Leer Pocket Mirror (Novela) Capítulo 71 online gratis en español
🏴 Grupo: Kappoff00✍️ Traducción: Kappoff00
Baskerville colgó el celular analógico. Tomó un suspiro manteniendo una mirada serena, acomodando sus lentes de borde negro. No disfrutaba hablar con Zhu Qing, con ningún operador, pero era una pieza fiel que muchas veces le era de utilidad.
Se recostó al espaldar de su silla de oficina, posando su mirada en su ancho escritorio marrón. Junto al celular, decenas de documentos y papeles llenos de nombres de operadores a lo largo del mundo, miembros de los Impíos.
«Repentinamente, él deja de responder cuando los Impíos se revelan en contra de Alexei sin razón aparente. Es un líder patético, pero no hay razones para abandonar a su único patrocinador». Pensó, colocándose una mano en su nuca, presionando suavemente, moviendo su cuello. La vejez fue el único oponente que William A. Baskerville no pudo vencer. Su cabello negro, algo canoso, empezaba a escasear a la edad de 76 años. Se levantó de la silla, ignorando el dolor en su espalda luego de estar sentado tanto tiempo revisando datos sobre los Impíos.
Sus mejores días transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos; mantenía cierta rutina de ejercicio para no perder totalmente su forma, pero el ancho hombre robusto ya podía notar algo de panza en su abdomen; de ahí venía uno de los apodos más utilizados por los miembros del congreso de operadores, “Gordo de mierda”.
Acomodó su bien cuidada apariencia después de caminar unos pasos en su pulcra oficina. A diferencia de sus “queridos” trabajadores en los altos cargos del congreso, Baskerville no utilizaba esos extravagantes trajes sacados de alguna convención de disfraces. Era minimalista, más contemporáneo y algo monocromático. A diferencia de Lawrence, Zhu Qing y Alexei, él no era un gran señor, un conde futurista o vestía las ropas que tendría un adolescente de banda pop. Su presencia con aquel saco negro sin bolsillos, camiseta ajustada, pantalones holgados, sostenidos por un cinturón y unos zapatos, todos compartiendo el mismo color, brindaba un aire algo discreto. Era todo un empresario.
Salió por la puerta abierta de su oficina, dando paso a una sala mucho más iluminada que cuando cazó al Cosmopolita. Decenas de escritorios, uno junto al otro, formaban 6 líneas en toda la espaciosa sala; a los costados, uno encontraría lo mismo que en cualquier oficina: fotocopiadoras, máquinas de imprimir, filtros de agua. Incluso un pequeño espacio que fungía como minicocina. Sus empleados guardaban en la nevera sus alimentos y los recalentaban en el microondas.
—Janus. —Baskerville se acercó a un hombre de cabello rubio con traje, que se volteó en un instante.
—¿Señor? —preguntó colocando su espalda recta, hasta sentir la pesada mano callosa en su hombro.
—Relájate, ¿qué tal los quince años de tu hija?
—Una tortura, señor —comentó el hombre manteniendo una ligera sonrisa—. Uno cree que fue ayer que la llevaba a comprar juguetes o se sienta con ella a tomar el té y hoy ya tiene quince años, un novio y problemas con su madre.
—La paternidad es un trabajo duro, Janus. No tienes permitido descansar de ese trabajo.
—¡Por supuesto que no, señor!
Baskerville asintió ante la alegre expresión del hombre, que regresó a la computadora. Una mujer en sus veintes con traje formal, ojos marrones y cabello corto le llevó un café negro, con solo una cucharada de azúcar.
—Gracias, Melissa. ¿Qué tenemos? —preguntó antes de beber del café. Consideraba que estas cosas eran su salvación en las mañanas con dolor de cabeza y las largas noches de trabajo junto a sus habanos.
—Los drones han explorado los alrededores de Prípyat; no hay nada de lo que debamos preocuparnos, al menos en esta etapa —respondió la mujer, confirmando las palabras de sus compañeros en las notas que llevaba en un pequeño bloc—. Se estima que hay alrededor de 240 Impíos dentro de la ciudad, divididos en varios grupos. Los informes indican que están buscando algo.
—¿Cuántos de ellos han sido confirmados como operadores?
—Cuarenta, señor.
Baskerville frunció levemente su ceño, ya algo arrugado. La cifra creciente tan repentina de los Impíos no era extremadamente preocupante, pero sí inesperada. Personas que aparentaban tener una vida normal, nunca involucradas con el aura o este mundo lleno de magia, dejaron sus trabajos, sus empleos, sus estudios, todo. Tiraron su vida por la borda, uniéndose a esta organización en decadencia.
Sus sospechas le llevaban a creer que consiguieron un poderoso operador con habilidades que alteran la mente y la voluntad de las personas, pero no había forma de confirmarlo por el momento.
Tomó los informes entregados por Melissa, páginas repletas de información de los humanos “comunes” en la lista de los Impíos, lo cual lo llevaba a su siguiente pregunta. ¿Por qué la organización más racista en contra de los humanos sin aura colaboraba con cientos de ellos a lo largo del mundo?
—Algo no cuadra con este montón de locos. ¿Algunas personas importantes en el lugar?
—Dos de sus principales cabecillas, Pescador y Americano.
Baskerville asintió.
—¿Qué hay de esa tal “jefa”?
La pregunta central de todo, incluso Pescador, Americano y Carroñero, tres operadores descendientes de algunos de los miembros de Las Espadas Del Nuevo Mundo ahora trabajaban para alguien desconocido, dirigiéndose a ella como “la jefa” según la información que lograron recopilar.
Era una operadora, eso era seguro, y desde su repentina llegada perdieron cualquier tipo de comunicación con su informante. No sabían si se encontraba muerto o con un perfil bajo, cuidándose de cuál sea la habilidad de la nueva líder de los Impíos. El objetivo principal de esta operación era descubrir quién es esta persona que salió de la nada.
—Creemos que se encuentra en la zona de Prípyat, donde más operadores están reunidos alrededor de una especie de cúpula que usan de base, pero nada está confirmado.
—Si Dios lo quiere, hoy descubriremos quién está haciendo tanto escándalo. —Baskerville sacó un puro de una caja metálica en su bolsillo. Se dirigió a su oficina para fumar, debido a algunas quejas del personal sobre el olor a tabaco. Fue acompañado por Melissa, que buscaba entre los archivos de su tableta hasta encontrar el que buscaba.
Baskerville volvió a sentarse; pronto comenzaría la operación y era el único momento donde podría disfrutar de uno de sus puros.
—La información sobre el desempeño del MPS-6 "Ridgway" que pidió —Colocó la tableta sobre la mesa—. Sabiendo lo complicado que es utilizar armas de tan alto calibre, que los soldados puedan llevar un Barrett M82 y disparar mientras caminan o maniobran… Es increíble.
—Las maravillas de la tecnología. —dijo Baskerville, estudiando la tableta que tomó con cuidado.
Diseñado para cargar armamento pesado, este exoesqueleto de millones de dólares integrado en un traje antiradiación NBQ le permitiría a los soldados cargar mucho más peso, soportar el retroceso de las armas de alto calibre sin que les destroce la espalda y cansarse mucho más lento, al bajo costo de costar algo del movimiento del soldado. No era posible enfrentarse a un operador en un uno contra uno utilizando estos armamentos, pero a diferencia de los payasos brillantes, los Erradicadores no necesitaban recurrir a estrategias tan vulgares.
—El Ridgway vale su peso, no tengo duda.
—Entendido, señor. Lo dejaré disfrutar su puro antes del inicio de la operación.
Melissa dejó la tableta a Baskerville, que continuaba estudiando cada uno de los detalles del traje, y salió cerrando la oficina, mientras el hombre mayor daba una calada a su habano. Estos trajes eran una inversión de miles de millones, solamente comprar uno y darle el mantenimiento necesario. De no ser por su “fuente de poder” personal única para el uso de los Erradicadores, costaría el doble.
—Cada uno de estos es lo mismo que un tanque M1 Abrams… 6 millones de dólares.
De nuevo, Baskerville dio una calada a su cigarrillo. Con el pasar del tiempo, había que pagar una buena cantidad de dinero por juguetes de calidad.
Las hélices del helicóptero apenas permitían a los soldados escuchar las órdenes del intercomunicador dentro de la máscara de gas que utilizaban como casco, portando aquel traje verdoso, especializado para pasar desapercibido, protegerlos de la radiación restante de la zona y llevar de forma más cómoda el exoesqueleto que resaltaba con partes metálicas en sus piernas, caderas y hombros, todo juntándose en una espina dorsal metálica que sobresalía en su espalda. Allí el impacto de las armas de alto calibre se reduciría, permitiéndole al soldado disparar sin quedar paralítico.
Doce hombres se deslizaron por la cuerda del helicóptero. Sus pies tocaban el suelo e inmediatamente levantaban sus armas, alejándose del punto de la soga para vigilar el perímetro en caso de un altercado inesperado.
Doce soldados altamente entrenados fueron escogidos para esta misión de reconocimiento. El helicóptero se retiró una vez todos tocaron tierra.
—¿Qué tipo de poderes creen que tengan estos tipos? —cuestionó uno de los soldados, el más joven de todos en comparación, apenas con 25 años, pero con excelentes resultados en el campo.
—Las cosas más estúpidas que vayas a imaginar, pero si te descuidas, pueden matarte fácilmente —contestó el médico del grupo, sosteniendo en sus manos un fusil de asalto HK416A8 alemán; en su cintura descansaba una Glock 17 de quinta generación, el arma secundaria estándar que todos portaban—. Pero, hey, sigue siendo más seguro que el AFRAT.
Casi todos los soldados asintieron de acuerdo con aquella afirmación. Nadie que apreciara su vida quería formar parte del AFRAT; por eso, quien terminaba trabajando en aquella división era un loco de nacimiento o simplemente un desgraciado con la peor suerte del mundo.
Los doce estaban divididos en puestos estándar para un escuadrón de entrada y salida rápida, entre ellos: Su comandante, el segundo, el tirador pesado, el francotirador, un observador, un explorador, el operador de drones, el experto en electrónica, un médico, el ingeniero, el soldado de asalto y el de asalto pesado.
“Se acabó el recreo, señores. El jefe está viendo; demostremos por qué invierten millones de dólares en nosotros. No nos avergüencen”.
La voz de Starline Bailey resonó en los oídos del escuadrón. Muchos se imaginaron la sonrisa del delgado anciano de 50 años con escaso cabello y enormes lentes redondos en frente de una enorme sala con pantallas donde veían el movimiento de todos con las cámaras integradas y los drones que los seguían.
—Siete, ¿qué ves? —preguntó el comandante, cuyo nombre que utilizaría en esta misión sería simplemente “Uno”. El operador de drones utilizaba un aparato que conectaba una tableta a un control especializado para el manejo de drones.
—Ningún cambio. No saben que estamos aquí y el número no ha cambiado. Hay alrededor de 240 Impíos —respondió—. El reconocimiento facial muestra que, de los operadores cuyas habilidades conocemos, alrededor de diez son verdaderas amenazas para tener en cuenta.
—Recuerden —el comandante agravó la seriedad en su voz—. La prioridad de la misión es evitar la pérdida de cualquier miembro del equipo; seguido de eso, descubrir quién es esa tal “jefa”. Solo es una misión de reconocimiento hasta que las órdenes sean distintas.
“Buena suerte, equipo Hazmat. Que Dios vaya con ustedes”. La voz que los animó esta vez no fue la de su querido vejestorio, sino la del mismo William Baskerville, que ahora observaba personalmente la operación.
Todos asintieron al unísono. La carga sobre sus hombros era más pesada al saber que El América en persona juzgaría la operación en tiempo real, pero eso solo los motivaba aún más a demostrar de lo que eran capaces.
—Adelante. —Con el número 01, el comandante dio aquella orden. El grupo avanzó a paso rápido por la desolada Prípyat.
La ciudad fantasma de Ucrania, en frontera con Bielorrusia. Durante décadas, luego de la explosión del reactor número 4 de Chernóbil en el 86, la ciudad no vio un alma que pudiera tener una vida normal en ella. La radiación alteró la vida biológica que vivía aquí, desde animales hasta plantas. Mató todo a su paso e incluso ahora sigue siendo un lugar en el que los humanos no deberían permanecer por mucho tiempo, pero los Impíos con la capacidad de manejar aura eran una excepción; un operador podía permanecer más saludable que cualquier humano mientras mantuviera su aura activa. Estos experimentos se llevaron a cabo hace una o dos décadas, en entornos controlados, obviamente.
Número 4, el francotirador, avanzaba como uno de los penúltimos en una de las dos filas conformadas por el equipo. Luego de recorrer una distancia bastante larga con su fusil alemán estándar en manos y un Barrett en su espalda, se sintió extrañado del cambio antinatural. Anteriormente, estudiaron la zona, repasaron las imágenes y videos proporcionados por los drones, pero ahora que sus propios ojos observaban aquellos edificios corroídos, llenos de moho, abandonados por la mano del hombre desde hace años, les provocaba una sensación inquietante.
Mantuvieron el paso por el borde del edificio, confirmando que no hubiera nadie a lo largo de aquellas carreteras corroídas que cruzaban el extenso bosque lleno de pasto.
«Es muy probable que estos humanos controlados simplemente mueran luego de exponerse de esa forma a la radiación de la zona. A su modo es fascinante», pensó el doctor, manteniendo el paso junto a los demás miembros del escuadrón, impresionado de lo útiles que eran estos trajes experimentales. No sentía una pizca de cansancio por más que corriera en un traje antiradiación armado hasta los dientes.
—Primer encuentro. —El comandante levantó su mano, deteniendo al grupo.
Con las miras de sus armas localizaron al primer grupo de Impíos cerca de la zona, que conversaban entre ellos, extrañamente, armados con ametralladoras So'ban-1 del ejército iraní.
Como una actividad de rutina cualquiera, los hombres aprovecharon el alto pastizal verde opaco para arrastrarse por la tierra, aprovechando el camuflaje en sus trajes. Si su experto en informática no había avisado, significaba que ningún operador peligroso se encontraba en los miembros del grupo delante; aun así, con dispositivos de escucha mejorados, fueron capaces de escuchar la conversación al arrastrarse por el suelo.
—¿No han encontrado nada? —preguntó uno de los hombres armados, manteniendo una gran sonrisa en su rostro. Por su acento fue reconocido como un estadounidense.
—Dormimos, dormimos y no ocurre nada. Es probable que la jefa esté equivocada con sus sospechas.
—Una vez ella vuelva, seguramente nos marcharemos de aquí a la siguiente ubicación, o se nos unirán más soldados… —Uno de los hombres no pudo seguir con su monólogo al interrumpirse a sí mismo por una agresiva tos seca. Se cubrió la boca, tosiendo coágulos de sangre; obviamente, era afectado por durar tantas semanas aquí.
—Oh, oh. Parece que el polvo de los edificios te está matando.
Los demás hombres estallaron en risas al ver cómo su compañero continuaba tosiendo e, incluso así, se unió a esas sonoras carcajadas sobre su inevitable muerte cercana.
—Pasemos al siguiente punto antes de que este idiota se muera. —comentó uno de los hombres. Su cabeza reventó poco después; en un abrir y cerrar de ojos, un agujero que se abría paso a los costados de su cráneo había aparecido. Manchando de sangre y líquido cefalorraquídeo el suelo y el césped.
Los demás hombres estuvieron a punto de levantar sus armas, intercomunicadores y avisar a los demás con una ronda de disparos al aire, pero sin un ruido aparente, las cabezas de todo el grupo reventaron casi al mismo tiempo, dejando solo media docena de cadáveres reunidos uno al lado del otro.
Al confirmar la falta de peligro a su alrededor, el escuadrón se levantó del pastizal, avanzando con velocidad hasta el grupo que se amontonaba en frente de lo que parecía ser un enorme hospital, tan corroído como cualquier otro de los edificios.
—Amenaza neutralizada.
—La operación que los afecte es un control mental que nunca había visto —comentó el doctor, pasando junto al grupo de cadáveres, dándoles un rápido vistazo—. Al parecer, pierden incluso el interés en su propia vida.
—Es una monstruosidad —comentó 12, nuestro alto soldado de asalto pesado.
—No se distraigan. Continuemos avanzando —ordenó su comandante, bordeando el enorme hospital corroído; todavía tenían un largo camino por recorrer hasta llegar al centro de Prípyat y ver por ellos mismos esa cúpula.
“Hay operaciones verdaderamente aterradoras, pero esto es bastante educativo para nosotros. La probabilidad más grande es que esta sea la habilidad creada por la jefa. No estamos yendo totalmente a ciegas. Deben ser cuidadosos en caso de encontrarla hasta que sepamos exactamente cómo funciona el control mental”. Habló Starline desde el intercomunicador, anotando en una laptop todo el extraño comportamiento de los humanos Impíos.
Mientras más avanzaban los doce soldados dentro de la ciudad fantasma, se adentraban en una zona mucho más residencial que apartamentos enormes; según su ruta, ahora mismo estarían en lo que antes fue una simple zona residencial, llena de tiendas, algunos mercados, iglesias.
El grupo se detuvo, notando la presencia de más Impíos en la zona; dos de ellos observaban desde el interior del campanario de una iglesia, mientras que otros caminaban por la calle, realizando simples tareas de rutina para vigilar la zona en la que se encontraban.
El francotirador, junto a su comandante y el segundo, fueron quienes se encargaron de acabar con la amenaza. El francotirador se encargó de uno de los dos vigías en la iglesia, teniendo un tiro libre a su cabeza. Su cuerpo inerte cayó recostado al borde de piedra del campanario, y antes de que su compañero se diera la vuelta para confirmar el extraño ruido que lo alarmó, fue silenciado por otro disparo que dio justo en el clavo.
Los Impíos en la calle levantaron la mirada, dándose cuenta de lo que había sucedido, pero el comandante y su segundo se encargaron de los tres hombres antes de que los delataran.
—Ya, ya, ya. —El comandante fue el primero en seguir con la ruta. Los dos miembros de asalto se encargaron de arrastrar sin mucho problema los cuerpos de los tres Impíos dentro de la iglesia, donde se refugiaron por un momento y tiraron ahí los cadáveres.
Cada paso que daban sobre el deteriorado suelo de madera generaba un molesto crujido. El piso se agrietaba por el peso de los exoesqueletos y los hombres, pero no tardaron en salir por la puerta de atrás de la iglesia, dando a una zona relativamente más espaciosa, aunque no conveniente debido a su situación.
El grupo se dividió, yendo dos personas por diferentes zonas de aquel gran campo lleno de maleza, una acción astuta. Luego de caminar unos minutos, el sonido de ruedas acercándose los obligó a lanzarse al suelo, mezclándose con el terreno como les era posible. Decenas de convoyes, camionetas y autos repletos de soldados Impíos pasaron a sus costados, provocando un leve temblor en la tierra al pasar tan cerca de ellos. La mitad del escuadrón tuvo que moverse rápido para evitar ser aplastados por las ruedas de los vehículos.
El comandante soltó un profundo suspiro una vez las tropas se alejaron sin problemas. Todos se levantaron del pastizal, acelerando el paso hasta llegar a una zona llena de autos, camiones y otros vehículos abandonados que no han sido usados desde hace décadas. Cruzando este cementerio de autos, llegarían a las proximidades del centro de la ciudad en solo unos minutos más al ritmo que llevaban; entonces tendrían que encontrar un edificio lo suficientemente alto cerca del lugar de reunión de los Impíos, donde fueran capaces de completar su misión y decidir qué hacer luego de descubrir quién era la jefa.
Eliminaron a dos Impíos que se alejaban del depósito de autos, caminando hacia la ciudad. Todos avanzaron como hormigas hasta las calles abandonadas de Prípyat, ahora con muchos menos árboles, pero aun así los estragos de la madre naturaleza eran muy notables por dondequiera que mirasen. Autos destrozados cubiertos de moho, aceras destruidas por vegetación, edificios que apenas lograban sostenerse.
Utilizando los propios edificios como método de atravesar las calles sin ser detectados, el grupo consiguió llegar cerca de la zona designada. Entraron al edificio más alto cercano a la base donde los operadores se reunían.
En un absoluto silencio, todos subieron las escaleras, explorando los pisos del departamento para asegurarse de que no hubiera presencia alguna además de ellos mismos.
—El punto de vigilancia está asegurado. —Informó el comandante.
“Enterado, continúen como fue previsto”.
—Copiado. —Al terminar el breve intercambio, los soldados se colocaron en posición. Cuidando la entrada a la habitación donde se encontraban, las escaleras y los enormes ventanales vacíos del edificio.
El francotirador, recostado sobre su pecho en el suelo, estudiaba a cada uno de los Impíos presentes, mientras que la voz de Starline llegaba a sus oídos, dando información relevante sobre los operadores de los que se tenía información. Los minutos fueron transcurriendo sin noticia alguna o algún movimiento extraño de parte de los soldados.
El comandante caminaba en aquella sala mohosa y descuidada, alejado tanto como podía de los bordes del edificio. Le molestaba que no hubiera saltado alguna alarma por la falta de comunicación entre los Impíos, quizás en estos momentos se encontraban en la cuerda floja, pero al igual que cualquier escuadrón, sabían cómo organizarse siguiendo las normas más lógicas y básicas, pero estos no.
—No es diferente a un montón de hormigas armadas que siguen una orden y ya. Es antinatural.
—Son operadores —irrumpió número 09 a la conversación—. No son muy listos. No hay que matarse tanto la cabeza con estos tipos. La mayoría son multimillonarios que no han trabajado en su vida por todo lo que heredaron; se ven jóvenes y son guapos.
“Noté algo de interés en tu voz, número 09. No sabía que batearas para ese lado, pero en pleno 2022 puedes ser feliz como tú quieras”.
Fue imposible para el grupo no reírse, así fuera un poco, de las palabras de Starline que dejaron en silencio a Número 09.
—No entiendo de qué se quejan estas lacras si tienen tanto dinero. —comentó el segundo, manteniendo su subfusil apuntando a la entrada de la habitación.
—Son como los judíos, 02 —respondió el médico con un ligero tono burlón—. No importa si están nadando en oro, siempre quieren más.
—Americano y Pescador entran a la cúpula. —Informó el francotirador; el comandante se arrastró por el suelo junto a él, levantando sus binoculares.
Dos de los tres líderes de los impíos cruzaron las puertas del recinto. Otros operadores y camiones con humanos llegaron a la zona. Algo estaba ocurriendo y probablemente estaba relacionado con esa tal jefa.
01 contuvo su respiración; varios de los soldados cerca del punto de reunión sacaron sus radios. En ese momento le indicó a su experto en tecnología que hiciera lo posible por descubrir qué era lo que decía.
—Ya se habían tardado. —Le preocupaba no demostrar sus habilidades frente a Baskerville, pero cumplió con su trabajo sin problema; en cuestión de varios segundos logró conectar su tableta a la frecuencia de las radios, permitiéndoles escuchar una voz instantáneamente, una voz femenina, algo distorsionada por la radiación de la zona.
“¿Erradicadores? ¿Erradicadores?” No fue difícil descubrir que se trataba de una voz infantil. Una adolescente. “Llevo un rato esperando que se conecten, así que supondré que ya está. ¿Me lo confirman?"
—¿Por qué hay una niña hablando? —preguntó el doctor con una extrema confusión.
“Perfecto, me escuchan”. Soltó la voz entre pequeñas risas.
—Las líneas fueron comprometidas.
Luego de esa frase dicha por su comandante, las tropas se alejaron, cortando por completo la comunicación, cambiando de frecuencia a una de respaldo para no perder contacto con la base principal.
“Debe haber un operador con alguna habilidad parecida a la del hijo de Lawrence. ¡Se supone que él había matado a ese impío! ¡Procedan a retirarse al punto de extracción!”. Exclamó Starline. Todos los Erradicadores tenían estudiadas a las tres grandes familias, por lo que no era descabellado pensar que alguien tenía una habilidad relacionada.
“Antes de que me cuelgues”. En línea comprometida que aún era escuchada por el grupo de trabajadores de Baskerville en aquella sala repleta de computadoras, la voz entrecortada de la adolescente llevó al gran jefe a arquear una ceja, acomodándose los lentes. “¿Hablo con los líderes? ¿O el líder de los Erradicadores? Aún no sé mucho sobre la cabecilla, pero debe ser todo un honor para ti conocerme”.
—¿Quién eres y qué es lo que quieres? —Siendo esta la oportunidad más grande de obtener información sobre la jefa no la desaprovecharía.
“La reina”.
Los trabajadores se miraron, confundidos, extrañados, preguntándose con qué clase de loca estaban tratando.
—De acuerdo, reina —Baskerville respondió inamovible—. ¿Por qué te saltaste las clases para ir a jugar con un montón de adultos?
“Hey, tienes sentido del humor. Jaja. Me agradas”. Emocionada, la joven reía sin parar. “Quiero sacarte las tripas, amarrarte a un auto y dejarte en el desierto para que los buitres se alimenten un rato, pero antes de eso, voy a eliminar a los Erradicadores del juego para ser la MVP de la partida”.
—Para ser una reina, hablas como si tuvieras 14 años. —Extrañado por aquel comportamiento, Baskerville llegó a la conclusión de no tratar con un operador ordinario; no mencionó nada sobre la causa, y mucho menos sobre los operadores, solamente de sí misma. Un perfil rápido fue diseñado: Megalómana narcisista—. Esto es lo que pasará, mocosa. Te haré pagar por cada humano que mataste, eliminaré a tu séquito y no podrás hacer nada para evitarlo.
Buscaba provocarla, obtener más información debido a ese pequeño perfil, y el silencio de parte de la “jefa” parecía indicar que había dado en el clavo. Ella estaba enojada.
—¿Qué sucede, niña? ¿Vas a llorar?
“Recordaré esa voz… Veremos si eres igual de gracioso cuando veas a todos tus subordinados despedazándose en pedazos mientras sonríen, justo antes de que yo te corte la garganta, mi querido líder Erradicador”.
La línea se cortó. Baskerville soltó un suspiro resignado. Ella fue inteligente. Se tragó el orgullo para no decir mucho más que pudiera ponerla en peligro.
—Equipo Hazmat, retírense lo más rápido posible. Mantener la vida es la máxima prioridad. Repito, su vida es su máxima prioridad. Tienen permitido el uso de fuerza letal. —Baskerville se acercó al micrófono, enfatizando aquella orden; miró de reojo a su viejo compañero Starline, que aún continuaba intrigado por esa extraña personaje que había aparecido.
Los casquillos de las balas calibre 5,56 de los fusiles estándar del grupo Hazmat resonaban con eco a lo largo de las escaleras del edificio abandonado. Salir del departamento era la prioridad, pero la llegada de los Impíos resultó ser más rápida de lo que habían esperado.
11 y 12 avanzaban al frente de todos, concentrando el fuego de sus rifles en las personas que se lanzaban a ellos como polillas hasta la luz. Hombres y mujeres repletos de un éxtasis desenfrenado que servían de carnada para los Impíos en las entradas que se asomaban constantemente para abrir fuego, ya sea que tuvieran que atravesar el cuerpo de sus camaradas. El último piso se tiñó de sangre, con decenas de cuerpos tirados en las escaleras al primer piso.
04 levantó su rifle de francotirador, ignorando las personas que se abalanzaban como animales salvajes que eran eliminados rápidamente; con un disparo certero al momento justo, reventó el cráneo de uno de los Impíos en la muerta que levantaba su ametralladora en contra del grupo.
—¿¡Por qué se están lanzando a morir!? —cuestionó desesperado.
—¿¡Quieres que nos detengamos y preguntemos!? —cuestionó 01 en un grito. Levantó su fusil, abriéndose paso entre los cuerpos inertes en el suelo.
—Aquí les va su maldita pregunta. —07, el médico, arrancó una granada de la cintura de su traje antiradiación, arrancándole el seguro, manteniéndola unos momentos en su mano antes de lanzarla a la entrada.
Una fuerte explosión, seguida de leves gritos mientras la entrada se llenaba de un humo blanco que desorientaba a los humanos junto a los Impíos. El Hazmat aprovechó este momento para avanzar a toda velocidad, disparando en contra de ambos lados de la calle, escuchando los gemidos ahogados y gritos de sus oponentes.
La ruta sería casi la misma, pero ahora que su integridad está comprometida, tendrían que llegar al borde de la ciudad para esperar la llegada del helicóptero que vendría por ellos.
Los cuerpos de la mitad del escuadrón fueron disparados varios metros contra el suelo a pesar de llevar aquellos exoesqueletos. La causante fue una onda invisible que se llevó la barrera de humo que los cubría. Un operador de aura amarilla estiraba sus brazos, siendo este nadie más que Pescador, llevando una máscara de cuervo y un impermeable negro.
Antes de dirigir sus armas, el hombre utilizó aquellas ondas para esquivar a gran velocidad; el grupo apenas podía seguirle el paso. 01 y 02 se encargaron de proteger a sus compañeros que se levantan con dificultad, despedazando con sus armas a todo humano que se acercara.
—¡Erradicadores! ¿Cuánto tiempo no he huido de ustedes?
El hombre bajó uno de sus brazos. Incapaces de evitar una onda sónica que cubrió a casi todo el equipo, se vieron obligados a inclinarse por la presión repentina, que de no ser por su traje hubiera destrozado sus huesos, inmovilizándolos por completo.
—¡Eso, pescador!
—¡Llévenselos a la jefa!
Pescador, que levantó su brazo para desatar otra onda descendente, recibió un sonoro disparo en su cuello, que fue despegado del torso sin oponer resistencia alguna. Su aura se apagó al instante, siendo incapaz de protegerlo de la potencia del Barrett de 04. Incluso el operador más fuerte había recibido un gran daño y temía a estas armas; un impío cualquiera debería asegurarse muy bien de no perder al francotirador de vista que se encontraba de pie junto a la puerta del edificio.
Ignorando sus cuerpos adoloridos y el sabor de su propia sangre que bajaba por sus fosas nasales hasta sus labios, los miembros del grupo se levantaron, empuñando de nuevo sus armas en contra de la furiosa turba de humanos que llegaban; entre ellos, brillos de distintos colores se encendieron; las tropas operadoras estaban llegando.
—¡Los juguetes pesados!
Con la orden del 01, 12, no pudo evitar sonreír con emoción, sacando de uno de los compartimientos de su cinturón una caja verde brillante, desarrollada por L.L Corp. Presionó un botón a su costado antes de dejarla caer al suelo. La caja negra se abrió, creciendo exponencialmente en tamaño, pero el verdadero juguete venía dentro. Un gran cañón sobre ruedas conocido como Rheinmetall M20 Rh 202. Una verdadera máquina de matar que disparaba alrededor de 800 a 1000 balas por minuto, con un alcance de hasta 2000 metros de largo.
12 se colocó rápidamente en la silla detrás de las barreras blindadas con vidrios protectores; casi parecía ser la parte superior de un tanque, solo que armada. Sus manos se colocaron sobre los controles, mientras los demás miembros del grupo se colocaban detrás de ella, protegiendo sus costados de los Impíos que llegaban en todas direcciones.
—¡Mueran, malditos hijos de perra! —Su grito fue imposible de escuchar por las explosiones constantes de los cañones del Rheinmetall. Ya fuera humano u operador, su carne era despedazada con el primer impacto de sus balas antiblindaje.
05 y 06 fueron los encargados de colocarse cada uno detrás de los bordes del cañón, jalándolo con una de sus manos mientras que con la otra sostenían sus armas, disparando sin descanso en contra de las tropas enemigas que continuaban llegando sin cesar.
“¡Se reporta que se aproximan refuerzos enemigos de Prípyat! Nuevos vehículos no identificados junto a tropas móviles de los pueblos cercanos se movilizan en dirección a la ciudad, caballeros”. Informó Starline; odiaba ser el portador de las malas noticias. “Según el conteo de los drones, la cantidad de personas aproximándose supera las 300”.
—Parece que todos están siendo invitados a la fiesta menos nosotros. —Burló 07, entonces fue arrastrado repentinamente por un jalón de su espalda. 02 reaccionó rápido, disparándole al operador dentro de uno de los edificios. Cintas grises salían de sus palmas, tratando de atrapar al grupo.
07 fue estrellado contra la ventana. El Impío le aplicó una llave en su cuello, mientras reía toscamente, colocándole un cuchillo en su cuello. Antes de que pudiera hacer algo, a pesar de la movilidad mucho más limitada, 07 actuó rápido, sacando de su cinturón la Glock 17 con la que disparó a quemarropa múltiples veces. El dolor para el impío fue insoportable; aplicaba reforzamiento a su cuerpo, que se reducía a gran medida con cada disparo hasta que su aura terminó por desvanecerse y las balas atravesaron su cuerpo, llevándolo a caer del dolor al suelo, gritando y retorciéndose.
07 se percató a tiempo de que estaba en la mira de más impíos armados, saltando sobre esa ventana para agacharse y cubrirse, sacando el cargador de su fusil para insertar otro.
—¿No sabes que es un crimen de guerra atacar al doctor? Maldito hijo de perra. —Cuestionó, dejando escapar algo de su acento alemán. Al momento en que los disparos contra él cesaron, se levantó sosteniendo su arma, disparando en contra de los soldados enemigos para abrir camino a sus compañeros.
El impío a sus pies trató de encajar el cuchillo en su pierna, destrozándolo contra el exoesqueleto mecánico. Miró al hombre, que no se dignó darle gesto alguno por debajo de su traje, levantó su pierna, colocándola sobre la cabeza del operador, presionando con fuerza.
—¡Los mataremos a todos! —exclamó el operador con una sonrisa, mientras que la presión sobre su cabeza quebraba su cráneo y desgarraba su piel. Uno de sus ojos saltó de sus cuencas antes de que la cabeza fuera reventada contra el piso, manchando la bota del doctor que continuaba disparando en contra de sus enemigos.
—¿Es que estos malditos son eternos?
Al ver una oportunidad, 07 salió por la puerta del lugar, esquivando la lluvia de balas que ocurrió a sus espaldas. 12 sobre la silla, sudaba en frío al ver las paredes de aura grises formarse entre ellos y sus enemigos, pero eso solo le permitió un pequeño descanso al grupo que continuó con su camino.
O eso creyó hasta que la enorme barrera de al menos 15 metros de alto y de ancho que cubría la mitad de la calle se arrastró contra el grupo, despedazando vivo a cualquier humano al que lograse arrastrar con ella, quebrando en miles de pedazos la calle.
12 concentró todos los disparos del Rheinmetall en aquel muro de aura, al igual que la mayoría del grupo, mientras que otros se encargaban de los soldados que continuaban disparándoles desde los laterales del otro muro inmóvil.
Las balas impactaban en contra del muro que se iba acercando cada vez más. 04 corrió hacia uno de los costados al ver que su pequeño problema no parecía detenerse por más que le dispararan. Preparó su francotirador, pero la pared se hizo más grande, cubriendo toda la calle, por lo que decidió disparar todo lo que pudiera.
03 saltó al Rheinmetall, sacando del costado de 12 un lanzamisiles FGM-148 Javelin. Lo cargó y disparó a muro a punto de arrasarlos. La explosión del misil contra el muro acabó por destruirlo, dejando desprotegido por un momento a su operador, momento que 04 no desaprovechó. Levantó su francotirador, disparando al pecho del operador, apagando su aura del impacto mientras su torso explotaba cual globo de sangre. 04 asintió, lanzando una granada fragmentaria a la multitud de réplicas; una se lanzó sobre ella para proteger a las demás, mientras el grupo continuaba avanzando por las calles de Prípyat.
—¿¡Cuánto falta para que llegue el helicóptero!?
“¡Alrededor de 2 minutos!, ¡solo tienen que conseguir dos minutos!”
—¿¡Dos minutos!? ¡Eso es una eternidad! —exclamó 12 por la cantidad de tiempo que llevaba disparando y el mal gasto de balas contra el muro de aura, no creía que le quedaran muchas balas a su Rheinmetall.
—Dios santo, doce. ¡Tu esposa me da tanta pena! —exclamó el doctor entre risas.
El grupo llegó al deshuesadero de autos, donde el helicóptero podría descender sin problemas, mientras que ellos utilizaban los autos como cobertura para evitar los disparos, que, aunque necesitarían varios para destruir el exotraje, no querían lidiar con el dolor o la radiación.
—¡Maldita sea! —02 cambió de su arma principal a la pistola en su cintura; esto empezaba a superarlos por mucho. La mera cantidad de humanos normales dispuestos a sacrificarse le hacía dudar si de verdad lo realizaban al azar o era para desgastar sus municiones.
Entonces, ocurrió lo menos deseado. 12 saltó del Rheinmetall, que ya no poseía balas, por lo que preparó su subfusil para unirse a la vieja antigua con sus amigos, disparando a los Impíos para retenerlos. 08 gastó otro de los proyectiles del Javelin, que disparó en contra de la horda. Trozos de escombros, brazos y torsos volaron por los suelos dejando rastros de sangre como lluvia.
«¡De esta manera, incluso si llega el h, terminarán por comprometerlo!» 01 frunció el ceño debajo de su traje, cubriéndose con su auto para cambiar su arma por la pistola Glock, aunque incluso ahora podía notar la enorme reducción de las tropas humanas de los Impíos, agradecido de que la mayoría de los operadores peligrosos se mantuvieran cuidando a la tal jefa.
Como si el mundo los hubiera escupido, la respiración de los soldados se hizo notable, pesada. Fueron capaces de ver el vapor helado generado por un frío antinatural y repentino. Buscaron alejarse, pero fue imposible. Estacas de hielo emergieron del suelo, atrapando a los miembros del grupo; algunos de ellos fueron apuñalados en sus piernas o brazos, pero la intención de este operador era dejarlos vivos.
Alrededor de 60 Impíos se acercaron entre burlas, y el artífice de aquella operación emergió: un hombre de cabello ceniciento, delgado y pálido con ropas azules.
—¿Tanto les costaba hacer algo como esto?
01 gruñó, ignorando el entumecimiento repentino de su cuerpo junto al intenso dolor de tener una estaca atravesando parte de su rodilla. Miró de reojo a los demás miembros del escuadrón, que desesperadamente trataban de soltarse, pero no les era posible.
—¡Desármenlos y llévenselos vivos a la jefa! —El peli gris de ojos plateados inclinó su torso, llevando una mano a su pecho con total regocijo.
—Diría que les arranquemos las piernas y los brazos.
Una opinión distinta se alzó entre la multitud. Los Impíos abrieron una línea entre sus filas, dándole paso a un hombre alto de cabello negro, largo en la parte superior, luciendo ligeramente despeinado. Llevaba una gabardina y pantalón largo de color negro; debajo de la gabardina, una camisa gris. Todo resaltaba lo único colorido en aquel hombre: dos amenazantes ojos dorados que desentonaban con su serenidad.
—Ella les encontrará un buen uso; me encargaré de ellos.
Algunos Impíos asintieron, aunque el usuario de hielo frunció el ceño, desconforme con que vinieran a robarse a su presa.
—¡Hey! ¿No crees que es grosero de tu parte, Sombra? —cuestionó con una sonrisa torcida, colocando una mano sobre el hombro de Sombra para apretarlo con fuerza.
Los soldados solo observaban incrédulos. El aura color negro del nuevo operador que resaltaba entre todos los demás.
—Quita la mano. —Ordenó secamente.
De ser cualquier otro de los presentes, lo hubiera ignorado, pero la mirada de Sombra indicaba que, si no lo obedecía, pronto no habría una mano que alejar. De mala gana lo obedeció. Debajo de todos, una sombra se extendió desde los pies del operador de ojos amarillos. Dio pasos cortos frente al grupo, levantando su mano.
El suelo de sombra se retorció como un animal salvaje, liberando decenas de estacas que desgarraron la carne, atravesando el cuerpo de los presentes sin dificultad alguna. Los cuerpos yacieron empalados; algunos falleciendo al instante por el dolor, otros alcanzaron a lamentarse entre lágrimas y su propia sangre acumulándose en sus gargantas mientras colgaban boca arriba sobre las estacas de sombras.
Sus miradas enrabietadas se dirigieron en contra del Impío de aura negra, que no se dignó a darse la vuelta.
En cuestión de segundos, todos murieron sin ofrecer algún tipo de resistencia bajo el abrumador poder de la oscuridad de Sombra.
—Fue un buen momento para llegar a tiempo. —dijo Sombra, recolectando la gran sombra dentro de la suya propia otra vez, no sin antes destruir el hielo alrededor del escuadrón Hazmat, teniendo cuidado de no herirlos en el proceso.
01, apoyándose únicamente en el exoesqueleto para permanecer de pie, observó en silencio el paisaje a su alrededor. Todos los Impíos fueron empalados en un abrir y cerrar de ojos. Sus intestinos colgaban fuera de sus cuerpos abiertos, un despliegue de poder digno de aquella persona que según había muerto, pero 01, que conocía muy bien las habilidades del hombre frente a él, tenía la esperanza de que no podría morir tan fácil.
—Skyler, te habías tardado.
“¡Skyler! ¡Skyler!” Una tercera voz resonó en los intercomunicadores de los presentes. El destello blanco gritaba a todo pulmón. “¡Yo sabía que ese desgraciado era muy difícil de matar! ¡Salúdenlo de mi parte!
—River te manda saludos, Skyler. —comentó el doctor, sentado en el suelo.
—Deja descansar a los pobres soldados, hermano. Hablaremos al llegar. —Skyler levantó la vista. El helicóptero de combate ya era perceptible a la distancia, y estaba seguro de que los operadores no tratarían de atacar, pero en todo caso, en vez de esperar que el helicóptero descendiera, utilizó sus sombras como tentáculos que se envolvieron en la cintura de los soldados. La sombra se convirtió en un pilar que utilizó para elevarse y saltar con todos, manteniéndolos seguros de no agitarlos tanto debido a sus daños. Sin esfuerzo aparente, se agarró de la baranda del helicóptero en el aire. La puerta fue abierta y él colocó a cada soldado en el interior antes de entrar por sí mismo.
—Vámonos de este maldito lugar ahora mismo. —Las primeras palabras que salieron del mareado número 01, antes de girarse y lanzarle su intercomunicador a Skyler.
Con el helicóptero en marcha, manteniéndose alertas en caso de cualquier intento de ataque, el escuadrón celebró su huida mientras sus heridas eran tratadas por el doctor y otro integrante del equipo médico; por otro lado, Skyler se colocó el intercomunicador, escuchando las palabras de su abuelo.
“Informe de tu repentina desaparición, Skyler”. Baskerville se sentó; al dar por terminada la misión, pudo relajarse un poco más, aunque, dependiendo de las palabras, todo habría sido un fracaso.
—Luego de mi último reporte, todos los Impíos fueron afectados con alguna habilidad extraña, entonces apareció esa tal “jefa” a la que no pude ver. —Skyler apretó su puño, mordiendo ligeramente su labio inferior—. No me permitían entrar a conocerla, pero todos cambiaban de un día para el otro; además, el operador que asesiné, el que captaba las señales de radio y las interfería, revivió.
“¿Una operación capaz de revivir muertos y controlar personas?” Starline dejó de un golpe la taza de café sobre la mesa. “¿Estás completamente seguro de su muerte, Skyler?”
—Le reventé el corazón —comentó aflojando su mano—. Él fue quien los descubrió; llegué tan rápido como pude. Por suerte, pude salvarlos.
“Bien hecho”.
Baskerville se llevó una mano al mentón, mirando de reojo al pálido Starline; su frente sudaba ligeramente. Meditó un momento antes de darse la vuelta, rumbo a su oficina.
“Hey, Sky”. River, con ojos brillantes, se acercó al micrófono. “Estoy muerto de ganas por contarte cómo fueron los combates de la hija de Arthur y los demás operadores; hay una operadora venezolana que de verdad es increíble”.
—Llegaré y dormiré dos días, River, tendrás que esperar. —Con una pequeña sonrisa, Skyler se recostó mejor en el asiento del helicóptero, observando brindar a los demás Erradicadores frente a él. Escuchar la voz de su hermano le permitió relajarse luego de estos meses infiltrado dentro de los Impíos.
Sentado sobre una mesa dentro de la base de los Impíos, un hombre de cabello negro, algo largo y descuidado, con ojos de color negro, continuaba fumando uno de sus cigarrillos. Los pasos cercanos indicaban que su nueva jefa estaba a nada de llegar, por lo que apagó su pequeño vicio, escondiéndolo debajo de su pie.
—¡Ajá! —Adarza entró de una patada a la espaciosa sala llena de cajas, sillas, mesas y arsenal—. ¡Estás fumando!
—No, sería incapaz —respondió el hombre forzando una sonrisa, ignorando por completo el olor a nicotina en el aire. Al ver a la joven mujer junto a Adarza, supo por dónde llevar la conversación—. ¿Una nueva réplica, jefa?
—Eso, eso, cámbiame el tema, hijo de perra. —Adarza frunció el ceño, guardando sus manos en los bolsillos de su chaqueta azul, arqueando la ceja al ver a su nuevo trabajador con ropa deportiva verde—. ¿Eres el maldito Tommy Oliver?
—Qué cruel, jefa.
Estudió a la mujer de capucha gris, pero por sus rasgos determinó que venía de algún lugar de Oriente Medio; de no ser porque le resultaba demasiado joven para sus gustos, diría que era su tipo.
No era diferente a un animal asustado que miraba a su alrededor con pánico, confusión. Aunque negó que fuera un prisionero porque seguía a Adarza casi pegada a ella.
—¿No creaste una réplica de ella?
—No. Tuvo suerte; decidí quedármela. Aunque si quieres hablar con ella, tendrás que aprender persa. Es fácil, Yayo, solo consigue sus recuerdos y ya. —Sentándose sobre una de las cajas, Adarza habló en farsi, indicándole a Qadira que puede sentirse segura aquí; los inconvenientes de hace unos momentos ya habían pasado.
—Mi señora, no temo por mí. —Temerosa de ofenderla, la joven de cabello negro hasta los hombros se hincó sobre una pierna frente a Adarza—. Temo por usted. Aún no he preparado una habilidad capaz de enfrentar a sus enemigos.
Yayo no entendía una sola palabra de la conversación que tenían, por lo que prefirió no entrometerse.
«Para no ser una réplica, casi actúa como una».
Su reclutamiento en las fuerzas de Adarza fue gracias a un motivo simple. Ella se enteró de sus pequeños trabajos en Estados Unidos, pero cuando se conocieron, Adarza se encontraba extremadamente aburrida. Por lo que le ofreció a Yayo una excelente paga y, más importante, mucha diversión.
La razón de su aburrimiento era simple: luego de meses convirtiendo a la gente en réplicas, estar rodeada de ellas no era divertido. Le gustaba ser tratada como una reina, pero detestaba no tener así fuera un mínimo intercambio de opiniones diferentes. Para Adarza, hablar con réplicas no tenía nada de encantador.
—Entonces tenemos a otro miembro humano, ¡eso es bueno! —Y a Yayo tampoco le gustaba hablar con ellas. A diferencia de Adarza, las otras réplicas eran más mecanizadas; se notaba mucho que solo les interesaba su misión y seguir órdenes, y a menos que la orden fuera "actúa como tú anterior vida", eran… tétricos. Según sus propias palabras, le generaban valle inquietante.
—Qadira, te lo presento —Adarza extendió la mano hacia el hombre desarreglado de verde—. Este patético humano de aquí es nuestra puerta de escape. Su habilidad es teletransportarse; tienes que cuidarlo como si me cuidaras a mí. Es muy útil a pesar de ser un idiota.
—¡Sí! —Ella inmediatamente asintió con fervor—. Sus deseos son mis órdenes, mi señora.
—No sé qué le estás diciendo de mí, pero jódete. —Yayo frunció el ceño. La sonrisita burlona de Adarza no le generaba una buena espina— Dejando eso de lado. ¿Qué ocurrió al final?
—Sombra nos traicionó. —Adarza regresó a hablar en inglés, levantando su mano, ordenándole a Qadira que se levante. Ella obedeció, irguiéndose de pie al lado de Adarza—. Supuse que pasaría; era el único tan poderoso que no quise arriesgarme a convertirlo. No obtuvo información importante de igual forma.
—Dices tú. ¿Cómo sabías que era peligroso?
—¿¡Dudas de tu jefa, perro insolente!?
—Creo que solo lo dices para no parecer estúpida. —Yayo volteó el rostro, ahogando una risa.
—¡No soy idiota! —Adarza se levantó de un brinco—. ¡Alguien había matado a ese operador estúpido de las frecuencias de radio! Ahí descubrí que había un espía. Si convertí a todos los demás en réplicas menos a este tipo, ¿¡no es muy obvio que él era el espía!?
—Oh, sí, por supuesto. No es que terminaste hace dos o tres días de convertir a los demás en réplicas y lo dejaste a él para el final porque te daba miedo.
—¡El punto es que lo descubrí! ¡Cabrón! —Sonriente, Adarza se llevó las manos en la cintura, subiéndose de un salto a una mesa, quedando junto a Yayo—. ¡Y ahora los Erradicadores saben que no pueden jugar conmigo! Solo es cuestión de tiempo para que encontremos una entrada a los ecos. Hasta entonces, espero que cumplas bien con tu trabajo.
Yayo se dio la vuelta; él nunca fallaba en cumplir ninguno de sus trabajos. Esa era la reputación que se había ganado en las calles. Aquel golpe a su ego lo llevó a asentir. Sacó un cigarrillo que encendió frente a la molesta Adarza.
—Ay, maldito. Sal a fumar afuera. —dijo cubriéndose la nariz. Detestaba a muerte aquel olor.
—Oh, jefa, es imposible —contestó con un falso tono de preocupación—. Acaban de invadir la base, ¿qué tal si intentan algo y me matan o tratan de herirla cuando yo no estoy?
Adarza le dio media sonrisa. Este era un placer que no podía darle ninguna réplica, el placer de una verdadera discusión llena de comentarios burlones e ingeniosos. Solo un humano verdadero era capaz de responder de aquella manera, y ella misma, claro está.
Qadira, callada, no apartaba sus ojos de la feliz Adarza, que reía con fuerza por los comentarios de su mano derecha. Aquella sonrisa le fue tan contagiosa que terminó por imitarla, riendo de una forma casi imperceptible.
—Mi señora, perdón por interrumpir. —Qadira se acercó a la mesa, llevándose la mirada de Adarza. Su corazón se aceleraba cada que esos brillantes ojos azules se clavaban en ella. Su jefa le resultaba intimidante, brillante, algo de otro mundo que por suerte terminó escogiéndola a ella para estar a su lado— ¿Qué órdenes tengo?
—La primera, protegerme. La segunda, desarrolla una operación diseñada para matar; encuentra lo que te guste —pensó que más podría ordenarle—… aprende inglés, qué pereza hablar persa.
—Claro, mi señora. —dijo agachando su cabeza—. Perdone mi atrevimiento, pero… ¿Me daría un libro de persa a inglés?
—¿Quién usa libros para aprender? Dios, sí que vivir en una jaula hace daño. —Adarza sacó su celular de su bolsillo, lanzándolo a Qadira, que lo atajó—. Vámonos de esta mierda, Yayo. Llévanos a un lugar con buena comida; volveremos en unos días en caso de que hayan encontrado algo; si no… a seguir buscando y armando el ejército.
Adarza colocó una mano sobre el hombro de Qadira, que seguía revisando su celular con interés; el problema era que no sabía cómo leerlo. Su mano libre fue al brazo del alto hombre. Los tres fueron envueltos por un aura verde brillante antes de desaparecer.

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