Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 32 online gratis en español
El segundo guardia seguía mirando a Tii cuando Zecoy decidió que ya era suficiente silencio.
—Tengo permiso —dijo, cruzándose de brazos, la barbilla en alto—. Mi abuelo me lo dio.
Los dos guardias se giraron hacia ella al mismo tiempo, con la misma lentitud pesada, como si compartieran un solo cuello entre los dos.
—¿Tu abuelo?
—Sí.
—¿El Ashan?
Zecoy dudó, apenas un segundo, un segundo que a Sevrin no le pasó desapercibido.
—Ese mismo.
El primer guardia entrecerró los ojos. El segundo soltó algo parecido a un gruñido, bajo, cargado de una paciencia que ya se le estaba agotando.
—No deberías usar su nombre así, cachorra —dijo, y la palabra sonó menos cariñosa de lo que Sevrin hubiera esperado—. No para colar forasteros por la puerta.
—No lo estoy usando "así nomás" —dijo Zecoy, sin bajar la barbilla, aunque a Sevrin le pareció ver algo tensarse en su cola, un movimiento breve, casi imperceptible—. Es la verdad. Pregúntenle si quieren.
Los dos guardias se miraron. Uno de ellos, el de la voz más afilada, resopló por la nariz, un sonido que en cualquier persona hubiera sido una risa amarga.
—Lo haremos —dijo—. Créeme que lo haremos.
Se apartaron, apenas lo suficiente para dejar un espacio entre los dos.
—Pasen. Pero alguien los va a acompañar.
El "alguien" resultó ser un tercer guardia, más joven que los dos de la puerta, con el pelaje de un gris más claro y las orejas todavía sin las muescas y cicatrices de los otros dos. Se colocó unos pasos detrás de ellos, sin decir una palabra, y ahí se quedó, como una sombra silenciosa que Sevrin sentía en la nuca aunque no lo mirara directamente.
—Genial —murmuró Sevrin—. Ahora tengo escolta.
—Es normal —dijo Zecoy, ya caminando, sin mirar atrás—. Los forasteros siempre tienen escolta. Bueno. Los forasteros no suelen entrar. Pero si entraran, tendrían escolta.
—Muy tranquilizador.
Tii, en su hombro, no dijo nada, claro. Pero sus alas seguían tensas, y giraba la cabeza cada tanto hacia el guardia que los seguía, con una desconfianza que no parecía dispuesta a relajarse.
Adentro, la ciudad dejó de ser una idea distante y se convirtió en algo que Sevrin tenía que procesar a cada paso.
El ruido llegó primero. Voces superpuestas, decenas de conversaciones cruzándose en el aire, risas, un martillo golpeando metal en algún taller cercano, el chirrido de una polea subiendo algo por uno de los troncos. El olor le siguió de cerca: madera recién cortada, humo de cocina, algo dulce y especiado que no supo identificar, y por debajo de todo eso, un aroma animal, denso, que Sevrin entendió, después de un segundo, que probablemente era simplemente el olor de cientos de Leonin viviendo juntos en el mismo espacio.
Las calles no eran calles, exactamente. Eran plataformas de madera pulida, algunas al nivel del suelo, otras elevadas, conectadas por escaleras talladas directamente en los troncos o por puentes colgantes que se mecían apenas con el paso de la gente. Los edificios crecían literalmente de los árboles, vigas encajadas entre ramas, paredes que seguían la curva natural de la madera en vez de imponerse sobre ella.
Y Leonin. Por todas partes.
Altos y bajos, jóvenes y viejos, algunos con el pelaje gris como los guardias de la entrada, otros con tonos más claros, casi blancos, o más oscuros, casi negros. Vio a una mujer mayor cargando una cesta de fruta, dos crías persiguiéndose entre las piernas de los adultos con una energía que le recordó, de una forma incómoda, a Nico, a un mundo que ya le costaba imaginar con claridad. Vio a un grupo de jóvenes sentados en el borde de una plataforma, afilando armas con una calma aburrida. Vio puestos de comida, telas colgadas, algo que parecía un mercado de herramientas.
Y vio, también, cómo casi todos se detenían un segundo cuando pasaba.
No todos disimulaban tan bien como Zecoy había prometido que harían.
—¿Ves? —dijo Zecoy, sin mirarlo, todavía caminando adelante—. Nadie te está atacando.
—Todos me están mirando.
—Eso no es lo mismo.
—Se siente parecido.
Zecoy se rió, un sonido corto, pero Sevrin notó que no volvía la cabeza hacia él al reírse, y que su cola, normalmente en movimiento constante, se había quedado quieta desde que habían cruzado la puerta.
«Ella tampoco está tan tranquila como quiere parecer», pensó Sevrin.
No lo dijo en voz alta.
El camino subía, cada vez más, entre plataformas más amplias, hasta que Sevrin entendió que no estaban simplemente paseando.
Zecoy tenía un destino.
Lo confirmó cuando llegaron a un claro elevado, mucho más grande que cualquier otro que hubieran cruzado, rodeado de guardias —muchos más que los dos de la entrada, distribuidos en formación, las lanzas y armaduras más pulidas, más ceremoniales— y, al fondo, una construcción que hacía que todo lo demás pareciera modesto en comparación.
No era el árbol gigante del centro de la ciudad, el que se perdía entre las nubes. Era otra cosa: una casa enorme, tallada directamente en el tronco de un árbol casi tan viejo como el otro, con balcones tallados en espiral alrededor del tronco y ventanas circulares que parpadeaban con luz cálida desde adentro.
—Zecoy —dijo Sevrin, deteniéndose—. ¿Qué es esto?
Ella no respondió enseguida.
Uno de los guardias del perímetro empezó a caminar hacia ellos, la lanza todavía baja pero la postura ya alerta.
Y entonces, arriba, en uno de los balcones tallados, algo se movió.
Un Leonin viejo salió al balcón. El pelaje, blanco casi por completo, salvo por unas manchas grises alrededor de los ojos. La postura, encorvada pero firme, del tipo de vejez que no ha perdido del todo la fuerza que tuvo alguna vez. Detrás de él, dos Leonin más, más jóvenes, con la misma postura rígida de quien acompaña a alguien importante.
Zecoy levantó la vista.
Se quedó inmóvil un segundo entero.
—¡Abuelo! —gritó entonces, agitando una mano hacia el balcón con una naturalidad tan absoluta que, por un instante, Sevrin pensó que quizás no había nada de qué preocuparse.
Y después, sin decir una palabra más, sin siquiera mirar a Sevrin, echó a correr.
Hacia la casa.
Pasó entre dos de los guardias del perímetro sin que ninguno de ellos hiciera el menor intento de detenerla, subió los primeros escalones tallados en el tronco de tres en tres, y desapareció por una puerta lateral antes de que Sevrin llegara siquiera a llamarla.
—¿Zecoy?
Nada.
El guardia que se había acercado se detuvo a medio camino, mirando hacia la puerta por donde ella había entrado, y después volvió a mirar a Sevrin, ahora con una expresión que no era exactamente hostil, pero tampoco era amable.
Sevrin se quedó ahí, parado, en medio del claro, rodeado de guardias, con un anciano Leonin mirándolo desde un balcón junto a otros dos que parecían, cada segundo que pasaba, un poco más interesados en él de lo que a Sevrin le hubiera gustado.
Tii se apretó contra su cuello.
«Debería haberme ido cuando pude», pensó Sevrin, sin ninguna gracia. «Cuando estaba solo, en el bosque, con criaturas que al menos no sabían pronunciar mi nombre para reportarme a nadie.»
El anciano, desde arriba, no dijo nada todavía.
Simplemente lo miraba.
Y Sevrin tuvo la sensación clara, incómoda, de que esa mirada llevaba más tiempo evaluándolo del que él hubiera querido.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 32
Estás leyendo el capítulo 32 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.