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Leer Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela) Capítulo 163 online gratis en español

🏴 Grupo: Bariubal116✍️ Traducción: Bariubal116
【Nie Wei】 Soy una cobarde. Una cobarde en todo el sentido de la palabra. Vine aquí... Para expiar mi culpa. Ya fuera participando en peleas clandestinas, entrando a los 【Trabajos】 o haciendo cualquier otra cosa en mi vida, todo lo que hacía tenía un único propósito. Huir. El hombre al que llamaba papá no era realmente mi padre. No teníamos ningún parentesco de sangre. Todos lo llamábamos el Viejo. Era un desgraciado. Bebía, se iba de putas, apostaba, maltrataba a su familia, mataba gente, provocaba incendios... Prácticamente no había cosa horrible que no hubiera hecho. Pero para mí eso no era necesariamente malo. Después de todo, mi forma de sobrevivir consistía en depender de alguien más. Hasta para comer, beber e ir al baño dependía de aquel desgraciado. ¿Qué clase de buena persona podía ser yo? Desde que tenía edad para ir a la primaria, ya robaba, asaltaba y estafaba. No hacía falta tener demasiadas habilidades ni un talento extraordinario. Bastaba con no tener conciencia. Y correr rápido. Yo siempre era la que corría más rápido. Porque no quería que me golpearan. Si alguien me atrapaba y me daba una paliza, eso solo significaba problemas para el Viejo. Y entonces el Viejo también me golpeaba. Toda mi infancia transcurrió entre golpes. Siempre digo que apenas tengo estudios de primaria. La verdad es que les mentí. Nunca fui a la escuela. Solo había visto cómo era ir a clases. Mochilas bonitas, uniformes bonitos, amigos con quienes conversar, padres a quienes contarles lo que uno sentía... Nada del otro mundo. En serio. No les tenía ni un poquito de envidia. Cada vez que regresaba a casa, podía ver a los niños salir de la primaria... Bueno, si a aquel lugar podía llamarlo «casa». Éramos ocho hermanos y hermanas. Ninguno tenía nombre. Como yo era la mayor, todos me llamaban Jefa. De una guarida de ladrones solo podían salir más ladrones. Los ocho robábamos. Algunos incluso habían terminado con brazos o piernas rotas porque no corrían lo suficientemente rápido. No me daban lástima. Tampoco tenía derecho a sentir lástima por ellos. ¿Qué había que lamentar por un montón de desgraciados? Quizá en un par de años alguien nos mataría a golpes. O quizá, cuando tuviéramos edad suficiente para que la ley dejara de protegernos como menores, terminaríamos encerrados en una comisaría. De cualquier manera, unas vidas miserables como las nuestras no durarían demasiado. Eso era lo que pensaba. Hasta yo me preguntaba... ¿Para qué demonios seguíamos vivos? Una tarde, cuando tenía trece años, llegó otra hermanita. Ella era diferente. Tenía nombre. El Viejo la llamaba Nie Yao. Nie Yao era pequeña, pero tenía un carácter increíblemente terco. El Viejo me ordenó enseñarle las reglas de nuestro oficio. No darle comida. No darle agua. No darle ropa. No dejarla dormir. Golpearla, insultarla e incluso hundirle la cabeza en el agua. Pero ella no soltaba ni un quejido. Siempre nos insultaba, diciendo que éramos una banda de traficantes de personas y unos miserables. Se negaba a robar o asaltar. Así que el Viejo me golpeaba todos los días. La verdad es que yo había desarrollado una piel bastante dura desde pequeña. No le tenía miedo a sus golpes. Después de todo, el Viejo nunca llegaba al extremo de matarme. Mientras siguiera viva, bastaba. Y si moría, tampoco importaba demasiado. Pero aquella noche, Nie Yao vino llorando a pedirme perdón. Se pasó toda la noche disculpándose conmigo. Toda la noche... ¿Cómo había aguantado tanto? ¿No le daba sed? En fin, cuando por fin se calló, ya había amanecido. Tenía que salir a robar. Nie Yao se dio cuenta y me preguntó si no podía quedarme. ¿Lo ven? Tanto disculparse le había terminado dañando el cerebro. Al final, decidió acompañarme. Dijo que tenía miedo de que volvieran a golpearme. Lo pensé un momento. Bueno, qué más daba. Que hiciera lo que quisiera. Y así fue como terminamos formando equipo. Ella corría lento. De vez en cuando recibía una paliza. Yo no podía llamar a la policía ni pedir ayuda. Solo podía esperar a que terminaran de golpearla, llevármela de regreso y ponerle medicina en las heridas. Un día, mientras le curaba los golpes, me preguntó cómo me llamaba. Le dije que no tenía nombre. Entonces me pidió que eligiera uno. Lo pensé durante muchísimo tiempo. Finalmente le dije: «Me llamo Nie Wei. El wei de “insignificante”». El Viejo siempre nos insultaba así. Decía que éramos un montón de seres insignificantes y que por eso habíamos terminado en sus manos. Ni siquiera había aparecido nadie dispuesto a pagarle para recuperarnos. Pero a Nie Yao no le gustó. «¡No puedes llamarte así! ¿Qué tal si usas el wei de “rosa silvestre”? ¡Las rosas silvestres son flores muy bonitas!» Parecía bastante satisfecha con su ocurrencia. ¿Qué diferencia había entre el wei de «rosa silvestre» y el de «insignificante»? ¿Acaso no se pronunciaban exactamente igual? Además, ni siquiera estaba segura de que Nie Yao hubiera visto alguna vez una rosa silvestre. En nuestra casa nunca florecía nada. Pero parecía encantada con el nombre que había elegido. Así que lo dejamos así. Al fin y al cabo, todos los demás seguían llamándome Jefa. Solo ella me llamaba Nie Wei. Y desde entonces comenzó a seguirme a todas partes, repitiendo mi nombre sin descanso. «¡Nie Wei! ¡Nie Wei! ¡Nie Wei!» Cuando terminaba hartándome, le decía que se largara. Pero ella siempre volvía a pegarse a mí con una sonrisa. «¡Suena muy bonito! Las rosas silvestres son preciosas, igual que tú». ¿Eran bonitas aquellas flores? No lo sabía. Pero seguramente no tanto como Nie Yao. Cuando se lavaba la cara, Nie Yao era la niña más bonita del mundo. Más bonita que cualquiera de las niñas que había visto frente a la primaria. Una vez le pregunté: «¿Extrañas tu casa?» Nie Yao dijo que sí. Entonces le respondí: «Pues yo te llevaré de regreso». No tenía idea de dónde vivía. Ni siquiera ella sabía explicarlo. Pero Nie Yao era demasiado tonta. No duraría mucho en aquel lugar. Tenía que sacarla de allí. Nie Yao tenía miedo. Le dije que no pasaba nada. Con los quinientos yuanes que había conseguido esconder durante cinco años, compré dos boletos de autobús. Tenía que llevarla muy lejos. Pero cuando encontramos el autobús que nos sacaría de allí, el Viejo ya estaba sentado adentro, esperándome. Alguien nos había delatado. El Viejo no dijo una sola palabra. Nunca había visto una expresión tan aterradora. Cuando regresamos a casa, nos obligó a arrodillarnos. Me preguntó si Nie Yao me había convencido de escapar. No respondí. No me atreví. Fue entonces cuando comprendí lo indefensa que podía sentirse una persona frente a la muerte. Y también recordaré durante toda mi vida la expresión de Nie Yao. La forma en que me miró. Aquel día, la golpearon hasta dejarla medio muerta. Quedó tirada en el suelo, incapaz de mover un solo músculo. Solo podía mover los ojos. No me atreví a acercarme a ella. Ni siquiera me atrevía a quedarme a su lado. La evitaba. Pero los nueve hermanos dormíamos en la misma habitación diminuta. Y sus ojos no dejaban de seguirme. La noche siguiente, el Viejo mandó a todos los demás a otro lugar. No permitió que nadie se quedara. Me escondió dentro de un armario. Dejó a Nie Yao sola en la habitación. El Viejo me dijo que podía salir cuando quisiera. Pero que debía tener muy claro cuál sería el precio de hacerlo. Nie Yao sabía que yo estaba dentro del armario. No dijo nada. Yo tampoco. Permanecimos así hasta que, no sé cuánto tiempo después, entró un grupo de hombres. Los conocía. Eran los acreedores a quienes el Viejo les debía dinero por sus apuestas. El Viejo les había vendido a Nie Yao. La había vendido a aquellos hombres. Aquel día, escondida dentro del armario, lo vi todo. Me repetía desesperadamente que tenía que salir. Tenía que salir. ¡Tenía que salvar a Nie Yao! Ella todavía estaba herida. Ni siquiera podía moverse. Pero no me atreví. Las piernas me temblaban tanto que apenas podía sostenerme. Además... ¿De qué serviría que saliera? Así que me quedé mirando. Me tapé la boca con las manos para no hacer ningún ruido. Me quedé mirando mientras los ojos de Nie Yao permanecían clavados en mí. En el armario donde me escondía. Vi sangre. Mucha, muchísima sangre. Era la sangre de Nie Yao. ... No sé cuánto tiempo pasó. Cuando volví a darme cuenta de dónde estaba, había llegado a la comisaría. Resultó que el Viejo había planeado escapar aquella misma noche. Había vendido a todos mis hermanos y hermanas. Nos dejó a Nie Yao y a mí como señuelo para cubrir su huida y, de paso, implicar a sus acreedores en el crimen. No recuerdo qué me preguntaron los policías. Me arrodillé. Golpeé mi frente contra el suelo. Les entregué los treinta y cuatro yuanes que me quedaban. Todo el dinero que tenía. Les supliqué que salvaran a alguien. Por favor, salven a Nie Yao. Ella solo es una tonta. Por favor, salven a Nie Yao. Todo fue culpa mía. Mi cobardía y mi costumbre de huir hicieron que la lastimaran una y otra vez. Por favor, salven a Nie Yao. Ya no me queda nada. Pero treinta y cuatro yuanes no alcanzaban ni para salvarle la vida a un perro. ¿Cómo iban a alcanzar para salvar a Nie Yao? Cuando me llevaron a verla, los médicos ya estaban intentando reanimarla. Con el poco aliento que le quedaba, me dijo: «Hermana mayor, no sigas haciendo cosas malas. Tarde o temprano recibirás tu castigo». Quien hace cosas malas termina recibiendo su castigo. Pero entonces... ¿Por qué eras tú la que estaba sobre una mesa de operaciones, luchando por sobrevivir? ¿Por qué eras tú la que había terminado en estado vegetativo? ¡¡¿POR QUÉ?!! ¿No debería haber recibido yo ese castigo? ¿No debería ser yo quien estuviera acostada allí? Mi lugar estaba en el infierno. Pero todavía no podía ir. Tenía que salvar a Nie Yao. Sin Nie Yao... Yo seguía siendo aquel wei de «insignificante». Una cobarde que solo sabía huir. ... Nie Wei había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba peleando. Cuando recuperó la conciencia, ya no podía mover ninguna parte de su cuerpo. Solo sus ojos seguían respondiendo. Las lágrimas resbalaron por ambos lados de su rostro hasta mezclarse con la tierra. Así que esto es lo que se siente cuando te golpean hasta dejarte así. Nie Yao... Ya no hago cosas malas. «Voy a reunirme contigo... para pagar por haberte fallado».
Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela)

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Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela) Capítulo 163

Estás leyendo el capítulo 163 de Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela), un novela. El primer día después de quedarse sin trabajo, una misteriosa aplicación aparece de la nada en el celular de Li Wu. Los trabajos que ofrece son fáciles y están demasiado bien pagados. A simple vista, una estafa de… Este capítulo tiene publicado el 14 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Bariubal116. Hola, jefe Espeluznante—estoy aquí para trabajar (Novela) tiene 170 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.