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Leer Nexum (Novela) Capítulo 117 online gratis en español

Seraphine había cambiado. No de una forma que pudiera resumirse en una frase ni que resultara evidente para todos. Simplemente, empezó a hacer más de lo que se esperaba de ella y menos de lo que necesitaba para mantenerse en pie. Dormía poco. Hablaba menos. Pasaba buena parte del día atendiendo asuntos relacionados con la reconstrucción de Myr, visitando hospitales, colaborando con los equipos médicos y ayudando a las familias que habían perdido a alguien durante la batalla. No evitaba a quienes la culpaban. Escuchaba sus reproches sin intentar defenderse y, cuando alguno no podía contener las lágrimas, se quedaba a su lado aunque no supiera qué decir. No todas las familias aceptaban su presencia. Algunas ni siquiera le permitían acercarse. Seraphine respetaba ambas cosas. También mejoró su patrimonio. Destinó una parte considerable de sus recursos a compensar a los afectados, financiar tratamientos y reconstruir instalaciones médicas destruidas durante el conflicto. No podía devolver a los muertos, y era consciente de que el dinero no convertía aquella pérdida en algo más soportable. Aun así, podía evitar que otras personas sufrieran las consecuencias durante años. Era lo mínimo que podía hacer. Mientras tanto, había dejado de utilizar su IBN para sanar. La decisión no figuraba entre las restricciones impuestas por el tribunal, pero Seraphine había llegado a temer sus propias manos. Cada vez que pensaba en activar Eir, recordaba la oscuridad extendiéndose por el campo de batalla, los cuerpos que no pudo salvar y aquellos que murieron a causa de una habilidad que siempre había utilizado para preservar la vida. Los especialistas insistían en que debía continuar con las pruebas y aprender a controlar su evolución. Ella cumplía con los procedimientos, aunque no siempre colaboraba con el entusiasmo que esperaban. La opinión pública estaba dividida. Había quienes la elogiaban por asumir las consecuencias de sus actos y dedicar su vida a reparar los daños. Otros consideraban que su conducta no era más que una forma de comprar el perdón que nadie tenía derecho a concederle. Seraphine no discutía con ninguno. Quizá porque, en el fondo, tampoco sabía qué pensar de sí misma. El chequeo obligatorio de su IBN se realizaba en un laboratorio de seguridad reforzada, lejos de las instalaciones médicas convencionales. El equipo había sido diseñado para estudiar las fluctuaciones de Eir sin permitir que una eventual activación se propagara fuera de la sala. La camilla incorporaba anclajes en las muñecas, los tobillos y el torso, además de varios dispositivos destinados a limitar sus movimientos en caso de una reacción inesperada. Seraphine llevaba casi una hora inmovilizada mientras los especialistas revisaban los resultados de las pruebas preliminares. —Vamos a iniciar la siguiente fase —anunció uno de ellos desde una consola—. Necesitamos comprobar la respuesta de Eir ante un estímulo controlado. —¿Y si prefiero no hacerlo? —Su autorización judicial contempla estos procedimientos. —No he dicho que no vaya a hacerlo. He preguntado qué ocurriría si lo prefiriera. El especialista la miró a través del cristal de su visor. —Se documentaría su negativa. —Entonces seguimos aprendiendo cosas nuevas. El hombre decidió no responder. Seraphine volvió la mirada hacia el techo. Un estruendo sacudió el laboratorio. Las luces parpadearon. Un segundo golpe hizo vibrar los instrumentos y provocó que varias pantallas se apagaran de golpe. Desde el otro lado de la puerta llegaron voces, disparos y el sonido de algo pesado estrellándose contra una pared. Los especialistas se quedaron inmóviles durante un instante. —¿Qué está ocurriendo? La respuesta llegó por los altavoces de seguridad, entre interferencias. —¡Intrusión en el sector médico! ¡Personal de laboratorio, permanezcan en sus puestos! ¡Repito, permanezcan en sus puestos! Seraphine giró la cabeza hacia la puerta. —Eso no parece parte del chequeo. Nadie encontró tiempo para apreciar el comentario. Al otro lado, los soldados del complejo intentaban formar una línea defensiva. Sin embargo, los intrusos avanzaban con una coordinación poco habitual. Algunos guardias caían antes de poder levantar sus armas; otros eran desarmados y apartados del camino. Las cámaras mostraban breves destellos de combate antes de perder la señal una tras otra. No estaban intentando conquistar el edificio. Avanzaban directamente hacia el laboratorio. La puerta recibió un impacto brutal. Su mecanismo de cierre cedió y la hoja se dobló hacia dentro, golpeando el suelo con un estrépito metálico. Entre el polvo apareció Kaedryn. Su aspecto no era el de alguien que hubiera venido a negociar. Parte de su cuerpo presentaba placas mecánicas desplegadas sobre las zonas orgánicas, y una de sus manos había adoptado una configuración de combate. Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en la camilla. Los doctores y científicos se fueron. Kaedryn no se molestó en detenerlos. —Seraphine. Ella lo observó, desconcertada. —¿Qué haces aquí? —Rescatarte. Kaedryn avanzó hacia ella como si acabara de explicar algo perfectamente razonable. —¿Rescatarme? —repitió Seraphine—. ¿Has atacado una instalación del Gobierno Mundial para sacarme de un chequeo médico? —No era una instalación desprotegida cuando llegué. —Eso no responde a mi pregunta. —Y no tenemos tiempo para que te responda las demás. Una figura apareció detrás de él. Seraphine dejó de hablar. Al principio creyó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Llevaba semanas durmiendo mal y había aprendido a desconfiar de cualquier cosa que su mente le ofreciera sin previo aviso. Pero aquella silueta no desapareció. El hombre dio un paso hacia la luz y ella reconoció su rostro. —¿Izán? Él la miró. —Hola, Seraphine. El cambio en la expresión de ella fue inmediato. Se incorporó todo lo que le permitieron las sujeciones, tirando de los anclajes sin darse cuenta. —Estás vivo. —Eso parece. Seraphine lo examinó de arriba abajo, buscando heridas, señales de deterioro, cualquier indicio que explicara cómo había llegado hasta allí. La última vez que lo había visto, estaba al borde de la muerte y ella había agotado casi todas sus fuerzas intentando mantenerlo con vida. Después, la evolución de Eir había convertido el campo de batalla en una zona de muerte. Izán había desaparecido junto a Kaedryn. Durante un tiempo, Seraphine había preferido creer que ambos habían sobrevivido. Después dejó de permitirse esa esperanza. —Te busqué —dijo, casi en un susurro—. No sabía dónde estabas. Pensé que… Se detuvo. No hacía falta terminar. Izán bajó ligeramente la mirada. —Lo sé. Kaedryn miró hacia el pasillo. Se escucharon nuevas detonaciones a lo lejos. —Podéis reuniros después. Tenemos que irnos. Seraphine volvió a mirarlo. —No voy a ninguna parte contigo. —Seraphine… —No. Escúchame. Sé lo que hice y sé por qué el tribunal tomó su decisión. No puedo marcharme como si nada hubiera ocurrido. —No te estoy pidiendo que finjas que no ocurrió. —Entonces, ¿qué me estás pidiendo? Kaedryn guardó silencio durante un segundo. No parecía molesto, sino impaciente por algo que no podía permitirse explicar con calma. —Que salgas de aquí antes de que lleguen suficientes soldados para impedirlo. —¿Y después? ¿Me esconderás? ¿Me utilizarás para tus propios fines? ¿Me llevarás a un lugar donde nadie pueda vigilarme? —Si quisiera utilizarte, no habría venido personalmente. —Esa respuesta no me tranquiliza demasiado. —No estaba intentando tranquilizarte. Izán intervino antes de que la discusión continuara. —Kaedryn consiguió salvarme. Pero no habría sido posible si no me hubieras mantenido con vida. Seraphine volvió la mirada hacia su amigo. —¿Cómo? —Es complicado. —Tengo tiempo. —Nosotros no —interrumpió Kaedryn. Un nuevo estruendo resonó en el edificio. Esta vez, más cerca. Una voz anunció que las fuerzas de seguridad estaban recuperando el control del sector adyacente. Kaedryn se acercó a la camilla y examinó los cierres. —Voy a soltarte. —No puedes limitarte a aparecer aquí, decirme que me rescatas y esperar que te siga. —No espero que me sigas por confianza. —Entonces, ¿por qué? —Porque el Gobierno te está ofreciendo vigilancia, restricciones y una sentencia de muerte condicionada a que vuelvas a perder el control. Yo puedo ofrecerte algo que ellos no. Seraphine apretó los labios. —¿Qué cosa? —Ser tú lo que eres con tu luz y oscuridad. La frase la golpeó con más fuerza de la que habría querido admitir. No porque Kaedryn le estuviera prometiendo una solución. No lo había hecho. Tampoco había asegurado que pudiera curarla, y Seraphine desconfiaba de cualquiera que afirmara comprender un IBN que acababa de evolucionar de una forma tan peligrosa. Pero había algo en su argumento que no podía descartar. El Gobierno Mundial le había dado una oportunidad, sí. También había establecido los límites de esa oportunidad y las condiciones bajo las cuales se la retirarían. Seraphine aceptaba que existieran medidas de seguridad. Había demostrado de la peor manera posible que eran necesarias. Lo que no sabía era si podría seguir viviendo bajo la amenaza constante de convertirse en un arma que los demás debían decidir cuándo destruir. Habiendo perdido credibilidad y confianza. Y, aun así, aquel lugar era su hogar. Sus raíces estaban en Myr. Allí había aprendido a sanar, allí había construido su vida y allí seguían las personas a las que quería ayudar. Marcharse significaba abandonar todo eso, incluidas las familias ante las que había asumido su responsabilidad. Miró las sujeciones de sus muñecas. —Si me voy, no podré terminar lo que empecé aquí. —No puedes reparar una ciudad entera tú sola —dijo Izán—. Ni siquiera tú. Seraphine lo miró con una mezcla de reproche y alivio. —No recuerdo haberte pedido una opinión médica. —No soy médico. —Precisamente. Por primera vez desde que había entrado, Izán sonrió un poco. La expresión duró poco, pero bastó para que Seraphine recordara que seguía hablando con él. No con un cadáver, no con un recuerdo de la batalla. Con Izán, que aún tenía la costumbre de responder cuando nadie se lo pedía. Ella respiró hondo. Quizá Kaedryn pudiera ayudarla. Había logrado hacer algo que ella no consiguió: Salvar a Izán y devolverlo con vida. No sabía cómo lo había hecho, ni qué precio había pagado, pero era una prueba de que poseía recursos que el Gobierno Mundial no había podido ofrecerle. Eso no significaba que debiera confiar en él. Significaba que, por primera vez en semanas, tenía una alternativa que merecía ser considerada. —Si voy contigo, no pienso convertirme en una de tus armas —dijo. —No te he pedido que lo hagas. —Y no voy a matar a nadie por tus objetivos. —Mientras no intentes detener los míos, no tendremos problemas. —Eso suena sospechosamente parecido a una amenaza. —Es una descripción de nuestras posibles diferencias. Seraphine cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, la decisión ya estaba tomada. No sabía si estaba haciendo lo correcto. Tampoco creía que quedarse fuera necesariamente lo correcto. Por primera vez desde el desastre, no estaba eligiendo entre una culpa y otra, sino entre dos caminos cuyas consecuencias aún desconocía. —Está bien. Me voy con vosotros. Kaedryn asintió y se inclinó sobre el primer cierre. Entonces descubrió que la camilla no tenía un sistema de liberación manual sencillo. El equipamiento de contención estaba conectado a varios seguros independientes, y desactivar todos ellos llevaría demasiado tiempo. —¿Cómo se desbloquea? —preguntó pues no quería destruir los bloqueos para evitar posibles daños colaterales. —Necesitas la consola del otro lado de la sala. Kaedryn miró la consola, después la puerta destrozada y finalmente a Seraphine. —No tenemos tiempo. —Empiezo a notar un patrón en esta conversación. Izán se acercó al costado de la camilla. Extendió una mano y el espacio frente a él se deformó, abriéndose en un portal oscuro. Al otro lado no se distinguía una habitación concreta, solo una superficie irregular y la silueta de lo que parecía un suelo metálico. Seraphine contempló la abertura. Después miró las correas que la mantenían fijada a la camilla. —No pensaréis… —Sí —respondió Izán. —¿Vais a llevarme así? —Es la forma más rápida. —Podríais haberlo dicho antes. —Lo acabamos de decidir. Kaedryn agarró un extremo de la estructura y comprobó su peso. Una sección mecánica de su antebrazo se desplegó para reforzar la articulación. —Izán, mantén el portal estable. —Eso intento. Entre los dos levantaron la camilla. El equipo de contención emitió una serie de pitidos de advertencia, y Seraphine tuvo que aferrarse como pudo a los bordes para evitar que su cabeza golpeara el soporte. —¡Cuidado con el monitor! —¿Te preocupa el monitor? —preguntó Kaedryn. —Me preocupa que me lo claven en la cara. Atravesaron el portal con la camilla entera y parte del equipamiento médico y de diagnóstico. Durante un instante, Seraphine sintió la extraña presión que acompañaba a los desplazamientos espaciales de Izán. Luego el laboratorio desapareció y el aire cambió. Al otro lado olía a metal caliente, polvo y humedad. El estruendo de la instalación quedó amortiguado, sustituido por el zumbido de algún generador lejano. Izán cerró el portal. El silencio que siguió fue tan repentino que Seraphine tardó unos segundos en reaccionar. Seguía inmovilizada. Seguía conectada al equipo de diagnóstico. Una luz amarilla parpadeaba junto a su hombro y el monitor continuaba registrando sus constantes vitales con admirable indiferencia ante el secuestro en curso. Seraphine miró a Kaedryn. Luego a Izán. Y terminó soltando una pequeña risa. No fue una carcajada, ni una señal de que todo aquello le pareciera divertido. Era simplemente absurdo. Después de semanas de juicios, vigilancia, culpa y protocolos de seguridad, había acabado escapando de una instalación del Gobierno Mundial atada a una camilla, acompañada por un hombre al que creía muerto y otro (a quien tenía por enemigo) que había irrumpido armado hasta los dientes para llevársela. —¿Qué? —preguntó Izán. Seraphine negó con la cabeza, todavía sonriendo un poco. —Nada. Solo estoy intentando imaginar la explicación que van a dar cuando descubran que me he llevado conmigo todo el equipo. Kaedryn observó el monitor. —Podemos dejarlo aquí. —Ni se te ocurra. Es equipo médico especializado y probablemente cuesta más que una casa. —Acabas de escapar de una instalación militar. —Y eso no convierte el despilfarro en una buena idea. Izán soltó una risa breve. Kaedryn, en cambio, se limitó a mirar hacia la salida del recinto. —Cuando terminéis, tenemos que movernos. La alarma ya debe de haberse extendido. Seraphine volvió la vista hacia el portal cerrado. Había abandonado Myr sin despedirse de nadie, sin saber cuándo podría regresar y sin ninguna garantía de que aquella decisión fuera a salvarla de sí misma. La culpa no había desaparecido. Tampoco su responsabilidad. Pero, mientras Kaedryn y Izán se preparaban para trasladarla, Seraphine descubrió que llevaba semanas sin reírse de verdad. Que todavía podía hacerlo le resultó tan extraño como esperanzador. —Una cosa más —dijo. Los dos la miraron. —La próxima vez que vengáis a rescatarme, intentad hacerlo antes de que me conecten a veinte máquinas. —Lo tendremos en cuenta —respondió Izán. Kaedryn ya estaba levantando la camilla. —No habrá una próxima vez. Seraphine volvió a sonreír. —Eso también me lo creo cuando lo vea.
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Nexum (Novela) Capítulo 117

Estás leyendo el capítulo 117 de Nexum (Novela), un novela. En un mundo donde la tecnología ha superado los límites de la comprensión humana, existe un lugar que desafía toda lógica: La Ciudad Infinita. Una gigantesca red de estructuras metálicas, sistemas de transporte… Este capítulo tiene publicado el 15 de octubre de 2026. Nexum (Novela) tiene 118 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.