Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 63 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
La noche había envuelto por completo la capital, pero el barrio estudiantil no tenía intención de calmarse.
Como siempre, el ambiente estaba lleno de voces y música, y dentro de las residencias estudiantiles, los alumnos no daban señales de calmarse. En algunos lugares, se desataban discusiones; en otros, la gente estudiaba; y en otros, las tazas ya resonaban ruidosamente contra las mesas. Pero hoy, entre todo ese bullicio familiar, se percibía algo diferente.
En la pequeña plaza cercana a la taberna estudiantil, había menos risas y más tensión.
Y había una razón específica para ello.
Justo en el centro de la plaza había varias mesas juntas, donde Valkeris descansaba con su séquito. Su presencia atraía inmediatamente todas las miradas, captando la atención de quienes los rodeaban e influyendo inconscientemente en su comportamiento.
A su izquierda se sentaba el Supervisor Malzir. Estaba recostado perezosamente contra el respaldo de su silla, arreglándose de vez en cuando el cabello grasiento, mientras su mirada ebria y lasciva recorría a las estudiantes que pasaban. Al notarlo, ellas intentaban acelerar el paso, apartar la mirada o fingir estar completamente absortas en una conversación; cualquier cosa con tal de evitar su mirada.
Aiden estaba sentado a la derecha de Valkeris.
Se mantenía erguido, pero su actitud era tensa, como si no estuviera simplemente sentado a su lado, sino desempeñando un papel asignado. De vez en cuando, decía algo, inclinándose hacia él, como si informara a su amo de lo que sucedía a su alrededor, mientras observaba atentamente su reacción.
Valkeris dejó escapar una risa de satisfacción, recostándose perezosamente en su silla antes de alzar su copa.
—¡Oye, músico! —le gritó al chico del instrumento de cuerda—. ¡Toca algo más alegre!
Sin esperar respuesta, dirigió su mirada hacia los estudiantes que lo rodeaban y, entrecerrando los ojos, añadió con clara irritación: "¿Por qué tienen esa cara de enfado? ¡Sonrían y ríanse, o me arruinarán el humor!".
Su grito resonó por toda la plaza.
Varios estudiantes se sobresaltaron, algunos se quedaron paralizados por un segundo, pero casi de inmediato, una reacción tensa cruzó sus rostros: la gente comenzó a sonreír apresuradamente, a intercambiar miradas y a fingir que hablaban, como si nada les preocupara.
Los músicos, reprimiendo claramente su inquietud, cambiaron de inmediato la melodía. Los sonidos se volvieron más rápidos y agudos, el ritmo más animado, como si impulsaran a la fuerza el ambiente hacia la alegría.
Valkeris sonrió con satisfacción mientras daba un sorbo.
“Los provincianos ni siquiera saben relajarse como es debido…”
Malzir, a su lado, se lamió los labios sin apartar la vista de las chicas que pasaban y añadió con pereza: «Esa basura solo sirve para el frente y para la cama…»
Mientras tanto, Aiden negó con la cabeza, una leve sombra cruzó su rostro, pero, con el mismo tono obediente, dijo: "No puedo creer que yo también sea un provinciano... Qué lamentable".
Valkeris le dirigió a Aiden una breve mirada, con un destello de arrogancia en los ojos, pero aun así asintió, como si aprobara sus palabras.
—Sírveme bien y algún día recibirás la sangre de la Rama Imperial —dijo con calma—. Entonces tu sangre impura dejará de ser un problema.
Las palabras resonaron con fuerza, pero Aiden, por el contrario, pareció cobrar vida.
Sus ojos se iluminaron y una sonrisa casi extasiada apareció en su rostro.
«¡El dios de la sangre y la guerra me ha bendecido de verdad!», exclamó rápidamente. «Conocerte, Valkeris, es lo mejor que me ha pasado en la vida».
Valkeris simplemente asintió con satisfacción, dándolo por sentado.
En ese momento, uno de los lacayos que estaba cerca se inclinó y dijo en voz baja: "Escucha, Valkeris... querías pasar esta noche de una manera especial..."
Por un instante, Valkeris se quedó paralizado, como si recordara algo, y luego una lenta sonrisa se dibujó en sus labios.
“Ah, cierto…”
Giró la cabeza hacia Malzir, y su mirada se agudizó.
“¿Dónde has metido a los salvajes recién llegados, Malzir?”
El hombre soltó una risita, claramente satisfecho consigo mismo, y, lamiéndose los labios, respondió: «En el destartalado Dormitorio Catorce. Justo el lugar para ellos».
—¿Decimocuarta? —murmuró Valkeris pensativo, ladeando ligeramente la cabeza, y luego una sonrisa burlona se dibujó en sus labios—. Espera… ¿no es ese el nuevo nido de esa belleza testaruda?
Malzir se animó de inmediato y asintió rápidamente, claramente satisfecho de que su plan hubiera sido descubierto.
—Exacto —confirmó con una sonrisa—. Pero desde que la instalé en la Residencia Decimocuarta, se ha estado escapando. Dicen que quiere irse a la ciudad cuanto antes.
Ante esas palabras, la sonrisa de Valkeris se amplió, dejando ver una clara picardía en su expresión.
Se levantó lentamente de detrás de la mesa, dejó su vaso a un lado y, riendo entre dientes, dijo: «Vamos. Quiero saludar tanto a conocidos nuevos como a viejos conocidos…»
Aiden y los demás se levantaron inmediatamente y lo siguieron, sin hacer preguntas innecesarias.
Valkeris ya avanzaba sin mirar atrás, gritando por encima del hombro a los estudiantes más cercanos: "¡Eh! ¡Ayúdenme a llevar el alcohol y los bocadillos!"
Se sobresaltaron como si hubieran sido golpeados y se apresuraron a la mesa sin demora. Varias personas comenzaron de inmediato a recoger botellas, platos y bandejas, tratando de moverse más rápido, como si su propio bienestar dependiera de ello.
Desde fuera, parecía menos un trabajo de ayuda y más el de sirvientes.
✦ ✦ ✦
En ese preciso instante, dentro del Decimocuarto Dormitorio, en una de las habitaciones, tres chicas estaban sentadas alrededor de una sencilla mesa de madera.
Violeta, Roselle y Lissandra.
Violet estaba sentada en el centro, ligeramente inclinada sobre el pergamino, trazando con cuidado finas líneas con tinta. Sus movimientos eran seguros y fluidos, como si repitiera un patrón que dominaba desde hacía mucho tiempo.
—Mira, Roselle —dijo con calma, sin apartar la vista de su trabajo—. El rizo inferior izquierdo debe ser liso, con una ligera curva al final. El tuyo sale como una línea recta…
Roselle se sentó a su lado, sujetando la pluma de cristal con más fuerza de la necesaria, y miró su pergamino con irritación.
Lissandra, observando desde un lado, bajó la mirada hacia sus propias notas y, murmurando algo en voz baja, comenzó a cotejar sus líneas con ellas, como si temiera cometer un error.
Mientras tanto, Roselle se rascó la nuca, dejando una mancha de tinta, y exhaló con irritación: "¿Por qué es tan difícil aprender este estúpido idioma?".
Violet solo esbozó una sonrisa contenida, levantó brevemente la vista de su trabajo y respondió con más suavidad, casi como una instrucción: «No te preocupes. El principio siempre es lo más difícil. Una vez que aprendamos lo básico, será más fácil».
Lissandra dudó un instante, pero aun así añadió en voz baja, sin alzar la vista: "Creo que... en realidad tenemos suerte...".
Violet y Roselle se volvieron hacia ella al mismo tiempo, y la repentina atención hizo que Lissandra se estremeciera.
Sus mejillas se sonrojaron al instante y se apresuró a explicar, tropezando con las palabras: «Quiero decir que… parte de nuestra lengua materna es similar a la lengua imperial. Algunas palabras suenan muy parecidas a las nuestras».
Violet la miró atentamente y luego asintió con aprobación.
“Bien hecho, Lissandra. Esa es la mentalidad correcta. Y lo que es más importante…”
Estaba a punto de continuar, pero en ese instante la puerta brilló levemente con una luz suave, y al segundo siguiente se oyó un crujido silencioso.
La puerta se abrió y una chica alta entró.
Su figura era esbelta, pero sorprendentemente bien proporcionada; sus movimientos eran fluidos y seguros. Su piel pálida reflejaba suavemente la luz, y su larga y espesa melena rubia le caía por debajo de la cintura, creando un marcado contraste con sus profundos ojos azules.
Pero lo que más llamó la atención fue su rostro.
Pestañas largas, nariz fina y recta, labios ligeramente carnosos: sus rasgos formaban una imagen completa y noble, sin un solo detalle superfluo.
De ella emanaba un aura contenida pero tangible, que transmitía tanto feminidad como nobleza.
En el momento en que la chica se dio cuenta de que ya había alguien en la habitación, su reacción fue inmediata.
—¿Quién eres tú? —espetó en la lengua imperial, sin rastro de vacilación en su voz.
Un rápido movimiento de su mano, y en ese mismo instante, un maná azul pálido la rodeó. El aire tembló y largas y delgadas agujas se formaron a su alrededor. Había docenas de ellas, todas suspendidas en el aire, apuntando hacia la mesa.
Ante esto, Lissandra y Roselle se tensaron visiblemente, retrocediendo instintivamente, con el miedo reflejado en sus ojos.
Violeta reaccionó más rápido.
Inmediatamente dio un paso al frente, protegiendo a sus amigas, se levantó de la mesa y alzó las manos abiertamente, demostrando que no tenía intención de atacar.
Ella no entendía el idioma imperial tan bien como Kael, pero le bastaba para captar el significado.
Recomponiéndose, respondió rápidamente, con voz entrecortada y un marcado acento: «Nosotros… somos estudiantes nuevos. Tú y yo… somos vecinos. Nuestro idioma… no es bueno. Lo siento».
En cuanto pronunció esas palabras, el rostro de la pálida belleza se congeló por un instante, como si intentara relacionar lo que había oído con algo de su memoria. Sus labios se entreabrieron ligeramente y, con voz más suave, casi en un susurro, dijo: «Oí que…»
Pero la frase quedó inconclusa. Al instante siguiente, las agujas de maná se disolvieron en el aire y una vivaz curiosidad, casi infantil, brilló en los ojos de la niña.
“¿Sois vosotros de los que todo el mundo habla?!”
Se acercó rápidamente a Violet y, sin dudarlo, la tomó de las manos.
“¿Puedo ver tu ropa?”
Violet dudó un segundo, tocando instintivamente su uniforme blanco.
"¿Ropa?"
“¡Estos no! ¡Los de tu tierra natal!”
Violet la miró confundida, captando solo parte de las palabras, mientras que detrás de ella Roselle y Lissandra intercambiaban miradas, sin entender en absoluto de qué se hablaba.
Pero en ese instante, la mirada de la niña se posó en el vestido escarlata, cuidadosamente doblado sobre la cama de Roselle.
Se quedó inmóvil por una fracción de segundo, luego avanzó. Corrió hacia la cama, extendió la mano hacia la tela, pero se detuvo en el último instante. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, a punto de tocar el vestido, y temblaban visiblemente, como si tuviera que contenerse.
Se volvió bruscamente hacia las chicas.
“¿Puedo verlo?”
Roselle pareció comprender sin palabras lo que quería decir y asintió, algo sorprendida.
Tras recibir permiso, la bella mujer tomó con cuidado el vestido por los hombros y lo alzó lentamente frente a ella, alisando la tela. Al instante siguiente, un maná azul pálido fluyó suavemente de su cuerpo y, como si se aferrara a la tela, le dio forma. El vestido se alisó, como si estuviera drapeado sobre un maniquí invisible, y quedó suspendido ante ella.
Los ojos de la niña se iluminaron.
Estudiaba cada detalle con atención, su mirada recorriendo las líneas, las costuras y los patrones, como si leyera el significado que se escondía en ellos.
—Qué bonito… —murmuró en voz baja—. El bordado es un poco tosco, pero su estilo… Nunca había visto nada igual.
Recorrió con delicadeza la tela con los dedos, apenas rozando las costuras, y con una suave sonrisa añadió: «El amor está cosido en estas costuras. El maestro que confeccionó este vestido no escatimó en detalles…»
Violet, tras observarla un momento, decidió hablar primero.
—Somos vecinos —dijo, intentando hablar con la mayor claridad posible—. Encantada de conocerle.
La chica pareció reaccionar.
Apartó inmediatamente la mirada del vestido y se dio una ligera palmada en la frente, como si se diera cuenta de su propio comportamiento.
—¡Dios mío! Perdonad mi descortesía —dijo rápidamente—. Me emocioné demasiado al darme cuenta de que sois descendientes de los antiguos colonos.
Recomponiéndose, hizo una reverencia refinada y depurada.
“Me llamo Estelle. Es un placer conocerte también.”
Violet exhaló aliviada, sintiendo cómo la tensión finalmente se desvanecía, y, tocándose el pecho con la palma de la mano, se presentó brevemente: "Violet".
Luego, girándose ligeramente, señaló una por una a las chicas que estaban detrás de ella: "Roselle y Lissandra".
Estelle sonrió levemente, y por un instante pareció como si la habitación se hubiera iluminado.
Estaba a punto de decir algo, inclinándose ligeramente hacia adelante, pero en ese momento, en algún lugar del pasillo, se oyó un fuerte golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta con fuerza.
Un instante después, una voz masculina resonó por todo el dormitorio: fuerte, segura, con un claro tono de burla: «Buenas noches, caballeros. ¡Reciban a los invitados!».
Las palabras resonaron en las paredes.
En ese preciso instante, el vestido que había estado flotando en el aire cayó repentinamente y se desplomó suavemente al suelo, como si los hilos invisibles que lo sostenían se hubieran roto.
Violeta reaccionó primero.
“Estelle… ¿qué pasa…?”
Pero no pudo terminar.
Las palabras se le atascaron en la garganta al ver el rostro de la niña.
Estelle estaba aún más pálida que antes, y ahora ya no parecía un rasgo natural de su apariencia. En sus ojos —tan vivaces y curiosos hacía un instante— ahora se reflejaba un terror genuino y palpable.
Parecía que Estelle reconoció la voz que acababa de resonar por el pasillo…
✦ ✦ ✦
En ese preciso instante, Kael ya se había alejado hacía rato de la ruidosa calle donde se había topado con el borracho Barnabas.
Se mantuvo deliberadamente cerca de la Academia Imperial, explorando los barrios aledaños y memorizando el trazado de las calles y las peculiaridades de la vida local. Ahora se encontraba en una pequeña plaza comercial, donde se congregaba un público completamente diferente.
Aquí se vendía de todo: desde materias primas y materiales para manualidades hasta productos terminados, cuidadosamente dispuestos en los puestos. El aire estaba impregnado de la mezcla de olores a metal, cuero y reactivos fuertes, y en lugar de risas ociosas, predominaban las conversaciones formales y el regateo.
De pie, con la espalda apoyada en la pared de uno de los edificios, Kael observó con calma su entorno.
“Aquí hay notablemente más hombres bestia…”, señaló.
Si bien los humanos dominaban las calles céntricas y más concurridas, aquí la situación era diferente. Los hombres bestia ayudaban constantemente a sus amos, haciendo todo el trabajo sucio.
Kael frunció ligeramente el ceño, deteniendo su mirada en uno de ellos: un hombre bestia de pelaje negro y hombros caídos, que cargaba una pesada caja detrás de su amo.
“La esclavitud es peor que la muerte…”, pensó con un destello de asco.
Pero al instante siguiente, el pensamiento cambió, volviéndose más frío y calculador.
“Por otro lado… los propios hombres bestia vinieron a la Dimensión Humana para esclavizar a nuestra gente y apoderarse de nuestros recursos.”
Negando con la cabeza, Kael murmuró en voz baja: "Basta... Esos pensamientos no tienen sentido".
Apartándose de la pared, se enderezó y caminó tranquilamente hacia adelante, integrándose en el flujo de la gente.
“Ya es suficiente por hoy… Necesito dormir un poco antes de las clases de mañana…”, añadió en voz baja.
La multitud se apartó ante él casi por sí sola. Al percatarse del uniforme blanco de un estudiante de la Academia Imperial, la gente aminoró el paso instintivamente, le cedió el camino, algunos incluso asintieron brevemente en señal de respeto.
Kael respondió con una leve sonrisa, continuando a paso firme.
“Este uniforme es una maravilla…”, pensó. “Sin él, no habría aprendido ni la mitad de lo que he aprendido”.
Decenas de breves conversaciones de aquella noche afloraron inmediatamente en su memoria. Comerciantes, transeúntes, posaderos: en cuanto se percataron del uniforme, su tono cambió, sus palabras se suavizaron y sus respuestas se volvieron más detalladas.
Algunos empezaron a hablar con más disposición, otros ofrecieron información adicional por iniciativa propia, con la esperanza de ganarse el favor de los demás.
Pero junto con esos recuerdos, las conversaciones mismas comenzaron a resurgir en su mente: los precios, los detalles de la vida en la capital, las tradiciones y más.
Kael frunció ligeramente el ceño, mientras sus pensamientos se desviaban hacia los cálculos.
“Complicado…”, pensó. “Somos seis. Para alquilar una casa medianamente decente para todos, necesitamos al menos doscientas monedas de plata al mes”.
La idea era desagradable.
Sin disminuir el paso, movió la mano con ligereza y dos monedas aparecieron en su palma: una de cobre y la otra de plata. El metal emitió un suave tintineo al atraparlas entre sus dedos.
Ambas piezas lucían la imagen de un dragón, y a lo largo del borde discurrían finas líneas de escritura mágica, que brillaban tenuemente a la luz del atardecer.
Kael tocó la moneda de plata con el pulgar, concentrándose en la sensación. Había maná en su interior, y bastante.
Estaba sellado, como si hubiera sido cuidadosamente sellado dentro de la estructura del propio metal.
“Si lo divido en unidades convencionales…”, comenzó mentalmente, dándole vueltas a la sensación. “En la moneda de cobre, una unidad de maná. Y en la de plata, alrededor de cien”.
Kael esbozó una sonrisa torcida mientras hacía rodar las monedas entre sus dedos.
“Con razón vendí mi elixir por dos monedas de plata y media…” murmuró en voz baja.
Repasando mentalmente la sensación de maná, hizo rápidamente los cálculos.
“Mi elixir tenía unas doscientas cuarenta unidades de maná…”, añadió mentalmente. “Parece que el mercader me hizo un mejor trato, añadiendo una docena de monedas de cobre”.
El pensamiento era frío, desprovisto de emoción excesiva.
Kael guardó la moneda de plata, dejando solo la de cobre en su mano, y envió un fino hilo de su maná hacia ella.
La inscripción en el borde se iluminó de inmediato con una luz suave, y el maná de la moneda fluyó hacia él.
Pero en cuestión de segundos, el flujo se detuvo. La moneda que sostenía entre los dedos se atenuó, perdiendo su brillo anterior, convirtiéndose en un simple trozo de metal.
«El maná del elixir se absorbe mucho mejor…», pensó Kael, sintiendo cómo la pequeña cantidad de maná se disolvía en sus canales. «Pero es conveniente que las monedas también se puedan usar así. Un recurso tanto para desarrollar fuerza como para comerciar…»
Tras una breve pausa, añadió mentalmente: «Si fuera necesario, las monedas incluso podrían usarse para dar energía a algún artefacto o a un círculo mágico…»
Con eso en mente, chasqueó los dedos y arrojó la moneda de cobre sin brillo al cubo de basura más cercano.
—Qué lástima que, tras absorber el maná, la moneda pierda casi por completo su valor… —murmuró—. Las de cobre, desde luego…
Para entonces, había llegado al borde de la plaza, donde varios carruajes tirados por caballos estaban alineados. Los caballos resoplaban, cambiando de peso, mientras que cerca, los cocheros charlaban entre sí y observaban con indolencia a los transeúntes.
Kael se acercó al más cercano y, deteniéndose frente a él, dijo cortésmente: "¿Cuánto cuesta la Academia Imperial?".
El cochero le echó un vistazo rápido, deteniéndose en el uniforme blanco, y sonrió cortésmente.
“¿Te vas a estudiar a estas horas?”
Kael solo esbozó una breve sonrisa burlona.
“No exactamente. Soy de provincias, así que vivo en el barrio estudiantil.”
La sonrisa del cochero se amplió y se echó a reír, claramente divertido por la respuesta.
—Entonces te haré un descuento —dijo, levantando un dedo—. Yo también soy de provincias, y tenemos que ayudarnos entre nosotros. Te lo dejo por diez monedas de cobre.
Kael asintió sin dudarlo.
“Gracias. Trato hecho.”
Dicho esto, subió rápidamente al carruaje y se acomodó dentro. El cochero tiró inmediatamente de las riendas y el tiro de caballos partió, rodando suavemente calle abajo.
Las ruedas traqueteaban sobre los adoquines.
Kael se recostó con cansancio y dirigió la mirada hacia la ventana, donde las luces de la ciudad se extendían borrosas, difuminándose en estelas. Pero no descansó; sus pensamientos volvieron a los cálculos.
“Si nos mudamos del dormitorio, también dejarán de darnos comida…”, pensó. “La comida para una persona al día costará entre veinte y treinta monedas de cobre…”.
Entrecerró ligeramente los ojos, haciendo rápidamente los cálculos.
“Eso significa para todos nosotros, alrededor de cuarenta monedas de plata al mes…”
El carruaje se balanceó al tomar una curva, pero Kael no le prestó atención.
“Además de los gastos del hogar…”, continuó. “Al menos veinte monedas de plata para todos nosotros”.
Mirando por la ventana, donde desfilaban uno tras otro restaurantes, tiendas y puestos callejeros iluminados, con gente común trabajando detrás de mostradores y mesas, Kael continuó con sus cálculos.
“Para vivir sin presión constante…”, pensó. “Cada uno de nosotros necesita ganar al menos cincuenta monedas de plata al mes. Eso es más o menos lo que ganan los trabajadores comunes…”
La idea parecía lógica, pero al instante siguiente frunció el ceño, profundizando en el pensamiento.
“Pero no podemos permitirnos el lujo de pasar todo nuestro tiempo libre trabajando…”, continuó, con un tono cada vez más frío. “Los demás necesitan estudiar, entrenar y fortalecerse”.
El carruaje pasó junto a una taberna brillantemente iluminada, de la que se oían fuertes carcajadas.
“Lo que significa…” Kael entrecerró ligeramente los ojos. “Necesito averiguar cómo ganar al menos doscientas cincuenta monedas de plata al mes.”
Enseguida le vinieron a la mente imágenes de sus elixires de maná: el proceso familiar, los movimientos practicados y el resultado predecible.
Pero casi de inmediato negó con la cabeza.
«Si tengo en cuenta el coste de las materias primas y los suministros, producir mis antiguos elixires no es rentable…», evaluó con seriedad. «Además, la competencia en la Capital es mucho mayor. Aun así, tendría que encontrar la manera de venderlos…»
Cerró los ojos por un instante, dejando que sus pensamientos se ordenaran.
“Bueno, eso es un problema…” dijo con un suspiro.
Un instante después, esbozó una leve sonrisa y murmuró en voz baja: "En la residencia estudiantil será difícil... pero no insoportable".
Volvió a abrir los ojos y contempló la ciudad que pasaba a toda velocidad por la ventana.
“Recopilaré más información y encontraré una solución. Por suerte, aún hay tiempo…”, añadió en voz más baja.
✦ ✦ ✦
Mientras Kael, absorto en sus cálculos, se acercaba tranquilamente a la Academia Imperial, en el Barrio Estudiantil se desarrollaban acontecimientos de un tono completamente diferente.
En el interior del Decimocuarto Dormitorio reinaba el caos absoluto.
El salón común, que hasta hacía poco estaba tranquilo y casi vacío, ahora se encontraba completamente bajo el control de otra persona. Todos los jóvenes de Lasthold, así como los pocos residentes antiguos que aún quedaban en la residencia, estaban arrodillados junto a las paredes, con la cabeza gacha, haciendo todo lo posible por no llamar la atención.
En el centro de la habitación, el espacio había sido completamente despejado.
Las mesas de la cocina común habían sido sacadas y amontonadas, formando una larga fila, ahora repletas de comida y bebida. Botellas, platos, aperitivos: todo estaba dispuesto sin orden, pero con una abundancia desmesurada, como si no se tratara de una cena, sino de una ostentación de riqueza.
A la cabecera de esta mesa estaba sentada Valkeris.
Se recostó despreocupadamente en su silla, bebiendo vino lentamente y soltando carcajadas de vez en cuando. Su mirada vagó perezosamente por el salón, deteniéndose primero en la comida y luego en las personas arrodilladas.
De vez en cuando, hacía un gesto casual con la mano, y entonces uno de los estudiantes era arrastrado al centro.
La música que sonaba en algún lugar a un lado inmediatamente se hacía más fuerte.
—Baila —dijo sin interés.
Y se alzarían.
Algunos se movían con incertidumbre, otros intentaban fingir alegría, pero la tensión se hacía patente en cada movimiento.
Valkeris se limitaba a observar, a veces con una sonrisa burlona, a veces dando un sorbo, como si lo que estaba sucediendo no fuera más que un entretenimiento ligero para él.
Pero eso no fue lo peor.
Girren y Gilmesh, arrodillados junto a la pared, estaban furiosos y reprimidos. Girren apretó los puños con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos, y su mirada se fijó en un solo punto: Violet y una docena de chicas más sentadas a la mesa.
Se sentaron con los rostros pálidos, tratando de no moverse innecesariamente.
Valkeris y sus secuaces las trataban como si fueran parte del espectáculo. Risas, chistes groseros, manos que se posaban casualmente sobre hombros y cinturas: todo sucedía abiertamente, sin el menor intento de ocultarlo. A veces, alguna de las chicas gritaba, apartándose bruscamente y sacudiéndose las manos, pero la única respuesta que recibía era risa.
Para ellos, era un juego.
Gilmesh, temblando de rabia, se inclinó ligeramente hacia adelante y siseó entre dientes apretados: "Si no fuera por ese Supervisor Malzir, ya les habría arrancado la cabeza..."
Girren exhaló lentamente, sin apartar la vista de lo que sucedía, y con la misma voz baja, apenas conteniéndose, respondió: «Ese vil Supervisor es un Mago Dorado. No podemos enfrentarnos a él… Además… hasta que Kael regrese, es mejor no actuar precipitadamente…»
En ese momento, Violet sintió que podía vomitar en cualquier momento.
Se le tensó la mandíbula, sintió náuseas y quiso darse la vuelta y cerrar los ojos, pero se mantuvo firme, sin permitirse ni un solo movimiento brusco ni una emoción descontrolada.
La pesada mano de Valkeris descansaba perezosamente sobre su hombro, como si la considerara de su propiedad.
La acarició distraídamente, sin interrumpir su conversación ni su bebida, como si fuera algo completamente natural.
Apretando los dientes, Violet pensó: "A Kael le asignaron la tarea de vigilarnos... Eso significa que responderá por cualquiera de nuestras acciones... Tengo que soportarlo".
Ese pensamiento era lo único a lo que se aferraba ahora. Pero al instante siguiente, la mirada de Violet se desvió involuntariamente hacia un lado y su corazón dio un vuelco.
A la izquierda de Valkeris estaba sentada Estelle, la chica a la que acababan de conocer.
“Parece completamente agotada…” pensó Violet con una sensación de desasosiego.
Estelle permanecía inmóvil, con la espalda tensa y los dedos apretados con tanta fuerza que sus largas uñas se le clavaban en la piel. El miedo se reflejaba en sus ojos, y ni siquiera intentó disimularlo.
Y en ese instante, la mano de Valkeris se desplazó lentamente del hombro de Violet a su cuello.
Violet tragó saliva involuntariamente, sintiendo cómo todo su interior se enfriaba.
“Parece que este cabrón no se conforma con acariciar…” pensó. “Y Estelle lo sabe muy bien”.
El corazón de Violet comenzó a latir más rápido.
El miedo comenzó a aumentar, oprimiéndole el pecho, y las lágrimas brotaron de sus ojos, que apenas pudo contener.
Y en medio de todo esto, solo un pensamiento permanecía en su mente: "¿Qué hacemos? ¿Cómo nos liberamos de las garras de estos bastardos?"

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Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 64
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 63
Estás leyendo el capítulo 63 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 10 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.