Leer Nexum (Novela) Capítulo 84 online gratis en español
Los primeros días fueron un golpe de realidad para Kael.
Durante años había pensado que haber sobrevivido en Nexum y batallar con bestias mecánicas era difícil.
Lo era.
Pero al menos allí los problemas intentaban matarte de forma honesta.
Aquí los problemas venían disfrazados de horarios, manuales técnicos y un instructor perverso.
La rutina comenzó casi de inmediato.
Antes del amanecer.
Mientras gran parte de la Ciudad todavía estaba despertando, Kael ya estaba en pie.
Algo que habría provocado carcajadas entre los Retornados.
Especialmente Elena.
—¿Kael levantándose temprano por voluntad propia?
—Imposible.
—Debe ser un impostor.
Probablemente habría sido una conversación muy parecida.
Pero ahora la situación era diferente.
Tenía objetivos.
Y poco tiempo para alcanzarlos.
Las mañanas pertenecían al combate.
Carrera.
Parkour.
Circuitos de obstáculos.
Combate cuerpo a cuerpo con simuladores.
Entrenamiento con armas.
Control de la Sobrecarga Adaptativa.
Uso eficiente del núcleo energético. Una herramienta que usan los usuarios IBN e IBT del gobierno mundial para desplegar barreras, emitir pulsos electromagnéticos, alimetar sistemas eléctricos y electrónicos, repostar energías de naves, etc
Gestión de recursos.
Simulaciones tácticas.
Y gimnasio.
Mucho gimnasio.
Un entrenador le preguntó un día por qué dedicaba tantas horas al entrenamiento físico convencional cuando poseía un IBN.
La respuesta fue inmediata.
—Porque el IBN puede fallar.
El instructor pareció sorprendido.
—Es extremadamente improbable.
—Sigue siendo posible.
—Sí.
Kael continuó levantando peso.
—Si algún día ocurre, no quiero convertirme en un inútil.
Era una filosofía nacida en Nexum.
Nunca depender completamente de una sola herramienta.
Nunca.
Porque las herramientas se rompen.
Las armas se dañan.
Los sistemas fallan.
Las personas cometen errores.
Su propio cuerpo debía seguir siendo una de sus fortalezas.
Por las tardes comenzaba el verdadero sufrimiento.
Las clases de pilotaje.
Durante el primer día Kael esperaba sentarse en una cabina y empezar a mover controles.
Lo que recibió fue algo completamente diferente.
Una montaña de teoría.
Una montaña gigantesca.
—¿Qué es todo esto?
Preguntó observando cientos de documentos holográficos.
El instructor Stern respondió sin levantar la vista.
—La parte fácil.
—No te creo.
—Haces bien.
Los primeros temas parecían no terminar nunca.
Aerodinámica.
Propulsión.
Navegación.
Mecánica orbital.
Lectura de sensores.
Protocolos de emergencia.
Sistemas energéticos.
Comunicaciones.
Gestión de reactor.
Luego llegaron las especialidades complementarias.
1. Fundamentos de Vuelo y Navegación
Lo primero que aprende un piloto.
Aerodinámica atmosférica.
Mecánica orbital.
Gravedad y maniobras gravitacionales.
Navegación planetaria.
Navegación espacial profunda.
Cartografía estelar.
Sistemas de posicionamiento.
Cálculo de trayectorias.
Consumo energético y combustible.
Kael tendría que entender por qué una nave se mueve, no solo moverla.
1. Sistemas de la Nave
Cada piloto debe conocer su nave casi como conoce su propio cuerpo.
Reactores.
Núcleos de energía.
Sistemas de propulsión.
Motores de crucero.
Motores de hipervelocidad.
Escudos energéticos.
Sistemas de soporte vital.
Sensores.
Comunicaciones.
Inteligencias artificiales auxiliares.
El instructor probablemente le repetiría:
"Un piloto que no entiende su nave es solo un pasajero con permisos."
1. Ingeniería y Reparaciones de Emergencia
Aquí entra la parte que tanto le gusta a los instructores sádicos.
Porque las averías ocurren.
Y normalmente ocurren lejos de casa.
Electricidad avanzada.
Electrónica.
Electromecánica.
Diagnóstico de fallas.
Sistemas hidráulicos.
Redes informáticas de la nave.
Soldadura especializada.
Sustitución de módulos.
Protocolos de emergencia.
Si un sistema falla en el espacio, llamar a asistencia técnica suele ser una estrategia poco efectiva.
1. Combate Espacial
Especialmente para pilotos de interceptores como el ES-7.
Uso de armamento.
Bloqueo de objetivos.
Evasión de misiles.
Combate atmosférico.
Combate orbital.
Formación de escuadrones.
Identificación de amenazas.
Gestión energética durante combate.
Tácticas de persecución e intercepción.
1. Supervivencia
Porque las naves se rompen.
Las personas también.
Primeros auxilios.
Medicina espacial básica.
Supervivencia planetaria.
Supervivencia en vacío.
Uso de trajes espaciales.
Procedimientos de evacuación.
Manejo de cápsulas de escape.
1. Legislación y Protocolos
La parte aburrida.
La que Kael odiaría.
La que igual tendría que aprobar.
Leyes de tránsito aéreo.
Leyes orbitales.
Protocolos militares.
Identificación de aeronaves.
Comunicación con torres de control.
Procedimientos diplomáticos.
Restricciones de vuelo.
Porque estrellarse es malo.
Pero estrellarse incumpliendo diecisiete regulaciones es todavía peor.
1. Resistencia Física
Probablemente donde Kael destacaría más.
Los pilotos de combate deben soportar:
Altas aceleraciones.
Cambios bruscos de gravedad.
Desorientación espacial.
Fatiga extrema.
Hipoxia.
Estrés psicológico.
8\. Formación Estratégica
Lo que diferencia a un piloto competente de uno excepcional.
Análisis táctico.
Liderazgo.
Gestión de recursos.
Toma de decisiones bajo presión.
Evaluación de riesgos.
Coordinación de escuadrones.
Kael descubrió rápidamente una verdad desagradable.
Pilotar una nave no consistía en mover un volante.
Pilotar una nave significaba entender una máquina capaz de matarte si algo salía mal en el espacio o en el aire.
Un día Stern proyectó una imagen.
Una nave girando sin control.
Alarmas por todas partes.
Sistemas dañados.
Incendios internos.
—¿Qué haces?
preguntó.
Kael observó la situación.
—Intento estabilizarla.
—Incorrecto.
—¿Qué?
—Estás muerto.
—...
—El reactor explotó hace treinta segundos.
—Eso habría sido información útil.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Kael comenzaba a sospechar que aquel hombre disfrutaba demasiado de las catástrofes educativas.
Poco a poco entendió por qué el Gobierno invertía tanto en sus pilotos.
Una nave no era un vehículo.
Era una responsabilidad estratégica.
Transportaba tecnología.
Armamento.
Personal.
Información.
Y vidas.
Muchas vidas.
Un error podía costar millones de créditos.
Otro error podía costar una ciudad.
Y un error particularmente malo podía convertirte en una hermosa nube de partículas viajando por el espacio.
Una experiencia poco recomendable para la salud.
Aun así Kael estaba progresando.
Su capacidad cognitiva mejorada ayudaba enormemente.
Memorizaba procedimientos con rapidez.
Reconocía patrones.
Aprendía sistemas complejos en menos tiempo que la mayoría de los estudiantes.
Incluso Stern comenzó a admitirlo.
A regañadientes.
Lo que probablemente era la máxima expresión de afecto que el instructor conocía.
—Aceptable.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
—Pero fue aceptable.
—Lo sé.
Por las noches regresaba agotado.
Mentalmente.
Físicamente.
Y aun así revisaba apuntes.
Simulaciones.
Diagramas.
Manuales.
Porque entendía algo importante.
El Gobierno Mundial no estaba entrenando a un simple piloto.
Estaba preparando a un usuario IBN.
Alguien que eventualmente tendría que operar solo.
Tomar decisiones rápidas.
Viajar grandes distancias.
Participar en misiones donde no habría nadie para corregir errores.
Y Kael no quería desperdiciar esa oportunidad.
No después de todo lo que había vivido.
No después de todo lo que había perdido.
No después de toda la confianza que habían depositado en él.
Así que cada mañana volvía a levantarse antes del amanecer.
Algo que, si Mara y Elena llegaban a enterarse, probablemente considerarían la evidencia definitiva de que el Gobierno Mundial estaba alterando su cerebro. Porque aceptar que Kael estudiaba ingeniería, repasaba manuales técnicos por voluntad propia y se despertaba temprano resultaba mucho más difícil de creer que la existencia de Nexum, los IBN o las anomalías espacio-temporales. Algunas cosas simplemente desafían toda lógica conocida.
Los meses comenzaron a pasar.
Lentos.
Constantes.
Implacables.
El cambio en Kael era evidente.
No solo para quienes lo conocían.
Incluso para él mismo.
Su cuerpo había ganado más fuerza y definición gracias al entrenamiento diario.
Sus movimientos eran más precisos.
Más eficientes.
Más controlados.
Pero el mayor cambio estaba en otra parte.
En la forma de pensar.
En la disciplina.
En la concentración.
En la manera en que analizaba cada situación antes de actuar.
No se había convertido en otra persona.
Seguía siendo Kael.
Seguía haciendo comentarios absurdos de vez en cuando.
Seguía sonriendo.
Seguía teniendo esa tendencia casi enfermiza a ayudar a otros.
Pero algo había cambiado.
Se había vuelto más serio.
Más reservado.
Como si llevara constantemente una lista invisible de cosas por aprender y responsabilidades por cumplir.
A veces él mismo lo notaba.
Y no siempre le gustaba.
El verdadero sufrimiento comenzó cuando llegaron los simuladores avanzados.
Durante días había imaginado cómo sería.
Pensaba en velocidad.
Combate.
Maniobras.
Despegues espectaculares.
Vistas increíbles de la Ciudad.
Quizá incluso algo de diversión.
La realidad fue diferente.
Muy diferente.
—Bien.
dijo el instructor Stern.
—Hoy comienza el entrenamiento práctico.
Kael sonrió.
—Por fin.
—Correcto.
—Al fin voy a pilotar.
—Sí.
—Excelente.
Stern activó el simulador.
La cabina virtual apareció a su alrededor.
Todo parecía perfecto.
Kael se acomodó en el asiento.
—Ahora sí.
Stern cruzó los brazos.
—El motor principal ha explotado.
—¿Qué?
—También perdiste los sensores delanteros.
—Acabo de sentarme.
—Y hay fuego en la sección de energía.
—¡Todavía no he despegado!
—Exactamente.
Kael cerró los ojos.
—Te odio un poco.
—Eso es normal.
Aquella fue la dinámica habitual.
Cada simulación era una pesadilla distinta.
Fallo del reactor.
Pérdida de potencia.
Daños estructurales.
Colisiones.
Sistemas de navegación inutilizados.
Incendios.
Fugas.
Problemas de comunicaciones.
Averías en los controles.
Incluso ataques simulados.
Era ridículo.
Un día Kael terminó una simulación particularmente complicada.
Había logrado aterrizar una nave gravemente dañada.
Con múltiples sistemas destruidos.
Y sin perder a la tripulación virtual.
Estaba orgulloso.
Hasta que Stern habló.
—Bien.
—Gracias.
—Ahora intenta la siguiente.
—Perfecto.
—Esta vez la nave está cayendo desde la órbita.
—...
—Y el reactor está sobrecargado.
—...
—Y solo funciona un motor.
—¿Quién construyó esta nave?
—Tú.
—¿Qué?
—Error de mantenimiento.
—¡Eso no es justo!
—El universo rara vez lo es.
Kael estaba empezando a sospechar que el instructor había dedicado años enteros a recopilar nuevas formas de arruinarle el día a sus alumnos.
Un día, después de otra sesión especialmente desastrosa, Kael terminó quitándose el casco del simulador.
—Tengo una pregunta.
—Adelante.
—¿Cuándo pilotaré una nave normal?
—Ya lo haces.
—Una que funcione.
—Aburrido.
—Quiero despegar.
—Lo haces.
—Quiero volar.
—Lo haces.
—Quiero disfrutar el paisaje.
Stern lo observó durante varios segundos.
—Entonces has elegido una profesión equivocada.
—Eso fue cruel.
—Realista.
—Solo quiero una simulación donde nada explote.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber cómo se siente pilotar.
Stern señaló una pantalla.
—Cuando una nave funciona correctamente cualquier idiota puede mantenerla en vuelo.
—Eso fue ofensivo.
—Cuando una nave comienza a fallar es cuando descubres quién es realmente un piloto.
Kael no pudo discutirlo.
Porque en el fondo sabía que tenía razón.
Con el tiempo empezó a comprender el método.
Aquellas simulaciones no intentaban enseñarle a volar.
Intentaban enseñarle a sobrevivir.
A pensar.
A improvisar.
A mantener la calma cuando todo se derrumbaba alrededor.
Porque en el aire o en el espacio no existía la opción de detenerse a pensar tranquilamente.
No había una acera donde estacionar.
No había ayuda inmediata.
No había segundas oportunidades.
Un error podía ser suficiente.
Y aun así...
A veces, cuando terminaban las clases y caminaba de regreso a su habitación, Kael levantaba la vista hacia el cielo artificial de la Ciudad.
Observaba las naves cruzando entre las torres.
Las luces moviéndose entre las nubes.
Los enormes corredores aéreos.
Y sonreía.
Porque sabía que tarde o temprano llegaría el momento.
El día en que terminarían las simulaciones.
El día en que recibiría su licencia.
El día en que podría sentarse en la cabina del Interceptor ES-7 y despegar de verdad.
Y entonces, después de meses estudiando reactores, averías, ingeniería, electrónica, protocolos de emergencia y procedimientos que parecían escritos para torturar estudiantes, podría finalmente disfrutar unos segundos del paisaje.
Probablemente justo antes de que el instructor encontrara una forma de simular una catástrofe real para seguir enseñándole algo. Porque algunas personas consideran que la felicidad es importante. Stern parecía pertenecer al grupo que consideraba más importante que sus alumnos llegaran vivos al aterrizaje. Una prioridad razonable, aunque notablemente menos divertida.
El instructor Stern rara vez elogiaba a alguien.
De hecho, varios estudiantes sospechaban que era físicamente incapaz de hacerlo.
Por eso, cuando una mañana le dijo:
—Bien. Ya no eres un peligro inmediato para la aeronáutica.
Kael entendió que aquello era prácticamente una ceremonia de graduación.
—Qué conmovedor.
—No te emociones.
—Ya lo hice.
—Error táctico.
Pero incluso Stern parecía satisfecho.
Los resultados hablaban por sí solos.
Kael había avanzado mucho más rápido de lo esperado.
Su capacidad de análisis, disciplina y experiencia tomando decisiones bajo presión habían dado frutos.
Finalmente había llegado el momento.
No sería el Interceptor ES-7.
Todavía no.
Aquella nave requería certificaciones adicionales.
Más horas.
Más práctica.
Más experiencia.
Pero sí sería una nave real.
Una pequeña aeronave de entrenamiento avanzada.
Completamente funcional.
Y lo más importante.
Real.
No un simulador.
No una proyección.
No una catástrofe educativa diseñada por una mente enferma.
Una nave de verdad.
El día del examen práctico el cielo de la Ciudad estaba despejado.
Los permisos de vuelo ya estaban aprobados.
Las rutas aéreas habían sido asignados.
Los sistemas estaban verificados.
Todo listo.
Kael se acomodó en la cabina.
Por primera vez sintió algo parecido a nervios.
No miedo.
Responsabilidad.
Era diferente.
Frente a él no había un simulador.
No había un botón para reiniciar.
No había una pantalla anunciando "simulación terminada".
Aquello era real.
Stern ocupaba el asiento secundario.
—¿Listo?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Todavía puedes arrepentirte.
—No.
—Qué decepción.
Kael sonrió.
—Tú también me caes bien.
—No exageremos.
Los motores se activaron.
La nave comenzó a elevarse.
Y unos segundos después estaban en el aire.
Kael esperaba tensión.
Estrés.
Presión.
Caos.
Pero...
No ocurrió nada.
Absolutamente nada.
La nave respondía perfectamente.
Los sistemas funcionaban.
Los sensores funcionaban.
Los motores funcionaban.
Todo funcionaba.
Era sospechoso.
Siguió la ruta asignada.
Controló velocidad.
Altitud.
Separación de tráfico.
Comunicaciones.
Señales aéreas.
Protocolos.
Todo exactamente como había practicado.
Sin activar ninguna capacidad del IBN.
Estaba prohibido durante el examen.
Y honestamente tampoco las necesitaba.
La nave era increíblemente estable.
Después de casi una hora de vuelo, Kael terminó diciendo algo que hizo suspirar al instructor.
—Esto es más fácil de lo esperado.
—Porque la nave funciona.
—Es raro.
—No.
—Estoy esperando la explosión.
—No habrá explosión.
—¿Fuga del reactor?
—No.
—¿Incendio?
—No.
—¿Pérdida de motores?
—Tampoco.
—¿Ataque pirata?
—Nope.
—¿Meteoritos?
—Ni hablar.
Kael observó el horizonte.
—Pilotar así da sueño.
Stern lo miró como si estuviera reconsiderando todas las decisiones que lo habían llevado hasta aquel momento.
—¿Te da sueño?
—Un poco.
—Increíble.
—Extraño las averías.
—Nadie ha dicho jamás esa frase en la historia de la aeronáutica.
—Extraño las explosiones.
—Eso es aún peor.
—Las naves cayéndose.
—Por favor deja de hablar.
Kael soltó una carcajada.
Pero en el fondo entendía lo que estaba ocurriendo.
Las simulaciones habían sido tan extremas que un vuelo normal parecía sencillo.
Y ese era exactamente el objetivo.
Prepararte para lo peor.
Para que lo cotidiano resultara fácil.
Aun así decidió algo.
Seguiría visitando los simuladores.
No quería perder la costumbre.
No quería olvidar cómo reaccionar bajo presión.
Ni permitir que la comodidad lo volviera descuidado.
Finalmente llegó el momento del aterrizaje.
Descenso vertical.
Aproximación.
Correcciones menores.
Contacto.
Detención completa.
Perfecto.
La nave quedó inmóvil.
Silencio.
Por unos segundos ninguno habló.
Luego Stern rompió el silencio.
—Bien.
Kael giró la cabeza.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Solo bien?
—No abuses.
—Después de todo esto esperaba algo más emocionante.
—Saca tu identificador.
Stern introdujo en e identificador de Kael la licencia de pilotaje especial de categoría de naves ligeras de exploración y de combate.
—Aquí la tienes.
Kael la observó.
Parpadeó.
Y volvió a observarla.
LICENCIA DE PILOTAJE AUTORIZADA
Durante unos segundos simplemente se quedó mirando.
Meses.
Entrenamiento.
Estudio.
Simuladores.
Manuales.
Horas interminables.
Todo estaba resumido en aquella simple autorización.
Finalmente apoyó la cabeza contra el asiento.
Y soltó un largo suspiro.
—Al fin.
Stern sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi imperceptible.
—Al fin.
Por primera vez no sonó como un instructor.
Sonó como alguien genuinamente orgulloso de su alumno.
Aunque seguramente lo negaría bajo tortura.
Kael observó nuevamente la licencia en el identificador.
Y una idea apareció inmediatamente en su cabeza.
Ahora sí.
Ahora podía empezar a entrenar con el Interceptor ES-7.
Su nave.
Raptor. La que algún día aterrizaría frente a los Retornados.
Y por primera vez desde que llegó al Gobierno Mundial sintió que uno de sus grandes objetivos se había cumplido.
No era el final del camino.
Ni mucho menos.
Pero sí una prueba de que estaba avanzando.
Paso a paso.
Vuelo a vuelo.
Y, para alivio general de la aviación mundial, sin provocar ninguna explosión durante el examen final. Un logro que Stern probablemente consideraría más importante que la propia licencia.
La licencia de conducción.
La licencia de pilotaje.
Meses de entrenamiento.
Horas interminables de simuladores.
Por primera vez desde que llegó al Gobierno Mundial, Kael no tenía ninguna obligación inmediata.
Al menos por unas horas.
Y eso se sentía extraño.
Muy extraño.
La Torre Aurum se elevaba sobre el resto de la sede central como una aguja de cristal oscuro y metal blanco.
Una construcción reservada para altos funcionarios, investigadores destacados, y personal de máxima importancia estratégica.
Kael todavía pensaba que era absurdo que lo dejaran vivir allí.
Pero ya había aprendido que discutir con el Gobierno Mundial era una pérdida de tiempo.
El ascensor lo llevó directamente al Nivel VIP-7.
Las puertas se abrieron silenciosamente.
Un corredor elegante apareció ante él.
Paredes blancas.
Iluminación suave.
Ventanales que mostraban kilómetros de ciudad extendiéndose hasta el horizonte.
Cuando llegó a la puerta asignada, el sistema reconoció su identificador.
—Bienvenido, Kael.
La puerta se abrió.
Y por unos segundos permaneció inmóvil.
La habitación era enorme. Ya la conocía y estaba adaptado a ella.
Más grande que algunas secciones completas de la base de los Retornados.
Un salón principal ocupaba gran parte del espacio.
Sofás modulares.
Mesa holográfica táctica.
Pantallas integradas invisibles hasta que eran activadas.
Bibliotecas digitales.
Terminales de acceso a la red del Gobierno.
Una pequeña cocina automatizada capaz de preparar prácticamente cualquier comida autorizada.
Dispensadores nutricionales.
Almacenamiento inteligente.
Todo impecable.
Todo perfecto.
Demasiado perfecto.
La zona privada era aún más impresionante.
Una cama enorme.
Ropa de cama adaptable a temperatura corporal.
Armarios automatizados.
Baño completo con sistemas médicos básicos integrados.
Duchas de recuperación muscular.
Análisis biométricos.
Monitoreo de salud.
Incluso una pequeña sala personal de entrenamiento con equipos compactos.
Porque aparentemente el Gobierno consideraba insuficiente que Kael entrenara doce horas al día.
Pero lo que más llamó su atención fue el ventanal.
Una pared entera de cristal inteligente.
Desde allí podía verse gran parte de la Ciudad.
Torres infinitas.
Puentes suspendidos.
Trenes magnéticos cruzando el cielo.
Miles de luces extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
Era una vista impresionante.
Una que mucha gente soñaría tener.
Kael dejó su mochila sobre una mesa.
Caminó lentamente por la habitación.
Abrió compartimentos.
Probó interfaces.
Activó sistemas.
Exploró cada rincón.
Como si todavía esperara encontrar una explicación lógica para todo aquello.
Finalmente llegó al ventanal.
Y se quedó observando el exterior.
Durante varios minutos.
En silencio.
Era cómodo.
Mucho.
Quizás demasiado.
La cama era mejor.
La comida era mejor.
La seguridad era mejor.
La tecnología era mejor.
Todo era mejor.
Y sin embargo...
Algo faltaba.
Su mente viajó inevitablemente hacia la base de los Retornados.
Recordó los dormitorios compartidos.
Las paredes desgastadas.
Las reparaciones improvisadas.
Las discusiones absurdas durante las comidas.
Los entrenamientos.
Las bromas.
Las risas.
Las noches hablando hasta tarde.
Recordó a Elias.
A Varek.
A los Corredores.
A todos.
Y especialmente...
A Mara.
Y Elena.
Deseaba que ellos pudieran disfrutar lo que él ahora.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Recordó a Elena invadiendo conversaciones que no eran asunto suyo.
Recordó a Mara fingiendo indiferencia cuando claramente estaba preocupada por alguien.
Recordó las peleas.
Las bromas.
Los momentos difíciles.
Los buenos momentos.
Todo.
La habitación estaba completamente silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Nadie iba a irrumpir de repente.
Nadie iba a discutir por comida.
Nadie iba a quejarse del entrenamiento.
Nadie iba a lanzar comentarios sarcásticos desde el otro lado de la habitación.
Solo estaba él.
Kael apoyó una mano sobre el cristal.
Observando la inmensa ciudad.
Pensó en algo que jamás habría admitido delante de Aleksei.
O Mira.
O prácticamente nadie.
Era feliz por estar creciendo.
Feliz por aprender.
Feliz por tener oportunidades que antes parecían imposibles.
Pero también los extrañaba.
Mucho.
Porque los Retornados le habían dado algo que ni la Torre Aurum podía ofrecer.
Un hogar.
No uno construido con metal blanco.
Ni con tecnología avanzada.
Ni con lujos.
Sino uno construido por personas.
Por vínculos.
Por recuerdos.
Por afecto.
Permaneció observando la ciudad durante largo rato.
Finalmente se dejó caer sobre el sofá principal.
La habitación era increíble.
Su nave era increíble.
Su entrenamiento avanzaba.
Su futuro parecía prometedor.
Todo iba bien.
Y aun así...
Hubiera dado bastante por escuchar en aquel momento la voz de Elena molestándolo por levantarse temprano o a Mara criticando alguna de sus decisiones.
Porque hay cosas curiosas que muchos descubren al crecer.
A veces consiguen exactamente lo que necesitaban.
Y aun así extrañan lo que dejaron atrás.
No porque aquello fuera mejor.
Sino porque allí quedaron personas importantes.
Y mientras observaba las luces de la Ciudad reflejarse en el ventanal, Kael comprendió que estaba avanzando hacia el futuro.
Pero una parte de él siempre seguiría perteneciendo a aquella vieja base donde, con muy poco, había encontrado algo que valía más que todos los privilegios de la Torre Aurum juntos. Una familia.
Kael permaneció exactamente siete minutos sentado en el sofá de su habitación.
Siete minutos.
Porque al octavo ya se estaba sintiendo incómodo.
Pensar demasiado nunca había sido una actividad saludable para él.
Cada vez que se quedaba quieto mucho tiempo terminaba recordando cosas.
Personas.
Momentos.
Ausencias.
Y eso no ayudaba a cumplir objetivos.
Así que se levantó.
—Bien.
Se puso de pie.
—Ya fue suficiente filosofía por hoy.
Tomó su identificador y salió de la habitación.

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Nexum (Novela)
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Nexum (Novela) Capítulo 84
Estás leyendo el capítulo 84 de Nexum (Novela), un novela. En un mundo donde la tecnología ha superado los límites de la comprensión humana, existe un lugar que desafía toda lógica: La Ciudad Infinita. Una gigantesca red de estructuras metálicas, sistemas de transporte… Este capítulo tiene publicado el 3 de julio de 2026. Nexum (Novela) tiene 118 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.