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Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 125 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
La Iglesia del Reposo era un caos. Hombres vestidos de blanco correteaban por el patio como niños, intentando desesperadamente poner algo de orden, completamente ajenos a que solo contribuían a la confusión. En el salón principal de la iglesia se habían extendido varios cientos de esteras, bañadas por la luz multicolor que entraba a raudales por las hermosas vidrieras que cubrían todo el techo del enorme edificio. Las esteras rodeaban una enorme tarima de piedra. Rodeada de pilares de mármol intrincadamente tallados y majestuosos murales en las paredes, la tarima se alzaba en una austera y sencilla soledad. Era un simple anillo de piedra con un pilar en lo alto. Y sin embargo, a pesar de su sencillez, acaparó la atención de todos. Cardenales y arzobispos se afanaban a su alrededor, moviéndose con una rapidez nunca vista en siglos, apresurándose a prepararlo todo. Hombres que habían pasado siglos al servicio de la iglesia y que no habían realizado ni un ápice de trabajo físico en décadas, trabajaron junto con los más escasos obreros mientras se apresuraban a asegurarse de que todo fuera perfecto. Y, en medio de todo el caos, el obispo Ferdinand se sentó en su estera y esperó. Había sido uno de los pocos afortunados que se encontraban lo suficientemente cerca cuando se dieron los primeros avisos, y había logrado conseguir un lugar cerca de la base del estrado antes de que llegaran todos los miembros de mayor rango de la iglesia. Casi esperaba que le pidieran que se marchara, a pesar de las normas de igualdad de la iglesia, pero se alegró al comprobar que nadie intentó siquiera ocupar su lugar. La admiración de Ferdinand por la gran Iglesia del Reposo creció aún más al ver a un arzobispo colocar la alfombra detrás de él, sin siquiera pensar en moverlo. En los minutos siguientes, cada vez más miembros entraron en la enorme sala. Corrieron hacia las primeras colchonetas que encontraron y prácticamente se lanzaron sobre ellas para reservar sus sitios. No tardaron en llenarse todas las colchonetas, pero eso no detuvo a nadie. Ocuparon los bordes de la sala, de pie junto a las paredes o arrodillados en los espacios vacíos del suelo. No habían transcurrido ni treinta minutos desde el anuncio, pero la iglesia ya estaba abarrotada. Las enormes puertas, de varias decenas de pies de altura, se cerraron de golpe, provocando un estruendoso eco que resonó en toda la iglesia y silenció los murmullos nerviosos y expectantes que la recorrían. El movimiento de la habitación se detuvo en seco, al igual que las puertas. De no ser por las normas de la iglesia que prohibían el uso de runas en su interior, Ferdinand estaba seguro de que las cosas habrían sido mucho menos eficaces. En cambio, todos esperaron con suma atención. Obispos y cardenales se sentaron uno al lado del otro, con los ojos muy abiertos y el corazón latiendo con fuerza. Un anuncio como este solo ocurría una vez en la vida, y la oportunidad de escucharlo de primera mano era una rareza de la que podrían presumir durante siglos. El estrado tembló. A Ferdinand se le erizó la piel y la atmósfera de la sala cambió. Todas las luces que brillaban a través de las vidrieras comenzaron a transformarse. Rojos rosados y verdes vibrantes se fundieron. Los azules y naranjas también se unieron. Todos los colores se fundieron en un único y brillante blanco. La luz surgió por sí sola, iluminando el estrado y sumiendo al resto de la iglesia en la oscuridad. El silencio era tan profundo que Ferdinand podía oír la sangre bombear por su cuerpo. Ni siquiera se atrevió a tragar. Del brillante haz de luz que descendía sobre el estrado, surgió una figura. Una piel de alabastro impecable y una túnica blanca ondeante, adornada con delicados detalles de coral, emergieron del haz. La luz se desvaneció, dejando al descubierto la silueta de una mujer alta que se alzaba sobre ella. Su rostro estaba cubierto por un velo brillante, y su túnica colgaba tan baja de sus brazos que casi le llegaba a los pies. Un anillo de gemas rosas de suave brillo flotaba tras ella, entrelazadas con complejos patrones de runas. Siete runas ardían dentro del círculo, tan poderosas que Ferdinand no podía comprenderlas. Incluso a la distancia a la que se encontraba, los hombros de Ferdinand temblaron y su espalda crujió. La energía que emanaba de la mujer era tan intensa que apenas podía soportarla. Una inconfundible energía rúnica llenaba la habitación a su alrededor: el poder de la Gran Diosa. Cuanto más tiempo miraba Ferdinand, más parecía definirse la forma de una runa tras la mujer. Era tan tangible que casi podía sentirla, pero el más mínimo intento de canalizar su poder solo podía terminar de una manera: la muerte instantánea. Un hombre de la primera fila se puso de pie. A diferencia de los demás, parecía prácticamente imperturbable ante la increíble presión que emanaba de la mujer. Ferdinand lo reconoció, aunque solo podía verle la nuca. Uno de los cardenales, Alabastro. Uno de los miembros de mayor rango (7) de la Iglesia. Si alguien, aparte del Papa, tiene posibilidades de alcanzar el rango 8, ese es él. —Gran Profeta —dijo Alabastro con voz reverente—. El honor que sentimos al haber sido elegidos trasciende el poder de la palabra hablada o escrita. Hemos escuchado tu llamado y venimos a oír tu mandato. ¿Cómo podemos servirte? —La Gran Diosa me ha concedido una visión —dijo la Profetisa. Sus palabras, aunque suaves, resonaron en la sala como un estruendo ensordecedor. Pero ni siquiera su presencia pudo contener los murmullos que estallaron. Ferdinand apenas pudo evitar que el corazón se le saliera del pecho. Llegó la Profeta, no portando una orden propia, sino una que salía directamente de los labios de la Gran Diosa. —Servimos sin rechistar —juró Alabastro, llevándose una mano al pecho e inclinándose profundamente. —He venido a interceder por la Diosa —dijo el Profeta—. Un ser de este hermoso reino de la existencia ha captado, aunque sea levemente, su atención. Si su declaración anterior había provocado murmullos, esta causó un rugido sordo. Recorrió la sala como una ola, para luego acallarse al instante, cuando la presión que emanaba del Profeta se intensificó ligeramente a modo de advertencia. —¿Quién es, profeta? —preguntó Alabastro—. ¿Es miembro de la iglesia? La Diosa no habló. Simplemente busca a un ser. Me cuesta muchísimo esfuerzo siquiera oír algunas de sus palabras sagradas, y en su infinita gracia, comprende las limitaciones de mi frágil cuerpo. Pero no os preocupéis. No estamos del todo desamparados. Conocemos su poder. Lo hemos sentido, y también aquel a quien debemos buscar. Ambos están marcados por su magia. Esta es la tarea que la Diosa os encomienda: encontrar a quien posea la esencia de la Diosa y entregármelo. Alabastro se levantó del arco, sin soltar el pecho. “Haremos lo que nos ordenas, Profeta. Aquel a quien buscas te será entregado, cueste lo que cueste o tengamos que hacer lo que cueste. No fallaremos”. —Lo sé —respondió la Profeta. Tras su velo, Ferdinand alcanzó a vislumbrar una leve sonrisa. Y entonces se marchó, dejando tras de sí la sensación de un gran río caudaloso que recorría sus cuerpos para llevarlos a la salvación. Todos se pusieron de pie al unísono, con un fervor que les recorría las venas. —Todos habéis oído la orden del Profeta —tronó Alabastro—. Difundid la noticia. La Iglesia ha recibido nuevas órdenes. Enviad mensajeros a todas las familias nobles de todos los reinos. No descansaremos hasta que la Diosa haya recibido lo que pidió. Las manos de Alabaster cayeron y las puertas de la iglesia se abrieron de golpe. Ferdinand se unió a la multitud que corría hacia afuera. Apenas salieron de la iglesia, muchos se transformaron en destellos de luz o saltaron por los aires, impulsados por espadas voladoras u otros artilugios. Ferdinand apenas podía contener su entusiasmo. Una cruzada sagrada para encontrar a alguien que hubiera logrado captar siquiera un atisbo de la atención de la Diosa. Encontrar a tal ser le granjearía sin duda el aprecio de la Iglesia del Reposo. Él no defraudaría a la Diosa. La Iglesia encontraría su objetivo. Sin importar lo que costara. * * * Seis figuras estaban sentadas en una cueva circular sobre sillas talladas, sus rostros proyectados en sombras antinaturales. Un brasero parpadeaba entre ellas, de cuyas llamas púrpura y negra brotaban en espirales. Hacía siglos que no se reunían así. La Fuerza Rúnica llenaba el aire a su alrededor. Aunque todos habían tomado medidas para ocultar sus Runas, su energía se manifestaba con tal intensidad que habría pulverizado a un ser inferior con tan solo estar en su presencia. —¿Dónde está? —gruñó un hombre corpulento. Era más del triple de alto que los demás y tenía que sentarse encorvado, con los hombros rozando el techo y la cabeza gacha para no romperlo. La capa raída que llevaba le colgaba suelta y le cubría el rostro, apenas logrando ocultarlo—. Llevamos horas esperando. —Nunca llega a tiempo —dijo una mujer bajita a su lado. Vestía igual que él. Un enorme hacha descansaba contra su costado, más propia del hombre que había hablado primero. El brasero crepitó antes de que nadie pudiera hablar. Todos se quedaron paralizados, volviéndose hacia él mientras las llamas crepitaban y se elevaban en el aire. De entre ellos emergió un pie cubierto con una armadura negra. Un hombre emergió de las llamas, completamente cubierto por una pesada armadura de placas. La armadura era tan oscura que parecía absorber la luz de la habitación, y en una de sus manos portaba una lanza dentada. —Llegas tarde, profeta —dijo el hombre enorme, haciendo especial hincapié en la última palabra como si fuera una maldición más que una bendición. —Estaba distraído —respondió la figura acorazada—. Es difícil comprender las vibraciones del cosmos. Te invito a intentarlo, si así lo deseas. —Ignórenlo —dijo una voz femenina desde el otro lado de la habitación, donde una mujer permanecía sentada en la penumbra, casi invisible—. Dígannos por qué nos llamaron. Confío en que es importante, porque no acepté ser un perro a su entera disposición. El Profeta soltó una carcajada. —¿Importante? Ya veremos. He recibido un mensaje del Maestro. Todos se pusieron rígidos. —¿Qué ocurre? —preguntó la mujer bajita—. La última vez nos reuniste para decirnos que el Maestro iba a cortejar a alguien. Una completa pérdida de tiempo. “Puede que haya malinterpretado sus palabras”, admitió el Profeta. “Eso no se dirigía directamente a mí, sino esto”. —¿Directamente? —preguntó el hombre corpulento casi atragantándose—. ¡Dinos ya, pedazo de mierda podrida! —Un ser que camina sobre este mundo ha llamado su atención. Debemos encontrarlo y reunirlo —respondió el Profeta—. Esto es de suma importancia. Todos seremos grandemente recompensados si lo logramos. ¿Entienden? Un silencio sepulcral los envolvió. El Profeta se volvió hacia la mujer que permanecía sentada en las sombras. “¿Eso es lo suficientemente importante para ti?” —Me pondré un collar y empezaré a ladrar —respondió ella. —Me da igual lo que hagas. Solo encuentra a quien haya llamado la atención del Maestro —dijo el Profeta—. Ve. Y procura no destruir demasiadas cosas en el proceso. No necesitamos empezar otra guerra todavía. Todos inclinaron la cabeza. Cada una de las seis figuras sentadas alrededor del fuego se desvaneció. El Profeta se volvió y retrocedió hacia las llamas, desapareciendo en su profundidad. Tras él, el fuego chisporroteó y se consumió, extinguiéndose y dejando solo tenues volutas de humo.
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El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 125

Estás leyendo el capítulo 125 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 18 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.