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Leer La maldicion de seguir viva (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

Seguía parada en medio del círculo verde, desnuda y con frío, y entendí rápido que podía sentir lo mismo que antes de morir: tenía sed, tenía hambre y estaba cansada. ¿Qué tipo de cielo le permite a uno eso? De todas formas, miré bien hacia los lados para confirmarlo, y definitivamente esto era más un ascenso al infierno que una caída en el cielo. Di unos pasos descuidados hasta el borde del verde, me agaché para mirar de cerca y acerqué la mano. El pasto carbonizado estaba caliente, el calor se sentía desde antes de tocarlo, y con eso se me quitaron las ganas de buscar el camino al cielo. Me aburrí lo suficiente como para sentarme a dejar que pasara el día. Doblé las rodillas, apoyé un codo en una de ellas y descansé la cabeza en la mano. Pasó un rato, y vi mariposas de colores pasando a mi alrededor. Me sentí rodeada de algo misterioso, de una energía que no podía explicar, y todo eso me tenía extraña. Después, las mariposas comenzaron a posarse sobre el pasto quemado. Una se paró encima de una hojita negra, que se deshizo debajo de ella, y la mariposa se fue al suelo. Pero era buena señal, e hice bien en esperar: si se podían parar ahí, el calor había bajado, por lo menos lo suficiente para no hacerme daño en los pies. De por sí, no tenía una figura atlética. ¿Qué pasaría si en este mundo también podía hacerme daño? Y enseguida se me vino otra pregunta: ¿puedo morir otra vez? No me aterraba. Había hecho algo peor, y de eso no sentía tanto remordimiento; lo que sí sentía era culpa, por haber desperdiciado más de dos años en los que mi familia se esforzó por reconfortarme. Estiré el pie para vencer el miedo, y el pasto crujió al pisarlo y se volvió polvo. Me tranquilizó que por lo menos no estuviera caliente, aunque ahora tenía los pies negros. Di varios pasos hasta que lo quemado dejó de aparecer y quedó solo un verde reluciente, hermoso y parejo debajo de cada paso. Me fui acercando a los árboles, que tenían formas que nunca había visto, y me detuve frente a unas frutas. Parecían uvas, pero más grandes, de un color violeta que brillaba un poco por dentro, y la rama de la que colgaban era dorada. No me explicaba por qué, pero se veían jugosas, y con el hambre que tenía me las quería comer. Las dejé pasar. Pensé que lo peor que podía hacer en esa situación era confiar en lo que tenía al frente; después de todo, esto posiblemente fuera... ¿un sueño? Tuve miedo, bastante miedo. Después de ese pensamiento dejé de caminar y de mirar el bosque en el que me iba metiendo. ¿Y si había fallado? ¡No! No tenía sentido: vi la sangre, y no pude respirar. Me quedé ansiosa, pero después de unos segundos me calmé y retomé el rumbo, más rápido que antes. Sin querer se me vinieron mis papás. Si esto era el cielo, ¿dónde estaban? Quería verlos una vez más. Llevaba varios minutos caminando y ya tenía las plantas de los pies irritadas; sin zapatos, ni siquiera unas pantuflas, la cosa se ponía difícil. Pisar tierra con pasto, ramas tiradas y piedritas se volvía una tortura después de tanto rato. Pero no me importó, porque encontré algo más grande. Encontré un pueblo, o eso me pareció. El bosque lo protegía, y no se notaba de inmediato si uno no caminaba hasta ahí. Me escondí detrás de los árboles para echar un buen vistazo antes de entrar: estaba desnuda, y no sabía cómo iba a reaccionar la gente de adentro. Con eso se abrió otra pregunta que tampoco tenía respuesta: ¿en el cielo también hay una civilización? Cada pregunta me alejaba más de la idea con la que había empezado, y mientras tanto fui encontrando la mejor manera de infiltrarme. Había una parte que el bosque todavía cubría y que llegaba directo a una que otra choza. Las chozas eran de madera y paja. Algunas tenían los cimientos más reforzados que otras, y la mayoría eran redondas, no muy altas y de colores. En unas cuantas había decoraciones, o quiero creer que esos dibujos eran decoraciones, porque brillaban de alguna manera. Parecía que aquí también se celebraba la Navidad. Fui rodeando el pueblo por dentro del bosque, y cuando llegué a esa parte me escabullí entre los árboles haciendo demasiado ruido, hasta que pude acercarme a una de las viviendas. Lo que encontré raro, además de todo lo que me estaba pasando por los ojos, fue que en la choza no se oía nada. Me pegué a la ventana para echar un vistazo. Tenía una forma que no sabía explicar, pero normal no era. Me asomé, y adentro no había nadie. Yo pensaba que por lo menos habría alguien aquí. Me fijé bien en el interior. Lo que alcanzaba a ver podía ser una sala sencilla, con una mesa y una cortina que la separaba de un pasillo. Me despegué de la ventana y miré para todos lados, para que nadie me viera. Me di la vuelta y me encontré con la choza de enfrente, que era naranja, distinta a la azulada que acababa de dejar. Me asomé igual, con mucha cautela, y estaba tan vacía como la otra. Revisé unas cuantas más, y en ninguna había gente. Las esperanzas se me iban apagando, pero dentro de lo que cabe estaba más tranquila: por lo menos no iba a pasar pena. Las chozas estaban acomodadas a lo largo de lo que podía ser una calle cualquiera, con bifurcaciones. Seguí explorando por una parte donde el pasto estaba seco y amarillento, y me encontré con algo que me dio aliento: ¡una de las puertas estaba abierta! Me puse alerta y me acerqué lo suficiente para asomarme un poquito por la ventana. Otra vez no había nadie. Supuse que algo había pasado, y que entre más tiempo me quedara afuera, más peligro corría, así que me decidí: terminé de abrir la puerta, que era de madera y pesada. El chirrido me asustó tanto que me quedé quieta un momento, esperando que alguien saliera, pero no pasó nada, y entré. Adentro comprobé que las chozas eran algo pequeñas, aunque quizás era que yo estaba acostumbrada a un apartamento bastante espacioso, en el edificio donde vivía. Busqué entre varias cosas y no encontré nada de valor, salvo una prenda algo pasada de moda. La parte de arriba se veía de cuero; la de abajo... no sabría explicarlo. Se parecía a una falda, pero iba desde el cuello hasta los talones, y era impresionantemente hermosa: amarilla, con varias cosas dibujadas en azul a los costados. ¿Costuras, tal vez? La parte de cuero me quedaba algo apretada, a lo mejor era de alguien más pequeño, pero me la puse de todas formas. Me sentía sucia y todavía no entendía la mayoría de las cosas que estaban pasando, pero definitivamente esto era un comienzo. Después, buscando más a fondo, encontré unos zapatos, o eso creo que eran. Parecían de cuero también, rústicos y feos. No me gustaban, pero me quedaban bien, quizás porque no tengo los pies tan grandes. Ya estaba lista, o eso creía. Por lo menos ya no estaba desnuda, pero tenía que desaparecer antes de que llegara la noche, y lamentablemente ya era de tarde. Al asomarme por la ventana alcancé a ver unos puntos que subían por un lado. El cansancio me seguía atormentando, y creo que el cuerpo estaba al borde del colapso después de tantas horas sin comer. ¿Cuándo fue la última vez que comí? No tenía idea. Me fui por el pasillo y llegué a una parte con estantes llenos de vasijas y cosas antiguas. Qué gente tan organizada, pensé. Revisé cada una y encontré frutas y otras cosas que ya había visto por el camino: unas plantas verdes con flores blancas, algo marchitas dentro de la vasija; las mismas uvas violetas de rama dorada, y otras hierbas de colores y formas distintas que no me animé a mirar mucho. Ya tenía bastante hambre, y la cabeza solo me daba para una cosa: tengo que comer. Con el hambre encima, temblando, agarré una y, en contra de mí misma, me obligué a comérmela sin pensar. Apenas me la metí a la boca sentí uno de los sabores más exquisitos que había probado en mi vida, algo que me llenó los ojos de vida, y enseguida me puse a devorarlas, hasta que en el fondo de la vasija, que era grande, solo quedaban unas pocas medianas. No pude terminar: ya me había empalagado. Dejé caer lo que me quedaba en la boca. La tenía morada y sucia, como un bebé aprendiendo a comer, y ahí me llegó un cansancio todavía peor. Sentí que necesitaba dormir ya. Estaba mareada, veía todo triple o cuádruple y las cosas daban vueltas; sinceramente, no entiendo qué pasó. Encontré lo más parecido a una cama sencilla, con un bulto bastante suave encima, y me tiré sin ningún cuidado. Fuera lo que fuera, si me iban a hacer algo, era el momento perfecto. Claire se quedó profundamente dormida durante toda la noche fría, expuesta a cualquier cosa que pudiera pasarle, con la puerta de la choza abierta y sin poder negarse al sueño.
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La maldicion de seguir viva (Novela) Capítulo 2

Estás leyendo el capítulo 2 de La maldicion de seguir viva (Novela), un novela. Claire Nowak se quitó la vida a los diecinueve años. Despertó cerca de un pueblo recién vaciado, en un mundo que no conoce y entre lenguas que no entiende. Quería dejarlo todo. Desde que sus padres murieron, cuando… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026. La maldicion de seguir viva (Novela) tiene 2 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.