Leer Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela) Capítulo 25 online gratis en español
🏴 Grupo: Bariubal116✍️ Traducción: Bariubal116
1
Dicen que amar a los hijos es un instinto biológico.
Pero papá Conejo y mamá Coneja eran diferentes.
Mi nacimiento no fue bien recibido.
En el instante en que la enfermera dijo:
«Es una niña».
toda la expectación que se había concentrado sobre mí se convirtió de golpe en un silencio sepulcral.
Como si aquel silencio quisiera asfixiarme hasta matarme dentro de la cuna.
Mi hermana me contó que de verdad intentaron matarme una vez.
Fue durante una tormenta.
Envolvieron a aquella bebé diminuta entre sus mantas y la dejaron en el punto de recolección de basura frente a la casa, bajo la lluvia, durante un día y una noche enteros.
No morí.
Pero aquella lluvia penetró violentamente en mi sangre y grabó en mi alma la necesidad de ser amada.
Necesitaba amor para calentarme cuando mi cuerpo perdiera temperatura.
Necesitaba amor para salvarme cuando estuviera al borde de la muerte.
Pero incluso sin amor…
adular y complacer a los demás todavía podía convertirse en mi mejor caparazón.
2
Tenía muchas hermanas mayores.
Pero todas desaparecieron.
Algunas terminaron en el río.
Otras, en habitaciones.
Otras, al pie de los altos edificios de la ciudad.
Otras, en pequeñas habitaciones nupciales.
Todas se marcharon de casa.
Yo siempre esperaba que regresaran.
Año tras año…
nunca recibí respuesta alguna.
Lo único que quedó fue un peluche de conejo cargado con los recuerdos de todas ellas.
3
¿Cuándo fue que empecé a creer que yo también era un conejo?
El peluche de conejo que mis hermanas me dejaron era mi único juguete.
Aunque estaba lleno de parches y costuras, el conejito seguía siendo un conejito.
Estaba limpio.
Y era adorable.
Era maravilloso.
Compartía conmigo mi dolor.
Cada vez que papá regresaba borracho, al peluche le aparecía una grieta nueva.
Como si me dijera:
«Mira. Aunque estemos heridos, eso no basta para derrotarnos».
Yo deseaba que papá dejara de beber.
Yo jamás me burlaría del conejito por estar lleno de parches.
Pero había muchos otros animalitos que le tenían miedo a mis cicatrices.
4
Mi casa era muy pequeña.
Siempre se sacudía bajo el viento y la lluvia.
Yo vivía con miedo de que bastara una sola brizna de paja para aplastarla y dejarme sin ningún lugar al que ir.
Hasta que, un día, todos los rastros de papá desaparecieron de la casa.
Eso debería haber sido algo bueno.
A partir de entonces ya no me aparecerían nuevas cicatrices.
Mamá tampoco tendría que dejarle una luz encendida durante las noches frías.
Pero mamá me dijo:
«Todo es por tu culpa».
Fue entonces cuando comprendí que, para derrumbar una familia, no hacían falta ni viento ni lluvia.
Ni siquiera una brizna de paja.
Bastaba con una niña.
5
Los parches del conejito fueron aumentando.
Mamá se volvió cada vez más ocupada.
Y también cada vez más buena pidiendo perdón.
Yo intentaba compensar aquella culpa que sentía.
Pero hiciera lo que hiciera, mamá jamás me dedicaba una mirada de más.
Pensé y pensé.
Y finalmente, durante una noche llena de truenos, salí corriendo de casa.
Encontré a papá.
Le supliqué que regresara.
Quizá porque llevaba mucho tiempo sin verme, papá parecía odiarme un poco menos.
Por primera vez…
me sonrió.
Dijo:
«Si te portas bien y haces caso, papá volverá a casa».
Acepté.
Mientras papá regresara…
haría lo que fuera.
De camino a casa vi un hermoso pastel detrás del escaparate de una tienda.
Yo sabía lo que era.
Era algo que todos los niños recibían durante sus cumpleaños.
Decían que sabía más dulce que los caramelos.
Que era más suave que el algodón.
Que sabía a amor.
Y que además permitía pedir un deseo que sin duda se haría realidad.
Quería probar el sabor del amor.
Y todavía más…
quería hacer realidad aquel deseo que llevaba escondido en lo más profundo de mi corazón.
Papá no se negó.
Solo apretó con más fuerza mi mano.
«A partir de ahora, tendrás muchísimos pasteles».
6
Mi décimo cumpleaños.
Por primera vez, mamá me arregló.
Incluso utilizó sobre mis labios aquel labial que ella misma casi nunca se permitía usar.
También me puso ropa nueva.
La niña que aparecía en el espejo era tan radiante…
Era la primera vez que me veía de aquella manera.
Sonreí.
Le di las gracias a mamá.
Pensé que cumplir diez años debía de ser algo importante.
Quizá aquel día por fin probaría el primer pastel de mi vida.
Papá abrió la puerta.
Trajo a muchas personas que podían celebrar mi cumpleaños conmigo.
Pensé que era la niña más feliz del mundo.
En mi primer cumpleaños de verdad…
tenía muchísimos invitados.
Tigres.
Leones.
Leopardos.
Halcones.
Todos aseguraban que eran buenos amigos de los conejos.
Pero cuando papá y mamá se marcharon…
me hicieron pedazos.
Claro.
Eran animales carnívoros.
¿Cómo iban a ser amigos de un conejo?
Ya no recuerdo cuánto lloré.
Solo recuerdo que, en el día que más había esperado de toda mi vida, nunca llegué a probar aquel pastel.
Pero…
por primera vez vi una sonrisa en los rostros de papá y mamá.
Me dijeron:
«Lo hiciste muy bien».
«De verdad eres una buena hija».
Creo que entonces encontré…
la forma de conseguir amor.
7
Me convertí en una obra de arte.
Me llamaban 【el Conejo】.
El Conejo pasaba de unas manos a otras.
Mientras alguien estuviera dispuesto a ofrecer a papá y mamá un precio que los dejara satisfechos, podía disponer de mí como quisiera.
Al principio solo adornaban mi cuerpo.
Después empezaron a dejar sobre él las marcas de los depredadores.
Poco a poco dejaron de conformarse con disfrutar de aquella «presa» en privado.
Comenzaron a instalar ojos dentro de mi habitación.
Y yo me convertí en una muñeca que cualquiera podía observar.
Poco a poco…
dejé incluso de necesitar salir de casa.
Solo tenía que quedarme para siempre dentro de mi habitación.
Mis cicatrices no disminuyeron por eso.
Las miradas procedentes de todas partes podían quemarme hasta atravesarme.
Papá y mamá me transmitían lo que querían de mí.
Me enseñaban cómo hacerme daño.
Una vez intenté resistirme.
Pero bastó un beso de mamá para que todas mis fuerzas desaparecieran.
Mis cicatrices nunca me traerían consuelo.
Porque para los depredadores…
eran trofeos.
Mi habitación se convirtió en una cuadrícula.
Y mi mundo empezó a ser decidido por los comentarios que aparecían de vez en cuando sobre ella.
Y mi peluche de conejo…
finalmente también terminó convertido en fragmentos que ya no podían volver a coserse.
8
Cada vez entraba más gente en la casa.
Y cada vez aparecían más cuadrículas.
Le daban un nombre a cada una.
A la mía la llamaron:
La habitación de Anna.
…
El diario terminaba allí de forma abrupta.
No había nada más.
Sin embargo, sobre la página podía verse la marca dejada por la punta de un bolígrafo.
Como si alguien hubiera querido empezar a escribir sobre el día siguiente.
Aquel punto parecía haber permanecido allí durante muchísimo tiempo.
Dudando.
Pero finalmente…
no apareció ninguna palabra después.
En la última página del diario descansaba silenciosamente una llave.
Cuando la voz de Li Wu se apagó, las expresiones de todos se volvieron sombrías.
Nie Wei mantuvo la cabeza baja.
No dijo una palabra.
Qiu Tong agarró con fuerza su propia ropa.
Chen Xi sostenía el espejo.
Su mano tembló ligeramente.
Nadie se dio cuenta de que las lágrimas prácticamente habían cubierto todo su rostro.
El reloj sonó.
Había amanecido.
Los cadáveres que llenaban la habitación desaparecieron por completo.
En su lugar quedaron innumerables peluches de conejo.
Estaban desgarrados.
Destrozados.
Hacía mucho tiempo que habían quedado más allá de cualquier posibilidad de reparación.
La villa tenía cuatro pisos.
Pero dentro de ella existían incontables Annas.
La Anna del primer piso conservaba la inocencia más primitiva.
La Anna del segundo piso empezaba a temer aquellas miradas capaces de hacerle daño.
La Anna del tercer piso…
ya se había convertido en fragmentos de conejo imposibles de reparar.
Una espesa niebla volvió a levantarse.
Dentro de aquella villa, incluso conseguir que entrara la luz del sol era un lujo.
Y quienes morían allí…
jamás conseguían encontrar el camino de regreso.
Era el sexto día desde que habían entrado en La habitación de Anna.
Opresión.
Muerte.
Miradas.
Para ellos, aquello era apenas la primera impresión que habían tenido de ese lugar.
Para Anna…
había sido su vida cotidiana, día tras día y noche tras noche.
Detrás de la puerta se escucharon los pasos de una niña.
Tarareaba una canción.
Se detuvo frente a la puerta del tercer piso.
Entre sus brazos llevaba un peluche de conejo cubierto de parches.
Entonces dijo:
«Bienvenidos a…»
«La habitación de Anna».

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Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela)
Capítulo 26
Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela) Capítulo 25
Estás leyendo el capítulo 25 de Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela), un novela. El primer día después de quedarse sin trabajo, una misteriosa aplicación aparece de la nada en el celular de Li Wu. Los trabajos que ofrece son fáciles y están demasiado bien pagados. A simple vista, una estafa de… Este capítulo tiene publicado el 26 de junio de 2026, Traducido por el grupo Bariubal116. Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela) tiene 195 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.