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Leer La Sombra Sin Dios (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

La campana de la última clase sonó. Los alumnos salieron disparados, como si la escuela estuviera en llamas. Elior, en cambio, seguía con la vista perdida en la ventana. El profesor ya se había despedido, pero sus palabras se disolvieron como eco lejano. Su mente no estaba allí… sino atrapada en un mar de pensamientos que pesaban más que la mochila sobre su pupitre. —Oye, Elior —la voz alegre de Emily lo sacó del trance. Su compañera apoyó las manos en su mesa, inclinándose con una sonrisa. —Vamos al distrito comercial, ¿te animas? Elior giró lentamente y dibujó esa sonrisa cálida que sabía usar tan bien. La misma que engañaba a todos, menos a sí mismo. —Gracias… pero ya tengo planes. La decepción en el rostro de Emily fue breve, porque la estampida de alumnos la arrastró hacia la salida. Un instante después, entre la multitud, apareció una melena rojiza y unos pasos apresurados. —¡Vamos, tortuga! —Hina chocó contra su pupitre y lo tomó del brazo con entusiasmo—. ¿Estás listo para el viaje? Elior no respondió. Solo le devolvió una sonrisa sincera. La única sonrisa verdadera que aún podía regalar. —El tren sale a las 7:30. ¿Tienes todo listo? —insistió ella mientras caminaban juntos por el pasillo. —Sí, la maleta está hecha… —Elior bajó el tono de voz—. Pero antes tengo una cita. Con la psicóloga. —¡Ah! —Hina se dio una palmada en la frente—. ¡Lo olvidé! Entonces te espero en la estación. No llegues tarde, ¿ok? —No lo haré. Lo prometo. Se separaron en la esquina del barrio. El camino hasta el centro médico fue como arrastrar cadenas invisibles. Cada paso, un peso. Cada latido, un tambor en el pecho. Frente a la puerta de la consulta, Elior se quedó inmóvil. Un minuto. Dos. Cinco. Podía girar y escapar. Fingir que lo había olvidado. Pero al final… inhaló profundo y entró. Los médicos lo recibieron con calma, pero sus ojos no mentían. Ellos sabían. Sabían que estaba mintiendo. Que las sonrisas eran solo un disfraz. —No puedes seguir enterrando todo lo que sientes, Elior —dijo la psicóloga con firmeza. Él bajó la mirada. Su pierna temblaba sola, como si delatara lo que la boca callaba. —Sé que está mal… —murmuró—. Pero enterrarlo me hace sentir… un poco mejor. Sonrió. Pero en sus ojos no había sonrisa alguna. Solo un vacío profundo, imposible de ocultar. Una hora después salió con una bolsa de medicamentos en la mano. Afuera, el cielo ya teñido de naranja le recordó la promesa a Hina. Eran las 19:20. En la estación, Hina revisaba su reloj una y otra vez. El tren estaba a punto de partir. Elior no respondía mensajes. No contestaba llamadas. Por dentro, la decepción y la angustia peleaban como dos bestias. El silbato sonó. El tren partió sin él. Mientras tanto, Elior deambulaba sin rumbo por el distrito comercial. Veía a grupos de jóvenes riendo, parejas caminando de la mano… y a sí mismo reflejado en las vitrinas, solo, con la sombra de la rabia detrás de los ojos. Volvió a casa derrotado. Todo estaba perfectamente ordenado: por tamaño, por color, por forma. Un control artificial en un mundo donde nada lo era. Sobre el sofá, la maleta lista lo miraba como reproche. Entonces lo recordó. Hina. El viaje. La promesa. Corrió hacia la estación. Marcó su número sin parar. Nada. A las 8:30 alcanzó el último tren rumbo a Velmira. Subió jadeando, con los dedos temblorosos. Escribió un mensaje rápido: “Lo siento. Sé que no es la primera vez… pero te prometo que haré todo para que sea la última. Perdón por todo.” Se tragó una de las pastillas. Y, antes de darse cuenta, el sueño lo arrastró. El reloj de la estación de Velmira marcaba las 11:42 p.m. Las calles estaban en silencio. El pueblo dormía, igual que siempre. Elior bajó del tren y exhaló con suavidad. —Hay costumbres que nunca cambian… Caminó despacio entre las casas, dejando que cada recuerdo le golpeara el pecho como un martillo invisible. Al pasar frente al lugar donde todo comenzó… las lágrimas brotaron sin permiso. Se las limpió rápido. No quería llegar con esa cara. Golpeó la puerta de su antigua casa iluminada. La abrió Hina. Su luz, como siempre, lo envolvió. —Bienvenido a casa, tortuga. Elior sonrió de verdad, por primera vez en todo el día. —Estoy de vuelta. La luz cálida de la casa contrastaba con la oscuridad de la noche. Elior dio un paso al interior, dejando atrás el silencio de la calle. El aroma a té recién hecho lo envolvió de inmediato. Sobre la mesa había tres tazas humeantes, como si lo hubieran estado esperando. —Llegaste tarde —dijo Hina, pero su tono no era de reproche, sino de alivio. —Lo sé… —Elior bajó la mirada—. Lo siento. Antes de que pudiera decir más, un torbellino rubio se lanzó contra él. —¡Elior! —Lía lo abrazó con fuerza, sus pequeños brazos apenas rodeándole la cintura. Tenía los ojos verdes llenos de lágrimas y un vestido sencillo, manchado de harina. —Lía… has crecido —susurró él, sorprendido, posando una mano sobre su cabeza. Desde la otra esquina de la sala, un chico de mirada firme y postura recta observaba en silencio. —Tardaste demasiado. —Aramis cruzó los brazos. Su voz sonaba dura, pero sus ojos reflejaban un brillo de emoción. Elior le devolvió una media sonrisa. —No esperaba menos de ti, Aramis. Siempre tan directo. Hina, que seguía cerca de la mesa, suspiró exageradamente y los señaló a todos. —¡Ya basta de dramas! Vengan a sentarse. Si seguimos así, se enfría el té. Los cuatro se reunieron alrededor de la mesa. El ambiente, aunque cargado de emociones, se fue suavizando. Entre sorbos de té, hablaron de cosas pequeñas: del pueblo, de la cosecha, de los entrenamientos, de la escuela. Cosas simples… pero que para Elior eran un bálsamo. Él los miraba en silencio, como si intentara grabar cada gesto en su memoria. No había pasado tanto tiempo. aun así, sentía que este rincón del mundo seguía intacto, esperándolo. 5:30 a.m. El pueblo aún estaba dormido, pero Elior ya no. Se levantó sin ruido, como quien no quiere perturbar recuerdos que duelen. Un poco de pan, una chaqueta puesta al vuelo, y salió fresco por la mañana. La paz de Velmira olía a tierra mojada y a maderas, y le hacía bien. Cortó leña cerca del borde del bosque con manos acostumbradas al trabajo. El hacha cantaba en su mano. Cada golpe era una nota que ordenaba su pensamiento. Después recogió hierbas en los prados: jengibre para la casa y unas hojas para el té de Kael. Mientras caminaba por la calle principal, se encontró con vecinos que abrieron sus tiendas. Sonrisas sinceras. Miradas que no exigían explicaciones. —¿Elior, podrías ayudarme con esta bolsa del mercado? —preguntó la señora Maiko, su voz dulce. —Claro, señora Maiko. Déjeme eso a mí. —Él sonrió suave y cargó la bolsa como si fuera poco peso. Más adelante, el señor Vicent lo saludó con la voz de siempre: —¡Elior! La bomba del pozo no quiere funcionar otra vez. ¿Podrías revisar? —Voy para allá, déjame buscar mis herramientas. —Y se marchó, como quien cumple un deber sin alardes. La señora Alice añadió, con esa curiosidad de vecina: —¿Y Hina? ¿Sigue dormida? —Probablemente sueñe con dragones —respondió Elior, y los dos rieron. A pesar de la rutina, en su pecho algo seguía tirando: la noche del fuego, la luz blanca, la promesa que se había hecho a sí mismo. Pero por ahora, la labor lo anclaba. Lo mantenía respirando. Cuando llegó al templo, Kael aún estaba en meditación. Elior se sentó a su lado y lo observó. El maestro lo miró sin sorpresa. —Te ves más centrado —dijo Kael en voz baja, con la calma de quien ha visto muchas tormentas—. ¿Cómo va todo en la ciudad? —Mejor de lo que esperaba —contestó Elior, encogiéndose de hombros—. El entrenamiento ayuda a que mi cabeza no estalle. Kael asintió. No dijo más que eso; no hacía falta. La mañana pasó entre pequeñas tareas, charlas amables y risas de niños que no saben de tragedias. Elior se permitió disfrutar esos minutos: cortar leña, repartir pan, revisar la bomba. Todo sencillo. Todo humano. Y al hacerlo, algo de calma volvía a él. 11:40 a.m. — Hina despertó como si hubiera salido de otro mundo. Se sentó aturdida en la cama y encontró, junto a la almohada, una bandeja con desayuno tibio y una nota con letra juguetona: “Buenos días (o quizás buenas tardes), dormilona. ¿Podrías honrarnos con tu presencia cuando despiertes de tu sueño eterno? Estaremos en el río, a 10 minutos hacia el sur. P.D.: Este desayuno es mi disculpa oficial por lo de ayer. P.D.2: Por favor, dúchate. Hueles a perezosa abandonada. Con cariño, —Elior.” Hina sonrió y se rió en voz baja. «Idiota…», murmuró entre dientes. Se levantó y, con la curiosidad en el cuerpo, fue a buscar su mochila… que por alguna razón estaba en la habitación de Elior. Al asomarse, cayeron unos papeles del interior. Eran impresos clínicos: escaneos cerebrales, gráficos, notas tachadas y la cabecera que heló su sonrisa: Hospital Psiquiátrico Eversight. Leyó las palabras que no esperaba: "estrés postraumático” "Depresión mayor", "áreas con actividad reducida", "riesgo de auto daño", "solicitar reunión urgente con tutor legal". Un nudo. Un hilo de dolor. Hina se quedó rígida. Las lágrimas brotaron sin aviso. —Elior… —susurró—. ¿Por qué lo guardabas todo solo? Se limpió la cara con rapidez, metió los papeles en su bolso y se vistió en un pestañeo. No pensó: corrió al riachuelo donde seguramente estaban todos. El sol pegaba con suavidad cuando Hina llegó al río. Kael estaba sentado a la sombra, como siempre, tranquilo. Los niños jugaban en el agua: Lia y Aramis chapoteaban con despreocupación. Elior, de pie, salpicaba y sonreía con naturalidad. Lo que Hina había visto en los papeles ardía como una brasita en su garganta. Kael, al verla, comentó con calma: —Tienen energía de sobra hoy. Ella no contestó al principio. Se acercó en silencio y, cuando tuvieron un respiro, sacó los papeles del bolso. Los dejó sobre la banca sin dramatismos. —Tío Kael, crees que puedas llevar a los niños a dar una vuelta, necesito hablar algo urgente con Elior y me gustaría algo de privacidad. —¿Está todo bien, Hina? —Más o menos, después le contaré, pero primero necesito hablarlo con Elior. —Está bien, hija. Kael se dispuso a llamar tanto a Aramis como Lía por que ya era algo tarde y debían estudiar , Aramis sabía que eso de estudiar sonaba a mentira, así que sin pensarlo soltó lo que pensaba —Hina le declara su amor a mi hermano —dijo riendo—. Ella solo atinó a decir que no sea bobo, y que si vuelve a decir algo asi , le esconderá los dulces, todo lo que queda de fin de semana. Elior por otra parte solo miro a Hina y logró intuir de que algo le pasaba y que era urgente, Así que, mientras Kael se llevó a los niños de vuelta al pueblo. El se sentó al lado de ella en la banca. —¿Qué pasó Hina, estás bien ?—dijo con tono preocupado. —Leí los papeles, Elior… —dijo apenas—. ¿Todo esto… era verdad? Elior la miró. Hubo un silencio que pesó más que cualquier palabra. —Sabía que los encontrarías. —murmuró—. Perdón. Hina no pidió explicaciones. Se acercó más a su lado, y con la voz quebrada, ofreció lo que más necesitaba: presencia. —No te disculpes por sufrir. No estás solo. Sabes que si el mundo se te cae encima, me tienes a mí. ¿Me escuchas? —dijo, apretándole la mano. Elior intentó sonreír, y salió un gesto tan frágil como verdadero. —Gracias… Estoy bien , no tomes mucho en cuenta esos papeles, solo que… últimamente sueño con esa noche. Esa luz blanca… Escucho a mi familia gritando. A veces siento que, si hubiera sido más fuerte… —su voz se quebró. —No digas eso —Hina lo abrazó con fuerza—. Tú eras solo un niño. Él negaba con la cabeza en silencio. Tenía miedo, y no supe como reaccionar —No quiero perder a nadie más —dijo, con voz baja—. Si te pasa algo a ti, a Kael, a los niños… no lo soportaría. Hina apretó su mano. —No vas a perderme, hemos sido inseparables desde que nos conocimos ya hace 5 años Se quedaron allí gran parte de la tarde: La presencia de Hina siempre lo calmaba como un vendaje tibio. Pero la calma nunca fue completa. En algún punto de la conversación los sentidos de Elior se agudizaron , y su cuerpo se tenso como si algo pasara, aunque no le dio importancia a esa sensación, ya que lo atribuyó a la ansiedad del momento…. mientras se secaban al sol, de un momento a otro Elior se puso serio y miró el horizonte. Su instinto, afinado por noches rotas, detectó algo. Un hedor putrefacto que se filtraba desde el sur, una nota discordante en la calma. Se incorporó de inmediato. Miró a Hina con preocupación —Hina, debes irte de inmediato, corre al pueblo… Ella solo atinó a mirarlo sin entender porqué decía eso, pero en su cara lo vio, un rostro que mostraba mucha preocupación , algo desconcertaba a Elior. —¿Por qué? ¿Qué pasa, Elior? —dijo preocupada. —Corre. ¡Ahora! —ordenó—. Corre lo más cerca posible del pueblo y grita por Kael. ¡No mires atrás! Hina, con el corazón en la garganta, obedeció, corrió con todas sus fuerzas al pueblo en busca de Kael. El viento se agitó con violencia, levantando hojas y polvo. El hedor se hizo insoportable: carne podrida, azufre y óxido, como si el aire mismo se descompusiera. Eran demonios pequeños, grotescos, con extremidades torcidas como ramas rotas y púas enormes que salían de la espalda del demonio. Sus ojos brillaban con hambre. Se movían con una rapidez antinatural, y su presencia hacía que la sangre en las venas de cualquiera se helara. Elior dio un paso al frente, interponiéndose entre las criaturas y el camino al pueblo —Conmigo no pasarán.. —dijo con una sonrisa completamente exagerada. La sombra bajo sus pies se agitó como si respondiera al desafío. Subió por sus brazos, oscureciendo sus venas. y de forma agresiva llenó la mente de Elior con las imágenes de la muerte de su familia, sus voces y la promesa que se hizo a sí mismo. Elior, aunque sabía que debía esperar a Kael, no lo hizo. El primer demonio saltó. Elior lo recibió con un golpe seco que resonó en la orilla. La criatura voló en pedazos, una explosión de sangre y restos que se desvanecieron. No fue un golpe: fue un martillazo. El sonido quedó flotando. como un eco por todas las montañas. Los otros tres atacaron de inmediato, rodeándolo. Elior respiró una sola vez y entonces se desató. Sus movimientos eran una lluvia de golpes: puños, codos, patada ; cada impacto era más feroz que el anterior. No había contención ni cálculo: era rabia pura traducida en fuerza. En cuestión de segundos, otro de los demonios yacía hechos trizas, partido en dos de forma grotesca, su esencia vaporizada por la violenta descarga de golpes. El río chapoteó rojo por instantes, debido a toda la sangre que escurría. El tercer demonio ya sin nada más que hacer , atacaba de forma desesperada con sus púas clavándoselas a Elior esperando a que este lo soltara del cuello, por otro lado Elior disfrutaba cada segundo del momento en el que estaba , ya viendo que ese demonio solo era una criatura insignificante que no oponía ninguna rivalidad , Elior lo mira a los ojos , mientras con su otra mano le atraviesa lo por el abdomen partiéndolo a la mitad, como si no fuera más que una rama seca de un árbol. Hina quien ya llegaba al pueblo y sin poder más, grito con todo su ser. —¡KAAAAEL! ¡AYUDA! Kael, quien ya estaba en la casa, la escuchó. y a la vez sintió el hedor desde la distancia. Dejó a los niños, diciéndoles que no salgan de la casa ,se puso en pie en un instante y corrió con una velocidad digna de un ángel oculto. Hina rápidamente vio a Kael que pasó rápido al lado de ella y mucho viento con el. algo en ella quería correr a la casa, pero su preocupación por Elior era aún más. así que se dispuso a volver al río. Kael al llegar al río sus ojos se abrieron de par en par. la expresión helada. porque al llegar, se topó con la escena: tres demonios muertos en medio del cauce, cuerpos irreconocibles, y Elior de pie en el centro de la carnicería. La sombra cubría la mitad de su torso como una capa viviente; los bordes de esa oscuridad eran puros y afilados. Sus ojos plateados brillaban con una luz que no era humana: intensa, fría, despegada. El último demonio —el más grande, con garras largas y la boca llena de dientes— se había quedado inmóvil, presa en el fango. Elior no le dio tregua. Lo tomó del cuello con una mano ensangrentada y lo arrastró hasta el lodo, plantándolo en la tierra como si fuera un muñeco. Lo sujetó con fuerza mientras su otra mano golpeaba el rostro de la criatura una y otra vez. Los puños de Elior golpeaban con un ritmo incesante. Era como si un metrónomo de furia marcará cada impacto: boom, boom, boom. El demonio intentaba resistir, pero sus ojos se apagaban poco a poco. Cada golpe aflojaba su mandíbula; cada golpe borraba esa mirada bestial. La piel del monstruo se rasgaba, la sangre oscura salpicaba la ropa de Elior, mezclándose con la sombra que lo cubría, como medida desesperada el demonio atravesó a Elior en su pierna aplicando un ligero veneno paralizador, que no surtía efecto. —¡Basta! —gritó Kael
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Estás leyendo el capítulo 4 de La Sombra Sin Dios (Novela), un novela. _Elior Blackwood_ no es un héroe. Es un joven roto por una tragedia que lo dejó sin familia, sin paz y sin un lugar al que pertenecer. Vive con la culpa, la rabia y el miedo constante de perder el control de algo que… Este capítulo tiene publicado el 15 de enero de 2026. La Sombra Sin Dios (Novela) tiene 42 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.