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Leer La Espada Ilumina el Gran Yermo (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
🏴 Grupo: Limitless - Derk10✍️ Traducción: Limitless - Derk10
Volumen 1: Aquellos días despreocupados de la juventud
> Epígrafe: Si la vida fuera siempre como fue al primer encuentro.
Capítulo 1 El Despertar de un Sueño
Una oscuridad vasta y hueca lo aprisionaba por todos lados, acompañada por un viento frío que calaba hasta los huesos. A su alrededor, sombras movedizas daban vueltas a la deriva mientras relámpagos silenciosos esparcían un fulgor verde, pálido y espectral, iluminando el mundo por un instante fugaz antes de desvanecerse sin dejar rastro.
—¡Crii!
El agudo canto de un pájaro taladró los oídos de Ding Songyan, sacudiéndolo del sopor. Chispas de lucidez parpadearon entre la niebla de su aturdimiento.
«¿Dónde…? ¿Dónde estoy…? ¿Un sueño?»
La comprensión lo golpeó de lleno, y con ella, los recuerdos comenzaron a regresar en cascada.
«¡Mierda!» maldijo en su interior, con una mezcla de amargura y furia. Y, poco a poco, empezó a reconstruir lo sucedido.
«¿Cómo diablos terminé en medio de semejante grupo de locos?»
En su juventud, había sido perspicaz, precoz, brillante en los estudios y aceptable en los deportes. Siempre se había tenido en alta estima, mirando por encima del hombro a unos y despreciando a otros, con esa arrogancia propia de quien jamás ha sido humillado. Sin embargo, al abandonar la escuela, el mundo real no tardó en doblegarlo: su confianza y su orgullo se hicieron añicos.
Jamás lo habría admitido en voz alta, pero lo sabía bien: durante aquella etapa de su vida se había vuelto inseguro y excesivamente susceptible.
Las desgracias se sucedieron una tras otra. Su familia cayó en la miseria. Podría haberse hundido en todo aquello —en hábitos nocivos, en arrebatos de ira, en las heridas que infligía a quienes tenía más cerca— de no haber sido porque alguien permaneció a su lado durante todo ese tiempo, sosteniéndolo y alentándolo. Poco a poco, fue recuperando la confianza perdida. Al final, lo consiguió: su negocio prosperó y se convirtió en un hombre de considerable fortuna.
Había creído que, a partir de entonces, todo iría a mejor.
Después de un banquete, había decidido continuar la velada en un restaurante al aire libre junto a algunos inversores y socios clave —rememorando viejos tiempos y brindando por el futuro. En algún momento, uno de los inversores se enredó en una discusión con un grupo de jóvenes de la mesa de al lado, y comenzaron los empujones.
Él intervino de inmediato para mediar, tratando de apaciguar el altercado. Calculando que él tenía más que perder que ellos, incluso estaba dispuesto a inclinarse y pedir disculpas en ese mismo instante. Quién iba a saber que...
«Oye, ¿qué te pasa? ¿Vas a sacar un cuchillo por una tontería así? ¡Si hubieras dicho desde el principio que estabas loco, me habría mantenido bien lejos de ti! ¡Mejor un inversor muerto que yo muerto! ¿Qué clase de lunático hace algo así?»
«Bien… parece que todavía no estoy muerto… eh, probablemente tampoco estoy del todo despierto…» Los pensamientos de Ding Songyan seguían revueltos, pesados, como envueltos en una niebla densa.
Intentó forzarse a salir del sueño. Su cuerpo parecía clavado bajo una presión invisible; cada movimiento exigía un esfuerzo descomunal. Sus ojos quedaban atrapados en la oscuridad, como si unas cortinas lo envolvieran por completo.
Cuando los abría, la visión no era clara; cuando los cerraba, no lograban cerrarse del todo.
—¡Crii!
El canto del pájaro volvió a resonar, flotando desde algún lugar lejano, como si proviniera de otro mundo, difuso e irreconocible.
Ding Songyan avanzó hacia aquel sonido por instinto, tropezando, obligándose a seguir, dando pasos a trompicones.
Con cada avance, su mente se despejaba un poco más. Con cada paso, el movimiento se volvía más ligero.
La oscuridad a su alrededor comenzó a disiparse como humo. Las sombras se deshacían como figuras en un sueño. El incesante canto de los pájaros se convirtió en lo único verdaderamente real en aquel mundo.
Entonces, de repente, un haz de luz irrumpió en la oscuridad. Luego otro. Y otro más.
Ding Songyan abrió los ojos de golpe, pero los cerró de inmediato, herido por el escozor de la claridad. El mundo se le volvió borroso, y lágrimas involuntarias asomaron en sus ojos.
—Crii, crii, crii… crii, crii, crii…
El canto limpio y brillante de un pájaro resonaba en sus oídos desde algún lugar cercano, como si solo una delgada pared lo separara de él.
—¿Has despertado?
Una voz siguió al canto, cargada de alivio, tan clara y melodiosa que parecía superar incluso al trino de los pájaros.
Ding Songyan esperó a que su vista se adaptara y volvió a abrir los ojos.
Hizo un rápido recuento de su cuerpo, buscando el dolor que debería existir, y luego fijó la mirada en la persona frente a él.
Era una muchacha de catorce o quince años, con el cabello recogido en dos moños en espiral. Llevaba una chaqueta pálida, ribeteada en plata, y una falda vaporosa de color amarillo ganso. Sus facciones eran delicadas, casi pintorescas: limpias, vivas, resplandecientes de una vitalidad difícil de ignorar.
Estaba agachada frente a él, observándolo con preocupación genuina.
Ding Songyan había asistido a muchos banquetes; había comido, bebido y visto bastante del mundo. Sin embargo, la belleza de la muchacha lo deslumbró por un instante.
Pero otras preocupaciones ocupaban su mente con mayor urgencia.
«¿En qué hospital estoy? ¡Y encima esta vestida con hanfu \[1\] durante el turno… qué falta de profesionalismo! No inspira precisamente confianza en los pacientes.»
—Yo… ¿Cuál es mi estado? — Las palabras salieron de su garganta con dificultad, y al oírlas percibió lo seca que tenía la garganta, como si aquella voz no le perteneciera, sino a otra persona.
Al mismo tiempo, por costumbre, comenzó a observar su entorno.
Una sola mirada bastó para dejarlo completamente paralizado.
Aquello no era un hospital.
Era un templo en ruinas: un ídolo de piedra agrietado y desportillado, hierbas creciendo entre las fisuras de las losas, y restos de estructuras antiguas que apenas se sostenían en pie. La luz del sol se filtraba en ángulo a través de las hendiduras de los muros y los marcos vacíos de las ventanas, llevando consigo los últimos ecos del canto de los pájaros, que se desvanecían en el exterior.
Él estaba sentado en el suelo, recostado contra un pilar de madera.
«¿Abandonado como muerto en algún lugar olvidado del mundo, y encontrado por una muchacha con hanfu que salió a tomarse fotografías?»
Ese pensamiento cruzó instintivamente por la mente de Ding Songyan, quien había leído incontables novelas durante su época de estudiante.
Pero lo descartó tan rápido como apareció. Demasiados detalles no encajaban. Había testigos. Incluso había un coche patrulla aparcado en la esquina. Aquel grupo de idiotas no habría tenido oportunidad de mover un cuerpo.
La muchacha respondió a su pregunta con naturalidad y alegría:
—¡Lo comprobé! Estás bien.
«¿Bien?» Ding Songyan bajó lentamente la vista hacia su abdomen.
«Sin dolor. Ninguna herida evidente. Este entorno… y esta ropa… Imposible. ¿He… transmigrado? No, por favor. Ni siquiera he empezado a disfrutar de la vida.»
Ding Songyan levantó lentamente la cabeza, dirigió la mirada hacia la muchacha y, tras escoger cuidadosamente sus palabras, preguntó con cautela:
—¿Y tú eres…?
Hacía un momento había examinado cuidadosamente el estado actual de su cuerpo, pero no encontró ni el menor fragmento de memoria. En cambio, sus propios recuerdos del pasado se habían vuelto nuevamente nítidos a raíz de lo que acababa de experimentar.
En ese caso, interpretar un papel que desconocía solo serviría para delatarlo. Por mucho ingenio que tuviera, una mentira siempre necesitaba otras mentiras para sostenerse; y cuando todo dependía de mentir, quedar expuesto no era más que cuestión de tiempo.
Mejor, entonces, decir verdades a medias. Sin necesidad de sostener una farsa. Sin agotarse cada día inventando explicaciones ni vivir bajo una tensión constante. A su alrededor, los demás completarían los huecos con sus propias interpretaciones razonables.
La muchacha de los moños en espiral se incorporó ligeramente, con los ojos iluminándose de repente. Ladeó la cabeza con un aire juguetón, como el de una actriz entrando en escena, y sonrió:
—Mi querido hermanito… ¿es que no reconoces a tu propia hermana mayor?
Mientras lo decía, lo observaba con atención.
La expresión de Ding Songyan no cambió. Seguía seria mientras fruncía el ceño.
—… —La sonrisa de la muchacha se congeló.
El pánico comenzó a filtrarse en su voz cuando preguntó, abandonando cualquier rastro de burla:
—Segundo hermano… ¿de verdad no me recuerdas?
Ding Songyan negó lentamente con la cabeza y respondió con total sinceridad:
—No recuerdo nada.
La muchacha se puso en pie de un salto.
—¡Vamos! Tenemos que ir a casa ahora mismo. Madre y Padre te llevarán a ver a un médico. ¡Ay, no!
Se detuvo a medio camino, paralizada como una figura pintada sobre seda.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ding Songyan, casi por instinto.
Ella hizo una mueca de dolor.
—Se me han dormido las piernas…
Ding Songyan echó la cabeza hacia atrás y miró las vigas cubiertas de telarañas.
Se puso de pie también, confirmando en el proceso que llevaba una larga túnica de erudito de color blanco lunar. Su estatura parecía ser similar a la de antes de su transmigración, alrededor de un metro ochenta.
—¡Ya está, mejor!
La muchacha, por fin, recuperó la sensibilidad en las piernas y de inmediato le aferró la manga, dispuesta a sacarlo de allí.
Ding Songyan retrocedió sin expresión, dejando que su mano solo atrapara el aire.
—Eh… —ella lo miró, con ojos negros y blancos llenos de perplejidad.
Él habló con calma, sin prisa:
—¿Cómo sé que eres realmente mi hermana?
—Pues… yo… —lo miró fijamente, completamente desconcertada, como si aquella pregunta jamás hubiera cruzado su mente en toda su vida.
Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido.
Ding Songyan continuó, con total seriedad:
—Señorita, no recuerdo nada. Si usted quisiera hacerme daño, y yo simplemente la siguiera confiando en su palabra, podría terminar en una situación peligrosa.
—Eso… eso es cierto… —respondió ella, visiblemente convencida. Luego sus ojos se iluminaron de repente—. ¡Ya sé! ¡Sé qué hacer! ¡Volveré a buscar a Padre y a Madre! ¡Ellos pueden demostrar que soy tu hermana!
Ding Songyan observó a la muchacha con calma, reparando en su apariencia aún inmadura.
—¿Y cómo sabría yo que las personas que vengan son realmente mi padre y mi madre?
—… —La muchacha se quedó en silencio, con la boca entreabierta. Tras unos instantes, hizo un puchero y sus vivaces ojos se cubrieron de un tenue velo de lágrimas.
De pronto, exclamó con urgencia, entre agraviada y al borde del pánico:
—¡Traeré a los vecinos! ¡Te llevaré la oficina del condado! ¡Padre trabaja ahí como escribano, todos sus colegas lo conocen! ¡Todos pueden jurar que es tu verdadero padre! ¡Soy tu hermana de verdad!
—Está bien. Te creo —dijo Ding Songyan de pronto.
—Ah… —La muchacha lo miró, completamente atónita—¿Así de fácil?
Ding Songyan asintió levemente con la cabeza:
—Puedo ver que eres sincera.
El hecho de que hubiera propuesto por iniciativa propia ir a la oficina del condado para verificarlo y mencionara tantas pruebas que podían corroborar su identidad le permitía concluir, al menos de forma preliminar, que no estaba mintiendo ni tratando de engañarlo.
«Seguro que nunca has visto El Show de Truman»
—Sincera... —Ladeó la cabeza, estudiándolo detenidamente durante un largo momento, y luego murmuró sin mucha convicción:
—¿Deberíamos ir a la oficina del condado de todos modos, por si acaso? —deliberó ella en voz alta—Me has dejado dudando de si de verdad eres mi Segundo Hermano. Habría que pedirle a alguien más que te viera... Aunque la ropa, la cara, la altura, la marca de nacimiento... todo coincide.
Mientras ella sopesaba sus opciones, Ding Songyan aprovechó para hacer una rápida revisión de su cuerpo. No tenía heridas y, para su sorpresa, su energía estaba completamente intacta.
Siguiendo el ejemplo de los dramas de época y novelas que había consumido a lo largo de su vida, Ding Songyan juntó las manos en el saludo de puños entrelazados.
—Señorita, ¿cómo debo llamarla?
—¿Cómo debes llamarme? —repitió ella, de pronto divertida.
—Siempre me llamabas hermanita. Segundo hermano… ¿de verdad has olvidado todo?
Tras un breve momento de reflexión, explicó con calma:
—Tú eres mi segundo hermano. Tenemos un hermano mayor. Nuestros padres siguen vivos. Hemos estado en la prefectura de Dingjiang durante casi medio año, bajo la protección de nuestra prima, la hermana mayor Qin, por parte de nuestra madre.
Hizo una pequeña pausa y añadió:
—Mi nombre de pila es Qingyan. Puedes llamarme hermanita o hermana Qingyan. Cualquiera está bien.
Ding Songyan asimiló la información, dejando que su actitud se relajara apenas un poco.
—¿Cuál es nuestro apellido?
Qingyan soltó un suave “hm” mientras acomodaba un mechón suelto detrás del moño.
—¿Hasta eso has olvidado, segundo hermano? Somos Ding.
«Ding…»
Algo se tensó en la mirada de Ding Songyan. Un presentimiento inesperado, difícil de explicar.
—¿Y cuál es mi nombre?
Qingyan lo miró fijamente durante un largo momento.
Luego dejó escapar un leve suspiro, y con una pizca de tristeza en la voz, respondió:
—Tu nombre es Ding Songyan.
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\[1\] Hanfu .- El hanfu (汉服) es la vestimenta tradicional de la etnia Han en China. El traje femenino se caracteriza por su elegancia y fluidez, compuesto principalmente por tres prendas: una camisa cruzada (shan), un corsé para el pecho (hezi) y una falda larga (qun).
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Imagen de la obra hecha por el artista OSOT

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Estás leyendo el capítulo 1 de La Espada Ilumina el Gran Yermo (Novela), un novela. **Zhulong, el Dragón Antorcha.** El resultado de consumirlo: Abre el caos primordial; Ilumina las nueve tinieblas; Gobierna el día y la noche; Alterna las cuatro estaciones; Convoca el viento y la lluvia. **Xiangliu, la… Este capítulo tiene publicado el 31 de mayo de 2026, Traducido por el grupo Limitless - Derk10. La Espada Ilumina el Gran Yermo (Novela) tiene 255 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.