Leer Evolución Rota (Novela) Capítulo 11 online gratis en español

Cuando llegó la hora de partir, Alejandro y Sofía estaban listos. Todas las maletas y cajas pesadas ya habían sido enviadas el día anterior. Alejandro solo cargaba un morral, y ambos salieron del apartamento para tomar un taxi hacia la terminal de autobuses.
— ¿Por qué llevas ese tubo de plástico? ¿Qué hay dentro? — preguntó Sofía, mirando el objeto amarrado a su mochila, con la curiosidad brillando en los ojos.
— Oh, es una obra de arte — respondió Alejandro con una sonrisa enigmática, jugando con el misterio.
— En realidad, no necesitas comprar nada para mis padres, podrían tener una idea equivocada — dijo ella con un tono resignado. Al parecer, había malinterpretado a Alejandro. Si él llevaba consigo un regalo, sabía que sus padres no creerían ninguna explicación que les diera.
— Creo que eres tú la que tiene una idea equivocada. Esto no es un regalo. Me olvidé de comprarles uno a mis suegros. ¡Podemos comprar algo en la terminal de autobuses! — dijo con una sonrisa burlona, disfrutando de su confusión.
— ¡Por favor, no! Mi madre me molestará con eso durante meses. — Sofía bufó, exasperada, mientras hacía un lindo puchero.
— ¿Van a ir a casa de tus padres? ¿Y las flores? Estoy seguro de que con eso te ganarías el corazón de tu futura suegra — el taxista se unió a la conversación con un aire divertido.
Las mejillas de Sofía se tiñeron de rosa mientras hacía un puchero y fulminaba con la mirada a Alejandro.
— En realidad, solo somos amigos. Por eso estaba preocupada — explicó Alejandro, disipando la tensión al notar el rubor en sus mejillas.
— Oh, ya veo. Mi esposa y yo nos tratábamos así, y al final nos casamos. De todos modos, ¿a dónde se dirigen? — preguntó el conductor con una sonrisa nostálgica.
— Vamos hasta Popayán — dijo Alejandro, mirando por la ventana la agitada ciudad.
— Tendrán que pasar por Santander de Quilichao. Acabo de escuchar en la radio que están teniendo problemas con una infestación de ratas — afirmó el conductor. Su tono se volvió más serio.
— Odio las ratas — dijo Sofía con una expresión de susto, mientras un escalofrío recorría su cuerpo.
— Por lo que escuché, están siendo un problema serio. Parece que algo las espantó en el bosque y obligó a miles de ellas a bajar. El problema es su tamaño; según dijeron, son del tamaño de un gato.
— He visto en las noticias que hay problemas con los animales en las carreteras, pero no me esperaba una infestación de ratas en un pueblo — dijo Alejandro, temiendo que fuera una serpiente mutada la que estuviera desplazándolas de su territorio, una conexión inquietante.
— Ni lo diga. Todo el mundo está teniendo dificultades en las carreteras. Se siente como si el fin del mundo estuviera llegando, y el gobierno sigue estancado discutiendo qué hacer. Si me pregunta, todo el mundo debería tener un arma para defenderse.
— Estoy preocupada por mis padres. Eso queda a una hora de Popayán. Los llamaré para preguntarles cómo están. — Sofía sacó rápidamente su teléfono y marcó.
— Hola, mamá. ¿Tú y papá están bien? Oh, nada especial, solo quería comprobarlo. Tomaré el autobús de las 10:00 a. m.; deberíamos estar en casa a las 2:00 p. m. Voy a ir con Alejandro, mi compañero de apartamento... ¡No, mamá, deja de decir tonterías! ¡No es lo que estás pensando! ¡Ay, mamá! Muy bien, entonces voy a colgar.
Sofía terminó la llamada. Parecía aliviada, enojada y sonrojada al mismo tiempo, una mezcla de emociones.
— Ambos están bien. Parece que no está pasando nada en Popayán. Un ataque de roedores no es nada, ¿verdad? — preguntó Sofía, buscando consuelo.
— Solo son ratas, no te preocupes — pensó Alejandro después de tranquilizarla. “Tuve un mal presentimiento. Sabía que una Misión de Nivel E no sería tan fácil de manejar.”
Los dos llegaron a la terminal de autobuses. Por suerte, nadie hizo preguntas ni pidió revisar el equipaje de Alejandro. En caso de que la policía preguntará por la katana, diría que era un regalo decorativo. Si ponían demasiados problemas, solo les pagaría un soborno y seguramente harían la vista gorda, aunque era mejor que nadie lo requisara.
Sofía y Alejandro compraron papas fritas y gaseosas para el camino. Mientras esperaban a que llegara el autobús, charlaron un rato. Cuando por fin llegó, subieron, pero Alejandro notó que tenía abolladuras en el parachoques delantero y varios raspones en los costados. Al fijarse en los demás autobuses de la terminal, vio que todos estaban en condiciones similares, como si hubieran pasado por la misma batalla.
Ambos se sentaron en los asientos de la parte trasera.
— Vamos con media hora de retraso. Eso no es puntual en absoluto — se quejó Sofía, frunciendo el ceño.
— Está bien. Lo importante es que lleguemos a nuestro destino — la consoló Alejandro con una voz tranquila.
Alejandro miró a su alrededor. Todos los pasajeros parecían asustados. Cuando los escuchó hablar mientras el autobús arrancaba, entendió por qué: al parecer, en varias ocasiones el conductor había estado a punto de atropellar animales en la carretera, y cada frenazo les provocaba una punzada de terror.
En los asientos contiguos viajaban dos chicas que parecían colegialas de unos quince o dieciséis años. Naturalmente, les prestó atención. Una de ellas estaba un poco pálida, mientras la otra la consolaba acariciándole el brazo. La curiosidad y la necesidad de obtener más información lo llevaron a preguntarles qué había sucedido.
— Disculpen, no quiero molestarlas, pero veo que el ambiente en el bus es un poco sombrío. ¿Ocurrió algo malo? — preguntó Alejandro con una sonrisa casual, pero seria, invitándolas a hablar.
La chica que consolaba a la menor de las dos lo miró antes de responder:
— Un gran grupo de pájaros apareció de la nada y venía directo hacia nosotros. Fue una suerte que el chofer frenara a tiempo, pero el carro que iba a nuestro lado no reaccionó. Los pájaros chocaron contra el parabrisas, el auto se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol.
— ¿Un gran grupo? ¿Qué tan grande? — preguntó Alejandro, con un matiz de incredulidad en la voz.
— De pronto el cielo se oscureció. Cuando levanté la vista, había tantos pájaros que cubrían el sol. Por suerte, pasaron muy rápido, pero parecía una ola gigante. Si no fuera por nuestro chofer, nos habríamos estrellado igual que la gente del carro que no alcanzó a frenar.
— Parece que tenemos suerte de tener un buen conductor. Estoy seguro de que, después de ese susto, será aún más precavido. No se preocupen — intentó consolarlas. Después les agradeció por la información; la realidad ya era más extraña que la ficción.
Sofía se puso pálida al escuchar la conversación y agarró un brazo de Alejandro, apretándolo contra su pecho.
— ¿Ves? Te dije que había demasiados accidentes últimamente.
— No te preocupes. Si algo pasa, estaremos bien mientras llevemos puestos los cinturones de seguridad — dijo Alejandro mientras observaba por la ventana que el autobús por fin había abandonado la ciudad.
Su destino estaba a menos de cuatro horas de viaje. Ya había recorrido esa ruta antes, y el paisaje siempre era el mismo: a ambos lados de la carretera se extendía un mar de cultivos de caña de azúcar y otros sembrados. La zona era un valle; sus tierras siempre habían sido excelentes para el cultivo a gran escala, y la producción de azúcar bastaba para abastecer al país y exportar a otras naciones.
Sin embargo, en esta ocasión los cultivos eran mucho más altos. Aunque la carretera estaba por encima de ellos, en algunos tramos apenas se podía ver unos metros más allá; el muro verde se alzaba imponente. La producción era muy abundante debido al crecimiento anormal de las plantas. Los países tenían sobreproducción, pero también enfrentaban problemas con la maleza y las plagas. Como consecuencia, la mano de obra se había triplicado, elevando un poco el precio de los alimentos cultivados. Los científicos no habían encontrado problemas en consumir productos con crecimiento anormal, pero muchos seguían temiendo algún tipo de contaminación, una sombra de duda sobre aquella prosperidad.
Cuando dejaron atrás la zona de cultivos, Alejandro vio por la ventana numerosos animales atropellados en la carretera. También notó que gran parte del terreno que rodeaba los sembrados y la vía había sido quemado. Había trabajadores dispersos prendiendo fuego a la maleza a lo largo del camino, mientras columnas de humo se elevaban en el horizonte.
— ¿Ves eso? Porque el gobierno ordenó quemar las zonas alrededor de las carreteras, los universitarios se empeñan en hacer protestas — replicó Sofía con una expresión de enojo; su frustración era palpable.
— Al menos yo lo veo muy útil. Si ahora hay tantos animales atropellados en la carretera, no me imagino cómo sería si no estuvieran quemando la maleza.
Mientras disfrutaba de la cercanía de Sofía contra su brazo, Alejandro pensó en silencio: “Nadie puede predecir la eficacia de esas medidas, pero la agresividad del gobierno es contundente. Como me dijo Valentina, parece que saben que algo malo va a pasar.”
Habían pasado dos horas. A excepción de un par de vehículos varados a un costado de la carretera por culpa de animales atropellados, no hubo mayores contratiempos. Sin embargo, ya se estaban acercando a la ciudad afectada por la invasión de ratas.
Antes de entrar en la ciudad, un trancón los detuvo durante cuarenta minutos. Se escuchaban disparos a lo lejos, pero el conductor tranquilizó a todos diciendo que la policía estaba lidiando con las ratas. Al parecer, mantenía contacto con otro conductor que había pasado antes y le había explicado que las autoridades retenían los vehículos antes de entrar a la ciudad y los dejaban pasar por oleadas. La espera era tensa, interrumpida únicamente por el sonido distante de la batalla.
Durante ese tiempo, lo único que pudieron hacer para calmarse fue comer las papas fritas que habían comprado. Como las dos colegialas los miraban con hambre, Alejandro les compartió un par de paquetes, y los cuatro conversaron durante toda la espera, forjando una pequeña conexión en medio de la incertidumbre. Cuando por fin el autobús comenzó a avanzar, todos los pasajeros miraron por las ventanas. Había columnas de humo tanto en las afueras como dentro de la ciudad.
Cuando pasaron el puesto de control, la policía solo permitió el paso del autobús que iba detrás de ellos y volvió a cerrar la vía. Todos los pasajeros reaccionaron con sobresalto al ver montones de ratas del tamaño de un gato siendo incineradas por policías a ambos lados de la carretera. El aire estaba impregnado del olor acre de la carne quemada. El autobús fue ganando velocidad mientras entraba en la ciudad, con todas las puertas y ventanas cerradas. Había cientos de ratas muertas por todas partes; las calles estaban cubiertas de sangre y las paredes de las casas tenían salpicaduras por todos lados, haciendo que el paisaje pareciera sacado de una película de terror.
Sofía agarró el brazo derecho de Alejandro mientras temblaba. A su otro lado, las colegialas con las que habían hablado se acurrucaron contra su brazo izquierdo. Las tres mujeres estaban aterrorizadas. Incluso un par de personas dentro del autobús vomitaron; el pánico era contagioso. No había cadáveres humanos, solo policías por todas partes empuñando fusiles automáticos.
La policía de Colombia, gracias a más de sesenta años de guerra contra las guerrillas y el narcotráfico, era considerada un segundo ejército, pues disponía de suficiente armamento de largo alcance como para enfrentarse a cualquier ejército convencional del mundo, y todos sus agentes estaban entrenados en el manejo de esas armas. Era una ventaja que los países pacifistas no tenían, pero que, en momentos como ese, todos habrían querido poseer.
Aunque todo el autobús estaba en pánico, Alejandro sintió una gran paz mental mientras cada uno de sus brazos estaba envuelto entre los pechos de una mujer y sus manos descansaban entre las piernas de ambas, que llevaban faldas cortas.
“No me importa estar en el infierno mientras esté rodeado de mujeres lindas” pensó descaradamente, ignorando el caos a su alrededor con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
Nota, como les he dicho soy de colombia, en concreto vivo en el valle del cauca donde pasó lo del terremoto, en mi patreon explique lo que me paso en una publicación pública, pero en resumen se me daño un poco la pc, mi casa esta bien pero por fallas en la energía estuve estos días sin poder publicar nada. recien retomo las publicaciones.

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