamente. Debajo, la voz del borde escribió: \[nota secundaria\] eso último es más honesto de lo que suelen ser estas cosas. lo aprecio. —¿Acabas de agradecer al sistema? —dije, en voz alta. —Tenemos una comprensión nueva —respondió la entidad desde la habitación—. Es lo más cercano a respeto que puedo generar. Esperé a que el sistema terminara de reconfigurarse. Tardó otros veinte segundos. Cuando terminó, la interfaz se veía casi igual que antes, pero con diferencias pequeñas que resultaban enormes si sabías buscarlas: los márgenes de las ventanas tenían ese borde ligeramente orgánico. Había una nueva barra en el extremo del HUD mental, casi invisible, que pulsaba suavemente, una vez por segundo, como un segundo corazón instalado junto al primero. Y había algo más. Donde antes el sistema catalogaba mis estadísticas con números y rangos fijos, ahora los números tenían decimales. No redondeos. Decimales reales, que cambiaban mientras los miraba, fluctuando con mi respiración, con mi temperatura, con cosas que el sistema antes resumía como "estable". Era como haber tenido toda la vida una cámara de fotos y descubrir de repente que tenía video. —¿Qué está mostrando que antes no mostraba? —pregunté. —El potencial vivo —respondió la entidad—. No el que tienes en este momento, sino el rango completo de lo que puedes llegar a tener. —¿Y por qué antes no lo mostraba? —Porque los números habrían sido demasiado grandes para ser útiles —dijo—. Sin contexto, solo son ruido. Ahora tengo contexto para ayudarte a leerlos. \[nota secundaria\] los números eran efectivamente absurdos. me alegra no haberlos mostrado antes. habrías tomado decisiones equivocadas con demasiada confianza. —¿Puedes dejar de comentar mis estadísticas? —le dije al sistema. \[nota secundaria\] no. Solté el aire. La entidad observaba la escena con algo que, si hubiera tenido cara, habría sido diversión. —La voz nueva del sistema —dijo— se formó de la compresión. Cuando algo demasiado grande entra en un espacio demasiado pequeño, el espacio aprende a hablar del esfuerzo. —Eso es poético para ser un sistema de magia. —Todo lo que persiste el tiempo suficiente aprende a ser poético —respondió. Me quedé de pie en la habitación reconfigurada, con el patrón grabado en el pecho, el sistema hablando en dos voces, y una entidad sin nombre que acababa de anclarse a mi existencia de manera permanente. —Una cosa más —dije. La entidad esperó. —Si algún día decido que este trato fue un error —dije—, ¿qué pasa? —Persistirá de todas formas —respondió—. El círculo no tiene cláusula de arrepentimiento. —¿Ni siquiera si te demuestro que me hiciste daño? —¿Cuándo fue la última vez que un error admitió haber causado daño? —dijo. No respondí. —Exacto —dijo la entidad. Y empezó a disolverse de nuevo, pegándose a las paredes, hundiéndose en las esquinas hasta no ser nada distinguible de la oscuridad normal. Antes de desaparecer del todo, dijo: —Duerme. Mañana el sistema terminará de asimilar los cambios. Necesitas estar descansado para cuando eso ocurra. —¿Por qué? —Porque el proceso completo de integración ocurre mientras duermes —respondió—. Y los sueños de esta noche no serán agradables. —¿Qué clase de sueños? —Los que el sistema usa para procesar lo que no puede categorizar estando despierto —dijo—. Verás cosas que no tienen nombre todavía. No las interpretes demasiado. Solo déjalas pasar. —Eso no es un consejo tranquilizador. —No —admitió—. Pero es honesto. Y se fue. La habitación quedó en silencio. No el silencio de antes, cuando había una presencia que hacía que el silencio tuviera forma. Silencio real. Vacío. Excepto por la barra nueva en mi HUD, que seguía pulsando una vez por segundo. Y por la voz del borde, que escribió una última línea antes de dormirse también: \[nota secundaria\] por si sirve de algo: lo que hiciste esta noche no fue un error. todavía. Me senté en el borde de la cama. Puse la mano izquierda sobre el lado izquierdo del pecho. El patrón estaba ahí, bajo la piel. Caliente. Quieto. Como algo que respira pero no necesita respirar. Pensé en Erian. En cómo me miraría mañana y sabría que algo había cambiado sin que yo dijera nada. En la cara que pondría. En lo que no diría, que sería más importante que lo que dijera. Pensé en mi madre. En Lila. En Akari. Pensé en que cada deseo que algún día considerara usar tendría un precio que no podría ver de antemano, que caería sobre alguien conectado al evento sin que yo pudiera elegir sobre quién. Pensé que, con suerte, nunca necesitaría usarlos. Y pensé, con la honestidad que solo aparece de madrugada cuando nadie está mirando, que esa esperanza era exactamente la que tendría una persona que sabe que los va a usar. Me acosté. Cerré los ojos. Y el sistema, las dos voces, el patrón en el pecho y la barra que pulsaba una vez por segundo me llevaron a un sueño que no era exactamente un sueño, sino el proceso de algo muy antiguo aprendiendo a caber en un espacio que no fue construido para ello. No fue agradable. Pero sí fue, en el sentido más extraño de la palabra, necesario. \* \* \* Erian llegó antes del amanecer. No llamó. Nunca llamaba. Abrió la puerta con la misma naturalidad con la que un médico entra a revisar a un paciente que sabe que tuvo una noche complicada. Hino estaba dormido. O parecía dormido. Erian llevaba suficientes años evaluando personas para saber la diferencia. Se quedó de pie junto a la puerta. Estudió la habitación. La lámpara de maná seguía encendida. La jarra de agua tenía el nivel más bajo que la noche anterior. Las sábanas estaban ligeramente más revueltas de lo que correspondería a alguien que simplemente durmió. Pero lo que hizo que Erian se quedara muy quieto no fue nada de eso. Fue el aire. El maná ambiental de la habitación tenía una textura diferente. No más alto ni más bajo. Diferente. Como agua en la que alguien hubiera disuelto algo que no era visible pero cambiaba la densidad. Erian cruzó la habitación despacio. Se paró junto a la cama. Miró a Hino. A simple vista, el niño dormía. Para alguien con los sentidos de Erian, era otra cosa. Había algo anclado en él que no estaba ayer. No en el sistema, que Erian podía percibir como una presencia luminosa y caótica a partes iguales. En algún lugar más profundo. Más quieto. Erian conocía ese tipo de quietud. La había visto dos veces en cuarenta años de trabajo. Las dos veces había terminado mal para quien la cargaba. Las dos veces también había cambiado el resultado de eventos que de otra manera habrían sido inevitables. Sacó del bolsillo interior de su ropa un pequeño cristal de medición, del tipo que los evaluadores de su orden usaban para tomar lecturas finas de maná. Lo sostuvo sobre Hino sin tocarlo. El cristal tardó en responder. Eso era inusual. Normalmente respondía en menos de un segundo. Cuando respondió, la lectura no fue un número. Fue un pulso. Una vez por segundo. Regular como un reloj. Erian guardó el cristal. Se quedó mirando al niño dormido durante un momento más. —¿Qué te metiste? —murmuró, sin esperar respuesta. Hino no se movió. Pero la barra en su STATUS, invisible para todos excepto para él, pulsó una vez. Erian salió de la habitación. Cerró la puerta con cuidado. Y en el pasillo, con la espalda apoyada contra la pared de piedra y los brazos cruzados, se quedó pensando durante el tiempo que tarda el sol en pasar de no existir a existir. Cuando Hino abriera los ojos, Erian iba a tener preguntas. Y esta vez no iba a aceptar encogimientos de hombros como respuesta.
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)

Continúa leyendo

Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)

Capítulo 20

Siguiente Capítulo ›

Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 19

Estás leyendo el capítulo 19 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 7 de marzo de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.