Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 61 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Los rayos del sol poniente se extendían lentamente por el cielo, tiñendo las nubes sobre la capital de un intenso color carmesí. La luz se posaba sobre los tejados, se aferraba a las torres, se deslizaba sobre cristales y metales, pero la ciudad misma no mostraba señales de aquietarse. En algún lugar a lo lejos, retumbaban los carros, los comerciantes gritaban, el metal resonaba y fragmentos de conversaciones se fundían en un murmullo denso y uniforme.
Kael estaba de pie junto a las puertas de la Academia, mirando al cielo y escuchando el zumbido incesante.
“Parece que la capital nunca se tranquiliza…”, murmuró.
Al darse cuenta de que se había distraído de nuevo, se sobresaltó levemente y sonrió con sorna, ordenando sus pensamientos. Sin demorarse, Kael avanzó hacia el enorme arco que conectaba la Academia con las calles de la Capital.
Tras recorrer con la mirada los senderos y jardines, ahora casi vacíos, añadió en voz baja: «Casi no hay estudiantes… Valeria y yo nos quedamos demasiado tiempo».
El aire vespertino era más suave que durante el día, conservando aún el calor de la piedra calentada por el sol y un ligero aroma a vegetación. Las siluetas ocasionales de estudiantes que se apresuraban por los senderos solo acentuaban el creciente silencio dentro de los muros de la Academia.
Mientras caminaba, los pensamientos de Kael volvieron a su conversación con Valeria.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios, y pensó: "Aunque la información que he recibido es demasiado general, el panorama general se está aclarando".
Dos estudiantes pasaron junto a él hablando en voz baja, pero Kael ni siquiera los miró, completamente absorto en sus pensamientos.
—Hace ochocientos años, algo sucedió… —murmuró en voz baja—. Algo que despojó a los Tres Imperios Antiguos del patrocinio de sus dioses. O tal vez algo les sucedió a los dioses mismos…
“Parece que el Dios Bestia vio una oportunidad y decidió subyugar la Dimensión Humana…”, añadió para sí mismo.
Se detuvo, como si se hubiera topado con una pared invisible, y sin darse cuenta levantó la mano, mordiéndose el dedo distraídamente.
—Pero ese no es el punto principal… —murmuró, frunciendo el ceño—. ¿Quién era ese mago que introdujo el culto al Dios de la Sangre y la Guerra? ¿Y cuáles eran sus motivos? Todo esto es muy extraño…
La pregunta permaneció en su mente, sin encontrar una respuesta inmediata.
Bajando la mano, Kael avanzó de nuevo, ahora un poco más rápido, como si el propio ritmo le ayudara a mantener el flujo de sus pensamientos.
“Pero gracias a él, la Dimensión Humana pudo hacer retroceder a la Horda del Dios Bestia…”, añadió en voz baja.
Las palabras sonaban uniformes, pero en su interior ya surgía otro sentimiento: una irritación fría y calculadora.
«Sigue sin haber novedades…» continuó pensando, mirando hacia adelante, donde las animadas calles comenzaban más allá del arco. «El Mundo Mortal y todas sus Dimensiones siempre sufren las ambiciones de los Dioses.»
Tras dar unos pasos más, Kael cruzó el umbral del arco.
Casi de inmediato, los guardias que flanqueaban el pasillo se volvieron hacia él al unísono e inclinaron respetuosamente la cabeza. Sus movimientos eran precisos y ensayados; sus manos descansaban sobre las empuñaduras de sus armas más por costumbre que por necesidad.
Kael se detuvo un instante, disminuyendo involuntariamente el paso.
Pero al instante siguiente, las palabras de Valeria afloraron en su memoria: «El uniforme de la Academia Imperial simboliza estatus. Significa que algún día podrías convertirte en una de las figuras más importantes de la jerarquía de los magos».
Al darse cuenta de su nueva condición, Kael simplemente esbozó una sonrisa cortés y, sin detenerse, asintió brevemente a los guardias.
«De acuerdo…», pensó, retomando su idea anterior. «Si quiero vengarme del Maestro, mis ambiciones no deben ser menores que las de los propios dioses».
Alzando la mirada y enderezando la espalda, Kael se detuvo un instante, observando las animadas calles que se extendían ante él, donde las sombras del atardecer ya se intensificaban, mezclándose con el resplandor de las linternas y los letreros.
“Primer paso: explorar la ciudad. Necesito averiguar cómo ganar dinero rápido.”
No se detuvo en la entrada y siguió su camino con calma, integrándose en la multitud. La ciudad lo recibió con bullicio y movimiento: los mercaderes pasaban con sus carros cargados, el tintineo del metal resonaba cerca y, desde las tiendas abiertas, flotaba el aroma especiado de la comida. Kael caminaba a paso firme, sin prisa, observando los detalles y grabándolos en su memoria.
✦ ✦ ✦
Al mismo tiempo, mientras Kael caminaba tranquilamente por las calles de la Capital, sucesos completamente diferentes se desarrollaban dentro de la Ciudadela Imperial.
En uno de los vastos niveles superiores se extendía una plaza entera, rodeada de enormes columnas de mármol adornadas con estandartes carmesí con un dragón bordado. La tela se mecía perezosamente con la leve corriente de aire, produciendo un suave susurro.
Rodeando la plaza se alzaban pequeños edificios de dos plantas, cada uno con un estilo propio y distintivo. Algunos se caracterizaban por líneas estrictas y simetría, otros por formas elaboradas y una abundancia de elementos decorativos, como si los arquitectos hubieran competido entre sí.
Cada edificio lucía un letrero con el nombre del gremio en grandes letras doradas, que reflejaban la luz de lámparas mágicas.
Cerca de uno de esos edificios, que se distinguía por su arquitectura algo caótica y ornamentada, se encontraba un hombre con una túnica negra.
Era el élder Cornelio.
Se detuvo en la entrada, alzó la vista hacia el letrero que decía "Gremio de Académicos" y una sonrisa tranquila, casi nostálgica, apareció en sus labios.
“Ha pasado mucho tiempo desde que volví a la sede…”, dijo en voz baja, respirando hondo, como si absorbiera la atmósfera misma del lugar.
Con esas palabras, extendió la mano y empujó las enormes puertas, sintiendo la fría suavidad del metal bajo la palma de su mano, y entró.
En el instante en que cruzó el umbral, le invadió un intenso aroma a libros, tinta y pergaminos antiguos: denso y familiar, como si se hubiera impregnado en las mismas paredes.
Ante el anciano Cornelius se abrió un amplio salón repleto de estanterías altas y mesas abarrotadas de pergaminos y notas dispersas. Algunos libros yacían apilados, mientras que otros flotaban lentamente en el aire, girando suavemente como si estuvieran sostenidos por finos hilos de maná.
Una suave luz dorada descendía desde lo alto, emanando de un gran cristal suspendido en el centro de la sala, proyectando su resplandor sobre las páginas y haciendo que la tinta brillara levemente.
Pero lo que más llamó la atención fue que todos los magos que habían estado trabajando en silencio se pusieron de pie de repente y se volvieron hacia la entrada.
Cornelius ni siquiera tuvo tiempo de levantar la mano para saludar antes de que el silencio se rompiera con un fuerte aplauso.
Ante él, entre las mesas y los estantes, se encontraban alrededor de tres docenas de magos con túnicas negras que lucían la imagen de un dragón rojo en sus espaldas. Muchos sonreían, intercambiaban miradas y algunos incluso daban un paso al frente, sin ocultar su entusiasmo.
“¡Felicitaciones, élder Cornelius!”
“¡No puedo creer que realmente hayas logrado encontrar descendientes de los antiguos refugiados!”, se oían voces por todas partes.
Los aplausos no hicieron más que aumentar, ahogando el susurro de las páginas y el murmullo de las conversaciones. El anciano Cornelio simplemente rió, alzando las manos en un gesto tranquilizador.
—Gracias, amigos —dijo con una sonrisa—. Pero no hay necesidad de armar tanto alboroto.
Sus palabras fueron tranquilas, casi familiares, y por un momento el ruido comenzó a disminuir.
Pero en ese preciso instante, ligeramente a su lado, una chispa negra surgió en el aire.
Apareció de repente, como si desgarrara la mismísima estructura del espacio, y al segundo siguiente se expandió bruscamente, convirtiéndose en una breve grieta. De ella surgieron tres figuras, tan repentinamente como el destello mismo.
La reacción fue instantánea.
Cornelius, al igual que todos los presentes, cayó inmediatamente sobre una rodilla, inclinando la cabeza. El movimiento fue casi perfectamente sincronizado, un acto instintivo.
“¡Saludamos al archimago Al-Hakim! ¡Saludamos a los magistrados Morgana y Callista!”, resonó unánimemente en un solo coro.
En el silencio que siguió, una voz tranquila y profunda habló:
«Abrirse camino a través de las montañas ya es una hazaña. Pero te superaste a ti mismo y lograste encontrar el rebaño perdido. ¡Enhorabuena, Cornelius!»
Cornelio dirigió respetuosamente su mirada hacia quien hablaba.
Ante él se alzaba un hombre alto y de hombros anchos, de piel morena oscura y cabeza rapada. Tatuajes rúnicos blancos recorrían su cuero cabelludo, precisos y ordenados, mientras que sus largas pestañas plateadas contrastaban extrañamente con sus fríos ojos azules.
Cornelius se limitó a sonreír, manteniendo su postura respetuosa.
—Gracias, archimago —respondió con voz serena.
Al-Hakim asintió levemente, y los largos pendientes negros que llevaba en las orejas se balancearon suavemente, produciendo un suave y claro sonido de timbre.
En ese momento, dos figuras se adelantaron desde detrás del archimaestre Al-Hakim.
Ambas eran mujeres adultas, pero en su postura, mirada y movimientos denotaban una seguridad que realzaba su atractivo en lugar de disminuirlo. Se comportaban con serenidad, sin ostentación de poder, pero su sola presencia parecía contraer sutilmente el espacio a su alrededor.
La primera en hablar fue aquella cuya piel era anormalmente pálida, casi sin rastro de vida. Su larga cabellera negra le llegaba casi hasta el suelo, deslizándose suavemente sobre la tela de su túnica, y sus profundos ojos violetas se posaron en Cornelius.
Una leve sonrisa asomó a sus labios.
“Espero que finalmente te unas a las filas de los Magos.”
Su voz era firme, sin forzarla, pero transmitía una seguridad, como si ya supiera la respuesta.
La segunda mujer asintió levemente. Sus rizos rojos y exuberantes caían suavemente sobre sus hombros, y sus ojos verdes recorrieron con atención la figura de Cornelius. El fino tatuaje de una serpiente bajo su ojo izquierdo pareció moverse por un instante, como si reaccionara a su estado de ánimo.
—Estoy de acuerdo con Morgana —añadió con calma—. En el Gremio de los Eruditos, el conocimiento importa más que la fuerza. Y tú has demostrado con creces que superas a cualquier otro Anciano.
Callista se arregló los rizos distraídamente, colocándose un mechón detrás de la oreja, y luego dirigió su mirada hacia Al-Hakim.
—¿Qué opina usted, archimago? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza.
Al-Hakim asintió brevemente, girando distraídamente un anillo en su dedo antes de responder con calma: "Cuando el Emperador regrese, le pediré personalmente que emita un decreto".
Luego volvió a mirar a Cornelio y, con una leve sonrisa, añadió: «Ya has sufrido bastante, amigo mío. La herida de tu juventud no debería seguir deteniéndote».
Las palabras del archimago parecieron actuar como una señal.
De inmediato surgieron voces de apoyo por doquier: algunos asintieron con aprobación, otros murmuraron entre sí, y el tono general denotaba un sincero acuerdo.
Cornelius sintió una opresión en el pecho y las manos le temblaron, delatándolo. Apretando los labios, bajó rápidamente la cabeza, intentando ocultar sus emociones.
—Gracias, amigos míos… —dijo con tono comedido—. Si de verdad llego a ser Magister, haré todo lo posible por estar a la altura de ese título.
En respuesta, Al-Hakim soltó una risita suave, sacudiendo la cabeza.
—Ya lo has hecho —dijo con ligereza—. Celebremos tu éxito hoy.
Con esas palabras, agitó la mano con indiferencia y varias cajas enormes salieron volando de su anillo de almacenamiento espacial, aterrizando en el suelo con golpes sordos. Las botellas en su interior tintinearon, atrayendo la atención de todos.
Un tenue resplandor emanaba de las propias botellas, y el vidrio era tan claro que parecía casi transparente.
La reacción fue inmediata.
“¡Archimago, nos malcrías!”
“¿Es ese vino de la Serpiente Dorada?”
Las voces se superponían y el ambiente se cargaba de emoción, llenando la sala de energía renovada.
Pero Cornelius apenas escuchó nada.
Permaneció de pie con la cabeza gacha, y solo ahora se permitió alzar lentamente la mirada. La luz del cristal se reflejaba en sus ojos, pero algo más ardía allí con mucha más intensidad.
“Por fin…” pensó. “Después de todos estos años…”
✦ ✦ ✦
Mientras se desarrollaba una celebración en la sede del Gremio de Eruditos, el sol ya se había ocultado por completo tras el horizonte y la noche caía lentamente sobre la capital.
Las luces se encendieron una a una, como si la ciudad misma cobrara vida. Las terrazas se iluminaron, los letreros de las tiendas y los escaparates de los restaurantes resplandecieron, faroles mágicos a lo largo de las calles bañaron todo con una luz cálida, y los cristales incrustados en el pavimento brillaron con un tenue tono azulado, otorgando a las calles un brillo tenue, casi irreal.
La ciudad no se calmó, sino que se volvió más ruidosa.
En ese preciso instante, Kael caminaba tranquilamente por una calle abarrotada.
A ambos lados se extendían terrazas de restaurantes, de donde emanaban aromas a carne asada, especias y dulces. La gente se sentaba en las mesas, charlando y riendo, y el tintineo de las copas se oía aquí y allá. Los camareros se movían con destreza entre las mesas, llevando bandejas de comida.
Un poco más adelante, músicos callejeros tocaban instrumentos extraños, creando melodías desconocidas pero cautivadoras. Pequeños grupos de personas se reunían cerca: algunos marcaban el ritmo con los pies, otros simplemente permanecían de pie, disfrutando del momento.
En varios lugares, los magos realizaban espectáculos callejeros, creando ilusiones y sencillos conjuros que atraían tanto a niños como a adultos. De vez en cuando, pequeños fuegos artificiales estallaban en el aire, esparciendo chispas y provocando carcajadas.
Al mirar a su alrededor, Kael no pudo evitar esbozar una leve sonrisa, dejando que su mirada se perdiera entre las animadas terrazas y la multitud.
«No me extraña que Valeria me sugiriera visitar primero el Bulevar de las Terrazas Resplandecientes…», pensó para sí mismo. «Cerca de la Academia, con un ambiente estupendo y mucha gente. Justo lo que necesito para observar la ciudad».
Siguió caminando sin aminorar la marcha, absorbiendo cada detalle: la forma en que hablaba la gente, su vestimenta, su comportamiento, incluso el ritmo del movimiento de la multitud.
«Qué extraño… La gente de la Capital y la de Lasthold se parecen en muchos aspectos, pero hay una diferencia», pensó Kael. «Pero por ahora, es difícil decir exactamente cuál es esa diferencia…»
En ese momento, pasó junto al puesto de otro vendedor ambulante, alrededor del cual ya se había reunido una pequeña multitud.
Detrás del mostrador se encontraba un hombre delgado con un bigote largo y estrecho, que gesticulaba animadamente y hacía rodar con destreza tres pequeñas bolas entre sus dedos.
“¡No pierdan de vista mis manos!”, gritó a viva voz, atrayendo la atención de los transeúntes. “¡Adivinen dónde está escondido el cristal de maná y multipliquen su dinero por diez! ¡El juego solo cuesta tres monedas de cobre!”
Las bolas giraban tan rápido que apenas se podían seguir con la vista, y varios espectadores se inclinaron, considerando claramente si debían intentarlo.
Kael simplemente los miró y esbozó una leve sonrisa.
“Hay un diseño mágico tallado en la madera que crea ilusiones. Parece que los estafadores existen en todas partes… Aunque lo que más me sorprende es que la gente siga cayendo en la trampa.”
Al percatarse de que se estaba formando una pequeña multitud más adelante, alrededor de un grupo de músicos, Kael se desplazó ligeramente hacia un lado, más cerca de la fila de butacas, para no tener que abrirse paso entre la multitud.
Disminuyó el paso, observando cómo algunas personas ya se habían dejado llevar por el ritmo, moviéndose al son de las trompetas y un instrumento de cuerda. La música era animada, enérgica, con transiciones rápidas, e incluso los transeúntes ocasionales se detenían a observar.
Pero al instante siguiente, sus pensamientos fueron interrumpidos abruptamente por una voz áspera y grave, embotada por la bebida: “¡Oye! ¿Intentas hacerme beber orina de bestia? ¿Yo, el mismísimo Bernabé?!”
Kael inmediatamente dirigió su mirada hacia adelante.
El origen del grito se encontraba en uno de los puestos, cuidadosamente ordenado y repleto de botellas y pequeños barriles. Un fuerte olor a alcohol emanaba del lugar, opacando incluso los aromas de la comida callejera.
Un anciano estaba de pie frente al mostrador.
Era casi una cabeza más bajo que Kael, pero aparentaba ser robusto: de hombros anchos, complexión fuerte y manos curtidas por el trabajo duro. Su postura era relajada y su mirada ligeramente perdida.
Kael recorrió con la mirada su figura, fijándose en los detalles, y los entrecerró ligeramente.
“¿Algún borracho causando problemas?”, pensó.
La conclusión surgió de forma natural.
El anciano vestía descuidadamente y a capas, como si se hubiera puesto todo lo que encontró. Sobre su ropa colgaba una larga túnica violeta, arrugada en algunos lugares y fruncida en pliegues irregulares. En la cabeza llevaba un extraño gorro de tela, más parecido a una media larga, que le daba un aspecto casi cómico. Su larga y espesa barba gris estaba trenzada en tres mechones que se balanceaban ligeramente con sus movimientos.
Él mismo también se tambaleaba, apenas logrando mantener el equilibrio, como si se mantuviera en pie más por costumbre que por control.
“¡Oye! ¡No ignores a Bar-r-rnabas!”, gritó de nuevo, esta vez más fuerte.
Pronunció su nombre con énfasis, alargando la "r" con un gruñido bajo, como para dar más peso a sus palabras.
En respuesta, el vendedor se enderezó bruscamente detrás del mostrador, con un destello de irritación en el rostro.
—¡Viejo, lárgate de aquí de una vez! —espetó—. Te invité a una copa por amabilidad, ¡y te atreves a insultar mi licor!
En ese momento, el anciano se agarró la barba, tiró de una de las trenzas y soltó una risita teatral:
“Je, je… ¿Licor, dices?”
Con esas palabras, alzó la copa con el licor restante y, de un solo movimiento, se vertió el resto en la boca.
Pero al segundo siguiente, sucedió algo que hizo que Kael se detuviera involuntariamente.
El anciano infló las mejillas, luego se inclinó repentinamente hacia adelante y escupió directamente en la cara del vendedor.
“¡Te lo dije, es orina, no licor! ¡Ja, ja, ja!”, exclamó riendo a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.
El vendedor se quedó paralizado un instante, claramente sin esperarse aquello, y luego su rostro se contrajo de furia.
—¡Maldito borracho! —gritó, saliendo de detrás del mostrador.
En el instante siguiente, su puño ya estaba envuelto en un denso maná, y sin la menor pausa, lo clavó con toda su fuerza en la cara del anciano.
El golpe fue duro.
El cuerpo del anciano se sacudió, se elevó del suelo y salió disparado hacia atrás.
“¡Maldita sea!”, maldijo Kael para sus adentros, dándose cuenta al instante de que el hombre volaba directamente hacia él.
Sus reflejos fueron más rápidos que su capacidad de razonamiento. Canalizando maná hacia su cuerpo, redujo su peso y, en el último momento, se desplazó hacia un lado, esquivando la fuerza.
El anciano cayó al suelo con un golpe sordo y, deslizándose unos metros más sobre la piedra, se detuvo.
Se oyeron breves gritos entre la multitud, y varias personas retrocedieron instintivamente, como si fueran a ayudar. Pero al evaluar rápidamente la situación y darse cuenta de que el anciano era solo un vagabundo, simplemente lo rodearon y retomaron sus asuntos.
Al ver esto, Kael solo esbozó una sonrisa torcida y negó con la cabeza.
“Él mismo se lo buscó. Así que simplemente lo ignoraré también…” pensó, haciéndose a un lado, a punto de seguir adelante.
Pero justo en el momento en que estaba a punto de apartar la mirada, el anciano, que había permanecido inmóvil hasta entonces, abrió los ojos de golpe.
Giró la cabeza bruscamente hacia un lado y su mirada se fijó inmediatamente en Kael.
“Maldita sea… No te aferres a mí”, pensó Kael, y girándose rápidamente, aceleró el paso, fingiendo que no había pasado nada.
Pero el anciano ya se estaba moviendo.
Sin levantarse como de costumbre, de repente dio una patada a las piernas y, empujándose con los hombros, cayó de pie de un solo movimiento. Su barba se sacudió, su túnica se agitó, pero aterrizó firme, como si no hubiera recibido ningún golpe.
Sin apartar la mirada de Kael, gritó: "¡Oye, muchacho!"
Kael se sobresaltó, pero inmediatamente aceleró aún más el paso, sin girar la cabeza y fingiendo no oír.
Pero al instante siguiente, Kael sintió de repente que una mano le agarraba la muñeca.
El agarre era firme y preciso.
Inmediatamente se giró y se encontró con el mismo anciano de pie frente a él, sujetándolo con firmeza como si no le costara ningún esfuerzo.
El párpado de Kael se contrajo con irritación.
—Suéltame, viejo —dijo con frialdad.
En respuesta, el hombre solo rió despreocupadamente, balanceándose ligeramente sin aflojar el agarre.
“¿Quién eres, muchacho? No te había visto por aquí antes…”
Kael tiró de la mano intentando liberarse, pero casi de inmediato se dio cuenta de que era inútil. El agarre del anciano era demasiado fuerte.
Mientras tanto, el anciano lo observó con calma, deteniéndose en las túnicas blancas de la Academia Imperial, y murmuró: "¿Un estudiante? Qué extraño...".
Alzó la mirada hacia el rostro de Kael. Sus ojos estaban vidriosos, ligeramente desenfocados, pero debajo de esa mirada había una extraña agudeza.
“Tu maná es extraño… Raro…” murmuró pensativo, frunciendo ligeramente el ceño. “Nunca antes habías estado en esta ciudad.”
Kael se sacudió el hombro con irritación.
“Parece que has bebido demasiado, viejo. ¿Cómo sabes si he estado aquí o no?”
Pero interiormente, su reacción fue completamente diferente.
«A juzgar por su aura, este anciano es un mago de acero común y corriente…» El pensamiento cruzó por su mente. «Pero eso es claramente engañoso. Es más fuerte que yo.»
El anciano, en respuesta, solo estalló en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás e haciendo que las trenzas de su barba se balancearan.
—¿Cómo voy a saberlo? —declaró con orgullo exagerado—. ¡Soy el mismísimo Bernabé, el mayor borracho del Imperio! ¿Acaso crees que no sé quién es nuevo por aquí?
Con esas palabras, soltó repentinamente los dedos, dejando caer la muñeca de Kael.
Kael retrocedió inmediatamente medio paso y se frotó suavemente la mano entumecida, sintiendo cómo la sensibilidad regresaba gradualmente.
—Si eres tan famoso —dijo Kael con calma, mirando al anciano—, ¿por qué ni siquiera los mercaderes te reconocen?
Bernabé volvió a reír, esta vez más fuerte, balanceándose ligeramente en el sitio.
—¡Usa la cabeza, no el culo, muchacho! —dijo, agitando la mano—. ¡Soy famoso en las tabernas, no entre los comerciantes!
Sin darle a Kael oportunidad de responder, de repente le echó un brazo por encima del hombro, apoyando casi todo su peso sobre él y desplomándose a su lado.
Olía a alcohol.
—Solo buscaba con quién tomar una copa —continuó con una sonrisa de satisfacción—. Ven conmigo, te invitaré al mejor vino de tu vida. Tendremos una charla de lo más interesante…
Kael le lanzó una mirada de reojo, preguntándose cómo salir de esa situación.
—¿Por qué me molestas, viejo? —dijo con irritación.
Bernabé guardó silencio por un segundo, como absorto en sus pensamientos, luego se inclinó más y, arrastrando las palabras, dijo con voz pausada:
“Eso es… un secreto… Je, je, je.”
Kael estaba a punto de soltarse, pero el agarre en su hombro se apretó como el acero, sin dejarle espacio para moverse.
Mientras tanto, Barnabas se dirigió con paso firme hacia una de las calles laterales, sin esperar respuesta. La calle seguía igual de animada: el flujo de gente era más denso y el ruido más áspero, mezclado con conversaciones a viva voz y risas roncas que resonaban desde las puertas abiertas de las tabernas.
Empujando a Kael hacia adelante, el anciano refunfuñó: “Todavía no has contestado. ¿De dónde eres?”.
Kael dejó escapar un profundo suspiro, sintiendo que se estaba cansando de aquella situación.
“Viejo, he venido por un motivo. No tengo tiempo para beber contigo…”
Bernabé no disminuyó la velocidad en lo más mínimo.
“¿Y qué objetivo podría ser más importante que beber con un mago famoso como yo?”
Kael cerró los ojos por un instante, reprimiendo la irritación.
«No le importa lo que diga…» pensó. «Quizás si respondo a sus preguntas, me deje en paz.»
Con eso en mente, exhaló brevemente y finalmente habló: “Tienes razón, acabo de llegar a la capital. Y necesito organizarme para poder ganar dinero y mudarme del barrio estudiantil”.
Bernabé dirigió su mirada ebria hacia él, y a pesar de la bruma, algo agudo brilló en ella.
—¡Enseguida supe que eras de provincias! —exclamó con seguridad, pero luego se detuvo a pensar—. Simplemente no logro identificar tu acento…
Kael no eludió la pregunta.
“¿Has oído las noticias sobre los salvajes que vienen de más allá de las Montañas del Dragón Central?”
Bernabé se detuvo bruscamente.
Su mano sobre el hombro de Kael se quedó congelada por un instante, luego lo miró fijamente con la boca ligeramente abierta.
“¡De ninguna manera!”, gritó, y de repente soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás. “¡Mi suerte sigue siendo tan buena como siempre!”
Soltando el hombro de Kael, Barnabas añadió rápidamente: "Tienes cerebro, ¡te has salido de la residencia estudiantil el primer día!".
Y de inmediato, dándole una palmada en la espalda un poco más fuerte de lo necesario, continuó: "Escucha, chico, parece que mi suerte también se te ha contagiado".
Sin darle oportunidad de responder, el anciano se frotó las manos, como si ya estuviera sopesando un posible trato.
“Vivo en la casa de mi difunto amigo, pero es demasiado grande para mí sola…”
Kael entrecerró los ojos, mirándolo de reojo.
¿A qué te refieres, viejo?
Bernabé sonrió ampliamente, con un brillo astuto en los ojos.
—Necesito dinero —respondió sin rodeos—. Y hay algo en ti que me resulta familiar. Así que estoy dispuesto a hacerte un buen descuento.
Kael solo arqueó una ceja.
“Paso. No pienso vivir en la casa de un borracho desquiciado. Y no me mudo solo, me mudo con compañeros.”
Barnabas lo miró fijamente durante un par de segundos, y luego soltó una risita en voz baja, como si algo le hubiera divertido y Kael no lo hubiera captado del todo.
Entrecerró ligeramente los ojos y, ladeando la cabeza, murmuró: «Veo que hoy no estás de humor, chico… Entonces, que el destino decida…»
Tras decir esas palabras, dio un paso atrás, sacó un trozo de papel arrugado del bolsillo y garabateó rápidamente algo en él.
Con una sonrisa, se la entregó a Kael y le dijo: «Mi casa no está lejos de aquí; aquí tienes la dirección. Si cambias de opinión, podría alojar fácilmente a diez personas».
Dándose la vuelta, Bernabé rió mientras se alejaba y dijo por encima del hombro: «¡O ven si te apetece beber! ¡Me encantaría oír hablar de tu tierra natal!».
Kael permaneció de pie en medio de la calle, viendo cómo el anciano desaparecía entre la multitud, sin comprender del todo lo que acababa de suceder.
La multitud seguía moviéndose a su alrededor; alguien le rozó el hombro, otros pasaron demasiado cerca, pero él ni siquiera se dio cuenta.
Frunciendo el ceño, murmuró entre dientes: "Viejo bicho raro..."
Bajando la mirada hacia el papel, Kael vaciló un instante, como si sopesara si merecía la pena, y luego lo deslizó en su anillo espacial.
“Lo guardaré… por si acaso”, pensó.
Mientras tanto, Barnabas, ya mezclándose con la multitud, siguió caminando por la calle, mirando a su alrededor de vez en cuando en busca de otra taberna. Su andar volvió a ser relajado y ligeramente inestable, pero una extraña y tenue sonrisa asomó en sus labios.
Entrecerrando ligeramente los ojos, murmuró en voz baja: «Así que no me lo imaginaba ayer… El chico realmente tiene el Alma del Vacío Sin Forma…»
Sonrió brevemente con sorna, y en sus ojos ebrios apareció un brillo extraño y profundo, como si, por un instante, se hubiera sumido en sus pensamientos.
“Nunca pensé que vería a un mago con eso en persona… ¿Y si…?”
Pero al instante siguiente, soltó una carcajada y dijo con ligereza: "Aunque... ¿qué le importa a un borracho como yo?".
Las palabras salieron arrastradas, ahogadas por el ruido de la calle.
En ese mismo instante, su mirada se nubló, su expresión se relajó y solo quedaron en sus movimientos una torpeza propia de la embriaguez. Era como si toda su lucidez anterior se hubiera desvanecido, como si nunca hubiera existido.

Continúa leyendo
Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 62
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 61
Estás leyendo el capítulo 61 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 8 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.