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Leer El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) Capítulo 12 online gratis en español

Solle sabía que era un demonio defectuoso. No necesitaba que nadie se lo recordara. Había aprendido aquella palabra mucho antes de comprender todo lo que significaba. En un mundo tan vasto como el suyo, no era inconcebible que nacieran demonios peculiares. Criaturas que llegaban al mundo con algún rasgo que las hacía diferentes al resto, extraviados que no compartían el mismo ideal ni el orgullo que debía acompañar a cualquier miembro de su raza. Aquellas anomalías eran repudiadas desde el nacimiento y obligadas a seguir un camino que no los representaba, pero del que tampoco se les permitía desviarse. Para los demonios, existir fuera de aquello que se esperaba de ellos no era una elección. Era una imperfección que debía corregirse. Algunos carecían de aquello que los demás consideraban natural; otros, como Solle, cargaban con algo mucho peor. Deseaban cosas que no debían desear. Nacida en una familia noble, pero incapaz de valorar el honor que acompañaba a su apellido. Engendrada como súcubo, pero sin el menor interés por aquello que se suponía debía anhelar. Criada entre demonios que hablaban de poder, linaje y superioridad, mientras en su interior solo crecía un deseo tan absurdo como querer una familia que permaneciera unida. No había nada que pudiera encajar en el lugar que le habían preparado. Un chiste que ni siquiera resultaba gracioso. Como cabía esperar, no tardó en ser marginada. Esa marginación terminó convirtiéndose tanto en una maldición como en una fortuna. Su infancia fue, sin exagerar, un infierno. Su etapa más temprana estuvo marcada por las miradas de asco que recibía desde pequeña, las humillaciones y los castigos de aquellos que intentaban hacerla entrar en razón. Incluso sus propios padres recurrían frecuentemente a la violencia para intentar corregir aquello que consideraban dañado. Y cuanto más se negaba a convertirse en lo que esperaban de ella, más lejos quedaba de cualquier lugar dentro de aquella sociedad. Los demonios terminaron perdiendo toda esperanza con Solle. Si no hubiera nacido dentro de una familia noble del reino demoníaco, estaba convencida de que habría sido arrojada y desechada miserablemente. Sin embargo, su apellido todavía tenía algún valor, así que en lugar de desaparecer recibió un destino que, para alguien en su posición, apenas podía considerarse una oportunidad. Fue enviada lejos del campo de batalla. Su tarea sería atender las necesidades del recién nacido príncipe demonio. El heredero del trono acababa de nacer y, a partir de ese momento, cuidar de él sería su nueva responsabilidad. Para Solle, aquello supuso un cambio tan extraño como inesperado. Hasta entonces, nunca había sido escogida para nada dentro del reino demoníaco; ahora, de repente, había alguien cuya vida dependía de que ella cumpliera correctamente con su deber. Pero aquella situación no duró mucho. El rey demonio murió apenas un año después. La madre del príncipe tampoco tenía ya un papel que cumplir. Había dado a luz al heredero y, una vez cumplida esa función, su presencia dejó de tener importancia. Para el reino demoníaco, aquello era suficiente. Para ella también. El príncipe, en cambio, seguía necesitando de alguien. Quizá fue precisamente por eso que algo dentro de Solle comenzó a cambiar. Aquel niño, que al principio no había sido más que una responsabilidad impuesta, comenzó poco a poco a ocupar un lugar diferente dentro de su vida. No tardó en convertirse en alguien a quien quería proteger, alguien cuya existencia comenzó a importar mucho más que cualquier obligación que le hubieran impuesto. Solle terminó adoptándolo como su propia familia. Si no había nadie que pudiera apoyarlo, entonces ella ocuparía ese lugar. Si nadie estaba dispuesto a permanecer a su lado, ella lo haría. Y si nadie iba a darle el cariño que necesitaba, entonces Solle le entregaría todo el que había guardado dentro de sí durante tantos años. Por eso no le importó cuando aquel niño le clavaba sus afiladas uñas en el estómago, cuando desgarraba sus alas pedazo por pedazo por diversión, cuando aquellas pequeñas manos crecieron y comenzaron a apretar con fuerza alrededor de su cuello buscando dejarla sin oxígeno. Nada de eso importaba. Porque Solle había decidido depositar todo su amor y todo su ser en la persona más importante de su vida. No por ser el próximo rey demonio. No por el juramento que alguna vez había hecho. Ni siquiera por su orgullo como demonio. Todas esas cosas nunca le habían importado en primer lugar. Lo hacía por algo mucho más preciado. Por su familia. Para alguien que había sido obligada a entregar todo cuanto tenía, aquello era lo único de lo que jamás permitiría que la despojaran. \*\*\*\*\*\*\*\*\* En lo más profundo del bosque demoníaco, entre los restos de lo que alguna vez había sido una de las fortalezas del reino, todavía permanecía en pie una recámara que había logrado escapar de la destrucción. Las paredes habían quedado parcialmente abiertas, dejando entrar la luz grisácea del exterior, mientras fragmentos de piedra y madera cubrían buena parte del suelo. El antiguo salón había perdido hacía mucho el esplendor que alguna vez lo había caracterizado, pero en el centro todavía permanecía el trono, agrietado y cubierto de polvo. Sobre él se encontraba sentado Veyron. Entre sus manos, el general demonio sostenía un libro y pasaba las páginas con absoluta tranquilidad, como si el castillo no hubiera sido reducido a ruinas a su alrededor. Solle apenas podía creer lo que estaba viendo. Había regresado sola volando adelantando a los demás sobrevivientes, después de haber estado dispuesta a entregar su propia vida por el príncipe, esperando encontrar al menos a alguien que compartiera su desesperación. Apenas llegó, le había contado a Veyron todo lo ocurrido, desde la batalla hasta el momento en que descubrió que el príncipe demonio seguía con vida. También le explicó que había estado a punto de regresar por él, incluso si aquello significaba enfrentarse nuevamente a los humanos. Veyron había permanecido en silencio hasta el final. Durante unos instantes no dijo nada más, como si estuviera ordenando todo lo que acababa de escuchar. Entonces pasó una página. "Ahora entiendo la situación." "Entonces volva-" "Sin embargo, los humanos han conseguido una victoria demasiado importante como para esperar que abandonen su posición sólo porque nosotros vayamos a exigirles que entreguen al príncipe." Ella guardó silencio. No encontraba todavía una forma de refutar aquello, pero tampoco le gustaba hacia dónde estaba llevando la conversación. "No podemos organizar un rescate inmediato. Después de todo, nuestro ejército se encuentra en condiciones deplorables y ni siquiera sabemos qué clase de fuerzas tendríamos que enfrentar para recuperarlo." La tranquilidad con la que decía aquello comenzaba a resultarle insoportable. "Pero tampoco parece que tengan intención de hacer algo con él a corto plazo. Si hubieran querido ejecutarlo, ya lo habrían hecho. El hecho de que siga con vida después de tantos días me hace pensar que existe alguna razón para que lo estén conservando." "¿Y eso es todo?" La pregunta escapó antes de que pudiera contenerla. Aquello hizo que la mirada abandonara por fin las páginas y se dirigiera hacia ella. "¿Qué más debería decir?" "¡¿Qué más deberías decir?!" La indignación terminó imponiéndose sobre cualquier intento de mantener la calma. "¡¿El príncipe está en manos de los humanos y eso es todo lo que tienes que decir?! ¡¿Nuestro reino está reducido a escombros, nuestros soldados están muertos y tú estás aquí sentado leyendo como si nada hubiera pasado?!¡¿No acaso no guardas el más mínimo respeto por los tuyos?!" "No me hagas reír, Solle. Que tú, entre todos los demonios, me digas eso sí que es un mal chiste."—La respuesta llegó con una calma que solo consiguió encenderla todavía más.—"Sabes muy bien que, si me interesara todo eso en primer lugar, ni siquiera estaría aquí. Estaría en algún cráter del frente, sirviendo de abono para las plantas." No solía tener problemas para tratar con los demás demonios. Al estar desligada de los ideales que todos compartían, había aprendido a reconocer cuánto significaban para ellos y, cuando era necesario, podía utilizarlos a su favor. Pero con Veyron no funcionaba. Aquellos mismos valores que normalmente podía utilizar para conducir una conversación no significaban absolutamente nada para él. Sus dientes se apretaron, después de todo lo sabía. Aquellas palabras nunca funcionarían. No con él. "¡Entonces, ¿por qué estás sentado ahí?!¡¿Por qué ahora que nuestro reino está hecho pedazos te sientas en el trono como si hubieras hecho algo?! ¡Tú sí eres una basura! ¡Al menos los demonios dieron su vida por sus ideales, pero ¿qué has hecho tú?! ¡En todo tiempo que llevas acá no has hecho absolutamente nada! Si nunca te importó lo más mínimo este reino, ¡¿qué demonios te da el derecho de estar sentado ahí como si fueras el nuevo rey?!" Ni siquiera podía entender qué había visto el príncipe en él. ¿Por qué lo había escogido hacía casi una década como uno de los generales demoníacos si nunca había demostrado la más mínima lealtad hacia él? No había aportado absolutamente nada y, aun así, le había dado aquel puesto. Por un instante, el movimiento de las páginas se detuvo. El libro terminó descansando sobre una de sus piernas, dejando finalmente toda la atención de Veyron sobre ella. "Ya te dije que esas palabras no tienen sentido para mí, Solle. Nunca me interesó el trono cuando el reino se encontraba en su apogeo como para querer aferrarme a uno que ahora se encuentra en ruinas. Si estoy sentado aquí es porque, en este momento, soy el único que puede mantener a salvo lo poco que nos queda. Si crees que tú puedes hacer un mejor trabajo, con gusto te lo ofrezco." Sus palabras eran refinadas, incluso condescendientes, pero no había ninguna duda en ellas. No estaba intentando convencerla ni justificar su posición. Simplemente estaba exponiendo lo que, para él, era una cuestión evidente: No había nadie más capacitado para mantener el reino en pie. Y tampoco parecía tener intención alguna de ir a rescatar al príncipe. La rabia volvió a crecer dentro de ella. No tenía más argumentos para convencerlo, pero aquello no significaba que fuera a rendirse. No cuando lo único que quería recuperar se encontraba todavía con vida. Parecía que sus pensamientos se habían filtrado con demasiada facilidad, pues la respuesta no tardó en llegar. "Sé lo que estás pensando, y no voy a detenerte. El hecho de que esté sentado aquí no me convierte en su dirigente, así como el hecho de que hayas estado a cargo de su crianza no te convierte en su madre."—Su mirada permaneció sobre ella durante unos instantes.—"Pero sí voy a darte una advertencia." Por primera vez, algo cambió ligeramente en la expresión de Veyron. "Si vuelves a encontrarlo, no esperes encontrarte con el mismo chico que conocías." "No ser el mismo... ¿de qué estás hablando?" "Tú, mejor que nadie, deberías saberlo." La mirada de Veyron se desvió hacia las ruinas que podían verse a través de la pared destruida. "El hecho de que siga vivo entre los humanos ya es un milagro. Pero ningún milagro ocurre sin un cambio. El chico que tanto adorabas muy probablemente ya no exista." "Eso—" "No es necesario que discutas."—Su voz siguió siendo tranquila, pero esta vez no dejó espacio para que Solle lo interrumpiera.—"Te estoy ofreciendo una advertencia. Y también una posibilidad." Finalmente sus ojos regresaron lentamente hacia ella. "Ya depende de ti creerme o no. Del mismo modo, depende de ti prepararte o no para el momento en que descubras la verdad." Solle estaba a punto de abrir la boca para cuestionar su razonamiento, pero un ruido proveniente del exterior la obligó a detenerse. Thump. Thump. Thump. Pasos irregulares y pesados comenzaron a hacer eco por aquel salón en ruinas. Cada pisada parecía acercarse acompañada por el arrastre de algo pesado sobre la piedra. Al volver la mirada hacia el pasillo, una enorme figura apareció entre los restos de la fortaleza. "Esa maldita me las va a pagar..." Una criatura de al menos tres metros avanzaba lentamente hacia ellos. No, no era una criatura. Era Kaiser, el único de los generales demoníacos enviados al frente que había sobrevivido a la batalla contra los humanos. "Voy a destrozarla. Voy a aplastarle la cabeza. Voy a arrancarle las piernas con mis propias manos..." No hablaba con nadie en particular. Aquello parecían simples murmullos dirigidos hacia sí mismo, aunque la potencia de su voz hacía que cada palabra sonara más como una amenaza lanzada a todo el salón. "G-General Kaiser, me alegra verlo con vida." El saludo salió apresuradamente. Solle nunca había sido buena tratando con él; después de todo, Kaiser no era precisamente alguien con quien resultara sencillo conversar. Pero él ni siquiera pareció escucharla. Su mirada permanecía fija en el trono al fondo del pasillo, mientras su enorme cuerpo avanzaba cubierto de sudor de pies a cabeza. En su única mano llevaba un martillo casi tan grande como él mismo. Del brazo izquierdo ya no quedaba nada más que la herida que cerraba donde antes había estado el miembro. Cuando finalmente estuvo lo bastante cerca, aquella mirada se clavó sobre Veyron y la voz estalló sin previo aviso. "¡¿POR QUÉ MIERDA ME LLAMASTE?!" El grito hizo vibrar la recámara, y algunos de los pequeños fragmentos de piedra esparcidos por el suelo llegaron a desplazarse. "¡Estoy ocupado preparándome para partirle las piernas a esa hija de perra que me hizo esto!" El único brazo que conservaba se tensó al señalar el muñón de su izquierda, donde la quemadura todavía cerraba parte de la herida. "¡Si estás intentando hacerme perder el tiempo, te juro que te mataré!" Aun así, desde el trono no llegó ninguna reacción semejante. "Hay un motivo por el que te llamé, Kaiser. Aunque, sin duda, es una pena la herida que te dejó la santa en el campo de batalla." "¡NO NECESITO TU LÁSTIMA! ¡YO MISMO ME ENCARGARÉ DE QUE ESA HIJA DE PUTA ME LAS PAGUE!" Bastó con mencionarla para que aquella furia volviera a crecer de inmediato. La derrota todavía estaba demasiado fresca, y para alguien como Kaiser, aquella herida no parecía representar dolor. Era una humillación. "¡General Kaiser!" Solle aprovechó el momento para intentar llamar su atención. Si Veyron no pensaba hacer nada por el príncipe, todavía podía conseguir que Kaiser escuchara la situación. "¡El príncipe demonio sigue vivo!" Por primera vez, aquella información debería haber sido suficiente para llamar su atención, pero la expresión de Kaiser no cambió. "Los humanos lo tienen en su poder. Veyron dice que no podemos hacer nada por ahora, pero si unimos nuestras fuerzas todavía podemos—" "¡ME IMPORTA UNA MIERDA!" La interrupción fue tan inmediata que ni siquiera consiguió terminar. "¡¿Qué demonios me importa el príncipe ahora?! ¡Si los humanos lo tienen, entonces que sea él quien se encargue de librarse! " El martillo cayó con fuerza contra el suelo. "¡Esa maldita santa sigue viva! ¡Después de lo que me hizo, ¿crees que voy a perder el tiempo yendo detrás del príncipe?! ¡No voy a dejar que nada se interponga entre ella y yo!" El agarre alrededor del martillo se había vuelto todavía más firme. "Ahora piérdete de mi vista si no quieres que mande a volar, y tú, Veyron, te voy a partir las piernas si no me dices ya mismo qué mierda quieres" No había nada que pudiera hacerle cambiar de opinión. La furia que todavía le recorría el cuerpo hacía evidente que cualquier intento por convencerlo solo terminaría de la peor manera. Aquello no era diferente a lo que había encontrado con Veyron. Dos de los cuatro generales demoníacos y ninguno parecía dispuesto a mover un dedo por el príncipe. La frustración le ardió en el pecho, pero insistir no tenía sentido. Kaiser ni siquiera estaba dispuesto a escucharla y Veyron ya había dejado clara su posición. "Malditos sean..." Apretó los dientes y se dio la vuelta. Si ninguno de ellos pensaba hacer nada, entonces tendría que encontrar otra manera de llegar hasta él. Sus pasos resonaron por el pasillo mientras abandonaba la recámara, todavía con la rabia ardiendo dentro del pecho. No iba a rendirse. Si nadie más estaba dispuesto a ir por el príncipe, entonces tendría que hacerlo ella. Sus pasos se alejaron por el pasillo en ruinas hasta desaparecer entre los restos de la fortaleza. Solo entonces el silencio volvió a ocupar el lugar que había dejado. Incluso así, no duró mucho. La conversación tomó entonces el único rumbo que todavía podía mantener la atención de Kaiser. "Aunque debo admitir que es admirable que conserves semejante determinación después de lo ocurrido. Supongo que, mientras puedas seguir empuñando ese martillo, todavía te consideras capaz de volver a enfrentarte a ella." "¿Hah...?! ¡¿QUÉ DIABLOS QUIERES DECIR CON ESO?!" La voz de Kaiser volvió a sacudir la recámara. El martillo se alzó ligeramente entre su mano mientras la poca paciencia que le quedaba terminaba de desaparecer. "¡Claro que soy capaz de enfrentarme a ella! ¡Esa maldita no va a volver a escapar de mí!" La poca distancia que los separaba desapareció en un instante. Kaiser se plantó frente al trono, inclinándose hasta quedar prácticamente cara a cara con Veyron, mientras sus dedos se cerraban alrededor del mango del martillo con tanta fuerza que parecía dispuesto a partirlo. "¿O acaso estás dudando de mi fuerza?" No había el menor rastro de duda en sus ojos. Para Kaiser, aquella posibilidad ni siquiera parecía digna de ser discutida; si alguien se atrevía a cuestionarla, entonces simplemente había que demostrar lo contrario. Veyron no retrocedió. La mirada permaneció fija en la suya, tan tranquila como si aquella amenaza no tuviera relación alguna con él. "Sería bastante absurdo ponerlo en duda. Has sobrevivido a más batallas que la mayoría de los demonios que alguna vez empuñaron un arma en este reino." Aquello no parecía una alabanza, aunque tampoco había burla en sus palabras. Era simplemente la forma en que Veyron exponía lo que consideraba evidente. "Pero incluso alguien como tú debería saber que las circunstancias han cambiado." "¿Las circunstancias?" —la sonrisa de Kaiser se borró de golpe. "Los ejércitos que alguna vez separaban ambos frentes ya no existen. La santa tampoco tiene motivos para permanecer donde ocurrió aquella batalla. Si decidió retirarse después de derrotarte, bien podría encontrarse ya lejos de aquí, protegida entre las grandes murallas de las ciudades humanas. Y si realmente piensas ir tras ella ahora, tendrás que encontrarla antes de siquiera pensar en volver a ponerle las manos encima. No parece precisamente una tarea sencilla." "¡ME DA IGUAL!" El martillo cayó con violencia contra el suelo. BUMP El impacto abrió un nuevo cráter junto al trono, haciendo que varias piedras se desprendieran de las paredes ya destruidas. "¡Que se esconda detrás del ejército humano, en otro continente o bajo la falda de su madre, me importa una mierda!" Kaiser volvió a levantar el martillo y se apartó unos pasos, como si necesitara espacio para contener toda aquella furia que parecía a punto de desbordarse. "¡La voy a encontrar! ¡Y cuando la encuentre, voy a arrancarle los brazos con mis propias manos!" Veyron dejó que el silencio acompañara aquellas palabras durante unos instantes. No parecía interesado en discutir la convicción de Kaiser; después de todo, hacerlo directamente solo conseguiría devolver la conversación al mismo punto. "Entiendo" —dijo al fin, sin aparente sorpresa, antes de llegar al tema que en verdad le interesaba—. "Aunque, si después de todo lo ocurrido todavía estás dispuesto a volver a enfrentarte a ella, supongo que puedo ayudarte." Kaiser soltó una risa áspera, cargada de desprecio. "¿Ayudarme?" —la sola palabra pareció ofenderlo—. "¡No necesito un lacayo que venga a pelear mis batallas!" "Por supuesto que no." La respuesta llegó con una naturalidad casi irritante. "No sería mi intención entrometerme en una batalla que te pertenece. Sería bastante descortés decidir por ti cómo debes librarla." Los ojos de Kaiser se entrecerraron, sin terminar de comprender hacia dónde quería llevar aquella conversación. "Entonces, ¿qué mierda quieres decir?" "Que puedo darte algo que te permita librarla en tus propios términos."—dejó que aquella pequeña duda permaneciera unos instantes antes de continuar. —"Un poder que te permita atravesar cualquier cosa que se interponga en tu camino. Un poder que puedas hacer tuyo, sin depender de nadie más." Aquello consiguió detenerlo por completo. "No necesitas convertir esto en algo más complicado de lo que es. Tú quieres fuerza. Yo puedo proporcionártela." El silencio que siguió fue diferente. Por primera vez desde que había entrado en la recámara, Kaiser parecía estar escuchando cada palabra. "Al fin y al cabo, si realmente estás dispuesto a llegar hasta ella, no debería importarte de dónde provenga la fuerza mientras termine perteneciendo a ti. ¿O acaso estás dispuesto a renunciar a ella solo porque la fuerza que necesitas no nació de tus propias manos?" "¡POR SUPUESTO QUE NO!" Los dientes de Kaiser se apretaron con tanta fuerza que por un instante pareció contener las palabras antes de escupirlas. "¡Si tienes algo que pueda hacerme más fuerte, deja de perder el tiempo y dámelo!" La furia había regresado a su voz, pero esta vez había algo más mezclado con ella. Una impaciencia distinta, nacida de la posibilidad que acababa de aparecer frente a él. "Definitivamente es una determinación admirable, pero me temo que no será tan sencillo."—La respuesta no cambió de tono.— "Necesitaré algo de tiempo antes de poder ofrecértelo." "¿Tiempo?"— No disimuló la irritación en su voz. —"¡¿Primero sueltas toda esa palabrería sobre el poder solo para al final decirme que tengo que esperar? No me jodas. ¿Pretendes que me quede sin hacer nada mientras esa perra sigue con vida?!" "Si vas a desperdiciar ese tiempo, entonces hazlo bajo tu propio riesgo. Pero si realmente quieres volver a encontrarte con ella, más te vale llegar preparado para cuando tengas la oportunidad." El discurso no terminaba de convencerlo, y Veyron pareció notarlo, porque insistió antes de que Kaiser pudiera replicar. "Después de todo, cuando llegue el momento, tendrás algo que hará que esa espera haya valido la pena. Pero al mismo tiempo también necesitarás la fuerza para controlarlo" ... El silencio se instaló una vez más, esta vez compartido por ambos. "¡Tch!" Kaiser se dio la vuelta durante unos instantes, como si necesitara contener las ganas de descargar nuevamente el martillo contra algo. Sin embargo, la posibilidad que acababa de escuchar parecía haber conseguido imponerse incluso sobre su impaciencia. "Está bien." La aceptación salió de mala gana. "Esperaré. Me aseguraré de que esa maldita no pueda escapar, sin importar cuánto lo intente." Le lanzó una mirada de reojo. "Pero dime una cosa. ¿Qué clase de poder es ese para que ni siquiera puedas dármelo ahora mismo?" Veyron guardó silencio durante un momento. La pregunta no parecía haberlo tomado por sorpresa. Más bien, aquella pequeña sonrisa que apareció en sus labios daba la impresión de que esperaba exactamente que llegara a formularla. "¿Acaso eso importa?" La expresión de Kaiser permaneció inmóvil durante un instante. Entonces, una sonrisa amplia y desagradable se extendió lentamente por su rostro. "No." Sus dedos volvieron a cerrarse alrededor del mango del martillo. "No lo hace."
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El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) Capítulo 12

Estás leyendo el capítulo 12 de El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela), un novela. En muchas historias, el protagonista termina reencarnando en un mundo de fantasía para convertirse en el héroe que salvará a la humanidad. Pero Rein no tuvo tanta suerte. Sin ningún conocimiento sobre el mundo al que ha… Este capítulo tiene publicado el 9 de septiembre de 2026. El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.