Leer Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 47 online gratis en español
🏴 Grupo: Alejey✍️ Traducción: Alejey
Al amanecer, tras un descanso que restableció por completo mi flujo de maná y alivió la fatiga residual de la batalla en la frontera, me preparé para la visita. Ajusté mi atuendo civil para no alarmar a los transeúntes, abordé la camioneta blindada y fijé el rumbo hacia el distrito norte de la metrópoli.
A través del parabrisas, el pulso de la ciudad denotaba una transformación paulatina. En las plazas y avenidas comerciales comenzaban a verse grupos de Despertados portando armas con total naturalidad. La histórica proclamación televisada de la princesa Valeria Lawrence había surtido un impacto psicológico inmediato: si la mismísima heredera de la corona portaba placas de combate y convocaba a los usuarios del Sistema a filas, la población ya no contemplaba a los Despertados como anomalías peligrosas, sino como una casta de vanguardia indispensable para el nuevo orden.
Tras media hora de trayecto, los bloques comerciales dieron paso a las calles empedradas de un barrio antiguo y austero. Al final de la avenida se erigía el Convento de la Sagrada Merced: un complejo de muros de sillar blanco, arcos coloniales y un patio arbolado donde una docena de niños huérfanos jugaban bajo la atenta mirada de un par de religiosas.
Estacioné el vehículo en la acera opuesta y crucé la verja de hierro forjado.
Mi presencia —un joven de porte frío, hombros anchos y una mirada afilada que delataba el instinto de un depredador— no tardó en llamar la atención. Los niños detuvieron sus juegos, observando con asombro la silueta del acero envainado bajo mi abrigo.
Una monja de edad avanzada se adelantó con paso pausado:
—Buenos días, joven. ¿En qué podemos ayudarle en esta humilde casa?
—Vengo en busca de una persona —respondí con una inclinación respetuosa—. ¿Se encuentra la hermana Vicky?
La religiosa frunció ligeramente el ceño, escaneándome con aprensión:
—¿La hermana Vicky? Sí, se encuentra adentro... pero, ¿puedo preguntar cuál es el vínculo que guarda con ella?
—Soy un Despertado —revelé con voz serena—. Tengo asuntos de interés mutuo que tratar con ella.
La anciana parpadeó sorprendida y, sin formular más preguntas, se apresuró al interior del claustro.
Unos minutos después, el susurro de unos pasos ligeros rompió la calma del pórtico.
Al alzar la vista, la figura que emergió a la luz del patio me detuvo la respiración durante una fracción de segundo.
Era una joven de unos veinte años, de piel tan blanca y pura como la porcelana, una larga cabellera de tono platinado que caía en ondas sobre sus hombros y unos ojos cristalinos de un azul profundo que transmitían una serenidad casi etérea. Bajo el austero hábito de novicia no podía ocultarse una figura de proporciones voluptuosas, con curvas pronunciadas y un busto generoso que contrastaba de forma inocente con su porte modesto y recatado.
Vicky. La futura "Santa Vicky, La Inmortal".
En mi vida anterior, jamás tuve el privilegio de cruzar palabras con ella. Su figura pertenecía a los altares del fin de la era: la emperatriz de la fe que marchaba a la par de colosos como Lacrox, rodeada de legiones de caballeros que se arrodillaban para implorar el fulgor de su bendición en las armas antes de marchar a la muerte. Tenerla ahora frente a mí, como una simple novicia de mejillas sonrosadas y manos enlazadas al pecho, producía un contraste fascinante.
Al notar su llegada, los niños del patio corrieron a rodearla con risas y tironeos de falda:
—¡Hermana Vicky! ¿Nos contará la historia del caballero y el dragón?
—¡Hermana, juegue a las escondidas con nosotros!
—¿Quién es ese muchacho que la busca?
Vicky acarició las cabezas de los pequeños con una dulzura infinita, apaciguándolos con susurros antes de levantar la mirada hacia mi posición. Dio dos pasos al frente, posando sus ojos cristalinos en los míos con un halo de encanto natural que desarmaba cualquier hostilidad:
—Buenos días... Me informaron que deseaba hablar conmigo, señor.
Su voz poseía una cadencia melodiosa y limpia, como el tañido de una campana de plata.
—Mi nombre es Alwyn —me presenté con temple sereno—. Soy un Despertado. Me gustaría que conversáramos en un espacio más reservado.
La joven vaciló un instante, pero al percibir que no albergaba malas intenciones, asintió con una leve sonrisa:
—Hay una pequeña cafetería cruzando la avenida. Podemos sentarnos allí.
Caminamos en silencio por la vereda. A pesar de vestir prendas holgadas, su andar grácil y su porte llamaban la atención de los pocos vecinos que barrían sus portales. Nos acomodamos en una mesa junto al ventanal de un local cálido, con aroma a granos tostados y canela.
—Pide lo que gustes; la cuenta corre por mi parte —ofrecí, extendiéndole la carta.
Vicky revisó el menú con un brillo infantil en la mirada y ordenó un capuchino con espuma de vainilla y un par de tartaletas de frutas, mientras yo me limitaba a un café negro.
En cuanto el camarero se retiró, apoyé los codos sobre la madera y fui directo al grano:
—Dime una cosa, Vicky... ¿Por qué te empeñas en ocultar tu condición de Despertada?
La novicia parpadeó, pero su expresión no perdió la compostura:
—No lo mantengo oculto como un pecado, señor Alwyn. Simplemente... no busco llamar la atención.
—Una postura comprensible —comenté mirando de reojo por el cristal—. En esta primera etapa, los medios de comunicación y los foros han catalogado a los Clérigos como una clase inútil y desprovista de valor ofensivo.
Vicky me miró con una pizca de desconcierto:
—¿Cómo supo que mi clase era de Clérigo?
—No hace falta ser un sabio para deducirlo —solté una risa suave—. La devoción orgánica de tu vida en el convento rompió el sello con una afinidad pura hacia la Fe.
Al notar la naturalidad con la que desnudaba sus estadísticas, una risita tímida se le escapó entre los labios:
—Supongo que soy demasiado transparente... Pero le aseguro que no tengo ambiciones de grandeza. Mi único deseo es permanecer en el convento, cuidar de esos niños huérfanos y servir a mi comunidad en la medida de mis fuerzas.
—Una meta noble —admití con frialdad analítica—. Pero el amor no llena los estómagos ni repara los techos del convento. Como Despertada, podrías generar una fortuna en moneda completando comisiones de soporte.
El camarero depositó las órdenes sobre la mesa. Vicky removió la espuma de su taza con la cucharilla, bajando la mirada con una mueca de resignación:
—Lo sé... Cuando escuché los reportes en la radio pensé en registrarme para conseguir fondos para el orfanato. Pero la realidad es cruda: no poseo hechizos mágicos ni la fuerza para empuñar un hacha. En el estado actual, solo sería una carga mortal para cualquier escuadrón.
—Eso es lo que los ignorantes de la televisión te han hecho creer —dije, dando un sorbo a mi taza—. La verdad es que vine hasta aquí porque necesito algo de ti.
Vicky detuvo la cuchara a mitad de camino.
—¿Algo... de mí? —preguntó ladeando la cabeza con inocencia.
—Para ser más precisos —sostuve su mirada con absoluta firmeza—: te quiero a ti.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa.
Los ojos de la novicia se abrieron como platos. En cuestión de dos segundos, un rubor escarlata violento trepó desde su cuello hasta la punta de sus orejas, tiñendo sus mejillas de un carmesí ardiente. Se llevó ambas manos al pecho en un gesto de pánico adorable, retrocediendo contra el respaldo del asiento:
—¡P-Por todos los santos! ¡S-Señor Alwyn, eso es imposible! ¡Yo... yo he consagrado mis votos, soy una monja!
Parpadeé un instante, dándome cuenta de la catástrofe comunicativa que acababa de desatar.
—Espera, frena un momento —intervine, aguantando una sonrisa irónica—. No me refería a eso. Me expresé con una pésima elección de palabras.
—¿N-No...? —balbuceó Vicky, aún cubriéndose con las manos y mirándome con desconfianza virginal.
—Me refiero a tus servicios profesionales como Despertada —aclaré con calma—. Tu clase de Clérigo es una pieza estratégica indispensable para mis planes a corto plazo. Deseo que te unas a mí en cacerías de campo.
El rubor en su rostro disminuyó un grado, pero la vergüenza continuaba haciéndola mirar hacia los lados con evidente turbación:
—Ah... Ya veo... Qué vergüenza... —suspiró, cubriéndose la frente—. Pero aun así, señor Alwyn... no comprendo qué utilidad podría tener para usted. Sigo estando en el Nivel 1, no tengo armadura y mis milagros son puramente defensivos.
—Precisamente por eso me necesitas a mí —sentencié mirándola a los ojos.
Vicky volvió a sonrojarse levemente ante el peso de la frase:
—¿A... a usted?
—Exacto. A mi lado no tendrás que preocuparte por monstruos ni por la falta de ofensiva. Yo absorberé la vanguardia y te mantendré con vida mientras acumulas experiencia por asistencia, hasta que desbloquees tus propios milagros sagrados. A cambio, tus bendiciones potenciarán mi daño contra las aberraciones que están por llegar.
Me incliné hacia adelante, rematando el argumento con la única moneda que movía su corazón:
—No lo harás gratis. La tajada de recompensas que obtendrás conmigo financiará al convento con recursos suficientes para alimentar, educar y vestir a esos niños durante años, sin tener que mendigar donaciones a nadie.
Vicky guardó silencio durante un largo minuto. Sus dedos acariciaron el borde de la taza de porcelana mientras meditaba el dilema en su interior: el miedo natural al combate frente a la promesa de asegurar el futuro de los huérfanos que amaba.
Dejó escapar un suspiro pausado y me dedicó una sonrisa suave, impregnada de una calidez que desarmaba el ambiente:
—Es una propuesta muy generosa, señor Alwyn... pero necesito tiempo para orar y meditarlo. Es un paso trascendental que no puedo dar a la ligera.
—Tómate el tiempo necesario —respondí, mientras le mostraba mi número de contacto y ella hacía lo mismo—. Estaré en la ciudad. Llámame cuando hayas tomado una decisión.
La novicia asintió con delicadeza, guardando su teléfono en el bolsillo de su hábito.
El resto de la tarde transcurrió en una conversación distendida. Lejos de la frialdad con la que solía tratar a otros Despertados, compartir la mesa con la futura Santa resultó una experiencia extrañamente reconfortante.
Al terminar el café, la escolté de regreso a las puertas del convento y me despedí con una reverencia sobria.
La semilla del pacto estaba sembrada. Solo era cuestión de tiempo para que el destino comenzara a forjar a la mayor protectora de la humanidad.

Continúa leyendo
Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela)
Capítulo 48
Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 47
Estás leyendo el capítulo 47 de Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela), un novela. La humanidad enfrentaba la extinción. La aparición de bestias y monstruos de fantasía azotó el mundo, pero con ellos vino una esperanza: los Despertados, personas que recibieron la facultad de usar el Sistema para… Este capítulo tiene publicado el 3 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Alejey. Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) tiene 59 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.