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Leer Evolución Rota (Novela) Capítulo 12 online gratis en español

![](/api/get-image/66e936ae-0ceb-40d8-86bd-96f88cd69fdb.webp/chapters/false) Un estruendo ensordecedor retumbó en el aire. El vehículo que iba delante de ellos se detuvo bruscamente; sus luces de freno se encendieron como ojos rojos de pánico. Un instante después, varios policías armados irrumpieron en la calle, persiguiendo una marea gris de ratas mutadas que se extendía por el asfalto. Los tres vehículos se separaron de la caravana de autos, quedando aislados en medio de la ciudad infestada. Los agentes, con el rostro endurecido por la tensión, despejaron del camino los cadáveres de las ratas abatidas y les hicieron una señal para que avanzaran. El conductor pisó el acelerador y el autobús se lanzó hacia adelante a una velocidad imprudente. Demasiado rápido. Al llegar a una curva en medio del caos urbano, el vehículo que iba delante dio un frenazo desesperado para esquivar una nueva oleada de ratas gigantes, pero la maniobra fue inútil. Con un chirrido metálico y un impacto brutal, el auto se estrelló contra una casa, atravesando por completo una pared como si fuera de papel. El autobús de Alejandro frenó de golpe, y la inercia lo lanzó hacia adelante. Aunque logró esquivar el vehículo siniestrado, el impacto contra el enjambre de ratas gigantes bajo las ruedas fue inevitable. No fue un golpe devastador, pero el autobús se tambaleó violentamente, derrapando fuera de control. Antes de que el conductor pudiera recuperar el dominio del vehículo, el autobús que venía detrás se estrelló contra la parte trasera, empujándolos aún más contra una casa de dos pisos. Detrás de ellos, el tercer autobús volcó, dando varias vueltas sobre sí mismo, mientras el sonido de cristales rotos y carrocería retorciéndose perforaba el aire. Por un segundo, Alejandro sintió que la conciencia se le escapaba, como si un velo negro cubriera su visión. Por suerte, él y las tres mujeres habían mantenido los cinturones de seguridad abrochados en todo momento. Abrió los ojos y sacudió la cabeza para disipar el aturdimiento. Miró a Sofía y a las dos colegialas; estaban pálidas y aturdidas, pero conscientes y, milagrosamente, sin heridas graves. Se quitó el cinturón con un clic apresurado y se puso de pie. Su mirada recorrió el interior del autobús. Al menos tres personas estaban inconscientes, con sus cuerpos inertes entre los asientos destrozados. Una persona, que no llevaba el cinturón de seguridad, había salido despedida por la ventana delantera; su cuerpo sin vida se distinguía sobre el asfalto. El conductor también estaba muerto, con la cabeza apoyada sobre el volante destrozado. El resto de los pasajeros tenía heridas leves causadas por escombros y trozos de vidrio roto; sus gemidos llenaban el aire. Alejandro se asomó por la ventana trasera, que había quedado destrozada. El autobús volcado era un caos de metal retorcido y dolor humano. Algunas personas habían salido despedidas por las ventanas, y el pavimento estaba teñido de sangre. La escena era horrible, desoladora, y no había policías ni nadie cerca para ayudarlos. Tras desabrochar los cinturones de Sofía y de las colegialas, las tres mujeres se aferraron a él, llorando en estado de shock. Los gemidos de dolor resonaban por todo el vehículo mientras los pasajeros conscientes intentaban, con manos temblorosas, ayudar a los heridos. De repente, un sonido completamente extraño se escuchó. Del autobús volcado llegaban gritos pidiendo auxilio y maldiciones ahogadas, pero lo único que se acercaba eran varias ratas del tamaño de gatos adultos. Eran criaturas grotescas en comparación con las ratas normales: cuerpos grises y macizos, ojos completamente negros, desprovistos de cualquier brillo. Más allá de su tamaño, otra anomalía eran los grandes dientes que sobresalían de sus bocas, más parecidos a colmillos afilados que a simples incisivos. Poco a poco, las ratas mutadas se acercaban a los cuerpos inertes junto al autobús. Primero fue un pequeño grupo que, curiosamente, se aproximó a los cadáveres. Pero antes de que Alejandro pudiera siquiera contarlas, cientos de ratas surgieron de la nada, emergiendo de las sombras, y comenzaron a devorar los cuerpos con una ferocidad brutal. Algunas saltaron al interior del autobús volcado, y los gritos de terror se intensificaron, mezclándose con el sonido húmedo de la carne desgarrándose. Eso solo atrajo a más ratas, que rápidamente invadieron el vehículo para darse un festín. Todo el mundo en el autobús de Alejandro quedó en silencio, con los rostros completamente pálidos y los ojos fijos en aquella escena visceral. — ¡Ahhhh! — gritó alguien con una voz aguda al ver que un grupo de ratas, con sus ojos negros y depredadores, miraba directamente hacia el autobús estrellado contra la casa. Alejandro no se quedó paralizado. Tal vez fueron sus tres puntos en Fuerza de Voluntad los que le permitieron salir del shock y buscar rápidamente su mochila. Se la colocó, sacó la katana del tubo y ató la vaina a su cinturón. Sabía que, si las ratas entraban en el autobús, no tendría ninguna oportunidad de pelear con una espada tan larga en un espacio tan reducido. Pero tampoco tendría posibilidades si salía directamente a la calle rodeado por cientos de ellas. Tomó la mano de Sofía, cuyos dedos estaban fríos y temblorosos, y sujetó a las dos colegialas por la ropa, tirando de ellas con una fuerza que no sabía que tenía. En medio del pánico, hizo que Sofía bajara primero por una ventana rota que daba al interior de la casa. Luego, entre ambos, ayudaron a las dos niñas a descender, sus cuerpos chocando contra el marco. Alejandro volvió la vista hacia los demás pasajeros, pero todos permanecían petrificados, con la mirada fija en los ojos brillantes de las ratas que ya los habían detectado. Por un momento tuvo el impulso de gritarles que bajaran, de extenderles una mano, pero su mente le devolvió en un instante miles de posibilidades de terminar muriendo mientras intentaba ayudarlos. Apretó los puños. Su corazón martilleaba en el pecho. Sin decir una palabra más, saltó por la ventana. El sonido de los vidrios rotos resonó cuando sus botas aterrizaron suavemente sobre el suelo de la sala de estar, un desastre absoluto. En cuanto sus pies tocaron el piso, su mirada se desvió hacia una rata que acababa de salir de debajo del autobús, babeando con uno de sus colmillos sobresaliendo. Sin decir una sola palabra, antes siquiera de incorporarse por completo, desenvainó la espada con un silbido letal y, de un único tajo preciso, la partió por la mitad. Asesinaste: 1 Rata mutante / Rareza: Blanco / + 5 EXP Las tres mujeres solo alcanzaron a ver un destello cegador, seguido por una gigantesca salpicadura de sangre y vísceras que dejó un surco carmesí sobre la carrocería blanca del autobús y parte del techo. Las tres dieron dos pasos hacia atrás antes de gritar, con un sonido ahogado por el horror. Alejandro envainó la espada con rapidez, se incorporó, miró detrás de ellos y vio la cocina. Tomó del brazo a Sofía, que seguía en shock, y ordenó a las otras dos que lo siguieran. Su voz firme atravesó la niebla del miedo. La cocina estaba al fondo de la casa y, a un costado, tenía una escalera que conducía al segundo piso. Subieron de inmediato. Alejandro prácticamente arrastró a Sofía durante todo el trayecto; estaba pálida como la nieve y sus piernas flaqueaban. Las dos niñas, que no estaban mucho mejor, los seguían tropezando a cada paso, con sus pequeños cuerpos temblando. Cuando llegaron al segundo piso, se escucharon gritos pidiendo ayuda y maldiciones provenientes del autobús; las ratas ya estaban entrando para darse un festín, mientras los pasajeros luchaban desesperadamente contra las fauces de aquellas bestias. Un coro de agonía retumbaba por toda la casa. El segundo piso tenía varias habitaciones. Alejandro entró directamente en la que estaba al fondo. Cuando las tres mujeres estuvieron dentro, cerró la puerta y la bloqueó con una cama, un escritorio y un armario. La habitación no tenía ventanas ni otra salida, solo un baño. Mientras las dos colegialas abrazaban a Sofía, llorando desconsoladamente, Alejandro permanecía de pie en medio del cuarto, respirando lenta y profundamente. "¡RÁPIDO! ¡PIENSA! ¡Debe existir una forma de salir de esto! Las ratas no tardarán en seguir nuestro olor. La puerta de madera no resistirá y, una vez que exista una brecha, entrarán todas de golpe. ¡PIENSA, MALDITA SEA!" Alejandro abrió los ojos y fijó la vista en la pared de ladrillo. Se dio cuenta de que aún existía un camino. Sin dar explicaciones, dio un paso hacia la pared, concentró todo su impulso y fuerza en un solo golpe y, adoptando su mejor postura de boxeo, lanzó un puñetazo seco. Un sonido hueco retumbó en los oídos de todos. Las tres mujeres dejaron de llorar y contemplaron la espalda de Alejandro, con la mano ensangrentada. El golpe fue efectivo. La piel se le rasgó por el impacto, pero la pared se agrietó justo donde había golpeado. "¡VA A FUNCIONAR!" Sofía volvió en sí y preguntó sobresaltada: — ¿Estás bien? ¿Te lastimaste? Alejandro negó con la cabeza. — Estoy bien, no te preocupes. Les prometo que las protegeré y las llevaré a casa. Dio un paso atrás para tomar impulso y, antes de que Sofía pudiera preguntarle qué estaba haciendo, respiró hondo y comenzó a golpear la pared como si estuviera frente a su saco de boxeo. Cada impacto abría una nueva herida en la piel de sus manos, pero no le importó en lo más mínimo; la adrenalina había anestesiado por completo el dolor. Bastaron diez segundos de golpes continuos con todas sus fuerzas para que las grietas se extendieran y el primer ladrillo cediera, saliendo despedido hacia el otro lado. Por el pequeño agujero comenzó a entrar la luz del sol, una promesa de escape. Una vez abierta la primera brecha, Alejandro dio tres pasos atrás, cambió de postura y cargó contra la pared con una patada brutal. Una hilera de cuatro ladrillos salió despedida. Repitió el proceso una y otra vez, hasta que el agujero fue lo bastante grande para cruzar. Al otro lado había un tejado de cemento, con ropa tendida secándose al sol y al viento, un contraste surrealista con el horror que acababan de dejar atrás. Alejandro respiraba con dificultad mientras contemplaba el agujero. Su rostro, cuello y brazos estaban bañados en sudor, y sus puños, ahora entumecidos y enrojecidos, sangraban. Su figura de espaldas, con la katana atada a la cintura y la luz del sol abriéndose paso frente a él, quedó grabada como una pintura imborrable en las retinas de las tres mujeres que lo observaban en silencio, un héroe forjado en la adversidad. Él se dio la vuelta, las miró y, con una sonrisa tranquilizadora, dijo: — Vámonos. Las tres asintieron, con los ojos llenos de una mezcla de alivio y asombro, y lo siguieron, cruzando el agujero en la pared hacia un futuro incierto. Los disparos resonaban de fondo, provenientes de todas las direcciones; la policía seguía exterminando las ratas sin piedad. Alejandro y las chicas saltaron de tejado en tejado hasta encontrar una terraza con una puerta abierta. Los cuatro se alegraron y bajaron la escalera lentamente, sin decir una palabra. No hacía falta pedir silencio; el miedo y el nerviosismo los hacían avanzar sin llamar la atención. Alejandro iba al frente del grupo mientras recorrían la casa. Todo parecía despejado en el segundo piso, pero cuando llegaron al primero encontraron cuatro ratas gruñendo mientras roían los huesos de un anciano que había olvidado cerrar la puerta de la terraza. Las ratas, con sus ojos negros y hambrientos, volvieron la vista hacia el grupo. Alejandro no dudó ni un segundo. Saltó hacia ellas y desenvainó la katana en un instante. Eliminó una por una a las cuatro ratas con golpes precisos y letales. Sus nueve puntos en Manejo de Armas Blancas guiaban subconscientemente cada corte con precisión, pero su falta de experiencia y el pánico hacían que empleara demasiada fuerza en cada ataque. Cada tajo era una explosión de violencia que aumentaba la fatiga de sus músculos. \* Asesinaste: 4 Rata mutante / Rareza: Blanco / + 20 EXP Las mujeres se taparon la boca al ver el cuerpo mutilado. Las dos colegialas vomitaron, y Sofía palideció mientras intentaba mirar hacia otro lado; las náuseas le revolvían el estómago. — Este lugar no es seguro, vámonos — ordenó Alejandro. Aunque se encerraran en aquella casa, el olor a muerte podría atraer a más ratas. Abrió la puerta que daba a la calle, y las tres mujeres lo siguieron sin dudar. Tenían miedo, pero Alejandro había demostrado una fuerza y una determinación dignas de una confianza ciega. En ese punto, lo seguirían sin importar qué.
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Evolución Rota (Novela) Capítulo 12

Estás leyendo el capítulo 12 de Evolución Rota (Novela), un novela. El mundo cambió para siempre el día en que la naturaleza se rebelaron. Plantas y animales comenzaron a mutar en depredadores imposibles, convirtiéndose en monstruos gigantes con habilidades sobrenaturales. Plantas que… Este capítulo tiene publicado el 16 de agosto de 2026. Evolución Rota (Novela) tiene 30 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.