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Leer Más allá de lo celestial (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
La lluvia llevaba horas cayendo sobre Mui.
En noches como aquella, los habitantes de la aldea acostumbraban cerrar temprano las puertas y las ventanas. El barro convertía los caminos en trampas, mientras que el viento procedente de las tierras cercanas al Gran Desierto hacía crujir las paredes de madera.
Pero aquella noche no era el clima lo que inquietaba a los perros.
Desde las montañas habían llegado tres estruendos.
El primero hizo temblar las ventanas.
El segundo estuvo acompañado por un destello que iluminó el horizonte.
El tercero fue tan fuerte que algunas aves abandonaron los árboles y huyeron hacia la oscuridad.
Los habitantes de Mui no podían saber qué había ocurrido.
A varios kilómetros de distancia, dos grupos de cultivadores acababan de enfrentarse. El combate había terminado, pero diez supervivientes del grupo derrotado habían conseguido escapar.
Estaban heridos, con sus reservas de Qi casi agotadas.
Necesitaban recuperarse antes de que sus perseguidores los encontraran.
Y no tenían intención de hacerlo por medios ordinarios.
El primer grito llegó desde el extremo oriental de la aldea.
—¡Cultivadores!
La voz apenas alcanzó a atravesar la lluvia antes de que una luz roja iluminara las casas.
¡BOOM!
Una pared salió despedida y sus fragmentos cayeron sobre el camino embarrado.
Los habitantes comenzaron a abandonar sus hogares sin comprender qué estaba ocurriendo. Un hombre tomó a su hija de la mano. Una mujer dejó caer una olla al suelo. Un anciano permaneció inmóvil en mitad de la calle, contemplando las figuras que avanzaban entre la lluvia.
Eran diez.
Algunos llevaban heridas. Uno tenía la manga empapada de sangre y otro caminaba sujetando un fragmento de espada rota.
—Esa maldita secta... —escupió el hombre de la manga ensangrentada.
—Deja las quejas para después —respondió uno de sus compañeros—. Tenemos que recuperar el Qi antes de que nos encuentren.
El hombre observó las casas.
—¿Y dónde se supone que vamos a conseguirlo?
Otro cultivador señaló a los aldeanos.
—Aquí.
Nadie en Mui comprendió aquellas palabras.
No tuvieron tiempo de preguntar.
El cultivador levantó una mano y una corriente de Qi rojizo atravesó la calle.
El anciano cayó de rodillas.
Una fuerza invisible comenzó a extraer su vitalidad. Un hilo carmesí se elevó desde su cuerpo y serpenteó hasta la palma del cultivador.
Este cerró los ojos y respiró profundamente.
El color regresó poco a poco a su rostro.
—Funciona.
Los demás comenzaron a moverse.
No buscaban dinero.
No buscaban comida.
No buscaban objetos de valor.
Buscaban vidas.
Algunos atacaron a los aldeanos que trataban de escapar. Otros se acercaron a los caídos y absorbieron la energía que todavía conservaban sus cuerpos.
Uno de ellos se agachó junto a un cadáver.
Sacó una pequeña botella de jade y pronunció unas palabras en voz baja.
Una sombra se desprendió lentamente del cuerpo. Tenía la silueta de una persona, aunque sus rasgos se deformaban sin cesar. La figura trató de alejarse, pero una fuerza invisible la arrastró hacia la botella.
El cultivador tapó el recipiente y lo guardó dentro de su túnica.
—Una más.
Cada uno empleaba un método distinto, pero el propósito era el mismo. La vitalidad de los vivos y la energía que aún conservaban los muertos podían alimentar las técnicas de quienes sabían extraerlas.
Para los habitantes de Mui, aquella noche no tenía explicación.
Para los diez cultivadores, solo importaba cuánto podían recuperar antes de tener que huir.
—¡Cierra la puerta!
El padre de Liu Tianshen empujó la madera mientras su esposa sostenía al bebé contra el pecho.
A través de las paredes se escuchaban gritos, golpes y el crujido de las casas que comenzaban a arder.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella.
El hombre miró por la ventana.
Las llamas ya se reflejaban en los tejados cercanos.
Tomó una vieja espada de caza que llevaba años apoyada junto a la pared. No era un arma adecuada para enfrentarse a un cultivador, pero era lo único que tenía.
—Nos iremos por detrás.
—¿Y los demás?
Él no respondió.
Sabía que no podía salvar a todos.
Quizá ni siquiera pudiera salvar a su propia familia.
Su esposa apretó al bebé contra el pecho.
—¿Y si nos encuentran?
—Entonces correrás.
—¿Y tú?
El hombre bajó la mirada hacia la espada.
Después observó a su hijo.
Liu Tianshen dormía tranquilamente, ajeno al caos que se extendía fuera de la casa.
Su padre se acercó y le acarició la cabeza.
—Siempre se duerme cuando llueve.
Su esposa miró al niño.
—Se parece a ti.
—Espero que no.
Ella soltó una pequeña risa.
Fue breve.
Demasiado breve.
El hombre la miró. Por un instante, ninguno de los dos dijo nada.
Después tomó aire.
—Cuando salgamos, ve hacia el bosque.
—¿Y tú?
—Los haré mirar hacia otro lado.
Ella comprendió lo que quería decir.
—No.
—Escúchame.
El hombre le tomó el rostro entre las manos.
—No necesito ganar.
Miró al niño.
—Solo necesito que ustedes sobrevivan.
Ella quiso responder, pero las palabras no le salieron.
Su marido la soltó y se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, miró una última vez hacia atrás.
—No importa lo que pase. No regreses por mí.
Y desapareció bajo la lluvia.
El hombre de la manga ensangrentada avanzaba por la calle principal.
Una herida le atravesaba el brazo izquierdo y parte de su túnica estaba quemada, pero su expresión seguía siendo fría.
El padre de Liu se interpuso en su camino, con la espada en la mano.
El cultivador se detuvo.
—¿Un mortal?
El hombre alzó la espada.
—Si quieres pasar, tendrás que apartarme primero.
El cultivador observó el arma y después olfateó el aire.
Sonrió.
—Huele a miedo.
Dio otro paso.
—Y a leche.
El padre comprendió que lo habían descubierto.
Apretó la espada.
No tenía sentido mentir.
No tenía sentido suplicar.
Atacó.
La hoja chocó contra una barrera invisible.
¡CLANG!
El cultivador permaneció inmóvil.
El hombre volvió a atacar, esta vez con todas las fuerzas que le quedaban.
La barrera parpadeó al recibir el golpe, debilitada por el combate anterior. Por un instante, la defensa perdió estabilidad. La espada volvió a ser desviada, pero el filo alcanzó el colgante que el cultivador llevaba en la cintura.
¡Crack!
El jade se partió.
El cultivador bajó la mirada.
Por primera vez, su expresión cambió.
—Tú...
El padre sonrió.
No porque hubiera ganado.
Sino porque había conseguido hacerle perder algo.
El colgante sostenía una técnica de ocultación que amortiguaba las presencias de los diez supervivientes mientras recuperaban su Qi.
El golpe del mortal no había atravesado limpiamente la defensa del cultivador.
Pero había bastado para destruir el jade.
Los fragmentos emitieron un último destello antes de apagarse.
La técnica comenzó a deshacerse.
Las presencias de los diez quedarían expuestas.
—Ahora tendrás que encontrar otra manera de esconderte —murmuró el hombre.
La sonrisa del cultivador desapareció.
Una presión invisible aplastó al mortal contra el suelo.
La espada salió despedida y cayó en el barro.
El padre de Liu tosió y trató de levantarse, pero sus brazos apenas pudieron sostenerlo.
El cultivador dio un paso hacia él.
Entonces se detuvo.
La ruptura del sello había provocado una perturbación que se extendía más allá de la aldea. Sus perseguidores podían detectarla y seguirla hasta ellos.
El hombre de la manga ensangrentada miró hacia las montañas.
No podía quedarse en Mui.
Pero tampoco podía huir con el Qi tan bajo.
Entonces reparó en las huellas que se internaban en el bosque y en las gotas de sangre que la lluvia aún no había borrado.
La mujer estaba herida.
Y llevaba consigo al niño.
Una presa fácil. Un poco más de vitalidad podía darle la fuerza necesaria para escapar.
—Ese imbécil... —murmuró.
El mortal soltó una débil risa.
—Eso es...
El cultivador lo miró.
—¿Qué?
—Lo que necesitaba.
La expresión del cultivador se endureció.
El siguiente ataque acabó con la vida del padre de Liu.
La espada quedó abandonada en el barro. A unos centímetros de la empuñadura, la mano del hombre dejó de moverse mientras la lluvia le recorría el rostro.
El cultivador se apartó.
No había tiempo que perder. Si sus perseguidores habían sentido la perturbación, cada minuto contaba.
Siguió las huellas hacia el bosque.
La esposa corría.
Había seguido el camino hacia el bosque, tal como su marido le había indicado.
La lluvia le golpeaba el rostro y el barro le llegaba hasta los tobillos. Llevaba al bebé contra el pecho, protegiéndolo como podía con su ropa empapada.
Al intentar escapar de Mui, un fragmento de madera había salido despedido de una casa derrumbada y le había abierto el hombro.
El dolor ardía con cada movimiento.
Pero no se detuvo.
Detrás de ella, la aldea desaparecía poco a poco entre la lluvia.
No miró atrás.
No podía.
Cada vez que escuchaba un ruido, apretaba más al niño contra sí.
—Ya casi...
No sabía si era verdad.
—Ya casi, Tianshen.
El bebé comenzó a llorar.
Ella intentó tranquilizarlo.
—Mamá está aquí.
Tropezó y cayó sobre una rodilla.
El dolor le recorrió el cuerpo. Durante un instante permaneció inmóvil, con la respiración entrecortada.
Después apretó los dientes y volvió a levantarse.
Tenía que continuar.
Había caminado durante varios minutos cuando sus fuerzas comenzaron a abandonarla. La lluvia había empapado su ropa y la sangre de la herida se mezclaba con el agua.
Dio otro paso.
Después otro.
Hasta que las piernas dejaron de responder.
Cayó junto a un árbol.
Esta vez no pudo levantarse.
Miró al bebé. Intentó sonreírle, pero cada vez le costaba más respirar.
—No llores...
El pequeño continuó llorando.
Ella sonrió.
—Tu padre odiaba cuando llorabas.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Decía que eras demasiado ruidoso.
La sonrisa se desvaneció poco a poco.
—Pero siempre terminaba cargándote.
Cerró los ojos un instante.
Entonces escuchó pasos.
No eran los pasos apresurados de alguien que huía.
Eran tranquilos.
Regulares.
El hombre de la manga ensangrentada apareció entre los árboles.
Había seguido el rastro de sangre.
La botella de jade colgaba de su cinturón.
Se detuvo al verla.
Después miró al bebé.
—Así que aquí estaban.
La mujer intentó retroceder, pero apenas pudo mover las piernas.
El cultivador levantó una mano.
Entonces una voz llegó desde el otro lado del bosque.
—Aléjate de ellos.
El hombre giró la cabeza.
Un cultivador joven se encontraba entre los árboles. Vestía una túnica sencilla, llevaba las botas cubiertas de barro y tenía una lanza atada a la espalda.
Tang Lin.
Había sentido la perturbación provocada por la ruptura del colgante y había seguido su rastro hasta el bosque.
El cultivador de la manga ensangrentada liberó una pequeña cantidad de Qi, intentando medir la fuerza de su oponente.
Tang Lin mantuvo su Qi contenido, dejando escapar apenas un rastro alrededor de la lanza. Entre la lluvia y la perturbación residual, al desconocido le resultó difícil calcular su nivel.
Después del combate anterior, tampoco podía permitirse desperdiciar el poco Qi que le quedaba.
Su mirada volvió hacia la mujer.
Después observó al niño.
Esperó.
Tang Lin tampoco se movió.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
La mujer levantó la cabeza.
—Por favor...
Intentó incorporarse, pero el movimiento le arrancó un gesto de dolor.
Tang Lin se acercó unos pasos.
—No te muevas.
—Mi hijo...
Levantó al bebé con ambas manos.
—Llévatelo.
Tang Lin frunció ligeramente el ceño.
—¿Dónde está su padre?
La mujer dirigió la mirada hacia la oscuridad del bosque.
—Atrás.
No hizo falta que dijera nada más.
Tang Lin observó al niño.
Después volvió a mirar a la mujer.
—¿Cómo se llama?
—Liu Tianshen.
Tang Lin repitió el nombre en voz baja.
—Liu Tianshen.
La mujer asintió.
—No tengo nada para darte.
—No te he pedido nada.
—Entonces...
Su voz comenzó a apagarse.
—Solo prométeme que vivirá.
Tang Lin guardó silencio.
Había conocido a personas que rogaban por sus propias vidas. También había conocido a quienes suplicaban por riquezas, protección o una oportunidad para sobrevivir.
Aquella mujer no pedía nada para sí misma.
Solo quería que su hijo viviera.
Tang Lin sostuvo su mirada.
—Te lo prometo.
Finalmente, extendió los brazos.
—Dámelo.
La mujer entregó al bebé.
Sus dedos permanecieron aferrados a la ropa del niño durante un instante, como si todavía le costara aceptar que debía soltarlo.
Después lo dejó ir.
Tang Lin acomodó al pequeño contra su pecho y lo cubrió con la capa. La tela conservaba parte del calor de su cuerpo, y el ritmo de su respiración ayudó a calmar al bebé.
La mujer lo observó una última vez.
—Gracias...
Su mano cayó sobre el barro.
Tang Lin esperó unos instantes, pero la mujer ya no volvió a moverse.
No hubo más palabras.
Solo lluvia.
Detrás de él, el cultivador dio un paso.
—Entrégame al niño.
Tang Lin levantó la mirada.
—No.
El hombre frunció el ceño.
—No sabes en qué te estás metiendo. Entregármelo y podrás marcharte.
Tang Lin ajustó la capa alrededor del bebé.
—No voy a entregártelo.
El cultivador miró a la mujer y después al niño.
—Solo necesito recuperar el Qi que perdí. No pienso desperdiciar más tiempo contigo.
Tang Lin no respondió.
—Apártate —ordenó el cultivador—. No tengo motivos para matarte si me entregas al niño.
Tang Lin desató lentamente la lanza.
—Ya te he respondido.
La expresión del hombre se endureció.
Su mano descendió hacia la botella de jade que colgaba de su cinturón.
—Entonces morirás con él.
Tang Lin sujetó la lanza y adoptó una posición de combate.
El viento se levantó entre los árboles. Unas cuantas hojas mojadas se desprendieron de las ramas y giraron alrededor de la punta de su arma, impulsadas por los débiles rastros de Qi que recorrían el asta.
El cultivador liberó su propia energía.
La presión hizo temblar las hojas restantes.
Tang Lin permaneció firme, protegiendo al niño con el brazo que lo sostenía.
La lluvia continuó golpeando su capa y resbalando por la madera de la lanza.
El cultivador entrecerró los ojos.
Había esperado encontrar a un mortal, a un viajero perdido o a alguien demasiado débil para oponerse a él.
En cambio, se había encontrado con un hombre que, pese a no conocer a la mujer ni al niño, estaba dispuesto a enfrentarse a él.
Tang Lin dio un paso al frente.
La punta de la lanza quedó dirigida hacia el pecho de su adversario.
El bebé descansaba contra su cuerpo, ajeno a la amenaza que tenía delante.
El cultivador sonrió sin alegría.
—Entonces te quitaré de en medio primero.
El Qi rojizo estalló a su alrededor.
Tang Lin inclinó la lanza y protegió al niño bajo la capa.
La lluvia siguió cayendo entre los árboles.
Y el cultivador lanzó el primer ataque.

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Más allá de lo celestial (Novela)
Capítulo 2
Más allá de lo celestial (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Más allá de lo celestial (Novela), un novela. Liu Tianshen murió y renació en un mundo de cultivación como un mortal sin nombre, sin clan que lo respalde, sin recursos y sin un linaje poderoso. En un mundo donde la fuerza determina el destino y los débiles apenas… Este capítulo tiene publicado el 16 de octubre de 2026. Más allá de lo celestial (Novela) tiene 2 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.