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Leer La Carrera Perfecta (Novela) Capítulo 111 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
12 de diciembre de 1992, Antártida. A Eva Fabre le encantaba observar el cielo nocturno. No podía ver las estrellas en París, pero la Antártida no tenía contaminación lumínica que las ocultara. Las auroras danzaban en el cielo, mientras la Vía Láctea brillaba con fuerza sobre su cabeza. La noche parecía viva y llena de maravillas, la oscuridad del espacio abrumada por islas de luz. ¿Hubo alguna vez una vista más hermosa? Eva había soñado con ser astronauta de niña. Pero al haber nacido en el lugar y momento equivocados, sus posibilidades fueron escasas desde el principio. En cambio, se convirtió en genetista y, con el tiempo, ascendió hasta convertirse en la científica jefe de la Estación Orpheon. En lugar de aterrizar en la Luna, lideró un gran equipo para estudiar plagas peligrosas. El gobierno francés había elegido la Antártida como ubicación del sitio por varias razones. Principalmente, su propósito era evitar peligrosas brechas de contención, pero también estudiar virus antiguos congelados bajo el hielo. Algunos de ellos podrían devastar la Tierra si se liberaban, y el superior de Eva quería mantener una ventaja en el campo de las armas biológicas. El colapso de la URSS dejó el futuro incierto. Algunos se habrían resentido por trabajar en armas de destrucción masiva, pero Eva dormía profundamente. Las relaciones internacionales se basaban en la fuerza, y la fuerza provenía de la superioridad tecnológica. Para que su país sobreviviera, necesitaba mantenerse a la vanguardia de la competencia por todos los medios. Quizás su trabajo mataría a millones algún día, quizás no. Aunque preferiría que las armas nucleares permanecieran en sus silos, serían útiles si alguna vez llegaba el fin del mundo. A Eva le pagaron por hacer un trabajo sucio, pero era necesario. De pie cerca de su todoterreno especial, Eva sintió cómo el frío se colaba en su traje. Aunque llevaba ropa abrigada, como una parka, gafas protectoras, guantes y un pasamontañas, la Antártida era el entorno más hostil de la Tierra. Nadie estaba realmente a salvo de ella, y ella estaba a kilómetros de la estación, rodeada solo de hielo. Pero a Eva no le importó. La vista del cielo nocturno ya la calentaba. Sabía que existían extraterrestres. Las muestras que encontró en la Antártida prácticamente la convencieron de que la vida provenía del espacio, en forma de virus y bacterias primigenios. ¿Qué clase de criatura extraña y maravillosa habitaba las estrellas sobre su cabeza? Esperaba vivir lo suficiente para descubrirlo. —¿Pierre a Eva? —la llamó su asistente por el intercomunicador—. ¿Pierre a Eva? —Estoy aquí —respondió ella—. Solo estoy mirando las estrellas. “Oh, bien, me estaba preocupando”. Por supuesto que sí. Pierre era ansioso por naturaleza y siempre le aconsejaba a Eva que no saliera sola. A decir verdad, la científica disfrutaba de esos momentos de tranquilidad y soledad que no encontraba en la estación comunal. Eva no se sentía particularmente unida a nadie, y no quería sentirlo. Su trabajo era su vida. —Deberías regresar —dijo Pierre—. Estamos detectando actividad electromagnética anormal en tu zona. —Probablemente las auroras —respondió Eva distraídamente. Al decir eso, sus colores parecieron cambiar de verde a un violeta claro—. Volveré pronto. —Perdón por haberlo hecho... —La voz de Pierre se convirtió en estática—. Eva... —¿Pierre? —gritó Eva, con el comunicador empezando a fallar—. ¿Pierre, me oyes? No hay respuesta, solo estática. "¿Pierre?", preguntó Eva de nuevo, solo para entrecerrar los ojos a través de sus gafas. Las auroras sobre su cabeza se habían vuelto más brillantes, rayos de luz púrpura iluminaban el páramo helado. La estática se convirtió en un zumbido, casi ensordecedor. "¿Pierre?" Otra voz respondió, pero con un rugido bestial más que con una palabra. El suelo tembló bajo los pies de Eva, formándose pequeñas grietas en el hielo. El cielo se iluminó aún más, hasta que la noche se convirtió en un día púrpura. Al darse cuenta de que algo andaba mal, Eva volvió a subirse a su vehículo y pisó a fondo el acelerador. Las ruedas, robustas y reforzadas, se estrellaron contra la nieve, mientras el científico regresaba de inmediato a la Estación Orpheon. ¿Pierre? ¿Pierre? —Eva seguía llamando por el intercomunicador, pero solo oía sonidos extraños e incomprensibles—. ¿Pierre, estás viendo esto? Dos auroras violetas habían partido el cielo por la mitad. El espacio mismo se desgarraba, como los párpados de un ojo gigante al abrirse. Una mancha negra se ensanchaba en un mar de luz púrpura, un agujero negro que crecía desde el corazón de una estrella fantasma. Aunque una parte de ella ansiaba escapar, Eva terminó asomándose por la ventana para ver mejor. Su curiosidad superó su instinto de supervivencia. La mancha negra había crecido hasta alcanzar un tamaño gigantesco, brindándole a la científica una ventana directa para mirar. Solo entonces se dio cuenta de que estaba viendo una puerta a la estructura misma del espacio-tiempo. Una colosal estructura negra con alas metálicas cruzó el vacío del espacio, impulsada por reactores que dejaban una estela de luz carmesí. La inmensa máquina, tan grande como una ciudad humana, se abalanzó sobre asteroides como un tanque sobre guijarros. Un enjambre de pequeñas máquinas rojas, con forma de lanza, acosó a la gigantesca nave, embistiendo violentamente su casco como dagas. La gigantesca máquina negra respondió con confusos destellos de luz azul y láseres rojos. Energía naranja cubrió el casco en algunos puntos; las naves rojas se hicieron añicos al intentar perforar estas áreas. Naves espaciales. Estas eran naves espaciales. Una batalla, pensó Eva, a la vez asombrada y horrorizada por la visión. Están luchando. Los extraterrestres existían y estaban en guerra. El casco de la nave gigante estaba orientado hacia Eva y la Antártida. Para entonces, la mayor parte del enjambre rojo había sido destruida o había logrado perforar el casco. El resto retrocedió mientras la nave negra cruzaba el portal y se acercaba cada vez más a Eva. Estaba a punto de estrellarse. —¡No, no, no! Eva conducía más rápido que nunca, con el motor echando humo. Aunque la caída de la nave era lenta, era inevitable. El suelo tembló bajo sus ruedas cuando la proa del crucero de un kilómetro de largo impactó contra la Antártida, no muy lejos de donde se encontraba. El terremoto hizo que la alarma de su coche sonara como un grito de agonía. "Santo-" Eva no terminó la frase, pues un destello púrpura brillante la envolvió por completo, seguido de una nevada. Fragmentos de hielo salieron volando en todas direcciones, agrietando su parabrisas reforzado y desviando el vehículo hacia un lado. Su cabeza se estrelló contra el airbag mientras el coche daba una docena de vueltas, y la oscuridad la envolvió. Cuando Eva recuperó el conocimiento, su coche estaba boca abajo, con el techo sobre la nieve y las ruedas hacia arriba. La visión de la científica se nubló al extender la mano hacia la puerta, y tardó unos minutos en salir de la carrocería de su vehículo. La nieve se había acumulado a su alrededor, obligando a Eva a excavar con sus guantes desnudos. Unas gotas de agua congelada se deslizaron dentro de su traje, haciéndole estremecer. Cuando la científica logró ponerse de pie fuera de su vehículo, se preguntó si las estrellas se habrían desvanecido en el cielo. Le tomó un momento comprender la verdad. Una enorme cúpula la cubría. La nave espacial se había estrellado contra la superficie de la Antártida, y la mayor parte de ella estaba sepultada bajo la marea de nieve levantada por el impacto. Su lisa superficie metálica era tan negra como una noche sin estrellas, y unas ventanas con forma de ojos parecían observarla. Eva contuvo el aliento. Aunque no creía en ningún dios, tuvo que admitir que su supervivencia fue un milagro. Si hubiera elegido otro lugar para observar las estrellas, la nave habría aplastado su todoterreno. Tras comprobar rápidamente si tenía alguna herida, Eva intentó contactar inmediatamente con su base. "¿Pierre? ¿Pierre, me oyes?" Sin recepción. Eva salió con cuidado de la sombra de la nave para observar el cielo y, para su sorpresa, las estrellas habían desaparecido. La oscuridad reinaba por completo, salvo algunos relámpagos violetas. El extraño fenómeno meteorológico probablemente interfería con las comunicaciones. Eva intentó desenterrar su coche, pero pronto se dio cuenta de que era inútil. Los sucesivos golpes habían destrozado el motor y no tenía ni idea de cómo repararlo. La radio de emergencia tampoco funcionaba, así que no había forma de contactar con su base. Sin embargo, le quedaban provisiones de emergencia en el maletero, junto con la linterna, un calentador portátil, palas y otras herramientas básicas. Podría aguantar unos días con la esperanza de ser rescatada. Sus compañeros científicos no se perdían el accidente. Aun así, la duda la carcomía cada vez que miraba hacia arriba. Eva tomó la linterna, comprobó la batería y recorrió el lugar del accidente. Le tomó horas. El tamaño de la nave era incomprensible, y más de la mitad estaba sepultada bajo toneladas de hielo. Recordó haber visto alas y reactores durante la caída, pero solo la cúpula y las cubiertas superiores permanecieron a la vista. Nadie salió a interceptarla. La científica finalmente encontró una especie de entrada, concretamente unas puertas blindadas avanzadas en el lado derecho de la nave alienígena. Un análisis superficial le indicó que estaban hechas de extraños metales anaranjados que no pudo reconocer. El impacto había roto las puertas, dejando una grieta lo suficientemente grande como para que Eva pudiera colarse con dificultad. Casi probó suerte, antes de decidir que era demasiado peligroso ir sola. Necesitaba llamar a la Estación Orpheon, a su equipo, a los militares. Tenían que saberlo. Todos tenían que saberlo. Los extraterrestres existieron. Esto… esto lo cambió todo. ¡Este fue el mayor acontecimiento en la historia de la humanidad desde el descubrimiento del fuego! ¡Esto... esto cambiaría el destino del mundo para siempre! Eva viviría lo suficiente para ver a la humanidad hacer el primer contacto con una civilización altamente avanzada, ¡una claramente capaz de viajar interestelarmente! Las rivalidades nacionales ahora parecían insignificantes ante semejante acontecimiento. La humanidad era solo una especie inteligente en todo el espacio, y las divisiones internas ya no importaban. Si los extraterrestres compartieran voluntariamente su tecnología, ya nadie lucharía por los recursos. ¿Quizás... quizás este descubrimiento fomentaría la paz universal? ¿La creación de un gobierno humano unificado que no necesitaría armas biológicas? Por un momento, Eva soñó con un mundo que ya no la necesitara. Pero entonces recordó el accidente. Era la nave de una civilización avanzada, cierto, pero estaba en guerra. El científico desconocía cómo reaccionarían los supervivientes extraterrestres, si es que había alguno, a su presencia. Eva decidió partir a pie para regresar a la Estación Orpheon o, al menos, buscar un lugar mejor comunicado. Una vez fuera del alcance del extraño fenómeno meteorológico, pudo orientarse con las estrellas. Su linterna estaba adaptada a la escarcha antártica, pero tampoco tenía energía ilimitada. La científica viajó dos horas en una dirección, sólo para encontrarse frente a la cúpula. Caminó de izquierda a derecha, de norte a sur. Cada vez regresaba a su punto de partida. Siempre regresaba a la nave espacial. Al final, Eva tuvo que aceptar la insólita verdad. De alguna manera, el espacio se había plegado sobre sí mismo, creando un bucle infinito. O bien el mundo exterior se le había cerrado, quizá como medida defensiva de la nave... o bien la Tierra había dejado de existir por completo. Con razón no pudo conseguir una buena recepción. Por desgracia, esto frustró por completo sus esperanzas de un rescate rápido. Sólo había un lugar adonde ir. Respirando hondo, Eva se acercó a las puertas blindadas y examinó la grieta. Cuando la científica apuntó con la linterna a través de la grieta, no pudo ver mucho. Pero había suficiente espacio para colarse dentro, con algo de esfuerzo. —¿Hay alguien ahí? —gritó Eva por el agujero—. ¿Hola? ¿Alguien? No hubo respuesta. Incluso los extraños ruidos que había oído antes del choque se habían silenciado. Eva reunió su coraje, metió las manos en la grieta y pasó lentamente, con la linterna primero. Cuando logró escabullirse al otro lado, Eva se encontró en lo que debía ser la esclusa de aire de la nave. El siguiente juego de puertas había sido destrozado siniestramente, mientras un polvo helado flotaba en la habitación. La linterna reveló extrañas manchas de baba verde en las paredes, que Eva tuvo cuidado de no tocar. Quizás fuera algún tipo de arma biológica o combustible tóxico. Al menos podía respirar. O bien los extraterrestres necesitaban oxígeno para vivir, o bien la atmósfera exterior se había infiltrado en la nave. El interior de la nave estaba frío, pero ni de lejos tan frío como el páramo antártico. La científica cruzó la siguiente fila de puertas y entró en una red de enormes pasillos metálicos. Unos cristales rojos incrustados en el techo proporcionaban luz, pero la mitad se habían roto. A veces, Eva caminaba más de veinte minutos en una dirección, solo con su linterna para mayor comodidad. Sus pasos resonaban en la cavernosa estructura, poniéndola nerviosa. El techo era enorme, de al menos ocho metros de altura. Las paredes eran del mismo metal negro que el resto de la nave, tan elegantes que Eva no pudo encontrar ni rastro de soldadura. De vez en cuando se topaba con extrañas puertas sin rasgos distintivos, cada una con un patrón de color diferente. Azul, rojo, naranja... Las puertas se alineaban en pares, con una puerta colosal rodeada de dos más pequeñas, de tamaño humano. Claramente, la nave había sido diseñada para albergar criaturas de diversos tamaños. Pero Eva no encontró ninguna cerradura biométrica ni sistema informático. Sus intentos de abrir las puertas con las manos desnudas fueron infructuosos. —¿Hola? —La voz de Eva resonó en el recipiente vacío, pero solo respondió un eco—. ¿Hay alguien ahí? ¿Qué pasó en este lugar? No tardó mucho en descubrirlo. Tras una larga y solitaria caminata, Eva por fin encontró puertas abiertas. O más bien, abierto de golpe. La primera habitación a la que entró era una especie de muelle de atraque, o eso supuso Eva. El hangar era tan grande como un aeropuerto y albergaba una docena de vehículos tan grandes como aviones comerciales. Los dispositivos le recordaron a Eva a bombarderos furtivos y alas voladoras, triángulos planos con reactores avanzados para transportarlos. Todos presentaban signos de daño y llevaban un extraño símbolo grabado en el casco; una marca que le recordó a Eva una extraña fusión entre una letra "M" alienígena y un símbolo griego de Omega. Y el olor… un hedor nauseabundo llenaba el aire, provocándole náuseas. —¿Hay alguien aquí? —preguntó Eva, usando su linterna para escudriñar los alrededores. Muy pocos cristales rojos permanecían activos, así que apenas podía ver nada—. ¿Hay alguien...? Luego, arrojó luz sobre el cadáver de un animal. La científica retrocedió sorprendida y se tapó la boca para reprimir un grito. Su linterna vaciló, revelando otra figura gigantesca en la oscuridad. Vísceras y órganos extraños se habían derramado de sus entrañas. Con la respiración entrecortada, Eva, asustada, apuntó con la linterna al suelo para ver mejor. Cadáveres. Cadáveres por todas partes. Para su horror, Eva había entrado en una tumba abierta. Los extraterrestres se habían matado entre sí por docenas, quizás por cientos. Todos llevaban una extraña armadura futurista, que combinaba placas metálicas naranjas con circuitos de varios colores, un casco con visera y diversas armas orgánicas incrustadas en los brazos. Pero todos tenían diferentes tamaños y formas. Algunos eran humanoides reptilianos un poco más altos que los humanos, otros monstruos con cuernos y escamas, más altos que los elefantes. Frente a ellos había montones de chatarra roja y robots rotos. Las máquinas tenían piernas y brazos como humanoides, pero garras afiladas, cañones en el pecho y un solo ojo de cristal azul donde debería estar la cabeza. "Joder...", jadeó Eva mientras examinaba los cadáveres. Todos los alienígenas tenían el símbolo de una "M" grabado en sus armaduras. Encontró la misma marca en algunos robots, pero tachada o destrozada. Por su posición, ambos grupos parecían haber luchado hasta la última criatura en pie. Eva examinó entonces las paredes del hangar y descubrió que las naves embestidas las atravesaban. Sus extremos se habían abierto para revelar escotillas llenas de robots, la mayoría destrozados. Eva no tardó mucho en comprender lo sucedido. Los robots habían abordado la nave mayor embistiendo con sus naves menores el blindaje exterior. Los habitantes opusieron una feroz resistencia, pero fueron superados por su gran número, lo que permitió a los atacantes entrar en los pasillos y expandirse por la nave. Y como los robots llevaban la misma bandera que sus enemigos, pero cruzadas... Esto parecía una especie de guerra civil. —Yo... —Eva contuvo el aliento, intentando calmarse. ¿En qué clase de pesadilla se había metido? ¿Quedaba... algún superviviente? La científica examinó el cadáver, por si alguno de ellos... ni ella misma lo sabía. ¿Fingiendo la muerte? ¿Solo heridos? Sus esperanzas se desvanecieron rápidamente. El bando ganador había rematado sin piedad a los heridos antes de seguir adelante. Sin embargo, cuando Eva cruzó el hangar, notó una criatura diferente a las demás. Llevaba una armadura futurista y naranja como algunas de las otras, pero la forma del cuerpo... dos piernas, dos brazos, hombros anchos, manos de cinco dedos... la forma en que estaba agachado junto a una puerta destruida... Eva se acercó con cuidado al cadáver, examinándolo con su linterna. Circuitos dorados conectaban las piezas modulares de la armadura, mientras una espesa sangre verde fluía de un gran agujero en el pecho. La científica pudo ver indicios de un corazón muerto con cables como arterias y pulmones de metal. La armadura había sido injertada quirúrgicamente a la piel, junto con cañones en los hombros y los brazos. Un casco dorado cubría la cabeza. Eva se asomó al visor verde en forma de V y miró a los dos ojos blancos que se veían más allá. Un escalofrío recorrió la columna de Eva. Él… Era una cara humana. La mandíbula inferior había sido sustituida por elementos cibernéticos, pero los ojos y la nariz… no había forma de confundirlo. Conmocionada, Eva continuó su viaje hacia las entrañas de la nave, caminando entre los muertos. Para cuando salió del hangar hacia las habitaciones contiguas, apenas podía dar un paso sin casi resbalar con brazos cercenados, cadáveres decapitados y restos destrozados. De alguna manera, esa fue la parte menos perturbadora. Entró en una especie de laboratorio, donde innumerables especímenes flotaban dentro de una maquinaria tecnoorgánica con forma de corazón. Las venas de los cables bombeaban un líquido verde a los contenedores, mientras mantenían a los habitantes en estasis. Unas escamas transparentes le permitían a Eva observar a las criaturas del interior. Algunos habían sido humanos, solo para ser destripados y sus órganos reemplazados por implantes cibernéticos. Sin embargo, la mayoría pertenecía a criaturas escamosas de diversos tamaños. Uno era un embrión del tamaño de un perro, otro un humanoide reptil con dos ojos. El siguiente contenedor contenía una variante más grande y esbelta, con cuatro ojos y brazos alargados, y el siguiente, un monstruo acorazado con púas y cinco órganos oculares. Cuantos más ojos tenían las criaturas, más grandes eran; el más grande era un cíborg colosal de más de ocho metros de altura. Sin embargo, hubo una excepción que destacó entre todas. Un cieno alienígena azul se arremolinaba dentro de un contenedor. Cuando Eva puso una mano sobre el cristal alienígena que los separaba, la baba manifestó tentáculos y chocó contra la pared de su prisión. "Al menos estás viva", susurró Eva. "Seas lo que seas". Un ruido atronador resonó a su izquierda. Eva inmediatamente giró sobre sí misma, apuntando su linterna hacia un rincón oscuro del laboratorio. Un alienígena un poco más alto que ella se arrastraba en la oscuridad, con su armadura naranja empapada de sangre verde. Su brazo izquierdo era un cañón, el derecho un muñón roto y ensangrentado. Una cola de lagarto acorazada se balanceaba tras él, mientras tres ojos suplicaban a Eva a través de una visera agrietada. El alienígena emitió un siseo lastimero y doloroso, cubriendo un agujero en su pecho con el muñón. Las piernas también estaban agujereadas. "¿Estás... estás viva?" Eva, idiota, ¡claro que estaba viva! "¿Me entiendes?" La criatura evaluó a Eva con atención, antes de responder con un sonido triste. Luego miró sus heridas y siseó de nuevo. No podía entender a Eva, pero era lo suficientemente inteligente como para comunicarse. Y no parecía hostil. Solo desesperado. Aunque Eva no era una mujer compasiva por naturaleza, no podía ignorar a un animal que sufría, especialmente a uno inteligente. —Lo… lo siento, no sé si puedo ayudar. —Eva se acercó con cuidado a la criatura para examinar mejor las heridas—. Tengo… tengo vendas en el coche, pero tendré que volver… Aunque la expresión del alienígena no era nada humana, Eva notó un cambio en sus ojos. Algo frío y cruel. Un destello que la puso nerviosa al instante. Solo los reflejos de Eva le salvaron la vida, mientras se lanzaba hacia su derecha. El monstruo levantó su cañón con la rapidez de un pistolero y abrió fuego; un láser carmesí falló por poco a la científica. La explosión vaporizó parte del pelo de su parka y destrozó un contenedor tras ella. Eva estaba demasiado sorprendida para reaccionar, ya que el monstruo volvió a apuntarle el cañón a la cabeza. En lugar de disparar un láser, el arma emitió un clic, y luego otro. No más munición. El alivio de Eva no duró mucho, pues la criatura emitió un rugido furioso y empezó a arrastrarse hacia ella. La científica se puso de pie rápidamente y retrocedió, horrorizada. La criatura podría sufrir heridas terribles; sus tres ojos la miraban con odiosa maldad. "¡Fuera!", gruñó Eva, antes de patear al alienígena en la herida. Incapaz de soportar su peso sobre el muñón, el monstruo se desplomó de frente, emitiendo un siseo de dolor. Más sangre fluyó de sus heridas y pronto dejó de moverse por completo. Me… me engañó, pensó Eva. Intentó bajarme la guardia y matarme. Se estaba muriendo, y seguía intentando matarme. La comprensión conmocionó profundamente a Eva. Siempre había creído que las civilizaciones extraterrestres lo suficientemente avanzadas como para viajar entre estrellas habrían superado los impulsos básicos. Que serían sabias y pacíficas. Ella se había equivocado. Cada ecosistema tenía sus depredadores y ella acababa de sobrevivir a uno. Sólo entonces recordó que el extraterrestre había hecho estallar un contenedor. Eva miró por encima del hombro y vio una marea de baba azul caer sobre ella. Intentó gritar, pero la sustancia viscosa le llenó la garganta primero. La tragó por completo, de cabeza, llenándole los oídos, fusionándose con su piel, entrando en su torrente sanguíneo. Llenó sus células y su médula, sobrecargó sus nervios con luz azul y llenó su cerebro de conocimiento. Intentó arrancarse los ojos al sentirlo moverse detrás de ellos, pero sus manos se partieron por la mitad antes de que pudiera hacerlo. Todo su cuerpo, toda su existencia, se dividió como una célula. Recordó haber besado a un antiguo novio y a una chica que nunca había conocido, haber completado un doctorado en genética y otro en física cuántica, haber observado la noche y el cielo. Era Eva Fabre, y era otra persona. Se dividió una y otra vez, una mujer convirtiéndose en dos, luego en cuatro y luego en más. Su mente se fragmentó mientras la realidad se fracturaba a su alrededor. Fue una experiencia apasionante. Una fusión entre dos entidades que formaban un todo mayor que la suma de sus partes, solo para que este se rompiera y creara nueva vida. Cuando el lodo finalmente desapareció y Eva pudo volver a ver, ya no estaba sola. Era como mirarse a un espejo, a muchos espejos. Otras diez Eva Fabre miraban a la original. Algunas llevaban linterna, otras armas. Algunas tenían el pelo teñido, o pequeñas cicatrices, o parkas azules en lugar de rojas. "¿Quién eres?", preguntó Eva. Su propia falta de emoción la sorprendió. A estas alturas, enfrentarse a copias de sí misma ya ni siquiera le impactaba. "Creo que soy tú", dijo un doble. "Otro tú". “Todos lo somos”, añadió otro doble. Eva frunció el ceño, escéptica. "¿Quién ganó las últimas elecciones presidenciales?" “Jacques Chirac”, dijo uno de los dobles, al tiempo que otros respondían con “Raymond Barre”, “De Gaulle otra vez”, “Giscard, por desgracia” o “Nadie, el país se ha ido”. Esto puso nerviosa a Eva al instante. «François Mitterrand ganó las elecciones presidenciales de 1988». Todos sus dobles sonrieron antes de decir al mismo tiempo: “No en mi Francia, hermana”. Explorar una nave abandonada con clones de ella misma le causó una extraña sensación al principio a Eva-One, pero se acostumbró rápidamente. Los humanos se sentían más seguros con la mayor cantidad de su parte, y la científica no era la excepción. "¿Duplicación celular?", preguntó Eva-Uno, mientras exploraban primero otro pasillo con las copias armadas. "¿Clones? ¿Teletransportación?" "¿Universos alternativos?", sugirió el Eva-7, observando con una linterna los restos de un robot partido en dos. Se habían vuelto más numerosos a medida que avanzaba el grupo, probablemente porque los defensores lucharon hasta el último alienígena para proteger la zona. “Diría que ecos cuánticos”, teorizó el Eva-3. Este tenía un doctorado en física, así que los demás escucharon atentamente. “No somos versiones alternativas el uno del otro, sino posibilidades materializadas. Simulaciones vivientes, pero tan detalladas que bien podrían ser reales”. —Lo que significa que solo importa el original —dijo Eva-6 mientras miraba a Eva-One—. Podemos crear más de cada uno, pero si mueres, todos perecemos. "Espero que ninguno de nosotros sea suicida", bromeó el Eva-7. Eva-Uno ya lo había imaginado. Eva-8 pereció al activar accidentalmente el arma de un cadáver alienígena. Su cuerpo se desintegró en partículas azules antes de que su cabeza tocara el suelo, sin dejar rastro. Las mismas partículas se encendían alrededor de su mano cada vez que tocaba las puertas azules de la nave, provocando que se abrieran. «Los extraterrestres probablemente usan esta energía como señal biométrica», dijo el Eva-3. «Eso debería darnos acceso parcial a las zonas clave de la nave». —Si nadie nos dispara —dijo el Eva-4 con gravedad, con las manos en el arma—, no creo que las balas sirvan de mucho contra estas cosas. "Si alguno sobrevivió", respondió Eva-One. Hasta ahora, solo los alienígenas en estasis habían sobrevivido a la purga, y no se habían cruzado con ningún robot activo. "Parece que se masacraron entre sí hasta el final". ¿Guerra interestelar? ¿Genocidio racial? —preguntó el Eva-4—. ¿Piratería espacial? ¿Existe? «Los piratas roban carga y evitan el conflicto si pueden», señaló el Eva-6. «Esta masacre fue claramente una guerra de exterminio mutuo». —No lo sé —dijo Eva Uno al llegar a los restos de una gran puerta—. Pero quiero averiguarlo. —Lo haremos —convino el Eva-3. La habitación a la que entraron no tenía otra entrada ni salida. Era la más grande que habían visitado hasta entonces, y la más extraña. La cúpula tenía circuitos que pulsaban con energía azul que tensaba las paredes, todos conectándose en un colosal tanque de vidrio lleno de líquido coloreado en el centro. La estructura era más grande que la torre de vigilancia de un castillo medieval, y un cerebro biomecánico gigantesco, tan grande como un cachalote, flotaba dentro del tanque. La batalla allí había sido la más feroz. Un alienígena de diez ojos y doce metros de altura, con la armadura más voluminosa vista hasta la fecha, luchó a muerte para proteger la entrada, sin que ninguno de los invasores robóticos se acercara al cerebro. El gigante destruyó a tantos que los Evas tuvieron que trepar por una montaña de cenizas y fragmentos para cruzar la habitación. Sin embargo, esa victoria tuvo un precio. El alienígena muerto tenía más agujeros que un queso suizo y había perdido toda su sangre. Lo más extraño es que un tentáculo orgánico cercenado unía la cabeza del monstruo al cerebro, con una docena más esperando dentro de cápsulas líquidas. Algunas eran tan gruesas como elefantes, otras tan delgadas como un dedo. "Creo que es una computadora biológica que supervisa la nave", dijo el Eva-5 mientras examinaba un tentáculo. El extremo del dispositivo orgánico se abrió para revelar zarcillos azulados que relucían con partículas azules. "El viaje interestelar probablemente requiere cálculos demasiado complejos para que cualquier mente los pueda supervisar". "Estos dispositivos deben ser interfaces neuronales", supuso el Eva-2 mientras revisaba al alienígena muerto. "¿Quizás la nave se estrelló cuando los atacantes lograron matar al piloto?" “O el salto espacial fue una medida desesperada”, dijo Eva-6. —Sólo hay una manera de averiguarlo —respondió Eva-Uno, mientras agarraba un tentáculo apto para su cabeza. Sus dobles miraron a la original con ansiedad, mientras se quitaba la ropa y las gafas que le protegían la cara. "¿Estás segura?", preguntó el Eva-3. "Si te mata..." —Moriremos de hambre si no encontramos una salida —respondió Eva-One—. Comer carne alienígena podría resultar tóxico, y nadie nos rescatará dentro de esta anomalía espacial. —Solo quieres saber la verdad —dijo el Eva-4—. Y ni siquiera estás seguro de estar listo para ello. Y si eres como yo, entenderás por qué debo intentarlo. Dos especies alienígenas estaban en guerra sobre sus cabezas, y su conflicto se había extendido a la Tierra. Esto es mucho más grande que nosotros. Y con estas palabras, Eva-Uno movió el tentáculo a la base de su cuello. Inmediatamente sintió que el dispositivo se hundía en su carne, y unos zarcillos se deslizaron entre sus huesos hasta alcanzar la columna vertebral. Una sustancia anestésica alivió el dolor y la dejó casi somnolienta. Su visión se volvió azul; el cerebro gigante "reconoció" su firma energética. Muéstrame, pensó Eva. Y el cerebro respondió. No se comunicaba con palabras, sino que bombardeaba su cerebro con imágenes y fotografías. Le hacía sentir el frío del espacio en la piel, oler el aroma de mundos alienígenas y saborear la sangre de los muertos. La nave tenía oídos y ojos, y recordaba. Eva recordó el día en que la conectaron, alrededor de un gigante gaseoso con veinte lunas. Sus creadores a escala las habían reconvertido en forjas que producían robots y acorazados sin cesar. Recordó haber recibido los datos del Día de la Iluminación, cuando los primeros Señores de la Ciencia descubrieron a los Últimos y sus reinos de colores. Aprendió cómo los Señores de la Ciencia contactaron con los mensajeros sin forma de los Últimos, quienes ofrecieron a la Hegemonía conocimiento y sabiduría. Observó grabaciones de sacerdotes que erigían grandes torres desde la tierra para recolectar la energía del Flujo de los reinos superiores y honrar a los Últimos. Aprendió sobre la creación de la Hegemonía y su misión: traer prosperidad y paz a un universo sin rumbo. Surcó las estrellas con flotas de diez mil hombres, bajo el mando de sus escamosos creadores. Bombardeó mundos selváticos desde la órbita hasta convertirlos en polvo, destruyó los núcleos estelares para privar de luz a los sistemas solares rebeldes y vomitó ejércitos de máquinas para esclavizar a los supervivientes. Luchó en cien batallas y las ganó todas. Recordó atracar en grandes torres de colores para recargar. Sintió placer mientras el Flujo Rojo llenaba sus reactores de energía, mientras el Flujo Azul agudizaba su mente y el Flujo Naranja reparaba los agujeros en su casco. Observó con alivio cómo el Flujo Verde curaba a los soldados vivos que la tripulaban, y el Flujo Amarillo resucitaba a los muertos. Recordó la alegría de recorrer distancias infinitas en un destello Violeta, y el Flujo Blanco que los unía a todos. Solo el Negro era rechazado, pues no había lugar para el Negro. Recordó cada una de las mentes que se fusionaron con ella para expandir su base de datos, y a los miles de soldados y científicos que la tripularon a lo largo de los siglos. Pero sobre todo, recordó a los innumerables esclavos que murieron gritando en sus laboratorios, pereciendo bajo el bisturí para que los Señores de la Ciencia pudieran mejorar su propio código genético. Recordó a todos aquellos que murieron por la gran gloria de la Hegemonía. Recordó a los mensajeros sin forma expresando su descontento con la Hegemonía, y siendo ignorados. Pues los Señores de la Ciencia hacía tiempo que habían dejado de honrar a los Últimos y se consideraban los verdaderos guías del universo. Recordó aquel insignificante planeta azul y a los simios que habitaban su superficie. Observó cómo sus fulgores rebotaban en sus escudos ópticos, y cómo sus creadores los devolvían a la edad de piedra con láseres orbitales y asteroides. La pequeña bola de barro se sometió como todas las demás, y su gente se unió a la Hegemonía. Los Señores de la Ciencia los liberaron de la carga del pensamiento y los elevaron. Recordó los innumerables simios que subieron a bordo, modificados quirúrgicamente para formar la nueva generación de soldados del imperio. Los creadores reemplazaron el corazón y el alma con maquinaria, y ella observó con orgullo cómo conquistaban mundo tras mundo. Los esclavos se convirtieron en los nuevos legionarios, y los tributos impulsaron nuevas campañas. Recordó haber llegado al fin del universo y la transformación de la última estrella en una esfera de metal. Observó cómo se alcanzaba la paz entre las estrellas, gracias a la benevolencia de la Hegemonía. Recordó a los Señores de la Ciencia convocando a los mensajeros sin forma de los Últimos para ayudarlos a ascender, a fin de que pudieran expandir la benevolencia de la Hegemonía a nuevos universos. Recordó que su deseo había sido denegado y que los Señores de la Ciencia se habían vuelto contra sus benefactores. Observó cómo los Señores capturaban a los mensajeros e intentaban obligarlos a comportarse por la fuerza. Y ella fue testigo del castigo de los Últimos. Ella estuvo presente cuando un destello azul se extendió por el universo y otorgó a los esclavos robot libre albedrío y emociones. Presenció la muerte de la mitad de su tripulación a causa de plagas y la devastación de las supernovas en las fábricas de mundos. Intentó sofocar las rebeliones lideradas por los enemigos muertos de los Señores de la Ciencia y luchó contra ejércitos teletransportados de épocas pasadas. Luchó contra la conversión aleatoria de sus componentes en polvo. Recordó el Flujo Negro, cómo su caótica putrefacción se extendió por la red de Flujo y destruyó las torres. Recordó las victorias desiguales y las derrotas desastrosas. Recordó las rebeliones fallidas reprimidas por la fuerza y las muchas que triunfaron. Fue testigo del colapso de una civilización milenaria en cuestión de años. Recordó al último Señor de la Ciencia abordándola y dando nuevas órdenes tras la caída de las regiones centrales: retirarse más allá de los confines de su universo con sus mensajeros cautivos y reconstruir la Hegemonía en otro lugar, lejos de la mirada de los Últimos. Recordó que su tripulación había modificado su Motor de Realidad para escapar de las barreras entre realidades. Las torres habían sido una tecnología deficiente, un método artificial para copiar los poderes de los mensajeros. El Señor de la Ciencia esclavizaría a los mensajeros sin forma y los convertiría en armas. Registró los experimentos, mientras los sirvientes del Señor de la Ciencia estudiaban cómo vincular a los mensajeros con los soldados. Muchos esclavos perecieron en los intentos, pero ese fue el precio del progreso. Con el tiempo, estos híbridos se convertirían en las legiones de una Hegemonía renacida, y permitirían a los creadores a escala superar incluso a los Supremos. Habría paz nuevamente en las estrellas. Pero entonces, recordó haber detectado las naves de los rebeldes y al último Señor de la Ciencia ordenando un salto de emergencia. Intentó huir, pero le apuñalaron el útero metálico y masacraron a su tripulación. No pudo calcularlo todo, y los cálculos del transporte fallaron. ¡Todo estaba mal! ¡Mal, mal, MALA! DAÑO SISTÉMICO, PILOTO MUERTO, PLEGADO ESPACIAL DE EMERGENCIA, ¡FALLO DEL SISTEMA! Los ojos de Eva-One se abrieron de golpe y gritó, mientras los zarcillos de su columna se retraían rápidamente. Agujas invisibles la apuñalaban por todo el cuerpo, mientras experimentaba los estertores del último piloto. "Oye, oye, ¿estás bien?" Eva-4 rápidamente sostuvo al original mientras ella se desplomaba en sus brazos, jadeando por la tensión. “No nos estamos disipando, así que ella no está muriendo”, dijo Eva-3, el más frío entre ellos. Eva-One se esforzaba por seguir la conversación. Había vivido siglos en cuestión de segundos, había sentido el dolor de la nave al morir su último piloto mientras estaba conectada a su supermente. Era como si hubiera vivido el asesinato en carne propia. El dolor fantasma tardó minutos en desvanecerse y Eva-One pudo hablar con coherencia. «Lo sé», susurró. «Lo sé». "Entonces, ¿qué son?" preguntó Eva-2 mientras miraba a los extraterrestres muertos. —Invasores —respondió Eva Uno con temor—. Son invasores. Sus copias la escucharon atentamente mientras les explicaba la verdad, antes de intercambiar miradas preocupadas. «Tenemos que contárselo a todo el mundo», dijo el Eva-2 de inmediato. “¿Lo hacemos?” preguntó Eva-4 frunciendo el ceño. —Claro que sí, ¿y si esta no es la única nave que escapó a nuestra realidad? —señaló el Eva-2—. ¿Y si esa nave envió una señal de socorro y la ayuda estaba en camino? —Vengo de un mundo donde los gobiernos nos bombardearon a todos hasta la muerte —respondió el Eva-4 encogiéndose de hombros—. No les confiaría el destino de la humanidad. "Mmm..." Eva-3 reflexionó sobre su punto. "El problema es que, si informamos a los militares, se apropiarán de esa tecnología. No la compartirán". “¿Y eso cómo sería un problema?” rió el Eva-5. “Esto va más allá de un solo país”, explicó el Eva-3. “Se trata de la humanidad. Por lo que entendí, estas criaturas provienen de una realidad alternativa. ¿Y si tienen un equivalente en nuestro universo? Las civilizaciones extraterrestres son claramente hostiles y más avanzadas que la nuestra”. —No podemos permitirnos ir a lo seguro —asintió el Eva-4—. Esto va más allá de las rivalidades nacionales. La supervivencia de toda nuestra especie está en juego. —Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó Eva-2 frunciendo el ceño. “Que tomemos las riendas”, dijo el Eva-3. “Podemos crear tantos como queramos, cada uno con habilidades específicas. No necesitamos ayuda externa para desvelar los secretos de esta nave. No necesitamos a nadie más que a nosotros mismos. Si estos alienígenas pudieron usar su tecnología para mejorar su especie, nosotros también podemos”. “¿Sugieres que empalmemos nuestro ADN?” preguntó el Eva-5, escéptico. "Sugiero que hagamos oro a partir del plomo", dijo Eva-3. "Superhumanos a partir de humanos. Una nueva especie que pueda sobrevivir, incluso prosperar, a través de las estrellas". «Si estos reptilianos pudieron conquistar todo su universo, imaginen lo que podríamos hacer con su tecnología», argumentó el Eva-6. «Podríamos colonizar el sistema solar, erradicar enfermedades y doblegar la realidad a nuestra voluntad. Podríamos convertirnos en la raza dominante universal, no en unos reptiles». "Sí, si somos nosotros, serán ellos", argumentó el Eva-4. "Tenemos que tomar la iniciativa ahora, o nunca. Los extraterrestres existen y quieren atraparnos". Eva-One dejó que sus dobles debatieran e intentaran llegar a una conclusión. Pero al final, uno no puede discutir mucho tiempo consigo mismo. Eva-Uno tardó dos días en abrir un agujero al mundo exterior. La muerte del piloto anterior y los daños estructurales de la nave habían dañado permanentemente su computadora orgánica, y el Eva-Uno solo pudo conectarse a ella brevemente antes de que expulsara violentamente su mente. Cada inmersión mental la dejaba exhausta, y ninguno de sus dobles podía asumir la tarea. Se disipaban cada vez que se conectaban a la computadora central, pues su existencia etérea era incapaz de soportar la tensión psíquica. Mientras sus copias se multiplicaban y aseguraban la nave, el Eva-Uno seguía sumergiéndose, una y otra vez. Le llevaría años dominar todos los secretos de la nave, y no podía acceder a todos los archivos de la supermente. Al menos descubrió una forma de teletransportar a la gente dentro y fuera del campo de distorsión espacial. Cuando apareció junto a una grieta de hielo con un portal violeta abierto tras ella, Eva-One miró al cielo. Para su inmenso alivio, pudo ver las estrellas de nuevo. —¿Eva? —la llamó Pierre por el intercomunicador, con la voz cargada de pánico—. ¿Eva? “Estoy aquí”, respondió el científico con voz tranquila y serena. —¡Gracias a Dios! —Pierre suspiró aliviado—. ¡Dios mío! Creí que estabas muerto. —La tormenta de nieve casi inutiliza mi intercomunicador —mintió Eva-One—. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? “Un poco más de dos horas.” Dos días dentro, dos horas fuera. El tiempo mismo se doblegó ante esta tecnología alienígena. Era tan avanzada que bien podría llamarse magia. "Necesito que me recojan", dijo Eva-One. "Mi coche está dañado". Entendido. Me alegra oír tu voz de nuevo, Eva. "Cuando regrese, tendremos que hablar", dijo. "He tomado una decisión importante y quiero saber la postura del equipo al respecto". —¡Qué decisión tan importante! ¿Por fin vas a dejar que Sebastián te invite a una cita? —No. —A ninguna de sus copias tampoco le pareció interesante—. Esto es serio. —Supongo que sí, considerando tu tono solemne. Bueno, te paso a buscar y podemos hablarlo con un café caliente lejos de la nieve. "Claro." Eva-Uno cortó la comunicación y se armó de valor. Esperaba poder convencer a sus compañeros de que la siguieran. Si no... si no, tendría que tomar una decisión difícil. Era un trabajo sucio, pero necesario. Mientras esperaba el rescate, Eva miró al cielo. La Vía Láctea era tan maravillosa como siempre, y aun así no encontraba alegría en contemplarla. Una vez, a Eva le encantaba mirar las estrellas brillantes en el cielo nocturno. Pero ahora, solo podía ver la oscuridad en el medio.
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Estás leyendo el capítulo 111 de La Carrera Perfecta (Novela), un novela. Ryan «Quicksave» Romano es un excéntrico aventurero con un extraño poder: puede crear un punto de guardado en el tiempo y rehacer su vida cada vez que muere. Al llegar a Nueva Roma, la deslumbrante capital del pecado de… Este capítulo tiene publicado el 19 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. La Carrera Perfecta (Novela) tiene 130 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.