Leer La Sombra Sin Dios (Novela) Capítulo 5 online gratis en español
Hina regresa justo cuando Elior está golpeando sin parar al demonio. Se queda observando paralizada ,con miedo y dolor, no conocía esa versión de Elior y menos, como eran realmente los demonios.
Con decisión, Kael corrió hacia el punto del bosque donde la tierra había comenzado a abrirse. La grieta palpitaba con un fulgor oscuro. Dejó escapar un rezo antiguo entre los dientes, las palabras resonaron como metal y fuego. Con la palma abierta hacia el cielo, convocó un sello. Luz blanca como la hoja de una espada descendió y comenzó a enroscar la herida del mundo.
Mientras Kael trabajaba en el sello, la brutalidad continuó en la orilla. Elior asestó un último golpe certero al rostro del demonio. Fue un impacto seco, final, que sobresaltó incluso al sello que emergía. La criatura dejó de moverse. La sangre dejó de brotar. El sonido del último choque resonó, y Elior saco su mano de dentro del rostro desfigurado del demonio.
Se inclinó sobre el cadáver con la respiración entrecortada. Entonces —como si recuperara algo de humanidad o quizás marcando su triunfo— gritó. No fue una palabra. Fue un rugido. Un grito animal, agudo, salvaje. Era la expresión de alguien que había cazado y vencido a una presa; era la liberación de una bestia interior. El sonido atravesó el río y llegó hasta los árboles.
Hina cayó de rodillas, temblando, mientras Kael, sin apartar la mirada del sello en formación, volvió corriendo hacia ellos. El círculo de luz se cerró con un estruendo y la grieta se selló. La energía corrupta de Gehenna se extinguió. El aire volvió a ser solo aire. El olor putrefacto se disipó.
Elior se puso de pie, jadeando. Su sombra lo rodeaba, vibrando con una vida propia, queriendo más, exigiendo más sangre.
Kael apareció frente a él en un parpadeo. Colocó la palma sobre su hombro y habló con voz firme:
—¡Basta, Elior!
El joven lo miró con los ojos plateados encendidos. La sombra tembló, resistiéndose.
Kael cerró los ojos y apretó con fuerza. Una luz blanca, tenue pero estable, brotó de su mano.
—Escúchame. Este no eres tu. vuelve en ti, hijo. Elior apretó los dientes. Su respiración era un rugido entrecortado. Pero lentamente, la sombra se retrajo, como si obedeciera a regañadientes. Se disolvió bajo sus pies, dejando solo al muchacho, arrodillado, con el cuerpo temblando y mostrando las heridas del combate .
—Ah… ah… —jadeaba Elior, con los puños ensangrentados y los ojos aún brillando.
Kael lo sostuvo antes de que cayera de frente. Lo miró con preocupación.
Hina, quien batalla consigo misma , después de todo lo que vio, vio a Elior apenas consciente y sin pensarlo dos veces corrió hacia ellos. Se arrodilló junto a Elior y lo abrazó sin importar el sudor, la sangre o la sombra.
—Idiota… —dijo entre lágrimas—. No me asustes así otra vez.
Elior bajó la cabeza. Su voz era débil, casi un susurro.
—Lo siento…
Kael los miraba a ambos, en silencio. En su rostro se dibujaba una mezcla de tranquilidad y temor.
Sabía lo que acababa de ver.
Sabía lo que significaba. lo que no sabía, era cómo hacer que Elior pudiera controlar aquello.
—Elior… tus ojos… tu cuerpo… por un segundo… —dijo Hina con la voz temblorosa.
Él bajó la cabeza. No pudo mirarla directamente.
Kael respiró hondo y cruzó los brazos.
—Vamos a casa. Hablaremos allí. Esto no puede repetirse, Elior.
—No puedo dejar que esa cosa te consuma —añadió, en voz baja, con preocupación.
Elior asintió despacio. Hina lo tomó del brazo como si fuese a sostenerlo para que no se desplomara.
La noche llegó con prisa, como si temiera lo que acababa de pasar, al llegar a casa esta estaba en silencio.
Los niños dormían en sus habitaciones. Solo la tetera en la cocina rompía la quietud con un leve susurro.
La sala olía a té. Kael colocó tres tazas sobre la mesa y sirvió con las manos quietas. El silencio se cargó de significado.
—No sé qué fue eso exactamente, Elior… pero nunca te había visto así —dijo Kael con seriedad, sin apartar la vista de él.
Elior sostuvo la taza entre las manos. No bebió.
—Yo tampoco. Fue como si… una parte de mí tomará el control. No sentía dolor. No pensaba en nada más que en pelear. Solo sentía rabia. Y cuando golpeaba… no quería parar.
Hina se cubrió los hombros con una manta. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—¿Tiene que ver con lo que me contaste antes…? —preguntó en voz baja—. Con esa luz blanca… con la pérdida de tus padres…
Elior asintió. La respiración se le hizo corta.
—No hay noche que no sueñe… —murmuró—. Y últimamente es como si cada vez que cierro los ojos, volviera a ese momento. No solo en sueños. También despierto. Hoy… era como si todo ese dolor me empujara a pelear. Como si, por un instante… disfrutara la violencia y aunque no me guste admitirlo, se sintió bien….
Kael frunció el ceño.
—Eso no eres tú. Esa no es tu esencia, Elior. Pero si dejas que el dolor se acumule sin soltarlo, te va a pudrir por dentro.
Cayó un silencio que dolía. Era un silencio con filo.
Hina se acercó. Se sentó a su lado y posó la mano en la de Elior. Su voz fue suave, pero firme.
—No tienes que soportarlo solo. Para eso estamos nosotros. Para eso estoy yo.
Elior la miró por primera vez desde la pelea. Sus ojos, grises y apagados por el cansancio, encontraron los de ella. Hubo un instante de tregua.
Kael se levantó y se dirigió a la puerta.
—Mañana entrenaremos. No solo el cuerpo… también la mente. Si esa oscuridad sigue dentro, la domaremos. Porque si no lo haces tú, alguien más lo hará por ti. — dijo con un tono molesto
Antes de salir, Kael se volvió y añadió:
—Descansen. Ambos. Elior, iremos a primera hora mañana.
La luz cálida del interior apenas iluminaba la sala, Elior se dirigió a su habitación y se sentó con dificultad, jadeando aún. Sus puños seguían sangrando, su ropa completamente empapada en sangre seca y reciente. El cuerpo no le respondía. Los músculos, agotados por la brutal batalla, simplemente se negaban a moverse.
Hina quien pasó por el pasillo vio a Elior sin poder moverse y se acercó en silencio, con una toalla sobre el hombro. Su expresión había cambiado. Aún estaba asustada, sí, pero más que eso… estaba decidida.
—Elior… —dijo, poniéndose frente a él—. Déjame ayudarte, por favor.
Él no respondió. No podía. El orgullo dolía, pero el cansancio más.
Hina con cuidado comenzó a quitarle el polerón ensangrentado. Lo hizo despacio, sabiendo que cada movimiento le dolía. Su piel estaba cubierta de moretones, rasguños, y cortes leves que aún sangraban. Al quitarle la parte superior, quedó expuesta la espalda y el pecho marcados por el esfuerzo inhumano. Hina contuvo la respiración.
—Estás lleno de heridas, idiota. —susurró—. No puedes seguir así…
—Estoy bien —respondió él con la voz ronca—. Solo necesito…descansar un poco.
Hina se arrodilló y procedió a quitarle el pantalón con cuidado, al quitárselo lo ayudó a incorporarse, y luego a entrar al baño. No dijo más. Cerró la puerta detrás de él.
Elior al rato salió con el cabello húmedo, envuelto en una toalla, la mirada perdida. Hina aún lo esperaba en el pasillo.
—Hina —dijo en seco—. No deberías estar aquí. No después de lo que viste.
Ella lo miró, confundida.
—¿Qué dices?
Él bajó la mirada, los ojos ocultos por su flequillo.
—No deberías estar cerca de mí… Ya sabes lo que hay en mi mundo. Ángeles. Demonios. Sangre. Y yo… yo no voy a parar, Hina. No hasta que todos estén muertos. No volveré a permitir que lo que pasó se repita. No voy a perdonar a nadie que cruce la frontera hacia Geheris. No importa de qué lado estén.
Su voz temblaba. No de miedo. De furia contenida.
—Así que será mejor que te alejes de mí antes de que te arrastre conmigo.
Hina dio un paso adelante. Sus ojos ahora estaban húmedos.
—¿Crees que no sé lo que dices? ¿Qué no lo entiendo?
Colocó ambas manos en el rostro de Elior, obligándolo a mirarla. Luego apoyó su frente contra la de él.
—Estás lleno de mierda, sí. Pero yo también. Quizás no como tú, pero sé lo que se siente no querer seguir. ¿Y sabes qué? No me voy a ir. No pienso dejarte solo. Pase lo que pase.
Elior cerró los ojos. Esa cercanía… esa calidez… era lo único que podía calmar el incendio que rugía dentro de él.
—Gracias, Hina… —murmuró.
Ella no dijo más. Se separó lentamente y se fue a su habitación, dejándolo solo con sus pensamientos.
Mañana siguiente
Elior ya estaba de pie a duras penas, vestido y con la mirada más serena. Salía de la casa junto a Kael rumbo al templo cuando una voz adormilada interrumpió el silencio:
—¡Hey, esperen!
Ambos miraron hacia atrás. Allí estaba Hina: el cabello revuelto, la ropa alborotada y la cara aún marcada por el sueño, pero con una expresión decidida.
—¿Tú… despierta a esta hora? —preguntó Kael, divertido.
—¿Estoy soñando, verdad? —añadió Elior, soltando una risa corta.
—No me hagan hablar —dijo ella, caminando como un zombi—. Vamos… no pienso perderme esto.
Los tres continuaron hacia el templo. El aire de la mañana olía a bosque; el pueblo apenas bostezaba, desperezándose.
Al llegar, Kael pidió a Elior que se recostara en el centro del círculo dibujado en el suelo: un antiguo símbolo angelical, usado para explorar la verdad dentro del alma.
—Relájate, Elior. No haré nada que no permitas. Solo quiero que me cuentes… todo. Paso a paso, se que dolerá, pero has tu mejor esfuerzo, hijo
Elior cerró los ojos.
—Está bien —murmuró—.
Y comenzó.
De vuelta a esa noche….
—Era… una noche caótica. El suelo no paraba de moverse; temblaba y se calmaba por instantes, solo para volver a sacudirse.
Mis padres nos dijeron a Liora y a mí que nos escondiéramos. Ellos se fueron a ayudar al pueblo. Antes de que pudiera tomar a mi hermana… ella, asustada, corrió tras ellos. Yo la seguí. Corrí hacia el pueblo. Y entonces… el cielo se rasgó.
—Una luz cayó del cielo. Un arcángel… y detrás de él, un demonio. Eran monstruosos. Se mataban entre sí… y destruían todo a su paso. Las columnas del templo cayeron como ramas. Las casas se desplomaron. La casa donde estaban mis padres quedó hecha escombros, y todos quedaron atrapados.
—Corrí hacia ellos cuando los vi, a mis padres y a Liora atrapados. Intenté acercarme, pero las ondas expansivas nos lanzaban hacia atrás. Me corté el brazo con un montón de escombros que volaron hacia mí. Y entonces… ocurrió.
Elior tragó saliva. Sus manos se apretaron. mientras una sombra se escurría por el suelo .
—El arcángel y el demonio cayeron justo frente a mí. Ambos sangraban… y de un momento a otro estaba cubierto de esa sangre. Entró por la herida. sentí ardor por dentro, como si me estuviera quemando todo el cuerpo en especial el brazo.
Kael y Hina escuchaban en un silencio absoluto. El cuerpo de Elior comenzó a temblar, como si el recuerdo le atravesara las entrañas.
—Vi a mi padre intentando sacar a mi madre y a mi hermana de los escombros… Me gritaba que tomara a mi hermana y me fuera. Vi a mi madre sacando a Liora… Y entonces el arcángel empezó a hablar en una lengua extraña. Una luz blanca los envolvió… a ellos… al demonio…
Las lágrimas empezaron a brotar en los ojos de Elior.
—Y me dejó solo… quemado… llorando en la tierra.
Su voz se quebró.
—No pude salvarlos… no hice nada.
Una furia seca subió por su garganta.
—Fue ahí cuando prometí que lo mataría con mis propias manos. No solo a él —dijo, apretando los dientes—. A todos y cada uno de ellos. Pagaron por lo que le hicieron a mi familia, a mi pueblo.
Su respiración se volvió rápida. Las venas en el cuello se marcaban y se tornaban negras. Ira, tristeza, una furiosa determinación.
—¡Mataré a todos los ángeles y demonios!
Hina no pudo contenerse: se tapó la boca y lloró en silencio.
Kael se incorporó, pálido.
—Entonces era cierto… —murmuró.
—¿Qué cosa? —preguntó Hina entre sollozos.
Kael miró a Elior, que yacía en el centro del círculo—quedó dormido por el mismo ritual— y habló con voz grave.
—La sangre que lo cubrió… probablemente era de ambos seres. Ángel y demonio. Por eso, cuando pelea… cambia.
Hina, con los ojos aún enrojecidos, lo contempló como si intentara asimilar una verdad imposible.
—Kael… eso que dijo Elior. Esa sangre… ¿es lo que lo volvió así?
Kael asintió lentamente, la voz cargada de incertidumbre.
—Sí. Y no. Lo que le pasó a Elior… es incomprensible. La sangre de un ángel o de un demonio no pueden coexistir con la de un humano. Normalmente, el cuerpo colapsa. Muere.
Hina tragó saliva, la voz temblando.
—Entonces… ¿por qué sigue vivo? ¿Por qué Elior no murió ese día?
Kael la miró con profunda preocupación.
—No lo sé. No hay registros, ni leyendas, ni profecías. Nada que hable de esto. Lo que Elior es… no debería ser. Sobrevivió a algo que lo habría matado al instante. Y no solo eso: está cambiando. Cada vez que pelea, cada vez que se descontrola, esa mezcla dentro de él se activa.
Hina dio un paso atrás, con una mano en el pecho.
—Kael… ¿Qué va a pasar con él?
Kael bajó la mirada, con cierto peso en la voz.
—No lo sé, Hina. Su existencia es un misterio incluso para mí. Puede que ese poder lo consuma… o que lo transforme en algo que ni los cielos ni el infierno han visto antes.
Hina apretó los labios, la angustia fue creciendo.
—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó—. Todo lo que dijiste sobre las mezclas, sobre la sangre celestial y demoníaca… con todo tu conocimiento , debe de haber algo para ayudarlo.
Kael dudó un segundo. Por primera vez, mostró una sombra de inseguridad. Luego se recompuso y sonrió con suavidad, como quien se apoya en lo que ha estudiado toda la vida.
—He pasado mi vida entera estudiando estos temas. Leí cada libro y fragmento antiguo que pude encontrar. Me obsesioné con entender el equilibrio entre el bien y el mal, los mitos celestiales… Supongo que el destino quiso que ese conocimiento me preparara para ayudar a Elior. pero jamás se menciono nada igual.
Su mirada se volvió más firme, pero cargada de tristeza.
—Él actúa como si pudiera con todo. Pero sé que se está rompiendo por dentro. No lo dejaré solo, ni aunque se vuelva alguien más. se lo prometí a sus padres.
Kael se volvió hacia Hina, con voz paternal.
—Y estoy seguro que no lo hará, mientras tú estés cerca. Pero recuerda esto, Hina: incluso la luz más brillante puede perderse si no tiene con qué anclarse a este mundo.
Elior poco a poco comenzó a despertar del trancé en el que estaba.
—Es hora de continuar , Elior— dijo Kael un poco mas tranquilo.
Primera Fase del Entrenamiento
La brisa matinal acariciaba las copas de los árboles que rodeaban el templo; las hojas aún destilaban gotas de rocío como pequeñas lámparas.
Kael inhaló hondo y clavó la mirada en Elior con una seriedad templada por la experiencia. Hina, envuelta en una manta, se acomodó sobre una roca cercana; todavía somnolienta, se mantenía curiosa por lo que iba a suceder.
—Hoy no será un entrenamiento normal, Elior —dijo Kael con una sonrisa tranquila—. Quiero ver cuánto has avanzado realmente. Y, lo más importante… hasta dónde puedes llegar sin perder el control.
Elior asintió con calma, como quien acepta una prueba necesaria.
—Está bien. Me siento algo oxidado, pero… un reto me vendrá bien.
—¿Vas a pelear tú? —preguntó Hina desde atrás, mitad en broma, mitad de verdad.
Kael negó con la cabeza.
—Aún no. Primero… enfrentarás a esto.
Con una palmada, Kael activó un mecanismo oculto en el suelo. La tierra crujió y, con un susurro de madera y metal, emergieron tres figuras humanoides. Sus pechos brillaban con runas antiguas; al principio parecían estatuas, inertes y solemnes… hasta que cobraron vida y se movieron con velocidad inhumana.
—¿Qué son esas cosas? —murmuró Hina, sorprendida.
—Autómatas antiguos —explicó Kael—. Los restauré y les añadí runas de contención. Simulan ataques reales. No se detendrán hasta que los desactives… o te quedes sin fuerzas.
Elior crujió el cuello y sonrió con cierta malicia.
—Suena divertido.
Los autómatas se lanzaron al ataque. El primero cayó ante la naturalidad de Elior: esquivó con fluidez, como si su cuerpo recordara movimientos memorizados por la sangre. Los otros dos lo cercaron. La pelea se volvió un baile vigoroso: Aikido, Muay Thai, Kenpō; combinaciones que se entrelazaban con reflejos sobrehumanos y una precisión milimétrica. Cada giro, cada bloqueo, parecía resonar con la historia de su entrenamiento.
Kael apenas se movía. Observaba: respiración, postura, gestos. Analizaba patrones como quien lee notas en una partitura. Pero lo que buscaba con más atención era el instante en que la sombra interior de Elior pudiera asomar y desbocarlo.
Tras varios minutos de intercambio, uno de los autómatas logró conectar un golpe en el abdomen de Elior. El impacto lo hizo caer de rodillas; tosió, el aire le salía con dificultad. Se incorporó con rapidez, pero algo cambió: sus ojos se nublaron unos segundos y una sombra se escurre por sus manos.
—Algo está cambiando…. —susurró Hina, apenas audible.
Kael pensó en voz baja, para sí: Ahí está. Igual que la otra vez. Su energía fluctúa. Hay algo más profundo: contenido o que lo contiene a él.
La velocidad de Elior estalló. Con una patada que partió la tierra y lanzó a un autómata contra la pared, su fuerza se volvió descomunal. Los golpes se hicieron más duros, los movimientos más bruscos. En un grito que desbordó la contención, Elior ejecutó el golpe final y la cabeza metálica de la última figura se hizo añicos.
El templo guardó un silencio pesado. Elior jadeaba, con los puños apretados; un fulgor oscuro recorrió sus manos por un instante y se extinguió. Tenía la respiración acelerada y el cuerpo temblando de la descarga de adrenalina.
Kael se acercó con paso firme y le puso una mano en el hombro, con calma profesional.
—¿Estás bien? —preguntó.
Elior respiró hondo, intentando recuperar la compostura.
—Sí… aunque sentí que por un momento… no era yo quien peleaba.
Kael asintió, pero su sonrisa era contenida, sin alivio total.
—Te estás volviendo más fuerte, Elior. Pero no olvides quién eres en medio del poder. El poder no siempre es aliado.
Mientras hablaba, sus pensamientos eran más nítidos: Elior está cambiando. Y si no aprende a dominar esa mezcla, podría volverse imposible de frenar.
Ya era hora de continuar con la siguiente parte así que Kael se sentó frente a Elior y colocó dos dedos sobre su frente con la calma de quien maneja ritmos antiguos y sagrados.
—Este entrenamiento no es solo del cuerpo… también del alma —susurró—. Si tu poder nace desde lo más profundo, ahí debemos buscar las respuestas.
Elior asintió sin decir nada. Se puso en posición de loto dentro del círculo que Kael había trazado con sal y polvo de incienso; Hina se quedó en un rincón del templo, envuelta en una manta, el corazón golpeándole contra las costillas.
—Respira. Concéntrate —murmuró Kael, muy bajo.
Los ojos de Elior se cerraron.
El mundo se apagó.
Se abrió ante él un paisaje desolado: suelo negro como carbón, árboles chamuscados como esqueletos, viento que aullaba como si la tierra sollozara. Estaba solo, clavado en medio de la nada. La luz era fría y huesuda.
De la niebla emergió una silueta. No era un recuerdo exacto: era la misma energía del arcángel de la noche de la tragedia, pero distinta. Más severa. Más distante.
—Geheris se ha debilitado —dijo la figura, con voz que parecía brotar de la roca—. La balanza está por romperse. Lo que viste aquella vez… solo fue el principio.
Elior retrocedió sin querer. Quiso hablar y no pudo: la garganta se le cerró.
—Ya no hay vuelta atrás —continuó la silueta—. Lo que llevas dentro es más que una mezcla prohibida. Es una anomalía que el cielo y el infierno no permitirán que exista.
El suelo tembló bajo sus pies. Grietas se abrieron en la tierra, como cicatrices mecidas por el dolor. Del firmamento comenzaron a caer espadas. No una o dos: cientos. Espadas de luz rasgando el aire, descendiendo como juicio.
Entonces la visión cambió.
Se vio a sí mismo con unos años más . Tambaleante. Cubierto de sangre fresca y heridas abiertas que goteaban. Sus ojos brillaban con una luz extraña: parte blanca, parte roja. Solo. Rodeado por docenas de ángeles con armaduras que centelleaban; lanzas y espadas sagradas apuntadas hacia él con la frialdad de un jurado. Lo miraban como a una abominación. Como a algo que debía ser juzgado y extirpado.
Kael, conectado a la meditación, también alcanzó a ver la escena. Sintió su alma tirada hacia ese mismo abismo; la visión lo arrastró por un instante. Intentó intervenir, pero una fuerza lo empujó fuera de aquel sueño como si alguien cerrara una puerta.
Despertaron a la vez. Sudaban frío.
—¿Qué fue eso…? —dijo Kael, aturdido, la voz quebrada por la impresión.
Elior respondió con voz rota.
—Fue… más claro que nunca. Esta vez no fue un recuerdo. Fue una advertencia.
Hina irrumpió corriendo, los ojos desorbitados.
—¿Están bien? ¡Se quedaron inmóviles varios minutos!
Kael no contestó al principio. Miró a Elior. Observó las manos que aún temblaban.
En su mente, una frase se repetía como un eco peligroso: Si los ángeles lo ven como una amenaza… todo puede cambiar.
El templo quedó en un silencio pesado. Kael y Hina observaron a Elior, que seguía sentado en el círculo. Respiraba con dificultad; las manos le temblaban como si hubiesen aprendido un nuevo pulso.
Entonces una risa fría y breve se escapó de los labios de Elior. Sonó amarga, casi irónica.
—Temblor… miedo… culpa. Qué ridículo —dijo, mirándose las palmas, y su voz se endureció—. No. No más. rápidamente de él salió una ligera onda expansiva hecha por su sombra que rápidamente retrocede y vuelve a unirse a Elior.
Se puso en pie con lentitud. La luz matinal se coló por las rendijas y bañó el templo con un tono dorado que contrastaba con la sombra en sus ojos.
—No importa si vienen del cielo o del infierno —declaró, la voz firme y cortante—. No importa si me llaman monstruo o salvador. Los aniquilaré. A todos.
Hizo una pausa, la mirada encendida.
—Pero no dejaré… que esta oscuridad me consuma. Voy a dominarla. Mi cuerpo. Mi mente. Mi poder. Todo será mío. Y no permitiré que nadie más muera por algo que yo pueda detener.
Hina lo miró con lágrimas contenidas, la preocupación dibujada en el rostro.
Kael, que hasta entonces había estado en silencio, se acercó con paso lento. Sus ojos eran una mezcla de orgullo, miedo y tristeza—la mirada de un maestro que ha visto crecer a su discípulo. Puso una mano sobre su hombro con voz suave pero firme:
—Elior… cada palabra que dijiste lleva fuerza. Pero también lleva dolor. No hay gloria en la destrucción. Ni redención en la venganza.
Respiró hondo. Lo miró a los ojos, con ternura dura.
—Si este es tu camino, entonces entrenaremos hasta que tu mente sea más fuerte que cualquier sombra. No dejaré que te corrompas. No dejaré que mueras.
Hina, con la voz quebrada por la emoción, añadió:
—Y yo no dejaré que estés solo.
Elior asintió. La determinación seguía ardiendo, pero la presencia de Kael y Hina le devolvía algo humano: anclaje. Miró al altar del templo con solemnidad y dijo en voz baja:
—Este será mi campo de batalla. Protegeré todo lo que quiero.
La mañana avanzaba con calma. después del entrenamiento
Elior ajustó el cinturón improvisado de cuerda que sujetaba la leña en su espalda. A un costado, Hina caminaba tranquila, cargando una cesta con hierbas y frutas silvestres.
—Hoy el cielo está más limpio que nunca —murmuró Elior, levantando la vista.
—Más limpio que tu conciencia, eso seguro —respondió Hina con una sonrisa traviesa.
—Cruel —rió él, bajando la mirada.
Al llegar a la primera casa, un anciano los recibió con una carcajada agradecida. Elior dejó la leña junto al fogón, y Hina entregó unas ramas de menta y frutos rojos. Así siguieron, saludando a vecinos que barrían o regaban. Todos conocían a Elior, todos saludaban a Hina con cariño.
—¡Chico ciudad! —exclamó una vecina—. ¿Trajiste cuentos raros esta vez?
—Si se ríen lo suficiente, quizá sí —bromeó Elior.
En la panadería, la puerta abierta dejaba escapar el aroma irresistible de pan recién hecho.
—¡Los madrugadores! ¡Pasen, pasen! —dijo el panadero, con los brazos abiertos.
—Justo a tiempo, si se demoraban, me tomaba el jugo yo sola —añadió su esposa con picardía.
Los sentaron bajo la sombra de una parra, con pan tibio y jugo fresco.
—¿Y cómo va la vida en la ciudad, Elior? —preguntó el panadero.
—Mucho ruido y pocas miradas sinceras… extraño esto más de lo que creía—respondió, mordiendo el pan.
—¿Y tú, Hina? —preguntó la esposa, con una chispa en los ojos—. ¿Cuándo te lo vas a robar? Este chico tiene pinta de galán.
Elior se atragantó con el jugo.
—¡Gh-hgj!
—¡Nada que ver! —tosió Hina, roja como tomate—. Somos como hermanos, muy cercanos, pero nada más.
—Exacto —añadió Elior, limpiándose la boca, nervioso pero riendo.
Las carcajadas llenaron la mesa.
Al despedirse, siguieron su camino.
—¿Viste cómo te atragantaste? Fue hermoso —rió Hina.
—Me pilló desprevenido —admitió él.
Caminaron un rato en silencio. Elior saludaba con calma, con una sonrisa genuina. Hina lo observaba de reojo, pensando:
“Así es como debería verte siempre… así. Feliz.”
—Este lugar… lo amo —suspiró Elior—. Pero cuando todo está demasiado en silencio… escucho más fuerte lo que hay dentro de mí.
Hina lo miró, pero solo asintió.
Al llegar a la casa, el aroma de pan tostado y sopa los recibió. Lia corrió a abrazarlos, Aramis la siguió… y tropezó de cara al suelo.
—¡Llegué primero! —dijo desde el piso.
—Sí, primero al suelo —rió Hina.
La cocina estaba llena de calor hogareño. Kael servía la mesa con naturalidad. Todo era risa y pan caliente… hasta que Elior quedó en silencio. Su mirada se clavó en la ventana. No respondía. No respiraba más rápido. Solo estaba… ausente.
—¿Elior…? —preguntó Hina, inquieta.
De pronto, una línea de sangre bajó por su nariz. Luego otra. Hina saltó de su asiento.
—¡Elior!
Volvió en sí con un parpadeo. Tocó su rostro, miró la sangre y forzó una sonrisa.
—Estoy bien… no se preocupen.
Pero Kael lo miraba fijo. Sabía que no era “solo un recuerdo”.
Elior cerró la puerta del baño tras de sí. El agua corría. Se miró en el espejo. La sangre aún caía. Las manos le temblaban, pero sus ojos estaban firmes.
Entonces la visión lo arrastró.
Oscuridad.
Latidos profundos.
El pueblo de Velmira se mostraba desde lo alto, pequeño, tranquilo… hasta que una grieta gigantesca se abrió en el bosque. De su interior salieron demonios enormes, más crueles que cualquier otro. Y en medio del caos, una figura solitaria peleaba contra ellos, rodeada de destellos blancos y rojos.
Una voz grave emergió de la grieta:
—Tu sangre no pertenece a este mundo.
—Nosotros te abriremos el camino.
—Y tú… decidirás qué lado sangra primero.
La visión se rompió en fuego y cenizas. Elior gritó sin voz.
Despertó inclinado sobre el lavamanos, sudando, jadeando.
—¿Qué fue eso?
Lo supo en su interior: algo venía. Y no sería como antes.
Ya un poco más tranquilo , salió del baño y cumplió su promesa de jugar con Lía y Aramis hasta la tarde. Entre risas y carreras en la colina, la tensión se alivió por unas horas.
Ya después de jugar con los niños, llegaron a la casa para descansar un poco. Y en la mesa, Kael lo miró directo.
—¿Estás listo para la otra parte del entrenamiento? —preguntó con calma.
—Sí —respondió Elior con seguridad.
—¿¡Van a pelear!? —saltó Aramis.
—¿Podemos ver? —añadió Lía con emoción.
Kael asintió.
—Claro. Será amistoso.
En ese momento, una voz adormilada interrumpió:
—Yo también voy a ver… no me lo pierdo.
Todos giraron. Hina estaba en pijama, despeinada, apenas despierta. después de una siesta de horas.
—¡No puedes resistirte a la acción! —rió Kael.
—Vas a quedarte dormida de pie —agregó Elior, con una sonrisa suave.
El templo respiraba silencio, apenas interrumpido por la brisa que se colaba entre los pilares de piedra.
Kael ajustaba su uniforme de entrenamiento, líneas blancas sobre tela oscura. Frente a él, Elior se acomodaba con ropa ligera, lista para moverse sin restricciones. Ambos se inclinaron en señal de respeto. Él primero en atacar fue Kael. Sus movimientos eran veloces y precisos, como si cada golpe anticipara el siguiente paso de Elior antes de que él lo pensara. El muchacho esquivaba, retrocedía, se cubría… sin lanzar ni un golpe.—¿Qué pasa? ¿El cachorro ya se cansó? —provocó Kael, con una patada que Elior bloqueó por los pelos. Entonces Elior sonrió. En un parpadeo cambió de postura y contraatacó. Sus golpes eran fluidos, limpios, directos. No había rastro de poderes extraños, solo técnica y entrenamiento… pero ya no peleaba como el niño de antes. Kael retrocedió por primera vez.
—Así que estabas estudiándome… —dijo, sorprendido pero divertido.
—Te conozco demasiado, viejo —jadeó Elior, con media sonrisa. El choque continuó. Golpes, bloqueos, giros. Kael logró lanzarlo al suelo con una llave rápida, pero Elior se reincorporó de inmediato y atacó sus rodillas con un doble golpe certero. Para hacerlo perder el equilibrio —¡Oh! —exclamó Kael, tambaleándose. Elior iba por el golpe final cuando, en un giro inesperado, Kael atrapó su pierna y lo derribó contra el suelo, sujetándole el brazo hasta inmovilizarlo.—¡Punto para mí! —rió Kael, respirando agitado. Los aplausos retumbaron en el patio. Lía y Aramis saltaron emocionados.
—¡Eso fue genial! —gritó Lía.
—¡Yo juraba que ganabas tú! —añadió Aramis entre risas. Kael ayudó a Elior a levantarse y le dio una palmada en el pecho.
—Casi, campeón. Pero vamos diez a cero.
—Para tener más de cincuenta sigues siendo rápido… —resopló Elior, divertido. Hina apareció con una toalla y dos botellas de agua.
—Tomen, sudados. Beban antes de morir deshidratados.
—¡Gracias, enfermera Hina! —bromeó Kael, bebiendo un trago. Los niños se lanzaron sobre Elior, golpeándole el pecho con entusiasmo.
—¡Casi ganaste! ¡Eres increíble!
Elior cerró los ojos. Por un instante, entre risas y abrazos, todo fue calma real. Más tarde, cuando los demás se dispersaron, Elior y Kael se sentaron bajo un árbol de hojas rosadas en el jardín interior. Ambos bebían té en silencio, hasta que Kael habló.—Has mejorado mucho, Elior. Pero lo que más me sorprende… no es tu fuerza. Elior lo miró de reojo.
—¿Entonces qué es?—La forma en que contienes la oscuridad dentro de ti por mas difícil que sea . Esa rabia que se asoma cada vez que peleas en serio. Elior apretó el puño.
—No puedo dejar que me controle… pero tampoco puedo ignorarla. Es parte de mí supongo.—No. Esa oscuridad vive en ti, pero no eres tú. Lo importante no es lo que llevas dentro… sino lo que eliges hacer con ello. Hubo un silencio breve.—Tengo miedo —admitió Elior al fin—. No de ellos, no de los demonios ni de los ángeles… sino de mí. De llegar a un punto en que no sepa si peleo por justicia… o por odio. Kael no respondió de inmediato. Solo apoyó una mano firme en su hombro.
—No elegiste esta carga. Pero ahora es tuya. Y el destino no es algo escrito: lo construyes con tus decisiones. Si sigues el camino del odio… acabarás vacío, hijo. Elior bajó la mirada.
—Por eso no quiero que nadie más se meta en esto. Ni Hina, ni los niños… ni tú. Kael suspiró.
—¿Sabes cuál fue mi error cuando eras niño? Pensar que protegerte de todo te salvaría. Lo único que hice fue obligarte a cargar con todo en silencio. Se inclinó un poco hacia él.
—Tú no estás solo. Nunca lo estuviste. Elior se quedó quieto. Sus labios temblaron como si quisiera responder, pero no pudo.—Cuando no puedas más, dilo. Cuando sientas que caes… míranos. A mí. A Hina. A los niños. Nos tienes, Elior. Y siempre nos vas a tener. El muchacho tragó saliva. Sus ojos brillaban con un resplandor contenido.
—Gracias, Kael…Kael sonrió suavemente.
—No tienes que darme las gracias… hijo. tus padres deben estar orgullosos, viendo el hombre que eres. Elior lo miró, sorprendido. Esa palabra lo atravesó más que cualquier golpe.
Kael se levantó, revolviéndole el cabello como cuando era pequeño.—Ahora anda a lavarte. Si no, Hina te va a enterrar vivo entre jabón y regaños. Elior rió entre dientes, secándose algo del sudor de su frente.
—Sí… ya voy.
Ya en la tarde la estación estaba tranquila, apenas unas pocas personas esperaban el tren vespertino. El sol caía lentamente, tiñendo el cielo de naranjo y dorado. Una suave brisa movía las hojas de los árboles cercanos, y el ambiente se sentía cálido, pero nostálgico.
Kael se encontraba junto a Elior y Hina, acompañado por Lia y Aramis, quienes no podían ocultar sus caras tristes al saber que volverían a la ciudad.
—Volveré en dos semanas, lo prometo —dijo Elior, agachándose frente a los niños.
—¿Dos semanas exactas? —preguntó Aramis con cara seria.
—Exactas. Pero solo si se portan bien y hacen caso a Kael —respondió con una sonrisa cómplice.
—¡Lo juro! —gritó Lía levantando la mano.
—¡Yo también! —dijo Aramis, aunque claramente con menos convicción.
Kael puso una mano en el hombro de Elior.
—Cuídense… Y recuerda: todo lo que entrenas aquí, llévalo también a tu mente. No todo se gana con los puños.
—Lo sé, tío Kael… Gracias por todo —dijo Elior con una mirada cargada de gratitud.
Hina abrazó fuerte a Lía y Aramis, besándolos en la frente, mientras ellos la rodeaban con sus brazos.
—Nos vemos pronto, chicos. Los quiero mucho.
El tren llegó. Con un pitido y un resoplido de vapor, las puertas se abrieron.
—¡No se olviden de nosotros! —gritó Aramis mientras los veía subir.
—¡Nunca! —respondió Elior desde la puerta del vagón.
Las puertas se cerraron, y el tren partió lentamente. Desde la ventana, Hina saludaba agitando la mano. Kael la observaba con una leve sonrisa, y justo antes de que el tren doblara, Elior le lanzó un último saludo militar a los niños, haciendo que Lía se riera a carcajadas.
El tren se alejaba, y con él, la paz del pueblo. Lo que aguardaba en la ciudad era distinto… y mucho más oscuro.
El vagón estaba silencioso, con unos pocos pasajeros dormitando. Las luces suaves y el ritmo constante del tren creaban un ambiente tranquilo.
Elior y Hina estaban sentados juntos, mirando por la ventana. El campo pasaba velozmente, y se reflejaba en sus ojos una calma distinta.
—¿Sabes? —dijo Hina— Extrañaré despertar tarde con el desayuno hecho y una nota burlona.
Elior rió.
—Eso solo lo hago en el pueblo. En la ciudad te tocará hacerlo tú.
—¡Qué injusticia! —exclamó fingiendo indignación.
—La vida lo es —bromeó él, alzando los hombros.
Se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Hina lo miró seria.
—Elior…
—¿Sí?
—Quiero que me enseñes a pelear.
Elior la miró sorprendido.
—¿Qué?
—Lo digo en serio. No quiero solo mirar desde lejos. Quiero ayudar. Y no dejarte solo nunca.
Elior suspiró profundamente.
—No, ni loca. Ni lo pienses.
Hina lo miró con una cara de póker perfecta.
—…Era broma —dijo Elior entre risas— Claro que te voy a enseñar si eso quieres. Pero… solo defensa personal. Nada más.
—Quiero aprender todo —insistió ella— Lo mismo que tú. No te dejaré solo en esto.
Elior la observó con ternura, y luego bajó la vista.
—Es difícil. Largo. Y… peligroso. Pero si es lo que quieres… Primero meditación. Luego vemos lo demás.
—Perfecto —dijo ella con una sonrisa triunfal.
El vagón comenzó a oscurecerse mientras el tren avanzaba entre cerros. Ella apoyó la cabeza en el hombro de Elior.
—Estoy feliz de haber ido contigo al pueblo —susurró con los ojos cerrados.
Elior apoyó su cabeza sobre la de ella, relajado.
—Yo también, Hina…
Ambos se quedaron así, en silencio. El tren seguía su curso bajo un cielo estrellado, y poco a poco, cayeron dormidos, juntos, como si el mundo al fin les diera un respiro.
Después de 3 horas de viaje el tren finalmente se detuvo con un chirrido suave. Las puertas se abrieron dejando salir a los pocos pasajeros. Elior y Hina bajaron tranquilos, envueltos en un aire cálido y denso típico de las noches urbanas. Luces de neón y faroles antiguos iluminaban las calles con un brillo tenue.
Mientras caminaban por la vereda, Elior notó cómo Hina se detenía frente a una pequeña tienda iluminada. Sus ojos brillaban mirando una vitrina con donas glaseadas.
—¿Chocolate? —preguntó Elior con una sonrisa traviesa.
Hina, sin quitar la vista del cristal, asintió levemente como si estuviera hipnotizada.
—Espérame aquí —le dijo él.
Entró a la tienda y regresó segundos después con dos donas grandes de chocolate, envueltas con cuidado.
—Gracias por acompañarme al pueblo… y por todo —dijo, extendiéndole el paquete.
—¡Quédate con tu agradecimiento, y dame la dona! —respondió ella feliz, comenzando a devorarla.
Elior se rió, y juntos siguieron caminando por las calles tranquilas de la ciudad.
Al llegar, los padres de Hina ya estaban esperando en la puerta. Su madre la observó con cariño, pero no pudo evitar reír al ver la cara de su hija manchada de chocolate.
—Gracias por dejar que Hina viniera conmigo —dijo Elior, haciendo una leve reverencia.
—No tienes que agradecer nada, Elior —respondió el padre—. Confiamos plenamente en ti.
—Y gracias por cuidarla… y alimentarla —añadió la madre con una sonrisa burlona, mirando el rostro de su hija.
Elior giró la vista hacia Hina, quien aún tenía los labios llenos de glaseado. Ambos estallaron en una pequeña risa.
—Bueno, que tengan una excelente noche. Me voy a descansar un poco —dijo Elior con respeto.
—¿No quieres que te lleve a tu casa, hijo? —preguntó el padre de Hina.
—Gracias, pero prefiero caminar . Esta perfecta la noche para caminar , aparte así estiro las piernas, estuve muchas horas sentado—respondió entre risas suaves.
Se despidió de los padres y se acercó a Hina.
—¿Paso por ti mañana para ir a la escuela?
—Claro —respondió ella limpiándose la boca—. ¡Y gracias por las donas!
Elior asintió y se despidió con una leve inclinación de cabeza.
Ya al llegar a su casa la puerta se abrió con un sonido sutil. Todo estaba en completo silencio. Las luces estaban apagadas, salvo por una lámpara pequeña en la cocina.
Elior dejó la mochila y la maleta cerca del sofá. Caminó hacia el baño mientras se desabrochaba lentamente la camisa. Al encender la luz, el espejo reveló su torso cubierto de moretones, rasguños y cortes. Algunos aún enrojecidos por la reciente batalla.
Se quitó el resto de la ropa y entró a la ducha. El agua tibia cayó sobre su cuerpo como una caricia, y se quedó allí largo rato, con los ojos cerrados. Al salir, se secó lentamente el cabello, se puso ropa cómoda, preparó una taza de café negro y fue hasta su escritorio.
Sobre la mesa había un libro antiguo de tapas desgastadas, con el símbolo de un ala y una lanza cruzada en la portada. Lo abrió con cuidado, y comenzó a leer sobre las jerarquías celestiales, los rituales, los fragmentos de sangre y los sellos usados por ángeles y demonios.
—Tengo que entenderlo… todo esto… antes de que me consuma —murmuró.
Si la oscuridad despertaba en mí… yo debía despertar primero.
Al cabo de una hora, cerró el libro, preparó su uniforme para el día siguiente, y se dirigió a su cuarto. Apagó la luz. La ciudad sonaba a lo lejos. Pero en su habitación, solo reinaba el silencio.
Durmió profundamente.
Esa noche descansó en silencio… sin saber que el verdadero ruido ya había comenzado a moverse en las sombras. y su visión , lo acechaba antes de lo que él pensaba.

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La Sombra Sin Dios (Novela)
Capítulo 7
La Sombra Sin Dios (Novela) Capítulo 5
Estás leyendo el capítulo 5 de La Sombra Sin Dios (Novela), un novela. _Elior Blackwood_ no es un héroe. Es un joven roto por una tragedia que lo dejó sin familia, sin paz y sin un lugar al que pertenecer. Vive con la culpa, la rabia y el miedo constante de perder el control de algo que… Este capítulo tiene publicado el 15 de enero de 2026. La Sombra Sin Dios (Novela) tiene 42 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.