Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 2 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Gritando de agonía, el alma de Noé se separó de su cuerpo. El cadáver profanado cayó al suelo, con la mitad superior hecha jirones. Lo contempló, y el dolor se desvaneció al no tener ya un cuerpo con el que sentir.
—¡Joder! —exclamó Noé—. ¡Eso fue rápido!
Una energía invisible tiró de su pecho, alejándolo del mundo. Noé suspiró.
Bueno, qué se le va a hacer. Mientras haya otros lugares donde resurgir, ya sé lo que va a pasar. ¿Qué son unos miles de años más de espera?
Algo se le enroscó en la garganta. Los ojos fantasmales de Noah se desorbitaron y se atragantó, algo que jamás había creído posible para un espíritu. Una cinta negra se materializó alrededor de su cuello, conduciéndola de vuelta al claro.
La fuerza que lo alejaba del mundo se desvaneció cuando la cinta negra lo arrastró de vuelta a él. Un dolor punzante lo invadió de nuevo y abrió los ojos de golpe, jadeando con dificultad y llevándose una mano al corazón palpitante. Volvía a tener un cuerpo.
Su cabeza se golpeó con tal fuerza que una orquesta entera quedó atrapada dentro. Noah gimió de dolor, incapaz siquiera de moverse del sitio. Tardó varios minutos en reunir la fuerza suficiente para incorporarse.
No había rastro de su ropa. Estaba completamente desnudo. Noah se incorporó tambaleándose. Una densa niebla nublaba su mente, aunque el dolor comenzaba a remitir. Se encontraba en el mismo claro.
La calabaza envenenada seguía en el suelo, donde la había dejado. A muy poca distancia, Noé oyó crujidos provenientes de donde había corrido. Tragando saliva, se acercó sigilosamente al charco y miró dentro.
El rostro del hombre cuyo cuerpo había robado lo miró fijamente. De alguna manera, lo había conservado. Por desgracia, la ropa no parecía formar parte del trato.
“¿He vuelto a la vida?”, susurró Noé para sí mismo. Se tocó la cara, solo para asegurarse de que seguía allí. Un rugido rasgó el bosque tras él y palideció, lanzándose al lago. Nadó hasta lo más profundo que pudo y se aferró a una piedra del fondo, agarrándose a ella con todas sus fuerzas.
No sabía cuánto tiempo había esperado allí. El tiempo había perdido casi todo su significado durante su estancia en el más allá. Noé no se atrevió a soltar la piedra hasta que le ardieron tanto los pulmones que apenas los sentía y las sombras danzaban ante sus ojos.
Su cuerpo apenas logró impulsarlo de vuelta a la superficie del lago. Jadeó en busca de aire, desplomándose sobre el borde mientras sus pulmones absorbían oxígeno desesperadamente. Reprimiendo un gemido, Noé se dio la vuelta y miró a su alrededor.
El claro estaba vacío. Todavía sentía la cabeza como si fuera carne picada, pero era mejor sentirlo que volver a ser carne picada… otra vez. Noé se arrastró hasta tierra firme y se puso de pie.
Echó un vistazo a sus manos y luego las levantó frente a él. La imagen del extraño patrón que había aparecido ante sus ojos parecía grabada a fuego en su mente. Intentó visualizarlo formándose ante él, pero la confusión que lo envolvía se hizo más densa. Un dolor punzante le recorrió la espalda y Noah bajó las manos, haciendo una mueca de dolor.
Una brisa fría le rozó. Se estremeció e inclinó la cabeza hacia un lado, aguzando el oído. Ya no oía al mono. Eso no significaba que no siguiera allí; no había olvidado lo silencioso que podía ser cuando quería.
¿Pantalones o no morirse? ¿Qué es más importante?
Noé se adentró sigilosamente en el bosque quemado. En su intento de fuga anterior no había llegado muy lejos. Divisó la mitad inferior de su cadáver tendida en la tierra removida entre varios árboles. No había rastro de la parte superior de su cuerpo ni del mono.
Se acercó sigilosamente a sus antiguas piernas y rápidamente se quitó los pantalones y el cinturón. Noah se los puso, haciendo una mueca al ver la sangre aún tibia que los cubría. Un pequeño libro sujeto al cinturón le golpeó el costado al ponérselo. En cuanto sus piernas pasaron por los agujeros, Noah se adentró en el bosque, ajustándose el cinturón con dedos entumecidos y torpes mientras caminaba.
A pesar de sus mejores esfuerzos —en gran medida ineficaces— por ser sigiloso, Noé se estremecía con cada rama seca que crujía bajo sus pies. Miraba por encima del hombro a cada rato, sobresaltándose ante la más mínima brisa.
No se permitió calmarse hasta que llevaba caminando tanto tiempo que el cielo empezó a oscurecer y cayó la noche. Noé se apoyó contra un árbol chamuscado y se desplomó.
“No me imaginaba mi vida después de la muerte así”, se dijo Noé en un susurro. Un escalofrío lo recorrió al sentir el viento helado rozarle el pecho desnudo. La niebla que nublaba su mente apenas comenzaba a disiparse hacía unos minutos.
Inventario. Necesito hacer inventario. Ver qué tengo.
Rebuscó en sus bolsillos. Estaban vacíos.
Vale. Un libro, una insignia y unos pantalones rotos. Eso es todo. No está mal teniendo en cuenta que ayer ni siquiera tenía cuerpo.
Noah desenganchó el libro de sus pantalones y lo abrió. Numerosas notas detalladas, escritas con una caligrafía apretada y fluida, cubrían muchas de sus páginas; cada una de ellas estaba dedicada a un único y complejo patrón similar al que había dibujado en el aire hacía unas horas.
Una runa.
Las palabras le vinieron a la mente por sí solas. Noah frunció el ceño. Runas parecía la forma correcta de describir la característica, pero estaba bastante seguro de que el pensamiento no era suyo. Había conservado muchos recuerdos de su cuerpo anterior, pero no parecía poder acceder a ellos conscientemente.
Al menos yo sé leer.
Noé hojeó las páginas, buscando la runa que había imaginado mientras luchaba contra el mono. Sus esfuerzos dieron fruto al encontrar una página antigua casi al final del libro. Estaba cubierta con docenas de dibujos de plantas y animales que no reconocía, junto con descripciones de cada uno.
“Runa del Viento”, leyó Noé, trazando el dibujo con un dedo. Levantó la mano del libro, visualizando la runa. Una fina ráfaga de viento surgió de su palma y se grabó profundamente en el quebradizo tronco del árbol frente a él. Una leve sensación de cansancio lo cubrió.
Noé se puso de pie de un salto, mirando a su alrededor para ver si alguien lo había oído. Permaneció inmóvil durante varios segundos. No pasó nada. Se acercó sigilosamente al árbol, inspeccionando su obra. La magia había grabado un profundo corte en la corteza rugosa.
Volvió a visualizar la runa, esta vez apuntando con la palma de la mano hacia el suelo. Otra ráfaga de viento surgió y se clavó en la tierra. El cansancio se intensificó, pero la niebla no volvió a invadir su mente.
De acuerdo. La confusión mental proviene de la muerte. No hay magia cuando hay confusión mental. Conclusión: no te mueras.
Noé alzó la vista hacia el cielo nocturno. Brillantes estrellas titilaban en lo alto, resplandeciendo con una tenue luz dorada. A pesar de su situación, dejó escapar un leve suspiro de asombro. Era hermoso. Nada que ver con las estrellas apagadas y oscurecidas por la contaminación que podía distinguir desde la ventana de su apartamento en la Tierra.
Volvió a bajar la mirada hacia su libro, con una determinación que se reflejaba en su rostro.
“Necesito llegar a la civilización.”
* * *
Noé no durmió esa noche. Simplemente caminó, intentando avanzar en línea recta lo mejor posible. Era una dirección tan buena como cualquier otra, y lo último que quería era dar vueltas en círculos.
El crujido de la vegetación muerta y quemada bajo sus pies era el único sonido en la noche silenciosa. Ráfagas de viento se deslizaban entre los árboles, pero a pesar de su frío intenso, eran casi inexpresivas. Los árboles no tenían hojas con las que susurrar.
Noé se detuvo en seco al rodear un denso grupo de árboles chamuscados y se encontró cara a cara con un mono. Se le cortó la respiración y un leve chillido se le escapó antes de que lograra reprimirlo. El monstruo tenía los ojos cerrados, dormido. Colgaba boca abajo de una rama ennegrecida, apoyado sobre sus patas traseras.
Tragó saliva con dificultad y retrocedió lentamente. Este mono era aproximadamente del mismo tamaño que los que yacían muertos en el claro cuando llegó a este mundo, pero eso no hacía que sus garras y dientes fueran menos letales.
Una rama crujió bajo el talón de Noé. El mono abrió los ojos de golpe, dándose cuenta al instante. Aulló, se dejó caer del árbol y aterrizó a cuatro patas. Noé maldijo, retrocediendo a toda prisa y extendiendo una mano hacia él.
El viento brotó de sus dedos y una fina hoja de magia blanca se clavó en el pecho del mono. Este chilló de dolor y la sangre salpicó el suelo desde una profunda herida. El monstruo se abalanzó sobre Noé, quien se lanzó al suelo.
Voló por encima de su cabeza, estrellándose contra un árbol a sus espaldas con la fuerza suficiente para partir la madera. Se incorporó de un salto y corrió en dirección opuesta al monstruo a toda velocidad. Fuertes alaridos resonaban tras Noah, acercándose a una velocidad alarmante.
Noé giró sobre sí mismo, alzando las manos para lanzar otro arco de viento contra el monstruo. Llevaba bastante ventaja, así que estaba bastante seguro de que aún debería haber espacio suficiente para…
Su rostro estaba a centímetros del suyo. Noah gritó; su rayo mágico atravesó el hombro del monstruo un instante antes de que sus garras se clavaran en su garganta, arrancándosela. Un dolor agudo le quemó la herida y se ahogó, jadeando en busca de un aire que no llegaba.
El mono chilló de victoria. Pero la alegría le duró poco. Una última ráfaga de viento surgió de las yemas entumecidas de los dedos de Noé y lo alcanzó en la garganta, cercenando la cabeza del monstruo. Una débil sonrisa se dibujó fugazmente en los labios de Noé, mientras la sangre burbujeaba a sus espaldas.
—Te lo mereces —murmuró.
Una extraña sensación de calor inundó su cuerpo. Por un instante, se sintió superior a como se había sentido antes, pero Noah no tuvo tiempo de apreciarlo.
La muerte se lo llevó por segunda vez ese día. El alma de Noé se desprendió de su cuerpo. Se quedó suspendido sobre su cadáver un instante, pero una fuerza familiar comenzó a alejarlo en cuestión de segundos.
Noé entrecerró los ojos, memorizando su entorno lo mejor que pudo. La atracción se hizo más fuerte, y de repente se vio atravesando el bosque a toda velocidad. Noé se concentró, siguiendo con la mirada los árboles que pasaban zumbando a su lado y tomando nota de cualquier cosa que pudiera servirle de referencia para orientarse.
Unos segundos después, la realidad lo golpeó de lleno. La tierra fría y húmeda se le pegaba a la espalda desnuda y abrió los ojos de golpe. Una densa niebla le nublaba la mente. Tenía los labios pegajosos y resecos. Noah hizo una mueca y se puso de pie con dificultad.
Estaba desnudo. Otra vez.
El claro estaba vacío, al menos. Noé se estremeció con el frío viento nocturno. La calabaza vacía seguía a sus pies, en el mismo lugar donde la había dejado. Un leve ceño fruncido apareció fugazmente en sus labios mientras un pensamiento se abría paso entre su mente confusa.
“¿Por qué sigo volviendo a este claro?”
Dio una vuelta lenta, intentando discernir si algo lo impulsaba a reformarse allí y no en cualquier otro lugar del mundo. Aparte de los monos muertos y la calabaza vacía en el suelo a sus pies, no había nada.
La calabaza.
Noé entrecerró los ojos. Tomó la calabaza con cuidado. Se agitó levemente, aún quedaba un poco de líquido en su interior. La examinó un instante. La calabaza, desde luego, no parecía nada especial.
Escudriñó el suelo hasta que vio el sello de cera. Lo recogió y con cuidado lo volvió a colocar en su sitio. A Noé le habría encantado tener un pantalón para colgar la calabaza en ese momento.
—De acuerdo. Vienes conmigo —murmuró Noé. Miró al cielo y luego localizó la dirección de donde venía. Entonces reanudó la marcha. Un par de pantalones lo esperaban.
Su segundo recorrido por el bosque fue más rápido que el primero. No había logrado memorizarlo todo a la perfección, pero se había orientado lo suficiente como para volver sobre sus pasos. Pasaron varias horas, pero finalmente divisó su cuerpo tendido en el suelo, junto a un mono igualmente muerto.
Noé sonrió a pesar del frío intenso. Corrió hacia su cadáver y lo desnudó, se subió los pantalones y metió la calabaza en una presilla del cinturón. Completamente recuperado, giró lentamente sobre sí mismo. La niebla en su mente finalmente se disipó, permitiéndole pensar con claridad de nuevo.
Por desgracia, el bosque muerto se extendía en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Filas y filas de árboles secos y chamuscados permanecían en silencio, como en un desfile, a la espera de un general que jamás llegaría.
¿Qué demonios hacía ese tal Vermil aquí? ¿Acaso quería morirse? Tenía que encontrar alguna forma de escapar. Y luego está esa sensación que tuve al matar al mono. ¿Qué fue eso?
No obtuvo respuesta. Noah frunció los labios y se encogió de hombros. Permanecer quieto solo empeoraba el frío, así que reanudó la marcha.
Noé continuó así durante varias horas más, pero pronto se dio cuenta de que había un problema mayor. Aunque no parecía tener más hambre, el cansancio empezaba a hacer mella. Había tardado más de lo que Noé había previsto, pero era implacable.
Apenas unos minutos después de que Noé se diera cuenta de que estaba cansado, apenas podía arrastrar los pies por el suelo seco. Se tambaleó hasta un gran árbol y, tras echar un vistazo rápido a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba por detrás, se acurrucó y cayó en un sueño intranquilo.
Noah no sabía cuánto tiempo había dormido. Cuando volvió a abrir los ojos, el sol estaba justo encima de él. Hizo una mueca, parpadeó con dificultad y se limpió las legañas mientras se incorporaba lentamente. Tenía muchísima sed y le rugía el estómago.
Al menos esta vez no me atacó nadie.
Se reorientó y luego se alejó a grandes zancadas en busca de prácticamente cualquier cosa menos de los interminables árboles.
El tiempo pasó. Noah no sabía con exactitud cuánto. El sol se movía sobre su cabeza, pero ignoraba si los días eran tan largos en este planeta como en la Tierra. El vacío abrasador en su estómago se intensificaba con cada paso, pero no le quedaba más remedio que ignorarlo.
Los árboles se le mezclaban al pasar. O el bosque se estaba volviendo más uniforme, o simplemente estaba tan agotado que ya no distinguía las diferencias. Noah caminaba tan distraído que casi chocó con un mono que colgaba de un árbol justo delante de él.
Noé se detuvo en el último segundo. Había logrado subirse al lomo del monstruo, y este aún no parecía haberse percatado de su presencia. Alzó las manos al instante. Una ráfaga de viento surgió de ellas, atravesando la nuca del monstruo. Cayó del árbol sin poder emitir ningún sonido, muerto.
Una oleada de energía recorrió su cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la cabeza. Con ella llegó una intensa sensación de frescura. El hambre de Noé disminuyó y sus labios resecos se sintieron ligeramente más húmedos.
Noah se quedó paralizado, saboreando la sensación durante unos segundos antes de que se desvaneciera. Miró a su alrededor, comprobando si había otros monos en la zona. Al comprobar que no los había, no supo si sentirse aliviado o decepcionado.
De alguna manera, matar monos me satisface. Supongo que es magia. Cuando salga de este estúpido bosque, lo primero que haré será sentarme y averiguar cómo funciona todo esto.
Antes de seguir adelante, la mirada de Noé se detuvo en las largas garras del monstruo. Se detuvo un instante y luego se arrodilló junto al mono. Con cuidado, tomó una de sus manos, sujetando una garra como si fuera un cuchillo, y extendió otra de las garras de la otra mano.
Fue un trabajo sangriento y espantoso que terminó con él cubierto buena parte de sí mismo y del mono con sangre rancia, pero finalmente logró liberarse después de varios minutos agonizantes en los que miraba constantemente por encima del hombro para asegurarse de que nada lo alcanzaba.
La garra tenía un trozo de hueso del tamaño de un dedo en la punta, lo que le vino de perlas a Noah. La sopesó en la mano y asintió para sí mismo. Había manejado bastantes cuchillos en su vida anterior, y todos habían sido para cocinar, no para apuñalar gente. Aun así, la garra se sentía robusta y lo suficientemente afilada. Se adentró de nuevo en el bosque, dejando el cadáver a su paso.
* * *
El mono había regresado. Noah se apoyó contra un gran tocón, luchando por controlar su respiración agitada. El enorme y desgarbado monstruo que lo había matado segundos después de llegar al bosque quemado estaba, de alguna manera, justo frente a él, y estaba casi seguro de que lo estaba mirando.
Todo había ido tan bien.
Bueno, supongo que no pasaba absolutamente nada más que caminar. Aunque, claro, es mejor no hacer nada que hacer algo. Eso también lo contaré.
En realidad, no importaba lo que contara. Lo que importaba era la respiración lenta y pesada del enorme simio mientras se acercaba poco a poco. La bestia respiraba con dificultad, como si saboreara el aroma de su propio miedo.
Los ojos de Noé se movían inquietos, buscando algún lugar donde esconderse o atrapar a la criatura. Huir no era una opción. Ya lo sabía. Y, peor aún, había traído la calabaza consigo. Todavía tenía que averiguar cuánto tardaría en revivir. Si el mono seguiría allí cuando regresara…
Un escalofrío recorrió la espalda de Noah. Podría acabar muerto una y otra vez, eternamente. Morir ahora no era una opción.
Hizo un rápido repaso mental de lo que tenía a mano. Una calabaza. Su libro. Un par de pantalones. Una garra de mono. Apenas pudo contener una risita divertida que lo habría delatado de inmediato.
En este punto, casi preferiría una pata de mono a una garra.
Un chillido de excitación resonó en el bosque seco. Noah se estremeció, pero no pasó nada. Por alguna razón, el mono aún no había hecho nada. Estaba a punto. Podía oler el hedor de su pelaje enmarañado, una mezcla de tierra dulzona y excremento de hacía una semana.
Noah apretó con más fuerza la garra que tenía en la mano. Contuvo aún más la respiración.
De acuerdo. A la de tres.
Tres.
Dos.
Noé salió disparado de detrás del árbol, con una ráfaga de viento en la punta de los dedos. El mono se incorporó de golpe, deteniéndose a pocos árboles de él. Se giró hacia él, lanzando un chillido.
La cuchilla de viento le atravesó el pecho, salpicando sangre espesa por el suelo. Noé atacó al monstruo, que retrocedió sobre sus patas traseras. En el fondo, Noé reconoció el movimiento. Era el mismo con el que lo habían matado.
Se lanzó hacia un lado, anticipando el ataque del monstruo. Sus garras rasgaron el aire donde había estado parado y rodó hasta ponerse de pie, abalanzándose hacia adelante y clavando su cuchillo improvisado en el pecho del mono.
El pelaje acolchado era mucho más difícil de penetrar de lo que había previsto. Su garra se clavó profundamente, pero no lo suficiente. Noah maldijo, intentando zafarse, pero oyó el siguiente ataque antes de verlo.
Se arrojó al suelo, pero ya era demasiado tarde. Unas garras gruesas le arañaron la espalda, desgarrando la carne y quebrando los huesos. Noé gritó de dolor. Con sus últimas fuerzas, agarró la calabaza que llevaba al costado y la lanzó a los árboles.
Un pie pesado se estrelló contra su cabeza un instante después, arrancando su cuerpo de su alma. Noé gruñó mientras su forma fantasmal era lanzada por los aires, sin rastro de carne. El mono agarró su cadáver y lo levantó en el aire, olisqueándolo con curiosidad.
Una energía se concentró alrededor del cuello de Noah, arrastrándolo hacia el bosque. Hacia la calabaza. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, pero también era nerviosa. Si el proceso de resurrección tardaba bastante, el mono podría encontrarlo antes de que volviera a la vida. La única forma de saberlo era averiguarlo. Fue impulsado hacia adelante, pasando a toda velocidad entre varios árboles antes de volver a la existencia.
Noah reaccionó de golpe, tensándose para reprimir un gemido de dolor. Todo su cerebro palpitaba en protesta, y una náusea tan intensa lo invadió que casi vomitó.
En vez de eso, Noah se puso de pie de un salto. Con los ojos entrecerrados, apenas pudo distinguir la espalda del enorme mono que masticaba algo. Noah estaba casi seguro de que era uno de sus brazos. Apretó los puños, intentando invocar su magia.
Lo único que respondió fue un dolor profundo y punzante. Noah apretó los dientes y avanzó sigilosamente, moviéndose con la mayor discreción posible mientras se acercaba al monstruo. Su daga yacía a su lado, desechada.
No se dio tiempo a pensar. No podía permitírselo. Noah corrió a toda velocidad, recogiendo la hoja del suelo y girando hacia el monstruo en toda su desnudez. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y chilló, apartando su brazo de un manotazo y abalanzándose sobre él.
Otro ataque que Noah reconoció; esta vez, el mismo que lo acababa de matar. Rodó hacia atrás, esquivando por poco las enormes garras que surcaban el aire sobre él. El animal se irguió, alzando las patas por encima de la cabeza.
Noé se abalanzó, clavando su cuchillo en la herida abierta de su pecho. Giró la hoja y se lanzó hacia un lado justo a tiempo para esquivar el tajo del mono. En cuanto sus manos tocaron el suelo, se lanzó hacia adelante y concentró todo su peso en la daga.
Algo crujió cuando el hombro de Noé impactó contra la enorme caja torácica del monstruo. El hueso cedió y la daga penetró más profundamente, clavándose en el corazón del mono. Este se estremeció, y Noé lo miró fijamente a los ojos por un instante.
Mostró los dientes en un gruñido primitivo, con furia y determinación arremolinándose en sus ojos. Lo único que encontraron fue terror.
El mono se desplomó hacia atrás y cayó al suelo, la sangre brotando a borbotones de la profunda herida en su pecho y corriendo por su pelaje hasta formar un charco a su alrededor. Noé retrocedió tambaleándose, con la cabeza aún palpitándole con fuerza.
Una energía intensa le inundó el cuerpo, recorriéndole las extremidades como un río helado, mucha más de la que había obtenido al matar a los monos más pequeños. Muchísima más. Por desgracia, aquello no hizo sino aumentar su intenso dolor de cabeza.
En piloto automático, se tambaleó hasta lo que quedaba del cadáver y se quitó los pantalones. Se los puso rápidamente y se adentró en el bosque para recuperar su calabaza. Se la enganchó al cinturón y regresó junto al mono.
Arrancó la garra del pecho del monstruo, sacudiéndola para quitarle la sangre. Noah miró a su torturador con los labios apretados. Una parte de él casi sintió lástima por él. Esa parte era muy, muy pequeña. Después de todo el tiempo que había pasado muerto, Noah no tenía el menor deseo de volver a intentarlo. Si los monos tenían vida después de la muerte, esperaba que la espera fuera extremadamente larga.

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El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 2
Estás leyendo el capítulo 2 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 6 de diciembre de 2025, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.