Leer Merodeador Del Apocalipsis (Novela) Capítulo 11 online gratis en español
🏴 Grupo: Eila_Juts✍️ Traducción: Eila_Juts
Accidentes, accidentes y más accidentes. El mundo entero parecía haberse convertido en un cúmulo de tragedias.
Sentado en el asiento del copiloto, contemplaba en silencio el paisaje que desfilaba tras el cristal. El carril contrario estaba colapsado y una columna de humo se elevaba desde un complejo residencial cercano. En la acera, un zombi yacía esposado tras haber sido derribado por una pistola taser.
Parecía una escena sacada de una película, pero era nuestra realidad.
“Apocalipsis…” murmuré.
La imagen de bomberos, policías y funcionarios públicos intentando manejar la situación con rostros agotados resultaba desalentadora.
Parecía que las instituciones gubernamentales estaban desbordadas. Era un accidente cotidiano, pero los funcionarios corrían de un lado a otro como si se tratara de una emergencia mayor.
Ya había escasez de personal.
Lo único que había mejorado era que los ciudadanos parecían haberse acostumbrado a los zombis. Como ya habían pasado casi dos semanas desde que aparecieron, la gente simplemente se apartaba en silencio, sin hacer escándalo.
Entonces, Jeon Do-hyeong preguntó con sospecha:
“Parece que ya casi llegamos. Ese tal profesor Kim... ¿de verdad es un experto? ¿O solo es otro narcisista buscando fama?”
“Sí… bueno, es profesor en una universidad reconocida. También ha trabajado como asesor de políticas.”
Miré mi teléfono. Había una respuesta del profesor Kim, indicándonos que nos reuniéramos en un apartamento de esta ciudad.
La reunión estaba cerca.
\*\*\*
El apartamento parecía bastante decente. Los autos estacionados eran caros, y las instalaciones, limpias y lujosas.
Llegábamos tarde por las carreteras bloqueadas, así que nos apresuramos hacia el edificio 102, pero el guardia de seguridad en la entrada nos sujetó por la ropa.
“¡Ey, esperen!”
¿Nos detenía por ser extraños? Me fijé en que empuñaba un hacha; ese nivel de armamento ya se había vuelto común.
Abrí la boca con calma:
“Vivimos…”
“Oh, no es eso. Es que el ascensor no se puede usar ahora mismo.”
“…¿Eh?”
Jeon Do-hyeong y yo nos detuvimos. Miré brevemente mi teléfono: la dirección era en el piso 12. ¿Teníamos que subir a pie?
“¿Está en mantenimiento? ¿Cuándo estará listo?” pregunté, pensando en pedirle al profesor que nos viéramos más tarde.
El guardia soltó un suspiro profundo.
“No, no es eso. Hubo un accidente en el ascensor. Hay zombis muertos… y personas. Ya lo reporté, pero ni la policía ni el equipo de desinfección han venido.”
“Ya veo…”
No había otra opción. No podíamos entrar en un ascensor impregnado del virus. Así que emprendimos la penosa subida de doce pisos por las escaleras, alerta ante cualquier trampa que otros supervivientes pudieran haber dejado.
Cuando llegamos al departamento del profesor Kim, estábamos casi sin aliento.
Ding-dong—
“¿Hola? Soy Kim Da-in, la persona que le contactó por correo electrónico.”
Con manos temblorosas presioné el timbre. La cerradura electrónica hizo clic, pero la puerta no se abrió. Segundos después, se oyó una voz suave:
“Adelante.”
Abrimos con cuidado. El profesor Kim, con mascarilla, nos saludó a distancia.
Era un hombre de mediana edad, envuelto en un aura de depresión y frustración. Su cabello clareaba con canas y sus ojos, tras las gafas, estaban profundamente hundidos. Su aire intelectual y gentil se veía empañado por una atmósfera irritable, sombría y demacrada.
Hizo un gesto con la cabeza y se adentró en la vivienda. Jeon Do-hyeong y yo intercambiamos una mirada rápida antes de seguirlo hasta la sala de estar.
\*\*\*
El profesor se sentó en un extremo y señaló con sus dedos huesudos el otro lado, donde no había sillas ni cojines, solo el suelo.
“Allí. Siéntense lejos. No se quiten las mascarillas.”
Su voz estaba apagada, como la de alguien que había llorado toda la noche.
“Disculpe… ¿podría darnos un poco de agua?”
Jeon Do-hyeong lo preguntó con cautela. Yo también lo miré con esperanza; tenía la garganta seca.
El profesor entrecerró los ojos en una sonrisa amarga y negó con la cabeza.
“Lo siento. Debería ofrecerles té… pero ni siquiera puedo darles agua.”
“No, lo entendemos.”
Podía haber empeorado el ambiente, pero asentí rápidamente.
Era una precaución excelente. Si estuviéramos infectados de forma latente, podríamos contagiarlo.
Jeon Do-hyeong se dejó caer contra la pared para recuperar el aliento. Cuando pensaba cómo iniciar la conversación, él preguntó de inmediato:
“Profesor… ¿de verdad el mundo va a terminar? ¿No podemos detener el virus?”
“El… virus…”
Miré de reojo a Jeon. Si le preguntas a un apocalíptico si viene el fin del mundo, la respuesta es obvia. El profesor Kim se quedó mirando al vacío durante un largo rato antes de responder en voz baja.
“El presidente de la Compañía Immortal era un auténtico genio. ¿Cómo pudo crear un virus así? Con esa inteligencia, ¿por qué crear algo diseñado para exterminar a la humanidad? ¿Por qué...?”
Era casi un monólogo cargado de una rabia contenida. De pronto, pareció recobrar el sentido y nos miró fijamente. Sus ojos desbordaban una convicción oscura.
“Sí. Todo perecerá. Los kits de diagnóstico llegaron demasiado tarde. Una respuesta temprana ya es imposible.”
“Eso no tiene sentido. Es solo un virus… ni siquiera ha pasado un mes.”
Interrumpí a Jeon Do-hyeong. Me interesaba más la explicación del profesor; él había descifrado los planes del presidente mejor que yo.
“¿Por qué perecería todo?”
El profesor Kim dudó. Lanzó una mirada hacia el pasillo que conducía a los dormitorios y continuó con tono resignado, como quien recita una profecía de las escrituras:
“Los datos incautados a Immortal decían lo siguiente: "Hemos creado el virus de la inmortalidad. El Virus-I.”
‘¿El virus de la inmortalidad?’
“Al igual que el COVID-19 mutó hacia la variante Ómicron, los virus suelen evolucionar para ser menos letales y más contagiosos para asegurar su supervivencia. Sin embargo, este virus ya ha completado casi todas esas etapas de mutación. Entonces, ¿hacia dónde mutará ahora?”
Mutación. Evolución. Sentí que la boca se me secaba aún más.
“La vía de transmisión…” murmuré inconscientemente.
El profesor asintió, como si alabara a un buen alumno.
“Exacto. Evolucionará para aumentar sus huéspedes. Para sobrevivir en más entornos.”
Una visión aterradora cruzó mi mente.
Animales infectados. Aves en el aire, bestias salvajes en la tierra. Su sangre y desechos contaminando el suelo y el agua. El sistema de agua colapsando. El mundo entero convertido en un virus.
Bestias, agua, aire… el mundo mismo como amenaza.
Recordé la sonrisa del presidente… transformada en una mueca demoníaca.
Esto no era extinción. Era el fin del mundo.
Apreté el puño.
‘Presidente... ¿no se ha pasado de la raya?’
“¿Contramedidas? ¿Aún se puede hacer algo?”
“Es demasiado tarde. Para cuando se distribuyan los kits, los infectados superarán el millón y la cifra subirá exponencialmente cada día.”
Jeon Do-hyeong se puso en pie de un salto.
“¡Todavía podemos responder! ¡Podemos enviar peticiones al gobierno, informar en las noticias, convencer a la gente!”
“¿Conoces la fiebre aftosa?”
Al escucharlo, visualicé las imágenes de los brotes ganaderos: miles de cerdos sacrificados y arrojados a fosas. El silencio inundó la sala. De repente, el profesor ya no parecía un intelectual, sino un verdugo cansado. Sonrió con amargura.
“Para evitar el apocalipsis, habría que tomar medidas drásticas. Diagnosticar a la fuerza a toda la población y ejecutar e incinerar a cada infectado. Esa es la única forma de detenerlo.”
“Ah…”
Eso era… imposible.
Eso era... imposible. A diferencia de los zombis sintomáticos, los infectados latentes parecían personas normales. Habría más de un millón. ¿Cómo aplicar una medida así?
“Propuse esa medida. Me expulsaron de inmediato. Todos me miraron con el mismo horror con el que me miran ustedes ahora.”
“Pero es que eso no es posible, ¿verdad?”
No sería un kit de diagnóstico, sino una sentencia de muerte. ¿Quién aceptaría hacerse la prueba? ¿Se quedaría la gente de brazos cruzados? ¿Qué soldados llevarían a cabo semejante masacre? Resistencia, huidas... eso solo aceleraría la propagación. Al final, el virus mutaría y el fin llegaría de todos modos.
“¡No!” exclamé. No podía creerle a este teórico del fin del mundo. Tenía que ser solo una especulación basada en el peor escenario posible. “¿Y si evoluciona en otra dirección? ¿Hacia la preservación de la racionalidad?”
“Podría… pero entonces…”
Hizo un gesto con la mano.
“...Esa inteligencia residual solo hará que el mundo sea más peligroso. Los zombis ya muestran destellos de inteligencia. El frío o el calor extremo no los matan; simplemente buscarán refugio en el metro o en los sótanos.”
“No, ellos se lanzan hacia los estímulos, ¿verdad? Si los atraemos con camiones o vehículos blindados y los empujamos a…”
Jeon Do-hyeong intentaba buscar una salida táctica, pero el profesor negó de nuevo.
“Los zombis morirán, pero el virus que propagaron durante su periodo de incubación permanecerá. Se acabó el tiempo. Esto no se puede detener.”
Era el fin del mundo. Lo comprendí en lo más profundo de mi ser. Mi corazón, que antes latía desbocado, recuperó la calma. Una calma gélida. Ya no importaba lo que yo deseara; el mundo no me daba a elegir. Pero, ¿significaba eso que debía rendirme? No. Tenía que sobrevivir de alguna forma, aunque fuera mediante el saqueo o la violencia.
‘Es incluso mejor así' pensé.
Ya no había dudas.
“Profesor. Incluso si llega el apocalipsis, la gente sobrevivirá. ¿Vendrá con nosotros? Necesitamos su conocimiento.”
“Es una oferta generosa, pero... no puedo” respondió con firmeza.
“Si nos ayuda, más personas…”
“Puedo ayudar a través de las transmisiones de radio, es suficiente.”
Intenté persuadirle por todos los medios, pero no cedía. ¿Había perdido toda esperanza? De pronto, un sonido rompió la conversación. Un gruñido gutural, un "eeek" que provenía del dormitorio.
El profesor Kim se levantó.
“Parece que mi esposa tiene hambre. Iré a darle de comer un momento.”
Tomó gachas blancas y entró.
Su voz, suave y cariñosa, se escuchó desde dentro.
La puerta quedó entreabierta.
Jeon Do-hyeong y yo nos acercamos y miramos.
Atada a la cama estaba la esposa del profesor. O lo que quedaba de ella: un zombi.
Lo entendimos al instante.
El profesor no podía unirse a nosotros. Seguramente ya estaba infectado. Pero, sobre todo…
“Es alguien a quien no puedo comprender” susurré.
Daba de comer a la criatura, cucharada a cucharada. El zombi retorcía el cuerpo, pero engullía la comida con avidez. El profesor no la mataba, pero tampoco pensaba usarla como arma biológica, como habría hecho yo. A pesar de estar más seguro que nadie del fin del mundo, era incapaz de tomar una decisión radical.
No era un teórico del apocalipsis. Era un hombre ordinario atrapado en un desastre, una buena persona que, incluso en el abismo, intentaba advertir a los demás.
Un hombre destinado a perecer, a diferencia de un saqueador o un bastardo como yo.

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Estás leyendo el capítulo 11 de Merodeador Del Apocalipsis (Novela), un novela. Día 1 del brote zombi. Antes de matar a un zombi, maté a una persona. Presenta un protagonista egoísta, antisocial y extremadamente pragmático. En un mundo invadido por zombis, la pregunta no es quién sobrevivirá, sino… Este capítulo tiene publicado el 12 de julio de 2026, Traducido por el grupo Eila_Juts. Merodeador Del Apocalipsis (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.